Teen Wolf: lobos depilados

El instituto es un infierno. Si estamos hablando de televisión, literalmente. La repercusión de la saga Twilight en las series orientadas al público adolescente y juvenil ha provocado un discreto resurgir de la aventura fantástico-romántica cuyas bases modernas podemos encontrar -cómo no- en Buffy, cazavampiros. Si la cadena CW explota el aspecto más gótico -y cursi- de este tipo de historias, solemnizándolas en exceso, MTV opta por la vía más camp y adapta (muy libremente) el clásico de los 80 protagonizado por Michael J. Fox, Teen Wolf –que en España se rebautizó apropiadamente De pelo en pecho. Así, la antigua televisión musical, ahora dedicada a otros menesteres -principalmente los reality shows-, desvía la atención de los omnipresentes vampiros, y propone una historia protagonizada por hombres lobo, que a primera vista puede antojarse vacua y estúpida -y probablemente lo sea- pero que quizás no debamos dar por sentado tan rápidamente.

Se trata de la clásica hipérbole monstruosa con la que el cine y la televisión ‘de género’ han representado la adolescencia en muchas ocasiones. La metáfora que relaciona el imaginario fantástico con las transformaciones físicas y emocionales propias de esta problemática etapa vital. El protagonista de Teen Wolf, Scott McCall (Tyler Posey), es un joven imberbe y socialmente alelado, pero con un cuerpo de infarto. De esta manera, la serie combina astutamente identificación y deseo sexual en su protagonista -que además ha aumentado considerablemente su masa muscular para los nuevos episodios. Después de ser mordido por un animal monstruoso en mitad de la noche, Scott comienza a experimentar cambios en su cuerpo. Y no hace falta que siga, ¿verdad? Los lugares comunes de este tipo de historias permanecen intactos, pero la propuesta de Teen Wolf resulta verdaderamente refrescante si conseguimos mirar más allá de su factura y sus pésimas interpretaciones -el casting debió hacerse por Tumblr. Durante su primera temporada, la serie no prescinde para nada del componente romántico, pero evita que este lastre la historia, y esto es lo que la distancia del resto de productos actuales pertenecientes al género. En su etapa de génesis, Teen Wolf es una aventura de acción sobre un chico que debe aprender a controlar sus pulsiones licántropas y en definitiva, a hacerse mayor. Una suerte de anger management para el adolescente.

I want a semi-freaking normal life (Scott)

Por mucho que sea posible encontrar en ella un discurso más elaborado del que cabía esperar, no podemos ignorar la verdadera naturaleza de esta hormonalmente desbocada fábula. Uno de los propósitos esenciales de Teen Wolf es satisfacer al público femenino. La proporción de descamisamientos azarosos por capítulo es enorme. Pero también existe un claro interés en el público homosexual, al que la serie se dirige constantemente mediante guiños, y aprovechándose de la evidente tensión sexual entre todos los protagonistas masculinos. Sin ir más lejos, Stiles (Dylan O’Brien) utiliza la atracción que Derek despierta en un compañero del instituto (Danny, único gay oficial entre gays extraoficiales), durante una jocosa escena en la que el lobo Beta (Tyler Hochlin) se desnuda una y otra vez delante de ellos. Ellas no están nunca presentes en ese tipo de momentos. Esto es cosa de chicos. La mirada gay cobra mayor importancia que la heterosexual femenina a medida que la temporada se desenvuelve. Y esto, además de ser una estrategia eficaz, supone todo un regalo para los escritores y escritoras de fan fiction.

A pesar de estar compuesta en un 90% de torsos masculinos rasurados y testosterona de mentira, Teen Wolf cuenta una historia, y además, no lo hace nada mal. La clásica relectura de La Bella y la Bestia es aderezada con algo que promete ampliar la mitología de la serie en su segunda temporada: Allison (Crystal Reed), la chica de Scott, descubre que pertenece a una casta de cazadores de hombres lobo -los Argent, original, ¿eh?-, lo que pondrá en peligro la relación. Atisbamos así para ella un futuro próximo como heroína de acción -ya la hemos visto manejar el arco como un prodigio sobrenatural-, opuesto al tradicional papel de damisela en peligro del que ella, por cierto, reniega. Por otro lado, el mejor amigo de Scott aporta la comedia necesaria para rebajar el componente trágico y grandilocuente de la historia romántica. Sidekick de manual, Stiles es todo un geek –O’Brien es el único intérprete de la serie a tener en cuenta. Aporta la autoconsciencia imprescindible en este tipo de productos, y es el encargado de salpicar los diálogos con referencias a la cultura popular -muy facilonas todas, eso sí. El tercero en discordia -recordemos, ellas por ahora no importan tanto-, es Derek, otro hombre lobo, misterioso, melancólico y sin sentido del humor, una especie de Angel -con mucho más gimnasio a sus anchas espaldas que el personaje de David Boreanaz- que acecha al protagonista, al principio como amenaza, más tarde como aliado. La trepidante recta final de la primera temporada de Teen Wolf genera alianzas, pone relaciones en peligro y prepara el terreno para una segunda entrega cargada de acción y saturada de criaturas monstruosas -si no te han mordido no eres nadie.

Con una textura digital que resalta la paleta de colores fríos, cámara epiléptica e iluminación natural con -a ratos horrorosos- retoques digitales, Teen Wolf se presenta como un cruce entre las mencionadas Crepúsculo, Buffy y también Friday Night Lights. El lacrosse, que sustituye al baloncesto del filme original, forma una parte importante de la historia, y el tratamiento realista de este y otros aspectos de la serie recuerdan a la de Peter Berg. Por otro lado, no cabe duda de que se trata de una producción de MTV, tanto por el uso de la música como por la ingenua realización noventera. Teen Wolf maneja con cierta soltura varios géneros, y aunque en ninguno de ellos logra deshacerse de su sambenito camp -la ejecución falla en general y no podemos evitar pensar “cutre” en todo momento-, nos brinda momentos de lucidez que elevan la apreciación del conjunto: ya sea a través de una escena de acción muy bien coreografiada, un momento terrorífico que provoca miedo de verdad o un diálogo inteligente que nos pilla desprevenidos. Eso es, en Teen Wolf hay vida más allá de los hombres semidesnudos colgados de los árboles, atados a lo sadomaso o pillados en el vestuario del instituto. Quizás no me creáis, pero es mejor no comérsela de vista.

 

La segunda temporada de Teen Wolf se estrena el 3 de junio en MTV (USA). Dadle un bocado y ya me contaréis qué tal.

Juana sin arco: Mad Men, “The Other Woman” (5.11)

Como un líder militar preparando a sus tropas para la lucha, o mejor aún, como si fuera un súper héroe llevando a su séquito hacia la batalla final, Don Draper lanzaba un discurso motivacional para los empleados de Sterling Cooper Draper Pryce en los últimos minutos de “Christmas Waltz”. Con sus palabras daba comienzo oficialmente la recta final de la quinta temporada de Mad Men. Era la promesa de un ‘Apocalipsis’ que ha llegado incluso antes de lo que esperábamos. En “The Other Woman” ocurre algo que sabíamos que tarde o temprano pasaría -pero que no por ello resulta menos devastador. Y algo que ni en un millón de años imaginábamos que podría suceder. Todo en un insoportablemente intenso y desarmante episodio que confirma -una vez más- por qué Mad Men es lo mejor que le ha pasado a la televisión en mucho tiempo.

La agencia de publicidad de la calle Madison vive un (otro) momento decisivo para su futuro. Obtener la cuenta de Jaguar supone recuperar el esplendor económico de la empresa y la oportunidad de ponerse a la cabeza del negocio. Para conseguirlo, no solo harán falta muchas horas de trabajo y las mejores ideas. Prostituir a Joan Harris es una pieza clave en la decisión de Jaguar. Uno de los jefes de la compañía se prenda de la pelirroja e informa a Ken y Pete de que pasar una noche con ella inclinará la balanza hacia el sí. Cosgrove descarta la idea automáticamente. Campbell, desprovisto de todo juicio moral y dispuesto a manipular a todos para conseguir la cuenta, procede a negociar el precio de Joan. Se aproxima a ella desde varios ángulos, y desde todos se nos presenta como un grandísimo cerdo -si antes creía que Pete tenía todas las papeletas para caer por la ventana, ahora además lo deseo con todas mis fuerzas. La proposición indecente de Herb nos da la oportunidad de ver a los socios de SCDP al desnudo. Roger se escandaliza ante la idea, pero se calma cuando Pete les informa de que Joan ha accedido. Ella siempre ha estado al mando y si ha tomado esa decisión, no hay nada más que decir -aunque no olvidemos que Joan está criando a su hijo sin contar con su ayuda, y esto puede provocar que Sterling mueva ficha al respecto. Bertram deja las grandes decisiones en manos de los demás, pero no sin manifestar su descontento con el asunto (“Let her know she can still say no”). Y Don demuestra que Pete podrá llegar a ser una sombra del antiguo Don Draper, pero ni en un millón de años podría parecerse al actual.

La total y absoluta falta de escrúpulos de Pete se opone al profundo respeto que Don profesa a Joan -en el episodio anterior descubrimos que parte de este respeto era en realidad miedo. La negativa de Draper ante la inaceptable proposición de Herb y su reacción a la escandalosa postura de Pete no provienen únicamente de su aprecio por Joan, sino que son además una señal de esa nueva modalidad de respeto hacia el género femenino que está poniendo en práctica. Lo comprobamos también en Casa Draper. Cuando Megan plantea la posibilidad de marcharse tres meses para actuar en una obra de teatro, Don responde con un implacable e impulsivo “no”. Megan pierde los estribos una vez más. Y Don opta por escucharle, entenderle, y solucionar el conflicto. La clave del éxito del nuevo matrimonio Draper es la comunicación, una práctica que Don nunca realizó con Betty. ¿Será posible que estos dos tengan más futuro del que vaticinábamos?

Volviendo a la prostitución de Joan, esto supone una nueva inversión para SCDP que amenaza con destapar el fraude que Lane está llevando a cabo para librarse de sus cadenas inglesas (las que no son su mujer). Lane es otro tipo de cerdo. Sin embargo, no es eso lo que nos preocupa por ahora. La pérdida de dignidad de Joan Harris, obviamente, es lo que nos ha dejado con el corazón en un puño, y con un puñal en el estómago… y como si nos hubieran pasado un cortacésped por el pie. ¿Quién nos iba a decir que algo así sería posible? ¿Qué le ha pasado a Joan? Porque resulta muy fácil poner en tela de juicio a Pete Campbell, y elogiar a Don Draper por su caballerosa actitud, y sin embargo es Joan la que acaba aceptando la proposición, y además, sin darle demasiadas vueltas. Pero, ¿es tan sencillo como eso? No lo creo. Ser testigos de su degradación es una de las experiencias más desconcertantes y perturbadoras que Mad Men nos ha ofrecido hasta la fecha. Y la debacle moral de Joan plantea muchas cuestiones.

A lo largo de sus trece años de servicio a la agencia, Joan ha sido una pieza valiosa y esencial. En un mundo en el que la mujer carece de oportunidades laborales y es reducida constantemente a objeto, Joan ha conservado su influencia y su liderazgo -precisamente gracias a asumir y aprovechar esas presunciones sobre su género. Por ello, es difícil aceptar el hecho de que se preste ¿voluntaria? para algo tan atroz. No obstante, los motivos de Joan podrían ser varios: ha decidido criar ella sola a su hijo y va a necesitar mayores ingresos; además, ser socia de la compañía le otorgará por fin un puesto que es suyo por derecho propio. Por otro lado, SCDP ha traicionado vilmente sus años de dedicación, y es probable que Joan actúe movida por la más lacerante de las decepciones. Y al fin y al cabo, puede que simplemente esté cumpliendo con lo que ella cree que es su deber. Don Draper visita a Joan en su apartamento para hacerle saber que no tiene por qué seguir adelante, que prefiere perder a Jaguar antes que permitir que ella se rebaje de esa manera, y que, al contrario de lo que Pete el rastrero le haya podido dar a entender, él no ha formado parte de la trata de blancas de SCDP. Sin embargo, su príncipe azul llega tarde -él no lo sabe, y nosotros al principio tampoco. En la mirada de Joan vemos que si Don hubiera llegado antes, quizás ella no habría acudido a su cita con Herb. Tan solo necesitaba una señal de que no estaba todo perdido. Joan acaricia el rostro de Don en muestra de agradecimiento -y de orgullo por él- y se refugia en el consuelo de saber que alguien en esa agencia la respeta de verdad.

Que Don se comporte como un gentleman, y que ahora además lo sea, no quiere decir que vaya a apreciar a Peggy Olson en la oficina como ella merece. Don la trata como si fuera un empleado más de la agencia -aunque todos, incluida Peggy, sabemos que es mucho más que eso para él-, y la creativa ha decidido que ya es hora de alzar el vuelo, de una vez por todas. “The Other Woman” concluye con la despedida de Peggy, que ha aceptado una oferta para trabajar con la competencia. Ella entiende que no se le permita formar parte del equipo de Jaguar por el hecho de ser mujer. Los negocios son así. Y aunque duela, ese no es el problema principal. Peggy no quiere dinero -y mucho menos si se lo tiran a la cara-, su decisión no es una afirmación esencialmente feminista. Lo que ella necesita es seguir creciendo. Y Don, por mucha admiración que sienta por ella -no la verbaliza, pero sabemos que está ahí-, no le deja crecer. En un precioso gesto que simboliza ese nuevo respeto hacia la mujer del que hablábamos antes, pero sobre todo, la enorme admiración que siente por su ‘protegida’, Don besa la mano de Peggy, que se marcha de Sterling Cooper Draper Pryce habiéndose convertido en una verdadera mad woman. Es más, habiéndola creado.

El friki dominará la Tierra: Diez geeks televisivos

El 25 de mayo de 1977 se estrenó en Estados Unidos La guerra de las galaxias, probablemente la película que más ha contribuido a definir el paradigma, y también el estereotipo del geek. Obsesionado por el objeto cultural en cuestión, ávido coleccionista y siempre dispuesto a disfrazarse. Socialmente introvertido, de mente enciclopédica y empollón por naturaleza. Algo repelente, románticamente impedido e infantil. Así ha sido el friki hasta al menos hace una década. A pesar de que el cine y la televisión de los últimos veinte años han modificado estos lugares comunes, se sigue insistiendo en esta figura lastimera que sin embargo es profundamente feliz gracias a su afición. El frikismo ha derivado en multitud de variantes, ‘normalizando’ así al geek -mirad por ejemplo a Phil Coulson, el respetado agente de S.H.I.E.L.D., coleccionista de tarjetas de súper héroes en Los Vengadores, fanboy de Capitán América y gran apasionado de lo vintage, como hemos comprobado en Agentes de S.H.I.E.L.D. Sin embargo, se ha producido una enorme desvirtuación del calificativo friki –ya de por sí bastante feo-, pasando a ser adjetivo comodín para cualquiera que manifieste un mínimo interés o conocimiento sobre la cultura popular.

Desde 2006 se viene celebrando en España el Día del Orgullo Friki, coincidiendo con la fecha del estreno de la película de George Lucas (y digo yo, ¿por qué no se escogió el día del estreno en España? ¿Porque en noviembre es más complicado que ellas se pongan el bikini de Leia?) El evento, creado por Germán Martínez, goza de gran repercusión en Internet, aunque también se organizan actividades en las calles (la Plaza de Callao en Madrid es el centro neurálgico friki) y las tiendas de cómics. El Día del Orgullo Friki ha trascendido al resto del mundo, y en concreto a Estados Unidos, donde también se celebra el Geek Pride Day (ah, pues visto así, bien pensado lo de la fecha).

