¡Eureka!: Mad Men, “At the Codfish Ball” (5.07)

En Sterling Cooper Draper Pryce saben exactamente cómo hacer su trabajo. Sin embargo, por mucho que esté en la naturaleza del ad man, hay ocasiones en las que vender humo se convierte en una tarea complicada. Pete es todo un experto en el arte del engaño (como para no serlo con lo que se esfuerza él). Se lo demuestra al padre francés y marxista de Megan en una breve pero magnífica escena durante la gala que tiene lugar en “At the Codfish Ball”. Emile Calvet (Ronald Gutter) le pregunta -condescendiente y belicosamente- qué es exactamente lo que hace en su trabajo diariamente. Campbell le responde con convincentes elogios que Emile se traga casi hipnotizado. Al final, Pete le dice “eso es lo que hago”. Emile se ríe -por supuesto, su pregunta iba dirigida a Don Draper, de quien no habría aceptado una respuesta así. En Sterling Cooper Draper Pryce se suele cerrar un negocio a base de camaradería masculina y peloteo de alto standing. A eso se dedican principalmente los mad men. Pero no siempre es suficiente. De vez en cuando, los hombres de la Avenida Madison se encuentran con clientes poco receptivos a sus trucos de magia. Una presentación exitosa es esencial, pero al final, lo más importante siempre es una buena idea. Y Megan Draper ha tenido una.

A lo largo de lo que llevamos de quinta temporada de Mad Men, la mujer de Don Draper nos ha dejado claro cuál es el futuro que quiere para ella. La hemos pillado a menudo en el despacho de Don, cuando este ha estado fuera incapacitado o ‘de servicio’. Y hemos visto aflorar a su Mr. Hyde en varios momentos en los que su marido la ha tratado como mujer trofeo -esos momentos en los que hemos visto emerger al Mr. Bateman de él. En “At the Codfish Ball”, Megan materializa su deseo de ser copywriter, hasta ahora solo eso, un deseo -o un capricho-, gracias a una gran idea que evita que la agencia pierda uno de sus clientes más importantes, Heinz.

La victoria es agridulce para la francesa, que empieza a dudar de la legitimidad de sus propios métodos. Hasta ahora, Megan ha sido la sombra de Peggy, Stan y Michael en la oficina, huyendo siempre que ha podido de la de su marido. Pero ha tenido una oportunidad de oro, una que no pudo tener Peggy en ningún momento, para demostrar que lo suyo no es solo cabezonería. Es talento natural -o “suerte del principiante”, ya lo veremos. Ante las felicitaciones de una Peggy que se atribuye parte del éxito de la Sra. Draper -porque lo necesita-, Megan se muestra insatisfecha, prudente, e incluso avergonzada: “no me quiero llevar todo el mérito”. En la gala, mientras Don recibe otro premio, el señor Calvet confirma las inseguridades de su hija, acusándole de estar usando a su marido para trepar profesionalmente. La francesa había estado evitando ese pensamiento hasta ahora. Asegura a su padre que esto no es su final, es su comienzo. Pero no hay convicción en sus palabras. Don ha pasado de ser su trampolín a principal obstáculo en su inmersión profesional. Haber tenido la idea para Heinz es lo de menos en un mundo que cuestionará por defecto sus métodos por el mero hecho de ser mujer, y en concreto por ser  una ‘esposa’. Sin embargo, Don no se siente amenazado por el éxito de su mujer, al contrario -de hecho, le pone muy cachondo. Mientras Ken Cosgrove chista a su mujer y Mr. Heinz acalla la opinión de su esposa, Don forma con Megan el tándem perfecto para llevar a cabo el pitch perfecto. Megan cede al sexismo del otro lado de la mesa, pero no porque crea que es su papel en la sociedad, sino porque son los gages del oficio. La Sra. Draper está lista para ser una ad woman, aunque ello conlleve deshacerse de un par de rocas en el camino -es eso o convertirse en sus padres.

