10 cómics que me gustaría ver adaptados al cine o la TV

Estamos condicionados de tal manera por la cultura audiovisual, que no podemos evitar imaginar cómo sería en una pantalla de cine o televisión el libro o el cómic que estamos leyendo. Los tebeos ponen fácil la tarea, puesto que su universo gráfico nos da las pautas visuales para formar en nuestra imaginación la película o la serie que resultaría de una adaptación. Es más, en muchas ocasiones, un cómic se revelará idóneo para que lo adapte un autor cinematográfico o televisivo en concreto, o incluso para encajar en la parrilla de una cadena o en la línea creativa de un estudio de cine. A continuación he elaborado una lista de cómics que me encantaría que fueran adaptados al cine o la televisión. Huelga decir que muchas de estas historias no necesitan el tratamiento audiovisual, que están perfectas como están, impresas en las páginas de un libro (o en la pantalla de un dispositivo móvil, si preferís). Sin embargo, todas ellas son obras de las que me declaro admirador en mayor o menor medida, y no puedo evitar sentir curiosidad por ver cómo serían todas ellas si alguien se decidiera a darles vida más allá de las páginas.

Madman

El enigmático y extravagante personaje de Mike Allred lleva muchos años pidiendo a gritos una adaptación al cine. De hecho, ha habido varios intentos de realizar la película desde que a principios de los 90 el personaje irrumpiera en la cultura popular. Según el propio Allred, un estudio le hizo una oferta en 1992 pero el autor la rechazó. En 1998, Robert Rodriguez (Sin City, Planet Terror) compró los derechos de Madman. Desde entonces ha habido varios intentos de iniciar la producción de la película, sin embargo, las agendas de Allred y Rodriguez les han obligado a posponer el proyecto en varias ocasiones. En 2010, el director de Spy Kids contó a la prensa que Madman: The Movie sigue en sus planes de futuro. Lo cierto es que estando familiarizados con el trabajo de Rodriguez, y teniendo en cuenta su relación artística con Frank Miller (para el que no hay apenas diferencia entre medios gráfico y cinematográfico), es muy fácil imaginar cómo sería una película de Madman. Solo queda que se decidan a ponerse manos a la obra para trasladar a la pantalla la loca explosión pop de color de las páginas de Madman.

David Boring

La obra de Daniel Clowes ha sido llevada al cine en varias ocasiones. Ghost World (Terry Zwigoff, 2001) supuso una discreta revolución en el mundo de las adaptaciones cinematográficas de cómic, demostrando que existía una cantera inagotable de ideas en el cómic no superheróico. El propio Zwigoff volvió a echar mano de una historia de Clowes, Art School Confidential (incluida en su Eightball) para la película de 2006 titulada en España El arte de estrangular (sobran las palabras). Desde entonces solo se ha hablado de una supuesta adaptación de The Death-Ray (recientemente publicado en España), pero el proyecto está parado desde hace años. Es posible que el mundo ya no esté muy interesado en ver una historia de Clowes en el cine, pero lo cierto es que toda su obra parece pedir a gritos una adaptación. Su Ice Haven es básicamente una película de Todd Solondz, y me extraña mucho que ningún director primerizo con ínfulas de David Lynch no haya intentado adquirir los derechos de Como un guante de seda forjado en hierro. Sin embargo, el cómic de Daniel Clowes que mejor se ajustaría al medio cinematográfico es, en mi opinión, David Boring, semifantástica historia sobre un ser deprimido y deprimente en busca de la mujer perfecta. Este cómic de 2000 parece haber sido concebido como el storyboard de una película que Clowes veía muy nítidamente en su cabeza.

Yo maté a Adolf Hitler

Jason (John Arne Sæterøy) es quizás uno de los autores de cómic que mejor representan la idea que planteaba en la introducción: el cómic que bien está en las páginas, que se quede en ellas. No obstante, creo que el prolífico autor noruego es una gran fuente ideas que podrían servir como premisa de varias películas potencialmente interesantes. La obra de Jason suele ser minimalista y mecanizada, pero tras sus inexpresivos animales antropomorfos se esconde habitualmente una preciosa historia de amor (o amistad) que funcionaría como perfecto motor de una película de género. Lo suyo es el noir, pero no me importaría ver una película de zombis basada en Los vivos y los muertos (historieta incluida en En pocas palabras), o una adaptación del sci-fi El último mosquetero, que es básicamente un episodio de Futurama. Sin embargo, creo que Yo maté a Adolf Hitler, una historia de amor con paradojas espaciotemporales, es el cómic de Jason que más se prestaría a la adaptación cinematográfica. No sé por qué, veo a David Cronenberg (que ya adaptó una novela gráfica, Una historia de violencia) sacándole todo el partido.

Fábulas

No seré el primero, ni seré el último que pida a gritos una serie basada en el cómic de Bill Willingham. La existencia de Once Upon a Time (ABC), que se basa en una premisa similar (¿plagio?), restaría impacto a una posible adaptación de Fábulas, pero la proliferación/saturación de películas y series inspiradas en cuentos de hadas hace que este sea el momento de llevarla a cabo. HBO sería el lugar perfecto para recrear los inabarcables mundos fantásticos del cómic de Vertigo, y su orientación inequívocamente adulta permitiría elaborar un producto de factura y tirón similar al de Juego de Tronos. Daría lo que fuera por ver cobrar vida más allá de las páginas dibujadas por Mark Buckingham (y Lan Medina, Craig Hamilton, Mike Allred…) a Chico Azul, Pinocho y GepettoPapamoscas o la Cenicienta, agente secreto. El casting de estos personajes sería fascinante.

Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo

El cómic de Chris Ware es una obra teóricamente inadaptable. Su cualidad de experimento y tesis sobre la naturaleza y los límites del cómic hace que esta historia resulte efectiva únicamente ligada al formato papel. El exhaustivo, agotador y gratificante dibujo de Ware no podría trasladarse con fidelidad a la pantalla de cine. Sin embargo, de entre las mil y una viñetas (en apariencia) caóticas y microscópicas de esta obra maestra es posible extraer una emotiva y desarmante historia generacional cuyo tono me recuerda inevitablemente al cine de Paul Thomas Anderson. No me parecería del todo descabellado que el director de Magnolia o The Master se atreviese a extraer la esencia de Jimmy Corrigan y la transformase en una película al más puro estilo PTA. En el camino perderíamos el reto que supone adentrarse en la demencial orfebrería gráfica que es una obra de Chris Ware, pero en su lugar obtendríamos la experiencia estimulante en la que siempre resulta una película de Anderson.

Buffy Temporadas 8 y 9/Angel & Faith

Mi deseo de ver adaptadas al cine o la televisión las continuaciones oficiales de Buffy y Angel en formato cómic (Dark Horse) proviene casi exclusivamente de la necesidad urgente (y perenne) de volver a ver a los personajes del Buffyverso en la pantalla. No voy a negar que gran parte de las temporadas 8 y 9 de Buffy, cazavampiros me ha parecido un despropósito mayúsculo, pero sí creo que se pueden encontrar en ellas muchas buenas ideas que, replanteadas, podrían dar lugar a una gran película. El caso de Angel & Faith es distinto. El spin-off de Buffy brilla en todo lo que su serie madre tropieza últimamente. Al finalizar la octava temporada, Joss Whedon aseguró que la nueva serie de Buffy en Dark Horse supondría un regreso a los orígenes, en busca de su esencia perdida. Sin embargo, la novena temporada sigue dando palos de ciego, mientras Angel & Faith sí logra capturar el espíritu del Buffyverso, gracias a la estupenda labor de guion de Christos Gage (que debería escribir también en Buffy) y al fantástico dibujo de Rebekah Isaacs. A día de hoy estaría más interesado en ver una adaptación televisiva de Angel & Faith que una película de Buffy, cazavampiros. Por su carácter eminentemente televisivo, por la herencia bien administrada de las series de Whedon y sobre todo porque supone la materialización definitiva de todas las ideas desaprovechadas de proyectos cancelados, como Ripper y el spin-off protagonizado por Faith, una serie de Angel & Faith sería la mejor manera de expandir el Buffyverso en televisión.

Bone

La reciente obra de Jeff Smith, RASL, historia de ciencia ficción sobre un artista atormentado que viaja entre dimensiones, podría ser una buena película (seguro que le interesa a Richard Kelly, director de Donnie Darko). Sin embargo, mis deseos de ver una saga cinematográfica basada en Bone, su obra más conocida, es mucho mayor. La diatriba sería si transformar completamente la historia adaptándola a acción real, o conservar su espíritu cartoon y hacer una película de animación. Yo optaría por lo segundo. Es más, encargaría el trabajo a la Disney, que se ajustaría como anillo al dedo al proyecto, puesto que los principales referentes de Smith son dibujantes como Carl Banks o Walt Kelly, dos de los más ilustres empleados de la compañía de Mickey Mouse. No hay nada que me gustase más que ver Disney’s Bone.

X-Force/X-Statix

Para revitalizar la saga X-Men, y en busca de reconocimiento crítico, Joe Quesada contrató a Mike Allred para que se hiciera cargo de X-Force. Pero la visión cínica y posmodernista de Allred no terminó de cuajar, ni siquiera cuando se unió al proyecto Peter Milligan. Ambos rebautizaron al estrafalario grupo de mutantes como X-Statix y generaron los que son, sencillamente, algunos de los mejores cómics de la pasada década. Sin embargo, al público general de Marvel no le convenció la propuesta de estos autores, que parodiaba el género mediante una sangrante sátira llena de muertes arbitrarias y alto contenido en melodrama (los personajes son superestrellas mediáticas y las más grandes batallas del cómic son las que libran sus egos). Sin embargo, lo que impidió que la saga se convirtiera en un éxito masivo es lo que a su vez la convirtió en una incontestable obra de culto. Habiendo visto ya las adaptaciones cinematográficas de cosas tan hipermodernas como Watchmen o Kick-Ass, no se me ocurre razón alguna (más allá quizás del elevado presupuesto) para que Marvel no se atreva con los X-Statix.

Adolf

De entre todos los cómics de Osamu Tezuka, un buen puñado destacan como obras magnas. Y dentro de esa larga lista de obras maestras sobresale el apasionante Adolf, una historia en cinco volúmenes (1.300 páginas) que sigue a tres personajes llamados Adolf (uno de ellos Hitler) a lo largo de varias décadas. Con Adolf, Tezuka alcanzó la madurez absoluta como narrador. Es raro, y lógico a la vez, que nadie se haya atrevido a adaptar este absorbente manga al cine o la televisión (sí que hubo una adaptación radiofónica en 1993). Por su extensión, es quizás imposible condensar la historia en un largometraje. Sin embargo, Adolf funcionaría a la perfección como una miniserie de cinco capítulos, de las que suelen hacer las cadenas de cable norteamericanas. Es más, veo a Steven Spielberg como productor ejecutivo de Adolf: la miniserie, probablemente emitida por HBO. Aunque no sé si les haría mucha gracia a los japoneses.

Runaways

De la adaptación al cine de este cómic de Marvel creado por Brian K. Vaughan y Adrian Alphona se lleva hablando ya varios años, pero no logra salir adelante. No ayuda que desde 2009, los cómics estén “on hiatus”. Pero la verdadera razón por la que la película de Runaways no ha comenzado a rodarse aun es Los Vengadores. La casa de Kevin Feige ha concentrado todas sus fuerzas en la película de Joss Whedon, y Runaways debe estar muy abajo en su lista de prioridades (lógico por otra parte teniendo en cuenta la escasa repercusión de la serie entre el público masivo). Se habla de 2014 como posible fecha de estreno de Runaways, pero esto se antoja poco realista, teniendo en cuenta que The Avengers 2 está prevista para 2015, y hay en marcha tropecientas películas vinculadas a ella que forman parte de las Segunda y Tercera Fases del Universo Cinematográfico de Marvel. Quizás lo más sensato sería cambiar radicalmente los planes de adaptación y convertir el cómic en una serie. Con Marvel en la casa de Walt Disney, compartiendo habitación con ABC, solo falta saber si S.H.I.E.L.D. funciona bien, para que la Casa de las Ideas empiece a plantearse otras adaptaciones televisivas de sus cómics. El éxito (ya difuminado) de Misfits puede ser indicativo de que al público le gustan las series de superhéroes adolescentes. Y si Joss Whedon no tuviera la agenda tan a punto de estallar, sería ideal que se hiciera cargo de supervisar una supuesta Runaways: The Series. Al fin y al cabo, el creador de Buffy y Firefly está muy familiarizado con la saga, puesto que se hizo cargo del guion de uno de los arcos argumentales de su Volumen 2 (2008). Si de mí dependiera, el gran público ya conocería a Molly, Chase, Gert, Karolina, y sobre todo al velocirraptor Old Lace.

 

He dejado unos cuantos cómics fuera de esta lista para que no se me fuera de las manos, pero me gustaría incluir los tres que han estado a punto de formar parte de mi selección, a modo de menciones especiales: Pluto (Naoki Urasawa), George Sprott (Seth) y La sonrisa del vampiro (Suehiro Maruo). Ahora, si os apetece, me encantaría que me contaseis qué cómics os gustaría ver a vosotr@s en el cine o la televisión.