A partir de la década de los 90, el geek se obsesionaba cada vez más por la ficción televisiva. Pero la televisión ya llevaba muchos años generando productos que hoy en día son fetiche para el friki más ducho. Los 60 suponen una revolución de la ciencia ficción en la televisión norteamericana, con antologías fantásticas y de terror cosechando gran éxito entre la audiencia: Dimensión desconocida, Rumbo a lo desconocido, Alfred Hitchcock presenta. Star Trek pone los cimientos de la serie de aventuras y sci-fi en los que se basará toda la ficción de género posterior. Sin embargo, todas estas obras no estaban dirigidas al adulto que hoy conocemos como friki, sino más bien a la audiencia infantil -he ahí la clave. Con el auge de Internet a mediados de los 90, las nuevas series televisivas de género volvían a causar impacto en los espectadores geek, que encontraban en la red un lugar para socializar y discutir hasta el más mínimo detalle las series de mayor repercusión en este nicho de audiencia. Expediente X o Xena son dos de las series que mejor aprovecharon las posibilidades que brindaba Internet a la comunidad. Como resultado de la evolución de Internet y la eclosión de la ficción televisiva moderna, a día de hoy, el geek televisivo no solo venera productos adscritos a la ciencia ficción -aunque es y será el género que más pasiones frikis despierta.

La figura del geek ha gozado de una gran representación en la ficción seriada más reciente. Si hace unos años, una serie no podía prescindir de un personaje gay, ahora es raro que no haya al menos un geek en el reparto. Ya sea ridiculizándolos, o convirtiéndolos en vehículos de identificación para el espectador, los frikis de las series no pueden faltar. Este es un repaso -personal y sin orden más allá del cronológico- a los frikis catódicos de los últimos veinte años. Podéis usar la sección de comentarios para ampliar la lista a vuestro antojo.


Minya (Xena, la princesa guerrera)

Después del impacto en la audiencia mundial de la primera temporada de Xena, la princesa guerrera, la serie se convirtió en una oda continua a los fans. En el episodio “A Day in the Life” (2.15) aparecía Minya, una admiradora de Xena, tanto por sus dotes para la lucha como por su innegable magnetismo sexual. Así, Minya representaba de manera general a todo el fandom de Xena, pero hilando más fino, reconocíamos en ella a la fan lesbiana que en gran medida condicionó la evolución de la serie. Allá por la sexta temporada (la última), Xena multiplicaba considerablemente sus referencias a la audiencia, suponiendo la carta de amor definitiva a los fans, a los que llega a incluir directamente en sus tramas. En “Send in the Clones” (6.16), por ejemplo, un trío de geeks de la era moderna clonan a su heroína televisiva favorita a partir del ADN de la verdadera Xena.

Eric Forman (That ’70s Show)
El protagonista de Aquellos maravillosos 70 responde perfectamente al estereotipo de friki que he descrito en el primer párrafo de esta entrada. Es el geek por antonomasia, pero con un giro: en este caso, el friki se lleva a la chica más guapa. Eric es enclenque, se comporta de manera extraña en situaciones sociales -las que ocurren fuera de su sótano- y está obsesionado con Star Wars. A menudo aplica las filosofías de la película a todos los aspectos de su vida. Colecciona G.I. Joes y figuras de La guerra de las galaxias, además de construir maquetas de las naves de la película. Entre muchas otras, esta suele ser la razón por la que acaba siendo el hazmerreír de sus amigos, que identifican sus actividades como infantiles. No obstante, Eric Forman demuestra que es posible obsesionarse con el sexo y los muñecos a partes iguales.

Sam Weir, Bill Haverchuck y Neal Schweiber (Freaks and Geeks)
Parece haber un patrón en esto del universo friki televisivo. Los geeks van de tres en tres. Sam, Bill y Neal son tres impedidos sociales a principios de los 80. Como ocurre con Eric Forman, la influencia de Star Wars -y en un importante segundo plano, Star Trek– define sus vidas a grandes rasgos. El instituto para ellos es un campo de concentración, y aunque traten de imitar ocasionalmente a sus héroes, siempre serán víctimas de bullying. Sin embargo, en casa disfrutan de una felicidad que les aísla de sus problemas en McKinley High. Ya sea jugando a Dragones y Mazmorras, con la nueva Atari, o discutiendo sobre sus personajes favoritos, Sam, Bill y Neal crean una capa protectora a su alrededor que les ayudará a salir vivos de la experiencia en secundaria.

Xander Harris y el Trío (Buffy, cazavampiros)
Aficionado a los cómics de súper héroes y alivio cómico oficial de Buffy, cazavampiros, Xander Harris es el personaje que más referencias directas a la cultura popular realiza en las primeras temporadas de la serie de Joss Whedon. Xander supone además un caso de representación que se repetirá en casi todos los trabajos del autor. Harris es Whedon. Ocurrirá con otros personajes de otras series, que servirán al creador para aportar tintes autobiográficos a la obra -los frikis se hacen con la industria. Xander es principalmente un friki de los cómics. A través de él, Whedon realiza reflexiones en segundo plano sobre la naturaleza de los súper héroes. La población geek de Buffy se completa con el Trío, Warren, Jonathan y Andrew, personajes secundarios que forman una alianza maquiavélica con el propósito de destruir a la cazavampiros en la sexta temporada de la serie. Las referencias a la cultura pop por minuto se multiplican exponencialmente y la serie acumula más guiños que nunca.

Seth Cohen (The O.C.)
El jefe geek de Orange County es una fusión del friki clásico con el hipster actual. Es el eslabón perdido del frikismo moderno. Obsesionado con los cómics y el cine japonés, y románticamente torpe, Cohen es además un aficionado de la música indie (su grupo favorito es Death Cab for Cutie) y viste según los dictados de este movimiento. El carácter altamente autorreflexivo de O.C. se refleja principalmente en este personaje, que además incorpora completamente el elemento meta. Seth nos habla constantemente de lo que ocurre dentro y fuera de la serie, representando al apasionado -al menos durante su primera temporada- espectador de O.C. Y aunque no sea más que un producto de márketing, una fabricación no del todo realista, Seth Cohen somos todos.

Roy y Moss (The IT Crowd)
Con su carácter altamente paródico y esperpéntico, The IT Crowd lleva a sus protagonistas geek, Roy y Moss, a las últimas consecuencias. Ambos trabajan como informáticos en una empresa y responden al estereotipo de computer nerd. Su oficina está decorada como si fuera la habitación de un adolescente -como la suya, vamos-, repleta de pósters y figuras. Se puede jugar a identificar todos los objetos -si lo hacéis, descubriréis desde figuras basadas en personajes de Daniel Clowes hasta un póster de Dr. Horrible. De los dos, Moss es el personaje más extremo. Mientras Roy aspira a alcanzar cierta “normalidad”, Moss habita en un universo extraño que le hace parecer un alienígena intentando aprender a vivir en la tierra.

Chuck Bartowski (Chuck)
Chuck es quizás una prolongación natural de Seth Cohen -no en vano, ambos son creaciones del productor Josh Schwartz. Se trata de un treintañero que trabaja en la sección de asistencia técnica de la cadena Buy More (parodia de la norteamericana Best Buy), tras haber sido expulsado de la universidad por culpa de su mejor amigo. Schwartz idealiza de nuevo la figura del geek, llevándolo a las últimas consecuencias: Chuck Bartowski es un héroe nerd, literalmente. Así, la vida de Chuck pasa de devorar películas hasta la madrugada a llevar a cabo misiones de vida o muerte para el gobierno. Como Eric Forman o Seth Cohen, Chuck se lleva a la más guapa, alimentando así otro lugar común en este tipo de personajes. Un canto a la esperanza para todos los frikis del mundo.

Sheldon Cooper, Leonard Hofstadter, Howard Wolowitz, Raj Koothrappali (The Big Bang Theory)
El cuarteto protagonista de The Big Bang Theory es quizás el grupo de frikis más famoso de la televisión actual. Prodigios científicos e informáticos, los compañeros de piso Sheldon y Leonard, y sus dos amigos Howard y Raj, se abren camino en un mundo irracional e impulsivo, haciendo uso de la lógica y las matemáticas. Un desastre. Las astronómicas audiencias de la comedia de CBS demuestran que el friki es un personaje popular para el público mainstream. Estos personajes son el Steve Urkel del siglo XXI. ¿Se están riendo de nosotros?

Abed Nadir (Community)
Hace poco lo proclamé en este mismo blog como “el personaje más meta de la historia de la televisión”. Abed Nadir contiene en gran medida la esencia de la serie de Dan Harmon: ese profundo amor por la cultura popular -inabarcable y nada discriminatorio-, el uso de la televisión para comprender la vida real, y el compromiso absoluto con la obra que se adora -o que se crea. Abed, junto a Troy -personaje que comenzó como jock y ha evolucionado hacia el frikismo total influenciado por su mejor amigo-, es el enlace entre el espectador y la obra, el que todo lo ve y todo lo sabe. Una referencia con patas. Abed es el geek posmoderno, un robot de vastísima memoria interna que supone la evolución más avanzada del friki hasta la fecha.

Felicia Day
Y no puedo acabar esta entrada sin hacer mención a la princesa geek. Felicia Day se dio a conocer como una de las cazavampiros de la séptima temporada de Buffy, y desde entonces ha desarrollado una personalidad pública basada en el frikismo que le ha llevado a convertirse en una súper-celebridad en Internet. Oponiéndose a la pasividad del geek sedentario, Felicia se ha propuesto construir un emporio dirigido a los que son como ella. Su objeto de culto es principalmente el videojuego. Los personajes de su popular webserie The Guild participan en un MMOG (juego multijugador masivo en línea) y recientemente ha desarrollado un spin-off de Dragon Age para Internet y plataformas de videojuegos. En televisión la hemos visto explotando su imagen geek con personajes en series como Eureka -en la que hace de científica nerd– o Supernatural -interpretando a una hacker informática. Felicia lo tiene claro: el mundo se ha vuelto friki.

Menciones especiales: Marshall Flinkman (Alias) Topher Brink (Dollhouse), Seymour Birkhoff (Nikita), tres personajes cortados por el mismo patrón. Prodigios técnicos, científicos e informáticos, nerds al servicio de grandes organizaciones gubernamentales, que ayudan a salvar el mundo sentados frente a sus ordenadores. Estos tres personajes encuentran su origen en los Lone Gunmen de Expediente X, y cuentan con una nueva encarnación en Leo Fitz de Agents of S.H.I.E.L.D. Otros frikis de la tele: Dwight Schrute (The Office), fan a muerte de Battlestar Galactica; Ben Wyatt de Parks and Recreation, que al principio ocultaba su naturaleza geek, pero acabó dando rienda suelta al friki que todo el mundo sabía que llevaba dentro; Hiro Nakamura, fan del universo de los tebeos, muy importante en su serie, Héroes; Paul y Mac de The Fades, fans de los cómics, el terror y la literatura fantástica, sobre todo la de Neil Gaiman; Tina Belcher de Bob’s Burgers, fan de los caballos y la serie The Equestranauts (Parodia de My Little Pony: Friendship Is Magic), y escritora de fan fiction (mitad erótico, mitad de zombies, y siempre protagonizado por ella);  El Rey Hielo de Hora de aventuras, también autor de fan fiction y coleccionista de princesas; Ted Mosby y Barney Stinson de How I Met Your Mother, apasionados de Star Wars, hasta el punto de juzgar a sus conquistas basándose en si han visto la saga o no; Y por supuesto, el Comic Book Guy de Los Simpson, quizás el mayor epítome del frikismo en televisión.

Hip, hip, hurra: Mad Men, “Christmas Waltz” (5.10)

La búsqueda de la felicidad puede ser una tarea agotadora. Incluso cuando uno cree haberla alcanzado, cambia de lugar. A veces se transforma completamente en lo opuesto a lo que necesitábamos. En otras ocasiones, se nos arrebata sin piedad, obligándonos a encontrar una nueva vía hacia ella. La búsqueda de la felicidad es una estupidez, pero es la estupidez que, en gran medida, nos motiva a continuar. Por lo tanto, nunca será en vano. Así les ocurre a los personajes de Mad Men. Con excepción de Joan Harris, que ya no puede más. Ella está a punto de recuperar el “Holloway”. Nosotros disfrutamos de la inconmensurable Joan durante más de un minuto esta temporada. Por fin. El personaje de Christina Hendricks tira la toalla después de que su marido le haga llegar a la oficina una demanda de divorcio. En el caso de Joan, antes de la calma llega la tormenta. No estamos acostumbrados a ver a Joan perder la compostura. Incluso cuando le rompió un jarrón en la cabeza al doctor Harris mantuvo la serenidad -la cálida frialdad- que la caracteriza. Pero todos tenemos un límite, y Joan ya ha aguantado demasiada mierda con su marido-figura-de-acción. Lo paga con la recepcionista rubia: “Surprise! There’s an airplane here to see you” entra por derecho propio en los anales de la televisión. Un one-liner que nos proporciona uno de los momentos cómicos más histéricos de Mad Men, aunque sea a costa de nuestra querida Joan.

Don Draper acude al rescate de una desarmada Joan, que ¡hasta se ha despeinado! después del colapso nervioso en recepción. La protege con su chaqueta y se la lleva a probar un Jaguar y después a un bar. El nuevo Don pasa a representar la quintaesencia del caballero, un galán wilderiano que levanta faldas poniéndose el sombrero, pero que se marcha a casa con su mujer, dejando a su amiga sola (libre) en el campo de batalla -“I like being bad and going home and being good”. A pesar de la reticencia inicial de Joan, Don logra mostrarle que no es el fin, en una escena que desborda química y sensualidad, y que explora el origen del respeto mutuo que se profesan estos dos personajes. No es el hombre que hay al otro lado de la barra, o que recuerde el hecho de que ella fuera criada para ser admirada -no hace falta que lo jures, Joan-, es la recién hallada felicidad de Don lo que inspira a Joan a continuar. Pero ella no sabe que las fisuras en el matrimonio Draper comienzan a transformarse en grietas. Joan aporta la clave en su conversación con Don: “El único pecado que [su esposa] ha cometido es ser familiar”.

Si la vida de Don hasta el momento ha sido, casi íntegramente, un constructo fabricado por él mismo, no hay nada que nos impida pensar que se esté llevando el trabajo a casa una vez más -aunque sea inconscientemente. El problema es que su nueva mujer no está dispuesta a interpretar un papel en este anuncio. Al regresar a casa muy tarde y sin haber avisado, Don se encuentra con una enfurecida Megan que le reprocha haberle preparado la cena para nada. Inicialmente, Don cree que la ira de Megan forma parte de sus juegos de alcoba. Las peleas domésticas no son para él indicio de que exista un problema, se han convertido más bien en combustible para su vida sexual en pareja. Pero el conflicto entre estos dos empieza a arraigarse. El origen más inmediato de la crisis entre Megan y Don es la obra de teatro a la que ella lleva a su marido. Se trata de America Hurrah, una sátira escrita por Jean-Claude van Itallie, representada por primera vez en Nueva York en 1966. La obra supone una ‘muy actual’ crítica a la nueva sociedad norteamericana basada en el consumismo, y como es lógico, realiza un sangrante comentario sobre el papel de la publicidad en el ‘nuevo mundo’. ¿A quién se le ocurre, Megan? Don se muestra ofendido por el autor de la obra -y en consecuencia, por su mujer, que la ha escogido-, y esto lleva a que ambos se cuestionen una vez más si son felices haciendo lo que hacen. Como Don le dice a Joan en el bar, refiriéndose al hombre de la barra: “Él no sabe lo que quiere”.

Lane Pryce es el caso opuesto al Don Draper irresistible y cabrón de hace unos años. Él es ‘bueno’ fuera y ‘malo’ cuando está en casa. Lane es un personaje esencialmente dual. En el trabajo se comporta de manera elegante y comedida, en casa pierde los estribos. Es un caballero inglés, pero necesita vivir en la sociedad norteamericana a toda costa. Para mantener esa fachada en el trabajo, y resolver los problemas de impuestos que le acechan desde Gran Bretaña, Lane también decide alterar la realidad a su antojo: se inventa una racha de bonanza económica para la agencia -en su favor, los números que le enseña Harry convierten su mentira en una verdad a medias- y consigue pagas extra para todos. El descenso a los infiernos de Lane comienza oficialmente al falsificar la firma de Don para cobrar su cheque antes de lo previsto, justo antes de que Mohawk prescinda de los servicios de SCDP por un tiempo indefinido y los jefes de la agencia renuncien a sus pagas en favor del resto de trabajadores. Lane se encuentra en un callejón sin salida, y esto va a acabar muy mal. Pero al menos va a pasar la navidad en Manhattan. Quizás Pryce tenga algo más claro que los demás lo que desea en la vida. El problema es que sus métodos para conseguirlo están fuera de control.

