True Blood, "She’s Not There" (4.01)

Concentración sanguínea

Todos estaréis de acuerdo conmigo, True Blood significa verano. Y este año más que nunca, porque el estreno en Estados Unidos de la cuarta temporada de la serie guarrindonga y desfasada de HBO ha coincidido con el fin de semana más caluroso del año -por ahora- en España. No se me ocurre mejor manera de ver True Blood que bien entrada la noche, disfrutando de una limonada, solo o acompañado -se pueden buscar actividades complementarias al visionado en ambos casos-, con la ventana abierta y el ventilador muy cerca –el aire acondicionado resta gracia. Durante el episodio semanal, no tengáis ningún reparo en dar a pause para satisfacer las necesidades físicas que pudiera provocar. Porque a) no vais a perder el hilo por eso, b) si lo hacéis, no va a importar. El desnudo es opcional, pero recomendable. Estas son quizás las reglas más importantes para disfrutar al máximo de la experiencia eminentemente física que supone ver True Blood. Son sencillas pero modificables, y responden ante todo a un propósito: hallar el placer. Sí, True Blood es verano. Y para combatir el calor, la serie nos sugiere un remedio arriesgado pero infalible: más calor aún. Y mucho sexo. Capital S-E-X. Desfogaos, tocaos, disfrutad. Ya nos lo dicen desde la célebre cabecera de la serie, “I wanna do bad things with you”. Haceos daño, gritad muy fuerte como Sookie, gozad por los ojos, o por donde podáis. Mordeos. Son trece semanas de puro placer catódico al año, haced de ellas un verano inolvidable. Aunque no veáis la serie, vaya.

Y después de este delirio de carne y sudor, provocado por el estreno de la cuarta temporada, “She’s Not There”, procederé a analizar el episodio. Veamos qué nos cuentan y -esto es importante- cuánto nos enseñan los habitantes de Bon Temps en esta esperadísima primera hora de True Blood del año.

Se viene percibiendo desde hace unos años una tendencia en la cadena de pago a los dramas corales con un elevado número de personajes. Boardwalk Empire o Game of Thrones responden a un esquema de micro-tramas desvinculadas en mayor o menor medida de un gran arco narrativo principal. Es una fórmula narrativa lícita, aunque no apta para todos. Ya desde la primera temporada, True Blood ponía sobre aviso al espectador. La falta de cohesión narrativa es uno de los aspectos más peliagudos del pacto que propone True Blood. Es imprescindible aceptar una serie de condiciones al adentrarnos en la serie, y la primera de ellas es que casi nada va a tener sentido, y todo va a estar sumido en un gran caos. Es muy probable que quien haya llegado al episodio 4.01 las aceptase encantado hace mucho tiempo. Como decíamos, el gran número de personajes y la rapidez -y casi inconsciencia- con la que transcurren las tramas hace que True Blood sea una serie altamente fragmentada. En ella, las historias se presentan a modo de mini-relatos, divididos y expuestos uno detrás de otro, que vienen así a rellenar casi una hora de televisión. Si todo esto está claro y asimilado desde hace varias temporadas, ni el ritmo -pausado pero lleno de acontecimientos- ni el caos narrativo de “She’s Not There” habrá sorprendido a nadie. Esto es True Blood, y en ese sentido, nada ha cambiado.

Y sin embargo, nada es igual en Bon Temps. “She’s Not There” comienza en un plano de realidad distinto al del pueblo de Louisiana. La serie entra de lleno y sin tapujos en terreno Xena en un extenso teaser en el que Sookie se encuentra con su abuelo en la inter-dimensión donde se esconden las hadas. Tras una espectacular -y deliciosamente camp– huida, Sookie vuelve a Bon Temps. Como no podía ser de otro modo, el tiempo en ambas dimensiones transcurre de manera diferente, y Sookie ha estado desaparecida un año entero, a pesar de que para ella solo han pasado unos minutos. Lo que viene a continuación es la introducción -si nos ceñimos a lo explicado en el párrafo anterior, el prólogo- de la historia de cada personaje para esta cuarta temporada. Y como ocurría en Buffy, cazavampiros, al final los vampiros son lo de menos. Pero no porque True Blood pretenda hablarnos de la vida a través de metáforas monstruosas, sino porque los colmillos pierden presencia a favor de una cada vez más amplia fauna de bichos. Como es habitual en las series fantásticas, todos los personajes principales han de acabar, tarde o temprano, encajando en un perfil de ser fantástico o mitológico. Incluso Lafayette, anteriormente negro, chungo y divino pero nada más, comienza a atravesar su ‘etapa Willow Rosenberg’, al descubrir gracias a su chico latino -cada vez más rico Kevin Alejandro- el gran poder mágico que ocultaba sin ser consciente.