Oscars 2013: resumen de la noche en tweets

Retransmisión en directo por Twitter de la noche de los Premios de la Academia, celebrados el domingo, 24 de febrero en el Dolby Theatre de Los Ángeles.

(Hora Costa Oeste – PST)

ALFOMBRA ROJA

03:01 pm Afilen sus lenguas. Comienza la alfombra roja de los #Oscars2013
03:08 pm Esta noche quiero el Oscar para Lena Dunham. Oh wait…
03:25 pm Jessica Chastain, de Veronica Mars a los Oscars. Aaron Tveit, de Gossip Girl a los Oscars. La CW, qué cantera.
03:28 pm Amy Adams, tan correcta y guapa como siempre. Pero también tan incómoda como siempre. Me da la sensación de que no disfruta estas cosas.
03:31 pm Channing Tatum, el hombre más sexy del mundo según People. El año que viene será Mickey Rourke.
03:41 pm Llega Jacki Weaver. ¿Os imagináis que hace un Marisa Tomei? Pero, ¿qué hace esta señora nominada?, por el amor de Weinstein.
03:42 pm A Amy Adams no le dieron el Oscar que más merecía, porque ni siquiera estaba nominada. Su Giselle de Encantada.
03:43 pm No entiendo qué hace Kelly Osbourne en todas las entregas de premios este año. Es la nueva Jennifer Lopez, no tiene otra cosa que hacer.
03:51 pm ¿Quién no querría dormirse en los brazos de Sally Field mientras le canta una nana?

03:53 pm Jennifer Lawrence va demasiado guapa como para no ganar un Oscar. Sería un desperdicio.
03:58 pm Quvenzhané Wallis también se merece el Oscar por las entrevistas que está dando en la alfombra.
03:59 pm Lo que me va a mantener despierto esta noche va a ser ver cómo pronuncian Les Misérables y Quvenzhané Wallis todo el rato.
04:03 pm Barbarella ha pisado la alfombra. ¿Por qué no se arrodilla nadie?
04:08 pm Melissa McCarthy es por ahora el mayor fashion crime de la alfombra roja. Ha intentado un Beyoncé pero le ha salido un bloque de cemento.
04:18 pm Me pasaría la noche viendo entrevistas de Jennifer Lawrence.
04:18 pm Jennifer Hudson se ha inspirado en la Barbie de Cher de Jack McFarland para el pelo.
04:24 pm Tommy Lee Jones llega con ganas de pasárselo tan bien como en los Globos de Oro. No dejéis de enfocarlo, por favor.
04:25 pm ¡Joseph Gordon-Levitt lleva el peinado de Woody de Toy Story! ¡Me encanta!
04:27 pm Ang Lee y su mujer son la misma persona.
04:29 pm Justin Theroux merece algo más de la vida que ser el novio de Jennifer Aniston.
04:32 pm Menos mal que Emmanuelle Riva no habla inglés, porque tener que estar toda la noche oyendo lo vieja que eres tiene que ser horrible.
04:41 pm Nunca entenderé lo de George Clooney.
04:41 pm Nicole Kidman y Ellen DeGeneres pisan la alfombra roja de la mano.
04:47 pm Bibi Andersson, Mia Farrow, Miley Cyrus y Charlize Theron. El triunfo del pelo corto.
04:53 pm Chris Evans y Bradley Cooper llevan a sus madres como cita a los Oscars. ¿Qué le pasa al universo?
04:56 pm Llevo un rato intentando decir algo sobre Anne Hathaway, pero no puedo. No quiero criticarla. Pero debo. Qué desastre, por favor. PEZONES.
05:04 pm De los creadores de los pezones de Anne Hathaway, las hombreras de Halle Berry.
05:05 pm Kristin Chenoweth entrevista a Adele y yo me acuerdo de Harry Potter y Hagrid.
05:07 pm George Clooney y Walt Disney son las únicas personas que han sido nominadas en 6 categorías diferentes en la historia de los Oscars.
05:10 pm Siempre defiendo los estilismos de Kristen Stewart, pero esta noche su cuerpo va por un lado y el vestido por otro. Y va maquillada de zombi.
05:20 pm Haciendo mi quiniela de los #Oscars2013 a 10 minutos de la gala, guiándome solo por corazonadas. [Nota: nunca había acertado tanto]
05:28 pm Hugh Jackman está a tiempo de matar a Seth MacFarlane y volver a presentar la gala.

COMIENZA LA CEREMONIA

05:31 pm Robert Downey Jr. no aplaude. Es Robert Downey Jr., no necesita aplaudir. Él levanta la cabeza y todo o.k.
05:32 pm Quiero una ventanita con la cara de Emmanuelle Riva no enterándose de nada todo el rato.
05:31 pm Seth MacFarlane está haciendo un monólogo de inauguración que ya ha caducado.

05:37 pm William Shatner: “¿Por qué no han presentado la gala Tina Fey y Amy Poehler? ¿Por qué no pueden hacerlo todo Tina y Amy?”
05:38 pm Seth MacFarlane, ahora una canción con penes, ¿no?
05:41 pm MacFarlane no me convence, pero me gusta que estén interactuando tantas estrellas en el “monólogo” inicial. Buen formato.
05:45 pm Como en los Globos de Oro, referencia a la Monja Voladora. Espero que se vuelva a mencionar en algún momento a la princesa de Genovia.
05:46 pm Vamos ya por la mitad de la gala, ¿no? MacFarlane ha saltado el tiburón de su discurso.
05:47 pm Joaquin Phoenix se lo pasa tan bien como Tommy Lee Jones.
05:51 pm A Christoph Waltz le van a dar un Oscar por cada papel que haga, ¿no?
05:52 pm El discurso extraño y entrecortado de Christoph Waltz ya es un clásico.
05:53 pm Cinco miembros de Los Vengadores después del corte publicitario. Necesito que canten “Walk Through the Fire”.
05:59 pm Paperman, una de las cosas más bonitas que hemos podido ver últimamente, Oscar al mejor corto de animación.

06:00 pm Mejor película de animación, Brave. Pues claro, ¿de verdad os creíais que Pixar no ganaría esta noche?
06:01 pm Reese Witherspoon, qué rubia eres.
06:07 pm Los Vengadores es la mejor película del año, me da igual lo que digan los Oscars.
06:08 pm Helen Hunt se está muriendo de envidia por el pelo de Claudio Miranda (Saruman), ganador del Oscar a mejor fotografía por La vida de Pi.
06:09 pm ¿Que por qué no han ido Chris Hemsworth, Tom Hiddleston y Scarlett Johansson? Porque los tengo atados en el sótano.
06:11 pm Venga ya, ¿Life of Pi mejores efectos visuales? No me extraña que esté nominada Jacki Weaver. Qué absurdo todo.
06:16 pm Channing Tatum de frente no me interesa.
06:16 pm A Jennifer Aniston hay que dejarla.
06:19 pm Oscar a mejor vestuario: la anual película de época de Kiera Knightley.
06:21 pm Mejor maquillaje y peluquería, Los miserables. Llevo 4 en la quiniela. Ya es más de lo que suelo acertar en total cada año.
06:22 pm Mira, de verdad, Seth MacFarlane es gilipollas. Así, con todas las letras. G-i-l-i-p-o-l-l-a-s.
06:22 pm Halle Berry ha hecho el chiste de la noche: “pussy… galore”. En serio, primero vas a recoger tu Razzie y ahora esto. Te quiero, Halle.
06:23 pm Y para celebrar los 50 años de James Bond, un vídeo en loop de Daniel Craig saliendo de la playa.
06:25 pm Retiro lo de Daniel Craig en bañador. SHIRLEY BASSEY, señoras y señores.
06:30 pm Una foto de Tommy Solomon y Harry Potter entre bastidores de los #Oscars2013

06:35 pm Mejor corto de acción real: Curfew. Me encanta acertar los ganadores de los cortos sin haber visto ninguno
06:38 pm Inocente, mejor corto documental. Otro que he acertado solo por el título. Para el año que viene tampoco veo los largos.
06:43 pm Seth MacFarlane, deja de comentar tus propios chistes, por favor.
06:45 pm Iron Man, Capitán América, Hulk, Ojo de Halcón, y Nick Furia toman el escenario del Dolby Theatre.

06:51 pm Michael Haneke firmó hace unos días autógrafos como un One Direction, y ahora sube a recoger su Oscar a Mejor Película Extranjera por AMOUR.
06:53 pm Le llegan a poner la música de Tiburón a Haneke y me lío a romper piernas con palos de golf.
06:57 pm Catherine Zeta Jones brava. ¡Viva el Playback!

07:00 pm Lo que daría por ver ahora mismo a Tim Curry como Frank-N-Furter dándolo todo en el escenario del Dolby Theatre.
07:00 pm Llega uno de los grandes momentos de la noche: Les Misérables Live.
07:02 pm Aprovecho para alardear de que yo vi a Hugh Jackman en Broadway y desde entonces bebo los vientos por él y su interminable talento.
07:04 pm ESCALOFRÍOS, ¿EH?
07:05 pm Ovación en pie merecidísima para el reparto de Los miserables. No tenía favorita para Mejor Película hasta ahora
07:11 pm Los premios técnicos me han recordado que todavía queda el In Memoriam, el discurso del presidente de la Academia y el Oscar Honorífico. BAJÓN.
07:17 pm Resuello colectivo: ¿Empate en los Oscar? ¿Pero eso es posible? Nuestras quinielas lo agradecen.
07:19 pm Este no es mi Tommy Lee Jones. Pero si parece un cachorrito feliz:

07:20 pm Pezones, preparaos para la gloria. Premio a mejor actriz de reparto.
07:21 pm Aprovecho de nuevo para decir que mi interpretación favorita de Anne Hathaway este año es su Catwoman.
07:23 pm MISS ANNE HATHAWAY.
07:24 pm Ya está haciendo la pelota. Cuánto la quiero.
07:34 pm Mejor montaje para Argo. Ben Affleck, sonríe un poco, ¿no?
07:38 pm ¿Dónde está esa voz, y esa fuerza, Adele? ¿Puede haber algo más sobrevalorado que esta señora?
07:48 pm No me importaría que Sandra Bullock presentase la gala un año de estos, por probar.

07:58 pm George Clooney ha hecho un chiste sobre el In Memoriam y solo se ha reído Ben Affleck

08:03 pm Barbra, la muerte te sienta tan bien.
08:14 pm La canción de Scarlett es demasiado bonita. Demasiado. Y me alegro de que hayan puesto un trozo tan largo para que se aprecie.
08:15 pm Norah Jones, la responsable de uno de los mejores discos de 2012, y protagonista de un divertido cameo en Ted. Me gusta.
08:18 pm Mejor banda sonora: Life of Pi. Mejor canción: Skyfall. La Academia no suele estar muy atinada premiando música, IMHO.
08:27 pm Mejor guion adaptado: Argo. Mejor guion original: Django desencadenado.
08:28 pm “Dios, qué genial soy” -Quentin Tarantino
08:36 pm Ang Lee gana el Oscar a Mejor Dirección. Y el Dolby Theathre se pone en pie. Incluido Haneke, claro.
08:37 pm A Ang Lee hay que quererlo, la verdad.
08:42 pm Creo que ya sé qué está más sobrevalorado que Adele. Jessica Chastain.
08:44 pm Y Jennifer Lawrence se lleva su primer Oscar. Y SE CAE. TUMBLR ARDE.
08:46 pm Jennifer Lawrence es un regalo de Kentucky y de Dios al mundo. Se ha llevado el Oscar un poco (bastante) por hype, pero me alegro tanto.
08:48 pm Joaquin Phoenix, si te molesta, tira de esta.
08:49 pm Mejor Actor Protagonista: Daniel Day-Lewis por Lincoln. Lo siento por Hugh Jackman, que era mi favorito. Pero DDL es MUCHO.
08:50 pm “Meryl era la primera opción de Steven para interpretar a Lincoln” -Daniel Day-Lewis se está marcando el discurso de la noche
08:54 pm Yo pensaba que Jack Nicholson estaba presentando a Beyoncé. Pero no, era Michelle Obama. Tanto monta, monta tanto.
08:57 pm Michelle Obama y Jack Nicholson le dan el Oscar a Mejor Película a Ben Affleck y su Argo.
08:58 pm Como a Ben Affleck se le olvide alguien en sus agradecimientos, ya no queda gala para que suba Jennifer Garner a arreglarlo.
09:00 pm ¿Ha sufrido alguien un infarto al recoger un Oscar alguna vez? Podría pasar esta noche con Ben Affleck.
09:02 pm Kristin Chenoweth pone broche de oro (nunca mejor dicho) a la gala, que acaba con puntualidad a las 6 hora española.
09:03 pm Y para terminar esta retransmisión, Jennifer Lawrence tirada por las escaleras del escenario del Dolby Theatre:

Aquí tenéis una extensa galería con las mejores imágenes de la noche.

