Awkward: raro, raro, raro

MTV pasó sus años de guardería junto a El club de los cinco y todo el cine teen que John Hughes auspició en la década de los 80. Es justo pues que, un cuarto de siglo más tarde, la antigua cadena musical rinda homenaje al género que la definió hasta que perdió el norte con italoamericanos descerebrados y embarazadas a los 16. Después del paso en falso que supuso Skins el año pasado (a nadie le interesó un remake americano de una serie 100% británica), MTV resucita su oferta de ficción con Teen Wolf y Awkward, ambas en el transcurso de sus (exitosas) segundas temporadas. Si Teen Wolf se adscribe fácilmente al terror adolescente que Joss Whedon y Kevin Williamson redefinieron en los 90, Awkward bebe principalmente del cine de Hughes y Mean Girls, el incontestable referente teen de la última década. Pero la comedia creada por Lauren Iungerich (10 razones para odiarte) amasa innumerables influencias más allá de estas dos piedras de toque.

Awkward es un producto tan clásico como contemporáneo. Los elementos universales del género están ahí, todos, pero la idiosincrasia del quinceañero del siglo XXI los transforma considerablemente. El suicidio adolescente, el teléfono móvil como apéndice y las redes sociales de Internet intensifican las clásicas diatribas post-púberes: sexo, popularidad y la búsqueda de uno mismo. La protagonista de Awkward es Jenna Hamilton, una suerte de Ellen Page hetero, una Lindsay Weir sin el componente grunge, una Rory Gilmore mucho menos insoportable. Hace un año escribí un artículo (Lo geek vende), en el que clasifiqué los distintos tipos de adolescente inadaptado que podemos observar en las series norteamericanas. Pues bien, uno de esos tipos era el ‘adolescente invisible’, al que Jenna pertenece cuando da comienzo el relato de Awkward (su blog se llama ‘Invisible Girl Daily’ y la serie en España se ha titulado La chica invisible). Algunos de los precedentes de Jenna son la mencionada Lindsay Weir (Freaks and Geeks), que gana visibilidad al asociarse voluntariamente a los freaks, Carmen Ferrara (Popular), que de hecho desaparece ante los ojos de sus compañeros de instituto en un episodio, o Angela Chase (My So-Called Life), que se tinta el pelo de rojo carmesí para empezar una nueva vida. Sin olvidar, por supuesto, a los despojos sociales de Glee, la serie que ha logrado glamourizar lo geek. Jenna pasa de ‘chica invisible’ a ‘freak’ a causa de un accidente que hace pensar a toda la comunidad estudiantil que ha intentado suicidarse. Un desencadenante mucho más actual, desde luego.

A partir del malentendido, Jenna debe hacer frente a su recién adquirida notoriedad, que la sitúa en el punto de mira de bullies (atención, la archinémesis de Jenna está gorda y es mucho más insegura que ella) y de adultos sobreprotectores (e inconscientes), pero que también le obliga a hacer frente a las adversidades y en última instancia, encontrarse a sí misma. Complican las cosas los dos donjuanes que la pretenden. Si lo pensamos bien, la protagonista de Awkward es una chica de 15 años bastante mona de la que se enamoran el clásico jock rompecorazones y un adorable chico diez (que además también juega en el equipo de fútbol). Está bien, lo aceptamos. Es habitual que este tipo de historias tomen ese camino. Al fin y al cabo, es necesario apelar a las fantasías de la adolescente invisible real, el público objetivo de la serie, adentrándose así en el terreno de la comedia romántica.

Los primeros episodios de Awkward atraviesan dificultades para encontrar el tono adecuado. Sorprende su temeridad a la hora de mostrar el sexo entre chavales de 15 años e impactan sus diálogos, los mismos que hace una década nos escandalizaba oír de la boca de Carrie Bradshaw y amigas. En Awkward no hay reparos a la hora de hablar de sexo anal, enfermedades venéreas, tragar semen o tampones mal colocados -aunque MTV se encarga de censurar todos los shit, fuck, e incluso ¡cooch! en un irritante ejercicio de hipocresía. La sal gorda satura en ocasiones el producto (un mojón en un jacuzzi que provoca conjuntivitis a todos los participantes en una “orgía de magreos”, en fin), pero sale airoso a mitad de temporada gracias a un dominio del slapstick que recuerda a Suburgatory (lo que le falta precisamente a la comedia de ABC es la osadía de Awkward). También ayuda una evolución hacia lo emotivo que acaba implicando al espectador inevitablemente (gran parte de la culpa la tiene el excelente capítulo que homenajea Dieciséis velas). Como suele ocurrir con este tipo de historias, Awkward es una serie de doble lectura. Por un lado, se dirige (irresponsablemente, por qué no decirlo) al adolescente actual, ofreciéndole una divertidísima y adictiva herramienta de identificación y escapismo, y por otro permite al espectador adulto disfrutar de una sátira mordaz y subida de tono que critica veladamente la promiscuidad a la vez que se lo pasa genial con ella.

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