“Christmas Waltz” nos muestra además la nueva vida de Paul Kinsey -¿hacía falta?- que en su particular búsqueda de la felicidad, se ha convertido a la religión krisnaísta. Paul es un claro ejemplo de víctima de la sociedad del consumo, uno de los objetos de la crítica que realiza America Hurrah. El ex publicista rechaza el materialismo y se entrega a la vida espiritual. Pero resulta que ha escrito un guión de Star Trek. Las grandes decisiones en la vida de Paul han estado condicionadas por su relación con el presente, con lo moderno, y la reacción que desea provocar en los demás. Harry lo ha intentado, pero Paul siempre será el gran hipster de Mad Men. Al final, convertirse en Hare Krishna es un acto tan consumista como comprarse el Jaguar último modelo. Harry reconoce el problema de Paul y lo manda a Los Ángeles a perseguir su verdadero sueño, abandonando así el papel que, como de costumbre, se ha autoimpuesto. Así se nos confirma algo que veníamos sospechando desde el principio: quizás el secreto de la felicidad no se esconde en lo que uno quiere, sino en lo que necesita.

House – “Everybody Dies” (Series Finale)

Greatest Hits

Como bien sabéis, todo comenzó en 2004. Perdidos, Mujeres desesperadas, Anatomía de Grey y House. Los cuatro puntales de la ficción seriada en abierto. De la primera nos despedimos, entre llantos y protestas, hace dos años. Las lágrimas tras el adiós a las desesperadas aún no se han secado. Y Shonda Rhimes, que es caso aparte, dice que su serie durará hasta el infinito y más allá. FOX dio el alta al doctor Gregory House anoche, en un episodio final que no solo reunía a un puñado de caras conocidas que ya no formaban parte del reparto -¡Zorra Implacable!-, sino que compendiaba correctamente todos los temas que han definido y (des)orientado el transcurso de la serie. “Everybody Dies” -simpático juego de palabras- es un recopilatorio de los motivos y argumentos que han estado presentes a lo largo de estos ocho años. Se trata de la habitual sensación de déjà vu, pero con la diferencia de que esta vez sabemos que la tuerca no se va a seguir girando. Un último caso para el doctor House que transcurre como los demás, pero que supone la verdadera oportunidad para escapar de sí mismo. Como debe ser.

La recta final de la serie se ha concentrado acertadamente en la amistad entre House y Wilson. El impacto de Cuddy en la vida del doctor ha disminuido -la presencia de la antigua jefa de House se limita a una mención a su nombre- y es Wilson, como mayor constante en la vida de Greg, el que condiciona sus últimos momentos. “Everybody Dies” es un episodio que ya hemos visto antes, como suele ocurrir con House –en especial a lo largo de esta última temporada de casos clónicos y ausente evolución de personajes. Sin embargo, los dilemas morales y las encrucijadas psicológicas cesan por fin, para siempre. El cambio en House no es tan obvio como el de otros protagonistas de las series longevas que tocan a su fin. El doctor se reafirma en sus convicciones y nos hace ver que siempre será House. Vivo o muerto.

Como ha sido habitual a lo largo de todos estos años, las vidas de las personas a su alrededor han potenciado el carácter imposible e intransferible de House -es para lo único que han servido los secundarios. Enfrentado por enésima vez a sus fantasmas, aquellos que le muestran las posibles salidas para huir de su tormento -el amor, la emoción de resolver un caso imposible, salvar vidas-, House opta por la muerte. Pero es una muerte fingida, un plan maestro no solo para evitar la cárcel, sino también para mudar la piel y empezar de nuevo. No lo hace por él, no es una vía hacia la redención -o al menos no es ese el objetivo principal-, lo hace por su mejor amigo. Es el momento de pagar a Pepito Grillo por sus años de servicio como conciencia. Y qué mejor regalo que su propia vida.

Todo el mundo miente, la muerte es aburrida, sálvese quien pueda. Nada de eso cambia. Sin embargo, el doctor comprende -gracias al fragmento de su personalidad en forma de Cameron- que lleva toda la vida anteponiendo su capacidad de resolver los enigmas médicos más complicados a cualquier otro aspecto de su vida, y utilizándolos para buscar la salida fácil, la más egoísta y cobarde. Ante esta revelación, House se levanta y atraviesa las llamas, dispuesto a iniciar una nueva vida. Para nuestra sorpresa, el destino le tiene preparado otro final. Pero resulta que House tenía cogido al destino por los huevos. A él y a los espectadores, porque al final, a pesar de la sesión de terapia psicológica a la que se suele someter al protagonista, y de los propósitos que este se plantea, siempre será él el que emita el único diagnóstico válido. Entonces, las moralejas servirán para bien poco. Y quizás ese sea el mensaje final de House: ocúpate de tu vida, que es bien corta, y no intentes solucionar la de los demás. O no. Nunca ha estado del todo claro. Puede que la verdadera conclusión que sacamos de todo este sea que nunca se nos ha intentado dar una lección sobre la vida con esta serie. Lo único que sabemos es que House ha tenido siempre el control absoluto de esta historia, y es así como todo acaba. Entonando el carpe diem, y despidiéndose del Princeton-Plainsboro con ‘la gran broma final’, House y su querido Watson Wilson toman la carretera, plantando cara al futuro en lugar de salir corriendo. A vivir, que son cinco meses.

Un muñeco de nieve en la playa: Mad Men, “Dark Shadows” (5.09)

Los vampiros de Sterling Cooper Draper Pryce deambulan a plena luz del día. El mundo de los creativos se ha convertido en un lugar más exigente y competitivo, un campo de batalla en el que uno debe luchar o morir. Se trata de la supervivencia del más apto. Los nuevos talentos amenazan con desterrar del trono a los reyes de la Avenida Madison, pero el negocio publicitario requiere algo más que buenas ideas para eliminar a la competencia.

En “Dark Shadows”, después de echar un vistazo al portafolios de Michael Ginsberg, Don Draper cae en la cuenta de que desea recuperar la chispa creativa. Definitivamente, y a toda costa. Ginsberg tiene una idea para la campaña de SnoBalls -bolas de hielo inyectadas con sabores variados-, y es una buena idea. Sin embargo, a Don se le ha ocurrido otra, una algo más endeble -puesto que no va dirigida al nicho de mercado objetivo del producto. La confianza del nuevo copywriter no merma la de un jefe en horas bajas. Al contrario, solo sirve para que Draper se reafirme en su posición de poder. Ginsberg recita prepotente e inconsciente dos versos del famoso poema Ozymandias, de Percy Bysshe Shelley, en el que el autor habla del declive de los que un día fueron soberanos de grandes imperios. No obstante, Michael no recuerda el resto del poema, y declara muertos a los reyes antes de tiempo. Don acaba descartando la idea de Ginsberg sin informar a este (se deja sus diseños en el taxi), y ante la furia del creativo, el ejecutivo se crece. Con una lógica pataleta, Michael le espeta “I feel bad for you”, a lo que un Don Draper muy primera temporada le responde: “I don’t think about you at all”. A pesar de sus cuestionables métodos -y de la terrible falta de seguridad que estos muestran-, Don ha encontrado la manera de adaptarse a la nueva generación: pisándola.

Por otro lado, Roger Sterling exuda confianza. Es su trabajo. Sin embargo, últimamente también se ha visto amenazado por el avance de la juventud -la idea de un Sterling Campbell Draper Pryce le hace reír, pero ¿y si ocurriera de verdad? Roger mantiene la compostura pero es imposible ignorar el problema. Si Don degrada y ridiculiza a Ginsberg, Roger lo utiliza para lograr sus propósitos. Al igual que hizo con Peggy, paga a Michael para que trabaje en unas cuantas ideas con la intención de usarlas en una cena con unos clientes. También “contrata” los servicios de su futura ex mujer, Jane, sin reparar completamente en las implicaciones emocionales del asunto. Roger entona el “sálvese quien pueda”, y por ahora, el poder adquisitivo es lo que le mantiene a flote. Eso y la ausencia de escrúpulos.

Y si Don y Roger se beben la juventud de aquellos a su alrededor, Betty Draper se lo come todo (o al menos lo intenta). Nata montada y la felicidad de los demás. En “Dark Shadows” comprobamos que el principal problema de la ex mujer de Don, y la razón por la que nunca ha sido una buena madre, es que es aún más niña que sus hijos. La actitud pueril de Betty se ve reflejada en su inestabilidad emocional y física. Por un lado muestra indicios de evolución psicológica e incluso redención, ofreciendo todo el apoyo a su marido y reconociendo que ha estado achacando sus problemas a los demás, cuando “cada uno es responsable de sí mismo”. Por otro, la señora Francis necesita la desdicha de los demás para sentirse mejor, y aunque su nueva vida sea de anuncio, la de su ex marido le atormenta constantemente. Betty utiliza a su hija, Sally, para sembrar el conflicto entre Don y Megan, pero su plan maquiavélico -de patio de recreo- se tuerce, en parte gracias a la estabilidad del matrimonio Draper, en parte porque Sally Draper se está convirtiendo en una mujer. En la cena de Acción de Gracias de los Francis, una impaciente Betty echa mano de la comida de su plato antes de que los comensales den las gracias. Sally excusa su comportamiento, “no pasa nada, tiene hambre”, invirtiendo así los roles de adulto e infante. Sally madura. Y nosotros entendemos por qué una ballena herida puede sonreír.

Community: Cruel, cruel, CRUEL

7 monos

En gran medida, lo que ha definido a Community en sus tres años de tumultuosa emisión en NBC es la absoluta temeridad de sus planteamientos. En efecto, la serie de Dan Harmon no ha conocido el miedo. Poco han importado las bajas audiencias, o las presiones de Sony para que su serie fuera más accesible para el gran público. Esto no ha detenido a Harmon en su empresa de crear y capitanear uno de los productos televisivos más exigentes -y satisfactorios- que se recuerdan. Al contrario, ha motivado al productor para asumir riesgos creativos cada vez más grandes. La tercera temporada de Community se ha adentrado, ya de lleno, en un terreno en el que no obstante siempre se ha sentido cómoda: la locura.

Los tres capítulos finales, emitidos en la misma noche -en teoría, para que no se quedasen fuera de la temporada alta de finales, o sweeps de mayo-, son el colofón perfecto a una temporada en la que los episodios fuera de lo normal -si es que tal cosa existe en Community– han supuesto la mayoría. Harmon maquina un experimento tras otro, dando como resultado una temporada excesiva que falla tanto como acierta. Quizás lo que ha hecho que Community se desmarque del resto de comedias actuales es a su vez lo que más ha perjudicado a la serie. Ese empeño en buscar el más difícil todavía nos ha proporcionado momentos de brillantez innegable -“Remedial Chaos Theory” es sencillamente uno de los mejores episodios de la historia de la televisión-, pero también ha dado unos cuantos palos de ciego. Es inevitable. Para ser genial hay que arriesgar.

El humor de la serie ha evolucionado hacia lo puramente paródico, perdiendo el norte en ocasiones. Por ejemplo, lo de Inspector Spacetime tiene gracia en pequeñas dosis, pero hay que saber cuándo parar. Según Harmon, “Virtual Systems Analysis” iba a ser o bien lo mejor o lo peor en verse en la pequeña pantalla en mucho tiempo. Pues bien, ni una cosa ni otra. Por mi parte, prefiero olvidar ese episodio, y no será difícil. En relación a esto, la evolución de Abed Nadir es análoga a la de Community. El personaje de Danny Pudi ha reflejado perfectamente esta locura cada vez más desbordante de la serie. El espectador ha sido puesto a prueba a la vez que Abed, llevándonos a todos al límite, sumergiéndonos en dimensiones paralelas y universos fantásticos, para acabar sacando una clara conclusión: a Abed le hace falta terapia psicológica. A Harmon también. Y quizás a nosotros.

“Digital Estate Planning”, el primero de los tres magníficos episodios emitidos el pasado jueves, supone una de las mayores osadías de Community hasta la fecha: un capítulo (casi íntegramente) animado en gráficos 8-bits en prime-time. Ahí es nada. Además de esto, es la enésima confirmación del tema central de la serie: la fuerza de la amistad. Más unidos que nunca ante las adversidades -Chang ha secuestrado al decano y se ha hecho con la escuela-, los Greendale Seven se preparan en un videojuego -homenaje a Super Mario, Sonic y los RPG de Super Nes- para la verdadera aventura del curso escolar 2011-12: ‘la batalla por Greendale’. Como de costumbre, el trabajo en equipo es la clave, y lo comprobamos en “The First Chang Dynasty”, en el que el grupo de estudio se infiltra en Greendale -esta vez parodiando Ocean’s Eleven– para acabar con el absolutismo de Chang, restaurar el orden y volver al campus como estudiantes. Tras la emocionante odisea, el imperio de Benjamin Franklin Chang cae, el decano Pelton recupera su puesto -cuando uno pensaba que no podía querer más al Dean, entonces ve este episodio-, y Greendale regresa a la -loca- normalidad. En “Introduction to Finality”, los Greendale Seven han pasado a ser los Greendale Six. Troy se ha enrolado en la escuela de técnicos de aires acondicionados, rompiendo la balanza del grupo, y dejando a Abed completamente desorientado en la vida. La línea temporal más oscura acecha a todos.

El último episodio de la tercera temporada de Community vuelve a hablarnos de la importancia de la amistad en la forja de nuestra identidad y su papel en el proceso de crecimiento personal. Jeff llega a la conclusión -una vez más- de que el altruismo mola mucho más que el egocentrismo. Mientras, Abed reconoce que se ha separado totalmente de la realidad y asume que necesita ayuda -lo hace en parte gracias a una Britta que es cada vez menos “lo peor” y más “lo puto mejor”. “Introduction to Finality” es una preciosa y significativa coda a una temporada constantemente al límite. Un punto y final a la historia -a pesar de la renovación- que supone un punto y aparte para los personajes. El grupo de estudio opta por el camino de la cordura y la estabilidad tras haber llegado a plantearse la posibilidad de llevar tres años ingresados en un manicomio, imaginando todo lo ocurrido -en un excelente episodio que nos remite a “Normal Again” de Buffy, cazavampiros y homenajea a 12 monos de Terry Gilliam. De esta manera, los personajes abandonan la espiral de demencia en la que han vivido en los últimos años y retoman el plan que los llevó a todos a Greendale. Britta deja de engañarse a sí misma y decide cambiar de especialidad, Troy descarta el universo chiflado de los aires acondicionados -“You guys are weird”- y Abed destruye el Dreamatorium. Los siete de Greendale se hacen mayores. Y al final, locos o cuerdos, lo único que importa es que estén juntos.

Poco podía imaginar Dan Harmon lo peligrosa que resultaría esta conclusión para el futuro devenir de la serie. En un giro algo predecible, pero no por ello menos impactante, Sony ha despedido al creador de Community, reemplazándolo por David Guarascio y Moses Port (productores de Dame un respiro, Aliens in America y Happy Endings), y reservándole un puesto como consultant producer –aunque Harmon revela en su Tumblr que nadie le ha informado al respecto. Por todos es conocido el conflicto que ha llevado a la compañía a tomar esta triste decisión. Harmon es un creativo difícil de manejar, como hemos comprobado a lo largo de estos tres años, y su ego ha chocado en muchas ocasiones con el de los ejecutivos de la cadena, y con el de Chevy Chase -se decía que o se iba el actor o se iba el creador. Inconformista, perfeccionista y comprometido hasta las últimas consecuencias con su creación, el ex showrunner ha luchado permanentemente contra el convencionalismo que Sony quería para su serie. Por los fans, y por él. Pero sobre todo por Community. No sabemos si los nuevos productores serán fieles a la visión de Harmon o convertirán la serie en un producto complaciente y mediocre, es decir (¡horror!) normal -solo nos queda confiar en los guionistas que han creado magia durante estas tres temporadas. En “Introduction to Finality”, Harmon deja una puerta abierta a la locura, pero la llave que puede cerrarla definitivamente ya está en manos de otros. Pase lo que pase, nos queda la satisfacción de haber vivido tres felices años en el manicomio. Muchas gracias, Dan.

