Californication: Espíritu rock ‘n’ roll

Todo lo que escribo es para ella o sobre ella -Hank Moody

De amor eterno, musas y barritas de Mars en la vagina. Californication da por concluida esta semana su sexta temporada, y lo hace exactamente como siempre, después de 12 episodios que, como la noria de Santa Mónica, han girado y girado y girado, siempre alrededor del mismo eje. Y así llevamos desde que comenzó la serie en Showtime allá por 2007. Seis años dedicados a mostrarnos el desarrollo estancado de Hank Moody (David Duchovny, que parece haber rejuvenecido este año) y el circo de disfuncionalidad freak que lo rodea.

Cuando uno se detiene a buscar las diferencias entre una temporada y otra de Californication, se da cuenta de que absolutamente todas son superficiales y circunstanciales. Si en la anterior se situaba a los personajes en el mundo del cine, en esta última, Moody y su pandilla se suben al escenario de rock que es la vida, y se rodean de estrellas de la música y groupies. Diríamos aquello de “sexo, drogas y rock’n’roll”, pero sería completamente innecesario y redundante, puesto que ese precisamente ha sido siempre el lema y espíritu de la serie. Solo que en su sexta temporada ha decidido manifestarlo de la manera más explícita posible.

Y así hemos conocido a los personajes temporales que se incorporan a la serie para articular la temporada y ejercer de estímulo en la historia de Hank: Atticus Finch (Tim Minchin), una superestrella en horas bajas, y Faith (Maggie Grace), una groupie profesional, o como a ella le gusta denominarse: musa -el personaje de Grace, por cierto, iba a protagonizar un spin-off, pero finalmente no ha salido adelante. Ambos han mostrado dos caras opuestas del rock’n’roll. La demencia y la serenidad, el exceso y el autocontrol. Y su irrupción en la ya de por sí agitada vida de Hank ha traído consigo un torbellino de decadencia y exceso al que, sin embargo, los personajes nunca han sido ajenos. Marcy, Charlie y Stu han caído, como siempre, del lado más esperpéntico y vitriólico, con la ayuda de Ophelia (¿O-phallia?), la loca falofóbica interpretada por Maggie Wheeler -mítica Janice de Friends.

Pero Californication, que ya domina el arte de la dualidad en todos los aspectos -temático, tonal, genérico-, no solo nos ha mostrado las más sorprendentes prácticas sexuales –Marilyn Manson haciendo teabagging, por ejemplo- o los efectos más divertidos del consumo de estupefacientes –“Mad Dogs and Englishmen” es sin duda el mejor episodio de la temporada-, sino que nos ha hablado de temas mucho más profundos: el origen del bloqueo creativo y la inspiración, cómo tratar a los hijos, la maduración de estos, y por supuesto, preguntas más existenciales como “¿Hacia dónde vamos?” Y mucho más importante: “¿Hacia dónde queremos ir?” En el episodio final de la temporada, “I’ll Lay My Monsters Down”, Hank se plantea estas preguntas, y por primera enésima vez, descubre cuál es el camino que desea tomar. El que le lleva, una vez más, a la puerta de su amada Karen (Natasha McElhone).

Ahora que Becca, la hija de ambos, ha decidido dejar el nido en busca de su identidad y la inspiración que necesita para seguir los pasos de su padre y convertirse en escritora, Hank y Karen se preguntan si ha desaparecido el único nexo de unión que les quedaba. “I’ll Lay My Monsters Down” termina con el que es quizás el cliffhanger más perezoso de toda la serie, pero paradójicamente, el que mejor capta su esencia. Como una balada rock, segura, complaciente, pero repetitiva y vetusta, se despide una vez más Californication, celebrando con la multitud, mecheros en alto, la existencia de este amor que vive en todos los planos de la realidad, en sueño y vigilia, ad eternum.

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