Crítica: Si fuera fácil (This Is 40)

Intenta no parpadear

La primera película de Judd Apatow, Virgen a los 40 (The 40 Year Old Virgin, 2005), suponía una vuelta de tuerca al sobado complejo de Peter Pan, exponiendo ya los principales elementos temáticos que definirían su carrera como director y productor de cine y televisión. En su trabajo más reciente, Si fuera fácil (This Is 40, 2012), el realizador neoyorquino regresa a los 40, pero esta vez lo hace mirando hacia el futuro, con la incertidumbre y el terror que supone ver cómo este se convierte en el pasado… cada vez más rápido. This Is 40 (como la llamaré a partir de ahora) es todo un catálogo de obsesiones del director: la familia, los límites en la intimidad de la pareja, el enigma de la madurez y sobre todo, el irrefrenable paso del tiempo. A pesar de que se ha deshecho del poso de amargura de su anterior filme, la infravalorada Hazme reír (Funny People, 2009), Apatow sigue apostando por la hibridación absoluta de drama y comedia, haciendo reír a la vez que hurga sin piedad en nuestras incurables heridas existenciales.

This Is 40 nos devuelve a Pete y Debbie, personajes secundarios de Lío embarazoso (Knocked-Up, 2007) interpretados por Paul Rudd, amigo íntimo del director, y Leslie Mann, la esposa de Apatow en la vida real. La película es técnicamente un spin-off de la exitosa comedia protagonizada por Seth Rogen y Katherine Heigl, aunque es una entidad absolutamente independiente de ella. En This Is 40 regresamos al hogar de este matrimonio con hijas (interpretadas de nuevo por las niñas de Apatow y Mann, Iris y Maude), donde la vida pasa factura a la pareja: han llegado los temidos 40, Sadie y Charlotte han crecido y se han convertido en un dolor de cabeza con piernas, los trabajos de ambos atraviesan por una grave crisis, y la relación con sus respectivos padres hace estragos en su relación. En consecuencia, su vida de puertas adentro se resiente profundamente, y la cuestión “¿por qué seguimos juntos?” se plantea en voz alta por primera vez. En la más pura tradición Apatow, la película se compone de momentos, de micro-tramas, o fragmentos de la vida de los personajes -muchos de ellos extraídos directamente del hogar de los Apatow. Esto, como también viene siendo habitual, resulta en un metraje de más de dos horas -el director sigue sin ceder a las quejas sobre la duración de sus películas, que ya debería asumirse como una de sus señas de identidad. Básicamente, This Is 40 es la Secretos de un matrimonio de Apatow.

Como suele ocurrir con todo proyecto bautizado o apadrinado por el productor de Freaks and Geeks, This Is 40 es también una reunión de amiguetes. Por la película desfilan Charlyne Yi (que repite como la fumada, ahora “reformada” Jodi), Jason Segel, Chris O’Dowd, Lena Dunham o Melissa McCarthy (que protagoniza una de las escenas más desternillantes). Se incorporan a la gran familia Megan Fox, que debería sacar mayor provecho a su vis cómica (esta y Jennifer’s Body son sus mejores/únicas interpretaciones), y los veteranos Albert Brooks y John Lithgow, como los padres de Pete y Debbie respectivamente. Tanto en sus escenas por separado, como juntos en el clímax durante la fiesta de cumpleaños de Pete, el reparto es todo química y talento, un grupo de improvisación de lujo. Aunque ninguno sobresale como Rudd y Mann, que pasan por matrimonio real en todo momento -no en vano, la actriz afirma que si al llegar a casa se encontrase a Paul en el sofá, tardaría un buen rato en darse cuenta de que no es Judd. Qué disfuncionalmente bonito es todo.

Judd Apatow no firma feel-good movies, sino más bien feel-depressed movies. Y This Is 40 no es una excepción. Su cine es cada vez menos complaciente, sus personajes más agrios -ni el adorable Rudd se salva-, y el público estadounidense ya no responde a él con el mismo entusiasmo. Si uno se detiene a leer las reacciones de los espectadores norteamericanos ante la película, sacará en claro una conclusión: si hay algo que odian es la confusión de géneros. La comedia debe hacer reír, y el drama debe conmover, y esto debería ser legislado. El rechazo de Apatow a establecer una clara distinción entre géneros está afianzando su estilo y su tesis, a la vez que lo distancia del gran público. Para él, comedia y drama son lo mismo, y no hay risa sin dolor. Por eso su cine es cada vez más autobiográfico. This Is 40 es una sesión de terapia para el matrimonio Apatow-Mann, y también para sus hijas -¿explotación infantil?-, un aireo de trapos sucios, inseguridades y diferencias que de alguna manera sirve para sobrellevar su propia crisis de los 40. El director universaliza su experiencia personal, tal y como hace su discípula Lena Dunham en Girls, y se ofrece a él y a su familia como sujetos de pruebas con los que el espectador se compara en todo momento. Puede ser una experiencia algo incómoda, pero si fuera fácil, no sería una película de Judd Apatow.

A Young Doctor’s Notebook: Un médico precoz

¿Alguna vez has deseado volver atrás en el tiempo y evitar que tu yo más joven cometa los errores que han acabado definiendo el resto de tu vida? Esta es la idea en la que se apoya la premisa de A Young Doctor’s Notebook, emitida recientemente por la cadena Sky Arts. La miniserie británica, dirigida por Alex Hardcastle (Suburgatory), se basa en los relatos cortos semi-autobiográficos del escritor ruso Mijaíl Bulgákov -en concreto en uno titulado “Morfina”- y sigue a Vladimir Bomgard, un joven doctor recién salido de la universidad de Moscú que es destinado a un hospital rural en la recóndita localidad de Murievo (Doctor en Alaska Russian Style).

Las peripecias de este médico novato son trasunto de las propias experiencias de Bulgákov, que fue adicto a la morfina, y tienen lugar en 1917, año del comienzo de la Revolución Rusa. En A Young Doctor’s Notebook, el joven Bomgard, interpretado por Daniel Radcliffe, recibe visitas de su versión futura, encarnada por Jon Hamm, que intenta reorientar su vida para que no acabe en el callejón sin salida en el que se encuentra actualmente. La conclusión no es esperanzadora. Por mucho que tuviéramos la oportunidad de hablar con nuestro yo del pasado, este seguiría siendo víctima del destino, condenado a repetir los mismos errores una y otra vez.

A Young Doctor’s Notebook presenta una factura impecable y cuenta tan solo con cuatro episodios de 25 minutos de duración, por lo que se recomienda el visionado de todas sus partes seguidas, funcionando así como un largometraje de duración estándar. Para introducirnos en la historia se recurre a un tono liviano con grandes dosis de humor negro, mucha casquería -de la de verdad, es decir, gore puro y duro-, y una música que salta de la polka al score dramático sin complejos. Sin embargo, el relato se transforma -quizás algo bruscamente- en un drama pesimista y opresivo que da cuenta del descenso a los infiernos del protagonista, una vez empieza a desarrollar su adicción a la morfina. La comedia da paso así a la tragedia, aunque la historia no se deshace hasta el final de su peculiar sentido del humor (chistes de sífilis, pus y miembros amputados… no puede fallar).

Lo mejor de A Young Doctor’s Notebook es sin duda el dúo protagonista. Jon Hamm ha demostrado ya en varias ocasiones su versatilidad como actor, sin embargo, en esta miniserie no cambia precisamente de resgistro con respecto a su Don Draper. Efectivamente, la versión adulta de Bomgard guarda más de una similitud con el protagonista de Mad Men, sin ir más lejos, su espiral de autodestrucción también está provocada por una adicción, aunque en el caso de Draper sea una más difícil de diagnosticar. Hamm (y su extraño acento ruso-británico) cumplen de sobra, pero es Daniel Radcliffe la verdadera revelación de A Young Doctor’s Notebook. El joven protagonista de Harry Potter se distancia definitivamente del personaje que lo lanzó a la fama mundial, demostrando las tablas que tanto la franquicia del mago de Hogwarts como su experiencia teatral le han otorgado. A Young Doctor’s Notebook acaba brillando gracias a la excelente vis cómica de Radcliffe, y a su capacidad para construir un personaje rico en matices a pesar de la corta duración de la historia.

Girls: Hannah en el País de los Adultos

Every single night’s a fight with my brain
I just want to feel everything
-Fiona Apple, “Every Single Night” 

Hannah Horvath quiere sentirlo todo, y Lena Dunham está empeñada en que nosotros lo hagamos también. Ha pasado ya una semana desde “One Man’s Trash”, uno de los episodios más polémicos de lo que llevamos de serie. Y por consiguiente, uno de los más comentados y analizados -que ya es decir. El capítulo se ha prestado a muchas interpretaciones, así como ha generado acalorados debates que han polarizado aun más si cabe a la audiencia. Sigue (y seguirá) resonando con fuerza el extraño y desconcertante poder de sus serenas imágenes y esa cualidad onírica que lo separa por completo del relato principal de GIRLS. “One Man’s Trash” se experimenta como una pieza autónoma, una especie de cortometraje que deja a un lado los habituales mecanismos narrativos de la serie y desnuda la historia de ornamentos, e incluso de humor, para dejarnos a solas con Hannah y un desconocido. O a solas, simplemente.

Muchos han entendido este episodio como un sueño, una fantasía de la protagonista, apoyándose en la (repugnante) teoría de que un ejemplar masculino como Patrick Wilson jamás estaría interesado en una chica con el físico de Dunham. Es cierto que “One Man’s Trash” desprende un halo de ensoñación que parece transportarnos directamente a lo más profundo de la mente de Hannah. Pero cuestionarse el realismo de lo ocurrido en un episodio de estas características está de más. Sobre todo cuando se hace apoyándose en preconcepciones tan rancias como la diferencia de edad, de estatus social o unos físicos supuestamente incompatibles. “One Man’s Trash” es en efecto un viaje al subconsciente de la verdadera Hannah Horvath, y está construido como si se tratase de un pasaje separado de su universo cotidiano. Una metáfora de sus anhelos y pulsiones más primarias que suponen la primera toma de contacto del personaje con la versión más verdadera (¿mejorada?) de sí mismo. La epifanía de Hannah desmonta por completo la manufacturada y forzada realidad que habita, y aunque acaba siendo inútil -la burbuja explota por culpa de su inevitable egocentrismo-, arroja algo de luz en su camino.

La idílica aventura con Joshua viene a reforzar la idea de que todos los personajes de Girls deambulan por la fantasía de sus vidas, tratando de comportarse como adultos, proclamando a los cuatro vientos que lo son (“Perdona, soy un adulto. Por eso he preparado esta cena”) moviéndose -o haciendo que se mueven- impulsados por unas aspiraciones artísticas que en teoría les proporcionarán la plenitud existencial. Observando la vida de Josh-ua, un adulto de verdad, jugando con él a las casitas durante dos días, Hannah comprende algo sobre sí misma. Está cansada de buscar experiencias (“I like it rare”, dice sobre la carne y sobre todo), de vivir por los demás, para los demás. Quiere una casa en condiciones, un bol de fruta en la mesa, una nevera llena, utensilios de cocina caros, un marido doctor. Lo que Hannah quiere es, en definitiva, una vida de esposa, una vida ¿normal?, algo de lo que ha escapado hasta ahora, algo que quizás no sabía que existía, o que era una opción para ella. El mundo que Joshua descubre a Hannah es un mundo adulto que ella seguramente descartaba porque su única referencia era la experiencia de sus propios padres. Pero ante la posibilidad de una vida acomodada, desprovista de falsas expectativas y presión, su sistema de creencias se desmorona. Se siente más sola que nunca. Cuando tenga todo lo que tiene Joshua, y no le dé importancia, cuando el tesoro de ese triste y desangelado hombre de mediana edad se haya convertido en su basura, Hannah será un adulto de verdad.

La absorbente media hora que es “One Man’s Trash” supone un íntegro desnudo físico y emocional del personaje, además de su creadora. La tremendamente misógina cuestión sobre si Dunham debería desnudarse tan a menudo en su serie no hace más que frivolizar y menospreciar el estimulante discurso que plantea. Los desnudos de Dunham en este episodio no solo están justificados (como si tuvieran que estarlo, por otra parte), sino que son esenciales para hacernos partícipes de esta íntima y reveladora fantasía. El sexo en “One Man’s Trash” es distinto al que nos tiene acostumbrados la serie. En lugar de enfatizar lo patético, e incluso grotesco, este episodio nos convierte en verdaderos voyeurs, haciendo que nos adentremos en la aventura de Hannah y Joshua con cierta sensación de intrusismo. Aunque así es como nos sentimos a lo largo de la media hora en la que no existe nada más que ellos dos. Al final, el desnudo de Hannah no es más que otra metáfora de la fragilidad que en el fondo define al personaje, y por qué no, una invitación a que nos desnudemos también. “One Man’s Trash” demuestra lo innecesario de distinguir entre realidad y fantasía en determinados relatos, animándonos a experimentar lo que se nos cuenta, o muestra, como una corriente de consciencia, como si fuera uno de nuestros propios sueños.

