Crítica: La jungla: Un buen día para morir

John McClane ha vuelto, y me gustaría decir que el “abuelete” está más en forma que nunca, pero no es el caso. En La jungla: Un buen día para morir, quinta parte de la saga Die Hard, nos reecontramos una vez más con el mítico personaje de Bruce Willis, seis años después de su anterior aventura en La jungla 4.0. En esta ocasión, el agente McClane se ve envuelto de manera fortuita en una trama relacionada con el desastre nuclear de Chernóbil, en la que está involucrado su hijo Jack (Jai Courtney), agente encubierto de la CIA que lleva muchos años sin ver a su padre. Efectivamente, el argumento de Un buen día para morir es tan inverosímil, predecible y desfasado como suena. Pero ese no es el principal problema de La Jungla 5 -al fin y al cabo, sabemos a qué atenernos con este género. La total ausencia de carisma de todos los personajes y la fría química padre-hijo de Willis y Courtney es lo que distancia dramáticamente a esta secuela de todas sus predecesoras, cintas ejemplares a la hora de manufacturar cine-espectáculo con encanto y sentido del humor.

La Jungla 5 no es más que una incansable sucesión de set pieces en la que no hay apenas respiro alguno de la gigantesca vorágine de fuego y metralla. Ni dos minutos seguidos de la película transcurren sin tiroteos o explosiones. Literalmente. Desde la secuencia inicial, con una lluvia de vehículos sin precedentes (y un caso preocupante de product placement) hasta el desbordante final, Un buen día para morir no se muestra interesada en nada que no haga vibrar nuestra butaca y dejarnos sin tímpanos. No habría problema si no esperásemos un mínimo de interacción entre personajes, algún que otro villano memorable o dinámica de buddy film, que es exactamente lo que nos había ofrecido la franquicia hasta ahora. En su lugar, John Moore confía en la -supuestamente- baja exigencia del espectador objetivo de este tipo de cine, y se olvida por completo de los personajes en favor de un agotador despliegue de acción (con un trabajo de cámara vergonzoso) que contentará a los aficionados al género pero decepcionará a los admiradores de la saga.

En Un buen día para morir, los malos de la función son intercambiables, la chica de la película absolutamente prescindible, y se ignoran por completo todas las posibilidades que estos podrían brindar para construir al menos un par de relaciones interesantes. Que no se aproveche el extraño vínculo entre Komarov (Sebastian Koch) e Irina (Yuliya Snigir) no es tan grave como que no salte ni una sola chispa entre John y Jack McClane. Si bien Courtney tiene más papeletas para ser aceptado por el público como relevo generacional de Willis que en su día Shia LaBeouf como sucesor de Indiana Jones, Jack McClane no deja de ser un personaje de encefalograma plano, cuya única virtud reseñable es un físico idóneo para este tipo de cine (curioso el tráveling siguiendo al personaje a la altura del trasero). Sin embargo, toda la culpa no es del joven actor australiano. Hay que achacar gran parte de la falta de pasión generalizada que desprende la película a un Willis desganado que se mueve completamente por inercia y sobre todo a un no-guion que fuerza one-liners y un par de vacíos diálogos emotivos en los momentos menos oportunos.

Las películas que en las décadas de los 80 y 90 lograron elevar de categoría el cine de acción han acabado degenerando en mero cine-atracción de feria. La Jungla sigue resultando medianamente efectiva como respuesta descarada e insolente al cine bondiano, anteponiendo el gusto por lo bruto, el Monster Truck Crush y los bíceps a punto de estallar a los trajes de etiqueta y los martinis. Sin embargo, ha perdido la capacidad de conectar con el público cinéfilo que la convirtió en un icono. Si no fuera porque ya sabemos que habrá sexta parte, hoy sería un buen día para que la saga muriese.

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