“Cuando me pasó a mí, actuaron como si ocurriera a cada momento. Y no es así. […] Es un buen día para mí”. Con estas palabras, Peggy Olson felicita a Megan Draper tras su éxito con Heinz. Peggy ha superado las primeras fases de adaptación al mundo masculino de SCDP, y tiene otros problemas -en gran medida derivados de su vida profesional. Olson se ve reflejada en Megan, a pesar de que la mujer de Don no esté tan convencida de que sus casos sean similares. Peggy ascendió única y exclusivamente gracias a su talento y perseverancia. Megan se ha saltado unos cuantos pasos. Sin embargo, Peggy ve éxito, porque reconoce el talento, y porque la victoria de una es la victoria de todas. Y también porque, como decíamos, tiene otras cosas en la cabeza. Abe le ha pedido que se vayan a vivir juntos, en lugar de proponerle matrimonio. La desaprobación de su implacable madre -que le dice que si quiere compañía se compre un gato, y cuando este se muera, otro- es contrarrestada por una generosa y maternal Joan, que le abre los ojos: lo único que importa es que él quiera estar con ella, da igual cómo. Melancólica pero orgullosa de su amiga y ex protegida, Joan felicita sinceramente a Peggy -precioso abrazo entre las dos- y apunta otro tanto para su género. Es un buen día para Peggy. También para Megan y Joan, aunque no lo parezca.

Por último, en “At the Codfish Ball” -primer episodio de la temporada cuyo guión no viene firmado por Weiner- se sigue explorando la tumultuosa pubertad de Sally Draper, cada vez más inmersa en el “sucio” universo adulto en el que su padre habita -¿Betty Francis? ¿Quién es esa? No recuerdo a ninguna Betty. El vecino creepy de los Draper vuelve a escena. Primero pensamos que, después de todo, la amistad de los dos niños ha evolucionado hacia lo sano. Más tarde lo vemos a él, aparentemente desnudo con tan solo una chaqueta cubriéndolo, mientras conversa con Sally por teléfono. Perturbador, como siempre. Ella le ha llamado porque acaba de presenciar una felación de la madre de Megan (Julia Ormond) a Roger Sterling. Es inevitable. Tras la puerta número uno se encuentra la adultez de Sally Draper. Por mucho que su padre se empeñe en retrasarla, prohibiéndole que se maquille o que lleve botas altas, Sally lleva ya un tiempo observando lo que ocurre a su alrededor -de hecho, hace unos años Don le enseñaba a preparar copas para él. Y no hay marcha atrás ni frenos que valgan.

At the Codfish Ball” es uno de los números musicales que Shirley Temple interpreta en su película de 1936 Captain January -vale, ya me acuerdo de quién es Betty. En él, la mítica estrella infantil canta para un montón de hombres -marineros, para más señas- que están invitados al “Baile del Bacalao” y que se vayan con ella al fondo del mar. Sally Draper se ha vestido de mujer -Temple se viste de hombre la escena mencionada-, hasta Roger Sterling hace las veces de su pareja de baile, llevándole cocktails a la mesa -un Shirley Temple, por si no estaba claro. No obstante, la hija de Don Draper es aún demasiado pequeña para convertirse en adulta, incluso para fingirlo -le retiran el Shirley Temple antes de que se lo beba. Pero ya es lo suficientemente mayor como para darse cuenta de que a su alrededor todo es sexo.

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Comentarios (1)

 

  1. Alicia dice:

    El capítulo anterior me dejó tan preocupada que no pude ni siquiera comentarlo aquí, pero este me ha tranquilizado lo suficiente para poder hablar.
    Según vimos en “Far away places”, Peggy se está convirtiendo en una mad man (no creo que deba poner “mad woman”) con todos sus defectos. ¿Es que realmente es el ambiente lo que construye a una persona? Siempre hemos visto a una Peggy fuerte, con ideas propias, pero ahora nos han mostrado a una suerte de Hank Moody sin ningún tipo de control sobre sí misma.
    En “At the codfish ball”, solo hay que ver la cara de decepción que se le queda a Peggy al descubrir que Abe no le va a pedir matrimonio sino irse a vivir juntos, para ver que no está todo perdido. Esto no habla muy bien de la chica progresista que se supone que es Peggy, pero al menos su clasicismo, su educación cristiana y su “ser una mujer de su época” la salvan del autómata dedicado al trabajo en el que se puede convertir.

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