True Blood, "She’s Not There" (4.01)

Concentración sanguínea

Todos estaréis de acuerdo conmigo, True Blood significa verano. Y este año más que nunca, porque el estreno en Estados Unidos de la cuarta temporada de la serie guarrindonga y desfasada de HBO ha coincidido con el fin de semana más caluroso del año -por ahora- en España. No se me ocurre mejor manera de ver True Blood que bien entrada la noche, disfrutando de una limonada, solo o acompañado -se pueden buscar actividades complementarias al visionado en ambos casos-, con la ventana abierta y el ventilador muy cerca –el aire acondicionado resta gracia. Durante el episodio semanal, no tengáis ningún reparo en dar a pause para satisfacer las necesidades físicas que pudiera provocar. Porque a) no vais a perder el hilo por eso, b) si lo hacéis, no va a importar. El desnudo es opcional, pero recomendable. Estas son quizás las reglas más importantes para disfrutar al máximo de la experiencia eminentemente física que supone ver True Blood. Son sencillas pero modificables, y responden ante todo a un propósito: hallar el placer. Sí, True Blood es verano. Y para combatir el calor, la serie nos sugiere un remedio arriesgado pero infalible: más calor aún. Y mucho sexo. Capital S-E-X. Desfogaos, tocaos, disfrutad. Ya nos lo dicen desde la célebre cabecera de la serie, “I wanna do bad things with you”. Haceos daño, gritad muy fuerte como Sookie, gozad por los ojos, o por donde podáis. Mordeos. Son trece semanas de puro placer catódico al año, haced de ellas un verano inolvidable. Aunque no veáis la serie, vaya.

Y después de este delirio de carne y sudor, provocado por el estreno de la cuarta temporada, “She’s Not There”, procederé a analizar el episodio. Veamos qué nos cuentan y -esto es importante- cuánto nos enseñan los habitantes de Bon Temps en esta esperadísima primera hora de True Blood del año.

Se viene percibiendo desde hace unos años una tendencia en la cadena de pago a los dramas corales con un elevado número de personajes. Boardwalk Empire o Game of Thrones responden a un esquema de micro-tramas desvinculadas en mayor o menor medida de un gran arco narrativo principal. Es una fórmula narrativa lícita, aunque no apta para todos. Ya desde la primera temporada, True Blood ponía sobre aviso al espectador. La falta de cohesión narrativa es uno de los aspectos más peliagudos del pacto que propone True Blood. Es imprescindible aceptar una serie de condiciones al adentrarnos en la serie, y la primera de ellas es que casi nada va a tener sentido, y todo va a estar sumido en un gran caos. Es muy probable que quien haya llegado al episodio 4.01 las aceptase encantado hace mucho tiempo. Como decíamos, el gran número de personajes y la rapidez -y casi inconsciencia- con la que transcurren las tramas hace que True Blood sea una serie altamente fragmentada. En ella, las historias se presentan a modo de mini-relatos, divididos y expuestos uno detrás de otro, que vienen así a rellenar casi una hora de televisión. Si todo esto está claro y asimilado desde hace varias temporadas, ni el ritmo -pausado pero lleno de acontecimientos- ni el caos narrativo de “She’s Not There” habrá sorprendido a nadie. Esto es True Blood, y en ese sentido, nada ha cambiado.

Y sin embargo, nada es igual en Bon Temps. “She’s Not There” comienza en un plano de realidad distinto al del pueblo de Louisiana. La serie entra de lleno y sin tapujos en terreno Xena en un extenso teaser en el que Sookie se encuentra con su abuelo en la inter-dimensión donde se esconden las hadas. Tras una espectacular -y deliciosamente camp– huida, Sookie vuelve a Bon Temps. Como no podía ser de otro modo, el tiempo en ambas dimensiones transcurre de manera diferente, y Sookie ha estado desaparecida un año entero, a pesar de que para ella solo han pasado unos minutos. Lo que viene a continuación es la introducción -si nos ceñimos a lo explicado en el párrafo anterior, el prólogo- de la historia de cada personaje para esta cuarta temporada. Y como ocurría en Buffy, cazavampiros, al final los vampiros son lo de menos. Pero no porque True Blood pretenda hablarnos de la vida a través de metáforas monstruosas, sino porque los colmillos pierden presencia a favor de una cada vez más amplia fauna de bichos. Como es habitual en las series fantásticas, todos los personajes principales han de acabar, tarde o temprano, encajando en un perfil de ser fantástico o mitológico. Incluso Lafayette, anteriormente negro, chungo y divino pero nada más, comienza a atravesar su ‘etapa Willow Rosenberg’, al descubrir gracias a su chico latino -cada vez más rico Kevin Alejandro- el gran poder mágico que ocultaba sin ser consciente.

