The Carrie Diaries: el nacimiento de una pasión

The Carrie Diaries, la precuela oficial del clásico de HBO Sexo en Nueva York (Sex and the City, 1998-2004), estaba condenada al ostracismo desde mucho antes de su estreno. El paso del tiempo ha devaluado considerablemente la revolucionaria comedia protagonizada por Sarah Jessica Parker y sus secuelas cinematográficas no han ayudado precisamente a que esta conserve su lugar en el panteón catódico. Una precuela en clave teen que narrase los comienzos de uno de los personajes más odiados de la historia de la televisión, y encima emitida por CW, no sonaba bien a nadie. Para empezar, la audiencia target de la serie quedaba completamente desdibujada. Ni los fans de SatC están especialmente interesados en ver su serie convertida en un producto adolescente made in CW, ni el espectador medio de la cadena bebe los vientos por los dramas ambientados en los 80: si el spin-off de Gossip Girl, Valley Girlsambientado en la década prodigiosa, no salió adelante, ¿qué hacía pensar a los ejecutivos de la cadena que The Carrie Diaries tendría alguna posibilidad? Las audiencias confirman el patinazo. Lo cual, señoras y señores, es una tragedia, porque la versión adolescente de Sexo en Nueva York no solo es buena, sino que es el mejor estreno de la cadena en muchos años, el producto que estaba llamado a devolver el lustre a la franquicia de Candace Bushnell y así remendar el desastre provocado por las incursiones cinematográficas de Carrie Bradshaw.

Los dos nombres más destacados detrás del proyecto vienen a aclarar las aspiraciones artísticas de The Carrie Diaries, pero también la confusión en la que está condenada a (intentar) sobrevivir. A Miguel Arteta, productor ejecutivo de la serie, lo conocemos por sus trabajos como realizador en series como A dos metros bajo tierra, The Big C o Enlightened, además de varias películas adscritas a ese extraño movimiento denominado indie: la laureada The Good Girl o la fallida Youth in Revolt. Arteta aporta a The Carrie Diaries su experiencia en dramas de qualité y una visión de la adolescencia algo más verosímil que lo que acostumbramos a ver en TV. Pero CW no está especialmente interesada en hacer su propia Freaks and Geeks (serie de la que Arteta también dirigió algún episodio, por cierto). Aunque a ratos lo parezca. Para equilibrar la balanza tenemos a Josh Schwartz, responsable de dos fenómenos tan importantes como efímeros: The O.C. y Gossip GirlLa combinación de sensibilidades artísticas da como resultado una serie a medio camino entre La chica de rosa y Awkward.

Efectivamente, como toda serie adolescente hoy en día, The Carrie Diaries se apoya fundamentalmente en la comedia dramática de los 80. Pero va más allá, porque tiene la oportunidad de trascender el mero homenaje y convertirse directamente en una. Y lo hace, al menos en su piloto. The Carrie Diaries explora con habilidad esa paradójica mezcla de ingenuidad y ausencia de conservadurismo que definía la experiencia adolescente de los 80. El miedo y la curiosidad sexual no provenían de la sobreprotección de la sociedad, sino exclusivamente de dentro de uno mismo. Carrie y sus amigas del instituto no responden al prototipo adolescente de la CW, no son jóvenes de vueltas de la vida, no hablan como ni siquiera hablan los adultos. Son personas que, al contrario que Chuck Bass o Serena Van Der Woodsen, parecen haber sido niños en algún momento, y de hecho, siguen siéndolo en muchos aspectos. Sin embargo, sus existencias continúan girando en torno al sexo, y este define sus comportamientos y contribuye en gran medida a la forja de sus identidades (como debe ser, como es en realidad). En el piloto se aborda el tema con franqueza y sin rodeos, en conversaciones que evocan a los brunchs de Carrie, Miranda, Charlotte y Samantha (“He perdido la virginidad. Me dolió muchísimo. Fue como intentar meter una salchicha en una cerradura”). Precisamente, The Carrie Diaries resulta tremendamente fresca y diferente dentro del panorama CW porque en lugar de convertir el sexo en una experiencia estética e inocua, lo trata con naturalidad. Y esa es la principal baza del piloto, no solo en relación al sexo, sino también al comportamiento de sus protagonistas, en ningún momento drásticamente separadas de la realidad.

