Party Down: comedia crudité

Ahora que Veronica Mars ha saltado de nuevo a la primera plana de la actualidad gracias a que la esperadísima película de la serie ha sido financiada por Kickstarter (batiendo todos los récords de la página de crowdfunding), es el momento perfecto para recuperar otra malograda obra televisiva de su creador: Party Down.

Después de su experiencia con Veronica Mars en UPN/CW, Rob Thomas (no el cantante, con el que desde hace tiempo mantiene una cachonda amistad por Internet por compartir nombre y apellido) se pasó a la televisión de pago. No fue en las prestigiosas HBO o Showtime, sino que encontró su hueco en la mucho menos conocida Starz (casa de Spartacus), cuando esta comenzaba a implementar su oferta de series de producción propia. Party Down se estrenaba en marzo de 2009, recibiendo una cálida bienvenida por parte de los críticos y convirtiéndose muy rápidamente en serie de culto. Sin embargo, sus audiencias eran desastrosas, lo que llevó a que finalmente fuera cancelada después de tan solo dos temporadas, en junio de 2010.

Un agravante fue sin duda el hecho de que su protagonista, Adam Scott, hubiera firmado para incorporarse a Parks and Recreation ese mismo año, después de que al final de la primera temporada abandonase Jane Lynch. La marcha de la actriz -que ahora disfruta del éxito mainstream en Glee fue un verdadero golpe para los seguidores. Tanto que su reemplazo, Megan Mullally (la gran Karen Walker de Will & Grace) lo tuvo muy difícil para que los fans aceptasen a su personaje. Teniendo en cuenta esto -y los mencionados índices de audiencia- el jefe de programación de Starz, Stephan Shelanski, no creyó que la serie fuera precisamente a prosperar después de la marcha de Scott, así que no le quedó más remedio que hacer de verdugo. Otra serie de Rob Thomas quedaba así inconclusa. Pero como suele ocurrir de vez en cuando, de la triste (pero lógica e irrefutable) cancelación de Party Down, nació una nueva serie de culto, en la línea de Freaks & Geeks o Undeclared.

Party Down tiene muchas cosas en común con estas dos series. La sombra de Judd Apatow planea todo el tiempo sobre ella, e incluso el famoso productor y director forma parte (indirectamente) de una de las tramas principales de la segunda temporada. Rob Thomas captura parte del espíritu Apatow en Party Down, con la inestimable ayuda de Paul Rudd en calidad de productor ejecutivo. Esa fusión de sátira, humor caca-culo-pedo-pís y poso amargo que encontramos en toda obra apatowiana (ya sabéis, no hay comedia sin tragedia). Sin embargo, Thomas logra imprimir su sello personal en todo momento, ya sea con la colaboración de actores fetiche (al más puro estilo Whedon), o con ese humor afilado y cargado de referencias a la cultura pop del que hacía gala en Veronica Mars.

Pero, ¿de qué va Party Down? Para aquellos que nunca han visto la serie y estén mínimamente interesados en verla, cuenta la historia de una empresa de catering ubicada en Hollywood, cuyos trabajadores son un grupo de aspirantes a actores. Cada episodio se centra en una celebración para la que se ha contratado a la compañía (un funeral, un sweet sixteen, una orgía…) Henry Pollard (Scott) se ve forzado a regresar a su antiguo trabajo en la hostelería después de intentar en vano labrarse una carrera interpretativa para enterrar su pasado como el chico del “Are we having fun yet?” (frase de anuncio que lo convirtió en estrella fugaz). Después de varios años condenado al ostracismo, Pollard no se lo está pasando bien, no. Ahora es una suerte de Jeff Winger (Community) con unos cuantos grados más de depresión y apatía, y ha renunciado definitivamente a su futuro hollywoodiense. Del ostracismo a servir ostras en bandeja.

El equipo de catering de Party Down se completa con Ron (Ken Marino, de Veronica Mars), el iluso supervisor -una especie de Michael Scott de la hostelería-, Casey (Lizzy Caplan), de profesión cómica, Roman (Martin Starr, de Freaks and Geeks), escritor de ciencia ficción dura, Kyle (Ryan Hansen, también de Veronica Mars), el prototipo de actor rubio tonto, y Constance (Lynch), veterana y excéntrica actriz fracasada con una filmografía impresionante… solo para ella. Y como he dicho antes, Mullally reemplazó a Lynch en la segunda temporada, interpretando a la pizpireta y optimista Lydia. Todos ellos contribuyen a que esta aguda y desmitificadora visión del sueño (roto) americano resulte atinada.

La primera temporada de Party Down mostraba los clásicos síntomas de serie con potencial que lucha por encontrar el tono adecuado y a su público objetivo. El humor no llega a cuajar, y los personajes, a pesar de partir de arquetipos muy bien construidos, no enganchan. Sin embargo, para la segunda temporada, tanto Thomas como el elenco están más cómodos en sus respectivos papeles. La serie comienza a desplegar sus alas (y su mejor armamento cómico) y a brillar en episodios memorables como “Nick DiCintio’s Orgy Night” o “Party Down Company Picnic”. De la misma manera, se refuerzan los vínculos entre los personajes -cada vez más entrañables-, por lo que empezamos a sentir compasión y cariño por ellos. En este sentido, una de las mayores virtudes de Party Down es la química entre el reparto, y especialmente entre Scott y Caplan, una de esas parejas formadas en el cielo catódico.

Por desgracia, la prematura cancelación de la serie impidió que esta desarrollase verdaderamente todo el potencial que empezaba a consumar. Aunque el último episodio funciona adecuadamente como cierre para casi todos los personajes -por situarlos en el camino hacia el cambio- es inevitable sentir que nos hemos quedado a medias. A la espera de una posible película (si Arrested Development y Veronica Mars han resucitado, ¿por qué no Party Down?) nos tenemos que conformar con 20 episodios que quedan para los anales de la comedia norteamericana, gracias en parte a su estupendo plantel de estrellas invitadas: Jennifer Coolidge, Ken Jeong, J.K. Simmons, Joey Lauren Adams, o la mismísima Kristen Bell.

Mad Men 6.04 “To Have and to Hold”

Placer culpable

Matthew Weiner ha tejido una gran maraña textual para Mad Men. Los temas que han servido como fuerza motriz del relato se han convertido casi en una obsesión para el autor, y así es como nos los ha presentado a lo largo de la quinta temporada, y en los primeros episodios de la sexta. La muerte se ha apoderado de tal manera de la historia y de los personajes que la serie ha adquirido un tono más aciago, incluso truculento. Y aunque esto no quiere decir necesariamente nada malo, un episodio como “To Have and to Hold”, más dinámico, luminoso y divertido que de costumbre (aunque igual de cargado discursivamente), sirve para aliviar algo de tensión.

Se abren nuevos frentes para seguir contando la misma historia. Nuevos espacios, subtramas dedicadas a personajes siempre en la sombra: Harry Crane y sobre todo Dawn, la secretaria afroamericana que fue introducida al comienzo de la temporada anterior para ser prácticamente olvidada. Si ha servido para algo que estos personajes hayan permanecido al fondo del plano durante tanto tiempo es para que sus lamentos y reivindicaciones en este episodio adquieran mayor empaque. Vemos por primera vez a Dawn descolgada del relato principal, en un ‘aparte‘ que sin embargo no arroja demasiada luz sobre su personaje, sino que más bien se utiliza para hablar de la agencia. Al igual que al final del episodio, cuando Dawn recibe nuevas responsabilidades en la oficina, no se nos está hablando tanto del camino hacia la emancipación de la secretaria como de la lucha de Joan -más flamígera que nunca en este capítulo- por deshacerse de los prejuicios en su nueva posición como socia de Sterling Cooper Draper Pryce, y evitar así el ostracismo -“Llevo trabajando allí 15 años y me siguen tratando como a una secretaria”. Precisamente es otro de los personajes invisibles de Mad Men, Harry, quien prende fuego a la mecha, recordando a la pelirroja -delante de todos los socios- que se ha prostituido para escalar puestos en la agencia, mientras él lleva años siendo uno de sus pilares más importantes, sin recibir reconocimiento por parte de los jefazos.

Harry salta a la palestra precisamente ahora que la televisión, área de SCDP que él dirige, está adquiriendo más importancia que nunca en Mad Men  -fijaos en cómo ha aumentado el número de escenas con los personajes absortos en la tele. Ya sea de un lado de la pantalla, para seguir mostrando imágenes de la guerra que planea sobre los personajes, como del otro, con los entresijos de la carrera televisiva de Megan Draper en una exitosa telenovela diurna, Weiner nos insiste en la creciente repercusión del medio en la sociedad y en los personajes. “You like to watch, don’t you?” -le dije una compañera de reparto de Megan a Don, mientras este observa cómo su mujer retoza con otro hombre en una escena de su serie. Y con esa pregunta, los niveles de contenido metatextual de Mad Men se salen de la gráfica. Podríamos estar hasta mañana destapando las capas de tan sencilla frase, y conectándola con todas las piezas del puzle Don Draper: su infancia voyeur, la eminencia de lo visual en su trabajo, sus problemas a la hora de distinguir fantasía de realidad, las escenas de la temporada anterior en las que este observaba a su mujer en una bobina o en el estudio de grabación, y, cómo no, el apunte indirecto al espectador de la serie: por supuesto, Matthew, nos encanta mirar. Claro que esta polivalencia se da en el 80% de los diálogos de Mad Men, así que nos detendremos ahí.

Otro de los temas subyacentes de “To Have and to Hold” es la experimentación sexual y el amor libre que caracteriza la recta final de la década de los 60. Megan hace referencia a lo difícil que es retratar el sexo en la televisión de la época por culpa de la censura, aunque la escena de cama que protagoniza en su serie es bastante subida de tono. Sin embargo, algunas de las secuencias de “To Have and to Hold” harían temblar a los censores de aquella época. Comienza la era del intercambio de parejas -tronchante escena la de la proposición al matrimonio Draper en el restaurante-, el trío y la poligamia -la sublime secuencia de Joan y Kate, su antigua compañera de Mary Kay, en el famoso club neoyorquino Electric Circus, con el “Bonnie and Clyde” de Gainsbourg y Bardot de fondo. Y que se prepare Trudy Campbell (que por cierto, sale en los créditos inciales, pero no aparece en el episodio), porque las key parties están a la vuelta de la esquina.

Y en este episodio, como no podía ser de otra manera, volvemos a ver en la cama juntos a Don y a su vecina, Sylvia. Ocurre inmediatamente después de que él haya visitado a Megan en la grabación de su tórrida escena, lo que provoca una encendida discusión entre el matrimonio. “Al menos te pensarías lavar los dientes antes de ir a casa” es una de las frases más indignantes y enfurecedoras que se han dicho a lo largo de la serie. Mientras este James Garner puede hacer lo que quiera, la mujer debe ajustarse a un código de comportamiento, y por supuesto, esta es en todo momento una propiedad, un objeto intercambiable, y por el que se puede pagar. Regresamos a la idea de la prostitución al final de “To Have and to Hold”, que insiste en mostrarnos a Don dando dinero a una mujer. Esta es una de las imágenes más recurrentes de Mad Men. Dio un cheque a su amante Midge en la primera temporada, a Alison -una de sus secretarias- una paga extra de su propio bolsillo, mantenía a Betty, a Peggy le lanzó un fajo de billetes a la cara en la quinta temporada… Volviendo al episodio anterior, “The Collaborators“, se refuerza la teoría de que la infancia de Don junto a su madrastra, y su experiencia en los burdeles, atrofiaron su percepción del sexo opuesto. Sylvia esconde un penique debajo del felpudo para avisarle de que no hay moros en la costa. Cuando esta abre la puerta, un plano detalle nos muestra la mano de Don entregando la moneda a Sylvia. Como sospechábamos, ella -que se está enamorando irremediablemente- no es más que una puta para él. Como (casi) todas las mujeres de su vida.

Pero sin duda alguna, si hay un tema que interconecte todas las tramas de este episodio tan coral de Mad Men, y que incluso se manifiesta como gran leit motif de la temporada, es la culpabilidad. La de Joan por haber utilizado su cuerpo como moneda de cambio -el verdadero precio es la soledad- y tener que enfrentarse a las repercusiones en la oficina. La de Peggy Olson por haber traicionado la lealtad de su amigo Stan, y la de su mentor -duele especialmente el uso que hace de uno de los lemas de su ex jefe: “Si no te gusta de lo que están hablando, cambia la conversación”. La de Dawn por no poder permitirse otra opción -al contrario que Megan, que se niega a sentirse culpable por su éxito. Y por último, la de Sylvia y Don: Entra en juego el factor religioso, que hasta ahora apenas había hecho acto de presencia en la serie. A través de Sylvia, se introduce la perspectiva católica de la culpa y el pecado, y se sugiere la posibilidad de expiación para Don Draper (o Dick Whitman). Ella le confiesa que reza por él. Pero nosotros, después de este episodio, nos planteamos si ya es demasiado tarde para la salvación. Y sobre todo, nos preguntamos si en el fondo deseamos que haya paz para Don Draper.