Y esta es la línea que siguen casi todos los personajes de la serie, que en un año han experimentado muchos cambios. Algunos coherentes y esperables, otros más sorprendentes y uno particularmente impactante. Sin embargo, nada es difícil de digerir por el espectador medio de True Blood. Sobre todo si atendemos a lo verdaderamente importante, todos están más guapos y más estupendos que nunca. Sam lleva los vaqueros más ajustados si cabe, y asiste a reuniones de shapeshifters anónimos en las que se transforman y disfrutan juntos de la naturaleza -aplauso en esta escena, por el divertido nivel de ridículo alcanzado. En una de las tramas más desconcertantes del episodio, el hermano del Sam ha sustituido a Hoyt como hijísimo de su madre. Jessica y Hoyt siguen aportando las notas más dulces, a pesar de que se introduzca el conflicto en su apacible y adolescente romance. Incluso por ellos ha pasado un año, y la crisis comienza a asomar cabeza, a lo que se suman las pulsiones animales y sexuales que empiezan a trastornar a la vampira. Pam brilla como nunca gracias tan solo a dos escenas -en la más divertida de ellas se ríe de Jessica porque ser una vampira monógama. Arlene nos divierte al creer que los instintos asesinos comienzan a nacer en su bebé. Jason se ha convertido en el agente Dewey de Scream -de seguir por ese camino, voy a echar mucho de menos al Jason irresponsable y estúpido- y ha ganado bastante masa muscular -de nuevo, lo verdaderamente importante. Y Tara… ¡Ay Tara! Tara. Tara. Es como si la mejor amiga de Sookie nunca se hubiera hecho un Felicity. El verdadero cambio no fue el corte de pelo, sino que se mudara a Nueva Orleans, se dedicase a la lucha femenina en jaula y se liase con una señorita que la conoce como “Toni la de Atlanta”. Veamos adónde nos lleva esto. Por ahora, no me gusta ni un pelo. Claro que Tara nunca fue santa de mi devoción.

Lo dicho, todos están más guapos. Fangtasia está rebosante de modelos de ropa interior sexualmente ambiguos. Y Bill y Eric han estado cuidándose mucho aprovechando que Sookie no estaba ahí para meterlos en líos, y se nota. Vaya si se nota. Bill, de presencia siempre enigmática y magnética, pero ridículo y pesado como ninguno, aumenta su atractivo ahora que es rey de la zona. Y Eric Northman. Ese vampiro. Ese Hombre que todos y todas queremos que nos ponga mirando… pues eso, al norte. Tanto Bill como Eric consideran a Sookie de su propiedad. Por suerte, Eric se corta un poco menos que Bill, romántico y respetuoso, y se cuela en -la que ya no es- casa de Sookie en el momento más adecuado. Sookie sigue desnudándose, haciendo desplegables de Playboy en movimiento, ante la presencia de un Eric lascivo y posesivo. Fijaos en la camiseta de Eric, deliberadamente corta y ajustada o estratégicamente levantada para dejarnos ver parte de su cuerpo. En lo que al sexo se refiere, nada es dejado al azar en True Blood. Eric quiere poner cachonda a Sookie, y también al personal. Y vaya si consigue su propósito. El vampiro asegura a la inocente Sookie que esta vez “no es un sueño”, haciendo que algo se mueva dentro no solo de la paleta de las paletas separadas, sino de todos nosotros, anticipándonos una escena de sexo que llevamos deseando ver desde hace tiempo.

Como hemos visto, True Blood tiene el reto de encajar un gran número de tramas en una hora de televisión, corriendo el riesgo de no profundizar en ninguna, y haciendo perder el interés. Este, entre otros, es el problema que yo tengo con las anteriormente mencionadas Boardwalk Empire y Game of Thrones. La diferencia entre los personajes de esas series y los de esta es que los de True Blood me divierten, me fascinan, me excitan. Y lo demás me da igual. Con True Blood acepto que se me esté contando una historia tan caótica y descentrada, permito todos los giros, los cliff-hangers que no vienen a cuento, cualquier deus ex machina. Porque la serie sigue, tras cuatro años, cumpliendo las cláusulas de su contrato. Yo me dejo llevar, y ella me da lo que necesito: carne, sudor y vísceras. No necesito otra cosa hasta septiembre.