AnnaSohphia Robb (Un puente hacia Terabithia) es Carrie Bradshaw. No, en serio, ES Carrie Bradshaw. Robb no solo es una actriz solvente, sino que ha sido capaz de mimetizar con éxito a la protagonista de Sexo en Nueva York, y trasladar sus idiosincrasias a la edad pre-adulta. Esta Carrie teen ya muestra síntomas de drama queen total (cuando se desmaya al ver a su padre en el instituto, qué momento tan ‘Carrie’), reflexiona filosóficamente y con la misma gravedad sobre banalidades y tragedias familiares, y la dicción en off de AnnaSophia nos transporta directamente al apartamento de Manhattan en el que Bradshaw escribía/escribirá su columna semanal. No hay duda de que nos encontramos ante el mismo personaje (es más, ante una versión mucho más soportable del mismo). Lo de la nariz lo pasamos por alto. Efectivamente, Carrie es Carrie, pero The Carrie Diaries no es Sexo en Nueva York (aunque lo guiños nos la recuerden constantemente), porque no han querido que lo fuera, porque no debía serlo. The Carrie Diaries es un relato iniciático, el comienzo de una historia de amor apasionada y eterna, la de Carrie Bradshaw y Manhattan. Y también, por qué no decirlo, el germen del mariliendrismo de su protagonista.

Carrie es una pueblerina que sueña con la gran ciudad (literalmente, todas las noches recrea en su mente la célebre cabecera de Sexo en Nueva York). La revista Interview es su Biblia, y Rob Lowe su hombre ideal. La casa de Carrie es un refugio casi intemporal, en el que de no ser por los pósters de Joy Division o Depeche Mode costaría creer que estamos en los 80, concretamente en 1984. El armario de su madre fallecida ejerce de puente hacia los verdaderos 80, los de los colores estridentes, los estampados de leopardo, las hombreras imposibles y el exceso en general. El instituto es la parada obligada en su viaje (las Jens, evocando a las Heathers de Escuela de jóvenes asesinos, representan fielmente la estética de la década). Manhattan es el destino final. La ambientación de la Gran Manzana es uno de los grandes aciertos de The Carrie Diaries. Una cortinilla con imágenes de Andy Warhol o Debbie Harry ejerce de transición definitiva entre ambos mundos. Sin miedo al rechazo por parte de la audiencia hambrienta de sofisticación irreal, no hay reparos en mostrar el estrafalario sentido de la moda del momento. Carrie opina que el vestido de su nueva BFF es “precioso” (en realidad es horroroso, claro), y su jefa dice que el traje de fiesta de Carrie “es algo que podría llevar Madonna“, el mayor cumplido que le podían hacer. La música también ejerce su función cronológica a la perfección, con temazos ochenteros, o sus correspondientes versiones más baratas sonando todo el tiempo. Lo único que hace falta para lograr la recreación histórica perfecta sería algo de humo de tabaco.

The Carrie Diaries nos sumerge en un mundo pre-nuevas tecnologías, en el que los diarios en blanco de la madre de Carrie preceden a su Mac (ella nunca se llevó bien con los aparatos tecnológicos), y los teléfonos fijos (¡ese modelo Red Lips!) son la única manera de comunicarse a distancia. La esencia es la misma: Carrie nos cuenta todo lo que se le pasa por la cabeza mientras se enfrenta a los grandes dilemas de la vida: ¿mi cuelgue del insti o mi gran oportunidad en Manhattan? ¿Metro o taxi? ¿Pelo suelto o recogido? WWCBD. Pero la forma es distinta a todo lo que hay ahora mismo en televisión. Quizás en otra cadena tendría alguna oportunidad de librarse de su destino predeterminado y dignificar el legado de la que es una de las series más esenciales (e infravaloradas) de la historia de la televisión. Pero hay que asumirlo, el sambenito de The Carrie Diaries es doble: la CW y las odiosas comparaciones. Ni la aparición de unas Samantha, Charlotte y Miranda adolescentes sería capaz de salvarla. Disfrutemos de nuevo de los fabulosos paseos de Carrie por el asfalto de Manhattan, mientras podamos.

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Comentarios (2)

 

  1. Alicia dice:

    Pues sí, me ha gustado, y creo que estoy de acuerdo en todo lo que dices. Una de las cosas que más me gustan de SatC es el amor entre Carrie y Manhattan, y me ha gustado mucho ver cómo nació y me gustará ver (mientras se pueda) cómo fue creciendo.
    Pero Freema es muy desagradable.

  2. Andrea dice:

    ¿Como se llama el episodio donde se demaya al ver a su papa llegar en el pasillo que le recuerda que la ultima vez que fue,fue a decirle lo de su madre?,alguien porfavoooooooooor?muchisimas gracias :* 🙂

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