El reto de lectura de Rory Gilmore

A lo largo de las siete temporadas que duró la serie Las chicas Gilmore (Gilmore Girls, 2000-2007), una de sus dos “chicas”, Rory Gilmore (Alexis Bledel), el mayor ratón de biblioteca de la historia de la televisión, leyó (o más bien dijo que había leído) la friolera de 340 libros (300 de ellos antes de los 16). Os traigo la lista completa (que tomo prestada del blog de Noelia S., y que apareció originalmente en este blog) y os propongo el reto de leerlos todos. El tiempo lo ponéis vosotros, según vuestra capacidad devoradora de literatura: 7 años, 7 meses, 7 días. Como queráis. Y por supuesto, podéis tachar los libros de la lista que ya habéis leído (aunque os sentiréis más realizados si los volvéis a leer todos, claro). Sin más, os dejo con ella. Y una última cosa: imprescindible oler el libro durante media hora antes de empezarlo.

  1. 1984, de George Orwell
  2. Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain
  3. Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll
  4. Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, de Michael Chabon
  5. An American Tragedy, de Theodore Dreiser
  6. Las cenizas de Ángela, de Frank McCourt
  7. Anna Karenina, de León Tolstoi
  8. El diario de Ana Frank, de Ana Frank
  9. Archidamian War, de Donald Kagan
  10. El arte de la novela, de Henry James
  11. El arte de la guerra, de Sun Tzu
  12. Mientras agonizo, de William Faulkner
  13. Expiación, de Ian McEwan
  14. Autobiography of a Face, de Lucy Grealy
  15. El despertar, de Kate Chopin
  16. Babe, el cerdito valiente, de Dick King-Smith
  17. Backlash: The Undeclared War Against American Women, de Susan Faludi
  18. Balzac y la joven costurera china, de Dai Sijie
  19. Bel Canto, de Ann Patchett
  20. La campana de cristal, de Sylvia Plath
  21. Beloved, de Toni Morrison
  22. Beowulf: A New Verse Translation, de Seamus Heaney
  23. Bhágavad-guitá
  24. The Bielski Brothers: The True Story of Three Men Who Defied the Nazis, Built a Village in the Forest, and Saved 1,200 Jews, de Peter Duffy
  25. Bitch in Praise of Difficult Women, de Elizabeth Wurtzel
  26. A Bolt from the Blue and Other Essays, de Mary McCarthy
  27. Un mundo feliz, de Aldous Huxley
  28. Brick Lane, de Monica Ali
  29. Bridgadoon, de Alan Jay Lerner
  30. Cándido o el optimismo, de Voltaire
  31. Los cuentos de Canterbury, de Chaucer
  32. Carrie, de Stephen King
  33. Trampa-22, de Joseph Heller
  34. El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger
  35. Charlotte’s Web, de E. B. White
  36. La calumnia, de Lillian Hellman
  37. Christine, de Stephen King
  38. Canción de Navidad, de Charles Dickens
  39. La naranja mecánica, de Anthony Burgess
  40. El código de los Woosters, de P. G. Wodehouse
  41. The Collected Short Stories, de Eudora Welty
  42. The Collected Stories of Eudora Welty, de Eudora Welty
  43. La comedia de las equivocaciones, de William Shakespeare
  44. Obras completas, de Dawn Powell
  45. The Complete Poems, de Anne Sexton
  46. Complete Stories, de Dorothy Parker
  47. La conjura de los necios, de John Kennedy Toole
  48. El conde de Monte Cristo, de Alejandro Dumas
  49. La prima Bette, de Honoré de Balzac
  50. Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski
  51. Pétalo carmesí, flor blanca, de Michel Faber
  52. El crisol, de Arthur Miller
  53. Cujo, de Stephen King
  54. El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon
  55. Hija de la fortuna, de Isabel Allende
  56. David and Lisa, de Theodore Issac Rubin
  57. David Copperfield, de Charles Dickens
  58. El código Da Vinci, de Dan Brown
  59. Almas muertas, de Nikolai Gogol
  60. Los endemoniados, de Fiódor Dostoievski
  61. Muerte de un viajante, de Arthur Miller
  62. Deenie, de Judy Blume
  63. The Devil in the White City: Murder, Magic, and Madness at the Fair that Changed America, de Erik Larson
  64. The Dirt: Confessions of the World’s Most Notorious Rock Band, de Tommy Lee, Vince Neil, Mick Mars y Nikki Sixx
  65. La divina comedia, de Dante Alighieri
  66. The Divine Secrets of the Ya-Ya Sisterhood, de Rebecca Wells
  67. El Quijote, de Cervantes
  68. Paseando a Miss Daisy, de Alfred Uhrv
  69. El extraño caso del doctor Jeckyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson
  70. Edgar Allan Poe: Complete Tales & Poems, de Edgar Allan Poe
  71. Eleanor Roosevelt, de Blanche Wiesen Cook
  72. Ponche de ácido lisérgico, de Tom Wolfe
  73. Ella Minnow Pea: A Novel in Letters, de Mark Dunn
  74. Eloise, de Kay Thompson
  75. Emily the Strange: perdida, siniestra y aburrida, de Rob Reger
  76. Emma, de Jane Austen
  77. Empire Falls, de Richard Russo
  78. Encyclopedia Brown: Boy Detective, de Donald J. Sobol
  79. Ethan Frome, de Edith Wharton
  80. Ética, de Spinoza
  81. Europe through the Back Door, 2003, de Rick Steves
  82. Eva Luna, de Isabel Allende
  83. Todo está iluminado, de Jonathan Safran Foer
  84. Extravagance, de Gary Krist
  85. Fahrenheit 451, de Ray Bradbury
  86. Fahrenheit 9/11, de Michael Moore
  87. The Fall of the Athenian Empire, de Donald Kagan
  88. Fat Land: How Americans Became the Fattest People in the World, de Greg Critser
  89. Miedo y asco en Las Vegas, de Hunter S. Thompson
  90. La comunidad del anillo (El Señor de los Anillos), de J. R. R. Tolkien
  91. Fiddler on the Roof, de Joseph Stein
  92. Las cinco personas que encontrarás en el cielo, de Mitch Albom
  93. Finnegan’s Wake, de James Joyce
  94. Fletch, de Gregory McDonald
  95. Flores para Algernon, de Daniel Keyes
  96. The Fortress of Solitude, de Jonathan Lethem
  97. El manantial, de Ayn Rand
  98. Frankenstein, de Mary Shelley
  99. Franny y Zooey, de J. D. Salinger
  100. Freaky Friday, de Mary Rodgers
  101. Galápagos, de Kurt Vonnegut
  102. El género en disputa, de Judith Butler
  103. George W. Bushism: The Slate Book of the Accidental Wit and Wisdom of our 43rd President, de Jacob Weisberg
  104. Gidget, de Fredrick Kohner
  105. Inocencia interrumpida, de Susanna Kaysen
  106. Los Evangelios gnósticos, de Elaine Pagels
  107. El padrino, de Mario Puzo
  108. El dios de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy
  109. Ricitos de oro y los tres ositos, de Alvin Granowsky
  110. Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell
  111. El buen soldado, de Ford Maddox Ford
  112. The Gospel According to Judy Bloom
  113. El graduado, de Charles Webb
  114. Las uvas de la ira, de John Steinbeck
  115. El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald
  116. Grandes esperanzas, de Charles Dickens
  117. El grupo, de Mary McCarthy
  118. Hamlet, de William Shakespeare
  119. Harry Potter y el cáliz de fuego, de J. K. Rowling
  120. Harry Potter y la piedra filosofal, de J. K. Rowling
  121. A Heartbreaking Work of Staggering Genius, de Dave Eggers
  122. El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad
  123. Helter Skelter: The True Story of the Manson Murders, de Vincent Bugliosi y Curt Gentry
  124. Enrique IV (I parte), de William Shakespeare
  125. Enrique IV (II parte), de William Shakespeare
  126. Enrique V, de William Shakespeare
  127. Alta fidelidad, de Nick Hornby
  128. The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, de Edward Gibbon
  129. Holidays on Ice: Stories, de David Sedaris
  130. The Holy Barbarians, de Lawrence Lipton
  131. House of Sand and Fog, de Andre Dubus III
  132. La casa de los espíritus, de Isabel Allende
  133. How to Breathe Underwater, de Julie Orringer
  134. Cómo el Grinch robó la Navidad, de Dr. Seuss
  135. How the Light Gets in, de M. J. Hyland
  136. Aullido, de Allen Gingsburg
  137. El jorobado de Notredame, de Victor Hugo
  138. La Ilíada, de Homero
  139. I’m with the Band, de Pamela des Barres
  140. A sangre fría, de Truman Capote
  141. Heredarás el viento, de Jerome Lawrence y Robert E. Lee
  142. Iron Weed, de William J. Kennedy
  143. Es labor de todos, de Hillary Clinton
  144. Jane Eyre, de Charlotte Brontë
  145. El club de la buena estrella, de Amy Tan
  146. Julio César, de William Shakespeare
  147. La célebre rana saltarina, de Mark Twain
  148. La jungla, de Upton Sinclair
  149. Just a Couple of Days, de Tony Vigorito
  150. The Kitchen Boy: A Novel of the Last Tsar, de Robert Alexander
  151. Kitchen Confidential: Adventures in the Culinary Underbelly, de Anthony Bourdain
  152. Cometas en el cielo, de Khaled Hosseini
  153. El amante de Lady Chaterley, de D. H. Lawrence
  154. The Last Empire: Essays 1992-2000, de Gore Vidal
  155. Hojas de hierba, de Walt Whitman
  156. La leyenda de Bagger Vance, de Steven Pressfield
  157. Menos que cero, de Bret Easton Ellis
  158. Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke
  159. Lies and the Lying Liars Who Tell Them, de Al Franken
  160. Vida de Pi, de Yann Martel
  161. La pequeña Dorrit, de Charles Dickens
  162. The Little Locksmith, de Katharine Butler Hathaway
  163. La pequeña cerillera, de Hans Christian Andersen
  164. Mujercitas, de Louisa May Alcott
  165. Historia viva, de Hillary Rodham Clinton
  166. El señor de las moscas, de William Golding
  167. The Lottery: And Other Stories, de Shirley Jackson
  168. Desde mi cielo, de Alice Sebold
  169. Love Story, de Erich Segal
  170. Macbeth, de William Shakespeare
  171. Madame Bovary, de Gustave Flaubert
  172. Mantícora, de Robertson Davies
  173. Marathon Man, de William Goldman
  174. El maestro y Margarita, de Mikhail Bulgakov
  175. Memorias de una joven formal, de Simone de Beauvoir
  176. Memoirs of General W. T. Sherman, de William Tecumseh Sherman
  177. Me Talk Pretty One Day, de David Sedaris
  178. The Meaning of Consuelo, de Judith Ortiz Cofer
  179. Mencken’s Chrestomathy, de H. R. Mencken
  180. Las alegres comadres de Windsor, de William Shakespeare
  181. La metamorfosis, de Franz Kafka
  182. Middlesex, de Jeffrey Eugenides
  183. El milagro de Ana Sullivan, de William Gibson
  184. Moby Dick, de Herman Melville
  185. The Mojo Collection: The Ultimate Music Companion, de Jim Irvin
  186. Moliere: A Biography, de Hobart Chatfield Taylor
  187. A Monetary History of the United States, de Milton Friedman
  188. Monsieur Proust, de Celeste Albaret
  189. A Month Of Sundays: Searching For The Spirit And My Sister, de Julie Mars
  190. París era una fiesta, de Ernest Hemingway
  191. La señora Dalloway, de Virginia Woolf
  192. Motín a bordo, de Charles Nordhoff y James Norman Hall
  193. My Lai 4: A Report on the Massacre and It’s Aftermath, de Seymour M. Hersh
  194. My Life as Author and Editor, de H. R. Mencken
  195. Mi vida en naranja: creciendo con el gurú, de Tim Guest
  196. Myra Waldo’s Travel and Motoring Guide to Europe, 1978, de Myra Waldo
  197. My Sister’s Keeper, de Jodi Picoult
  198. The Naked and the Dead, de Norman Mailer
  199. El nombre de la rosa, de Umberto Eco
  200. El buen nombre, de Jhumpa Lahiri
  201. The Nanny Diaries, de Emma McLaughlin
  202. Nervous System: Or Losing My Mind in Literature, de Jan Lars Jensen
  203. Nuevos poemas de Emily Dickinson, de Emily Dickinson
  204. Cómo funcionan las cosas, de David Macaulay
  205. Nickel and Dimed, de Barbara Ehrenreich
  206. La noche, de Elie Wiesel
  207. La abadía de Northanger, de Jane Austen
  208. The Norton Anthology of Theory and Criticism, de William E. Cain et al
  209. Novels 1930-1942: Dance Night/Come Back to Sorrento, Turn, Magic Wheel/Angels on Toast/A Time to be Born, de Dawn Powell
  210. Notes of a Dirty Old Man, de Charles Bukowski
  211. De ratones y hombres, de John Steinbeck
  212. Old School, de Tobias Wolff
  213. En el camino, de Jack Kerouac
  214. Alguien voló sobre el nido del cuco, de Ken Kesey
  215. Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez
  216. The Opposite of Fate: Memories of a Writing Life, de Amy Tan
  217. La noche del oráculo, de Paul Auster
  218. Oryx y Crake, de Margaret Atwood
  219. Otelo, de Shakespeare
  220. Nuestro común amigo, de Charles Dickens
  221. The Outbreak of the Peloponnesian War, de Donald Kagan
  222. Memorias de África, de Isak Dinesen
  223. The Outsiders, de S. E. Hinton
  224. A Passage to India, de E. M. Forster
  225. The Peace of Nicias and the Sicilian Expedition, de Donald Kagan
  226. Las ventajas de ser un marginado, de Stephen Chbosky
  227. Peyton Place, de Grace Metalious
  228. El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde
  229. Pigs at the Trough, de Arianna Huffington
  230. Pinocchio, de Carlo Collodi
  231. Please Kill Me: The Uncensored Oral History of Punk Legs McNeil and Gillian McCain
  232. The Polysyllabic Spree, de Nick Hornby
  233. The Portable Dorothy Parker, de Dorothy Parker
  234. The Portable Nietzche, de Fredrich Nietzche
  235. The Price of Loyalty: George W. Bush, the White House, and the Education of Paul O’Neill, de Ron Suskind
  236. Orgullo y prejuicio, de Jane Austen
  237. Property, de Valerie Martin
  238. Pushkin: A Biography, de T. J. Binyon
  239. Pigmalión, de George Bernard Shaw
  240. Quattrocento, de James Mckean
  241. A Quiet Storm, de Rachel Howzell Hall
  242. Rapunzel, de los hermanos Grimm
  243. El cuervo, de Edgar Allan Poe
  244. El filo de la navaja, de W. Somerset Maugham
  245. Reading Lolita in Tehran: A Memoir in Books, de Azar Nafisi
  246. Rebecca, de Daphne du Maurier
  247. Rebecca of Sunnybrook Farm, de Kate Douglas Wiggin
  248. The Red Tent, de Anita Diamant
  249. Rescuing Patty Hearst: Memories From a Decade Gone Mad, de Virginia Holman
  250. El retorno del rey (El Señor de los Anillos), de J. R. R. Tolkien
  251. R Is for Ricochet, de Sue Grafton
  252. Rita Hayworth, de Stephen King
  253. Robert’s Rules of Order, de Henry Robert
  254. Roman Holiday, de Edith Wharton
  255. Romeo y Julieta, de William Shakespeare
  256. Un cuarto propio, de Virginia Woolf
  257. Una habitación con vistas, de E. M. Forster.
  258. Rosemary’s Baby, de Ira Levin.
  259. The Rough Guide to Europe, 2003 Edition
  260. Sacred Time, de Ursula Hegi
  261. Santuario, de William Faulkner
  262. Savage Beauty: The Life of Edna St. Vincent Millay, de Nancy Milford
  263. Say Goodbye to Daisy Miller, de Henry James
  264. The Scarecrow of Oz, de Frank L. Baum
  265. La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne
  266. Seabiscuit: An American Legend, de Laura Hillenbrand
  267. El segundo sexo, de Simone de Beauvoir
  268. La vida secreta de las abejas, de Sue Monk Kidd
  269. Secrets of the Flesh: A Life of Colette, de Judith Thurman
  270. Selected Hotels of Europe
  271. Selected Letters of Dawn Powell: 1913-1965, de Dawn Powell
  272. Sentido y sensibilidad, de Jane Austen
  273. A Separate Peace, de John Knowles
  274. Algunas biografíasde Winston Churchill
  275. Sexus, de Henry Miller
  276. La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón
  277. Shane, de Jack Shaefer
  278. El resplandor, de Stephen King
  279. Siddhartha, de Hermann Hesse
  280. S Is for Silence, de Sue Grafton
  281. Matadero cinco, de Kurt Vonnegut
  282. Small Island, de Andrea Levy
  283. Las nieves del Kilimanjaro, de Ernest Hemingway
  284. Blancanieves y Rosarroja, de los hermanos Grimm
  285. Social Origins of Dictatorship and Democracy: Lord and Peasant in the Making of the Modern World, de Barrington Moore
  286. Los nombres de la canción, de Norman Lebrecht
  287. Song of the Simple Truth: The Complete Poems of Julia de Burgos, de Julia de Burgos
  288. The Song Reader, de Lisa Tucker
  289. Songbook, de Nick Hornby
  290. Sonetos, de William Shakespeare
  291. Sonnets from the Portuguese, de Elizabeth Barrett Browning
  292. La decisión de Sophie, de William Styron
  293. El ruido y la furia, de William Faulkner
  294. Speak, Memory, de Vladimir Nabokov
  295. Stiff: The Curious Lives of Human Cadavers, de Mary Roach
  296. The Story of My Life, de Helen Keller
  297. Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams
  298. Stuart Little, de E. B. White
  299. Fiesta, de Ernest Hemingway
  300. Por el camino de Swann, de Marcel Proust
  301. Swimming with Giants: My Encounters with Whales, Dolphins and Seals, de Anne Collett
  302. Sybil, de Flora Rheta Schreiber
  303. Historia de dos ciudades, de Charles Dickens
  304. Suave es la noche, de F. Scott Fitzgerald
  305. La fuerza del cariño, de Larry McMurtry
  306. Ahora y siempre, de Jack Finney
  307. La mujer del viajero en el tiempo, de Audrey Niffenegger
  308. Tener y no tener, de Ernest Hemingway
  309. Matar un ruiseñor, de Harper Lee
  310. Ricardo III, de William Shakespeare
  311. A Tree Grows in Brooklyn, de Betty Smith
  312. El proceso, de Franz Kafka
  313. The True and Outstanding Adventures of the Hunt Sisters, de Elisabeth Robinson
  314. Truth & Beauty: A Friendship, de Ann Patchett
  315. Martes con mi viejo profesor, de Mitch Albom
  316. Ulises, de James Joyce
  317. The Unabridged Journals of Sylvia Plath 1950-1962, de Sylvia Plath
  318. La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe
  319. Unless, de Carol Shields
  320. Valley of the Dolls, de Jacqueline Susann
  321. The Vanishing Newspaper, de Philip Meyers
  322. Vanity Fair, de William Makepeace Thackeray
  323. Velvet Underground’s The Velvet Underground and Nico (Thirty Three and a Third series), de Joe Harvard
  324. Las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides
  325. Esperando a Godot, de Samuel Beckett
  326. Walden, de Henry David Thoreau
  327. Walt Disney’s Bambi, de Felix Salten
  328. Guerra y paz, de León Tolstoi
  329. We Owe You Nothing – Punk Planet: The Collected Interviews, editado por Daniel Sinker
  330. What Colour is Your Parachute?, de Richard Nelson Bolles
  331. ¿Qué fue de Baby Jane?, de Henry Farrell
  332. Cuando el emperador era divino, de Julie Otsuka
  333. ¿Quién se ha llevado mi queso?, de Spencer Johnson
  334. Quién teme a Virginia Woolf, de Edward Albee
  335. Wicked: memorias de una bruja mala, de Gregory Maguire
  336. El mago de Oz, de Frank L. Baum
  337. Cumbres borrascosas, de Emily Brontë
  338. The Yearling, de Marjorie Kinnan Rawlings
  339. El año del pensamiento mágico, de Joan Didion
  340. Sueño de una noche de verano, de William Shakespeare

