Diez años a dos metros bajo tierra

A día de hoy, hace diez años, ya se había emitido en Estados Unidos el tercer episodio de una de las series de mayor repercusión en la historia del drama televisivo norteamericano. “The Foot” nos confirmaba que Six Feet Under -convenientemente titulada en España A dos metros bajo tierra– era una serie única e inimitable. Una década más tarde, esa verdad continúa inquebrantable. Si bien Six Feet Under supuso una nueva manera de hacer televisión -dos años después de que Los Soprano sentase las bases del nuevo drama televisivo-, la serie de Alan Ball no se convirtió exactamente en patrón a seguir para el resto de cadenas. En lugar de eso, se construyó y evolucionó como rara avis absoluta. Six Feet Under elevó el listón de calidad para el resto de cadenas, sin producir clones como suele suceder con las series de mayor repercusión –Canción triste de Hill Street, Friends, Perdidos-, también consideradas fundacionales, y más propensas a ser imitadas. El elemento marciano de muchas de sus tramas -“The Foot” es el ejemplo perfecto-, junto al doloroso realismo combinado con el surrealismo más extravagante en el tratamiento de sus personajes y la maestría a la hora de hibridar el drama y la comedia hacían de Six Feet Under algo imposible de clonar.

El décimo aniversario de Six Feet Under debe aprovecharse además para celebrar más de diez años de veranos de televisión de calidad. Atrás quedaron los periodos estivales sin nada nuevo que ver. Recordad cómo hace unos años aprovechábamos esos tres meses para ponernos al día con las series atrasadas. Hoy en día, gracias a las cadenas de cable, los estrenos de calidad también ocupan nuestros calendarios seriéfilos de verano. Una vez acabados los noventa, la tele -estadounidense, claro- empezaba a ofrecer calidad los 365 días del año. El estreno de Six Feet Under en HBO durante el periodo estival de 2001 no solo contribuía a la transformación definitiva de la ficción televisiva, sino que también pondría de manifiesto el interés del medio cinematográfico por este nuevo drama de calidad. La crisis creativa y económica del cine norteamericano a principio de siglo llevó a directores, guionistas y actores a trabajar en cadenas de pago y de cable, garantes de calidad y una producción lo más cercana posible a la experiencia cinematográfica. El auge de Internet y las descargas ilegales de películas provocó, al igual que la aparición de la televisión comercial en los cincuenta, una migración –aunque esta vez no tan masiva- del cine a la televisión.

Alan Ball había triunfado dos años antes como guionista de American Beauty, en cierto modo el germen del que nació Six Feet Under. El reputado guionistallegaba a la HBO con su mentalidad cinematográfica y un equipo de directores y guionistas que tardarían poco en probar suerte en la gran pantalla -dentro de los ya oxidados circuitos indies. Sin embargo, la intención de Ball era trasladar su sensibilidad cinematográfica al formato serial televisivo, sin alejarse demasiado de los preceptos que lo habían convertido en un referente. Six Feet Under formaría así junto a Los Soprano una coalición que haría seria competencia al cine y ganaría adeptos cinéfilos a este nuevo drama de calidad. Estos nuevos ‘cine-teléfilos’ comenzaron -comenzamos- a desarrollar un interés progresivo por los nuevos estrenos de las cadenas de cable, así como a esperar los regresos de nuestras series imprescindibles como si de estrenos en salas se tratase.

Quizás sea Six Feet Under el mayor exponente de la extrema hibridación genérica de esta etapa televisiva. La serie de Ball es esencialmente un drama, no obstante, la continua presencia de elementos cómicos, y la habitual inserción de secuencias surrealistas, oníricas e incluso musicales impiden establecer categorías absolutas. Como dice Gérard Imbert en su obra El transformismo televisivo: “en A dos metros bajo tierra, vida y muerte se confunden y, por consiguiente, se anulan como tal; se produce una con-fusión total de universos simbólicos, de valores, y también una hibridación de géneros, manifestaciones, éstas representativas de los fenómenos de sincretismos que caracterizan la postelevisión”. El discurso existencialista de Six Feet Under será transmitido con mayor efectividad a través de los momentos de introspección e intimidad de unos personajes de una complejidad psicológica sin precedentes. Es decir, la fuerza que hará avanzar la historia nunca será la acción -entendida como causa-efecto, como sucesión de eventos encadenados-, sino el tumulto emocional y psicológico de sus personajes.

Y para lograr que esta manera de hacer televisión funcione es necesario contar con personajes sólidos, pero descargados de ficcionalidad -quedan prohibidos los arquetipos. Personas reales, a pesar de lo extremo de sus acciones, capaces de representar de la manera más fiel posible el propio mundo interior del espectador. Y por suerte, no hay otro tipo de personajes en Six Feet Under. Insoportablemente humanos, los Fisher son probablemente los personajes televisivos con los que el espectador más puede involucrarse -y se involucra- emocionalmente. Es por ello que Six Feet Under no es una serie que se ve, sino que se vive, en el sentido más estricto de la palabra. Y esa es también la razón por la cual, tras cinco excelentes temporadas, uno llega a “Everyone’s Waiting” -el celebradísimo final de la serie- preparado para experimentar la más absoluta devastación y el vacío más profundo. Así ocurre, puesto que la -conocida por todos vosotros- sensación de congoja al despedir a unos personajes que han formado parte de tu vida durante años se multiplica considerablemente a la hora de decir adiós a Ruth, Nate, David, Claire y Brenda. Porque no solo nos estamos despidiendo de unos personajes queridos -y también odiados, por qué no decirlo-, sino también de nosotros mismos. Por eso es necesario regresar a la funeraria Fisher en algún momento de nuestras vidas. Y, ¿qué mejor momento para hacerlo que diez años después de habernos sentado junto a ellos en la mesa de la cocina por primera vez?

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Comentarios (8)

 

  1. mariannerenoir dice:

    Ais <3

  2. Tierra Filme dice:

    Suscribo todas y cada una de las palabras. Magnífico homenaje para una serie absolutamente única e irrepetible.

  3. Esnórquel dice:

    Qué maravilla. La serie, y el texto. :')

  4. Brian Edward Hyde dice:

    Para mí seguirá siendo la más grande. Nada la ha superado 🙂

  5. James Cole dice:

    No había sido consciente de algunas cosas hasta que he leído este artículo 🙂

  6. bertoff dice:

    Yo creo que estoy a punto de echarme a llorar!! Para mi sin duda esta es una de esas series que realmente te llegan a tocar en el interior, en cierto sentido tienes mucha razón al decir que la serie se vive.

  7. Miles dice:

    Junto a “Los Soprano” la mejor serie que he visto.
    La diferencia es que al máximo nivel de calidad SFU es mas cercana a la vida de cualquiera que una serie sobre la mafia, aunque los personajes están en ambos casos muy bien tratados. Nada que envidiar al cine.

    Veo dos funerarias frente a mi ventana, cada vez que paso no puedo evitar pensar lo que ocurre puertas adentro. 😉

  8. David dice:

    Se me ha puesto un nudito en la garganta cuando leyendo he llegado al momento en el que hablas del capitulo final, y de como viví el final de la serie, como si una parte de mi vida se fuera (y eso que la serie la ví en menos de dos semanas)

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