Once Upon a Time: Propp estaría orgulloso

“Estos cuentos, ¿los clásicos? Hay una razón por la cual todos los conocemos. Los usamos para enfrentarnos al mundo, un mundo que muchas veces no tiene sentido”. Adam Horowitz y Edward Kitsis, creadores de Once Upon a Time y guionistas y productores de Perdidos, son muy astutos. Tras el rompecabezas narrativo de Lost, se sumergen de lleno en el origen de todas las historias, los cuentos de hadas, y nos ofrecen un trabajo en el que la exposición de ideas es clara, sencilla y cuyo funcionamiento interno es constantemente articulado en los diálogos -si no, ¿cómo explicamos que inserten una micro-clase de Semiótica en el episodio?. Una de las características más reseñables de los guiones de Perdidos era su autorreflexividad, así como su capacidad para crear un gran número de capas de las que extraer múltiples significados. Si Lost nos hablaba ocasionalmente de cómo se iba tejiendo su maraña narrativa, Once Upon a Time nos lo explicita constantemente. No solo se trata de repetir el título de la serie todo el tiempo o de hacer incontables referencias a los “finales felices”, sino de recordarnos en definitiva que estamos ante un producto sumamente hipermoderno.

Si los cuentos de hadas tenían como principal misión servir de guía en un mundo difícil de entender, las series de televisión llevan haciendo lo propio desde hace décadas. La proliferación de ficciones televisivas ha convertido a las series en los cuentos de hadas del siglo XXI. Puede que no nacieran con la misma misión concreta con la que se originaron los cuentos, pero está claro que se han convertido en herramientas socializadoras y guías de comportamiento para los espectadores. Si los cuentos de hadas, a pesar de no ser infantiles en esencia, preparaban al niño para el aprendizaje, las series ayudan al adulto a comprender y -con suerte- llevar a cabo los ritos de socialización de nuestra era. Por todo esto, es extraño que Once Upon a Time no se haya estrenado antes. Se trata del producto paradigma de esta década, con la constante revisitación y el metalenguaje como principales herramientas. Las televisiones llevan ya demasiados intentos en vano en su búsqueda de ‘la nueva Lost‘, y quizás solo hacía falta dejar de usar la serie de J.J. Abrams como principal referente, y remontarse al origen de todo. La regresión absoluta es el nuevo negro.

Once Upon a Time no solo bebe de las nuevas ficciones construidas según el patrón lostiano, sino que también nos devuelve ese gusto por los pueblos pequeños y las comunidades cerradas que tanto éxito tuvo en la televisión estadounidense de los 90 (Twin Peaks a la cabeza, pero también Picket Fences, Doctor en Alaska) y que vivió una nueva época dorada con Mujeres desesperadas. Desde entonces, la ABC, cadena donde también se emite Once Upon a Time, parece haberse especializado en este tipo de historias. Se trata de otra vuelta de tuerca, pero esta vez la tuerca ya no se agarra sino que gira deslizándose sobre el tornillo, así que por mucho que la forcemos no hará nunca tope. Emma Swan (una adecuada Jennifer Morrison), cobradora de morosos/heroina de acción moderna, es guiada hacia Storybrooke, Maine, por el que dice ser su hijo. El niño está convencido de que el lugar en el que vive está poblado por los personajes de los cuentos de hadas. La historia se va desgranando en dos coordenadas espacio-temporales distintas. A medida que conocemos a los habitantes de Storybrooke, descubrimos qué conocidos personajes universales son en realidad y cómo llegaron a parar a ese pueblecito de Maine.
No estamos ante una serie de preguntas-y-respuestas al uso, sin embargo, hay un gran número de agujeros argumentales que sin duda deberán ser cubiertos en los próximos episodios (el primero de todos, por qué la bruja cumple ‘condena’ en Storybrooke junto a los habitantes del reino de los cuentos). A pesar de esto, la propuesta de Horowitz y Kitsis es sólida, y su enorme éxito de audiencia augura una gratificante primera temporada. Como sugería hace unos meses, el riesgo de Once Upon a Time es máximo. Se trata de una serie de género fantástico sin cortapisas, que no tiene reparos en mostrar a un hada pechugona de tamaño reducido sobrevolando a Blancanieves y Gepetto, y que potencia el relamido aspecto de los cuentos pasados por el filtro de la Disney, saturando los colores hasta el punto de creer estar en una aventura gráfica. Además, la serie se emite en una cadena conocida por buscar la audiencia más amplia para sus productos. Lo dicho, la ABC arriesga por una vez. Puede que los efectos especiales sean algo sonrojantes (¡2011 es el año del croma por excelencia!), pero el contraste que ejercen unas interpretaciones comprometidas y convincentes nos permiten hacer la vista gorda. Destacan Ginnifer Goodwin, que encarna la esencia de Blancanieves y la canaliza a la perfección en el cuerpo de una maestra de primaria, y Robert Carlyle, intérprete versátil como pocos.

Ya no se trata de subvertir los roles como hizo Shrek hace ya una década, sino de doblarlos, como hace Fábulas (el cómic de Vertigo/DC que narra una historia sospechosamente parecida a la de Once Upon a Time), potenciando así la identificación a diversos niveles, una de las características fundacionales de la ficción televisiva. Y de esta manera, Once Upon a Time nos habla del cambio, de quiénes fuimos y del largo viaje personal que emprendemos para convertirnos en quienes somos. “I was hoping that when I brought you back, things would change here”. La televisión es cíclica, los cambios no son más que ilusiones, puntos de inflexión que nos devuelven a lo conocido. Puede que Once Upon a Time sea la serie que ‘cambie’ la televisión este año, aunque no haya nada absolutamente nuevo en ella.

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Comentarios (4)

 

  1. Alexim dice:

    ¡Muy buena crítica! Me llama mucho la atención esta serie, y sospecho que me va a gustar un montón, porque pinta genial.

    Y enhorabuena por la excelente comparación que haces entre los cuentos de hadas y las series, y que suscribo totalmente.

  2. Esnórquel dice:

    Pues ahora tengo ganas de verla, aunque solo sea por el placer perverso de ver esa clase de semiótica para masas.

  3. herb_b dice:

    todo eso que dices esta muy bien en teoria, y no digo que no pueda haber algo de verdad en ello, pero no quita para que haya otra cosa que tambien lo es: por el momento, el resultado no deja de ser una serie bastante del monton.

    • Leiya dice:

      A diferencia del comentario que has dado, difiero en el aspecto de poder hacer alusión a que “está muy bien en teoría” para ello debes de comprender el concepto que el “momento” ha sido, es y será de lo de los cuentos de hadas, sino fuera el caso no se estaría apostando actualmente por volver a retomarlos y si se comprende que mucha retorica y semiótica de películas se han elaboraron en base a fundamentos que van más allá de la historia básica y superflua. Sin embargo, el éxito depende de que las personas estén en el nivel de comprensión que se necesita para ello, un ejemplo claro fue “El extraño mundo de Jack (nightmare before christmas)”

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