The Office: Evaluación del nuevo jefe de Dunder Mifflin

El vacío dejado por el antiguo jefe de la rama de Scranton de Dunder Mifflin se va haciendo más grande a medida que se emiten episodios de la octava temporada de The Office (ya van seis). Sin embargo, la marcha de Steve Carell no ha supuesto a priori grandes cambios en la serie. Esto indica por una parte un acomodamiento en la fórmula que ha funcionado tanto tiempo, y por otra un alto grado de confianza en el amplio plantel de secundarios de la serie. Es cierto que a lo largo de las siete temporadas anteriores se nos ha insistido en que el corazón de The Office está representado por el pintoresco grupo de trabajadores de la empresa dedicada a la fabricación y venta de papel. Sin embargo, sería absurdo negar la importancia capital de Michael Scott para el éxito de la serie. Sin Carell, la comedia de NBC se limita a seguir potenciando el bizarrismo y la estupidez de sus personajes hasta cotas insospechadas (Kevin, Erin y Gabe ya eran rematadamente tontos, pero sus diatribas son cada vez más desconcertantes), además de mimetizar tramas de las primeras temporadas con la esperanza de repetir la jugada. Sin embargo, después de siete años de excelente caracterización de personajes, no nos queda otra: amamos a todos esos idiotas, egocéntricos y sociópatas (a todos menos a Darryl: fuera ya).

El mayor reclamo para la audiencia a la hora de sintonizar con la octava temporada de The Office era averiguar quién sería el sustituto de Michael Scott. Existían dos opciones: dar ese empleo a uno de los personajes que ya conocíamos (Dwight y Andy eran los más firmes candidatos) o introducir un nuevo personaje. La (acomodaticia) solución ha sido una combinación de ambas. Andy ocupa el lugar de Michael, y un nuevo personaje, Robert California (interpretado por un irreconocible James Spader) ejerce de presidente de la compañía, con mayor presencia en Scranton que sus predecesores. El experimento por ahora no está saliendo del todo bien. California es una presencia incómoda y extraña, y aunque esa parece ser su función y Spader la desempeña acertadamente, hay algo que no encaja. Lo cierto es que Robert California (gran nombre, por cierto) parece ser uno de esos personajes con múltiples capas, y como tal, quizás debamos darle algo más de tiempo antes de emitir un juicio definitivo acerca de él.

Sin embargo, a Andy lo conocemos desde hace ya bastante tiempo y sabemos cuáles son sus virtudes y cuáles sus puntos débiles. Su ascenso no viene impulsado por el papel que desempeña en la serie y en la dinámica de la oficina, sino más bien por el tirón de Ed Helms después de los éxitos de la saga cinematográfica Resacón en Las Vegas. La figura de Andy como supervisor regional de la compañía está siendo explorada con tino al mostrarnos a un personaje sin la
resolución necesaria para llevar a cabo un trabajo de coordinación de un gran grupo de trabajadores. Lo que lo diferencia de Michael Scott es que Andy Bernard es consciente de sus carencias y el miedo es lo que lo define como jefe. Es cierto que al Nard-Dog le falta un hervor, pero cae bien, muy bien, eso es innegable. Y es esa la cualidad que se está aprovechando para construir la octava temporada de The Office. No sería del todo fallida si no fuera porque se está llevando a cabo una clonación absoluta de las tramas de las primeras temporadas de la serie. En ellas, tras una serie de pasos en falso por parte del jefe, los empleados le demuestran a última hora el gran aprecio que sienten por él. Este sentimentalismo calaba hondo cuando Michael Scott era el homenajeado; claro que Michael era un personaje infinitamente más complejo e interesante. No obstante -y a pesar de que Andy sea enormemente abrazable- repetir la jugada no hace más que poner en evidencia la falta de inspiración de unos guiones que a ratos parecen escritos con plantilla.

Una vez alcanzado el punto de no retorno, el regreso a los orígenes suele caracterizar a las series más longevas, y es lo que The Office está tratando de hacer sin éxito (por lo visto, a la NBC no le sirvió de ejemplo lo que ocurrió con Expediente X o con otra de sus comedias, Scrubs). No basta con darnos a un ‘Michael 2.0’, ni con revisitar la rivalidad entre Dwight y Jim con bromas cada vez más retorcidas (el libro de protocolo para celebraciones). Es necesario algo más, algo nuevo, algo distinto. No diré en voz alta que la serie debió finalizar con la marcha de Michael Scott, porque volver a ver a todos los trabajadores de Dunder Mifflin es siempre un placer. Pero seguramente lo piense cada vez que vea un nuevo episodio de The Office.

Etiquetas: , , ,

Comentarios (1)

 

  1. juan dice:

    Pues yo no echo tanto de menos al jefe, en realidad. Eso sí, coincido contigo en que están rizando demasiado el rizo de algunos de los personajes menos carismáticos. Gran crítica, Fuertecito!

Deja un comentario

Get Adobe Flash player
Abrir la barra de herramientas