Cómo conocí a vuestra madre: siete años de soledad

Si me apuras, los silenciados actores que protagonizan a los hijos de Ted Mosby podrían ya tener sus propios hijos. La historia se ha alargado tanto que ellos ya han dejado de reaccionar a las batallitas de su disperso padre, y gran parte de la audiencia se ha cansado y ha preferido dejarlo con la palabra en la boca. Es lógico. Cómo conocí a vuestra madre lleva ya demasiados años posponiendo el gran momento, y muchos están cansados del ensayo y error en la vida de estos cinco amigos. El problema es que cuando se pierde de vista la premisa de la serie, nos quejamos de que se han olvidado de la futura mujer de Ted y la historia va a la deriva, y cuando se recupera la búsqueda del amor del protagonista, nos quejamos de los giros que nos impiden conocer a la madre de una vez por todas. Y entre tanta queja, se nos olvida algo importante: después de siete años, ya deberíamos tener claro que el énfasis de la historia no está en “madre”, sino en “cómo”.

Y claro ahí es donde reside la esencia, pero también el principal problema de Cómo conocí a vuestra madre. Reconozco que la serie ha puesto a prueba mi paciencia en incontables ocasiones. Yo también prefiero conocer ya a la madre -hace tres años que deberíamos saber quién es-, y que los guionistas reenfoquen la historia. Sin embargo, que no se haya desvelado el gran secreto hasta ahora no es lo más grave. Lo peor es que mientras esperamos a ver quién se esconde bajo el paraguas amarillo, la serie sale escaldada por culpa del estiramiento. Los saltos en el tiempo -que se recuperan con fuerza en esta séptima temporada-, benefician a la historia tanto como la perjudican. Suponen uno de los puntos fuertes de la serie -ese manejo prodigioso de la biblia es lo que siempre la ha situado por encima de la media- pero también marean a la audiencia. En definitiva, lo que necesitamos no es conocer a la madre -o si ya la conocemos, saber quién es-, sino que la serie termine ya.

Las dos últimas temporadas de Cómo conocí a vuestra madre, y en especial esta séptima que acaba de finalizar, han reorientado la historia hacia terrenos melodramáticos acordes con la madurez de los protagonistas. Siempre se nos insistirá en el síndrome de Peter Pan de estos cinco amigos, pero esto no es Nunca Jamás, y los verdaderos problemas de la vida adulta acaban llegando. La tragedia golpea a los protagonistas con mayor o menor fuerza según la experiencia de cada uno. La muerte del padre de Marshall sacudió al grupo en la sexta temporada -y nos permitió disfrutar de la espléndida Alyson Hannigan dramática. Una vez superado el trauma, con Lily y Marshall en éxtasis gracias a su futuro bebé -ya presente, bienvenido Marvin Wait For It Eriksen-, la tristeza se muda al resto de la pandilla.

La séptima ha sido una temporada de cambio real. El más significativo es el que experimenta Barney, que contagiado de tedmosbitis -recordemos a los dos amigos lamentándose de lo duro que es estar solo en “The Rebound Girl”-, decide sentar la cabeza por fin. Primero con Nora, después con la stripper, Quinn. A pesar de mostrar síntomas de verdadero enamoramiento, Barney solo está intentando cubrir la herida que Robin ha dejado. Entre él y Quinn hay química, eso es cierto, pero la relación ha surgido de la nada, y está condenada al fracaso. La revelación final de “The Magician’s Code”, el último episodio de la temporada, nos lo confirma. Para Barney y Robin, la única vía posible hacia la felicidad es estar juntos. Sin embargo, no podemos olvidar el drama particular de la canadiense. El extraño “Symphony of Illumination”, que probablemente habría funcionado mucho mejor sin risas enlatadas, nos permite echar un vistazo al gélido futuro de la tía Robin, que ha descubierto que no puede tener hijos. Quizás sea a causa de mi confesa debilidad por Robin -a la que, por cierto, esta temporada han maltratado demasiado con los estilismos-, pero todo este asunto duele más de lo que uno espera de una serie así. Algo están haciendo bien.

Por último, Ted está agotado de buscar a su otra mitad y comienza a entregarse a la posibilidad de acabar solo para siempre. Si algo lo ha caracterizado a lo largo de estos años, y a pesar de los ocasionales bajones, es su terquedad en el asunto. Hallar el amor ha sido el proyecto más importante de su vida, y después de tanto intento frustrado, asume que es probable que este quede inacabado. Por esta razón, una extraña melancolía ha envuelto al personaje durante esta séptima temporada. Lo comprobamos en “Trilogy Time”, donde repasa sus aspiraciones e ilusiones de los últimos años, para darse cuenta de que el Ted del futuro que él había diseñado no ha llegado, y puede que no lo haga nunca. Para hundirlo más aún, su amistad con Robin comienza a deteriorarse. Los problemas que surgen al intentar mantener una amistad tras haber sido pareja llegan cinco años tarde y se meten en la historia con calzador, pero son coherentes con la etapa que atraviesan los personajes. Efectivamente, es el momento apropiado para ponerlos en esta tesitura, y un poco de depresión no viene mal en estos momentos -al fin y al cabo, al grupo no le faltan aventuras disparatadas para evitar que se hundan del todo. El futuro ya está aquí, y estos personajes deben dejar de marear la perdiz y enfrentarse a la realidad, por ellos, y por la audiencia. Es la única manera de alcanzar de una vez por todas el final feliz que todos sabemos que les espera.

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