Revolver: Mad Men, “Lady Lazarus” (5.08)

La música siempre ha desempeñado un papel muy importante en Mad Men. Una semana antes del estreno de su quinta temporada, Matthew Weiner lanzaba un comunicado de prensa disculpándose a los periodistas que ya habían visto “A Little Kiss”. Estos le habían advertido de que había colado una canción cuyo lanzamiento era posterior a la fecha en la que tiene lugar el episodio. Las canciones que suenan en Mad Men forman una parte esencial del mecanismo narrativo de una serie que saca el máximo provecho de todos los elementos de la historia para explorar la psique de sus personajes. Por esto, un anacronismo musical puede romper la armonía de un relato que ha sido medido al milímetro y desde todos los ángulos posibles. Los temas musicales son escogidos siempre a conciencia para expresar las ideas centrales del episodio, o para especificar el estado emocional de unos personajes que rara vez nos contarán de primera mano qué les ocurre.

En “Lady Lazarus” retomamos una cuestión introducida oficialmente en “Tea Leaves” (5.03), la necesidad de adaptarse al presente, junto a la incertidumbre de un futuro muy difuminado. En aquel episodio, un concierto de los Rolling Stones servía de desencadenante. En este, los Beatles entran en escena para dar la bienvenida oficial a una nueva era. 1966 es el año que confirma la etapa experimental de la banda, sirviendo esto a Weiner para seguir ilustrando una historia ya de lleno inmersa en la psicodelia, las drogas y el caos existencial que define a esta una nueva generación -y que agita a las anteriores, y si no que se lo digan a Roger. Hay más color que nunca en Mad Men. Estampados cada vez más arriesgados y extravagantes, patrones geométricos inspirados en el arte pop, rayas, cuadros y flores, gabardinas de charol. La moda y la música de mediados de los 60 reflejan un momento emocionante y lleno de posibilidades en la vida de los protagonistas de Mad Men. Sin embargo, también plantea una cuestión que parece atormentar a algunos de ellos. Pero sobre todo a nosotros: “Quién sabe qué ocurrirá mañana”.

Megan Draper es un ejemplar prototípico de esta generación pop, a su vez influenciado -o lastrado- por la generación con la que convive: aleatoria, caprichosa y cambiante, pero determinada y talentosa. Resulta que la mujer de Don había estado interpretando un papel todo este tiempo. Su pasión por la farándula había pasado a segundo plano gracias al excelente trabajo desempeñado en la agencia de publicidad, lo que le había llevado a intentar convencerse de que ese era su lugar en el mundo. Pero se ha cansado de actuar solo para su marido y para todos sus compañeros de trabajo. Peggy se muestra inicialmente reticente a la decisión de su compañera. No comprende que abandone un puesto por el que ella tanto ha luchado. No obstante, comprende rápidamente que la marcha de Megan supone un acto de coraje comparable al suyo. Al fin y al cabo, y como dice Olson, puede que Megan sea buena en todo. Lo primero, en ser una mujer. Sin embargo, lo que ella quiere hacer es actuar bajo los focos de Broadway. Al menos hasta próximo aviso. Don, que se encuentra en un momento sereno y dichoso, apoya la decisión de su mujer, subsanando así los errores cometidos con Betty.

No sabemos qué deparará el futuro a este matrimonio, en especial si Megan logra triunfar en los escenarios. Por ahora, ambos se han comprometido a conservar la felicidad individual. Es un buen comienzo. Don aprende del pasado e intenta comprender el presente. “¿Desde cuándo la música es tan importante?”, pregunta. Megan responde “siempre ha sido importante”. A pesar de los episodios oscuros en su nueva vida, y de esa especie de premonición en forma de agujero de ascensor, Don se está esforzando por recuperar la chispa creativa, pero sobre todo por ser feliz. Y de hecho, lo es. Por eso sonríe más que nunca. En cambio, Pete Campbell nunca ha dejado de sonreír. Sin embargo, su sonrisa no es la misma de siempre en “Lady Lazarus”. Pete escapa de su vida de casado por la vía más temeraria. Es una bestia desatada. Quizás no sepamos qué va a ocurrir mañana en la vida del joven publicista, pero sí sabemos algo seguro sobre su futuro: tocará fondo. Solo espero que no sea de manera literal.

Lady Lazarus es un poema escrito por Sylvia Plath. Remitiéndonos a las palabras de la autora, Weiner nos habla del carácter cíclico en la vida de sus personajes, y resalta la gran importancia de este momento de cambio en Mad Men. Una oportunidad para algunos personajes de vivir una segunda o tercera vida -no temáis, tenemos hasta nueve-, después de haber visitado el Infierno y haber regresado de él. Muchos insisten en que Plath habla del suicidio en su Lady Lazarus. Si esta es la interpretación del autor de Mad Men, ya sabemos quién es el personaje que no resurgirá de sus cenizas.

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Comentarios (2)

 

  1. Sole dice:

    Genial. Como siempre. Muy buena la interpretación del poema en la serie, o mejor dicho, muy bueno tu análisis de esta interpretación, muy interesante.

  2. bvalvarez dice:

    Estupenda review del capítulo, un episodio que me pareció muy interesante en cuanto entronca con el tema principal de Mad Men (o al menos así lo creo yo): la identidad. Me parece especialmente relevante el caso de Don, que trata de adaptarse a ese mundo nuevo, y cómo Megan supone un poco el enganche que le ayuda a disminuir la tensión entre su “yo interno” y ese “yo social” que le pide el exterior en estos nuevos tiempos.

    Respecto a Pete, siempre me ha parecido un personaje realmente notable (y odioso), capaz de alcanzar grados de patetismo e infelicidad máximos. Sus paseos en el tren cada vez me recuerdan más a Revolutionary Road.

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