Revolver: Mad Men, “Lady Lazarus” (5.08)

La música siempre ha desempeñado un papel muy importante en Mad Men. Una semana antes del estreno de su quinta temporada, Matthew Weiner lanzaba un comunicado de prensa disculpándose a los periodistas que ya habían visto “A Little Kiss”. Estos le habían advertido de que había colado una canción cuyo lanzamiento era posterior a la fecha en la que tiene lugar el episodio. Las canciones que suenan en Mad Men forman una parte esencial del mecanismo narrativo de una serie que saca el máximo provecho de todos los elementos de la historia para explorar la psique de sus personajes. Por esto, un anacronismo musical puede romper la armonía de un relato que ha sido medido al milímetro y desde todos los ángulos posibles. Los temas musicales son escogidos siempre a conciencia para expresar las ideas centrales del episodio, o para especificar el estado emocional de unos personajes que rara vez nos contarán de primera mano qué les ocurre.

En “Lady Lazarus” retomamos una cuestión introducida oficialmente en “Tea Leaves” (5.03), la necesidad de adaptarse al presente, junto a la incertidumbre de un futuro muy difuminado. En aquel episodio, un concierto de los Rolling Stones servía de desencadenante. En este, los Beatles entran en escena para dar la bienvenida oficial a una nueva era. 1966 es el año que confirma la etapa experimental de la banda, sirviendo esto a Weiner para seguir ilustrando una historia ya de lleno inmersa en la psicodelia, las drogas y el caos existencial que define a esta una nueva generación -y que agita a las anteriores, y si no que se lo digan a Roger. Hay más color que nunca en Mad Men. Estampados cada vez más arriesgados y extravagantes, patrones geométricos inspirados en el arte pop, rayas, cuadros y flores, gabardinas de charol. La moda y la música de mediados de los 60 reflejan un momento emocionante y lleno de posibilidades en la vida de los protagonistas de Mad Men. Sin embargo, también plantea una cuestión que parece atormentar a algunos de ellos. Pero sobre todo a nosotros: “Quién sabe qué ocurrirá mañana”.

Megan Draper es un ejemplar prototípico de esta generación pop, a su vez influenciado -o lastrado- por la generación con la que convive: aleatoria, caprichosa y cambiante, pero determinada y talentosa. Resulta que la mujer de Don había estado interpretando un papel todo este tiempo. Su pasión por la farándula había pasado a segundo plano gracias al excelente trabajo desempeñado en la agencia de publicidad, lo que le había llevado a intentar convencerse de que ese era su lugar en el mundo. Pero se ha cansado de actuar solo para su marido y para todos sus compañeros de trabajo. Peggy se muestra inicialmente reticente a la decisión de su compañera. No comprende que abandone un puesto por el que ella tanto ha luchado. No obstante, comprende rápidamente que la marcha de Megan supone un acto de coraje comparable al suyo. Al fin y al cabo, y como dice Olson, puede que Megan sea buena en todo. Lo primero, en ser una mujer. Sin embargo, lo que ella quiere hacer es actuar bajo los focos de Broadway. Al menos hasta próximo aviso. Don, que se encuentra en un momento sereno y dichoso, apoya la decisión de su mujer, subsanando así los errores cometidos con Betty.

No sabemos qué deparará el futuro a este matrimonio, en especial si Megan logra triunfar en los escenarios. Por ahora, ambos se han comprometido a conservar la felicidad individual. Es un buen comienzo. Don aprende del pasado e intenta comprender el presente. “¿Desde cuándo la música es tan importante?”, pregunta. Megan responde “siempre ha sido importante”. A pesar de los episodios oscuros en su nueva vida, y de esa especie de premonición en forma de agujero de ascensor, Don se está esforzando por recuperar la chispa creativa, pero sobre todo por ser feliz. Y de hecho, lo es. Por eso sonríe más que nunca. En cambio, Pete Campbell nunca ha dejado de sonreír. Sin embargo, su sonrisa no es la misma de siempre en “Lady Lazarus”. Pete escapa de su vida de casado por la vía más temeraria. Es una bestia desatada. Quizás no sepamos qué va a ocurrir mañana en la vida del joven publicista, pero sí sabemos algo seguro sobre su futuro: tocará fondo. Solo espero que no sea de manera literal.

Lady Lazarus es un poema escrito por Sylvia Plath. Remitiéndonos a las palabras de la autora, Weiner nos habla del carácter cíclico en la vida de sus personajes, y resalta la gran importancia de este momento de cambio en Mad Men. Una oportunidad para algunos personajes de vivir una segunda o tercera vida -no temáis, tenemos hasta nueve-, después de haber visitado el Infierno y haber regresado de él. Muchos insisten en que Plath habla del suicidio en su Lady Lazarus. Si esta es la interpretación del autor de Mad Men, ya sabemos quién es el personaje que no resurgirá de sus cenizas.

Dark Shadows: cuéntame un cuento

Tim Burton es una víctima de los tiempos que corren. Cierto es que su obra ha mostrado evidentes síntomas de agotamiento en los últimos años: Sweeney Todd supuso otro esfuerzo técnicamente brillante pero carente de alma, y su Alicia dejó frío a todo el mundo. Sin embargo, no es del todo justo achacar únicamente al realizador la cada vez más generalizada corriente de desprestigio hacia su cine. El camino recorrido por el director de Batman y Eduardo Manostijeras entre otros clásicos del cine contemporáneo ha estado enormemente obstaculizado por su impacto en la cultura de masas. Su extravagante y extraordinaria visión, a su vez siempre cimentada en el clasicismo y lo institucional, ha atravesado dos claras etapas. De lo hip a lo demodé en una década -en medio identificamos un proceso de marketinización y apropiación de su imagen, decisivo para su declive comercial. Hace tiempo que el mundo superó a Burton, dejándolo en el pasado, como uno hizo con el acné y el grunge. En gran medida, lo que ha dañado su cine es no haberse adaptado al siglo XXI. Sus propuestas son intemporales en esencia, pero la audiencia no puede evitar situarlas en el pasado. Burton sigue insistiendo en su discurso estético y en su papel de cuentacuentos sin reparar en que su público ha madurado. Y esto, para mí, es algo absolutamente conmovedor.

Si no prestamos atención a la textura digital que envuelve todo su cine perteneciente al siglo XXI, la última propuesta de Burton, Dark Shadows, podría formar parte de su etapa noventera. Haciendo oídos sordos al hastío del público ante su empalagoso romance profesional con Johnny Depp, el director norteamericano se reafirma en sus preceptos estéticos y se limita a contarnos otro cuento protagonizado por el excesivo actor. Con Sombras tenebrosas, Burton busca la mirada sin adulterar de un público en el que sigue depositando toda su confianza (ciega). Su peterpanismo como realizador opone resistencia a las nuevas tendencias cinematográficas mainstream. Sí, se pone las gafas de sol, pero en el fondo sigue y seguirá siendo el mismo ser extrañado que trata de vivir en una época que no le corresponde (por muy impostado que pueda ser este papel). Y en eso consiste el romanticismo del autor, al que no importa que el espectador esté cada vez más educado en lo narrativo, y al que en ningún momento pretende sorprender.

Dark Shadows está basada en la serie de televisión del mismo nombre (Sombras en la oscuridad se tituló en España), un culebrón de emisión diaria en la cadena ABC que llegó a tener 1.225 episodios. Lo más curioso de la serie es que no incorporó el elemento sobrenatural hasta seis meses después de su estreno. A partir de la introducción del vampiro Barnabas Collins -él aparecería tras un año de emisión del programa-, Dark Shadows se pobló de toda clase de criaturas monstruosas, que convirtieron la serie en un clásico que ha dejado una importante huella camp en su país de origen. Confeso admirador de Sombras en la oscuridad, Burton acometió un proyecto que parecía hecho para él y nadie más. Fusionó convenientemente el componente soap con el ingrediente terrorífico, para elaborar una historia a caballo entre el relato de fantasmas -reminiscente de su Novia cadáver Beetlejuice– y el kitch y el pastiche que nos devuelven el espíritu de sus obras más coloristas, Eduardo manostijeras y la más reciente Charlie y la fábrica de chocolate. El resultado es un digno ejercicio de entretenimiento, por desgracia ya condenada al ostracismo.

Uno de los apartados más sobresalientes de Sombras tenebrosas es el interpretativo. Depp construye otro de los personajes cartoonescos que le han consagrado como transformista del cine, pero esta vez logra ejercer un mayor control sobre sus tics. Afortunadamente, el Barnabas Collins de Depp nos hace olvidar al desastroso Sombrerero Loco de Alicia en el País de las Maravillas, y si me lo permitís, trae a la memoria a su excelente Ed Wood.

Sin embargo, es un trío femenino de ases el que eleva considerablemente de categoría a Dark Shadows. Tres generaciones de actrices que brillan con luz propia. Michelle Pfeiffer continúa por la senda de Stardust, en otro papel de dama de gran presencia -es Pfeiffer, no es que tenga que esforzarse mucho-, una matriarca que se niega a sacrificar aquello que le hace fabulosa a pesar del paso del tiempo. De Catwoman a Cougarwoman. Por otro lado, lo de Eva Green debe ser obra de brujería. La chica es uno de los talentos más impresionantes de su generación, y que no haya conquistado Hollywood debe ser toda una maldición gitana. Quizás sea mala suerte, o cuestionables decisiones creativas, pero Green no ocupa el lugar que parecía reservado para ella desde su revelación en Los soñadores de Bertolucci. Sin embargo, la actriz francesa trabaja mejor que nunca bajo la batuta de Burton. Ajustándose perfectamente a las pelucas amarillo sucio marca de la casa, Green nos regala una villana antológica que tristemente, a causa de la pobre recepción de la película, no recibirá la atención que merece. Quizás no ocurra lo mismo con Chloë Grace Moretz, una de las jóvenes actrices con mayor proyección de futuro, desde sus loados trabajos en Kick-Ass y Hugo. Moretz da vida a la arquetípica adolescente sumida en un constante sufrimiento hormonal, una que sería fan de Burton si en lugar de en los 70 hubiera crecido en los 90. Estos tres personajes forman parte del clan que portagoniza Dark Shadows: los Collins, una ajada y marchita familia con tenebroso pasado que permite a Burton jugar con divertidos elementos telenovelescos que acaban ajustándose como un guante a su estilo.

Cada nuevo estreno de Tim Burton se examina con ojo receloso y descreído -y es lógico, teniendo en cuenta los tropiezos. A menudo se acusa al director de narrar historias demasiado predecibles, ignorando precisamente lo que hace que su cine siga presentando férreas convicciones artísticas: Burton se niega a abandonar la ingenuidad de su obra. Dark Shadows es una historia en la más pura tradición que elevó al director al firmamento del autor de cine de Hollywood en los 90. Y es precisamente todo esto lo que ha acabado provocando la indiferencia y el rechazo. Los 90 quedan ya muy atrás, y no importa que los cuentos sean eternos, Burton ha resultado no serlo.

Mujeres desesperadas – Series Finale

La vida desesperada

La manera más efectiva de concluir una serie longeva como Mujeres desesperadas es insistiendo en el carácter cíclico de la vida, regresando al instante en el que comenzó todo para mostrarnos lo que ha cambiado y lo que no cambiará nunca. Desde luego no es la técnica más original, pero es sin duda la que más agradece una audiencia que ha demostrado su fidelidad a lo largo de ocho años. Y en muchos casos es el único punto y final posible. Lo sabe Marc Cherry, que para el último episodio de su serie nos transporta directamente hacia el piloto, magnificando la sensación de llevar toda una vida en Wisteria Lane. No, no es la primera vez que nos ocurre. Como espectadores, ya estamos curtidos en esto de despedir a unos personajes que han acabado formando una parte muy importante de nuestra vida cotidiana. Y aún así sigue resultando duro. Porque aunque sabemos que debemos hacerlo, nunca estamos preparados para decir adiós a aquellos a los que queremos.

Lo justo -o más bien lo ideal- es asistir a una conclusión que aporte cierre, pero que nos asegure que estos personajes seguirán viviendo más allá de los créditos finales. Y el último episodio de Mujeres desesperadas logra precisamente eso. Completar una etapa vital de las protagonistas y dejarnos echar un vistazo a lo que les espera más allá de Wisteria Lane. Las cuatro mujeres desesperadas se liberan así de la audiencia para ingresar en sus nuevas vidas, comenzando un capítulo que nosotros solo podremos imaginar. Como de costumbre, la marcha del que ha sido el hogar hasta ahora es lo que introduce el verdadero cambio en los personajes al final de una serie. Susan, Lynette, Gabrielle y Bree abandonan el barrio una a una, enseñándonos que en ocasiones, para seguir avanzando, hay que dejar todo atrás. Duele. Pero así es la vida.

El final de Mujeres desesperadas está dividido en dos partes. La primera hora se encarga de cerrar la trama que ha situado a Bree Van De Kamp en el banquillo de los acusados, y la segunda se ocupa de lo que he explicado en los párrafos anteriores, despedirnos de los personajes y dejarlos marchar hacia sus futuros. Dos episodios en los que Marc Cherry realiza una labor estupenda proporcionándonos la conclusión más satisfactoria en todos los sentidos.

Adrenaline, fear. You’d be surprised what people can do.

El juicio del pueblo contra Bree Van De Kamp prometía llevar la serie hacia terrenos más espectaculares y excesivos, pero la contención de Cherry ha impedido que todo se saliera de madre. Solo al comienzo de “Give Me the Blame” saboreamos ese gusto a juicio mediático que podía haber resultado en ‘La revolución de las amas de casa’. Los titulares rezan “Housewife murder trial bombshell!”, y Bree aparece en el juzgado divina, con gafas de sol, cabello al viento (por cierto, todo a cámara lenta), rodeada de periodistas, y con su abogado tapándole la cara. Pero no, aunque a veces lo parezca, esto no es Los asesinatos de mamá, de John Waters. Así que centrémonos.

El caso del asesinato de Ramón Sánchez se había enrevesado de tal manera que por momentos parecía imposible que fuera a arreglarse el entuerto. De hecho, los episodios inmediatamente anteriores desaprovechan el tiempo con más tramas de relleno, reservando lo mejor para las dos últimas horas de la serie. Por esta razón, a pesar de los grandes momentos cómicos y sobre todo, los enervantes giros que parecían situar a Bree en un callejón sin salida, el juicio transcurre de manera precipitada, y concluye casi sin darnos cuenta. La razón principal, el semi deus ex machina encarnado por una moribunda Karen McClusky que salta a la palestra para defender a las amigas con las que ha compartido sus últimos años de vida. La Sra. McClusky se sienta en el banquillo después de que nosotros, con el corazón en un puño, no veamos salida posible al caso de Bree. Karen confiesa el asesinato de Ramón en una apasionada interpretación motivada por el amor hacia sus vecinas. En su sencillo y emotivo discurso recoge una de las ideas principales de Mujeres desesperadas, por otra parte un cliché muy socorrido (porque siempre funciona): la familia son las personas con las que compartes tus día a día. En última instancia, el juicio, además de acabar con nuestras uñas, sirve sobre todo para hablarnos de la profunda amistad de unas mujeres que harían cualquier cosa (incluso aceptar la cadena perpetua) por protegerse las unas a las otras.

Let me tell you something about neighborhood. It’s not just a bunch of houses in the same place. It’s a community. It’s lives that are connected, people who care about each other. I know it sounds sappy, but damn it, it’s true. And these wonderful people I’ve lived beside, well, they’re my family.

Some people never get to know the folks next door.

