Crítica: Dos días en Nueva York

Desmontando a Julie Delpy

La etapa más reciente en la carrera de Julie Delpy se está caracterizando por la búsqueda de una identidad artística a través de la fusión de su vida personal -vinculada al arte desde la infancia- y su obra. Lo comprobamos una vez más en Dos días en Nueva York (2 Days in New York, 2012), secuela de 2 días en París (2 Days in Paris, 2007) en la que la actriz franco-norteamericana vuelve a mostrar su faceta multidisciplinar. Escribe, dirige, produce, interpreta y compone la banda sonora. Y a pesar de abarcar demasiado, Delpy sale más que airosa del reto autoimpuesto. Si 2 días en París resultaba algo rudimentaria y pecaba de amateur y gafapasta, su secuela nos devuelve a una Delpy que ha logrado dominar el arte del diálogo y conquistar el timing de la comedia, componiendo además una pieza independiente que se puede disfrutar (y mucho) sin haber visto el primer capítulo de la historia.

Dos días en Nueva York repite el esquema de su predecesora, pero mueve a los personajes de localización. En París, Jack (Adam Goldberg) era el pez fuera del agua. En Nueva York lo es Mingus (un más que correcto Chris Rock), la nueva pareja de Marion (Delpy), a pesar de que en esta ocasión, los visitantes son el padre de ella (descacharrante Albert Delpy), su hermana (Alexia Landeau) y su cuñado (Alexandre Nahon). Delpy vuelve a echar mano de los estereotipos nacionales y el choque de culturas para establecer un entrañable y algo desquiciado retrato de una familia, y llevar a cabo así una certera disección de las relaciones amorosas. Dos días en Nueva York es una desenfadada pero trascendental mirada a la vida en pareja, que nos habla entre otras cosas de cómo la decisión (tan poco americana) de no romper el vínculo con la familia para formar una nueva vida condiciona las relaciones. El amor conlleva sacrificio y la muy perspicaz Delpy nos aporta las claves para conservarlo sin perder la cabeza en el intento. Para resumirlas, podemos ser forasteros en nuestra propia casa, pero debemos evitar a toda costa serlo dentro de la pareja. Y por supuesto, no debemos vender nuestra alma. Ni a Manhattan, ni al primer diablo indie que se interese por ella.

Es absolutamente imposible ver Dos días en Nueva York sin pensar en el cine de Woody Allen. El discurso de Delpy se asemeja constantemente al del autor neoyorquino y el particular carácter de su Marion -aceptamos ‘neurótico‘ como calificativo esencial y exclusivamente alleniano– nos recuerda inevitablemente al casi octogenario realizador y sus alter-egos. Con divertidísimos diálogos que saltan con prodigiosa naturalidad de Esperando a Godot a Salt-n-Pepa, una alta dosis de costumbrismo y absurdo, una pizca de slapstick y un ritmo que no decae en ningún momento, Dos días en Nueva York confirma a Julie Delpy como un más que digno relevo del director de Annie Hall.

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