Absolutamente Alaska y Mario

Cuando la semana pasada me enteré de que el octavo sería el último episodio de Alaska y Mario, mi mundo se tambaleó como nunca. Durante dos meses, el reality de MTV nos ha proporcionado algunos de los mejores momentos televisivos de los últimos años. Por esa razón, descubrir que la primera -y de momento, única- temporada no contaría con los 13 episodios de rigor, me dejó totalmente desolado. El éxito de audiencia del programa debería ser garante de una segunda temporada, pero todo depende de los deseos de los protagonistas de la serie: Olvido ‘Olvi’ Gara, frontwoman de Fangoria, icono incontestable de la cultura española y la modernez universal, esa mujer con la que todo el mundo querría charlar tomándose un café, y Mario ‘Marito’ Vaquerizo, cantante de playback, representante de estrellas y loca del coño maravillosa.

Si algo nos ha mostrado Alaska y Mario es que la bien avenida pareja que forman las dos personalidades madrileñas se sustenta en la más inquebrantable de las complicidades y funciona gracias a una complementariedad conmovedora. Ambas estrellas siempre han sido dadas a la sobre exposición, y sin embargo nunca los habíamos conocido de esta manera. Si antes Alaska y Mario Vaquerizo nos parecían “la extraña pareja”, a partir de ahora no podremos sino referirnos a ellos como “la pareja perfecta”.

Durante ocho episodios de casi 40 minutos de duración -gracias, MTV, al menos nos habéis dado eso- asistimos a los preparativos de la segunda boda de Alaska y Mario. Sin embargo, esto es solo una excusa para dotar de línea argumental a las andanzas extraordinariamente cotidianas y cotidianamente extraordinarias de la pareja y sus amigos. En las entrevistas concedidas a raíz
del estreno del reality,Alaska y Mario han reconocido que una de las principales razones por las que accedieron a grabarlo fue para dar a conocer y compartir con la audiencia el maravilloso grupo de personas que saturan su vida de color. Pues bien, como espectador y fan fatal de Alaska -y desde hace dos meses fan confeso del Vaquerizo- no puedo sino agradecer enormemente tal gesto altruista por parte de la pareja. Adoro la fauna que ha poblado Alaska y Mario, empezando por las bobísimas Nancys Rubias -nunca la ignorancia y la estupidez habían sido tan divertidas-, y terminando con Carmen Lomana -y su “cara de proletaria”-, los ‘de profesión maricas’ David Delfín y Alejandro Amenábar -junto a sus correspondientes boytoys insonorizados-, o los viejos amigos -artística y públicamente vinculados a la pareja- como el gran Fabio McNamara o la diva Nacho Canut. Sin olvidar a sus normalísimos progenitores. Eclecticismo, bizarrismo de pega y la extravagancia más kitsch -había que usar el término- son algunas de las características que podrían definir a este grupo de personas. Y sin embargo es su naturalidad a la hora de mostrarse tal y como son lo que los hace sencillamente únicos. No ha habido ningún tipo de autocensura en Alaska y Mario, continuamente salpicada de un sincero y adorable esnobismo.