“Finishing the Hat” incide en la idea del ciclo completo de la que hablaba al comienzo de la entrada. La segunda parte de la series finale retrocede hasta la mudanza de Mary Alice Young al barrio residencial de Fairview, es decir, al momento en el que todo comenzó. A continuación, volvemos al presente, donde Susan Mayer informa a sus vecinas de que se marcha para siempre de Wisteria Lane. Es decir, el momento en el que todo acaba. La noticia de Susan es eclipsada por la aparición de una antigua vecina del barrio, la loca loquísima Katherine Mayfair, que regresa de París con una oferta de trabajo para Lynette. Katherine ha superado su fase sáfica, tiene un acento francés espectacular -quiero oírla decir croissant y chateaus hasta el último de mis días- y se ha convertido en una exitosa mujer de negocios que está levantando un imperio global de comida congelada. Está más fabulosa y divertida que nunca, pero su aparición estelar sirve tan solo para desencadenar un conflicto -el de siempre- en Lynette. Katherine se retira de los focos para que los demás personajes tengan sus finales felices. De hecho, no solo las cuatro protagonistas obtienen un cierre redondo. También nos despedimos de Renee y Karen. La primera se casa, la segunda fallece. Y sin embargo a ambas las despedimos en los momentos más felices de sus vidas.

Si “Give Me the Blame” recurre a un lugar común, un juicio al final de una serie, la última hora de Mujeres desesperadas echa mano de tres: una boda, una muerte y un nacimiento. Este puñado de clichés tienen una justificación muy evidente. Nos vienen a decir que cuando algo acaba, algo comienza. No es sino la gran metáfora de las series de televisión, y una de las ideas en las que Cherry insiste con el episodio. El montaje final al son de “Wonderful, Wonderful” condensa en dos minutos todo lo que ha hecho que nos quedemos hasta el final, a pesar de los muchos baches en el camino. La muerte de Karen, la boda de Renee y el nacimiento de la nieta de Susan y Lynette sirven de perfecto panegírico a una serie que nos ha hecho reír y llorar a partes iguales. Esta preciosa escena nos muestra un ciclo vital completo para ilustrar el posterior mensaje de Mary Alice: “Even the most desperate life is oh so wonderful.”

Las vidas de las cuatro protagonistas han recorrido un largo y pedregoso camino en sus años como vecinas de Wisteria Lane, del que sin embargo atesorarán la fuerte amistad que las ha mantenido unidas todo este tiempo. Reunidas alrededor de la mesa para jugar al póker por última vez, Susan, Bree, Lynette y Gabby prometen sacar tiempo en sus vidas para volver a reunirse en el futuro. Mary Alice nos golpea con la cruda realidad: “sus promesas son sinceras, pero eso nunca ocurrirá”. Este agridulce final nos transporta directamente a otro precioso final de serie, quizás uno de los más abrumadores de la historia de la televisión, el de A dos metros bajo tierra. Si Mujeres desesperadas comenzaba su andadura altamente influenciada por American Beauty, su final nos remite a otra obra de Alan Ball, y concretamente al montaje final en el que uno a uno, somos testigos del futuro de todos los protagonistas.

I am so crazy nuts about you, guys.

Gabrielle ha sufrido la mayor evolución de la serie. Se convirtió en madre de dos monstruitos, y a pesar de las dificultades, y sobre todo de su personalidad, ha logrado dominar el arte de la maternidad. Los problemas de su marido, y sobre todo el asesinato de su padrastro a manos de este, le han obligado a madurar, aportándole en el último momento su tan necesitada epifanía: todos se han sacrificado por ella, es hora de hacer lo mismo por los demás. De egoísta y superficial ex modelo a madre, amiga y mujer trabajadora con talento. Gabrielle y Carlos cierran ciclo con sus roles revertidos, y con la promesa de que lucharán por hallar el equilibrio en su matrimonio, disfrutando sin embargo de la emoción y los riesgos de estar constantemente bailando un tango.

Por otro lado, Bree lleva muchos años luchando contra las circunstancias de la vida para conservar -o recuperar- su estatus social. Desde un primer momento, se nos insistió en el problema de las apariencias y la fachada que mostramos a los demás, y Bree ha sido siempre la personificación de esta idea. Su conservadurismo ha chocado en todo momento con las personas en su vida, y es lo que tras el juicio, le impulsa a retomar ‘el buen camino’. Eso y el amor. Eso sí, Bree está condenada al elisabethtaylorismo, y sabemos que lo suyo con el abogado no será para siempre. Pero no importa, lo que Bree necesita, más que a un hombre que se quede a su lado para siempre, es volver a ser una Stepford Wife, una portada de libro de cocina, y si le dejan, la Presidenta de los Estados Unidos. ¿Por qué no?

Hasta el último momento, Lynette ha sido una persona manipuladora. Sus motivos han sido honestos (recuperar a su marido), pero sus acciones nos han recordado en todo momento a esa mujer testaruda y victimista que nunca está contenta. La oferta de trabajo de Katherine introduce otro cliché. Lynette tiene la oportunidad de convertirse en presidenta de una empresa, pero en otra ciudad. Nos encontramos con el sempiterno conflicto del matrimonio Scavo. El final de Mujeres desesperadas nos devuelve las discusiones de las primeras temporadas -vaya, y de toda la serie, porque estos dos han estado siempre igual. Pero el fuerte brillo en los ojos de Felicity Huffman y Doug Savant cuando comparten escenas en “Finishing the Hat” nos indican que esto es el final, y que puede que algo esté a punto de cambiar de verdad. Lynette también tiene su epifanía: te pasas la vida intentando conseguir lo que no tienes para alcanzar la felicidad, y te olvidas de que ya eres feliz. Tom y Lynette deben estar juntos. Para siempre.

Por último, Susan Mayer ha sido siempre una mujer vulnerable, en gran medida debido a su dependencia absoluta de los hombres. Tras perder al amor de su vida, Susan da por finalizada una etapa. Se acabó lo de correr detrás de un hombre con el vestido de novia puesto. La muerte de su marido y el nacimiento de su primer nieto han alterado sus prioridades. Una Susan aferrada a los recuerdos que le han hecho feliz en Wisteria Lane se despide de su casa, dando la bienvenida a la mujer que hará de ella su nuevo hogar. Así concluye Mujeres desesperadas, con una de sus protagonistas pasando el testigo a una joven reticente a la vida en las afueras, por miedo a que sea demasiado aburrida. Qué ingenua. Como le advierte Susan, la vida en Wisteria Lane es de todo menos aburrida. Y en el fondo, ella lo sabe, porque como todos, esconde un secreto. De esta manera, Marc Cherry pone el broche final a su historia sobre apariencias, secretos y mentiras en los barrios residenciales. Una historia que además ha introducido en nuestras vidas a cuatro mujeres con las que hemos establecido un vínculo emocional inquebrantable, como ocurre con las mejores series. Les damos un beso de despedida a ellas. Y yo, por mi parte, creo que voy a asomarme al patio a hablar con mi vecina. Una mujer de la que sé muchas más cosas de las que ella cree.

Desperate Housewives Blogger’s Day: por qué la serie pasará a la historia de la TV

Con motivo del final de Mujeres desesperadas tras ocho temporadas en antena, las chicas de Con Series y a lo Loco han organizado un macro-evento blog que reúne a un gran número de blogueros TV para hablar de la serie desde sus respectivas webs. Se trata del Desperate Housewives Blogger’s Day (#DHBD), en el que cada blogger se encarga de un aspecto de la serie (personajes, season finales, los modelos de mujer, moda, homosexualidad, etc), intentando aportar una visión lo más completa posible de una de las series más influyentes de la última década. Yo me encargo de analizar las razones por las que, además de conservar un hueco para siempre en nuestro corazón, la serie de Marc Cherry pasará a la historia de la televisión. Al final de la entrada podéis encontrar enlaces al resto de piezas del puzzle DHBD. Que lo disfrutéis. Y ya sabéis, Kiss Them Goodbye.

MUJERES DESESPERADAS Y LA EDAD DORADA DE LA TV

Sin duda alguna, 2004 marca el inicio de una revolución en la ficción televisiva, un periodo de transformación en los productos y en los hábitos de consumo que a día de hoy se han asentado como norma en todo el mundo. Lo que se vino a llamar la Tercera Edad Dorada de la Televisión, inaugurada oficialmente por Los Soprano en 1999, se extiende hasta día de hoy. Ya no hablamos de Edad Dorada de la Televisión, hablamos de televisión a secas. Lo cierto es que podemos identificar las dos fechas mencionadas como orígenes separados en el tiempo del mismo movimiento. Si a finales de los 90, la televisión por cable demostraba las posibilidades narrativas del medio en relación -u oposición- con el ámbito cinematográfico, 2004 supone la consagración definitiva de las cadenas generalistas como creadoras de quality television, después de una década de experimentación. Canción triste de Hill Street y más tarde El ala oeste de la Casa Blanca otorgan las credenciales necesarias: hay vida, y calidad, más allá de HBO.

Los cinco años transcurridos entre ambas fechas es el tiempo lógico que llevó a las networks darse cuenta de lo que se podía hacer con la ficción seriada. Con dos grandes estrenos, Perdidos y Mujeres desesperadas, ABC reinstauraba el interés de la audiencia masiva por las series, tras un periodo de saturación de programas de telerrealidad. La serie de J.J. Abrams es considerada la piedra de toque de la nueva ficción TV, íntimamente ligada a la experiencia del espectador en Internet. Por su parte, el impacto de Mujeres desesperadas se desvaneció más rápidamente. Sin embargo, la serie de Marc Cherry, tras ocho -irregulares- temporadas en antena, ocupa por derecho propio un lugar privilegiado en la historia del medio, y concretamente en el panteón de la televisión de calidad. Veamos por qué.

LA HISTORIA TRAS LAS VALLAS BLANCAS

A principios de la década de los 90, Twin Peaks agitó violentamente la pacífica existencia del espectador medio norteamericano, y supuso la consolidación de los dramas TV estadounidenses en las audiencias internacionales. Se instauraba el gusto por las pequeñas comunidades que esconden oscuros secretos, y los misterios criminales ambientados en paisajes suburbanos. Marc Cherry recuperó con Mujeres desesperadas esta tradición televisiva, aprovechándola al máximo para construir su discurso sobre las apariencias y las relaciones entre vecinos. Jugando un poco a ser el Sam Mendes de American Beauty –influencia que regresa con fuerza para el final de la serie-, Cherry nos planteó la pregunta “¿Conocemos realmente a nuestros vecinos?”

A su vez, Mujeres desesperadas visibilizó a la ama de casa, convertida esta vez en una figura martirizada, una víctima de la vida, y en definitiva, una heroína posmoderna. Susan, Lynette, Gabrielle, y sobre todo Bree Van De Kamp, se convirtieron en arquetipos y referentes para todas las ficciones televisivas posteriores. El impacto de estos cuatro sólidos personajes sirvió para crear una tendencia en la televisión, la exploración de los dramas cotidianos del ama de casa magnificados bajo el prisma de lo trágico y lo patético, y a un nivel más amplio, las historias protagonizadas por mujeres de más de cuarenta. Sin embargo, es el aspecto puramente cómico lo que más ha transcendido en series posteriores, concretamente en las de ABC, que ha reservado un lugar privilegiado para la mujer de edad media en su oferta de ficción. Si Carolyn Burnham es el referente moderno del ama de casa desesperada en el cine, las cuatro protagonistas de la serie de Cherry -e insisto, Bree en especial- se convierten en modelo narrativo en el ámbito televisivo.

LA DIGNIFICACIÓN DE LA SOAP-OPERA

Mujeres desesperadas es un claro ejemplo de la hibridación genérica que presentan casi todos los productos televisivos de la última década. La serie de Cherry no trata sobre grandes dinastías, pero maneja las pasiones de sus protagonistas como si así fuera. Hasta el momento, se hacía casi impensable hallar la calidad propia de otras propuestas más puramente dramáticas en una serie categorizada muy a menudo como “telenovela” o “soap-opera”. Sin embargo, la incorporación de misterios que enganchaban irremediablemente al espectador, y sobre todo el finísimo tratamiento de la comedia -con un adecuado toque oscuro- obligaba a añadir siempre “de calidad” al final de esta denominación.

Los grandes arcos argumentales que ocupan toda una temporada acercan la serie a los preceptos de las soaps -sobre todo a las emitidas en prime time, como Dinastía o Falcon Crest. Esto, combinado con su carácter altamente episódico -los capítulos suelen contar con un tema principal que motiva y unifica las tramas- la convierten en un producto modélico de la quality television. La habitual presencia de conflictos sentimentales, confrontaciones entre familias con pasados oscuros y la pasión melodramática de muchas escenas encuentran su origen en la telenovela, y es lo que hace que el espectador la considere un guilty pleasure de manual. No obstante, Mujeres desesperadas desarrolla y consagra un estilo multigenérico que ayuda a evitar el desprestigio habitual de la soap. Aun con todo, y a pesar de nuestra fidelidad durante ocho años, la serie de Marc Cherry vivió su gloria televisiva tan solo durante sus primeras temporadas, tras las cuales, la repercusión de la serie se desvanecía. Al fin y al cabo, un par de años más tarde llegaba Mad Men, la telenovela definitiva.

PERFECCIONAMIENTO Y CONSAGRACIÓN DE LA DRAMEDIA TV

Ver un episodio de Mujeres desesperadas supone adentrarse en un universo dual en el que pasamos de la carcajada al puchero en cuestión de segundos. ABC no ha inventado la dramedia, pero sin duda la ha explotado hasta la saciedad -con el consiguiente agotamiento del espectador- en gran parte de su oferta de ficción. La mid-season de la temporada 2004-05 traía consigo Anatomía de Grey, otro culebrón “de calidad” que fusionaba con éxito melodrama y comedia. Tanto la de Cherry como la de Shonda Rhimes son series cortadas por el mismo patrón: voz en off que inicia y concluye el relato y una sucesión de escenas que buscan la risa y la lágrima casi a partes iguales. Las podremos diferenciar por la banda sonora -ambas series cuentan con scores clónicos-, que establece el tono y prepara al espectador. A pesar del desgaste de la fórmula -ABC sigue insistiendo en ella año tras año-, Mujeres desesperadas puede considerarse precursora de un modo de hacer televisión que ha calado en toda la ficción posterior. Y lo cierto es que, a pesar de los altibajos, Desperate Housewives ha logrado su propósito con creces: nos ha hecho reír y llorar a lo largo de ocho temporadas.

REPERCUSIÓN Y LABOR SOCIAL

El origen de la serie es de sobra conocido por todos. El germen de Mujeres desesperadas surge de la historia de Andrea Yates, un “ama de casa desesperada” que ahogó a sus cinco hijos en la bañera tras un episodio psicótico, en teoría provocado por la depresión. Marc Cherry, que se encontraba junto a su madre cuando vio la noticia en televisión, consideró necesario indagar en los motivos de un hecho tan atroz, y cambiando asesinato por suicidio, se propuso humanizar la figura de la mujer perfecta tras la valla blanca que ‘de repente’ pierde la cabeza. Es el clásico “era una persona muy amable, saludaba siempre cuando pasaba por mi puerta, no me esperaba esto” elevado a gran discurso, que ha articulado la serie a lo largo de toda su andadura.

Esta idea, en parte también inspirada en la propia madre de Cherry y sus vivencias durante la infancia, sirve al productor para levantar la voz por un colectivo que se ha dado siempre por sentado. En lugar de adoptar una postura única, Cherry representa las posibles variantes de ama de casa en sus protagonistas, que a lo largo de toda la serie abanderan causas muy diversas: la mujer trabajadora, los distintos modelos de educación, y en definitiva, el derecho a elegir de la mujer. Todo con una idea en común: la lucha contra los prejuicios. Todos hemos adorado a una republicana afiliada a la Asociación Nacional del Rifle. Así que la labor de Cherry ha servido para algo.