 

Bon appétit! Y Feliz Día del Libro. O mejor dicho, ¡Feliz Vida del Libro!

Todo el mundo quiere a Logan Lerman

El de Logan Lerman es un caso parecido al de otros jóvenes actores en boga, como su amigo de la infancia Josh Hutcherson. Llevan trabajando prácticamente desde que abandonaron la cuna, pero nunca fueron estrellas infantiles, ni caras famosas de Disney Channel, por lo que, afortunadamente, se saltaron la etapa juguete roto+rehabilitación, y pasaron directamente a convertirse en promesas de Hollywood.

Lerman tiene tan solo 21 años. Nació en el seno de una familia judía de Beverly Hills el 19 de enero de 1992 -o sea, que es legal tanto para beber en su país como para que vosotros y vosotras babeéis por él sin sentiros demasiado culpables. A los dos años y medio le dijo a su madre que quería ser actor, y a los 4 ya tenía agente. Su primer papel profesional en el cine fue en la película de 2000 El patriota, en la que interpretaba al hijo de Mel Gibson. Desde entonces ha desarrollado una filmografía no demasiado prolífica (en parte porque al principio la actuación solo era un “hobby” para él), pero definitivamente constante, de cuya primera etapa destacan títulos como ¿En qué piensan las mujeres? (2000), Los chicos de mi vida (2001) o El efecto mariposa (2004). En estas tres películas, curiosamente -o lógicamente, según se mire- interpretaba a las versiones infantiles de los protagonistas en flashbacks.

El año 2010 marcó un punto de inflexión en su carrera, aunque quizás no tanto como el propio actor esperaba. Se iniciaba la franquicia cinematográfica Percy Jackson, basada en la saga literaria Percy Jackson y los dioses del Olimpo, de Rick Riordan. Con Harry Potter acercándose peligrosamente a su conclusión, Hollywood necesitaba nueva saga fantástica de éxito, y Lerman, que interpretaba al héroe de la película, estaba absolutamente preparado para el estrellato: “No sé si llegará al nivel de obsesión que ha desatado Crepúsculo, pero si lo hace, estoy listo para ello”, declaró en su momento. Sin embargo, Percy Jackson y el ladrón del rayo (dirigida por el responsable de las dos primeras Harry Potter, Chris Columbus) no funcionó como se esperaba, recaudando una taquilla ligeramente por debajo de su presupuesto. Lerman no se convirtió en una súper estrella, pero Percy Jackson lo colocó en el mapa.

Poco después de Percy Jackson, Lerman participó en Los tres mosqueteros (2011), la fallida revisión del clásico de Alejandro Dumas de parte de Paul W.S. Anderson. No fue hasta el año siguiente cuando el actor obtuvo verdadera notoriedad en el mundo del cine, gracias a la reciente ganadora del GLAAD Media Award a Mejor Película Las ventajas de ser un marginado (The Perks of Being a Wallflower), basada en el éxito editorial de Stephen Chbosky, que el mismo autor dirigió. Lerman protagonizó la que es sin duda una de las cintas de culto más destacadas de los últimos años, una suerte de Donnie Darko para la nueva década (podéis leer mi entusiasta crítica de la película aquí).

Las ventajas de ser un marginado confirmó el desbordante talento de Ezra Miller (Tenemos que hablar de Kevin), inició con éxito el proceso de desencasillamiento de Emma Watson (Harry Potter) y presentó a Logan como a una de las estrellas más a tener en cuenta de su generación, como en su momento le ocurriera a Jake Gyllenhaal. Su Charlie ha servido además para convertir al actor en todo un galán teen, gracias a su combinación de belleza, elegancia de andar por casa, palpable modestia, timidez y cualidad de boy-next-door. Como si lo hubieran creado los dioses del Olimpo en colaboración con las grandes revistas de tendencias adolescentes y Tumblr. Logan Lerman es un niño bonito, y lo mejor de todo es que no parece que él lo sepa. Un chaval de aspecto angelical, sonrisa deslumbrante y voz sorprendentemente profunda que desprende un (indignante e irresistible) halo de normalidad.