Community: Año cero

Los fans de Community estamos acostumbrados al miedo. Es justamente lo que conlleva seguir con devoción absoluta e incondicional una serie como esta, en constante peligro de cancelación por su baja audiencia. Pero el miedo al final repentino de la serie no era nada en comparación con el que empezamos a sentir al final de la tercera temporada, cuando la enorme alegría por el anuncio de renovación vino seguida del despido de su creador y showrunner, Dan Harmon. El Harmongate (o Chevygate, o NBCgate, como conté en su momento en esta entrada) ponía trágico punto y final a una era, y la cadena nos advertía de que su nueva etapa estaría condicionada por una política de comedia que demandaba series más accesibles para todo tipo de públicos. Para nosotros, una Community “normalizada” no sería Community. Los fans esperamos meses y meses (el estreno de otoño se pospuso a la midseason) aterrorizados por la posibilidad de que nuestra serie hubiera sido bigbanguizada. Qué sorpresa cuando a su regreso, el pasado 7 de febrero, no nos encontramos con una serie distinta. Pero qué sorpresa aun mayor cuando nos percatamos de que el problema de esta nueva Community no era que fuera otra serie, sino que fuera demasiado Community.

Me explico. En su -loable- intento por no defraudar a los fans tras la marcha de Harmon, los nuevos showrunners y guionistas de la serie se esforzaron al máximo por preservar todo lo que hacía única a la serie. Concretamente las referencias a la cultura popular y su elevadísimo contenido metatextual. Lo que han hecho con los (hasta ahora dos) nuevos episodios es empollarse bien la teoría e intentar plasmarla meticulosamente en el guion y en la pantalla. El resultado, por desgracia, no es más que una imitación de la serie que conocíamos. Una sucesión de diálogos y gags que pertenecen al universo Community, pero no fluyen con la naturalidad de antes. Tanto “History 101” como “Paranormal Parentage” están saturados de chistes meta y homenajes cine-y-teléfilos metidos con calzador. Abed observando la realidad como si fuera una sitcom de risas enlatadas en la que Pierce está interpretado por otro actor; los 7 de Greendale como los Muppet Babies, Troy y Abed disfrazados de Calvin & Hobbes, los personajes observándose una y otra vez a través de pantallas (tan adecuado y significativo para una serie que está tan obsesionada por las personas que la están viendo a ella). Por escrito suena tan bien, tan Community. Pero en la práctica resulta forzado, y frío, como si hubieran aplicado una fórmula matemática para hacer los episodios.

Sin embargo, lo peor de la nueva Community es la decepción que supone ver a estos queridos personajes actuar como marionetas. Pero no sería justo inculpar exclusivamente a los nuevos showrunners. Ya estábamos un poco preocupados por ellos, y muchos problemas de esta nueva temporada son herencia de la anterior. Durante la tercera, los rasgos diferenciadores de cada personaje se estaban magnificando peligrosamente, al borde de la sobresimplificación y la autoparodia en muchas ocasiones. No obstante, estos siete actores siempre lograban contrarrestar los vicios de los guionistas con carisma y corazón. Lo que nos hemos encontrado en la nueva temporada son un puñado de presencias robóticas que repiten sus chascarrillos más icónicos una y otra vez. A lo de Abed ya estábamos acostumbrados, que Shirley y Annie acabarían comunicándose exclusivamente a base de “aaaaawww” se veía venir, pero lo de Britta y Troy me resulta especialmente dramático (reconozco que son mis favoritos). Ambos han quedado reducidos a su mínima expresión (Britta: “Hola, psicología, bla bla, Troy, mirad qué gansa soy, psicología”). Y lo que es peor, ahora son pareja, suponiendo uno de esos casos en los que la tensión sexual no resuelta habría sido mejor no resolverla. La química se ha esfumado. No solo la de ellos dos (qué penosa resultó la escena de la fuente en el primer episodio), sino la de todo el grupo. Es como si Dan Harmon se hubiera llevado consigo el alma de todos sus personajes.

A pesar de todo esto, se hace necesario darles un voto de confianza. Es lo menos que podemos hacer después de tres años increíbles. Quizás una manera de sobrellevar el cambio sea tomarse la cuarta temporada como la primera de una nueva serie que aun anda en busca de su tono. Debemos tener paciencia. Puede que no les dé tiempo a devolver la gloria a Community, pero cabe la posibilidad de que nos dejen despedirnos de una Community de la que nos volvamos a sentir orgullosos. En cualquier caso, por favor, permanezcan en sintonía.

Crítica: La jungla: Un buen día para morir

John McClane ha vuelto, y me gustaría decir que el “abuelete” está más en forma que nunca, pero no es el caso. En La jungla: Un buen día para morir, quinta parte de la saga Die Hard, nos reecontramos una vez más con el mítico personaje de Bruce Willis, seis años después de su anterior aventura en La jungla 4.0. En esta ocasión, el agente McClane se ve envuelto de manera fortuita en una trama relacionada con el desastre nuclear de Chernóbil, en la que está involucrado su hijo Jack (Jai Courtney), agente encubierto de la CIA que lleva muchos años sin ver a su padre. Efectivamente, el argumento de Un buen día para morir es tan inverosímil, predecible y desfasado como suena. Pero ese no es el principal problema de La Jungla 5 -al fin y al cabo, sabemos a qué atenernos con este género. La total ausencia de carisma de todos los personajes y la fría química padre-hijo de Willis y Courtney es lo que distancia dramáticamente a esta secuela de todas sus predecesoras, cintas ejemplares a la hora de manufacturar cine-espectáculo con encanto y sentido del humor.

La Jungla 5 no es más que una incansable sucesión de set pieces en la que no hay apenas respiro alguno de la gigantesca vorágine de fuego y metralla. Ni dos minutos seguidos de la película transcurren sin tiroteos o explosiones. Literalmente. Desde la secuencia inicial, con una lluvia de vehículos sin precedentes (y un caso preocupante de product placement) hasta el desbordante final, Un buen día para morir no se muestra interesada en nada que no haga vibrar nuestra butaca y dejarnos sin tímpanos. No habría problema si no esperásemos un mínimo de interacción entre personajes, algún que otro villano memorable o dinámica de buddy film, que es exactamente lo que nos había ofrecido la franquicia hasta ahora. En su lugar, John Moore confía en la -supuestamente- baja exigencia del espectador objetivo de este tipo de cine, y se olvida por completo de los personajes en favor de un agotador despliegue de acción (con un trabajo de cámara vergonzoso) que contentará a los aficionados al género pero decepcionará a los admiradores de la saga.

En Un buen día para morir, los malos de la función son intercambiables, la chica de la película absolutamente prescindible, y se ignoran por completo todas las posibilidades que estos podrían brindar para construir al menos un par de relaciones interesantes. Que no se aproveche el extraño vínculo entre Komarov (Sebastian Koch) e Irina (Yuliya Snigir) no es tan grave como que no salte ni una sola chispa entre John y Jack McClane. Si bien Courtney tiene más papeletas para ser aceptado por el público como relevo generacional de Willis que en su día Shia LaBeouf como sucesor de Indiana Jones, Jack McClane no deja de ser un personaje de encefalograma plano, cuya única virtud reseñable es un físico idóneo para este tipo de cine (curioso el tráveling siguiendo al personaje a la altura del trasero). Sin embargo, toda la culpa no es del joven actor australiano. Hay que achacar gran parte de la falta de pasión generalizada que desprende la película a un Willis desganado que se mueve completamente por inercia y sobre todo a un no-guion que fuerza one-liners y un par de vacíos diálogos emotivos en los momentos menos oportunos.

Las películas que en las décadas de los 80 y 90 lograron elevar de categoría el cine de acción han acabado degenerando en mero cine-atracción de feria. La Jungla sigue resultando medianamente efectiva como respuesta descarada e insolente al cine bondiano, anteponiendo el gusto por lo bruto, el Monster Truck Crush y los bíceps a punto de estallar a los trajes de etiqueta y los martinis. Sin embargo, ha perdido la capacidad de conectar con el público cinéfilo que la convirtió en un icono. Si no fuera porque ya sabemos que habrá sexta parte, hoy sería un buen día para que la saga muriese.

Crítica: Dos días en Nueva York

Desmontando a Julie Delpy

La etapa más reciente en la carrera de Julie Delpy se está caracterizando por la búsqueda de una identidad artística a través de la fusión de su vida personal -vinculada al arte desde la infancia- y su obra. Lo comprobamos una vez más en Dos días en Nueva York (2 Days in New York, 2012), secuela de 2 días en París (2 Days in Paris, 2007) en la que la actriz franco-norteamericana vuelve a mostrar su faceta multidisciplinar. Escribe, dirige, produce, interpreta y compone la banda sonora. Y a pesar de abarcar demasiado, Delpy sale más que airosa del reto autoimpuesto. Si 2 días en París resultaba algo rudimentaria y pecaba de amateur y gafapasta, su secuela nos devuelve a una Delpy que ha logrado dominar el arte del diálogo y conquistar el timing de la comedia, componiendo además una pieza independiente que se puede disfrutar (y mucho) sin haber visto el primer capítulo de la historia.

Dos días en Nueva York repite el esquema de su predecesora, pero mueve a los personajes de localización. En París, Jack (Adam Goldberg) era el pez fuera del agua. En Nueva York lo es Mingus (un más que correcto Chris Rock), la nueva pareja de Marion (Delpy), a pesar de que en esta ocasión, los visitantes son el padre de ella (descacharrante Albert Delpy), su hermana (Alexia Landeau) y su cuñado (Alexandre Nahon). Delpy vuelve a echar mano de los estereotipos nacionales y el choque de culturas para establecer un entrañable y algo desquiciado retrato de una familia, y llevar a cabo así una certera disección de las relaciones amorosas. Dos días en Nueva York es una desenfadada pero trascendental mirada a la vida en pareja, que nos habla entre otras cosas de cómo la decisión (tan poco americana) de no romper el vínculo con la familia para formar una nueva vida condiciona las relaciones. El amor conlleva sacrificio y la muy perspicaz Delpy nos aporta las claves para conservarlo sin perder la cabeza en el intento. Para resumirlas, podemos ser forasteros en nuestra propia casa, pero debemos evitar a toda costa serlo dentro de la pareja. Y por supuesto, no debemos vender nuestra alma. Ni a Manhattan, ni al primer diablo indie que se interese por ella.

Es absolutamente imposible ver Dos días en Nueva York sin pensar en el cine de Woody Allen. El discurso de Delpy se asemeja constantemente al del autor neoyorquino y el particular carácter de su Marion -aceptamos ‘neurótico‘ como calificativo esencial y exclusivamente alleniano– nos recuerda inevitablemente al casi octogenario realizador y sus alter-egos. Con divertidísimos diálogos que saltan con prodigiosa naturalidad de Esperando a Godot a Salt-n-Pepa, una alta dosis de costumbrismo y absurdo, una pizca de slapstick y un ritmo que no decae en ningún momento, Dos días en Nueva York confirma a Julie Delpy como un más que digno relevo del director de Annie Hall.

The Office: Diario de la novena temporada, Parte III

9×11 “Suit Warehouse” (17-01-13)

Este es uno de esos capítulos de The Office con los que uno no sabe si reírse o quitarlo y salir a dar una vuelta. Uno de esos que yo veo como si fuera una película de terror, mirando entre los dedos, con las manos tapándome la cara. La vergüenza ajena es uno de los recursos cómicos más esenciales y efectivos de la serie, pero a veces es demasiado. Para muestra, dos botones: la entrevista de Darryl en la empresa de Jim (lo que le recuerda la palabra “mandate” y su broche final lanzando la pelota) y la historia de Dwight sobre la afición de su “hijo” a coleccionar mojones de gato. Todo esto no es malo necesariamente. Es The Office, siempre ha sido así. Pero a veces desafía el aguante del espectador más acostumbrado a este humor, y eso es mucho decir.

Se divisa por fin el gran conflicto en la historia de Jim y Pam y el nuevo trabajo de él en Filadelfia. La posibilidad de mudarse de Scranton hace entrar en modo pánico a Pam. Jim la está dejando atrás, y ella se siente cada vez más imprescindible en Dunder Mifflin. Espero que esto no acabe en drama. Pero me lo veo venir.

Hacía tiempo que Erin no me saturaba como en este episodio. Ella es genial, es adorable, es única, pero si no se dosifica su locura, puede llegar a cargar. La broma de los bolígrafos podría haber sido genial si se hubiera quedado en la primera escena, pero no, decidieron alargarla hasta la extenuación.

¿Y ese horrible product placement de Nespresso? Peor incluso que el del iPad en Modern Family. Estaba seguro de que en cualquier momento revelarían que era eso precisamente, product placement del documental, pero no ha sido así. Lo perdonaremos porque ha dado los mejores momentos del episodio: Angela odiando las ventanas, Stanley despierto a la hora de su siesta o Kevin haciendo ‘levantamiento de Angela’.

9×12 “Customer Loyalty” (24-01-13)

Quitémonos de en medio primero lo menos importante pero ligeramente destacable: Nellie. Siempre Nellie. Se agradece que den a Catherine Tate más de un minuto en pantalla. Estaban empezando a tenerla de atrezo, y eso es el mayor desperdicio de la historia. Eso sí, ¿a qué viene ahora lo de Toby? ¿De repente, en un momento de sequía, se han acordado del beso y han dicho “vamos a explotar aquello”? Tenía que haber ocurrido en el episodio inmediatamente posterior. Ahora no tiene sentido.

Lo de Pete y Erin ya es oficial. No se han liado aun, pero al menos la oficina entera ha dado fe del flirteo de estos dos. ¿Y ahora qué? Me estoy empezando a hartar de no ver a Andy.