A mitad de serie, Mujeres desesperadas introdujo a una pareja gay en Wisteria Lane. Ya desde la primera temporada se había tratado el asunto con Andrew, el hijo pequeño de Bree, sin embargo, la presencia de Lee y Bob se recibía como una oportunidad para contribuir a la normalización del matrimonio homosexual en televisión. Si bien al principio la audiencia se quejó de que los nuevos vecinos habían sido introducidos para crear diversidad pero poco más, el paso del tiempo ha acomodado y consolidado a la pareja en el barrio -recordad el precioso “He’s my neighbor!” de Lynette en el episodio 7×10- sin recurrir a conflictos forzados, ni tampoco a lecciones condescendientes o moralejas. Y de eso se trata precisamente.

IMPACTO EN LA CULTURA POPULAR

Si algo ha contribuido a que Mujeres desesperadas ingrese en la memoria colectiva es la gran constante de sus ocho temporadas: las cuatro protagonistas. Más que modelos de comportamiento, maniquíes de moda o arquetipos narrativos, Susan, Lynette, Bree y Gabrielle han sido nuestras vecinas a lo largo de casi una década. Es por ello que nos duele despedirlas para siempre, aunque tengamos la absoluta certeza de que permanecerán en la historia de la televisión, ocupando el lugar privilegiado que les corresponde. Sin embargo, y a pesar de la harmonía y coralidad de la que ha hecho gala la serie, sería injusto no destacar a Bree Van De Kamp -manque pese a Teri Hatcher-, personaje convertido en auténtico icono del siglo XXI. Aunque las otras tres protagonistas no anden a la zaga, Bree es, y será la mujer que ha bombeado el corazón de la serie, el ama de casa que ha personificado en todo momento las ideas principales de Mujeres desesperadas. Será imposible olvidar a Susan, Lynette y Gabby. Pero Bree, a ti te amaría aunque fueras una asesina. Dejando a un lado el peso que ha recibido el personaje de Marcia Cross a lo largo de la serie -y en especial en su recta final-, no cabe duda de que juntas, alrededor de una mesa llena de cartas, fichas de póker y copas de vino, es como las cuatro mujeres desesperadas han alcanzado la inmortalidad catódica.

 

Enlaces a todas las entradas del DHBD:

The Office – Season Finale

Sin grandes aspavientos, la octava temporada de The Office concluye introduciendo importantes cambios en la ‘empresa de papel’ y abriendo nuevos frentes para el próximo año, como ha venido ocurriendo en casi todas las season finales de la comedia de NBC. En “Free Family Portrait Studio” nos despedimos una vez más de los excéntricos empleados de Dunder Mifflin, sin tener muy claro aún qué personajes regresarán seguro a la oficina para su ejercicio 2012-13. Por ello, el final de temporada transcurre con prudencia y sin armar demasiado jaleo, casi como si fuera un episodio de mitad de temporada.

En el capítulo anterior -probablemente uno de los más grises hasta la fecha-, Andy logra que David Wallace compre Dunder Mifflin a Sabre. De esta manera, la empresa recupera su antiguo nombre, y el árbol corporativo cambia de forma. Ejerciendo ya de presidente, Wallace restituye a Andy como jefe de la rama de Scranton y costea a Robert California su sueño de educar gimnastas rusas en el extranjero (??). La octava temporada de The Office se ha centrado en gran medida en la trayectoria de Andy Bernard como nuevo jefe de la oficina, y a pesar de que ha sido un trabajo complicado para el personaje -que gracias a esto ha seguido creciendo-, y una experiencia irregular para el espectador, parece que la serie se reafirma en la decisión que tomó a comienzo de temporada. Una nueva oportunidad para Andy, que para eso se lo ha currado.

Afortunadamente, el nuevo-antiguo jefe de Dunder Mifflin Scranton conserva a Nellie Bertram (Catherine Tate) en la plantilla, después de que esta le recite unos versos de Shakespeare con cara de pena -nada, que Andy no puede ser malo por mucho que lo intente- y le sugiera que su puesto ideal es el de directora de proyectos especiales, es decir, yendo “de un lado a otro haciendo lo que me dé la gana”. Este cambio facilita cierta flexibilidad para las intervenciones de la actriz británica en la novena temporada. La naturaleza caótica y demencial del personaje esconde una vulnerabilidad que ya hemos visto asomar en varias ocasiones -sabemos que quiere ser madre, que tiene un problema de adicción a las compras, y que se siente muy sola-, y que esperamos sea explorada más a fondo en el futuro. En cierto modo y en pequeñas dosis, Tate ha devuelto a The Office aquella emotividad contenida que nos acercaba en sus primeras temporadas a los personajes, de entrada fríos y distantes, y los convertía en seres humanos con los que conectábamos emocionalmente. Me quedo con ese momento en el que Nellie se muestra entusiasmada por haber hecho una amiga, y además “¡en el trabajo!” Y espero volverla a oír llamar “hombre esqueleto” a Gabe.

El resto de empleados de la oficina no ha aportado demasiado este año. En “Free Family Portrait Studio”, Jim y Pam continúan abanderando la normalidad en la oficina, ejerciendo de padres, y poco más. Erin funciona -sorprendentemente- como contrapunto a la locura de Andy, asegurándose de que sus -inocentes- ansias de venganza no se le vayan de las manos. La complicada historia amorosa de Dwight y Angela alcanza un punto de inflexión: el marido de ella sigue tirando los tejos a Oscar, y Dwight quiere probar la paternidad del bebé de la pareja. Un beso apasionado y bizarro -entre estos dos no puede ser de otra manera- complica las cosas. O quizás lo solucione todo. Pero ya no nos emociona como antes. Y mucho menos lo que ocurre entre Darryl y Val. Si The Office acaba renovando plantilla, por favor, Darryl fuera. En definitiva, esta ha sido la temporada de Ed Helms, y el actor ha dado la talla con creces, aunque que los guiones no hayan estado a la altura. A pesar de los buenos momentos -siempre los hay-, a Dunder Mifflin le hace falta algo más que un cambio de nombre, o de jefe. The Office necesita una depuración urgentemente.

Examen preliminar de las nuevas series de NBC

Definitivamente no ha sido el mejor año para la cadena del pavo. La mayoría de sus ficciones luchan por mantenerse a flote entre los éxitos masivos de ABC y CBS, y alcanzar el 2.0 en los índices de audiencia le resulta prácticamente imposible. El año pasado fue una de las cadenas con mayor número de estrenos, sin embargo, las series novatas fueron cayendo como moscas desde las primeras semanas. Free Agents y The Playboy Club se fulminaron en menos de un mes. Los reemplazos de mitad de temporada no corrieron mejor suerte: Are You There, Chelsea? y la prometedora Awake han podido finalizar sus temporadas, pero no regresarán. Otros estrenos, como Bent o Best Friends Forever desaparecen como si nunca hubieran existido.

NBC continúa depositando toda su confianza en sus comedias, y asumido desde hace tiempo cuál es su puesto en los índices, ha renovado las series que pueden funcionar mejor con sus “éxitos” veteranos, además de los productos que más prestigio le han otorgado en los últimos años. De cara a la temporada 2012-13, NBC tiene preparados otro buen puñado de estrenos de los que ayer dio a conocer su lugar en la parrilla, además de mostrarnos adelantos en forma de tráiler o escenas del piloto. La cadena confía en grandes nombres como J.J. Abrams o Ryan Murphy, reclamos publicitarios indudables, además de recuperar viejas glorias -desesperadas por un éxito catódico-, como Matthew Perry. Pero si estos adelantos son indicador alguno, a NBC le espera otra temporada de índices bajo 1 y cancelaciones inmediatas. Veamos una a una por qué. Y en otoño sabremos si la primera impresión es la que cuenta.

1600 PENN

http://www.youtube.com/watch?v=NrfHnQ_Y_pQ

Sinopsis: Los Gilchrist son una familia disfuncionalmente normal que habita en La Casa Blanca. El padre, y Presidente de los Estados Unidos es Bill Pullman, la madrastra Jenna Elfman -la que no es Laura Linney, ni Laura Dern, ni Joey Lauren Adams- y los hijos son un kidult y dos adolescentes superdotados. La cadena la describe como un cruce entre El ala oeste de la Casa Blanca y Modern Family.
Lo bueno: Detrás del proyecto está Jason Winer, responsable de uno de mis estrenos favoritos de la temporada, Don’t Trust the B—- in Apartment 23.
Lo malo: ¿Habéis visto la escena? La línea que divide la poca gracia de la vergüenza ajena es muy fina.

ANIMAL PRACTICE

http://www.youtube.com/watch?v=jhRhWQKTyRQ

Sinopsis: Comedia sobre un prestigioso veterinario de Nueva York que tiene un don para tratar con toda clase de animales, pero no sabe desenvolverse en sus relaciones humanas.
Lo bueno: El protagonista es Justin Kirk (Weeds). Y en sus créditos se encuentran algunos de los responsables de Community o Arrested Development (quizás con un voto de confianza y paciencia consiga algo). Además, hay un mono, que forma parte del reparto oficialmente.
Lo malo: Animal Practice parece aburrida y desinspirada. Y se supone que es una comedia… Además, hay un mono en los créditos.

CHICAGO FIRE

http://www.youtube.com/watch?v=PFozL-IBrV0

Sinopsis: Bomberos en Chicago. No necesitáis saber más.
Lo bueno: Escuchar el acento norteamericano de Jesse Spencer. Y la valentía al incluir palabras como dick o bullshit en una serie de cadena generalista.
Lo malo: Ni todos los torsos desnudos de bombero son suficiente reclamo para ver esta serie que promete tensión y batalla de egos, pero que después de ver esta escena sabemos que solo proporcionará bostezos.

DO NO HARM

http://www.youtube.com/watch?v=fJdiwuAkOlU

Sinopsis: El doctor Jason Cole es un neurocirujano muy respetado con un oscuro secreto: sufre un trastorno de identidad disociativo (personalidad múltiple). Cree que lo tiene bajo control, pero su alter ego, un sociópata mujeriego llamado Ian Price, resurge una noche.
Lo bueno: Los tintes de ciencia ficción, que siempre se agradecen en las programaciones de las networks. Y el interés que puede despertar Ian Price, a quien aún no conocemos.
Lo malo: Me ha costado horrores mantener la atención en los 40 segundos que dura el clip. No quiero ni imaginar lo cuesta arriba que debe ser ver un episodio entero de esto. Si este refrito sobrevive después del fracaso de Awake, pierdo la fe en la humanidad.

GO ON

http://www.youtube.com/watch?v=mDCQ9RNVY-M

Sinopsis: Ryan King es un periodista deportivo que acaba de vivir una tragedia personal: la muerte de su mujer en un accidente de coche. A pesar de esto, está listo para volver a trabajar. Su jefe se niega a que vuelva a la radio sin haber pasado primero por terapia. Ryan acude a las reuniones a regañadientes, pero acabará sacándoles el máximo partido.
Lo bueno: El reparto de secundarios. Julie White, la hilarante madre de Sam Witwicky en Transformers, y Laura Benanti, de lejos lo mejor de The Playboy Club.
Lo malo: Matthew Perry con el piloto automático en una historia que de entrada no creo que pueda dar mucho de sí. Espero equivocarme, por el bien de Perry.

GUYS WITH KIDS

http://www.youtube.com/watch?v=7PUBk5wwl14

Sinopsis: Chris, Nick y Gary son tres amigos treintañeros que tratan desesperadamente de conservar su masculinidad y juventud mientras aprender a criar a sus bebés.
Lo bueno: Nada.
Lo malo: NBC sigue insistiendo en las sitcoms multicámara con risas enlatadas a pesar de que ha quedado demostrado que lo suyo son las comedias single-cam. Guys With Kids parece ser otro triste caso de comedia sin gracia. Jimmy Fallon, que me cae bien pero jamás me ha hecho reír, es el responsable de la serie.

INFAMOUS

http://www.youtube.com/watch?v=c6gLFt07VgM

Sinopsis: Los agentes Will Moreno y Joanna Locasto investigan el asesinato de una joven heredera de una dinastía que esconde muchos secretos.
Lo bueno: Nada.
Lo malo: Esta no es una serie para NBC. Funcionaría mejor en ABC. Aunque no importa la cadena en la que esté, no hay nada interesante en este producto genérico y agotado desde la premisa. ¿Por qué algunos se empeñan en crear series pensando sólo en el piloto?

THE NEW NORMAL

http://www.youtube.com/watch?v=45tWzmfCMDQ

Sinopsis: Bryan y David son una pareja de Beverly Hills que necesitan un niño para tenerlo todo en la vida. Goldie, una chica con un pasado tumultuoso, tiene un bebé para ellos.
Lo bueno: Es junto a Revolution la serie de NBC que goza de mayor hype para la próxima temporada. El responsable: Ryan Murphy. Sus productos suelen caer en picado (cualitativamente hablando) tras el piloto, pero la propuesta es lo suficientemente llamativa como para que sintonicemos al menos con el piloto. Además, se trata de una serie con protagonistas gays en una network. Bryan y David se unen a Cam y Mitchell (Modern Family) en la lucha por la visibilización de la familia de dos padres en las cadenas generalistas. Menos mal que lo que hizo Will & Grace no fue en vano.
Lo malo: El increíble tufo a moralina que desprende esta escena (y esta) será seguramente la tónica general de la serie.

NEXT CALLER

http://www.youtube.com/watch?v=0bPR6ApR-zc

Sinopsis: Estella es una joven feminista contratada en una emisora de radio para compartir micrófono con Cam, un periodista malhablado y políticamente incorrecto que presenta un programa de humor. Estella tratará de llevar el programa a su terreno, con la lógica reticencia de Cam.
Lo bueno: Jeffrey Tambor en un papel a su medida.
Lo malo: La indiferencia que provoca. Next Caller tiene todas las papeletas para ser ignorada por la audiencia, aunque no parece un desastre sin remedio como casi todos los demás estrenos.

REVOLUTION

http://www.youtube.com/watch?v=JwfCRAtkYEI

Sinopsis: La humanidad se sume en una edad oscura tras agotarse repentinamente toda la electricidad en el planeta. La falta de tecnología y medios de comunicación cambia la faz de la tierra. Quince años después, en una sociedad pre-industrial, una mujer comienza a descubrir los secretos que la relacionan con el apagón
Lo bueno: Como todo lo que firma Abrams, tiene asegurado un tirón inicial que si aguanta puede proporcionar a NBC un éxito. Aunque dure sólo una temporada.
Lo malo: ¿En serio esto es real? ¿Se pueden condensar más clichés en menos tiempo? Abrams sigue explotando la cantidad por encima de la calidad y pierde seguidores a medida que se van acentuando sus limitaciones creativas. ¿Dejará algún día de hacer siempre lo mismo? Yo no cuento con ello.

SAVE ME

http://www.youtube.com/watch?v=8mSJZk8B-jQ

Sinopsis: Después de una experiencia cercana a la muerte, Beth cree que se ha establecido una línea directa entre ella y Dios.
Lo bueno: A juzgar por el clip, lo mejor de esta serie va a ser su protagonista. ¿Supondrá Save Me el reconocimiento definitivo de Anne Heche? Yo la he visto estupenda. Por otro lado, que NBC se meta en cuestiones religiosas es otro ejemplo de la valentía que suele poner en sus proyectos, aunque luego le salga el tiro por la culata. Su creador es John Scott Shepherd (Nurse Jackie).
Lo malo: Que acabe siendo de lo mejor de la temporada en la cadena pero a nadie le interese verla. ¿Una mujer que se cree profeta? No sé yo si cuajará en la audiencia.

2 Broke Girls – Season Finale

No te fallaré

Hoy es lunes. Pero Max Black y Caroline Channing están oficialmente de vacaciones y no las veremos asomar en la pantalla de nuestros televisores -u ordenadores- hasta después del verano. La semana pasada se emitió el final de temporada de 2 Broke Girls, un episodio de 40 minutos que condensa todo lo que ha hecho que nos enamoremos de las dos chicas sin blanca de Williamsburg. En “And Martha Stewart Have a Ball” hay tiempo de sobra para chistes que siguen desafiando el buen gusto y burlando sorprendentemente a la censura, regresos esperados para cerrar frentes o reabrir amistades, y sobre todo, sobre todo, las tetas de Kat Dennings fuera del uniforme de camarera. Fuera en general. Muy fuera. Dios mío.