El secreto de Lerman es mantener en todo momento los pies en la tierra y evitar la senda de la pretensión que toman muchos intérpretes a su edad -ejem Shia LaBeouf ejem. Para ello no ha dudado en participar en campañas de concienciación social, como la de Stand Up to Cancer, en la que se vistió de astronauta, y por supuesto, ha aprendido de los traspiés creativos que abiertamente reconoce (como Los tres mosqueteros). Su ambición es moderada (pero solo en apariencia, que es lo que importa), su seriedad es estudiada, e incluso a veces da la sensación de que no termina de encajar en el mundillo: sorprende ver cómo se desenvuelve en actos públicos o entrevistas, navegando entre la seguridad y los nervios, la determinación en sus declaraciones y el sudor, como si su cuerpo le impidiese dominar del todo la situación. Sin embargo, le delatan sus planes de futuro, sobre el que ya ejerce control absoluto: elige los proyectos con sumo cuidado, fijándose principalmente en su director, y no solo persigue una estrella en Hollywood Boulevard, sino una carrera interpretativa respetable con la que sentirse artísticamente realizado.

Todo esto salta a la vista al repasar los cinco proyectos que tiene pendientes de estreno: Percy Jackson y el Mar de los Monstruos (cuya campaña de márketing y la creciente popularidad del actor auguran un mayor éxito que el de la primera entrega), el drama coral indie Un invierno en la playa, y ya de cara a 2014, la bíblica Noah de Darren Aronofsky (en la que repite con Russell Crowe, Emma Watson y Jennifer Connelly), The Only Living Boy in New York de Marc Webb -director de (500) días juntos– y Glimmer, una cinta sci-fi sobre viajes en el tiempo.

La apretada agenda laboral de Lerman le asegura un brillante futuro inmediato y una presencia mediática cada vez mayor. Oficialmente ya todo un It boy, Logan Lerman ha llegado para quedarse, y si alguien le ofrece el papel adecuado, para desnudarse. Merecerá la pena seguirle la pista, seguro.

On the Road, Tierra prometida y otros estrenos de cine (19-04-13)

 

Tierra prometida (Promised Land, Gus Van Sant, 2013)

La nueva película de Gus Van Sant supone su reencuentro con Matt Damon desde que este protagonizara en 1997 El indomable Will Hunting. Tierra prometida es tanto de su realizador como de sus protagonista (de hecho, Van Sant sustituyó a Damon como director), que firma el guion en tándem con John Krasinski (The Office), como ya hiciera con Ben Affleck para Will Hunting. Van Sant, Damon y Krasinski nos proponen una estimulante y, por qué no decirlo, moralizadora historia acerca de la práctica del fracking (fracturación hidráulica) y el poder de las grandes corporaciones sobre el pequeño negocio.

Dos representantes de una compañía de gas natural, Steve Butler (Damon) y Sue Thomason (Frances McDormand) visitan un pueblo rural de Pensilvania, y ejerciendo de vendedores puerta a puerta, tratan de convencer a los habitantes de que permitan el fracking en sus tierras, con la promesa de prosperidad, cambio e ingentes beneficios. Un profesor de la escuela y el representante de una organización ecológica (Krasinski) les pondrán la tarea muy difícil.

Tierra prometida es prácticamente un cuento de hadas, y así hay que tomársela si se pretende disfrutar de la propuesta. Seguramente el debate sobre la verosimilitud de la historia, o una posible crítica al panfletismo (sea del bando que sea) que practica, eclipsará lo verdaderamente importante de la película: que está ejemplarmente contada, realizada, interpretada y musicada. Tierra prometida es un producto impecable para salir del cine con la sensación de haber visto eso, cine.

Un lugar donde refugiarse (Safe Haven, Lasse Hallström, 2013)

Para saber exactamente lo que esperar de Un lugar donde refugiarse, solo hace falta echar un vistazo a su cartel. Estamos ante otra adaptación de una novela de Nicholas Sparks, escritor de El diario de Noa y La última canción (los tres pósters son prácticamente idénticos, buscadlos si no me creéis), otra película abiertamente orientada al público femenino que consume este tipo de productos -sin ir más lejos, hace un rato he visto un concurso en Facebook para promocionar la película cuyo premio era un set de maquillaje. Un lugar donde refugiarse viene firmada por Lasse Hallström, el anteriormente respetable director de cintas como Las normas de la casa de la sidra o Chocolat, que pone con esta película el último clavo en su féretro cinematográfico.

Un lugar donde refugiarse cuenta la historia de una mujer (Julianne Hough) que huye de la ley y va a parar a un pequeño pueblo costero, donde sus habitantes la reciben con los brazos abiertos, en especial un viudo (Josh Duhamel) con dos hijos, con el que inicia un idílico romance. Podéis imaginar exactamente cómo transcurre la película a partir de ahí: horribles baladas, escenas románticas bajo la lluvia…

No sabría cómo describir el horror que he sufrido viendo esta película. Me siento físicamente asaltado. Yo soy de los que piensan que El diario de Noa es una de las películas más sobrevaloradas de la historia, pero Un lugar donde refugiarse la convierte en una obra maestra. En mi intento de buscar el lado bueno de las cosas, mi intención era sugerir que los fans de Noa quizás encuentren algo disfrutable esta nueva adaptación de Sparks, sin embargo, me cuesta creerlo. Decir que es un telefilm barato es, además de evidente y trillado (será que no hay TV Movies mejores…), quedarse MUY corto. Por si la pastelosa historia de amor vista mil veces (y contada de la misma manera mil veces) no fuera suficiente, Un lugar donde refugiarse incorpora un desastroso factor thriller y un increíble (literalmente, para echarse las manos a la cabeza) giro sorpresa, que pasa de insultar al espectador directamente a abofetearlo.

Un été brûlant (Un verano ardiente) (Philippe Garrel, 2011)

Un verano ardiente nos devuelve a un Philippe Garrel completamente desganado y desinspirado con una irregular historia de amores que consumen y se consumen. Paul (Jérome Robart) inicia una amistad con Frédéric (Louis Garrel), un espíritu atormentado que está profunda y dependientemente enamorado de su esposa, una hermosa actriz de cine, Angèle (Monica Belluci). Frédéric invita a Paul y a su pareja, Élisabeth (Céline Sallette) a pasar un verano en Roma con él y su mujer. En el transcurso de las vacaciones (que no son tal cosa, porque estos personajes viven en un permanente estado de paseo por la vida), la relación entre Frédéric y Angéle se complica.

Salvan a la película de hundirse en el tedio más absoluto las interpretaciones de Louis Garrel (en un/otro papel hecho a su medida) y una Monica Belluci triste, desgarradora, espléndida y valiente, demostrando que aunque su carrera cinematográfica siga girando en torno a su belleza, es capaz de construir personajes verdaderamente complejos. De no ser por ellos dos, Un été brûlant no tendría razón de ser o existir.

Nana (Valérie Massadian, 2011)

Primitiva y salvaje en el sentido más precioso y puro de la palabra, es decir, “donde viven los niños”. Nana se presta a ser llamada “cuento” o “fábula“, pero es mucho más que eso. Es una mirada a la niñez descontaminada y sincera, temeraria y naturalista. Un sueño de regresión, donde lo perturbador es mágico y el mundo es un lugar posible de abarcar, entender y reinar por una niña de 4 años. Es mejor no entrar demasiado en detalle sobre lo que ocurre en esta película, puesto que su experiencia trasciende cualquier tipo de concreción y no hay tal cosa como un argumento que pueda resumirla.

La realizadora de Nana, Valérie Massadian, escribió una “Carta a Kelyna” (la magnífica niña protagonista) después de la finalización de la película, para la que vivieron juntas, experimentando el campo y la vida, durante cinco meses. Os dejo con algunas de las palabras que Massadian dedicó a Kelyna: “Esta película existe porque tú habitas donde yo me siento fuerte, en un pequeño pueblo donde la tierra se nos mete en las uñas y los hombres todavía se paran a mirar. Hemos intercambiado secretos, nos hemos conocido poco a poco. Aprendí tu manera de mirar las cosas, tu mirada, tu cuerpo, el tiempo que se expande en tus movimientos, tu locura, y tú hiciste lo mismo conmigo. Filmar contigo ha sido como bailar contigo. […] Nuestra película, Kelyna, se parece a las películas antiguas, a los antiguos cuentos para niños, simples y un poco crueles. Yo pienso las películas como gestos de amor, de mí a ti, de ti a mí, de nosotros a otros. Ahora hay que ofrecérsela a los demás”.

On the Road (En la carretera) (Walter Salles, 2012)

“¿Quiénes somos? Yo sé que tengo 23 años. Sé que dependo económicamente de mis amigos y de mi familia. Y sé que no hay oro al otro lado del arcoiris”.

Por regla general, una gran obra maestra de la literatura nunca generará una gran obra maestra del cine. Es el caso de On the Road, película de Walter Salles (Diarios de motocicleta) basada en la célebre novela de Jack Kerouac. Sin embargo, teniendo en cuenta la dificultad de trasladar al lenguaje cinematográfico una historia que se resiste a dejar las páginas del libro, Salles lleva a cabo un trabajo nada desdeñable.

En On the Road, el realizador brasileño capta con acierto la melancolía y la ausencia de propósito y rumbo de una juventud de los años 40 que se asemeja en muchos sentidos a nuestra querida generación perdida. Sal Paradise, Dean Moriarty, Marylou o Carlo Marx son los precursores de los protagonistas de GIRLS. Ambas generaciones se caracterizan por la vacuidad de sus existencias, por la búsqueda desesperada de una identidad, de las experiencias que permitan hallar algún propósito existencial, que ayuden a sentirse vivo. Pero también por el autoengaño y la renuncia a las responsabilidades. Nuestro trabajo es ser nosotros. En el camino nos perdemos, y en él nos encontramos.

On the Road es todo un trabajo de pasión, y un notable ejercicio cinematográfico. Además de un interesante catálogo de interpretaciones: desde una Kristen Stewart insólita hasta un excesivo y contundente Viggo Mortensen, pasando por una Amy Adams brillante a pesar de aparecer solo un minuto. Y sobre todo, un sorprendente y magnético Garrett Hedlund, la verdadera revelación de la película, y la razón por la que sería injusto ignorarla.

Memorias de un zombie adolescente: las ventajas de ser un muerto viviente

Memorias de un zombie adolescente (Warm Bodies, Jonathan Levine, 2013)

¿Quién iba a decirnos que en 2013 llegaría a nuestras carteleras una adaptación del éxito de 1989 “Mi novio es un zombi”? Jonathan Levine (50/50) se ha basado en la exitosa novela de Isaac Marion, Warm Bodies, para su cinta Memorias de un zombie adolescente, pero el realizador no engaña a nadie. El germen del proyecto es evidentemente la canción de Alaska y Dinarama (previamente de Los Vegetales): “A veces pienso que no puede ser / pero yo sé que nadie me separará de él / está muerto, aunque lo niegue / él es un zombi pero me quiere”.

Fuera de bromas, tanto la canción como la película se apoyan en la misma premisa: el amor imposible entre dos seres que pertenecen a mundos diametralmente opuestos. En este sentido, Warm Bodies no oculta su inspiración en la historia de amor prohibido por excelencia: Romeo y Julieta de William Shakespeare. Memorias de un zombie adolescente está ambientada en un escenario postapocalíptico regido por leyes marciales, en el que un gran muro hace las veces de torreón del castillo donde una princesa permanece enclaustrada -figuradamente- a la espera de su príncipe azul.

Y en este caso, lo de “azul” es prácticamente literal, porque el Romeo de esta historia es un muerto viviente. Los zombies invaden la Tierra mientras la resistencia humana se atrinchera con la esperanza de hacer que la especie perviva, y con el objetivo principal de disparar a todo aquel que esté infectado con el virus de origen desconocido (no esperéis explicaciones, tampoco las vais a necesitar). R (interpretado por nuestro Nicholas Hoult de Skins) es un zombie adolescente, o un adolescente a secas: se comunica con gruñidos y monosílabos, es tremendamente autoconsciente de su aspecto físico, camina desgarbado y sin rumbo definido, y se pasa las horas muertas en su cuarto (en este caso cabina de avión) escuchando música. Su no-vida cambia cuando en ella irrumpe Julie Grigio (Teresa Palmer, un cruce exacto entre Kristen Stewart y Hayden Panettiere), de la que se enamora perdidamente, y a través de la que intentará demostrar que es posible revertir el proceso de putrefacción y degeneración mental que acaba convirtiendo a los zombies en esqueletos asesinos.

Memorias de un zombie adolescente viene de la mano de la productora de La Saga Crepúsculo, Summit Entertainment, pero no debemos dejarnos llevar por este preocupante dato. La película propone una vuelta de tuerca amable, teen y romanticona que ha sentado de maravilla a un género que ya empezaba a agonizar. El humor gamberro made in Britain que perfeccionó Shaun of the Dead (éxito cuyo patrón ha generado innumerables sucedáneos, unos más afortunados que otros) comienza a agotarse, por lo que se agradece un punto de vista alternativo y original. Memorias de un zombie adolescente adapta al género Z la muy recurrente metáfora de la adolescencia como etapa de monstruosos cambios físicos y psicológicos. Los previos acercamientos vampíricos y licántropos a este tema no han servido precisamente para dignificar el género, sino más bien todo lo contrario. Memorias de un zombie adolescente se deshace de la seriedad con la que se toma a sí misma La Saga Crepúsculo, y hace gala de un sentido del humor relajado, buenrrollista y eficaz que la convierte en una feel-good movie en toda regla.

