Crítica: The Host (La huésped)

Cuatro son compañía

La de ideas desaprovechadas que, con el tono adecuado, podrían haber dado como resultado una cinta inolvidablemente camp. Pero no, The Host (La huésped) se queda en simplemente olvidable, y no lo suficientemente camp (que es mucho peor que totalmente camp).

The Host es otro triángulo (o más bien cuarteto) amoroso de la marca Stephenie Meyer que como su anterior trabajo, La Saga Crepúsculo, engatusa y lobotomiza con una historia de pasión reprimida y amor más grande que el universo, y que además esta vez viene disfrazada de gran fábula humanista. Por eso contaron para la escritura y la realización de la película con Andrew Niccol (pobre), que tiene experiencia en la ciencia ficción más existencialista –Gattaca, el guion de El show de Truman.

Esta vez, Meyer nos propone una historia más “adulta” (son sus palabras, no las mías) que el vampírico romance de Bella y Edward, aunque sus protagonistas sigan siendo más o menos adolescentes. El componente “maduro” (esto lo digo yo, pero el entrecomillado es necesario) lo aporta una serie de ideas sobre la deshumanización a la que nos dirigimos irrefrenablemente, la identidad como arma contra la pérdida de la libertad, y en última instancia, la importancia del amor para salvarnos. Sin embargo, el habitualmente confuso y contradictorio discurso de Meyer impide que estas ideas lleguen a tener un mínimo impacto.

No faltan los mensajes ¿feministas? y conservadores (claro que luego es todo un putiferio) y una extraña apología del suicidio que aunque se retracte, ahí queda. Lo de Meyer, efectivamente, es de otro mundo. Sin embargo, lo que salva The Host es que, en el fondo, es toda una screw-ball comedy. Una involuntaria, por supuesto. Los mejores momentos de esta hormonada cinta futurista nos los dan las discusiones dentro de la cabeza de Melanie Stryder -una inerte Saoirse Ronan– y los tórridos encuentros de esta con el chico que está enamorado de ella y el que está enamorado de Wanda, el extraterrestre que ocupa su cuerpo -¡Qué lío!, como diría Maruja. Es en esta retorcida y moralmente ambigua relación a cuatro bandas donde se encuentra la mayor baza de The Host, que como era de esperar, no es recomendable tomarse demasiado en serio si se quiere disfrutar de alguna manera.

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