A lo largo de la temporada, Caroline y Max han ido ajustando sus expectativas y, sobre todo, las prioridades con respecto a sus vidas profesionales. A pesar de los constantes percances, la determinación de ambas ha crecido progresivamente gracias al sueño que comparten, pero sobre todo, a la enorme complicidad que ha derivado de él. En este último episodio, Earl le dice a Max que ya no la reconoce. Es un cumplido, por supuesto -y de hecho, la única intervención de este personaje que me ha gustado en toda la temporada. El nihilismo de Max ha disminuido en favor del optimismo de Caroline. La ex heredera ha logrado que Max decida ser alguien en la vida, que adopte un papel activo y persiga un sueño que ni siquiera sabía que tenía antes de conocer a Caroline. El nuevo motor que mueve a ambas es alcanzar el éxito en los negocios -para una, recuperar lo que tuvo; para la otra, tener por fin algo. La única razón para no abandonar es la amistad.

Martha Stewart aparece en 2 Broke Girls como visión de futuro para las camareras. Caroline encuentra una invitación para una gala benéfica a la que va a asistir la famosa personalidad norteamericana, y como de costumbre, ve en ello una oportunidad idónea para vender su producto. “And Martha Stewart Have a Ball” se centra en los esfuerzos de las protagonistas para llegar a Martha y darle a probar las cupcakes de Max. Durante esta odisea, nos encontramos con personajes conocidos que hacía tiempo que no veíamos. Por un lado Johnny (Nick Zano), el antiguo cuelgue de Max, ahora artista de éxito y a punto de casarse. Max aprovecha la coyuntura -coyuntura=vestido de gala con escote en 4D- para despedirse de él -¿definitivamente?- con un “esto es lo que te pierdes”. Por otro lado, para animar a Caroline, Max devuelve a Chestnut a su hogar. Es normalmente Caroline la que saca a Max de los rincones oscuros en los que se esconde, y precisamente es por ello que Max sabe exactamente lo que debe hacer. Con el caballo de Caroline -y ahora, por derecho propio también de Max- de nuevo en sus vidas, las dos se ponen manos a la obra. Cupcake en bolso, Max y Caroline no se rinden hasta estar cara a cara con Martha Stewart. El episodio concluye con un gesto simple pero muy significativo. La Stewart, después de probar la cupcake de Max, les pide una tarjeta de visita. Un detalle insignificante para Martha, un gran paso para las 2 broke girls. Sin cliffhanger ni fanfarria final, la serie se despide hasta la próxima temporada dejando a las chicas con el mismo dinero, pero con más ilusión que nunca.

Con sus toneladas de sal gorda, su estética noventera y sus tramas simplonas, parecía descabellado que 2 Broke Girls fuera a robarnos el corazón este año. Y aún así lo ha hecho. La clave de su éxito es muy sencilla, y muy evidente: Beth Behrs y Kat Dennings poseen una química televisiva que se traduce fantásticamente en la preciosa amistad entre sus personajes -no hay más que ver a las actrices en la escena de la boutique. Instantes como el salto de Caroline a los brazos de Max en el metro -ocurre en el episodio anterior-, o la (verdadera) emoción de Caroline al ver que Max le ha devuelto a Chestnut nos proporcionan material lacrimógeno que ejerce de contrapunto -o complemento, por qué no- de los chistes sobre vaginas y eyaculaciones, cada vez más explícitos.

Por otro lado, los secundarios de 2 Broke Girls han estado toda la temporada muy por debajo de las protagonistas, pero en estos últimos episodios se ha reforzado la sensación de grupo -con Sophie ya como miembro oficial- y ha servido para que todos brillen en la final -mención especial a ese Han hastiado del monotema cupcake, que acaba desvelando su sueño frustrado: ser jockey. Para despedirse de una audiencia fiel y para regocijo de los que hemos vivido esta amistad a otro nivel, 2 Broke Girls nos regala una escena para la posteridad catódica: Caroline y Max vestidas de gala, cabalgando sobre Chestnut por las calles de Nueva York. Así se hace una season finale.

Guía de renovaciones y cancelaciones (mayo 2012)

Ayer fue un día muy estresante para el seriéfilo. Con los upfronts a la vuelta de la esquina, las networks nos bombardearon a lo largo de la noche con noticias sobre el destino de las series que aún se encontraban en la burbuja de la cancelación -además de otras que ya sabíamos si sobrevivirían o no, y solo necesitaban la confirmación por parte de las cadenas. Solapándose con los anuncios de las nuevas series para la temporada 2012-13, estas últimas noticias van dando forma a la oferta de ficción del próximo año, que promete venir tan cargada como la de la temporada que acaba. Más sorpresas en las renovaciones que en las cancelaciones, unas cuantas alegrías para los fans más activistas (NBC nos quiere, y bueno, tampoco tiene mucho que perder) y alguna que otra baja difícil de asimilar. Veamos cadena por cadena qué series continúan y cuáles podemos archivar para siempre.

30 Rock RENOVADA (para una temporada final de 13 episodios): La serie de Tina Fey es uno de los buques insignia de NBC y por ello la cadena ha decidido otorgarle una nueva temporada a pesar de que sus números son incluso peores que los de Community. Además, Alec Baldwin quiere pasar página en su carrera, así que va siendo hora de cerrar el chiringuito. Un año más para 30 Rock significa no romper el jueves de comedia de NBC, y el número reducido de episodios permitirá a la cadena distribuir mejor sus comedias en la programación.

Are You There, Chelsea? CANCELADA: La sitcom de Chelsea Handler ha tenido números similares a los de las comedias de los jueves, pero la diferencia de calidad entre las series estrella de NBC y la comedia protagonizada por Laura Prepon era abismal. La cadena toma una decisión sensata dejando marchar una serie que desmerecía el conjunto de su oferta cómica.

Awake CANCELADA: Comenzó con números decentes, haciendo que la renovación fuera más que posible. Sin embargo, la serie protagonizada por Jason Isaacs sufrió en su segunda semana una hemorragia de espectadores que ha ido agravándose a medida que avanzaba la temporada, dejando los últimos episodios por debajo de los 3 millones de espectadores. El piloto nos hizo ilusiones. A partir del episodio 2, la cancelación pasó a ser inminente. Y el resto es historia. Una pena, porque era uno de los mejores estrenos dramáticos de la midseason, y de la temporada 2011-12 en general. Ojalá la hubiera estrenado otra cadena.

Bent CANCELADA: Las posibilidades de renovación de la serie de Amanda Peet eran completamente nulas. NBC encargó una temporada muy corta (6 episodios), no promocionó la serie y emitió los capítulos de dos en dos. Vamos, que quería cargársela rápido para poder hacer como si nunca hubiera existido.

Best Friends Forever CANCELADA: Un caso parecido al de Bent. Con una temporada de 6 episodios, sin apoyo por parte de la cadena, y mucho menos de la audiencia, BFF desaparece de la parrilla de NBC, para disgusto de… nadie.

Community RENOVADA (para una temporada de 13 episodios): A pesar de su regreso triunfal después del famoso parón, las audiencias han vuelto a caer en picado situándose en las cifras de antes de Navidad. Aún así, la NBC ha demostrado que tiene en cuenta al ruidoso fandom de la serie y le da una nueva oportunidad (en este artículo os cuento cómo y por qué los fans de Community luchan encarnizadamente por mantener su/nuestra serie en antena). De momento, NBC ha encargado 13 episodios. Ya veremos si obtiene los 9 restantes. Sigamos alzando la voz.

The Office RENOVADA: La novena temporada estaba asegurada, solo era necesario hacerlo oficial. Lo que aún no se sabe es si saldrán adelante los planes de relanzar la serie con un reparto saneado y nuevas incorporaciones, aunque teniendo en cuenta el desgaste de las últimas temporadas, quizás sea lo más recomendable.

Parenthood RENOVADA: El drama invisible de NBC lleva tres años haciendo feliz a la audiencia y recibiendo buenas (aunque escasas) críticas, así que regresará para una cuarta entrega. Yo he decidido ponerme con ella este verano.

Parks & Recreation RENOVADA: La NBC deposita toda su confianza en Amy Poehler y su troupe, y no solo renueva la serie para una quinta temporada, sino que encarga directamente una tanda completa de 22 episodios. Felicidades, a Amy, y a los fans de la serie.

Up All Night RENOVADA: No sabemos si también contará con tan solo 13 episodios, pero la serie de Christina Applegate y Will Arnet tendrá segunda temporada. A pesar de que comenzó con muy buen pie, Up All Night ha ido cayendo en los índices hasta rondar las mismas cifras que el resto de comedias de la network. Pero puede que esto sea precisamente razón suficiente para dejarla en antena un año más. Era eso, o cancelarlo todo.

Whitney RENOVADA: La otra serie de Whitney Cummings (también es la creadora, junto a Michael Patrick King, de 2 Broke Girls) corre mejor suerte que Chelsea. A pesar de no contar con cifras impresionantes, y de ser una de las series novatas más odiadas por la crítica, su audiencia es más que suficiente para la NBC.

Body of Proof RENOVADA: La serie protagonizada por Dana Delaney da una de las mayores sorpresas al ser renovada para una tercera temporada de 13 episodios (después de un año de tirar la casa por la ventana, las cadenas se muestran prudentes de cara al próximo otoño). Muchos atribuyen la renovación al éxito de la serie fuera de Estados Unidos.

Cougar Town CANCELADA/SALVADA: Otra de las comedias más queridas por la audiencia regresará el año que viene para una cuarta temporada, pero se muda a la TBS. Otra muestra más del poder del fandom.

Don’t Trust the B—- in Apartment 23 RENOVADA Con unos índices de audiencia similares a los de Suburgatory, la renovación de Apartment 23 era casi segura, solo había que esperar un poco (se acaba de estrenar y ABC probablemente no quería tener un caso New Girl entre sus manos) y hacerla oficial. En mi opinión, esta comedia es uno de los mejores estrenos de la temporada. Celebremos la presencia asegurada de James Van Der Beek para la temporada 2012-13.

GCB CANCELADA La serie de Kristin Chenoweth no ha cuajado. Con la marcha definitiva de Mujeres desesperadas, la ABC descarga su programación de zorras suburbanas y vallas blancas. Veamos con qué series sobre cincuentonas cubren este vacío el año que viene.

Happy Endings RENOVADA: Otra de las series más queridas por la audiencia regresará el año que viene. Y para regocijo de sus apasionados fans, lo hará con una temporada completa de 22 episodios. La tercera temporada de la serie confirma el éxito discreto pero constante de Happy Endings.

Last Man Standing RENOVADA: A nadie sorprende la renovación de la nueva serie del rancio Tim Allen, que ha gozado de una audiencia más que estimable a lo largo de su primera temporada. Allen gusta. Qué le vamos a hacer…

Private Practice RENOVADA Otro caso de renovación casi segura (a pesar de que atravesó momentos en los que la cancelación no parecía descabellada). Con dos temporadas más aseguradas para Anatomía de Grey, Private Practice continuará bien respaldada en la parrilla de ABC.

Scandal RENOVADA Es un buen año para Shonda Rhimes. Anatomía de Grey permanece enormemente sólida en los índices de audiencia a pesar de estar a punto de finalizar la que es ya su octava temporada, y a la renovación del spin-off de Grey’s se suma la confirmación de una segunda temporada para su culebrón legal Scandal, que ha mantenido cifras estables desde que su segundo episodio superase en audiencia al piloto.

Alcatraz CANCELADA: J.J. Abrams ha tenido un año complicado en televisión. Fringe ha estado en peligro semana tras semana, aunque finalmente ha sido renovada para una temporada final. Alcatraz no ha corrido la misma suerte. Tras un estreno sólido en enero, sus índices de audiencia han descendido hasta hacer inevitable la cancelación. Solo hacía falta que Fox lo anunciase, y así lo hizo hace dos días. Alcatraz no ha convencido a nadie y se marcha tras 13 episodios.

American Dad RENOVADA: La serie de Seth McFarlane (el mal) ha sido renovada para una temporada más. American Dad contará con temporadas completas para 2012-13, y regresará en 2013-14.

Breaking In CANCELADA (otra vez): A pesar de la segunda oportunidad de Fox, y del intento de lavado de cara para la serie de Christian Slater, Breaking In sigue siendo un fracaso absoluto. No habrá tercera temporada.

Family Guy RENOVADA: Exactamente el mismo caso que American Dad. El ritmo de producción de las series animadas obliga a renovarlas con mayor antelación. La undécima temporada de Padre de familia se emitirá en 2013-14.

The Finder CANCELADA: El spin-off de Bones no ha interesado a la audiencia y concluye con 13 episodios emitidos. No ha ayudado que la serie haya cambiado su día de emisión del jueves al viernes. Aunque no sería justo achacar su fracaso a esto, cuando desde un comienzo le resultó muy complicado encontrar su público.

I Hate My Teenage Daughter CANCELADA: La serie de la estupenda Jaime Pressly lleva meses retirada de la parrilla. Objeto de críticas destructivas e ignorada por el público, IHMTD estaba cancelada desde el primer episodio. Fox tenía que hacerlo oficial, y ha esperado a esta semana para hacerlo.

Touch RENOVADA: A pesar de un ligero descenso en las audiencias, Touch se ha recuperado justo a tiempo para los upfronts. Se confirma una segunda temporada para la serie de Kiefer Sutherland. Aunque no olvidemos que Touch viene firmada por Tim Kring (Heroes), así que no cantéis victoria. Aunque siga renovándose, acabará perdiendo interés.

Gossip Girl RENOVADA: Los índices de audiencia de toda la cadena son más bien irrisorios, pero lo de Gossip Girl es antológico. Rozando el millón de espectadores (y en muchas ocasiones por debajo), la serie de Josh Schwartz estaría muy muerta de no ser porque los contratos extendían su vida hasta la quinta temporada. Eso sí, la CW encarga sólo 11 episodios para darle cierre al desastre.

Hart of Dixie RENOVADA: Otra producción de Schwartz para la network adolescente que se salva de la quema (y el año que viene coincidirá con dos más, Cult y The Carrie Diaries). Hart of Dixie era una de las series que competían por los pocos huecos que quedaban en la programación de la cadena, y ha salido vencedora. La segunda temporada tendrá 22 episodios.

Nikita RENOVADA: Lo cierto es que el hecho de que Nikita se emitiese los viernes hacía que la renovación no fuera del todo descabellada, pero que haya sobrevivido a la criba no deja de ser una sorpresa. Se dice que la tercera temporada de la serie protagonizada por Maggie Q garantiza además una cuarta, por motivos de sindicación. No es que el listón esté muy alto, pero Nikita es una de las mejores ficciones de la cadena, así que la renovación es una buena noticia.

Ringer CANCELADA: La serie de Sarah Michelle Gellar nos ha proporcionado los momentos de mayor diversión del año (nunca olvidaremos la secuencia del barco en el piloto, y eso solo fue el principio), pero su rendimiento en las audiencias ha sido increíblemente pobre, haciendo imposible esquivar la cancelación. En este artículo os explico por qué la desastrosa Ringer nos ha gustado tanto. Estamos oficialmente de luto por la comedia involuntaria de la temporada.

The Secret Circle CANCELADA: A pesar de que el comienzo de temporada auguraba un destino feliz para la serie sobre brujas creada por Kevin Williamson, el interés por The Secret Circle se ha ido desvaneciendo progresivamente, resultando en un bajón de audiencia brutal en sus últimas semanas. Tanto Ringer como The Secret Circle dejan hueco para que la cadena siga intentando obtener algún tipo de repercusión en el público. Veamos si la joven Carrie Bradshaw logra arreglar el entuerto.

La era Friends

[El 22 de septiembre de 1994 se emitía en Estados Unidos el primer episodio de Friends, “The One Where Monica Gets a Roommate”. Hoy, 22 de septiembre de 2014, marca el 20º aniversario de esta fecha tan importante para la historia de la televisión. Hace dos décadas que se inició La era Friends, y para celebrarlo, recupero este homenaje en forma de texto a la serie. Happy Friends’ 20th!]

