True Blood, "If You Love Me, Why Am I Dyin’?" (4.03)

Con tan solo tres episodios emitidos, la cuarta temporada de True Blood ya es mejor que la anterior. Uno de los mayores aciertos de la tercera, Russell Edgington, es por suerte el mayor resquicio de las tramas pasadas. Las consecuencias de su ida de olla en televisión -sin duda uno de los momentos más inolvidables de True Blood– cimentan el arco general de la temporada, que nos muestra cómo el acto terrorista/travesura de Edgington ha hecho mella en la sociedad y ha potenciado enormemente el odio y el terror a los vampiros por parte de los humanos. Por tanto, los años de esfuerzo del lado de los vampiros asimilacionistas se van al garete, y ahora es más difícil que nunca convencer a la población de que los fangs son capaces de convivir en armonía con los humanos. Para ello, existen leyes dentro de la comunidad vampírica, y penas extremas por saltárselas. Como vemos en el episodio de esta semana, Bill es ahora el responsable de aplicar estas penas. Que el rey de Louisiana advierta a su antigua protegida, Jessica, de que no evitaría su ejecución de no cumplir con la ley demuestra lo lejos que están dispuestos a llegar los vampiros para ser aceptados por una sociedad que los rechaza por sistema. Como ya vimos en “You Smell Like Dinner” (4.02), los altos mandos ya han puesto en marcha un plan para paliar los efectos del Edgington-gate.

Sin embargo, lo más importante del episodio no es esto, sino la divertida y enternecedora relación entre una cada vez más cínica e implacable Sookie -sus brotes violentos son fascinantes- y un desamparado Eric, que deambula como un niño gigante tras el embrujo de Marnie -que, contrario a lo que yo teorizaba, no lo ha resucitado, aunque aún no está claro lo que ha sucedido. Eric es la imagen de la inocencia inadulterada, al menos hasta que saca los colmillos -pide perdón por ello, como por todo, y nosotros nos lo queremos comer- y a Sookie está claro que le gusta, le gusta mucho, y no puede ocultar su expresión de ternura y/o calentura cuando lo mira -le hace cosquillas al lavarle los pies y todos suspiramos al unísono con Sookie. Por fin se está explotando una relación que llevaba tiempo destinada a convertirse en una de las favoritas del universo True Blood. La química entre ambos es innegable, y lo que es mejor, forman un dúo cómico brillante. Ejemplos: “I know I’m a vampire, Snookie!” (Snookie>Sssssokie); “Don’t step on the rug!”) No obstante, ella sigue empecinada en que no será propiedad de Eric, pero cada vez lo dice con la boca más pequeña. Para proteger a Spike Eric ahora que es inofensivo, la Stackhouse acude a Alcide, quien ha vuelto con su antigua novia, la adicta al V, presuntamente rehabilitada. Sookie, visiblemente decepcionada -vaya, que es muy transparente la chica- retira su grito de ayuda y se marcha. En mi salón se pudo oír “¡Quítate la camisa ya!” y “¿qué sentido tiene que salga por fin Alcide si no se va a despelotar?” Pues eso.

Los shapeshifters paletos resultan ser una comunidad basada en el mito y la leyenda y nos cuentan la historia de sus antepasados, de unos tales Ghost Dad y Ghost Mom -o algo así, qué más da-, y de cómo necesitan un nuevo Papá para preservar su orgullosa estirpe. Todo esto envuelto en un halo de Matanza de Texas que podría perturbar y fascinar -es lo que pretende-, pero simplemente aburre. Además, la demencia de Crystal se me antoja absurda hasta para los cánones de True Blood. Solo la escena en la que Jason se despierta con la loca cabalgando sobre él y las paletas haciendo cola para ser inseminadas -una de ellas lleva un ramo de flores, adorable- logra impactar mínimamente.

Los demás personajes es lo que ocurre entre acto y acto protagonizado por Eric y Sookie: Sam y Tara se reencuentran, y él flirtea con ella sin saber que se ha cambiado de bando -Tara feliz y amable me da escalofríos. Tommy, el hermano de Sam -que empieza a despertar los instintos primarios de los espectadores más cachondos, como antes no estuviera bueno-, quiere aprovecharse de Maxine Fortenberry, para quien el chaval es un sustituto de su hijo, o una pieza más de su colección de muñecas, según como se vea. Sam se encarga de hacerle revisar su moral, algo que no servirá para nada, claro. Marnie -fabulosa Fiona Shaw- se las basta solita para invocar al más allá, lo que traerá consecuencias desastrosas sin duda. Pam y su hombrera, ambas cada vez más grandes. Nos conmueve enormemente la sumisión absoluta hacia su maker, Eric -a quien obedece ciegamente, por mucho que le cueste, por ejemplo, sonreír a Sookie. Lafayette acaba otra vez en el sótano de Fangtasia a merced de Pam -lágrimas de emoción y risas locas al ver de nuevo a la camarera que grita. Y volvemos, para terminar, a Eric y Sookie. El hada madrina de la camarera reaparece para llevársela, pero el vampiro lo evita al matarla. “If You Love Me, Why Am I Dyin’?” concluye como había comenzado, explotando la vis cómica de la pareja, con un breve diálogo para la posteridad:

Sookie: You just killed my Faerie-Godmother!
Eric:

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