No obstante, por mucho que quieran desviar la atención de sus magnéticas presencias, Alaska y Mario son los verdaderos protagonistas de la serie. Son ellos los que merecen las alabanzas más sentidas, por mostrarse sin tapujos ante nosotros. Y no me refiero solo a ver a Alaska sin cejas o a Mario en calzoncillos -que ya es loable de por sí-, sino a esos momentos de relajación absoluta en los que hemos podido conocer, pero de verdad, a las personas que se esconden detrás de sus personalidades públicas. Y lo que hemos descubierto es que lo que ocurre tras las puertas del piso rosa no es sino una prolongación natural de lo que ocurre ante los flashes. La cotidianeidad de su día a día nos ha mostrado a una Alaska disciplinada, seria, sabia aunque reservada, paciente y diplomática y a un Mario desbocado, excesivo, inconsciente -o a ratos demasiado auto consciente-, incontenible, incansable, pero siempre comprensivo y -abrumadoramente- cariñoso. El equilibrio en el que descansa la pareja es perfecto, y esto se puede sentir en cada escena juntos, ya sea haciendo las cuentas de casa o preparándose para un concierto. El último episodio es quizás el que mejor ilustre esta idea. En una de las tres celebraciones nupciales podemos ver a Alaska mirando con gran ternura y una preciosa resignación a su marido, mientras este balbucea sus agradecimientos como un niño que dice lo primero que le viene a la cabeza. Lo dicho, la pareja perfecta. Por otra parte, una de las cosas que más los une es sin duda alguna la pasión que comparten hacia todo. Pasión por sus amigos, por su familia, por Madrid, por la cultura y el arte popular, por la superficialidad y la banalidad, y ese culto al objeto -quien se atreva a llamarlo materialismo se las verá conmigo- con el que yo me siento tan identificado, y que me acerca enormemente a la pareja, obviamente salvando las diferencias económicas. Las horas muertas en eBay, los paquetes postales que no cesan de llegar, la inevitable emoción al encontrar un objeto ‘necesitado’ para seguir abarrotando la vitrina. Todo un estilo de vida que hemos podido presenciar en el reality. “Guardando todo por duplicado / Sin cansarme jamás /Afán sin control por acumular/ Lo que no es necesario / Suele ser extraordinario” (“Más es más”).

Alaska y Mario bien podría haberse llamado Mario y Alaska. Y seguramente a ella no le habría importado nada. Mario Vaquerizo se ha revelado como la auténtica estrella del show, mientras su mujer ha dado carta blanca a su fabulosa y a ratos esperpéntica locura -algo que sin duda ocurre también de puertas adentro y que es una de las claves de la solidez del matrimonio. Así, la compresión, la aceptación y el respeto casan con el exceso, la locura y una temeraria franqueza. Y así también es como se obtiene un producto televisivo sincero y revelador, cimentado en una realidad que se nos antoja distante y enormemente cercana a la vez. Porque Olvido Gara y Mario Vaquerizo son estrellas mediáticas que rechazan la total escisión de las vidas pública y privada, como hacen la mayoría. Pero ante todo, son proyecciones casi monstruosas de nosotros mismos, los que miramos la vida pasar. Viva la química y las cosas que os transforman y os hacen estar mejor todavía, Alaska y Mario.

Falling Skies, Frakking Skitters

Con el malogrado remake de V fuera de las parrillas y la cadena temática SyFy emitiendo realities y programas de cocina, quedan pocos refugios seguros para la ciencia ficción televisiva, y en especial para el subgénero de invasiones extraterrestres (uno de mis favoritos). TNT ha decidido crear uno para su apuesta veraniega más fuerte, Falling Skies, protagonizada por el antiguo Dr. Carter, Noah Wyle, y un plantel de rostros desconocidos -aunque sin duda familiares para el seriéfilo de pro. De esta manera, la cadena ofrece un conveniente contrapunto -o suplemento- catódico a los tradicionales blockbusters estivales, trasladando muchas de sus características más reconocibles al lenguaje serial. Al igual que para muchos Transformers 3 es la película veraniega por excelencia, Falling Skies, salvando las diferencias, viene a cubrir el mismo nicho en televisión -no en vano, el tráiler de la serie fue proyectado recientemente en cines. El resultado es una serie que no inventa nada -ni le interesa hacerlo- pero que sin embargo logra funcionar, a pesar de el continuo riesgo de ahogarse en sus innumerables influencias.

Los referentes orwellianos más reconocibles, así como las actualizaciones cinematográficas y las incursiones televisivas en el género, construyen la historia de Falling Skies, una bien conocida por todos: tras una invasión extraterrestre que ha acabado con gran parte de la humanidad y ha destruido las ciudades más importantes, un grupo de supervivientes forma una resistencia para luchar contra los visitantes. Uno de los mayores aciertos de la serie es comenzar la historia directamente en un escenario post-apocalíptico, siguiendo la estela de The Walking Dead -a pesar de que los flash-backs no tardarán en aparecer. Por otra parte, hasta la última de las subtramas podría ser considerada un lugar común narrativo: el padre que debe cuidar de sus hijos tras la muerte de la figura materna; las fracturas del estado militar de la resistencia; el grupo de rebeldes que pone las cosas difíciles; el adolescente que asume responsabilidades de adulto con el consiguiente temor del padre a perderlo; los supervivientes secuestrados y usados como huéspedes. Además de esto, y como no podría ser de otra manera, Falling Skies se fundamenta en gran medida en el yanquismo más clásico de cierto cine norteamericano. Y a pesar de que lo diluye adecuadamente para no caer en ese imperialismo incómodo para muchos, la cultura norteamericana más icónica se hace hueco en la serie. Y lo hace, curiosamente, en los detalles más costumbristas y en las escenas más relajadas de la serie: una conversación sobre béisbol con música épica in crescendo y el miedo del niño a que su padre no llegue a tiempo a su cumpleaños. Y por mí, perfecto.