Ya sea como película de zombies o comedia romántica, Memorias de un zombie adolescente es una propuesta fresca e inusual. El mayor acierto de la cinta es plantear la historia desde el punto de vista del zombie -de uno embellecido y adorkable, para más inri-, que a través de sus pensamientos en off nos involucra en su entrañable tormento existencial, pero sobre todo, nos hace cómplices de su enamoramiento. Al fin y al cabo, Memorias de un zombie adolescente no es más que la historia de un chaval introvertido que no sabe cómo hablar con la chica de la que se ha colgado. Y es en esa universalidad donde reside el principal encanto de una película que se niega a ser constringida por las normas del género y abre los ojos ante un mundo lleno de posibilidades. Si consigues decirle dos palabras seguidas sin tartamudear, todo es posible.

Mad Men 6.03 “The Collaborators”

La diva y el gigoló

En su célebre introducción a Grandes esperanzas de Charles Dickens, George Bernard Shaw escribió “Los que avanzan en este mundo son los que se ponen en pie y buscan las circunstancias que desean, y si no las encuentran, las crean ellos mismos”. Esta es una idea que, por sí sola, podría resumir a grandes rasgos Mad Men. Sin embargo, en el episodio de esta semana, “The Collaborators”, se plantea una cuestión que la modifica: hasta qué punto la educación y el pasado de estos personajes influye en sus decisiones, en el camino que toman para lograr lo que desean y en su manera de relacionarse con el mundo. En un ejercicio freudiano de regresión a la infancia en busca de traumas y detonantes, se nos muestra cómo Don Draper -y en cierto modo el resto de personajes- están condicionados por lo que se les enseñó cuando eran niños, por los modelos de comportamiento que tuvieron. Puede que las circunstancias que estos personajes se esfuerzan en construir vengan predeterminadas y prediseñadas por el pasado o incluso por un efímero instante que no acaba nunca.

El affair que Don mantiene con su vecina, Sylvia (interpretada por Linda Cardellini en colaboración con una peluca con personalidad propia), despierta en ambos un ardiente sentimiento de temeridad y emoción ante el peligro -y para él quizás signifique además una posibilidad de ponerse en la piel de otro, una vez más. Ella, condicionada por las apariencias y el qué dirán, hace gala de una falsa modestia que Don destapa y aniquila con un discurso que roza el softcore porn: “Quieres sentirte como una mierda hasta que te quite el vestido”. Cuando por indisposición de sus respectivas parejas, se quedan solos en un restaurante, Sylvia imagina cómo sería una relación con él (“No podemos enamorarnos”, le dice más tarde en la cama). Es entonces cuando Don se encarga de recordarle lo que ella significa para él, algo que ya le había insinuado -nada sutilmente- en un encuentro anterior, dejándole un fajo de billetes después de que esta le limpie el sudor postcoital de la frente. Sylvia, que ya no tiene razones para seguir interpretando a la ingenua que nunca fue, pide al camarero un “steak diavolo”. Es decir, un buen trozo de bistec Draper. ¡Marchando una ración de infierno! Y todo esto ocurre mientras suena el aria Casta Diva”, de la ópera de Bellini Norma. Por supuesto.

Es evidente que la relación de Don con las mujeres es uno de los temas centrales de Mad Men. Los flashbacks al comienzo y al final de “The Collaborators” nos dan la opción de ubicar el origen del comportamiento profundamente dual que este mantiene con el sexo opuesto en una ¿tormentosa? experiencia durante su preadolescencia. Don Draper es un gigoló y también un caballero de brillante armadura, dos expresiones de un mismo rostro, dos manifestaciones de un mismo pasado: Mommy issues, claro. Dick crece sin su madre biológica, criado por su tío y la mujer de este, a la que una noche ve a través de una cerradura manteniendo relaciones sexuales. Su temprana toma de contacto con el sexo servirá como catalizador del futuro Don Draper, que tratará a la mujer o bien como un trozo de carne -esperando el mismo trato hacia él, como ya hemos visto- o como un animalillo frágil e indefenso al que hay que proteger de buitres y demás criaturas carroñeras; Joan es actualmente la damisela en peligro de Don, aunque ella no necesite a un hombre que la rescate, se basta y se sobra con su mordaz repertorio: “Yo sé que hay una parte de tu cuerpo que no has visto en años”, le dice al baboso Herb. Entonces, ¿cuál de los dos es el Don más misógino? ¿El que trata a la mujer como a una prostituta o el que asume que es el sexo débil? Al final de “The Collaborators”, Don se derrumba -literalmente-, al son de “Just a Gigoló” de Bing Crosby, demostrando que, a pesar de que pueda parecer que es víctima de la pasión que nubla el juicio y ciega la razón, él es en todo momento consciente de la autodestrucción en la que ha vuelto a sumirse, así como de su vacua existencia.

Y mientras asistimos al renacimiento del Don Draper primordial, reconocemos trazas de Betty en Megan Draper, que en “The Collaborators” desvela un secreto que ha estado atormentándola desde Hawaii: estaba embarazada de seis semanas y abortó durante las vacaciones. Después de despedir a su criada sin piedad -en una escena que nos remite directamente a Betty echando a Carla de su casa-, Megan se desahoga con Sylvia. La mujer de Don es totalmente inconsciente de lo que está ocurriendo entre su marido y la vecina. Sylvia es mayor que ella, es una simple ama de casa, tradicional y anticuada (como su horrible peinado indica), no plantea desafío alguno. Durante la conversación, Sylvia se muestra hostil hacia Megan, a la que claramente envidia -mientras ella se siente culpable por ver la televisión durante el día, Megan sale por la televisión durante el día-, y recuerda el tema subyacente en todas las tramas del episodio: Sylvia, en un alarde de hipocresía brutal, deja claro a Megan que ella es consecuente con su educación religiosa, y le reprocha sentirse aliviada por no tener que decidir si quedarse o no con el bebé, algo que para empezar nunca fue decisión suya. Cuando Megan habla por fin con Don sobre el tema, este se muestra preocupado por ella. La primera pregunta que él hace no es “¿Por qué no me lo habías contado?”, sino “¿Estás bien?” Emerge el Don caballeroso y protector, que nos hace plantearnos una vez más qué mueve al personaje a hacer daño a alguien a quien evidentemente ama.

La fidelidad y el compromiso con los principios y fundamentos aprehendidos es otra vertiente del tema que articula las historias de “The Collaborators”. Trudy Campbell siempre aspiró a ser un ama de casa sacada de un cuadro de Norman Rockwell, porque eso fue lo que le enseñaron. La educación de Pete y Trudy fue similar, y por ello los dos compartían el sueño común de crear una familia de postal en las afueras. Sin embargo, mientras Trudy ha seguido esforzándose por que su fantasía suburbana no se resquebraje, Pete ha sucumbido a la mala vida draperiana que el pobre practica como buenamente puede. Cuando en la temporada anterior Trudy concedió a Pete el deseo de mantener un piso en Manhattan, no estaba pecando de ingenua, sino más bien todo lo contrario. En “The Collaborators” descubrimos que Trudy está dispuesta a vivir en una farsa antes que asumir el fracaso. Lo suyo con Pete nunca tuvo que ver con el amor, sino con la educación y las expectativas. Y como bien dice Pete, con la imagen: “Todo se reduce a las apariencias”, y en eso se basa precisamente el negocio al que él se dedica y el matrimonio en el que ella trabaja a tiempo completo. Una castrante -y bravísima- Trudy informa a Pete de las nuevas condiciones de su relación (abierta para él, como si fuera uno de los personajes de Hair que tanto detesta): “Voy a trazar un radio de 80 kilómetros alrededor de esta casa y como se te ocurra bajarte la bragueta, aunque solo sea para orinar, te destruiré”. Estas son las circunstancias para las que Trudy ha trabajado tan duro, y antes la muerte que el divorcio. Porque, ¿qué pensarían los vecinos? Trudy Campbell es nuestra nueva heroína favorita.

Por último, Peggy es quizás el personaje de Mad Men menos definido y constringido por su pasado lejano. Ella también representa la idea de la lealtad a aquel que te hizo, y el respeto a los principios que te moldearon. Sin embargo, a Peggy la hizo Sterling Cooper Draper Pryce -de acuerdo, Peggy se hizo a sí misma, pero siempre bajo la tutela de SCDP y Don Draper. Su resistencia a cortar los lazos con su antiguo hogar la pone en una disyuntiva cuando su nuevo jefe le propone bombardear (figurativamente) SCDP. Matthew Weiner carga el episodio de referencias cronológicas que anticipan una guerra entre agencias publicitarias: Munich, Korea, Vietnam, el incidente del USS Pueblo. Como viene siendo habitual desde la temporada anterior, el tumulto exterior es un fiel reflejo de lo que ocurre en las vidas de estos personajes, que se encuentran en plena contienda contra el pasado.

Oblivion: el batallón de limpieza de Tom Cruise

Oblivion (Joseph Kosinski, 2013)

El secretismo y la expectación levantada alrededor del nuevo filme de Joseph Kosinski (TRON: Legacy) ha convertido Oblivion en una de las películas más esperadas de la temporada. Desde luego, la campaña de márketing en la que Universal se ha enfrascado ha sido más que efectiva. Pero, ¿merece Oblivion todo el hype -autobombo puro- que ha tenido? La respuesta, en mi opinión, es un rotundo no.

El mayor interés de Oblivion reside en la espectacularidad de sus paisajes. Los naturales -gran parte del rodaje tuvo lugar en Islandia, donde se recreó una Manhattan desolada y enterrada tras una guerra con los alienígenas; Los artificiales -el diseño de producción de Darren Gilford, y en concreto la aséptica casa de estrella de Hollywood en la que viven Jack (Tom Cruise) y Victoria (Andrea Riseborough); Y por último los sonoros -la estimulante banda sonora de M83 y Joseph Trapanese, que fusiona tradición orquestal con elementos electrónicos. En general, Oblivion sigue al pie de la letra el manual de la ciencia ficción más minimalista, haciendo fácil la tarea de identificar sus mayores referentes: desde la obvia y confesa inspiración de 2001: una odisea del espacio, hasta la más acertada comparación con (la mucho más interesante) Moon, de Duncan Jones, pasando por el Spielberg de los actos primero y último de A.I. Inteligencia Artificial.

Sin embargo, lo verdaderamente importante, la historia, no está a la altura del acabado técnico. Con un arranque prácticamente calcado al de WALL·E -de la que podía haber aprendido también que a veces es mejor que los personajes no digan nada-, nos sumergimos en un escenario postapocalíptico en el que un hombre -que se autodenomina “limpiador” en cierto momento- se encarga de proteger un rincón de la Tierra del que aun se pueden aprovechar recursos naturales. Como el pequeño y entrañable robot de Pixar -pero mucho menos expresivo- Jack realiza un reconocimiento rutinario cada mañana, supervisado por su compañera Victoria. Dos personajes atrapados en una suerte de bucle temporal. El tiempo es precisamente uno de los principales leit-motifs de la película, que nos plantea una realidad cuyos cimientos se tambalean por los recuerdos de una vida pasada que se empeña en regresar a la mente de Jack -nosotros los vemos a modo de flashback en blanco y negro. Así, Oblivion se adscribe también al sci-fi existencialista que popularizó Matrix, el que cuestiona los límites entre la realidad y la fantasía, y que Kosinski ya practicó en TRON -aunque su discurso se pasase por alto.

Las posibilidades que brinda el género son completamente desaprovechadas en un guion evidente y carente de ambición. Oblivion subestima completamente al espectador al creer que este no predecirá en todo momento sus supuestamente sorprendentes giros argumentales. Lo peor es que la tensión se dilata de tal manera que cuando Kosinski se decide a insertar sus golpes de efecto, ya es demasiado tarde. El aturullado e insatisfactorio desenlace es la prueba final de que la única aspiración de Cruise y Kosinski era construir un festín visual -carne de IMAX– y un vehículo de dignificación y gloria para el dañado actor.

(Las interpretaciones de la película bien merecen un epílogo: Un Cruise temeroso y aburrido, que parece evitar movimientos interpretativos bruscos, no solo porque su personaje se lo pida, sino porque sabe que su imagen pública ha perjudicado su credibilidad como actor; una Olga Kurylenko impávida e inerte -aunque preciosa-, demostrando una vez más que NO es actriz. Y un reparto de secundarios trágicamente desaprovechados: Melissa Leo a través de una pantalla, Nikolaj Coster-Waldau y Zoe Bell con menos personalidad que un Stormtrooper, y Morgan Freeman en el papel más tópico de la película. Solo se salva Riseborough, como diva gélida y zorra celosa de culebrón).

