Mad Men: la cura para la serie común

A lo largo de un lustro, la ficción televisiva puede experimentar numerosas transformaciones, así como generar gran cantidad de modas y tendencias. Y lo normal es que lo haga. Mantenerse en el candelero durante una temporada es fácil para algunas producciones seriales, en permanente búsqueda de la vanguardia y la innovación –Heroes, Prison Break. Hacerlo durante varios años sitúa a algunas ficciones como referentes incontestables de una etapa de la televisión –Perdidos. Pero, ¿qué ocurre cuando una serie está a punto de estrenar su quinta temporada y el mundo entero le sigue prestando la misma atención que al principio? Sin duda, estamos ante el eslabón definitivo del nuevo drama televisivo, pieza central del ya inabarcable fenómeno de la quality television: Mad Men. La serie creada por Matthew Weiner para AMC -avanzadilla de la televisión de calidad, plantando cara a la todopoderosa HBO- ha logrado ganarse el beneplácito de la crítica y la etiqueta de obra de culto, gracias a cuatro temporadas que, lejos de mermar su calidad con el paso del tiempo, han ido superándose una tras otra. ¿Cuál es el secreto del éxito de Mad Men? Exactamente el mismo que el de su protagonista, Don Draper: una más que atractiva fachada, un enigmático trasfondo y la más sofisticada de las campañas de márketing. Con esta serie tenemos la garantía de que no nos están vendiendo humo, aunque pueda parecerlo en ocasiones. Nunca antes habíamos estado tan encantados de sucumbir a las embaucadoras estrategias de la mejor publicidad. Así es, estamos más que preparados para los nuevos episodios de Mad Men.

Tomando los elementos constituyentes del melodrama y la telenovela, Mad Men deconstruye los géneros presentando un modelo narrativo que recupera la tradición novelísica de la primera mitad del siglo XX, combinada con elementos del cine clásico de Hollywood, para abrazar el nuevo modelo de ficción seriada. La regresión como vehículo hacia la novedad. El abandono del contenido episódico en favor del entramado serial y la autorreflexividad absoluta es lo que caracteriza principalmente a la nueva televisión norteamericana -llámese meta o hipertelevisión, da igual, pronto prescindiremos de etiquetas-, y Mad Men no es sino la última expresión de esta idea. Se habla mucho de “la gran novela americana” para describir este tipo de ficciones que han venido a revolucionar los esquemas narrativos de la televisión. Los Soprano, The Wire y ahora Mad Men nos adentran en un extenso y absorbente relato que, aprovechándose de la periodicidad semanal, desafía los preceptos institucionales. Sin embargo, esto no es lo que diferencia la serie de AMC del resto de productos televisivos. En mayor o menor medida, todas las series -incluidas las comedias- están completamente sumidas en esta nueva forma de hacer televisión. Entonces, ¿qué hace que Mad Men destaque por encima de todas ellas?

De un lado, no cabe duda de que la factura técnica y el apartado estético de la serie es una de sus características más diferenciadoras. Hablábamos antes de modas, y si hay una serie que ha marcado tendencia durante estos últimos años es Mad Men -las networks NBC y ABC han adoptado sus postulados estéticos con sonados fracasos: The Playboy Club y Pan Am respectivamente. Otro de los rasgos principales de la nueva ficción televisiva es la creación de la imagen de marca y las etiquetas vinculadas a una serie, y en este sentido Mad Men es la marca que engloba a todas las demás: principalmente la de autor -Weiner fue guionista de Los Soprano– y la de la cadena -la AMC se ha consolidado en pocos años como garante de calidad. El mimo con el que está tratada la apariencia de la serie salta a la vista en todo momento. A través de una meticulosa reconstrucción histórica de la década de los 60, Weiner elabora un detallado y riguroso documento sobre una época de transformación en la sociedad norteamericana -ese siempre fue el objetivo principal del productor. El éxito de tamaña empresa es evidente: Mad Men se ha convertido en piedra de toque de la historia televisiva, alcanzando cotas inauditas de perfección formal. Sin embargo, no es su diseño de producción, vestuario o peluquería lo que ha hecho que la serie conserve su trascendencia en el medio durante cinco temporadas. Al menos no exclusivamente.