Tras este breve análisis, uno podría pensar que Falling Skies carece de virtudes. Sin embargo, su franqueza, su sencillez y el acierto de estrenarla en verano hacen de la serie un digno pasatiempo. Jugadas bien las cartas, podríamos incluso encontrarnos con una de esas series-grower, capaces de trascender el divertimento liviano para llevar la historia hacia terrenos más complejos y gratificantes para el espectador que no se conforma con poco. El piloto da algunas pistas de los derroteros que podría seguir la serie. Mientras la primera parte se centra en mostrarnos la dinámica de la lucha y la supervivencia y hace mayor hincapié en la acción, la segunda plantea cuestiones más humanísticas y/o espirituales. Preguntas como “¿Y si los skitters tuvieran un Dios?” -ecos de la gran Battlestar Galactica– o “Si los extraterrestres tienen seis patas, ¿por qué hacen sus robots bípedos?” adelantan una posible línea argumental muy interesante. Claro que la importancia del aspecto puramente humano de la serie será sin duda explorado en mayor profundidad, como sugiere la escena en la que Tom escoge Historia de dos ciudades de Charles Dickens por encima de Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne. Aunque es pronto para adivinar la dirección que tomará la serie de TNT, la firmeza de la propuesta es suficiente para garantizar al menos el voto de confianza por mi parte. Y, quién sabe, quizás nos encontremos ante una de las series de la temporada.

Diez años a dos metros bajo tierra

A día de hoy, hace diez años, ya se había emitido en Estados Unidos el tercer episodio de una de las series de mayor repercusión en la historia del drama televisivo norteamericano. “The Foot” nos confirmaba que Six Feet Under -convenientemente titulada en España A dos metros bajo tierra– era una serie única e inimitable. Una década más tarde, esa verdad continúa inquebrantable. Si bien Six Feet Under supuso una nueva manera de hacer televisión -dos años después de que Los Soprano sentase las bases del nuevo drama televisivo-, la serie de Alan Ball no se convirtió exactamente en patrón a seguir para el resto de cadenas. En lugar de eso, se construyó y evolucionó como rara avis absoluta. Six Feet Under elevó el listón de calidad para el resto de cadenas, sin producir clones como suele suceder con las series de mayor repercusión –Canción triste de Hill Street, Friends, Perdidos-, también consideradas fundacionales, y más propensas a ser imitadas. El elemento marciano de muchas de sus tramas -“The Foot” es el ejemplo perfecto-, junto al doloroso realismo combinado con el surrealismo más extravagante en el tratamiento de sus personajes y la maestría a la hora de hibridar el drama y la comedia hacían de Six Feet Under algo imposible de clonar.

El décimo aniversario de Six Feet Under debe aprovecharse además para celebrar más de diez años de veranos de televisión de calidad. Atrás quedaron los periodos estivales sin nada nuevo que ver. Recordad cómo hace unos años aprovechábamos esos tres meses para ponernos al día con las series atrasadas. Hoy en día, gracias a las cadenas de cable, los estrenos de calidad también ocupan nuestros calendarios seriéfilos de verano. Una vez acabados los noventa, la tele -estadounidense, claro- empezaba a ofrecer calidad los 365 días del año. El estreno de Six Feet Under en HBO durante el periodo estival de 2001 no solo contribuía a la transformación definitiva de la ficción televisiva, sino que también pondría de manifiesto el interés del medio cinematográfico por este nuevo drama de calidad. La crisis creativa y económica del cine norteamericano a principio de siglo llevó a directores, guionistas y actores a trabajar en cadenas de pago y de cable, garantes de calidad y una producción lo más cercana posible a la experiencia cinematográfica. El auge de Internet y las descargas ilegales de películas provocó, al igual que la aparición de la televisión comercial en los cincuenta, una migración –aunque esta vez no tan masiva- del cine a la televisión.