Y esta es la línea que siguen casi todos los personajes de la serie, que en un año han experimentado muchos cambios. Algunos coherentes y esperables, otros más sorprendentes y uno particularmente impactante. Sin embargo, nada es difícil de digerir por el espectador medio de True Blood. Sobre todo si atendemos a lo verdaderamente importante, todos están más guapos y más estupendos que nunca. Sam lleva los vaqueros más ajustados si cabe, y asiste a reuniones de shapeshifters anónimos en las que se transforman y disfrutan juntos de la naturaleza -aplauso en esta escena, por el divertido nivel de ridículo alcanzado. En una de las tramas más desconcertantes del episodio, el hermano del Sam ha sustituido a Hoyt como hijísimo de su madre. Jessica y Hoyt siguen aportando las notas más dulces, a pesar de que se introduzca el conflicto en su apacible y adolescente romance. Incluso por ellos ha pasado un año, y la crisis comienza a asomar cabeza, a lo que se suman las pulsiones animales y sexuales que empiezan a trastornar a la vampira. Pam brilla como nunca gracias tan solo a dos escenas -en la más divertida de ellas se ríe de Jessica porque ser una vampira monógama. Arlene nos divierte al creer que los instintos asesinos comienzan a nacer en su bebé. Jason se ha convertido en el agente Dewey de Scream -de seguir por ese camino, voy a echar mucho de menos al Jason irresponsable y estúpido- y ha ganado bastante masa muscular -de nuevo, lo verdaderamente importante. Y Tara… ¡Ay Tara! Tara. Tara. Es como si la mejor amiga de Sookie nunca se hubiera hecho un Felicity. El verdadero cambio no fue el corte de pelo, sino que se mudara a Nueva Orleans, se dedicase a la lucha femenina en jaula y se liase con una señorita que la conoce como “Toni la de Atlanta”. Veamos adónde nos lleva esto. Por ahora, no me gusta ni un pelo. Claro que Tara nunca fue santa de mi devoción.

Lo dicho, todos están más guapos. Fangtasia está rebosante de modelos de ropa interior sexualmente ambiguos. Y Bill y Eric han estado cuidándose mucho aprovechando que Sookie no estaba ahí para meterlos en líos, y se nota. Vaya si se nota. Bill, de presencia siempre enigmática y magnética, pero ridículo y pesado como ninguno, aumenta su atractivo ahora que es rey de la zona. Y Eric Northman. Ese vampiro. Ese Hombre que todos y todas queremos que nos ponga mirando… pues eso, al norte. Tanto Bill como Eric consideran a Sookie de su propiedad. Por suerte, Eric se corta un poco menos que Bill, romántico y respetuoso, y se cuela en -la que ya no es- casa de Sookie en el momento más adecuado. Sookie sigue desnudándose, haciendo desplegables de Playboy en movimiento, ante la presencia de un Eric lascivo y posesivo. Fijaos en la camiseta de Eric, deliberadamente corta y ajustada o estratégicamente levantada para dejarnos ver parte de su cuerpo. En lo que al sexo se refiere, nada es dejado al azar en True Blood. Eric quiere poner cachonda a Sookie, y también al personal. Y vaya si consigue su propósito. El vampiro asegura a la inocente Sookie que esta vez “no es un sueño”, haciendo que algo se mueva dentro no solo de la paleta de las paletas separadas, sino de todos nosotros, anticipándonos una escena de sexo que llevamos deseando ver desde hace tiempo.

Como hemos visto, True Blood tiene el reto de encajar un gran número de tramas en una hora de televisión, corriendo el riesgo de no profundizar en ninguna, y haciendo perder el interés. Este, entre otros, es el problema que yo tengo con las anteriormente mencionadas Boardwalk Empire y Game of Thrones. La diferencia entre los personajes de esas series y los de esta es que los de True Blood me divierten, me fascinan, me excitan. Y lo demás me da igual. Con True Blood acepto que se me esté contando una historia tan caótica y descentrada, permito todos los giros, los cliff-hangers que no vienen a cuento, cualquier deus ex machina. Porque la serie sigue, tras cuatro años, cumpliendo las cláusulas de su contrato. Yo me dejo llevar, y ella me da lo que necesito: carne, sudor y vísceras. No necesito otra cosa hasta septiembre.

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Comentarios (8)

 

  1. Lucía dice:

    Ha llegado el verano!!!

  2. Anonymous dice:

    Genial la reseña!!

  3. Antoine Doinel dice:

    Cada vez me gusta más Sookie (aunque haya perdido algo de protagonismo), así como otros personajes han dejado de importarme muy mucho.

  4. Antoine Doinel dice:

    y sí, True Blood es verano y al verano sólo se le puede pedir calor, sudor (del bueno, no del desagradable) y mucha mucha mucha carnaza.

  5. Antoine Doinel dice:

    El episodio me ha parecido que está en la línea de otros comienzos de temporada: mil nuevos arcos y una patada a lo que nos dejaron ver al final de la anterior temporada. Parece ser que en esta temporada True Blood va a dejar de una vez el componente de suspense a lo Twin Peaks para centrarse en el humor y el bizarrismo que es lo que se potenció en anteriores entregas.

  6. Antoine Doinel dice:

    Ese bizarrismo queda patente, más que en las escenas a lo Xena (yo también lo he pensado… y me he reído mucho) en los momentos soy Bill, soy el rey. Me ha parecido de un cutrelux magnífico.

  7. Pedro Fuertecito dice:

    Y Bill y Eric acudiendo al porche de Sookie cuando sienten que está viva. Les ha faltado una escena antes de los dos acicalándose para ella. Y tenían que haberla recibido con un ramo de flores cada uno. Entiendo lo que dices, y a mí también me encanta.

  8. James Cole dice:

    Tara ha sido lo más siempre, pero me la han cagado en esta temporada, mierda ya.Y eres un guarro.

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