Las pelucas de Meredith: GRANDE.

No me hagáis hablar de Darryl y Dwight. Qué sopor.

Y ahora a lo único realmente memorable del episodio. Esa escena final. OUCH. Jim y Pam se pelean. Y además es una discusión de las fuertes. Ha sido duro verlos así porque NUNCA los vemos así. Una discusión que en otras parejas televisivas nos habría parecido el pan de cada día, en Jim y Pam nos parece una fisura muy importante en una relación siempre perfecta. Un gran aplauso a estos dos actores por hacernos sentir la absoluta realidad del momento. Sobre todo a Jenna Fischer, bravo. La única pega es que de nuevo se nos muestre al equipo de grabación del documental más largo de la historia. Os cuento por qué. En este caso, Brian (en la foto), ante el derrumbe de Pam (insisto, qué perfecta Jenna) pide que apaguen las cámaras, lo que hace que nos planteemos, ¿por qué ahora? ¿No han ocurrido cosas muchísimo más graves, incluso horribles, y a nadie se le ha ocurrido cortar? Es incoherente. Aun con todo, no deja de ser un momento lleno de fuerza que nos muestra una vez más a Pam como el ser más humano de la oficina. Así que en el fondo, aunque me haya chirriado un poco, ha sido un recurso efectivo, y me alegro de que haya ocurrido, aunque sea solo por ese “¿Qué estoy haciendo mal, Brian?” de Pam 🙁 Uno de los momentos más reales, tristes y dolorosos de The Office.

Y bueno, por favor, ¿podemos detenernos tod@s un momento a apreciar a BRIAN? Ese hombre.

9×13 “Junior Salesman” (31-01-13)

Al comienzo de este episodio hay un intento de explicar o justificar la incoherencia que fue la aparición de Brian delante de las cámaras y su interacción con Pam. Al encargado de sonido están a punto de despedirlo porque no debe hablar con los sujetos del documental. De acuerdo, no es un mal parche. Pero su efecto dura más bien poco, porque para empezar, esta fisura nunca debió existir. Brian sigue en la serie, no es un caso aislado, The Office está siendo muy tramposa con esto, solo para meter con calzador un gran conflicto de última hora. Al menos está manejando bien la tensión entre Jim y Pam. Resulta incómodo y algo doloroso verlos distanciarse, y como dije la semana pasada, Jenna Fischer y John Krasinski están levando a cabo un gran trabajo haciendo que nos creamos completamente esta crisis.

A pesar del teaser con Pam y Brian, y de que The Office es esta temporada The Pam Beesly Show, el episodio se centra en Dwight y su recién adquirido y muy temporal poder dentro de la oficina (algo que hemos visto mil veces). Su tarea es contratar a un vendedor a tiempo parcial para cubrir a Jim mientras este está en Filadelfia. Lo que viene a continuación es un festival de momentos 100% Schrute que dejan clara una cosa antes de ver el episodio especial “The Farm”: ni él solo ni su troupe de freaks sería capaz de sostener una serie. Cómo me alegro de que el spin-off no haya salido adelante. Por su culpa, este es uno de los episodios más lentos y exasperantes de lo que llevamos de temporada. Lo único bueno de esta trama es que desemboca en otra de esas bonitas escenas Pam-Dwight en las que percibimos el aprecio mutuo que se profesan. Bueno, y el pasado de Dwight en la escuela para jóvenes X-men. He de reconocer que ha tenido su gracia.

Definitivamente, Catherine Tate es la actriz más desaprovechada de esta temporada televisiva. La actriz británica no está hecha para ser una figurante más de la oficina. Una pena.

9×14 “Vandalism” (31-01-13)

No me voy a andar con rodeos: Pam y Brian, NO, NO, NO, NO, MALA IDEA, NO, NO, NO, POR FAVOR. No lo hagáis, no vayáis por ahí, paradlo ahora que estáis a tiempo. No pido mucho. Que todo se quede en un susto.

Y si siempre he pensado que Darryl es el cáncer de The Office (suena duro, lo sé, pero cada vez que aparece me provoca una insoportable mezcla de sueño e ira), lo de Oscar no tiene nombre. No hay excusa alguna para su comportamiento. Es rastrero y despreciable. Y solo lo supera el senador. Me ha encantado ver a la no-verdadera Angela en su casa, esa stepford wife de bolsillo. Y bravo por Kevin desenmascarando a su marido. Ese pequeño gran obeso niño-hombre.

En este capítulo también hay acercamiento entre Pam y Dwight. Que él vandalice el camión del bully del almacén dibujando el mural de Pam es un detalle precioso.

Pero volvamos a Pam y Brian. En serio, no, no y no. Ya está despedido. Pam no necesita un príncipe azul ni un caballero de brillante armadura que luche contra los dragones que la acechan. Pam necesita que Jim vuelva a ella. Así que todo está en manos de él. Jim, no me falles, por favor, deja de ser un capullo desconsiderado, que para eso tenemos (o teníamos) a Andy. The Office no puede recurrir al triángulo amoroso ahora, después de nueve años, no sería creíble, sería una atrocidad. No quiero más Brian. Bueno, sí, porque es como muy demasiado guapo, pero no, así no. Fuera, Brian, fuera, buuuu!!! Es genial que la serie se haya acordado esta temporada de que Jim y Pam existen, pero el drama barato sobra. Le daré a Greg Daniels el beneficio de la duda. Espero que sepa contener esta situación y no siga por este camino tan facilón.

9×15 “Couples Discount” (07-02-13)

Andy’s back. Sus tres meses de ausencia han servido para que la oficina acabe odiándolo tanto como el espectador. Pocas veces se ha esforzado una serie tanto en que no nos olvidemos ni un solo segundo de que un personaje se ha ido temporalmente. Y mucho menos en que le cojamos tanta manía. El regreso de Andy es la gota que colma el vaso para Erin, que al fin besa a Pete, y para nosotros, que ya hemos comprobado que el personaje no es imprescindible. Andy está mejor consigo mismo, con su música y los restos de comida de su barba (puaj). Es una nueva era para Erin. The Erin Era.

El drama Halpert-Beesly progresa adecuadamente. De momento no hay razones para que cunda el pánico como la semana pasada. Todo lo contrario, se siguen manejando los conflictos de la pareja con toda la naturalidad del mundo, sin artificios (bueno, con uno solo: Brian). El tío del sonido cuenta a Jim y Pam que se va a divorciar. Afortunadamente, la escena no sirve para que Pam muestre sus sentimientos por él (si es que algunos tuviere), sino para desvelar un secreto. Lo que viene a continuación es una semi-discusión enormemente realista (como siempre) que acaba con una nota de esperanza: en lugar de separarse para evitar el conflicto en el día de San Valentín, Pam le pide a Jim que se quede y discutan. Distanciarse es mucho peor para la pareja que pelearse. De la distancia a veces no se vuelve. Y si no que se lo digan a Andy y Erin.

A pesar de que “Couples Discount” es un buen episodio, desearía haber visto más escenas de los trabajadores de la oficina en el centro comercial.

Por primera vez me encuentro deseando que Dwight ocupe el lugar de Andy como jefe de la rama de Scranton de Dunder Mifflin. Ese sería un final mucho más que lógico. ¿Se lo habrán planteado ahora que The Farm está cancelada (sin ser emitida)? No me extrañaría nada.

Crítica: Las ventajas de ser un marginado (The Perks of Being a Wallflower)

Manual de supervivencia para el adolescente inadaptado

“El instituto es una mierda”. Hasta que un día deja de serlo. Para muchos es simplemente una etapa que se deja atrás y no se vuelve a visitar, para otros es la experiencia que da forma a una vida, la que regresa constantemente para recordarnos dónde comenzó lo que somos ahora. Es muy probable que esas personas incapaces de olvidar aquel extraño sentimiento llamado adolescencia fueran en su día wallflowers, como Charlie, Sam y Patrick. Los que ven cosas, y de repente lo entienden todo. Los que se permiten salirse de la norma establecida y soñar. Los que pueden ser cualquier cosa y en cierto modo ya lo son: novelista, director de películas de vampiros, budista punk. Don’t dream it. Be it. Marginados, desplazados, diferentes. Únicos.

¿Cuándo deja el instituto de ser una pesadilla para todos estos misfits? Cuando nos damos cuenta de que no estamos solos. Esa es la salvación para el adolescente inadaptado. Encontrar un amigo, o dos. Alguien con quien compartir los dolores del crecimiento, alguien que te saque de tu cuarto y te descubra que hay todo un mundo más allá de él. Es lo que le ocurre a Charlie (Logan Lerman) cuando conoce a los hermanastros Sam (Emma Watson) y Patrick (Ezra Miller) y entra a formar parte de su insoportablemente cool círculo de marginados. Es en el momento en el que nos damos cuenta de que tenemos a alguien a nuestro lado cuando comprendemos que todo es posible, y que somos infinitos. Cuando, sin que se percaten, los miramos y nos sentimos plenos, invencibles.

Las ventajas de ser un marginado (The Perks of Being a Wallflower) está repleta de instantes excelentemente articulados que retratan con acierto las profundas contradicciones de la adolescencia. Stephen Chbosky (director de la película y escritor de la novela que adapta) demuestra un buen ojo clínico a la hora de construir a sus personajes y hacerlos portavoces de su certera visión de la adolescencia. Y sus actores hacen un trabajo impecable a la hora de darles vida: Lerman conquista por su extrema sensibilidad y vulnerabilidad, Watson se aleja de su Hermione Granger y demuestra que tiene una larga carrera por delante (aunque deba perfeccionar el acento yanqui), y el arrebatador Miller es la verdadera revelación de la película -la segunda si tenemos en cuenta que él era lo mejor de la mediocre Tenemos que hablar de Kevin.

Estos chavales están definidos por la ilusión de las primeras veces (no solo las sexuales, que muchos ya han dejado muy atrás), pero sobre todo por su deseo de conocer, descubrir, llegar a lugares (supuestamente) inexplorados antes que la mayoría, y gracias a todo esto convertirse en alguien, obtener una identidad que les permita separarse de la masa, y que a ratos se usará como arma arrojadiza. Patrick está obsesionado con lo que es original y lo que no, el grupo favorito de Sam son los Smiths, y opina que “todo suena mejor en vinilo“. Charlie está lógicamente fascinado, atrapado por estos dos seres de un universo alternativo, que a nosotros, desde el futuro y habiendo dejado atrás ya esa fase, nos encanta desenmascarar: ninguno de ellos conoce “Heroes” de David Bowie. Qué tiernos, aun no han llegado a ese capítulo del manual. Por ello, es esta quizás la ‘primera vez’ más hermosa de toda la película.

Efectivamente, la música es muy importante en Las ventajas... Chbosky no solo utiliza los temas de Cocteau Twins, Dexys Midnight Runners o New Order para ambientar y situar cronológicamente la historia (estamos en 1991, aunque estas canciones pertenecen a la década anterior), sino que también la convierte en una de las herramientas más importantes y efectivas para caracterizar a sus personajes. Los gustos musicales como vínculo amistoso, como declaración de principios, y argumento en contra de lo mainstream. Pero también como prueba de la inocente, inconsciente y adorable condescencencia de estos personajes, y su evidente condición de ‘en construcción’: “Te quiero descubrir a Billie Holiday y el cine extranjero”, le dice Mary Elisabeth a Charlie, en uno de los momentos más elocuentes del filme. Y en relación a la música, el baile. Bailar se convierte en válvula de escape, en expresión de libertad y celebración de la amistad. Bailemos mientras podamos, mientras queramos. Es más, hagámoslo de la manera más extravagante y llamativa posible. De eso se trata, de sentir que el cielo es el límite, y que podemos bailar hasta caer rendidos, y que no nos importa lo que piensen los demás, aunque en el fondo sea lo que más nos importa del mundo. En una de las secuencias más importantes de la película, Sam y Patrick bailan como locos al ritmo de “Come On Eileen”. Charlie se une a la fiesta, y es entonces cuando se decide por fin a vivir.

Las ventajas de ser un marginado es una clara deudora de Donnie Darko (Richard Kelly, 2001), y va camino de amasar un culto mundial parecido. Ambas nacen con voluntad de retrato generacional alternativo, se ambientan en épocas prácticamente coetáneas (1988 vs. 1991), y sus protagonistas son inadaptados con desorden de personalidad. Chbosky hace que su Charlie habite el mismo universo que Donnie (sin los viajes en el tiempo y los conejos gigantes, claro), utilizando una fotografía y un trabajo de cámara que evocan indudablemente a la cinta de Richard Kelly. Pero donde Donnie Darko se adentraba en la oscuridad, Perks opta por un camino mucho más luminoso, a pesar de su desconcertante tramo final. Ya nos esté hablando de la locura en la adolescencia, o de la adolescencia como locura de vivir, Las ventajas de ser un marginado nos deja una cosa clara: la adolescencia es infinita.

