Friday Night Lights: El eterno atardecer

“Well, you live in Texas now. You love the game of football. You just don’t know it yet” -Eric Taylor

Con los ojos claros pero el corazón lleno me despido de los habitantes de DillonTexas. Durante cinco temporadas, Friday Night Lights se estableció como una de las series más respetadas a la par que ignoradas de la televisión norteamericana. En un panorama en el que la hibridación de géneros es total, el drama hace reír y la comedia toca la fibra sensible, la serie de Peter Berg -basada en su película homónima de 2004, y a su vez en la novela de H.G. Bissinger– podía ser considerada un drama puro. Sin apenas alivio cómico, FNL estaba sumida en una permanente melancolía que servía de perfecta ambientación para una historia sobre un grupo de personas confinadas en una pequeña comunidad de la “América profunda“. El deporte nacional y mayor negocio y pasión de Dillon, el fútbol (americano, se entiende), es el pretexto para hablarnos de unos personajes comprometidos con su tierra, con su causa, y de otros atrapados en un infierno, deseando salir al mundo exterior. La obsesión y el fanatismo por el deporte definen el día a día de los habitantes de Dillon, y representa para unos el sacrificio y la perseverancia, para otros el hastío de vivir, y para la mayoría del pueblo su única realidad, la principal motivación para seguir adelante: la semana se construye alrededor del viernes noche, y la vida es un eterno entrenamiento, es lo que ocurre mientras esperan a que se enciendan las luces del campo.

Desde un comienzo, Friday Night Lights mostró la intención de desafiar las convenciones del género dramático televisivo de la última década. Siempre perfecta en el aspecto técnico, con un estilo documental y cámara en mano, una preciosa iluminación natural y un tono deprimente marcado por la envolvente música de W.G. Snuffy Walden, la serie se dio a conocer con una -excesivamente larga- primera temporada que suponía algo radicalmente distinto a todo lo que se estaba viendo en ese momento. Sin embargo, este ‘drama deportivo‘ no conseguía escapar de los clichés -actores imposiblemente atractivos, adolescentes de 17 años interpretados por jóvenes de 26, y una gran dosis de white people problemsCon el tiempo fue cubriendo todos los temas indispensables del género -embarazos adolescentes, drogas, armas, la alumna que se acuesta con su profesor- pero también supo tocar temas como el racismo, la intolerancia y la segregación social con suma elegancia, osadía y delicadeza. Echando la vista atrás, no importaba tanto que la serie fuera más convencional de lo que queríamos aceptar, porque en el fondo era única en su especie.

Los pilares indiscutibles de Friday Night Lights son Eric y Tami Taylor, probablemente el matrimonio más real(ista) en la historia de la televisión estadounidense. El trabajo interpretativo de Kyle Chandler y Connie Britton les valió el merecido reconocimiento de la Academia (ambos nominados al Emmy, lo ganó él por la última temporada). Su relación está repleta de fisuras, pero ninguna es lo suficientemente grande como para quebrantar el profundo respeto y el gran amor que se profesan. En FNL, fuimos testigos de las discusiones más verosímiles, se nos dejó con el corazón en un puño en infinidad de ocasiones, pero nunca dudamos de la resistencia del matrimonio Taylor. Sus problemas, siempre creíbles, siempre tratados con la mayor naturalidad, provenían de dos flancos principales: el trabajo y la educación de su hija adolescente, Julie (Aimee Teergarden), y enfrentaban su profundo conservadurismo con una gran capacidad de comprensión y aceptación. Eric -el hombre con el peor sentido del humor de la historia- es el entrenador del equipo de fútbol del instituto, primero de los Dillon Panthers y tras una reestructuración financiera y un injusto despido, de los East Dillon Lions. Tami es primero consejera estudiantil (un poco por combustión espontánea), luego directora del instituto, y de nuevo consejera en el nuevo centro en el que trabaja su marido. Este será el conflicto principal que defina la dinámica de la pareja. Ella sacrificando todo por el trabajo de él, y él viviendo por y para su equipo (previo consentimiento y aprobación de las mujeres Taylor). Al final, como hemos visto, el fútbol será lo que condicione cada aspecto de su vida, pero será la familia lo que evite que el buque se hunda por su culpa.