Últimamente, ya sea para hablar de evolución del género o para hallar el origen de algunas de las más recientes comedias televisivas, me ha sido imposible evitar un referente imprescindible: Friends. La sitcom, emitida con fulgurante éxito desde 1994 a 2004 en NBC, transciende fácilmente la categoría de clásico. Es una de las piedras de toque más reconocidas y uno de los productos más universales y traducidos -porque es uno de los más traducibles- de la televisión norteamericana. Pero sobre todo, Friends es uno de los elementos indispensables a la hora de entender el comportamiento social de toda una generación. La serie creada por David Crane y Marta Kauffman partía de una premisa tan simple y genérica que desde los despachos de Warner Bros nadie se esperaba el fenómeno social y cultural en el que se acabó convirtiendo: seis amigos veinteañeros que comparten sueños, aspiraciones y ‘dolores de crecer’ en la Nueva York saneada de Rudolph Giuliani. Se llegaron a considerar títulos como Across the Hall, Insomnia Cafe o Six of One -este último estuvo a punto de salir adelante-, pero finalmente se optó por el simplista pero premonitorio Friends –originalmente Friends Like Us. Esa sencilla palabra adquiría así, durante los primeros años de emisión de la serie, un nuevo significado cultural que a día de hoy aún conserva.

Según los innumerables textos escritos al respecto, el apabullante éxito de Friends en todo el mundo se debía a la universalidad de sus situaciones y a lo enormemente fácil que era identificarse con sus seis protagonistas, interpretados por seis jóvenes actores que suponían uno de los mayores aciertos de casting que se recuerdan. Sin embargo, más que la identificación, lo que Friends logró fue potenciar la ensoñación de millones de ‘extranjeros’, que deseaban -deseábamos- con todas sus fuerzas verse reflejados en Monica, Chandler, Rachel, Phoebe, Ross y Joey -un episodio de la británica Skins refleja esta idea con acierto y mucha gracia. En este sentido, Friends nos imprimió a fuego el sueño de Nueva York, nos hizo buscar -casi obsesivamente- el ‘factor Friends‘ en nuestras aburridas vidas. De repente, en nuestros planes de futuro era imprescindible compartir piso, y a poder ser, tener como vecinos de enfrente a nuestros mejores amigos. Como ocurría con Los Simpson, otro producto al que la etiqueta de ‘clásico’ le queda pequeña, cualquier situación cotidiana tenía su referente en Friends. Y era tanto porque Friends hablaba de nosotros como porque nosotros nos empeñábamos en que así fuera.

Algo que benefició indudablemente al éxito de la serie fue la complicidad y el compañerismo entre los seis actores que interpretaban a los protagonistas. Exceptuando los -débiles- rumores de rivalidad entre Jennifer Aniston y Courteney Cox, Friends se mantuvo ajena a polémicas fuera de plató durante su década en antena. Desde un primer momento, los seis actores idearon un pacto para cubrirse las espaldas mientras durase la serie. Ninguno podía cobrar más que los otros, y los acuerdos se firmaban entre los seis. Allá por la sexta temporada de la serie, las batallas por los contratos adquirieron más repercusión mediática, y los seis actores empezaban a cobrar un millón de dólares por episodio. A pesar del desgaste progresivo -y lógico- a medida que la serie sumaba temporadas -de hecho, la serie empezaba su declive en la sexta temporada, tras la primera gran negociación-, el oro verde acababa convenciendo a todos para que pospusieran sus sueños de celuloide -o sus jubilaciones anticipadas. Por mucho que el dinero estuviese a punto de empañar la relación de la serie con su entregada audiencia, Friends continuó satisfaciendo a un público que se negaba a despedirse de sus amigos catódicos.

La serie sufrió importantes transformaciones a lo largo de sus años de emisión. Sus primeras temporadas -aún en ‘los segundos 80’ que fue la primera mitad de los 90- se adscribían a la categoría de ‘sitcom inteligente’ que habían cultivado comedias precedentes y contemporáneas como CheersFraiser o Loco por ti -con la que incluso Friends mantenía una trama-crossover que involucraba a las hermanas Buffay-, pero añadían un componente fresco y cosmopolita -de pega, por supuesto-, que la situaba rápidamente como precursora de un subgénero ya de sobra arraigado: la comedia sobre amigos en la gran ciudad. A medida que los años pasaban, el humor blanco de Friends iba incorporando más dosis de sexo, a la vez que involucraba sentimentalmente a sus protagonistas. Para muchos, la serie desvirtuaba así su esencia, llevando incluso a hablar de Couples como un título más apropiado. Pero nada de esto acabó cuajando, porque Friends seguía haciéndonos reír a carcajadas, y porque al final, se nos siguió hablando hasta el último momento de una amistad sin fisuras que se anteponía al amor romántico. Monica y Chandler se convertían en pareja, haciendo entrar a la serie en terreno pantanoso -ya teníamos una pareja en la serie y no necesitábamos otra-, sin embargo, la pareja nos explicaba al final de la sexta temporada cuál era la fuerza que bombeaba el amor que sentían el uno por el otro: Monica y Chandler -Mondler- eran, ante todo, mejores amigos.

¿Cuándo saltó Friends el tiburón? Pues sería muy fácil identificar ese momento con la infame trama en la que Monica cree que Chandler se excita con los documentales de tiburones -¿chiste obvio o caída libre sin paracaídas? Sin embargo, muchos coinciden en señalar el declive de Friends cuando la serie no fue capaz de mantener la delicada armonía entre amor y amistad de la que hablábamos, y se le ocurrió emparejar a Rachel y Joey. No duró muchos episodios -la respuesta negativa de la audiencia obligó a los productores a dar fin a esa relación- pero fue suficiente para que nos diéramos cuenta de que la serie se estaba agotando. Las temporadas octava y novena transcurrieron dando palos de ciego y, aunque nuestra adicción nos decía que era preferible tener más Friends –aunque fuera de menor calidad- que dejarlos marchar, el “fin de una era” había llegado tres o cuatro años antes del verdadero final de la serie.

Sin embargo, Friends recuperó gran parte del lustre para su décima entrega. Dejando atrás los errores de anteriores temporadas, la serie exploraba relaciones que sí nos apetecían, como la de Phoebe con Mike (Paul Rudd), y hacía evolucionar la de Chandler y Monica hacia terrenos más dramáticos -la esterilidad de Monica-, dando como resultado una temporada tremendamente agridulce -al fin y al cabo, sabíamos que era la última-, y sorprendentemente satisfactoria -menos mal. Mientras esto ocurría, Ross y Rachel seguían con su tira y afloja que ya duraba siete años: se separaron al final de la tercera temporada, y desde entonces Friends jugó a acercarlos y distanciarlos, reservándose el final feliz para el último episodio. Esto fue en cierto modo lo que aguó la conclusión de la serie, que giró en torno a la gran pregunta “¿volverán Ross y Rachel?” -aún sabiendo cuál era la respuesta. Por suerte, la escena final de Friends no tenía que ver con la pareja, sino con la amistad de los seis protagonistas. Friends nos golpeaba a todos sin piedad con la imagen de un piso vacío y seis amigos que dejaban sobre la repisa la llave de una puerta que en realidad nunca habían necesitado, porque siempre había estado abierta para ellos. Esas seis llaves nos indicaban que había llegado el momento de volver a la realidad de nuestras vidas. Para muchos, aceptar el final de Friends fue tan duro como asumir que una etapa vital concluía y se nos obligaba a entrar en otra.

Las interminables reposiciones de la serie nos devuelven constantemente a la señorita Cherendler Bong, el numerito de Nochevieja de Ross y Monica, el “estábamos tomándonos un descanso”, los tazones de café de litro y medio del Central Perk, al vecino macizo que se convirtió en el vecino gordo desnudo de la noche a la mañana, y tantísimos otros instantes que ingresaron en la cultura popular y se han convertido en chistes recurrentes para toda una generación. Seguimos teniendo a nuestra disposición esos modelos de comportamiento que hace unos años nos ayudaban a definirnos -yo era una mezcla entre Chandler y Monica, ¿y vosotros?-, aunque ya haga tiempo que no los necesitemos. A día de hoy, se sigue -erróneamente- buscando sustituta de algo que no acepta reemplazos, sino solo sucedáneos. En los últimos años nos hemos encontrado con productos que recurren a Friends para construir la base de sus discursos, reconociendo la serie como influencia explícitamente –Community-, o de manera indirecta –Girls, Don’t Trust the B—- in Apartment 23. Otras series, como Happy Endings o Cómo conocí a vuestra madre han trasladado con mayor o menor acierto -y de manera más literal- la premisa de Friends a un modo de hacer televisión más contemporáneo. Sin embargo, ha quedado demostrado con creces que no es posible traducir el fenómeno a la televisión actual. Porque ellos no saben que sabemos que saben que lo sabemos: Friends es intocable.

¡Eureka!: Mad Men, “At the Codfish Ball” (5.07)

En Sterling Cooper Draper Pryce saben exactamente cómo hacer su trabajo. Sin embargo, por mucho que esté en la naturaleza del ad man, hay ocasiones en las que vender humo se convierte en una tarea complicada. Pete es todo un experto en el arte del engaño (como para no serlo con lo que se esfuerza él). Se lo demuestra al padre francés y marxista de Megan en una breve pero magnífica escena durante la gala que tiene lugar en “At the Codfish Ball”. Emile Calvet (Ronald Gutter) le pregunta -condescendiente y belicosamente- qué es exactamente lo que hace en su trabajo diariamente. Campbell le responde con convincentes elogios que Emile se traga casi hipnotizado. Al final, Pete le dice “eso es lo que hago”. Emile se ríe -por supuesto, su pregunta iba dirigida a Don Draper, de quien no habría aceptado una respuesta así. En Sterling Cooper Draper Pryce se suele cerrar un negocio a base de camaradería masculina y peloteo de alto standing. A eso se dedican principalmente los mad men. Pero no siempre es suficiente. De vez en cuando, los hombres de la Avenida Madison se encuentran con clientes poco receptivos a sus trucos de magia. Una presentación exitosa es esencial, pero al final, lo más importante siempre es una buena idea. Y Megan Draper ha tenido una.

A lo largo de lo que llevamos de quinta temporada de Mad Men, la mujer de Don Draper nos ha dejado claro cuál es el futuro que quiere para ella. La hemos pillado a menudo en el despacho de Don, cuando este ha estado fuera incapacitado o ‘de servicio’. Y hemos visto aflorar a su Mr. Hyde en varios momentos en los que su marido la ha tratado como mujer trofeo -esos momentos en los que hemos visto emerger al Mr. Bateman de él. En “At the Codfish Ball”, Megan materializa su deseo de ser copywriter, hasta ahora solo eso, un deseo -o un capricho-, gracias a una gran idea que evita que la agencia pierda uno de sus clientes más importantes, Heinz.

La victoria es agridulce para la francesa, que empieza a dudar de la legitimidad de sus propios métodos. Hasta ahora, Megan ha sido la sombra de Peggy, Stan y Michael en la oficina, huyendo siempre que ha podido de la de su marido. Pero ha tenido una oportunidad de oro, una que no pudo tener Peggy en ningún momento, para demostrar que lo suyo no es solo cabezonería. Es talento natural -o “suerte del principiante”, ya lo veremos. Ante las felicitaciones de una Peggy que se atribuye parte del éxito de la Sra. Draper -porque lo necesita-, Megan se muestra insatisfecha, prudente, e incluso avergonzada: “no me quiero llevar todo el mérito”. En la gala, mientras Don recibe otro premio, el señor Calvet confirma las inseguridades de su hija, acusándole de estar usando a su marido para trepar profesionalmente. La francesa había estado evitando ese pensamiento hasta ahora. Asegura a su padre que esto no es su final, es su comienzo. Pero no hay convicción en sus palabras. Don ha pasado de ser su trampolín a principal obstáculo en su inmersión profesional. Haber tenido la idea para Heinz es lo de menos en un mundo que cuestionará por defecto sus métodos por el mero hecho de ser mujer, y en concreto por ser  una ‘esposa’. Sin embargo, Don no se siente amenazado por el éxito de su mujer, al contrario -de hecho, le pone muy cachondo. Mientras Ken Cosgrove chista a su mujer y Mr. Heinz acalla la opinión de su esposa, Don forma con Megan el tándem perfecto para llevar a cabo el pitch perfecto. Megan cede al sexismo del otro lado de la mesa, pero no porque crea que es su papel en la sociedad, sino porque son los gages del oficio. La Sra. Draper está lista para ser una ad woman, aunque ello conlleve deshacerse de un par de rocas en el camino -es eso o convertirse en sus padres.

“Cuando me pasó a mí, actuaron como si ocurriera a cada momento. Y no es así. […] Es un buen día para mí”. Con estas palabras, Peggy Olson felicita a Megan Draper tras su éxito con Heinz. Peggy ha superado las primeras fases de adaptación al mundo masculino de SCDP, y tiene otros problemas -en gran medida derivados de su vida profesional. Olson se ve reflejada en Megan, a pesar de que la mujer de Don no esté tan convencida de que sus casos sean similares. Peggy ascendió única y exclusivamente gracias a su talento y perseverancia. Megan se ha saltado unos cuantos pasos. Sin embargo, Peggy ve éxito, porque reconoce el talento, y porque la victoria de una es la victoria de todas. Y también porque, como decíamos, tiene otras cosas en la cabeza. Abe le ha pedido que se vayan a vivir juntos, en lugar de proponerle matrimonio. La desaprobación de su implacable madre -que le dice que si quiere compañía se compre un gato, y cuando este se muera, otro- es contrarrestada por una generosa y maternal Joan, que le abre los ojos: lo único que importa es que él quiera estar con ella, da igual cómo. Melancólica pero orgullosa de su amiga y ex protegida, Joan felicita sinceramente a Peggy -precioso abrazo entre las dos- y apunta otro tanto para su género. Es un buen día para Peggy. También para Megan y Joan, aunque no lo parezca.

Por último, en “At the Codfish Ball” -primer episodio de la temporada cuyo guión no viene firmado por Weiner- se sigue explorando la tumultuosa pubertad de Sally Draper, cada vez más inmersa en el “sucio” universo adulto en el que su padre habita -¿Betty Francis? ¿Quién es esa? No recuerdo a ninguna Betty. El vecino creepy de los Draper vuelve a escena. Primero pensamos que, después de todo, la amistad de los dos niños ha evolucionado hacia lo sano. Más tarde lo vemos a él, aparentemente desnudo con tan solo una chaqueta cubriéndolo, mientras conversa con Sally por teléfono. Perturbador, como siempre. Ella le ha llamado porque acaba de presenciar una felación de la madre de Megan (Julia Ormond) a Roger Sterling. Es inevitable. Tras la puerta número uno se encuentra la adultez de Sally Draper. Por mucho que su padre se empeñe en retrasarla, prohibiéndole que se maquille o que lleve botas altas, Sally lleva ya un tiempo observando lo que ocurre a su alrededor -de hecho, hace unos años Don le enseñaba a preparar copas para él. Y no hay marcha atrás ni frenos que valgan.

At the Codfish Ball” es uno de los números musicales que Shirley Temple interpreta en su película de 1936 Captain January -vale, ya me acuerdo de quién es Betty. En él, la mítica estrella infantil canta para un montón de hombres -marineros, para más señas- que están invitados al “Baile del Bacalao” y que se vayan con ella al fondo del mar. Sally Draper se ha vestido de mujer -Temple se viste de hombre la escena mencionada-, hasta Roger Sterling hace las veces de su pareja de baile, llevándole cocktails a la mesa -un Shirley Temple, por si no estaba claro. No obstante, la hija de Don Draper es aún demasiado pequeña para convertirse en adulta, incluso para fingirlo -le retiran el Shirley Temple antes de que se lo beba. Pero ya es lo suficientemente mayor como para darse cuenta de que a su alrededor todo es sexo.