Friday Night Lights: El eterno atardecer

“Well, you live in Texas now. You love the game of football. You just don’t know it yet” -Eric Taylor

Con los ojos claros pero el corazón lleno me despido de los habitantes de DillonTexas. Durante cinco temporadas, Friday Night Lights se estableció como una de las series más respetadas a la par que ignoradas de la televisión norteamericana. En un panorama en el que la hibridación de géneros es total, el drama hace reír y la comedia toca la fibra sensible, la serie de Peter Berg -basada en su película homónima de 2004, y a su vez en la novela de H.G. Bissinger– podía ser considerada un drama puro. Sin apenas alivio cómico, FNL estaba sumida en una permanente melancolía que servía de perfecta ambientación para una historia sobre un grupo de personas confinadas en una pequeña comunidad de la “América profunda“. El deporte nacional y mayor negocio y pasión de Dillon, el fútbol (americano, se entiende), es el pretexto para hablarnos de unos personajes comprometidos con su tierra, con su causa, y de otros atrapados en un infierno, deseando salir al mundo exterior. La obsesión y el fanatismo por el deporte definen el día a día de los habitantes de Dillon, y representa para unos el sacrificio y la perseverancia, para otros el hastío de vivir, y para la mayoría del pueblo su única realidad, la principal motivación para seguir adelante: la semana se construye alrededor del viernes noche, y la vida es un eterno entrenamiento, es lo que ocurre mientras esperan a que se enciendan las luces del campo.

Desde un comienzo, Friday Night Lights mostró la intención de desafiar las convenciones del género dramático televisivo de la última década. Siempre perfecta en el aspecto técnico, con un estilo documental y cámara en mano, una preciosa iluminación natural y un tono deprimente marcado por la envolvente música de W.G. Snuffy Walden, la serie se dio a conocer con una -excesivamente larga- primera temporada que suponía algo radicalmente distinto a todo lo que se estaba viendo en ese momento. Sin embargo, este ‘drama deportivo‘ no conseguía escapar de los clichés -actores imposiblemente atractivos, adolescentes de 17 años interpretados por jóvenes de 26, y una gran dosis de white people problemsCon el tiempo fue cubriendo todos los temas indispensables del género -embarazos adolescentes, drogas, armas, la alumna que se acuesta con su profesor- pero también supo tocar temas como el racismo, la intolerancia y la segregación social con suma elegancia, osadía y delicadeza. Echando la vista atrás, no importaba tanto que la serie fuera más convencional de lo que queríamos aceptar, porque en el fondo era única en su especie.

Los pilares indiscutibles de Friday Night Lights son Eric y Tami Taylor, probablemente el matrimonio más real(ista) en la historia de la televisión estadounidense. El trabajo interpretativo de Kyle Chandler y Connie Britton les valió el merecido reconocimiento de la Academia (ambos nominados al Emmy, lo ganó él por la última temporada). Su relación está repleta de fisuras, pero ninguna es lo suficientemente grande como para quebrantar el profundo respeto y el gran amor que se profesan. En FNL, fuimos testigos de las discusiones más verosímiles, se nos dejó con el corazón en un puño en infinidad de ocasiones, pero nunca dudamos de la resistencia del matrimonio Taylor. Sus problemas, siempre creíbles, siempre tratados con la mayor naturalidad, provenían de dos flancos principales: el trabajo y la educación de su hija adolescente, Julie (Aimee Teergarden), y enfrentaban su profundo conservadurismo con una gran capacidad de comprensión y aceptación. Eric -el hombre con el peor sentido del humor de la historia- es el entrenador del equipo de fútbol del instituto, primero de los Dillon Panthers y tras una reestructuración financiera y un injusto despido, de los East Dillon Lions. Tami es primero consejera estudiantil (un poco por combustión espontánea), luego directora del instituto, y de nuevo consejera en el nuevo centro en el que trabaja su marido. Este será el conflicto principal que defina la dinámica de la pareja. Ella sacrificando todo por el trabajo de él, y él viviendo por y para su equipo (previo consentimiento y aprobación de las mujeres Taylor). Al final, como hemos visto, el fútbol será lo que condicione cada aspecto de su vida, pero será la familia lo que evite que el buque se hunda por su culpa.

Alrededor de los Taylor y durante cinco años, desfilan por Friday Night Lights un puñado de personajes secundarios que conforman una gran familia y representan los distintos aspectos de la vida en una pequeña comunidad. Las tres primeras temporadas se centran en un equipo de fútbol y un grupo de adolescentes, las dos últimas renuevan el reparto de caras jóvenes debido al cambio de equipo del Coach y a la marcha a la universidad de la mayoría de personajes. Los cambios reflejan además la odisea vivida por la serie, tras cuya segunda temporada (que coincidió con la huelga de guionistas de 2008) peligró su permanencia en televisión. FNL fue finalmente rescatada gracias a un acuerdo de la NBC con DirecTV, que garantizó el regreso de la serie para un tercer año, y la posterior renovación para dos temporadas más.

Sin embargo, los cambios en Friday Night Lights no sucedieron de la manera más fluida. De hecho, si hay algo que se pueda reprochar a la serie es su descuidado manejo de los desarrollos de personajes, pero sobre todo de sus entradas y salidas de la serie. En este sentido, la segunda temporada es la que sale peor parada (muchos achacan el bajón de calidad a la huelga, pero las tramas estaban bien definidas desde mucho antes). El despropósito se adueña de la serie con una historia que involucra a Tyra y Landry en un homicidio, rompiendo así con el tono de la serie y adentrándose en terrenos más culebronescos que rompen bruscamente con el realismo del que se ha hecho gala hasta el momento. Pero lo peor no es eso, sino la introducción de un nuevo personaje, Santiago, para su posterior desaparición con su historia a medias (podríamos argumentar que se reencarnó más adelante en Vince Howard). La segunda temporada se barre debajo de la alfombra y como si no hubiera pasado nada. Friday Night Lights recupera posteriormente el rumbo y realiza tres sólidas temporadas que demuestran que la televisión en abierto se le había quedado pequeña. La tercera es quizás la mejor de las cinco. La siguiente quiere ser una prima lejana de la cuarta temporada de The Wire y el experimento no le sale del todo mal. Con Eric y Tami en el nuevo instituto, la quinta temporada evoca a cosas como Mentes peligrosaspero siempre manteniendo los pies en la tierra, es decir, aproximándose más a La clase. Sin embargo, hasta el final, los personajes siguen entrando y saliendo sin ton ni son. Landry desaparece al comienzo de la quinta temporada para volver al final y no cerrar el personaje de ninguna manera, Epyck es la nueva Santiago, el hijo de Buddy regresa a Dillon y entra a formar parte de los Lions casi sin que nos demos cuenta -como ocurrió con Landry anteriormente, o con Hastings Ruckle, otro personaje que parece que va a tener su historia y luego queda en nada, o con Billy Riggins, que de repente quiere ser entrenador y lo es. En FNL los cambios ocurren de manera muy brusca y sin apenas explicación. “¿Quieres ser entrenador/jugador/directora del instituto?” “Sí” “Pues venga”.

“You know, it’s kind of like this drug. When you get outside of it, you see it for what it really is.
But when you’re in it, it seems like there’s no other possible reality” -Tyra Collette

No obstante, la aparición de personajes de segunda generación no termina por lastrar la serie, gracias a que esta sigue girando en torno a los Taylor y a que no abandona en ningún momento su tema central: el sentimiento de pertenencia o extrañamiento, el vínculo con un lugar, una comunidad, y el lazo con la familia. Como no podía ser de otra manera, el final de la serie presenta a los personajes la oportunidad de dejar todo atrás para ingresar en un nuevo capítulo de sus vidas. Abandonar Dillon y aceptar el cambio como algo necesario e inevitable. Después de cinco años, y a pesar de las inconsistencias de la serie, uno se da cuenta de que se ha involucrado a un nivel emocional muy profundo con estos personajes. Porque son reales, porque su dolor es nuestro. Nos enfurecimos con las injusticias que vivieron, sufrimos con cada pelea como si hubiéramos sido testigos de primera mano, como si hubiéramos estado sentados en el sofá junto a ellos mientras estas ocurrían. Celebramos los triunfos del equipo, compartimos las alegrías familiares, percibimos como absolutamente reales las lágrimas, los abrazos, los besos. Experimentamos la decepción de unos padres con cada traspiés de Julie, y una extraña sensación de furia y energía cuando Coach Taylor gritaba colérico a su equipo. En definitiva, Friday Night Lights se marchó habiendo llevado el melodrama a terrenos nunca antes explorados en la televisión en abierto, y dejando para la posteridad su marca indeleble e inconfundible: los rostros que reflejan el sol de Texas, la luz que se cuela por detrás entre los cabellos rubios, y el viento que llega campo a través y recuerda a estos personajes que hay un mundo más allá de Dillon.

Crítica: Mamá

No es lo mismo asustar que dar miedo (del de verdad, del que provoca congoja, desazón, angustia). Y si no que se lo digan al argentino Andrés Muschietti, que debuta en la dirección de largometrajes con Mamá (Mama, 2013), irregular cinta de terror hispano-canadiense basada en su corto homónimo de 2008. Le acompañan en el guion su hermana y socia Barbara Muschietti y Neil Cross (Doctor Who, Luther), y viene avalado desde la producción ejecutiva por el mecenas del género fantástico Guillermo del Toro -que advierte en todas las entrevistas que uno no debe esperar de ella un producto made in Del ToroMamá es puro terror de diseño. Tras solo cinco minutos de metraje salta a la vista que los principales responsables de la película provienen del mundo de la publicidad. Estilo y estética que se anteponen a la coherencia narrativa y dan como resultado un producto industrial y prefabricado, que sin embargo cumple su principal cometido: sobresaltar al espectador.

Mamá agota por completo el catálogo de clichés del género: cabaña en el bosque, psiquiátrico abandonado, presencia fantasmal de cabellos largos y oscuros, siniestra canción de cuna, criaturas que se retuercen por escaleras y paredes como si tuvieran ‘huesos de cristal’, monstruos en el armario, luces parpadeantes y espíritus con asuntos pendientes. La de Muschietti es una película de terror japonés en toda regla, un remake que en realidad no lo es. Mezcla exacta entre La maldición (Ju-on), Dark Water y The Ring (Ringu) -los títulos más populares e influyentes del ya desinflado fenómeno-, que viene a contestar a las más recientes tendencias del género, como el torture porn, o el resurgimiento del slasher. No hay en el filme un solo ápice de originalidad, sino más bien una labor de recopilación de lugares comunes y recursos argumentales que conforman un greatest hits del J-HorrorPero el filme no solo hunde sus raíces en el cine japonés. Mamá evoca ocasionalmente al trabajo del realizador de videoclips Chris Cunningham, y a muchos también recordará por momentos a la española [REC]. En definitiva, todo un festival de ideas recicladas y triquiñuelas visuales que ponen en evidencia a Muschietti y revelan sus carencias como narrador.

En el apartado interpretativo, Jessica Chastain da un tropezón en su imparable carrera, con un personaje tan forzado y desdibujado como la película en sí. Su Annabel es una chica dura que toca en una banda de punk, dice “fuck you” en su mensaje del buzón de voz y viste con camisetas rockeras de H&M. Mención aparte merece esa desafortunada peluca -la Chastain canalizó a la líder del grupo Crystal CastlesAlice Glass, para construir al personaje. Todo en consonancia con el sintético estilo de la película, en la que hay secuencias que bien podrían ser un anuncio de coches. Acompaña a Chastain Nikolaj Coster-Waldau (Juego de Tronos), que se pasa toda la película tumbado. Son las interpretaciones de las niñas protagonistas, Victoria (Megan Carpentier) y Lilly (Isabelle Nélisse), las que merecen el mayor reconocimiento, sobre todo la de la pequeña, entrañable y espeluznante a partes iguales.

Como ocurre a menudo con este tipo de thrillers sobrenaturales, la historia está repleta de agujeros narrativos e incongruencias que impiden que la película vaya más allá de los sustos y las imágenes asépticamente perturbadoras. De esta manera, la conexión psicológica con el espectador es difícil de establecer, lo cual resulta especialmente lamentable en una película que insiste en explorar un poderoso vínculo como el materno-filial. La fábula de Mamá pierde fuelle a medida que se van desvelando los detalles de la trama, el CGI pasa a primer plano y la historia va tomando forma (es un decir). Las cuestiones se acumulan y la coherencia interna termina por abandonarse en favor de un clímax melodramático e incluso poético. No importa mucho, para cuando esto ocurre, uno tiene claro que lo que busca Muschietti no es revolucionar el género, sino crear una pieza visualmente atractiva y provocar algún que otro infarto. Si la miramos exclusivamente desde ese prisma, Mamá hasta podría considerarse un éxito. Por desgracia, esto no subsana su mayor defecto: que ya no estamos en 2004.

