Wilfred: acabo de conocerte y ¿ya te quiero?

Se supone que encariñarse de un perro es muy fácil, pero a mí me ha costado mi tiempo aprender a querer a Wilfred. Será que soy un hueso duro de roer, o que soy demasiado perro viejo para aceptar nuevas series (sobre todo si son comedias, con las que suelo ser mucho más exigente). No sé. Con la de FX -que ha concluido su segunda temporada y prepara ya la tercera- me ha ocurrido algo que me suele pasar con series que a priori no me convencen, pero a las que doy una y mil oportunidades por si acaso: no sé si ha cambiado ella o he cambiado yo. La respuesta probablemente sea “las dos cosas”.

Wilfred comenzó como una comedia sin demasiadas pretensiones que se apoyaba principalmente en el gag gamberro y hacía gala de un humor algo deprimente y nihilista. O quizás sea más adecuado llamarlo “humor de fumados” (deprimidos y nihilistas, eso sí). Jason Gann es el responsable junto a Adam Zwar de la serie homónima australiana estrenada en 2007 en la que se basa Wilfred. Para la tarea de adaptar su obra a la televisión norteamericana, el tándem recurrió a David Zuckerman, uno de los principales guionistas de Padre de familia (Family Guy). Y he ahí la clave. Servidor nunca ha sido muy fan de la serie de Seth McFarlane, ni de ninguna de sus obras (es más, podéis llamarme hater si gustáis, no os lo voy a negar), y Wilfred desprendía un insoportable halo mcfarlaniano (o en su defecto, zuckermaniano) en sus primeros episodios.

Elijah Wood es Ryan Newman, un joven abogado que cree que su vida no va a ninguna parte y por ello decide suicidarse. Tras planear su última noche meticulosamente y justo en mitad del gran momento, la vecina de Ryan, Jenna (Fiona Gubelmann) le pide que cuide de su perro Wilfred. Para para sorpresa de Ryan, Wilfred es un humano vestido con un disfraz de perro (el propio Gann, que también fue Wilfred en la versión australiana), y al parecer, Ryan es el único que puede verlo, mientras los demás lo perciben como un perro normal y corriente. A partir de ahí, ambos desarrollarán una profunda y disfuncional amistad que mostrará a Ryan el valor de la vida, y todas esas cosas. Imaginaos Infelices para siempre (Unhappily Ever After) protagonizada por una versión adulta y descarrilada de Doug de Up. Wilfred es físicamente similar al conejo Floppy, y el grueso de sus escenas con Ryan transcurre principalmente en un sofá del sótano de su casa. También podemos encontrar paralelismos indiscutibles precisamente con la primera película de Seth McFarlane, Ted, no hace falta que os cuente por qué.

¿Qué hace que Wilfred me acabe pareciendo una propuesta interesante a pesar de sus similitudes con otras obras y mi reticencia inicial? Precisamente es el abandono progresivo de ese humor deliberadamente agrio y extraño el que va conquistándome a medida que la historia se complica. Está claro que hacia la mitad de la primera temporada, y especialmente durante la segunda, yo ya me he encariñado con estos personajes, pero es que Wilfred muestra claros síntomas de evolución más allá del caca-culo-pedo-pis y el humor-entre-humos, y acaba transformándose en una serie de misterio que bien podría haber perpetrado David Lynch (si no estuviera muerto en vida desde hace años). Las cuestiones existenciales que se plantea Ryan y el “¿qué será real y qué no?” con el que se marea al espectador se intensifican en una segunda temporada que se adentra por completo en terreno alucinógeno. La serie encuentra así su razón de ser y su continuidad, todo sin abandonar del todo la pipa de marihuana, por supuesto. Pero al final, su mayor virtud es sin duda la exquisita e introspectiva caracterización de Wilfred, un perro de verdad se mire como se mire. Ni los enigmas, ni los excelentes cameos, ni los chistes que te hacen gracia pero no te sacan la carcajada en ningún momento. Es precisamente ese perro avieso y manipulador, y sobre todo su hermosa amistad con ese humano desastrado con la cara de Frodo Bolsón y el cuerpo de un hipster prototipo, lo que hacen que me comprometa a cuidar a Wilfred más allá del capricho inicial.

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