 

Críticas: Alacrán enamorado, LOL

Alacrán enamorado (Santiago Zannou, 2013)

Interesante aproximación a un grave problema social de nuestro país que no se cimenta en los habituales discursos demagógicos, rancios y sensibleros, sino que lleva a cabo una potente denuncia -al racismo en todas sus vertientes, el de las palizas nocturnas, el político, el “de barra de bar”-, apoyándose principalmente en un grupo de personajes muy bien dibujados. Estos no se diluyen en el panfletismo de un director (y en este caso un escritor, Bardem), sino que se mantienen en el centro del relato en todo momento, como lo más importante del mismo.

Alacrán enamorado está hecha con astucia e inteligencia, no es un producto que infravalore o adoctrine a la audiencia, como suele ocurrir con este tipo de cine (Aranoa, qué poco te echamos de menos), y cuenta una historia de manera concisa, sin andarse por las ramas, y sabiendo en todo momento lo que el espectador necesita y lo que no le hace falta.

A destacar -de entre todos los excelentes intérpretes- a Carlos Bardem, no solo porque la película sea una adaptación de su libro homónimo, sino porque el papel que interpreta en ella es digno de todos los elogios. Y por supuesto, a un sorprendente Álex González, a quien pertenece el próximo Goya a Mejor Actor.

LOL (Lisa Azuelos, 2012)

Lo único que salva esta película es que sí hay química entre Demi Moore y Miley Cyrus, y que son muy adecuadas para sus papeles de madre e hija, por muy desafortunado que parezca el casting.

Pero ya está, no hay más. Estamos ante una cinta con ínfulas de retrato generacional que en realidad no es más que un insulso romance teen en la era WhatsApp. Quizás sí podamos sacar un par de conclusiones sobre los adolescentes de hoy en día, pero por muchas emotivas moralejas y aunque Azuelos se esfuerce en romantizarla, el vacío que vemos en ella es desolador.

Si Cyrus pretende desmarcarse de su etapa Disney con papeles como este, mejor que cambie de agente.

Raising Hope: segundas oportunidades

Que el apellido de la familia protagonista de Raising Hope sea Chance es, obviamente, de todo menos casual. Las múltiples acepciones de la palabra en inglés se ajustan a la perfección a este clan de locos, y representan los valores que componen y cohesionan a la familia. Los Chance nos hablan de segundas oportunidades -las que trae consigo Hope, la niña que da nombre a la serie-, de la importancia del azar y la casualidad a la hora de encontrar el amor o hallar un nuevo camino en la vida, y también del riesgo al tomar las decisiones que pueden llevarnos hacia nuestra felicidad, o a un desastre inminente. Los Chance son disfuncionalmente entrañables, y representan ese modelo de familia moderna que sustituye a la que plagó la comedia de situación en décadas anteriores. Descargada de moralina, pero sin renunciar en ningún momento a la moraleja y los finales felices, Raising Hope es una de las comedias actualmente en antena con más corazón.

El responsable de la serie es Greg García, conocido por Me llamo Earl, que duró cuatro temporadas en NBC antes de ser repentinamente cancelada, sin dar a García la opción de cerrar debidamente la historia. Por eso, Raising Hope es también una segunda oportunidad para el productor -una que le brinda Fox, y que él, temerario, acepta. El espíritu Earl se presiente en cada rincón de Hope, es más, en muchas ocasiones se manifiesta corpóreamente. Por Natesville ha desfilado un gran número de rostros de la anterior serie de García, interpretando además a personajes muy parecidos a los que habitaron Camden de 2005 a 2009. El incontable número de referencias a Earl -un póster de My Name Is Earl: The Movie, sin ir más lejos- ha culminado este año en “Making the Band”, un episodio en el que la pandilla original al completo se ha reunido para dar a García la satisfacción de tener un último capítulo con ellos. Ha ocurrido en la tercera temporada, que ha concluido recientemente, y que sin embargo ha supuesto un visible bajón de calidad con respecto a los dos años anteriores.

Precisamente esa obsesión con Me llamo Earl es uno de los elementos que más ha perjudicado a Raising Hope. Es como si la serie hubiera perdido el rumbo este año, entre tanto homenaje y autoreferencia. En cierto modo, la evolución de Raising Hope es paralela a la de Community. En su tercer año, la ex serie de Dan Harmon se entregaba completamente a la experimentación narrativa y se apoyaba mucho más en la parodia y la pantomima. La tercera temporada de Raising Hope ha transcurrido totalmente obsesionada por la mitomanía y el metaejercicio. Esto nos ha dado cosas geniales: el episodio homenaje a Regreso al futuro, “Credit Where Credit Is Due”, o cada una de las reflexiones de Burt (el mejor personaje de la serie) y Virginia (idem) sobre la cualidad de guía para la vida de la televisión -“¿Sabes qué se nos da genial? Recordar cosas importantes que vemos en la tele y que nos ayudan a navegar las hostiles aguas de la vida”. Pero también ha puesto en evidencia las limitaciones de García, que no ha obtenido resultados satisfactorios de todos los experimentos que ha llevado a cabo: la parodia a Modern Family que fue la boda de Jimmy y Sabrina en “Modern Wedding” fue un punto de inflexión -resolver la tensión sexual ha hecho que estos personajes pierdan interés-, y del musical judío “Burt Mitzvah: The Musical” solo se salva el número final -en el que Plimpton se reafirma como icono ochentero, Goonies Never Die!. En general, Raising Hope se ha olvidado un poco de sus personajes por preocuparse demasiado por el espectador.

La mayor constante de la serie durante esta temporada ha sido el profundo, eterno e indestructible amor entre Virginia y Burt, unos siempre espléndidos Garret Dillahunt y Martha Plimpton. De no ser por ellos -y también la arrolladora presencia cómica de Cloris Leachman como Maw Maw-, la luz de Raising Hope ya se habría apagado por completo. Virginia y Burt son los dignos sucesores de Marge y Homer Simpson -los de las primeras 10 temporadas de Los Simpson, se entiende. Aunque Raising Hope comenzó hace tres años haciendo gala de un tono más bien cínico y destructivo, el amor incondicional del matrimonio Chance se ha abierto camino, dejando atrás la mala leche y haciendo que la serie se entregue por completo a un tipo de humor mucho más amable y siempre abocado a la emotividad -aunque sin sacrificar en ningún momento la escatología y la sal gorda. Y puede que esto haya beneficiado y perjudicado a la serie a partes iguales.

Retomando el paralelismo con Community, después de pasarse una tercera temporada buscando el más difícil todavía, García se marcha para centrarse en otros proyectos, delegando en su segundo de a bordo Mike Mariano, que ejercerá de showrunner de la cuarta temporada. A García no lo han despedido, como a Harmon, pero al caso es lo mismo. Nos queda la incertidumbre de si Mariano será capaz de conservar la fuerte personalidad de Raising Hope intacta, o quizás sería más adecuado preguntarse si podrá devolverle la personalidad y la fuerza que caracterizó a sus primeras dos temporadas.

Mad Men 6.01-2 “The Doorway”

 

Have you fear’d the future would be nothing to you?
Is to-day nothing? is the beginningless past nothing?
If the future is nothing they are just as surely nothing.

Walt Whitman, “To Think of Time” 

Muerto en vida

Una guadaña asoma amenazante y burlona a cada esquina -y sobre todo en cada umbral- de la flamante nueva oficina de Sterling Cooper Draper Pryce. Una de las constantes temáticas que articularon la quinta temporada de Mad Men fue la muerte, manifestándose en sus múltiples y variados rostros -y presente desde el comienzo de la serie. Don Draper observando por el hueco del ascensor el oscuro vacío en el que parece estar destinado a sumergirse, varios crímenes infames de la historia de Estados Unidos agitando a los personajes, y por supuesto, el suicidio de Lane Pryce hacia el final de la temporada. La visita que la muerte hizo el año pasado a la agencia de publicidad de la avenida Madison se ha prolongado más de la cuenta, concretamente hasta Navidad de 1967, año hacia el que Mad Men ha saltado con el primer episodio de la sexta temporada, “The Doorway”.

Como ocurrió en “A Little Kiss”, el tiempo transcurrido en las vidas de los personajes nos invita a preguntarnos una vez más quiénes son exactamente. El lapso entre el 66 y el 67 es muy evidente en la ahora duplexada oficina de SCDP: mayor diversidad, más ajetreo, y un ambiente más bohemio y distendido, reflejo de una sociedad en ebullición que sigue transformándose, y sobre la que acecha el mayo del 68. Aunque en el recién estrenado piso de arriba se mantiene el carácter almidonado de los contables y demás ejecutivos, abajo las barbas y las patillas inician su reinado, anticipando una década de los setenta que está a la vuelta de la esquina.

Matthew Weiner nos devuelve a los personajes de Mad Men siendo consecuente con los cambios que han acontecido en sus vidas, y como de costumbre, con esa fuerte insistencia en lo simbólico, en la metáfora y la alegoría, que define la serie. Los diferentes reencuentros con ellos no podrían ser más elocuentes en este sentido. A Roger Sterling lo vemos en el diván del psicólogo, haciendo chistes y hablando de rubias y morenas. A Peggy Olson nos la encontramos ejerciendo de Don Draper, y no solo porque ocupe un puesto similar al de su ex jefe en su nueva empresa, sino porque en su dicción, en la resolución al expresarse y la manera de dirigirse a sus empleados reconocemos trazas inconfundibles de Don. A Betty Francis la interrumpimos mientras recibe una multa por conducir “como una loca”. Joan Holloway solo tiene una escena, pero no podría resumir mejor a su personaje: a pesar de ser socia de la agencia sigue recibiendo trato de mujer florero. Y a nuestro pequeño trepa Pete Campbell lo vemos por primera vez este año subido a una escalera, posando altivo y orgulloso. Más claro imposible.

Pero, ¿dónde está Don? ¿Está solo? ¿Está vivo? “The Doorway” abre con una extraña y ligeramente perturbadora escena en la que vemos a un hombre aplicar primeros auxilios a una persona en el suelo. El velo de fatalismo que cubre a la serie hace que nos traslademos a los delirios febriles de Don en la temporada anterior, y que en lugar de auxilio percibamos amenaza. La muerte está en todas partes, y todos los caminos llevan a ella. Don y Megan están pasando unas vacaciones en Hawaii, y como suele ocurrir con las escapadas vacacionales del señor Draper, la epifanía es su más fiel compañera de viaje. ¿Es Hawaii el purgatorio al que llega Don Draper después de morir en la barra de un bar?

Los diez primeros minutos del episodio transcurren sin que Don diga una sola palabra. Solo lo hemos oído al comienzo, su voz en off leyendo el Infierno de Dante Alighieri: “A mitad del camino de la vida / en una selva oscura me encontraba / porque mi ruta había extraviado”. A través de las palabras de La Divina Comedia, la crisis de identidad de Don cobra mayores proporciones. Sumergido en el Infierno de Dante, Don no se percata de que el Sol le está quemando la piel. Como siempre, se mueve de un lado a otro de su existencia en golpes de inconsciencia. Y sin saber cómo ni por qué, ha acabado dejando su traje y zapatos en la orilla, para huir nadando mar adentro. Como el “Canto primero” del Infierno prosigue, “Yo no sé repetir cómo entré en ella / pues tan dormido me hallaba en el punto / que abandoné la senda verdadera”.

Y del sueño que es Hawaii a la transfiguración de Don Draper. Su breve encuentro con un soldado de las Fuerzas Armadas despierta a Don de su letargo casi extático, dando por concluida su huelga de voz. Del enésimo enfrentamiento con Dick Whitman resurge el pánico a la muerte, la amenaza del pasado, y en última instancia, el terror de sí mismo. Don se lleva por equivocación el mechero del soldado, y con él el fantasma de Dick, que, a pesar de los esfuerzos de Don por deshacerse de él, se empeña en reaparecer una y otra vez con la intención de destruir la valla publicitaria en la que vive. Con el final de “The Doorway” se confirma: el Don Draper que conocimos al comienzo de la serie ha vuelto, y con él, el adulterio, la autodestrucción y la verdadera senda: la que lleva a la perdición.

