Mujeres desesperadas: siete años no es nada

Que sea Mujeres desesperadas la serie que me anime a retomar esto de bloggear sobre televisión no es casualidad. El culebrón de qualité de ABC es desde su estreno en 2004 uno de los buques insignia del nuevo drama televisivo norteamericano. Claro que esta afirmación queda obsoleta teniendo en cuenta que eso de “nuevo” es ya difícilmente aplicable a las series más longevas que se resisten a echar el cierre definitivo. Series como Anatomía de Grey, House o la que nos ocupa en esta entrada continúan estirando su acomodado éxito, con mejores y peores resultados. En el caso de las dos primeras, la innovación y la búsqueda del más difícil todavía son los ingredientes básicos para la supervivencia en antena. En el caso de Mujeres desesperadas, nadie hacía nada al respecto. El desgaste de las últimas temporadas no parecía preocupar a sus productores, que dejaban que la serie cayera en el más profundo hastío y el peor de los ridículos. La nueva edad dorada del drama en las networks entraba hace unos años en un inminente receso -acentuado por el anunciado final de Perdidos– y hacía necesario un cambio. Marc Cherry parecía ajeno a todo esto.

La cada vez más competitiva parrilla televisiva norteamericana -en la que los estrenos de cable obligan a las generalistas a ponerse las pilas- hizo que Mujeres desesperadas se saldase con un considerable -y merecido- bajón en las audiencias. Cuando uno había tirado la toalla con las vecinas de Wisteria Lane, Marc Cherry decidía hacer algo para recuperar a la audiencia. Y, ¿cuál es el mejor anzuelo para buscar el beneplácito de un público enormemente agotado? ¿Trucos como los tan desgastados saltos en el tiempo? ¿Drásticos cambios en el reparto? ¿Reinvención absoluta? Nada de eso. Más bien un simple regreso a la calidad. El final de la desastrosa sexta temporada de la serie de Cherry adelantaba un giro al que muchas series recurren cerca del final de su andadura: el regreso a los orígenes. Para muchas de estas series, la regresión supone una mera ilusión. No obstante, la séptima temporada no utiliza a Paul Young como reclamo fatuo, sino que saca el máximo provecho del personaje y lo convierte en acicate para la historia, y en última instancia, para el espectador. Paul desencadena un arco narrativo que durante la primera mitad de la temporada nos devuelve la esencia más pura de Mujeres desesperadas.

Sin duda es “Down the Block There’s a Riot” (7.10) el episodio estrella de la temporada, precisamente por hacer converger de manera magistral las tramas menores de los episodios anteriores con el plan maestro de Paul Young -desde ya mi malo favorito de la serie. Por si eso fuera poco, “Riot” aúna los principales leit-motivs de la serie y construye la perfecta parábola suburbana que funciona como pieza independiente del resto de la serie, a pesar de no contar nada nuevo con respecto a los seis años anteriores. El tono afectado y grandilocuente del episodio bordea el ridículo, pero no llega a tocarlo en ningún momento. En su lugar, una tensión que no se manejaba con tanta precisión desde “Bang” (3.07) hace que temamos por el bienestar de los personajes y que no seamos capaces de despegar la mirada durante los intensísimos últimos diez minutos.

“Riot” es el ya tradicional episodio de catástrofe de la temporada. Sin embargo, esta vez la catástrofe proviene del corazón del barrio residencial, y no es provocada por un agente externo. Los responsables son los propios vecinos de Wisteria Lane convertidos en una masa desquiciada y descontrolada, un gran monstruo con cabeza de elefante que destroza vallas blancas a su paso y que solo se detiene cuando deja de ver la paja en el ojo ajeno. Y es Lynette la encargada de aportar el clímax durante la locura, de abrir los ojos al monstruo, con tres sencillas palabras directamente desde las entrañas. “He’s my neighbour!” Tres palabras que funcionan como símbolo y eslogan, como indicio de lo que Mujeres desesperadas fue y, sorprendentemente, aún puede llegar a ser.

El episodio podría funcionar como conclusión definitiva de la serie a nivel de discurso, puesto que ofrece las ideas más importantes condensadas y simplificadas brillantemente, además de aportar cierta conclusión cíclica. Sin embargo, no lo es, y eso quizás sea aún mejor. Encontrarse un episodio de estas características tras siete años, y después de un progresivo y lento desgaste, es sin duda una señal de que quizás no esté todo perdido, y Mujeres desesperadas se marche por todo lo alto. Si es que se decide a marchar de verdad.

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Comentarios (3)

 

  1. Yo soy Sam dice:

    Welcome back!!

  2. Pedro Fuertecito dice:

    Gracias! 🙂

  3. James Cole dice:

    Te decía antaño que yo también me quedo con Felicia Tillman como la otra gran villana de la serie.

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