Bunheads: Talk, talk, talk, talk, talk

Cinco años después del final de Las chicas Gilmore, Amy Sherman-Palladino (ahora sin el “Palladino”, pero dejad que me acostumbre) se las ha arreglado para devolver su creación a la televisión. ¿Cómo? Clonándola y ofrefiéndola como una nueva serie. No es ningún secreto que Bunheads es un calco de Gilmore Girls en todos los sentidos. La guionista traslada a sus personajes de las estrellas al paraíso, de Stars Hollow a Paradise, otro pequeño y entrañable pueblo repleto de personalidades excéntricas y peculiares, esta vez al sur de California. Solo hace falta pasearse por Paradise durante un par de minutos para sentirse como en casa. Lo único que se echa en falta es aquella icónica glorieta en el centro del pueblo. Por lo demás, todo sigue intacto.

En esta ocasión, la acción principal se traslada a la escuela de ballet, regentada por Madame Fanny, que no es otra que Kelly Bishop haciendo de nuevo de Emily Gilmore. A pesar de los esfuerzos -más bien escasos- por dotar a este nuevo personaje de un pasado bohemio alejado de Emily -y más cercano a la propia Bishop-, el carácter de Fanny no dista en absoluto del de la abuela de Rory. Y para potenciar esta personalidad aun más entra en escena Michelle Simms, la protagonista oficial de Bunheads, bailarina de Las Vegas a la que se le empieza a pasar el arroz, una Lorelai Gilmore (mucho más irritante, ¿quién lo iba a decir?) que viene a ocupar el puesto de hija-muy-a-su-pesar de Fanny después de casarse con el hijo de esta. Sin apenas disimularlo, Amy repite la dinámica Emily-Lorelai. Pero Michelle es aun más incontrolable e impredecible que el personaje interpretado por Lauren Graham. Y mucho más insufrible. Está interpretada por Sutton Foster, actriz de teatro incapaz de dominar sus excesivos mohínes, algo que sin embargo encaja a la perfección en el artificioso estilo de la Palladino, y que contribuye a resaltar su incapacidad para controlar el pulso de la comedia.

Tanto Michelle como las cuatro adolescentes a las que acaba dando clase en la escuela de ballet de Madame Fanny después de la repentina muerte de su nuevo marido, y como casi todos los habitantes de Paradise, hablan a razón de 10 palabras por segundo. Ese vicio incontrolable de la creadora de la serie pone de nuevo en evidencia a una guionista con graves problemas de contención y, por qué no decirlo, de falta de humildad. La proporción de chistes o one-liners por segundo o los eternos diálogos on cue (los personajes esperan turnos para intervenir, como si no estuvieran escuchando a su interlocutor en ningún momento) son los recursos básicos de una escritora que prefiere la cantidad a la calidad, porque entre tanto diálogo, algo verdaderamente divertido habrá, ¿no? O quizás lo que le ocurre es que de verdad cree que todo lo que se le pasa por la cabeza es digno de acabar en las páginas del guion. Si habéis visto a Amy en alguna entrevista (pobrecitos), os inclinaréis a pensar esto último.

Bunheads no atina siempre con la comedia, pero sí lo hace a la hora de establecer ese poderoso vínculo entre personajes, y entre estos y el espectador, que es lo que hacía de Las chicas Gilmore una serie tremendamente disfrutable a pesar de sus imperfecciones. Y esa es la razón principal por la que, a pesar de todos los inconvenientes que encuentro a la serie, regreso siempre a Paradise, y cuando la dejo me quedo con ganas de más. Esa extraña adicción tiene que ver también con el hecho de que no hay un solo minuto aburrido en ellaQuizás, después de todo, a Amy le funciona su técnica. Al no dejar respirar a sus personajes, o parpadear a sus espectadores, se genera una especie de efecto hipnotizante o de contrato vinculante que nos impide apartar la mirada de la pantalla. Lo cierto es que la serie siempre compensa sus defectos con pequeños momentos que pillan desprevenido al más reticente (o sea, a mí). Sirva de ejemplo el final de “You Wanna See Something?”, el episodio con el que Bunheads ha regresado esta semana después de un largo parón, para continuar la primera temporada donde la dejó: los personajes vuelven más irritantes si cabe (Michelle y el hummus, Fanny y el martini, las cuatro bailarinas aun por definir, y sobre todo, la madre de Boo embarazada, insoportable mash-up de Lorelai y Sookie). Cuarenta minutos de talk, talk, talk, talk, la restauración de la normalidad después del cambio, y después de eso, dos escenas finales con las que lloro y me río con apenas un minuto de separación. Se me cae una lagrimilla con la reacción de Sasha al ver a Michelle, y me río con la coreografía de Fanny al ritmo del vídeo de YouTube (¿cuántas series han usado ya ese recurso cómico?) Lo tengo claro, Bunheads es mi nueva serie odiada favorita. Y yo me odio un poco a mí mismo, porque siempre quiero más. Amy Sherman es el diablo.

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