Crítica: Hitchcock

Rara vez una película contemporánea sobre el mundo del cine acaba recibiendo el calificativo de ‘gran cine’. Sobre todo si el filme en cuestión es un biopic, la recreación de un rodaje famoso, o ambas cosas: sin ir más lejos, Mi semana con Marilyn (My Week With Marilyn, 2011).[1] También es el caso de Hitchcock (2012), la película que nos enseña el accidentado proceso de creación de Psicosis, entre 1959 y 1960. Si acaso, la cinta de Sacha Gervasi sería una buena TV movie de HBO -de hecho, la cadena ya hizo una el año pasado: The Girl, sobre la problemática relación del director con Tippi Hedren. Puede que Gervasi fuera consciente de esto desde el principio, y por ello optase por convertir el libro de Joseph Rebello, Alfred Hitchcock and the Making of Psycho, en un melodrama con grandes dosis de comedia sobre el matrimonio Hitchcock, y una oda a la gran mujer detrás de la oronda silueta del maestro del suspense, Alma Reville.

La filmación de una de las películas más importantes de la historia del cine, -y probablemente las más universal y reconocible de la filmografía del realizador británico-, es el pretexto que el director londinense utiliza para sumergirnos en la retorcida mente de Hitchcock: la malsana y voyeurista obsesión con sus actrices protagonistas, su determinación y voluntad artística, su kamikaze ojo comercial, pero sobre todo la absoluta dependencia de su esposa en todos los aspectos de su vida profesional y personal. En Hitchcock no faltan las anécdotas conocidas por todo cinéfilo que se precie, ni se nos priva de echar un vistazo a los entresijos de celebérrimas secuencias como la de Janet Leigh en la ducha o a la sala de montaje. Sin embargo, la película se centra principalmente en lo que ocurre fuera del plató, haciendo que al final echemos en falta una mirada algo más profunda a la relación de Hitchcock con los actores de Psicosis, y dejando inexplorados los personajes de Anthony Perkins (James D’Arcy), Vera Miles (Jessica Biel), y en menor medida, Leigh.

Hitchcock es la crónica de un loco visionario tratando de sobrevivir en el encorsetado sistema de los estudios de Hollywood. Reconociéndose su estatus como cineasta en peligro (“la tele me ha rebajado”), el realizador busca desesperadamente su próximo proyecto, el último financiado por la major a la que está atado desde hace años. La elección de la novela de Robert Bloch inicia un recorrido por algunos de los recodos más oscuros su mente, llegando a flirtear con el terror en cada una de las -excesivas- apariciones de Ed Gein. No obstante, las perversiones de Hitch nunca llegan a transcender sus truculentas ensoñaciones. Gervasi se las arregla para mantener en todo momento un halo de respeto por el maestro, al que dibuja como un sociópata simpático, un viejo verde gracioso y genial, a pesar de todo. Un ser no exento de defectos (sería absurdo ocultarlos cuando todos estamos de sobra familiarizados con el mito), en todo momento amortiguados por la enorme fuerza orientadora y pacificadora de Alma.

A pesar del buen trabajo de mímesis de Anthony Hopkins, es Helen Mirren la mayor virtud de Hitchcock. La interpretación de Hopkins recae en la categoría de imitación y está condicionada inevitablemente por el maquillaje -que, a excepción de un par de planos en los que más bien parece el Pingüino de Burton, es excelente. Sin embargo, Mirren tiene mucha más libertad para construir un personaje más cercano y real, uno que ejerza de vínculo entre el espectador y Alfred. Alma no solo supervisa la dieta de Hitch y mantiene a raya su temperamento, sino que también acude al rescate del director cuando se encuentra en apuros durante el rodaje, o cuando necesita consejo profesional, manteniendo en todo momento el rumbo de su carrera cinematográfica. Alma es todo sacrificio y devoción, pero también resignación y hastío. Y Mirren se las arregla para que admiremos a la Sra. Hitchcock sin llegar a demonizar completamente al hombre que la subestima. El resto del reparto cumple con su tarea de permanecer en todo momento en un segundo, o más concretamente, tercer plano. Tan solo Scarlett Johansson es capaz de hacerse notar (cómo no, si destacar forma parte de su naturaleza), a pesar de que sigue sin deshacerse de los mohínes que impiden que la crítica se la tome en serio como actriz.

Las visitas al set de Psicosis sirven para examinar con tino la maquinaria creativa de un genio que defiende y ejemplifica la idea de que todos somos capaces de albergar violencia y terror -“¿Y si un director realmente bueno hiciera una película de terror?” Los viajes a los despachos de los grandes ejecutivos y censores (ambas especies ridiculizadas en el filme) documentan una curiosa faceta de la industria hollywoodiense. Pero el mayor interés de Gervasi reside en el dormitorio de los Hitchcock, donde conocemos realmente al hombre detrás del mito, y a la mujer que lo mantuvo a raya. Hitchcock se adentra de puntillas en lo macabro, evita la casquería amarillista, y a pesar de lo que pudo ser y no fue, nos ofrece un luminoso y divertido retrato de uno de los capítulos más conocidos de la historia del cine.

 

[1] Es más habitual encontrar grandes películas sobre el cine dentro del cine cuando estas no se basan en rodajes cinematográficos reales: De La noche americana a Mulholland Drive, pasando por la infravalorada Tristam Shandy: A Cock and Bull Story.

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Comentarios (2)

 

  1. Guillermo dice:

    Hay muchas grandísimas películas sobre el mundo del cine, además de las mencionadas: Cantando bajo la lluvia, El Crepúsculo de los Dioses, Stardust Memories, La Rosa Púrpura del Cairo, Ed Wood (la mejor de Burton para mí), 8 1/2…

  2. Imagen de perfil de fuertecito fuertecito dice:

    Muy de acuerdo, y casi todas ellas se basan en acontecimientos, personajes y rodajes ficticios, como he comentado. ‘Ed Wood’ sería una de las honorables excepciones.

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