“The Doorway”, además de entregarse por completo a lo macabro, parece a simple vista un episodio algo caótico y desorganizado, pero nada más lejos de la realidad. El discurso de Roger sobre el carácter transitorio de la vida unifica los dispersos relatos de los personajes. Nos limitamos a atravesar puertas, ventanas, puentes, umbrales, hasta que un día encontramos a la muerte al otro lado. Todos estos personajes se encuentran sumidos en un estado de transición, casi de huída, condicionado por el miedo, la incertidumbre y el tiempo que pisa los talones. Don se halla suspendido en un estado de insatisfacción mientras su mujer se convierte en una cuasi-celebridad catódica -Weiner se permite hacer un pequeño guiño a todos los detractores del personaje-, y continúa alejándose de ella, y de la cultura a la que pertenece, rechazando lo que han construido juntos –“Todo lo que tiene que ver con el matrimonio es paleolítico”. Roger se mueve por inercia, ignorando su realidad: la soledad y la obsolescencia entierran al hombre carismático y ajetreado que todo el mundo cree conocer. Sorprendentemente, la primera en reaccionar es Betty, que se tiñe el cabello de moreno en un ejercicio metafórico muy tradicionalmente televisivo. Como bien sabe Angela Chase, cambiar de pelo es cambiar de vida, y Betty, que se pasó la temporada anterior comportándose como una niña, madura así hacia su adolescencia emocional.

Como si se tratara de una composición musical, en concreto el “Nocturno en mí bemol mayor P. 9 nº2” de Chopin que Sandy toca para los Francis antes de desaparecer, “The Doorway” dispone los elementos narrativos a modo de variaciones sobre un mismo motivo -la muerte y la pérdida- que confluyen en el funeral de la madre de Roger, donde Don hace recuento de las ausencias en su vida, desde la más lejana -su madre murió después de darle a luz- a la más reciente -la de Lane Pryce, por la que se siente en parte responsable. Su incapacidad para expresar verbalmente lo que le atormenta encuentra una vía de escape física a través del vómito, algo que los demás observan como un síntoma de decadencia o una simple falta de respeto, pero cuya verdadera causa no se nos escapa ni a él ni a nosotros: Don Draper no atraviesa puertas hasta llegar a la muerte, Don Draper se encuentra con la muerte detrás de cada puerta.

Hannibal: esperando un quid pro quo

La receta de Hannibal nos hacía presagiar un resultado de gourmet, pero por ahora, el nuevo drama de NBC no consigue que su sabor perdure en el paladar mucho tiempo. Los 13 episodios que conforman la primera temporada ya han sido rodados, en contra del que suele ser el procedimiento habitual de la televisión en abierto, lo que acerca el producto un poco más a la idiosincrasia de la programación de cable. Es por esto que quizás lo prudente sea adentrarse en el piloto sin esperar una de esas cartas de presentación donde se muestra todo lo posible y se bombardea con información para enganchar al espectador. Con Hannibal parece que habrá que tener algo de paciencia para que el relato se desarrolle debidamente a lo largo de las semanas.

Efectivamente, “Aperitif” no es un piloto de network al uso. De ritmo más bien pausado -a ratos comatoso, si os soy sincero-, el piloto de Hannibal transcurre sin acontecimientos espectaculares o golpes de efecto. El peso de la serie recae casi enteramente en el aspecto psicológico de sus dos protagonistas principales, el mítico Hannibal LecterMads Mikkelsen– y el agente del FBI Will GrahamHugh Dancy-, dos caracteres peculiares, complejos, retorcidos, que pueden -y deben- dar mucho de sí.

Graham es un criminólogo con síntomas -autodiagnosticados- de Asperger, autismo y empatía aguda, cuya inestabilidad mental le ha obligado a retirarse del servicio del FBI para dar clases en la academia de Quantico -en la que estudiará Clarice Starling, por cierto. El agente especial Jack CrawfordLawrence Fishburne– solicita su ayuda -es decir, su ‘don’ de empatía- para investigar un caso de asesinatos en serie que no logra descifrar. Desde la primera escena de “Aperitif” se nos muestra explícita y gráficamente la destreza especial de Graham, llevando el aspecto visual de Hannibal hacia un terreno experimental que juega con imaginería onírica y se aproxima a los crímenes desde un prisma pseudo-artístico. Algo que encajaría mejor en una cadena de cable, y que como le ocurrió a Awake, podría condenarla al ostracismo networkiano. Tomando los elementos básicos del procedimental de investigaciones criminalesCSI, Mentes criminales-, y subiéndolos de categoría, Hannibal parece querer distanciarse de la televisión más formulaica.

Así, Hannibal hará de la escena del crimen un lienzo en blanco, un escenario de teatro -kabuki para ser exactos- vacío, en el que Graham recompondrá desde el principio la obra de arte del asesino -jugando con el metalenguaje como The Following, pero de manera mucho más sutil-, y en la que, literalmente, se situará en la mente de la víctima y a la vez en la del criminal, para resolver el misterio. Su camino se cruzará con el de Hannibal Lecter, con el que iniciará una relación profesional sin ser consciente del monstruo con el que trata.

El personaje de Lecter está cómodamente instalado en el panteón de los asesinos en serie de la cultura popular. Este brillante psiquiatra, y finísimo y elegante caníbal, es una creación del escritor Thomas Harris, y fue encarnado originalmente por Anthony Hopkins en El silencio de los corderos, que ganó 5 premios de la Academia en 1991. Las novelas de Harris han sido adaptadas en más ocasiones: Hannibal (2001), Red Dragon (2002), Hannibal: el origen del mal (2007). El creador de la serie, Bryan Fuller (Dead Like Me, Pushing Daisies), da un considerable salto artístico y asume el riesgo de manejar un personaje tan conocido por todos. El resultado es por ahora un work in progress. El reparto -en especial Mikkelsen-, los personajes y el enfoque que se da a la historia muestran un gran potencial, y la factura técnica es excelente. Sin embargo, el piloto no saca provecho de todos los factores con los que cuenta y acaba resultando ligeramente tedioso. Nos quedaremos al menos un par de semanas más, y mientras esperamos un desarrollo a la altura del mito, intentaremos disfrutar al menos de la estética de la serie -qué belleza de sangre-, y yo, además, de la gran Gillian Anderson como la psicóloga de Lecter.

Mad Men: la quinta temporada en gifs

Siguiendo la moda de Vulture o los amigos de La Parabólica, os traigo una entrada especial compuesta por gifs. Me disponía a escribir un nuevo artículo sobre Mad Men, dándole la bienvenida un año más, pero me he dado cuenta de que en esta entrada: Mad Men: la cura para la serie común ya dije todo lo que tenía que decir -de manera global- sobre la serie de Matthew Weiner. Así que este año os presento una más gráfica, que bastante texto vais a tener ya con las reviews que voy a hacer de todos los episodios de la sexta temporada.

Os dejo con mi resumen en gifs de la quinta temporada de Mad Men. Los momentos más memorables de la que para mí ha sido hasta ahora la mejor de la serie:

 

Zou Bisou Bisou, aka “Mad Men también hace musical y se come a todas”

BURN!!!

Da igual que luego le cogiera manía medio mundo. Megan Draper nos enamoró a todos así.

Y así.

Peggy: Look at all the fucks I give

Roger hace su versión del “Zou Bisou Bisou”. Mejor que Megan.

Peggy Olson, te quiero.

Con todos ustedes, el secreto mejor guardado de Matthew Weiner: FAT BETTY

¡No os riais de ella!

¡Que soy yo!

Peggy empieza a tomar el control.

¡DÍSELO, JOAN!

Y ahora, a celebrarlo con uno de tus muchos talentos ocultos.

A mí también me caía mal (y no, #elpenedeJonHamm no se ve en esta escena)

¿Y qué piensa Peggy de todo esto?

Lane cumple el sueño de media humanidad.

Lane cumple el sueño de media humanidad, parte II

El viaje psicotrópico de Roger.

Peggy sigue tomando el control.

El despertar de Sally Draper.

¡HOLA!

Rory (L) Connor

¡Qué suerte tienen algunos!

Peggy Olson, la verdadera MAD MAN.

BURN!!! (2)

Sencillamente uno de los mejores momentos de la historia de la televisión.

Definición de “química”.

????????

NOOO, JOAN, NO LO HAGAS :_O

Sin palabras. Solo lágrimas.

Peggy despliega sus alas.

Hasta siempre, Lane Pryce.

Sally se prepara para conocer a la tía Irma.

Resumiendo Mad Men en una frase.

Saludad al culo de Roger Sterling.

Y por último, saludad al nuevo/viejo Don Draper.

 

Estrenos de cine destacados – Viernes 05/04/13

El estreno de la semana: EVIL DEAD

 

Un amor entre dos mundos (Upside Down, Juan Solanas, 2012)

En esta película todo está, literalmente, del revés, incluyendo la coherencia y la lógica interna. Desde los créditos con la voz en off del protagonista -un Jim Sturgess al que ya se le ha pasado el arroz interpretativo-, ahorrándonos el trabajo de sacar conclusiones sobre la película, hasta un final abrupto que cierra de la manera más torpe y chapucera todos los frentes abiertos, Un amor entre dos mundos hace gala de una ineptitud absoluta a la hora de introducir -y conservar- al espectador en el interesante mundo que plantea.

No hay suspensión de la incredulidad que valga. Estamos ante una película que crea dos mundos enteros desde cero y no es capaz de aportar un sólido decálogo que los sostenga. Solanas sobreexplica lo innecesario, lo más nimio, lo que el espectador ve con sus propios ojos, y se escaquea de dar cualquier tipo de respuesta a las grandes cuestiones de la película. Veremos al protagonista agarrar una caja que le lanza otro personaje al aire y decir dos veces “la he cogido”, pero el avance científico que cambiará para siempre la humanidad se explicará con un “me han dicho que tú lo entenderás” -así que no me molesto en dar detalles. La cantidad de deus ex machina que conforman esta película es incalculable. No hay un solo giro de guion o acontecimiento en la historia que no esté introducido a la fuerza para tapar agujeros y hacerla avanzar en la dirección que Solanas se empeña en tomar, a oídos sordos de lo que su sentido común le dice. Da igual que la historia de amor entre Adam (Sturgess) y Eden (Kirsten Dunst) sea, en teoría, más grande que el universo. Ni siquiera eso es capaz de evitar que este se desmorone por completo.

El director argentino se mete en mil y un berenjenales, del más cósmico al más microscópico, y no es capaz de encontrar maneras naturales y fluidas de salir de ellos. Antepone las buenas ideas visuales a la coherencia narrativa y sacrifica cualquier posibilidad de construir un discurso satisfactorio y un relato que atrape de verdad. “Pero esto no tiene sentido, señor Solanas”, “Da igual, pero, ¿y lo bonito que queda?” Un amor entre dos mundos resulta infantil y amateur. La cantidad de potencial malgastado es desoladora.

Efectos secundarios (Side Effects, Steven Soderbergh, 2013)

Con este thriller farmacológico -como se empeñan en denominarlo en todas partes-, Steven Soderbergh construye una (otra) película sólida y disfrutable que fluye como si hubiera sido realizada sin excesivo esfuerzo, y con mucho oficio. No en vano, es su quinta película como realizador en apenas dos años -sin contar la TV Movie Behind the Candelabra, aun por estrenar. Pero la inquietud e hiperactividad -o prisa, porque el director ha anunciado que se retira indefinidamente de la dirección- no desluce el resultado, ni de este el que quizás sea su último filme -aunque no nos lo creemos demasiado-, ni de los que le han precedido, las nada desdeñables Contagio o Magic Mike.

Efectos secundarios es una interesante y muy hollywoodiense aproximación al mundo de los fármacos contra la depresión. Una aguda reflexión vestida de absorbente cinta de suspense que nos adentra -no sin la pertinente dosis de demagogia y factor espectacular- en una realidad muy afín a la sociedad norteamericana, que desde el otro lado del charco contemplamos con una mezcla de fascinación y horror. Como el doctor Jonathan BanksJude Law en su mejor papel en muchos años- afirma, en Europa, ir al psicólogo es síntoma de problema, en Estados Unidos significa que el problema se está curando.

Un asesinato pone en marcha un relato de engaños, apariencias y conspiraciones que se las arregla para inquietar y despertar la duda razonable del espectador en todo momento, gracias sobre todo al buen hacer del reparto -en especial Rooney Mara y una fantástica Catherine Zeta-Jones. Sin embargo, a Soderbergh, y a Scott Z. Burns -guionista de la película-, se les va la mano a la hora de atar cabos, en un aturullado y confuso desenlace que se empeña en no dejar absolutamente nada a la imaginación del espectador -como Magic Mike, pero de otra manera. Por culpa de la búsqueda hitchcockiana del crimen perfecto, la historia se acaba resintiendo irremediablemente. Eso sí, a Soderbergh hay que reconocerle el mérito: el hombre sabe cómo hacer películas. Si de verdad se retira de la profesión, puede estar tranquilo, lo hace después de firmar una notable trilogía.