Es la hábil combinación de entereza visual y contenido lo que ha provocado que Mad Men sea reconocida año tras año -un pleno de cuatro Emmys a mejor serie dramática la avalan- además de convertirse en el objeto de investigación más esencial de los más recientes Estudios Televisivos. La complejidad narrativa de Mad Men radica principalmente en el rupturista manejo que hace de los acontecimientos más telenovelescos. Infidelidades, embarazos indeseados, traiciones, conflictos familiares. Ninguno de estos elementos desencadena reacciones grandilocuentes ni excesos dramáticos. En lugar de eso se opta por una emotividad contenida, y la intensidad de las tramas descansa en el malestar de una mirada que casi pasa desapercibida. Algunos conflictos quedan sin resolver, o más bien se terminan de desarrollar en el interior de los personajes, confiando al espectador el cierre de los mismos -muchas gracias. No es hasta que finaliza un episodio, o una temporada, cuando hacemos uso de todos los elementos puestos en juego para terminar de conocer a los personajes de Mad Men. Esto genera una relación entre personaje y espectador que pocas veces hemos experimentado. Los sentimientos de los personajes se ven a menudo coartados por la realidad de la interacción humana, extraña, pausada y llena de silencios y elocuciones inacabadas o indescifrables por los protagonistas. Somos nosotros, testigos de excepción y cómplices de las vidas de estos personajes, los que tenemos la labor de guardar secretos, leer entre líneas y comprender lo que ocurre en su interior. De esta manera se alcanza una plenitud como espectador que puede llegar a resultar abrumadora. Quizás el episodio que mejor ilustra esta idea sea “The Beautiful Girls” (4.09) -aunque cualquiera nos sirve en realidad. En él asistimos a un íntegro desnudo psicológico de tres mujeres (Joan, Peggy y Faye), pero no es hasta el último plano, en el que vemos sus -ya transparentes- rostros desapareciendo tras las puertas de un ascensor, cuando llegamos a conclusiones definitivas sobre ellas. Es a aquel precioso y sobrecogedor instante -confieso que me hizo llorar durante un buen rato después de los créditos- al que me remito habitualmente para recordar por qué Mad Men no es como el resto de series.

Para hacer converger todos estos elementos y obtener un producto de calidad -como es el caso-, hace falta un complejo trabajo de escritura. Y Mad Men puede jactarse de haber perfeccionado el arte del guión para televisión. La exhaustiva labor de documentación y la envidiable construcción de personajes se ve reforzada por un riesgo que ignora todo convencionalismo y un compromiso artístico con la obra que escapa de soluciones acomodaticias y no busca necesariamente la satisfacción del espectador por la vía fácil. A esto hay que añadir el exquisito juego metalingüístico que hace coincidir discurso interno y la propia maquinaria publicitaria de la serie. Así, Don Draper representa la estrategia de márketing definitiva. Explotando su indudable magnetismo y su misterioso pasado se elabora un pretexto a partir del cual desarrollar una historia protagonizada por mujeres. Peggy Olson es el verdadero corazón de Mad Men y a través de su personaje asistimos al desarrollo de una historia que está a punto de entrar en un nuevo -y seguramente apasionante- capítulo. Enciendan un cigarrillo, sírvanse un whisky, o imagínense en alguno de los vestidos que las protagonistas lucen en la serie, y  a continuación prepárense para dejar todo eso de lado y seguir descubriendo lo que se esconde tras el humo que llena la habitación. Mad Men ha vuelto.

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Comentarios (4)

 

  1. Estefano Rodríguez dice:

    Es una pena no poder comentar por desconocimiento de la serie pero disfruto mucho tu forma de escribir, aunque en los dos artículos que he leído tuyos,éste y el de Community Meta o algo así, da la impresión de que tienes que decir que cada una de ellas está por encima de las demás serie de sus respectivos géneros.

  2. Imagen de perfil de fuertecito fuertecito dice:

    Muchas gracias por tus palabras, Estefano. Precisamente ayer, después de publicar el artículo, comenté en persona lo exaltado que era, al igual que el de ‘Community’. La verdad es que cuando algo me gusta tanto como estas series, pongo mucho empeño en explicar por qué. A veces intento contenerme y me centro más en los aspectos negativos. Algunos hasta me dicen que soy un cascarrabias y me quejo de todo. Con estas dos no he podido hacer eso, porque apenas encuentro nada negativo en ellas. Así que en parte es un defecto que debo pulir, pero además es casualidad que hayas leído mis dos entradas sobre mis dos series favoritas actualmente en antena, que da la casualidad que son ya de mis 5 series favoritas de toda la vida 🙂

  3. javierpmar dice:

    El final de The Beautiful Girls es maravilloso 🙂
    Creo que en mi blog dije más o menos lo contrario que tú aquí xD

  4. Julio C. dice:

    De acuerdo en todo menos en cuando la sitúas al mismo nivel de “serialidad” que The Wire o Los Soprano, en esa línea de “gran novela por entregas” de las mencionadas. Mad Men es más casi como A Dos Metros Bajo Tierra, con un planteamiento también con fuerte componente serial pero de naturaleza más episódica… y la quinta temporada ha sido la más ejemplar en ese aspecto, con una entrega para la historia de la TV, ese 5×06 titulado “Far away places”, con tres historias completamente separadas al margen de la actividad de SCDP.

    Es más, he escuchado más de una teoría acerca de que esta serie es en realidad una ácida sitcom encubierta,… y aunque suene a cachondeo, quizás no le falte su punto de razón. Saludos.

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