Alrededor de los Taylor y durante cinco años, desfilan por Friday Night Lights un puñado de personajes secundarios que conforman una gran familia y representan los distintos aspectos de la vida en una pequeña comunidad. Las tres primeras temporadas se centran en un equipo de fútbol y un grupo de adolescentes, las dos últimas renuevan el reparto de caras jóvenes debido al cambio de equipo del Coach y a la marcha a la universidad de la mayoría de personajes. Los cambios reflejan además la odisea vivida por la serie, tras cuya segunda temporada (que coincidió con la huelga de guionistas de 2008) peligró su permanencia en televisión. FNL fue finalmente rescatada gracias a un acuerdo de la NBC con DirecTV, que garantizó el regreso de la serie para un tercer año, y la posterior renovación para dos temporadas más.

Sin embargo, los cambios en Friday Night Lights no sucedieron de la manera más fluida. De hecho, si hay algo que se pueda reprochar a la serie es su descuidado manejo de los desarrollos de personajes, pero sobre todo de sus entradas y salidas de la serie. En este sentido, la segunda temporada es la que sale peor parada (muchos achacan el bajón de calidad a la huelga, pero las tramas estaban bien definidas desde mucho antes). El despropósito se adueña de la serie con una historia que involucra a Tyra y Landry en un homicidio, rompiendo así con el tono de la serie y adentrándose en terrenos más culebronescos que rompen bruscamente con el realismo del que se ha hecho gala hasta el momento. Pero lo peor no es eso, sino la introducción de un nuevo personaje, Santiago, para su posterior desaparición con su historia a medias (podríamos argumentar que se reencarnó más adelante en Vince Howard). La segunda temporada se barre debajo de la alfombra y como si no hubiera pasado nada. Friday Night Lights recupera posteriormente el rumbo y realiza tres sólidas temporadas que demuestran que la televisión en abierto se le había quedado pequeña. La tercera es quizás la mejor de las cinco. La siguiente quiere ser una prima lejana de la cuarta temporada de The Wire y el experimento no le sale del todo mal. Con Eric y Tami en el nuevo instituto, la quinta temporada evoca a cosas como Mentes peligrosaspero siempre manteniendo los pies en la tierra, es decir, aproximándose más a La clase. Sin embargo, hasta el final, los personajes siguen entrando y saliendo sin ton ni son. Landry desaparece al comienzo de la quinta temporada para volver al final y no cerrar el personaje de ninguna manera, Epyck es la nueva Santiago, el hijo de Buddy regresa a Dillon y entra a formar parte de los Lions casi sin que nos demos cuenta -como ocurrió con Landry anteriormente, o con Hastings Ruckle, otro personaje que parece que va a tener su historia y luego queda en nada, o con Billy Riggins, que de repente quiere ser entrenador y lo es. En FNL los cambios ocurren de manera muy brusca y sin apenas explicación. “¿Quieres ser entrenador/jugador/directora del instituto?” “Sí” “Pues venga”.

“You know, it’s kind of like this drug. When you get outside of it, you see it for what it really is.
But when you’re in it, it seems like there’s no other possible reality” -Tyra Collette

No obstante, la aparición de personajes de segunda generación no termina por lastrar la serie, gracias a que esta sigue girando en torno a los Taylor y a que no abandona en ningún momento su tema central: el sentimiento de pertenencia o extrañamiento, el vínculo con un lugar, una comunidad, y el lazo con la familia. Como no podía ser de otra manera, el final de la serie presenta a los personajes la oportunidad de dejar todo atrás para ingresar en un nuevo capítulo de sus vidas. Abandonar Dillon y aceptar el cambio como algo necesario e inevitable. Después de cinco años, y a pesar de las inconsistencias de la serie, uno se da cuenta de que se ha involucrado a un nivel emocional muy profundo con estos personajes. Porque son reales, porque su dolor es nuestro. Nos enfurecimos con las injusticias que vivieron, sufrimos con cada pelea como si hubiéramos sido testigos de primera mano, como si hubiéramos estado sentados en el sofá junto a ellos mientras estas ocurrían. Celebramos los triunfos del equipo, compartimos las alegrías familiares, percibimos como absolutamente reales las lágrimas, los abrazos, los besos. Experimentamos la decepción de unos padres con cada traspiés de Julie, y una extraña sensación de furia y energía cuando Coach Taylor gritaba colérico a su equipo. En definitiva, Friday Night Lights se marchó habiendo llevado el melodrama a terrenos nunca antes explorados en la televisión en abierto, y dejando para la posteridad su marca indeleble e inconfundible: los rostros que reflejan el sol de Texas, la luz que se cuela por detrás entre los cabellos rubios, y el viento que llega campo a través y recuerda a estos personajes que hay un mundo más allá de Dillon.

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