Hip, hip, hurra: Mad Men, “Christmas Waltz” (5.10)

La búsqueda de la felicidad puede ser una tarea agotadora. Incluso cuando uno cree haberla alcanzado, cambia de lugar. A veces se transforma completamente en lo opuesto a lo que necesitábamos. En otras ocasiones, se nos arrebata sin piedad, obligándonos a encontrar una nueva vía hacia ella. La búsqueda de la felicidad es una estupidez, pero es la estupidez que, en gran medida, nos motiva a continuar. Por lo tanto, nunca será en vano. Así les ocurre a los personajes de Mad Men. Con excepción de Joan Harris, que ya no puede más. Ella está a punto de recuperar el “Holloway”. Nosotros disfrutamos de la inconmensurable Joan durante más de un minuto esta temporada. Por fin. El personaje de Christina Hendricks tira la toalla después de que su marido le haga llegar a la oficina una demanda de divorcio. En el caso de Joan, antes de la calma llega la tormenta. No estamos acostumbrados a ver a Joan perder la compostura. Incluso cuando le rompió un jarrón en la cabeza al doctor Harris mantuvo la serenidad -la cálida frialdad- que la caracteriza. Pero todos tenemos un límite, y Joan ya ha aguantado demasiada mierda con su marido-figura-de-acción. Lo paga con la recepcionista rubia: “Surprise! There’s an airplane here to see you” entra por derecho propio en los anales de la televisión. Un one-liner que nos proporciona uno de los momentos cómicos más histéricos de Mad Men, aunque sea a costa de nuestra querida Joan.

Don Draper acude al rescate de una desarmada Joan, que ¡hasta se ha despeinado! después del colapso nervioso en recepción. La protege con su chaqueta y se la lleva a probar un Jaguar y después a un bar. El nuevo Don pasa a representar la quintaesencia del caballero, un galán wilderiano que levanta faldas poniéndose el sombrero, pero que se marcha a casa con su mujer, dejando a su amiga sola (libre) en el campo de batalla -“I like being bad and going home and being good”. A pesar de la reticencia inicial de Joan, Don logra mostrarle que no es el fin, en una escena que desborda química y sensualidad, y que explora el origen del respeto mutuo que se profesan estos dos personajes. No es el hombre que hay al otro lado de la barra, o que recuerde el hecho de que ella fuera criada para ser admirada -no hace falta que lo jures, Joan-, es la recién hallada felicidad de Don lo que inspira a Joan a continuar. Pero ella no sabe que las fisuras en el matrimonio Draper comienzan a transformarse en grietas. Joan aporta la clave en su conversación con Don: “El único pecado que [su esposa] ha cometido es ser familiar”.

Si la vida de Don hasta el momento ha sido, casi íntegramente, un constructo fabricado por él mismo, no hay nada que nos impida pensar que se esté llevando el trabajo a casa una vez más -aunque sea inconscientemente. El problema es que su nueva mujer no está dispuesta a interpretar un papel en este anuncio. Al regresar a casa muy tarde y sin haber avisado, Don se encuentra con una enfurecida Megan que le reprocha haberle preparado la cena para nada. Inicialmente, Don cree que la ira de Megan forma parte de sus juegos de alcoba. Las peleas domésticas no son para él indicio de que exista un problema, se han convertido más bien en combustible para su vida sexual en pareja. Pero el conflicto entre estos dos empieza a arraigarse. El origen más inmediato de la crisis entre Megan y Don es la obra de teatro a la que ella lleva a su marido. Se trata de America Hurrah, una sátira escrita por Jean-Claude van Itallie, representada por primera vez en Nueva York en 1966. La obra supone una ‘muy actual’ crítica a la nueva sociedad norteamericana basada en el consumismo, y como es lógico, realiza un sangrante comentario sobre el papel de la publicidad en el ‘nuevo mundo’. ¿A quién se le ocurre, Megan? Don se muestra ofendido por el autor de la obra -y en consecuencia, por su mujer, que la ha escogido-, y esto lleva a que ambos se cuestionen una vez más si son felices haciendo lo que hacen. Como Don le dice a Joan en el bar, refiriéndose al hombre de la barra: “Él no sabe lo que quiere”.

Lane Pryce es el caso opuesto al Don Draper irresistible y cabrón de hace unos años. Él es ‘bueno’ fuera y ‘malo’ cuando está en casa. Lane es un personaje esencialmente dual. En el trabajo se comporta de manera elegante y comedida, en casa pierde los estribos. Es un caballero inglés, pero necesita vivir en la sociedad norteamericana a toda costa. Para mantener esa fachada en el trabajo, y resolver los problemas de impuestos que le acechan desde Gran Bretaña, Lane también decide alterar la realidad a su antojo: se inventa una racha de bonanza económica para la agencia -en su favor, los números que le enseña Harry convierten su mentira en una verdad a medias- y consigue pagas extra para todos. El descenso a los infiernos de Lane comienza oficialmente al falsificar la firma de Don para cobrar su cheque antes de lo previsto, justo antes de que Mohawk prescinda de los servicios de SCDP por un tiempo indefinido y los jefes de la agencia renuncien a sus pagas en favor del resto de trabajadores. Lane se encuentra en un callejón sin salida, y esto va a acabar muy mal. Pero al menos va a pasar la navidad en Manhattan. Quizás Pryce tenga algo más claro que los demás lo que desea en la vida. El problema es que sus métodos para conseguirlo están fuera de control.

“Christmas Waltz” nos muestra además la nueva vida de Paul Kinsey -¿hacía falta?- que en su particular búsqueda de la felicidad, se ha convertido a la religión krisnaísta. Paul es un claro ejemplo de víctima de la sociedad del consumo, uno de los objetos de la crítica que realiza America Hurrah. El ex publicista rechaza el materialismo y se entrega a la vida espiritual. Pero resulta que ha escrito un guión de Star Trek. Las grandes decisiones en la vida de Paul han estado condicionadas por su relación con el presente, con lo moderno, y la reacción que desea provocar en los demás. Harry lo ha intentado, pero Paul siempre será el gran hipster de Mad Men. Al final, convertirse en Hare Krishna es un acto tan consumista como comprarse el Jaguar último modelo. Harry reconoce el problema de Paul y lo manda a Los Ángeles a perseguir su verdadero sueño, abandonando así el papel que, como de costumbre, se ha autoimpuesto. Así se nos confirma algo que veníamos sospechando desde el principio: quizás el secreto de la felicidad no se esconde en lo que uno quiere, sino en lo que necesita.

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Comentarios (1)

 

  1. Anónimo dice:

    You Can’t Always Get What You Want, but if you try sometimes, you get what you need

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