Ser hipster en los 60: Mad Men, “Tea Leaves” (5.03)

Ya lo decíamos la semana pasada. La fascinante Betty Francis permanecía en la sombra mientras los dos primeros episodios de la nueva temporada de Mad Men nos mostraban cómo el tiempo había afectado a Sterling Cooper Draper Pryce. Cuando comienza este extraño “Tea Leaves”, comprobamos que la Sra. Francis no estaba esperando el momento perfecto para hacer su gran entrada, sino que más bien estaba escondida. Esperábamos a la Gran Zorra, con toda su amenazante perfección y su coraza de acero, y nos encontramos en su lugar a una Betty apocada y amansada por su problema de peso. La -permanente- vulnerabilidad de Betty se manifiesta así a través de un carácter más afable, reservando sus prontos de hijaputez para su suegra. No te crees de verdad lo de que los gordos son más simpáticos hasta que conoces a la nueva Betty Francis. Sin embargo, tras las capas de maquillaje y prótesis, distinguimos a la Betty hastiada, insegura e insatisfecha que todos conocemos.

La ex mujer de Don quiere volver a ponerse el disfraz de Sra. Draper. Nos damos cuenta cuando, en ausencia de su perfecto marido Henry, y tras recibir la noticia de que su problema de peso puede estar causado por un tumor, busca el único consuelo al que se muestra realmente receptiva, las palabras de Don: “todo va a salir bien”. Sus hijos ni quiera son un factor. No se acordaba de que existían (¡esa sí es nuestra Betty!) De esta manera, Weiner reintroduce al personaje, ahora como “mujer de mediana edad”, creándole este nuevo conflicto para incidir en la que parece ser la idea central de esta temporada: el paso del tiempo. En la última escena de “Tea Leaves”, Betty se come el helado de su hija después de acabarse el suyo. ¿Vuelve a la comodidad de la resignación porque todo ha quedado en un susto o se rinde ante un destino que solo conoce ella? Recordad que en ningún momento oímos al doctor dándole las buenas noticias sobre su estado de salud. Sea como fuere, al final, el absoluto secretismo de Matthew Weiner con respecto a esta temporada ha servido para algo: después del shock, no podemos parar de hablar de Betty gorda, de ese infame plano de espaldas emergiendo de la bañera o de su naranjismo a lo Lee Adama.

Aunque parezca mentira, en “Tea Leaves” ocurren más cosas además de Betty gorda. Y prácticamente todas las tramas están relacionadas con esa evidente preocupación por el tiempo. Fuera de las oficinas se gesta una revolución social protagonizada por la juventud, y ante eso, Don Draper se está quedando anticuado. O está madurando -cosas más raras se han visto. Siempre caracterizada por ir un paso por delante, la agencia ingresa en una etapa en la que se hace necesaria la renovación, y la innovación. Los jóvenes reemplazan a los viejos -que sí, que captamos el mensaje-, y en este sentido, hasta Peggy se está quedando en el pasado. Solo que a ella no le afecta, porque no se siente amenazada por el nuevo talento. Pete sigue trepando, hasta el punto de pisotear a un Roger Sterling que se ha dado cuenta de que ya sirve para poco. En esta nueva etapa, no es suficiente con pasearse whiskey en mano y derrochar encanto canalla. Resulta que hay que trabajar. Y Pete trabaja como nadie. Tanto que ha conseguido a la aerolínea Mohawk para SCDP -utiliza a Roger para atribuirse el mérito y luego dejarlo en ridículo delante de toda la agencia-, lo que obliga a Don a buscar un copywriter con el que impresionar al nuevo cliente. Entra en escena Michael Ginsberg. ¿Nos gusta? Yo aún no lo sé. El nuevo personaje simboliza esa reinvención y adaptación que tanto está alterando a los personajes, y hasta puede que sea un catalizador necesario. Sabremos más de Michael -no habríamos conocido a su padre si fuera a ser de otra manera- y podremos sacar conclusiones. De momento yo me quedo con sus ganas de tirar “algo” por la ventana. ¿Será Pete ese algo y Roger le echará una mano?

Una de las mejores escenas de “Tea Leaves” está protagonizada por ese nuevo Don que aún no sabemos muy bien si está haciéndose viejo o madurando, o las dos cosas. Heinz quiere a los Rolling Stones para que canten el jingle de su nueva campaña televisiva, así que Don y Harry -que también intenta mudarse al presente-, asisten a un concierto con la intención de captar el interés de la banda. Mientras hipster-Harry habla -supuestamente- con los Rolling, Don interroga a una joven groupie. El Don de hace cuatro temporadas habría intentado seducirla. Quizás no sexualmente, pero sí para reafirmarse en su carácter atractivo y enigmático. Sin embargo lo que hace es recabar información que podría resultarle valiosa para entender mejor a su mujer -sus catorce años de diferencia empiezan a notarse y Don se encuentra fuera de lugar-, pero sobre todo para recuperar el lustre como publicista de vanguardia y adaptar así SCDP a los tiempos que corren. No es el único que pone de su parte. Cada uno hace lo que puede y sabe hacer. Así, el adorablemente racista Roger (¿puedo decir algo así? lo siento si no) quiere contratar a un judío para aumentar la diversidad de la agencia: el anti-mad man Michael Ginsberg, de nuevo. Junto a hipster-Ginsberg, Pete Campbell y Megan Draper son los personajes que mejor simbolizan el inevitable ascenso de la juventud en la agencia. Decidme que no os ha encantado ver a Megan empapándose de publicidad, aconsejada por Don. Aún está por ver si la mujer de Don es demasiado tonta o demasiado lista. De momento sabemos que habla francés, lo demás lo intuimos.

Mad Men nos está dando en las narices con el tempus fugit -el episodio concluye con “Sixteen Going on Seventeen” de Sonrisas y lágrimas– y yo estoy echando un poco de menos la extrema sutilidad que siempre la ha caracterizado. Claro que no la echo tanto de menos como a Joan.

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