It’s Always Sunny in Philadelphia: Demented Forever

Hay un pequeño rincón en televisión en el que siempre sale el sol, los pajaritos cantan y la vida te sonríe cada vez que pones un pie en la calle. Es Filadelfia, más común y cariñosamente conocida como Philly, el paraíso de Liz Lemon. Cultura, arte, historia, tardes en el parque, deporte y oportunidades. Pero el hogar de Benjamin Franklin es también la casa de Frank, Dee y Dennis Reynolds, Charlie Kelly y Mac (cuyo nombre completo no osaré desvelar). Ellos viven a su manera la experiencia Philly. Rara vez ven salir el sol porque se pasan las horas muertas en Paddy’s, el bar irlandés que regentan, o en las alcantarillas, o debajo de los puentes (el paraíso particular de Frank y Charlie). Para ellos no hay pajaritos que valgan, más bien una desgarbada y asquerosa pájara, Sweet Dee, y por supuesto las palomas de Charlie, manjares exquisitos (¿por qué gastarse el dinero en faisán si la calle está llena de palomas perfectamente comestibles?) La única historia que ellos conocen es la que se han inventado para promover su bar como lugar de interés histórico nacional y su relación con el arte se limita a un cuadro pintado por Hitler, de la colección personal del abuelo Reynolds, un nazi moribundo. A esta pandilla no les sonríe la vida, sino los vagabundos sin dientes, y el deporte nunca es para ellos una actividad saludable o un pasatiempo, sino una oportunidad para conseguir dinero fácil (que al final nunca consiguen, claro). Frank, Dee, Dennis, Charlie y Mac son el paradigma de la basura blanca, o peor aun, su hipérbole. Son la mayor escoria que os encontraréis en televisión. Apenas poseen cualidades redentoras, y a pesar de esto, es tremendamente difícil no adorarlos. Quizás sea porque en el fondo no son más que cinco niños aburridos buscando desesperadamente un juego con el que ocupar el día.

It’s Always Sunny in Philadelphia (en España “conocida” como Colgados en Filadelfia) se iba a llamar muy apropiadamente Jerks. La serie se ajusta tanto a las normas de la sitcom tradicional como las transgrede. No hay nada parecido en televisión, si acaso series de animación para adultos como South Park. Always Sunny lleva ya ocho temporadas involucrando a sus protagonistas en las aventuras más atroces y aberrantes. La corrección política es el demonio y no hay tema, por escabroso o delicado que sea, que se libre de tener su capítulo especial. Racismo, aborto, cáncer, armas, drogas: eso no es más que el principio. La cantera de ideas es inagotable, porque el ser humano es un gran contenedor de miserias. La serie no flirteó con lo serial hasta su sexta temporada, en la que el misterio sobre el embarazo de Dee dio para alargar las tramas y experimentar con el formato. Sin embargo, Always Sunny es esencialmente episódica, como los cartoons o las comedias de los noventa, y sutilmente formulaica: cada semana, los cinco urden un plan para matar el tiempo, mejorar su economía o demostrar al mundo que no son la chusma que todos saben que son. Ni que decir tiene que el éxito se les resiste en todas sus empresas. Por regla general, no importa si uno se encuentra un capítulo al azar, se podrá ver y disfrutar como una pieza independiente del resto. Solo una cosa: evitar la serie si se está comiendo. Por si acaso.

A pesar de esto, Always Sunny contiene caracterizaciones muy consistentes, gags recurrentes, estupendos secundarios y un gran componente autorreferencial (después de todo es una comedia del siglo XXI), que evidencian un magnífico trabajo por parte de sus guionistas (casi siempre los propios actores). Huelga decir que estamos ante una serie que maneja la estupidez con suma inteligencia. Jackass meets 30 Rock. Y así lleva ocho temporadas, sin perder un ápice de su frescura, haciendo que nos riamos de lo más deplorable del género humano. Es más, mejorando año tras año, y llegando a generar auténticas maravillas en sus temporadas más tardías, en las que el resto de comedias ya se han quedado secas: “The Gang Buys a Boat”, “Who Got Dee Pregnant” (probablemente el mejor episodio de toda la serie), “The Gang Gets Stranded in the Woods”, “The Gang Goes to the Jersey Shore”, “How Mac Got Fat”, “Thunder Gun Express” (probablemente el segundo mejor capítulo), o “The Gang Gets Analyzed”. Todos estos episodios forman parte de las temporadas más recientes, que han mostrado un claro interés por experimentar narrativamente y jugar con la -muy sólida- mitología de la serie. De una película de zombis (la familia McPoyle, paletos que solo se reproducen entre sí) a una sesión de terapia a la pandilla, Rob McElhenney (creador de la serie) y sus locos se las han arreglado para evolucionar sin perder su esencia y mantenerse en forma ininterrumpidamente a lo largo de los años.

El excelente -y exigente- ejercicio interpretativo de McElhenney, Charlie Day, Glenn Howerton, Kaitlin Olson y Danny DeVito (que se incorpora a la serie en su segunda temporada) combina un meticuloso trabajo de diálogo con una alta dosis de improvisación: histriónicos y geniales, insoportables y mocosos, no hablan, gritan hasta dejar los tímpanos del espectador destrozados y la cabeza a punto de estallar (mucho después de ver un episodio, seguimos oyendo el eco de sus voces), y se funden terroríficamente con sus personajes -Charlie y Mac se llaman como los actores que los interpretan, el resto prefirió poner una distancia prudencial entre ellos y sus personajes, quizás para mantener la cordura. It’s Always Sunny in Philadelphia es una de las propuestas más osadas de la televisión de la última década. Refugio para el buen mal gusto y joya trash en la que hemos visto con horror y fascinación cosas como al inconmensurable Danny DeVito emerger desnudo y empapado en sudor de un sofá de polipiel. Una serie que es toda una -temeraria- declaración de amor y compromiso y también un potente negocio familiar (Mac y Dee, y Charlie y la Camarera, son matrimonios en la vida real). Alcemos nuestras cervezas (o nuestra sopa podrida, o nuestro tubo de pegamento) y brindemos por que salga el sol en Filadelfia muchos años más.

30 Rock: We want to go to there.

Texto de David Lastra

 

THE BEGINNING OF THE END (s07e01): 2006-2013.

 

I hope my legacy is a Sesame Street-type TV show that promotes illiteracy in girls.

– Kenneth Parcell

 

“Todo tiene un final. Salvo la salchicha que tiene dos”. La sentencia de Erika Kohut nos sirve para convencernos de que el final de “30 Rock” es algo natural y, por qué no decirlo, necesario. Después de siete temporadas, no es que estuviese en su mejor momento, pero tampoco de capa caída. El desenlace de la serie viene determinado por la necesidad natural de toda producción de terminar. No debemos verlo como un drama (aunque duela). Ni tampoco clamar contra la NBC por el recorte del número de episodios de la última temporada. Nada dura eternamente. Es ley de vida. Algún día hasta no habrá ninguna franquicia de “Ley y orden” en la parrilla televisiva.

Poseedora de una de las cabeceras más espantosas jamás vistas, “30 Rock” ha logrado erigirse como una de las comedias más exitosas de los últimos tiempos, convirtiendo a su creadora Tina Fey en un icono televisivo (cuando no una semidiosa catódica). Hablamos de Emmys (14), Globos de Oro (6), crítica y (alguna que otra vez) cifras de audiencia. Siempre se señala como base de su éxito al equipo de guionistas y a la química entre sus protagonistas, pero esas dos características no crean una leyenda, hasta las series más horribles pueden cumplirlo (léase “The Big Bang Theory”).

 

 

JACK THE WRITER (s01e04): Creado por.

 

Listen up, Fives. A Ten is speaking.

– Jenna Maroney 

 

Puntualicemos entonces qué es lo que diferencia a “30 Rock” de sus coetáneas. Tenemos en la redacción de guiones a gran parte de la plana mayor de Saturday Night Live, factoría de genios de la comedia (y algún que otro horror, véase Fred Armisen), y a Tina Fey en particular. El humor de la serie bebe del ritmo de los sketches del citado late show. La balanza de lo estúpido y lo inteligente se inclinará más o menos hacia un lado u otro según episodios, pero lo que primará siempre será la rapidez. Si de algo nunca podremos culpar a un episodio de “30 Rock” es de lentitud. No hay ni un solo minuto que perder, no olvidemos que en esencia, esta serie no es nada más que la recreación de la preparación de “The Girlie Show with Tracy Jordan”, una parodia de SNL.

Considerar “30 Rock” como una comedia bruta y primaria parece un sacrilegio. Durante toda su andadura siempre ha sido tachada de elitista, excesivamente autorreferencial y con un nivel de exigencia alto para el espectador. Esa imagen ha sido, en gran parte, la causante de sus cifras de audiencia (además del hecho de que se haga lo que se haga en televisión nada sube, todo baja). Pero la realidad era algo completamente diferente. Nunca negaré la existencia en esta serie de humor inteligente (si es que existe un humor no-inteligente al que confrontarlo), pero lo que siempre ha primado ha sido el humor físico. “30 Rock” es la evolución perfecta del slapstick. Tina Fey ha sabido crear la nueva comedia televisiva volviendo a los orígenes de la misma.  Únicamente “Parks & Recreation” podría acercarse a ese tempo y a esa naturaleza cómica (no obstante tenemos a otros vástagos de SNL como Amy Poehler, Greg Daniels y Michael Schorr), sin olvidarnos de ese milagro de la estupidez de Rob McElhenney y sus gritones de “It’s Always Sunny in Philadelphia”.

 

 

DEALBREAKERS TALK SHOW #0001 (s04e07): y esto es “TGS with Tracy Jordan”.

 

You know how the media are. They wait for a mistake and that’s all you are. It happened to Hitler. No one ever talks about his paintings.

– Jack Donaghy

 

La química entre Jack Donaghy y Liz Lemon ha hecho correr ríos de tinta. Su relación mentor-alumno de siete años que les ha convertido en la pareja no sexual más tierna de la televisión (¿existe alguien que pueda ver su último encuentro y no llorar?). A todo esto no podemos olvidar su labor por separado. Debemos dar gracias por lo payasa que es Liz Lemon. Sus desnudos emocionales no son sino la base del exhibicionismo patético de los pezones de Hannah Horvath. Demos gracias al reparto de estas siete temporadas. Un compromiso artístico y sentimental que ha ido más allá de lo contractual (recordemos que Alec Baldwin  propuso un recorte de su sueldo con tal de tener una séptima temporada completa). Demos gracias a Jane Krakowski y a Tracy Morgan por la construcción de dos monstruos ególatras adorables como son Jenna Maroney y Tracy Jordan. Demos gracias al personaje de Kenneth Parcell por mostrarnos cómo nos comportaríamos ante nuestros ídolos. (Serve and protect… y todo lo que haga falta).

Nunca agradeceremos bastante a Tina Fey por haber recuperado a Alec Baldwin para la interpretación. La resurrección del actor de “La huída” a través de la televisión sirvió como ejercicio de dignificación de la pequeña pantalla provocando que las series dejasen de ser consideradas como un producto menor a evitar por parte de actores curtidos cinematográficamente. Este aspecto de recuperación/rehabilitación ha sido otro de los signos de identidad de 30 Rock. La serie ha servido al uso como una especie de clínica Betty Ford para gran parte de su reparto, reutilizando sus situaciones traumáticas reales en sus guiones. De esa manera, el alcoholismo de Alec Baldwin se vio reflejado en Jack, así como las declaraciones/bromas homofóbicas de Tracy Morgan se convirtieron en gags racistas del bocazas de su álter ego en la serie.

“30 Rock” se convirtió desde un primer momento en un carrusel de estrellas invitadas (siempre recordaremos a Isabella Rossellini como exmujer de Jack). Personalidades del mundo del cine, tanto consagradas (Julianne Moore, Matt Damon o Steve Buscemi) como popes de la comedia actual (Jason Sudeikis, Will Arnett, Kristen Wiig, Amy Poehler, Elizabeth Banks, Jerry Seinfeld, Julia Louis-Dreyfus o Jon Hamm) y next best things (Kristen Schaal o Chloë Grace Moretz). Es una verdadera locura el repasar el plantel de colaboraciones de la serie. Caso aparte queda el homenaje a un animal cómico como es Elaine Stritch en el papel de Colleen Donaghy (me emociono recordando su última aparición).

 

 

LAST LUNCH (s07e13): La comida, por Tina Fey.

 

Can I share with you my worldview? All of humankind has one thing in common: the sandwich. I relieve that all anyone wants in this life is to sit in peace and eat a sandwich.

– Liz Lemon

 

Esta serie está considerada como una oda al estilo neoyorquino, como en su día fueron “Sexo en Nueva York” o “Friends” y ahora “Cómo conocí a vuestra madre” y “Girls”. Realmente esa afirmación es una verdad a medias. A los habitantes del Top of the Rock no les interesan los infrahumanos horarios de la capital, las relaciones sociales vacías o los últimos modelitos o tendencias. Ellos están en una especie de tiempo detenido (salvo para reflejar las novedades políticas) en el que lo único que importa es la comida. Ese es el gran tema de la serie: la gastronomía de la Gran Manzana (No confundir con Brooklyn, I’m 37, please don’t make me go to Brooklyn). Tina Fey convierte a Liz Lemon en una adoradora sectaria de los manjares neoyorquinos (seguramente este sea el aspecto en el que más coincidan creadora y creación).

Nueva York es el centro del universo porque es allí y en ningún otro sitio donde se juntan todas las comidas del mundo para dar lugar al mayor espectro de comida basura existente. Durante siete temporadas hemos visto a Liz Lemon babear (cuando no tener sueños húmedos) por pizzas chorreantes (May I please speak to pizza?), jamones gigantes, perritos calientes, bocatas interminables, orgías de queso y manta en el sofá (Thanks, it’s my own recipe. I use cheddar cheese instead of water), donuts, Doritos (Sabor a soledad, por supuesto) y cupcakes (Cupcake sandwich FTW). No obstante, para la historia de la televisión siempre quedará la frase I’m gonna talk to some food about this”. Tampoco es casual que el último episodio lleve el título de “Last Lunch”, y que una de las tramas secundarias del mismo es la discusión del equipo de guionistas sobre a qué restaurante pedir la última cena.

