Aquel maravilloso tiempo: Mad Men, “A Little Kiss” (5.01-02)

Matthew Weiner es un perro muy astuto, además de un guionista de excepción, y así lo demuestra el estreno de la quinta temporada de Mad Men. El uso que hace Weiner del tiempo, un elemento evidentemente esencial en su serie, es extraordinario. No solo han pasado 17 meses desde que vimos el anterior episodio de la serie, sino que por las vidas de Don Draper y sus satélites de Sterling Cooper Draper Pryce también ha transcurrido un tiempo considerable. Tanto que hasta alguno de esos personajes ha dejado de girar a su alrededor. El estreno de doble duración, “A Little Kiss”, está claramente formado por dos episodios distintos -se emitirán por separado en sindicación. La escisión toma lugar en la calle, en la misma puerta del edificio donde se alojan las oficinas de SCDP. La primera parte se centra en la nueva vida de Don Draper como hombre casado (en segundas nupcias). La segunda nos vuelve a abrir -oficialmente- las puertas de la agencia de publicidad de la calle Madison y nos muestra cómo ha afectado este año a sus empleados. No importa que una parte nos haga testigos de lo que ocurre en los hogares de los protagonistas y otra nos devuelva a la oficina, ambas nos hablan de lo mismo.

Donald Draper tiene 40 años. Los tiene desde hace medio año, pero eso no es importante, porque como dice su nueva mujer, Megan -que ya nos gustaba, pero ahora nos ha enamorado-, solo lo sabe él. ¿Se equivoca? Por supuesto. Precisamente importa más porque solo lo sabe él. Si hemos aprendido algo de Don Draper es que su vida está casi íntegramente definida por lo que únicamente él sabe. La primera hora de “A Little Kiss” es un pausado pero hábil relato centrípeto que nos conduce hasta la fiesta sorpresa que Megan prepara para Don. En él observamos recelosos un cambio en el protagonista en el que el resto de personajes incide en varias ocasiones: Don ha cambiado, Don es más feliz. Al principio no sabemos si es cierto o es pura cortesía e ignorancia. Al final, como sospechábamos, descubrimos que se trata de lo segundo. Don sigue siendo un hombre atormentado e infeliz. El cambio que Megan -y su nuevo y luminoso apartamento en la ciudad- introduce en su vida es solo un espejismo. No importa que sonría en su fiesta, da igual que su nueva mujer tenga las piernas más largas de Nueva York, se maneje de maravilla con sus hijos y le cante un tremendamente sensual y pizpireto “Zou Bisou Bisou” -inesperado momento musical en Mad Men que nos deja a todos boquiabiertos-, Donald Draper sigue siendo el mismo. Si para algo le ha servido el tiempo a él es para saber esconder mejor su malestar.

De momento, La Reina de Hielo no hace acto de presencia en “A Little Kiss”. Si pensamos en temporadas anteriores, la desagradable y fascinante ex mujer de Don siempre aparece cuando el relato ya empieza a madurar. Betty Francis sabe cuándo es el momento de hacer su entrada. Y yo lo espero ansioso.

Volviendo a los personajes que sí hemos visto en “A Little Kiss”, no es Don el único que no avanza en su nueva vida. En ausencia de su marido, Joan se enfrenta a la maternidad con la ayuda de su madre -primero M.J. y ahora Martha Huber, Mad Men se ha convertido en una reunión de actores de Mujeres desesperadas. El cambio se hace evidente en su aspecto físico. Conocemos a la nueva Joan de andar por casa: ropas anchas, pelo alborotado y cara de amargura. Pero no tardamos en reconocer a nuestra Joan Harris: asertividad y agresividad felina, mezcladas con una pizca de inseguridad. Joan necesita volver a SCDP. Por último, Pete Campbell es el tercer personaje utilizado para mostrar el reverso tenebroso del paso del tiempo. La desdicha de Pete también tiene que ver con lo que ocurre en casa. De momento, Weiner nos quiere hacer pensar que Pete se está convirtiendo en Don Draper. Al menos en el Don Draper que los demás conocen.

Dejamos las casas de los protagonistas -menos la de Don, que sigue en la cama, supuestamente porque “es feliz”- y tomamos un tren con Pete y un taxi con Lane Pryce para dirigirnos a su verdadero hogar: Sterling Cooper Draper Pryce. Allí también podemos observar cambios. Para empezar, la oficina parece prosperar -a pesar de los perennes problemas económicos-, como señala la sinfonía de teléfonos y máquinas de escribir que nos recibe. En contraste, Peggy Olson está algo estancada. A lo largo de “A Little Kiss”, vemos a una Peggy más relajada y confiada, con su disfraz de copywriter ya asimilado en la piel. Ha bajado la guardia y se encuentra en un lugar cómodo. Don ya no ejerce la misma presión sobre ella, y en consecuencia, ella no parece exigirse a sí misma como antes. Por el contrario, Pete canaliza en la oficina su desgracia como esposo y padre de familia. Con unos Draper, Sterling, Pryce y Cooper apiñados en el sofá de su oficina y reducidos a chiste, Pete da una lección: no necesita un despacho enorme para impresionar a nadie.

Y así es, en definitiva, cómo Mad Men hace de la elipsis un arte en sí misma. Con un pulso ejemplar -sobre todo en el segundo episodio, en el que destaca la agilidad cómica de las escenas en la oficina-, la serie estrella de AMC -récord de audiencia en este primer episodio, por cierto- nos re-introduce en su relato, con los cambios pertinentes y sin descuidar en ningún momento todo lo que nos fascinó de las temporadas anteriores. Las nuevas tramas y las transformaciones en los personajes abren muchos frentes sin dejar de contar la misma historia en ningún momento. “A Little Kiss” concluye  con la introducción de un tema que aún no ha tenido el mismo peso que otras cuestiones sociales en la serie: la segregación racial. Dejemos que el tiempo nos siga desgranando esta gran novela que inaugura un nuevo capítulo con aire certero.

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