Posesión infernal: Evil Dead (Evil Dead, Fede Álvarez, 2013)

-Insertar párrafo sobre remakes, reboots, la falta de originalidad de la industria cinematográfica de Hollywood, la crisis creativa del cine, y todo eso-

Y ahora al grano: Me da exactamente igual si esta nueva Evil Dead era necesaria o no -¿cuándo son los remakes necesarios?-, lo que tengo claro es que esta es una película que yo sí quería ver. Y que después de hacerlo, puedo afirmar con toda convicción que estamos ante uno de los mejores reboots que se han hecho en los últimos años -y el número total es inabarcable. Absolutamente enervante y desquiciante, burra y demencialPosesión Infernal 2013 no se anda con remilgos, y hace un esfuerzo sobrehumano por estremecer completamente al personal a base de imágenes impactantes que harán girar la cabeza -360 grados- a más de uno.

Con el equipo de productores original –Raimi, Tapert y el gran Bruce Campbell– y bajo la mirada de un director novel, la película se mantiene más o menos fiel a su referente, pero se adapta a las sensibilidades de la muy experimentada y suspicaz audiencia. Debemos tener en cuenta un factor muy importante a la hora de adentrarnos en Evil Dead, y sobre todo al imaginarnos el proceso de escritura de la película -desempeñado por Álvarez en colaboración con la mismísima Diablo Cody-, y este no es otro que la existencia de una pequeña película con la que seguro que ya estáis más que familiarizados: The Cabin in the Woods. La cinta de Drew Goddard y Joss Whedon deconstruyó Evil Dead -y todas las sagas slasher que le sucedieron- en un ejercicio metanarrativo que marcaba un antes y un después en el cine de terror moderno. ¿Cómo acometer la empresa de hacer una nueva Evil Dead cuando es, oficialmente, la tercera versión de la historia, y sobre todo, cuando ya se han explicitado y desmitificado todos sus mecanismos narrativos? Muy sencillo: yendo más allá que todas ellas juntas.

Al final no es tan importante y decisivo que se haya intentado dar lógica y trasfondo a la historia -gran trabajo de Álvarez y Cody anticipándose a las repelentes preguntas del espectador más descreído- porque lo más -lo único- importante es remover estómagos y conseguir que el espectador clave las uñas en el muslo de la persona con la que ha ido al cine. No estoy seguro de si Posesión infernal: Evil Dead será para vosotros “la experiencia más aterradora que vais a vivir”, pero desde luego no defraudará a los que vayan buscando emociones fuertes.

Para terminar, tres consejos: que los aprensivos se mantengan alejados de la sala, que los que vayan a verla no vean el tráiler -que incluyo aquí debajo solo para no desequilibrar la entrada-, y que os quedéis a ver los créditos finales.

Californication: Espíritu rock ‘n’ roll

Todo lo que escribo es para ella o sobre ella -Hank Moody

De amor eterno, musas y barritas de Mars en la vagina. Californication da por concluida esta semana su sexta temporada, y lo hace exactamente como siempre, después de 12 episodios que, como la noria de Santa Mónica, han girado y girado y girado, siempre alrededor del mismo eje. Y así llevamos desde que comenzó la serie en Showtime allá por 2007. Seis años dedicados a mostrarnos el desarrollo estancado de Hank Moody (David Duchovny, que parece haber rejuvenecido este año) y el circo de disfuncionalidad freak que lo rodea.

Cuando uno se detiene a buscar las diferencias entre una temporada y otra de Californication, se da cuenta de que absolutamente todas son superficiales y circunstanciales. Si en la anterior se situaba a los personajes en el mundo del cine, en esta última, Moody y su pandilla se suben al escenario de rock que es la vida, y se rodean de estrellas de la música y groupies. Diríamos aquello de “sexo, drogas y rock’n’roll”, pero sería completamente innecesario y redundante, puesto que ese precisamente ha sido siempre el lema y espíritu de la serie. Solo que en su sexta temporada ha decidido manifestarlo de la manera más explícita posible.

Y así hemos conocido a los personajes temporales que se incorporan a la serie para articular la temporada y ejercer de estímulo en la historia de Hank: Atticus Finch (Tim Minchin), una superestrella en horas bajas, y Faith (Maggie Grace), una groupie profesional, o como a ella le gusta denominarse: musa -el personaje de Grace, por cierto, iba a protagonizar un spin-off, pero finalmente no ha salido adelante. Ambos han mostrado dos caras opuestas del rock’n’roll. La demencia y la serenidad, el exceso y el autocontrol. Y su irrupción en la ya de por sí agitada vida de Hank ha traído consigo un torbellino de decadencia y exceso al que, sin embargo, los personajes nunca han sido ajenos. Marcy, Charlie y Stu han caído, como siempre, del lado más esperpéntico y vitriólico, con la ayuda de Ophelia (¿O-phallia?), la loca falofóbica interpretada por Maggie Wheeler -mítica Janice de Friends.

Pero Californication, que ya domina el arte de la dualidad en todos los aspectos -temático, tonal, genérico-, no solo nos ha mostrado las más sorprendentes prácticas sexuales –Marilyn Manson haciendo teabagging, por ejemplo- o los efectos más divertidos del consumo de estupefacientes –“Mad Dogs and Englishmen” es sin duda el mejor episodio de la temporada-, sino que nos ha hablado de temas mucho más profundos: el origen del bloqueo creativo y la inspiración, cómo tratar a los hijos, la maduración de estos, y por supuesto, preguntas más existenciales como “¿Hacia dónde vamos?” Y mucho más importante: “¿Hacia dónde queremos ir?” En el episodio final de la temporada, “I’ll Lay My Monsters Down”, Hank se plantea estas preguntas, y por primera enésima vez, descubre cuál es el camino que desea tomar. El que le lleva, una vez más, a la puerta de su amada Karen (Natasha McElhone).

Ahora que Becca, la hija de ambos, ha decidido dejar el nido en busca de su identidad y la inspiración que necesita para seguir los pasos de su padre y convertirse en escritora, Hank y Karen se preguntan si ha desaparecido el único nexo de unión que les quedaba. “I’ll Lay My Monsters Down” termina con el que es quizás el cliffhanger más perezoso de toda la serie, pero paradójicamente, el que mejor capta su esencia. Como una balada rock, segura, complaciente, pero repetitiva y vetusta, se despide una vez más Californication, celebrando con la multitud, mecheros en alto, la existencia de este amor que vive en todos los planos de la realidad, en sueño y vigilia, ad eternum.

El pene de Jon Hamm azota el mundo del espectáculo

Hay una fuerza de la naturaleza en Hollywood que es imposible de detener. Y sobre todo de contener. Se trata del imponente miembro viril de Jon Hamm, que hace unas semanas saltaba de nuevo a la palestra por culpa de la alergia de su dueño a la ropa interior. No es la primera vez que el pene de Jon Hamm eclipsa al propio actor, que se empeña en airear sus partes pudendas en cada uno de sus paseos callejeros y comparecencias públicas. Ya sea acompañado de su afortunada mujer, Jennifer Westfeldt, haciendo footing, o apoyando la campaña presidencial de Obama, Hamm exhibe su dotada anatomía sin complejos, porque ¿acaso debería tenerlos?

El pene de Jon Hamm está en boca de todos y todas. Se ha convertido en generador de noticias, en una leyenda, una obsesión. De hecho, ocupa titulares de multitud de publicaciones especializadas. Los hay para todos los gustos, y casi ninguno tiene desperdicio: “El pene de Jon Hamm de compras en Barney’s con su mujer”; “El pene de Jon Hamm va al supermercado a por cerveza”; “10 preguntas para el pene de Jon Hamm” -este artículo no os lo podéis perder-; “El pene de Jon Hamm saca a su dueño de paseo”; “El salami de Jon Hamm: una investigación fotográfica”. Muchas webs aprovechan el verdadero nombre del protagonista de Mad Men, Dick (una manera de llamar al pene en inglés), para elaborar los más jocosos juegos de palabras. Pero lo que casi todos tienen en común es la personificación que se hace del miembro. Y es que, como hemos podido comprobar con nuestros propios ojos, el pene de Jon Hamm tiene cabeza, y personalidad propia. Es más, se dice que es de “derechas”.

“Este mundo es mío. Todos vosotros vivís en él”, afirma el pene de Jon Hamm según Gawker, que nos cuenta cuál es el origen del revuelo. Durante el rodaje de la sexta temporada de Mad Men, un miembro del equipo de la serie compartió información confidencial con el New York Daily News sobre el pequeño gran problema que amenazaba con detener la producción. El informante aseguraba que la tensión en el set aumentaba día a día y que un representante de AMC (la cadena que emite la serie) tuvo que sugerir a Hamm que empezase a ponerse calzoncillos, porque su pene distraía al resto del reparto y, en última instancia, acabaría desviando la atención de los espectadores de lo verdaderamente importante: los acontecimientos de la temporada. “La serie transcurre en la década de los 60, y entonces los pantalones no dejaban nada a la imaginación”, explicó el confidente.

Según un representante del actor, el problema no es para nada motivo de risa. De hecho, el pene de Jon Hamm no solo ha provocado fricción en el rodaje de la serie, sino que ha complicado muchos aspectos de la producción, incluida la campaña de márketing: las fotografías promocionales de Mad Men en las que aparece Hamm han sido modificadas con Photoshop, como ocurrió con aquella mítica imagen del Superman de Brandon Routh, para reducir el tamaño del bulto. “Imaginad cómo sería verlo en el lado de un autobús u ocupando la fachada de un edificio”. -Pues estupendo, ¿cómo va a ser?-

Y, ¿qué tiene que decir el actor sobre todo esto? Pues al parecer no se siente muy cómodo con el asunto. Es más, está bastante molesto. En una reciente entrevista a la revista Rolling Stone, Hamm ha hecho las siguientes declaraciones: “Se llaman ‘partes privadas’ por una razón. Ya sé que no soy un jodido minero, que hay trabajos más duros que el mío en el mundo, pero cuando la gente siente la libertad de crear una cuenta de Tumblr dedicada a mi polla, no puedo evitar pensar que eso no formaba parte del trato. Pero bueno, supongo que esto es mejor que ser confrontado por lo contrario”.

En efecto, el pene de Jon Hamm goza de una enorme presencia en Internet. La mencionada cuenta de Tumblr, Jon Ham’s Wang, es la página que más ha trascendido a los medios, pero hay muchas otras. Ni que decir tiene que podéis haceros fans del aparato de Jon Hamm en Facebook (y no, aunque no os lo creáis, yo no he creado la cuenta). Tal es el alcance del pene de Hamm que dos importantes compañías de ropa interior, Fruit of the Loom y Jockey, se han ofrecido voluntarias para proveer al actor con calzoncillos gratis de por vida. La primera de ellas incluso le ha lanzado un comunicado público al actor, en el que le dice: “Nos parece bien que cada uno sea como quiere ser. Y si ir en plan comando es lo que te hace feliz, te animamos a que sigas haciéndolo. Pero si por un casual cambias de opinión, te tenemos cubierto” (nunca mejor dicho). ¿Qué pensará Michael Fassbender de todo esto?

¿Revela el enfado de Hamm una acuciante falta de sentido del humor? ¿Es probable que, después de todo, Jon no sea absolutamente perfecto en todos los sentidos -como Mary Poppins? ¿Ha hecho mal el actor en liberar al monstruo que llevaba dentro para que todos lo viéramos? En este sentido, cabe una duda razonable: si a Jon le parece tan mal que se hable de su pene -es más, nos pide explícitamente que lo dejemos “en paz”-, ¿por qué no se ha esforzado un poco más por ocultarlo? Por el amor de Dios, que podríamos hasta contar las venas.

Sea como fuere, lo que está claro es que el elefántico apéndice de Hamm ya es un personaje más de la farándula, y exigimos título de crédito para él en todo lo que haga a partir de ahora: And introducing Jon Hamm’s Penis. Solo la épica delantera de Don Draper ha sido capaz de hacer sombra a la que hasta ahora era la única épica delantera de Mad Men, la de Joan Holloway. El pene de Jon Hamm regresa a vuestras pantallas -¡como si las hubiera dejado alguna vez!- el próximo domingo, 7 de abril, con el estreno de dos horas de la sexta temporada de Mad Men. Para aliviar la espera -y la tensión- os dejo con una amplia galería fotográfica protagonizada por el pene de Jon Hamm desempeñando las más diversas actividades: posando con Elisabeth Moss, jugando al béisbol, mirando Twitter, charlando con Larry DavidJon Appétit!

PD: Demando una felicitación por haber llegado al final del texto sin haber hecho un juego de palabras con la palabra “jamón”.