“30 Rock” es neoyorquina porque no hay nada más neoyorquino que la comida basura. La verdadera efigie de Nueva York no es la Estatua de la Libertad o el Empire State Building, sino el carrito de perritos calientes o el café con rosquilla.

 

 

GOODBYE, MY FRIEND (s03e13): El día después.

 

You are my heroine! And by heroine I mean lady hero. I don’t want to inject you and listen to jazz.

– Liz Lemon

 

El mayor miedo que provoca el final de la serie es la sensación de ausencia, del “¿y ahora qué?”. El horror del día después. Esa misma sensación que experimenta Jenna ante el adiós de su bien más preciado en el último episodio. Una despedida irreversible, después de “Last Lunch” todo ha cambiado. Después de “30 Rock” nada volverá a ser lo de siempre. ¿Nuestras vidas se convertirán en un drama? Realmente ya lo eran, pero Liz & Jack nos ayudaban a sobrellevarlo. ¿La televisión será peor? No sabemos lo que nos deparará la caja tonta, pero siempre nos quedará el retorno de “Arrested Development”, todo lo que toque Lena Dunham… y los próximos  proyectos de Tina Fey. Ahora más que nunca, no confundamos al personaje con el actor. Una cosa es el final de Liz Lemon y otra muy diferente es que Tina Fey vaya a desaparecer. Se abre un esperanzador horizonte. Un abanico de posibilidades que va desde el cine (esperemos que con más suerte que en la mayor parte de sus incursiones hasta la fecha), el retorno a la pequeña pantalla y hasta Broadway (Tina, te tomo la palabra con el proyecto de “Mean Girls. The Musical”).

Hasta siempre, Liz Lemon. Bienvenida, Tina Fey.

The Americans: Desde Suburbia con amor

Olvidémonos de smartphones, GPS, mensajes encriptados y virus informáticos, o de investigaciones que transcurren casi íntegramente delante de la pantalla de un ordenador. The Americans nos transporta a una etapa anterior a todos estos artefactos y toda esa jerga informática y científica que facilita la tarea de los agentes televisivos, pero complica exponencialmente la de los guionistas. El año es 1981, los vaqueros se llevan a la altura de las axilas y los niños hacen puzles en la mesa, no en una tablet. El nuevo drama de FX propone una historia de espías a la vieja usanza. A través de una excelente ambientación, y un tono acertadamente desafectado, el piloto recurre a los ingredientes que dieron forma al género: dobles identidades, malas pelucas, desfasadas peleas con movimientos de artes marciales. Una propuesta que nos pide que descontaminemos nuestra mirada televisiva y nos dejemos llevar.

Efectivamente, The Americans requiere un pequeño esfuerzo por parte del espectador y la aceptación de una serie de reglas.[1] Es como si realmente estuviéramos viendo una película de hace unas cuantas décadas. No le exigimos el mismo grado de verosimilitud que a un producto esencialmente contemporáneo. Y por ello debemos suspender la incredulidad en más de una ocasión y hacer caso omiso de las inconsistencias del guion o de alguna que otra dudosa elección artística. Como por ejemplo el hecho de que los dos protagonistas aparezcan en flashbacks a comienzos de los 60 y apenas haya cambio físico con respecto al tiempo presente de la historia. Desde un principio, el piloto de The Americans abraza el estereotipo y el lugar común, pero lo maneja con soltura y savoir-faire, para una mejor digestión del espectador. Todo se antoja muy ficticio y fortuito- el agente del FBI que se muda ¿casualmente? enfrente de los agentes de la KGB- pero de eso se trata. Es posible, y muy recomendable, librarse de todo prejuicio y dejarse llevar por la interesante historia de Phillip y Elisabeth Jennings:

Los Jennings son un matrimonio de espías de la KGB que viven en un barrio suburbano de Washington D.C. Llevan 20 años infiltrados en la sociedad norteamericana, haciéndose pasar por una pareja normal y corriente, con dos hijos pre-adolescentes que no saben nada sobre la doble vida de sus padres. Elisabeth (Keri Russell) es glacial e implacable, un androide programado para servir a su país. La Sra. Jennings puede parecer (y es) una zorra agria y huraña (Felicity who?) pero es ante todo una mujer rota, con un gran peso a sus espaldas y unos principios que le impiden deshacerse de él. Antes la muerte que traicionar a Rusia. Su falso marido, sin embargo, es más humano, más… americano. Phillip (Matthew Rhys) ha asimilado la cultura yanqui y ha comprobado que no es tan mala después de todo -recordemos que los rusos son los malos, y siempre lo serán, y si vamos a humanizarlos, mejor será hacerlos decir de vez en cuando lo gloriosa que es, oh, América la grande. Le gustan las botas de cowboy, baila country en un centro comercial y canta el himno nacional con claros sentimientos de pertenencia. Como veis, las caracterizaciones de los personajes son directas y obvias, y la ambigüedad que los define es muy precisa.

Al matrimonio se le presenta la oportunidad de escapar hacia una nueva vida, entregando a un traidor a las autoridades norteamericanas. Un dilema que será resuelto a base de fuerza bruta (¿le ha metido Felicity la cabeza por la pared de una patada?) y que dejará al descubierto los verdaderos sentimientos de los Jennings. Un nuevo punto de partida para estos dos y una válvula de escape para ella, que encuentra analgésico para su dolor donde lo ha tenido siempre. Este es sin duda uno de los temas centrales de The Americans, una reflexión sobre la intimidad y la desconfianza dentro de la pareja. Pero también sobre el miedo a lo ajeno, a lo exógeno, a lo desconocido. La paranoia y la sobreprotección del núcleo familiar norteamericano. Y el clásico “¿conoces a la persona que duerme en tu cama?” más su variante “¿conoces a tus vecinos?” -el recién llegado al barrio promete momentos de tensión los-pillará-o-no-los-pillará, al más puro estilo de Dexter. Elisabeth y Phillip inician así una nueva etapa en la que por fin se permiten mostrarse tal y como son, y las dudas y revelaciones sobre sus sentimientos empiezan a aflorar. En otras palabras, los Jennings se abren el uno al otro, y de paso, también abren la caja de Pandora.

El de The Americans es un piloto de manual. Y al contrario de lo que ha sucedido este año con la mayoría de estrenos televisivos, esta serie tiene todo lo que hace falta para ir más allá de su premisa. De hecho, articula esta intención hacia el final, con toda la elocuencia y el descaro del mundo: “La Guerra Fría acaba de empezar, y va ser una guerra larga”, que es básicamente como decirnos, “quedaos con nosotros, que esto da para muchísimas temporadas”. Lo cierto es que The Americans tiene material de sobra para construir una serie longeva (y dos, y tres), y además cuenta con la ventaja de estar ambientada en un pasado que justificará convenientemente el estiramiento, y que proporciona un contexto socio-político del que se puede sacar mucho jugo. Con lo debidos ajustes de cara a los próximos episodios (la duración del piloto es excesiva y las escenas se alargan innecesariamente), The Americans podría convertirse en la serie revelación de la temporada, gracias en gran medida a que es la serie más serie de este año.

 

[1] De hechose encarga desde el principio de dejar claras algunas de las normas que definen a estos agentes y la mitología que los rodea, como si fueran vampiros, o gremlins. Por ejemplo, en una de las primeras escenas ya se nos avisa de que tienen completamente prohibido hablar en ruso una vez han pisado suelo americano. Esto soluciona la papeleta del idioma y evita que nos preguntemos en el futuro por qué estos actores, una americana y un galés, que interpretan a rusos que se hacen pasar por americanos no hablan ruso en ningún momento.

Girls: Coke’s Fun!

¡Es miércoles noche, nena, y estoy viva!

Llegó el desfase a Girls. El exceso, el desenfreno. Girls Gone Wild. Lena Dunham ha hecho caso a la regla universal de las segundas partes y ha doblado todo en su serie para este año: la velocidad con la que Shoshanna habla, la rapidez con la que Hannah pasa de un hombre a otro, su ignorancia, egolatría y auto-inconsciencia. Hannah al cuadrado. Y como hemos visto en “Bad Friend”, Girls se ha vuelto el doble de loca y de caprichosa, y en consecuencia el triple de divertida. Después de dos episodios que han dividido a la audiencia incluso más que la primera temporada, e incluso peor (esta vez son los fans los que han caído en el desencanto), la serie de Dunham golpea fuerte con media hora de éxtasis de la amistad, un viaje sudoroso y en pelotas hacia la noche brooklyniana, y una celebración de la libertad creativa, sin vergüenza y sin complejos. ¿Que os molesta verle las tetas a Lena? Pues tomad tetas. O sea, un fuck you, haters en toda regla. Pero lo cierto es que, a pesar de este histérico y sobreexcitado episodio, Girls no ha cambiado demasiado, sigue siendo la misma serie que el año pasado. Es más, sus personajes han continuado sus recorridos personales justo donde los dejaron al final de “She Did” -al menos Hannah y Marnie, porque a Shoshanna y Jessa las hemos visto más bien poco. Pero todos sabemos que lo que rápido sube rápido baja, y que el siguiente paso en la cadena hype-backlash es el backlash procedente de los propios seguidores. Es ley de hipster.

Pero “Bad Friend” es el “All Adventurous Women Do” de esta temporada, el episodio que termina por enganchar a los reacios y convencer a los detractores. ¿Que Lena Dunham no se merecía el Globo de Oro? Dímelo otra vez después de ver este capítulo. “Bad Friend” se centra en Hannah, Eli y Marnie. Como he dicho antes, Shoshanna y Jessa se mantienen en segundo plano, prácticamente ausentes (yo creo que las intervenciones de Shoshanna se deben dosificar cuidadosamente, para no saturar y no cargarse al personaje). En “Bad Friend” se pueden encontrar varios paralelismos con el inolvidable 1×03. “All Adventurous Women” suponía la introducción de Eli, el ex novio gay de Hannah, y también profundizaba en la amistad entre Hannah y Marnie. En este “Bad Friend” la fabulosa, ideal y disneychanneliana relación de la protagonista y su nuevo compañero de piso alcanza su cénit -Hannah nos avisa al principio de que tiene problemas para fijar su atención en una sola persona, y por eso no hace tríos. Si el final del capítulo es indicio, quizás tengamos que despedirnos de Elijah -una pena, porque se ha ganado con méritos quedarse en la serie para siempre. Este le confiesa que mantuvo algo-parecido-a-sexo con su mejor amiga, lo que provoca la ira encocada de Hannah contra Marnie.  Al final, después de la bronca del siglo (Hannah no se podía quedar con la culpa de todo), y con la sartén de nuevo por el mango, le da permiso para volver a ser su BFF: “Podemos seguir siendo amigas siempre que sepas que tú eres la mala”. Pero a nosotros nos sigue quedando la duda razonable de quién es verdaderamente la “Bad Friend”. Y ahí está la gracia. La dualidad de estos personajes es infinita.

Hannah se sale de su elemento en busca de la magia, con el propósito de escribir un artículo “que explore todas sus vulnerabilidades a todo el mundo a través de Internet” (lo que hace Dunham todos los días). La magia en este caso la proporciona la coca, que no había probado antes porque tiene “las fosas nasales raras”. Solo por eso. Bien. Lo que viene a continuación son 20 minutos de comedia destructiva en estado de gracia que expone la brutal química entre Dunham y Andrew Rannells: “¡Somos la pareja no-sexual más sexy que este club ha visto jamás!” El “I Love It” de Icona Pop sustituye al ya mítico “Dancing On My Own” de Robyn como banda sonora de una amistad. Pero es otro rollo completamente distinto. Eli y Hannah bailan como si no hubiera mañana, flequillos descontrolados, ¡más coca! ¡cambio de camisetas! “Te quiero” “Yo te quiero más”. Y los pezones de Lena asomando rebeldes por la ya icónica camiseta amarilla de rejilla, desde el minuto 15 hasta el final (en serio, ¿qué os molesta tanto de verla desnuda?) Provocación y total ausencia de sentencia moral, al margen de la habitual contra Hannah. Todo esto ocurre mientras Marnie vive una experiencia pseudo-catártica con el capullo entre capullos Booth Jonathan, que incluye instalación artística y sexo fetichista (una muñeca de porcelana, tiene sentido). ¿Odia Dunham a Allison Williams? Si es así, bienvenido sea, porque Marnie está luciéndose esta temporada. Bravo por su carcajada después del sexo con Booth. Y bravo por Dunham, que pasa de abrazar cachorritos en el parque a esnifar en un baño público, todo en pro de la comedia y el libre albedrío artístico. Para nosotros es imposible no juzgar a estos personajes, no poner en duda la lógica sus acciones, pero es eso precisamente lo que pretende Dunham con todo este extraño experimento. Está claro que haters gonna hate. Pero no te preocupes, Lena, I don’t care! I love you!