Alan Ball había triunfado dos años antes como guionista de American Beauty, en cierto modo el germen del que nació Six Feet Under. El reputado guionistallegaba a la HBO con su mentalidad cinematográfica y un equipo de directores y guionistas que tardarían poco en probar suerte en la gran pantalla -dentro de los ya oxidados circuitos indies. Sin embargo, la intención de Ball era trasladar su sensibilidad cinematográfica al formato serial televisivo, sin alejarse demasiado de los preceptos que lo habían convertido en un referente. Six Feet Under formaría así junto a Los Soprano una coalición que haría seria competencia al cine y ganaría adeptos cinéfilos a este nuevo drama de calidad. Estos nuevos ‘cine-teléfilos’ comenzaron -comenzamos- a desarrollar un interés progresivo por los nuevos estrenos de las cadenas de cable, así como a esperar los regresos de nuestras series imprescindibles como si de estrenos en salas se tratase.

Quizás sea Six Feet Under el mayor exponente de la extrema hibridación genérica de esta etapa televisiva. La serie de Ball es esencialmente un drama, no obstante, la continua presencia de elementos cómicos, y la habitual inserción de secuencias surrealistas, oníricas e incluso musicales impiden establecer categorías absolutas. Como dice Gérard Imbert en su obra El transformismo televisivo: “en A dos metros bajo tierra, vida y muerte se confunden y, por consiguiente, se anulan como tal; se produce una con-fusión total de universos simbólicos, de valores, y también una hibridación de géneros, manifestaciones, éstas representativas de los fenómenos de sincretismos que caracterizan la postelevisión”. El discurso existencialista de Six Feet Under será transmitido con mayor efectividad a través de los momentos de introspección e intimidad de unos personajes de una complejidad psicológica sin precedentes. Es decir, la fuerza que hará avanzar la historia nunca será la acción -entendida como causa-efecto, como sucesión de eventos encadenados-, sino el tumulto emocional y psicológico de sus personajes.

Y para lograr que esta manera de hacer televisión funcione es necesario contar con personajes sólidos, pero descargados de ficcionalidad -quedan prohibidos los arquetipos. Personas reales, a pesar de lo extremo de sus acciones, capaces de representar de la manera más fiel posible el propio mundo interior del espectador. Y por suerte, no hay otro tipo de personajes en Six Feet Under. Insoportablemente humanos, los Fisher son probablemente los personajes televisivos con los que el espectador más puede involucrarse -y se involucra- emocionalmente. Es por ello que Six Feet Under no es una serie que se ve, sino que se vive, en el sentido más estricto de la palabra. Y esa es también la razón por la cual, tras cinco excelentes temporadas, uno llega a “Everyone’s Waiting” -el celebradísimo final de la serie- preparado para experimentar la más absoluta devastación y el vacío más profundo. Así ocurre, puesto que la -conocida por todos vosotros- sensación de congoja al despedir a unos personajes que han formado parte de tu vida durante años se multiplica considerablemente a la hora de decir adiós a Ruth, Nate, David, Claire y Brenda. Porque no solo nos estamos despidiendo de unos personajes queridos -y también odiados, por qué no decirlo-, sino también de nosotros mismos. Por eso es necesario regresar a la funeraria Fisher en algún momento de nuestras vidas. Y, ¿qué mejor momento para hacerlo que diez años después de habernos sentado junto a ellos en la mesa de la cocina por primera vez?

Mujeres desesperadas: siete años no es nada

Que sea Mujeres desesperadas la serie que me anime a retomar esto de bloggear sobre televisión no es casualidad. El culebrón de qualité de ABC es desde su estreno en 2004 uno de los buques insignia del nuevo drama televisivo norteamericano. Claro que esta afirmación queda obsoleta teniendo en cuenta que eso de “nuevo” es ya difícilmente aplicable a las series más longevas que se resisten a echar el cierre definitivo. Series como Anatomía de Grey, House o la que nos ocupa en esta entrada continúan estirando su acomodado éxito, con mejores y peores resultados. En el caso de las dos primeras, la innovación y la búsqueda del más difícil todavía son los ingredientes básicos para la supervivencia en antena. En el caso de Mujeres desesperadas, nadie hacía nada al respecto. El desgaste de las últimas temporadas no parecía preocupar a sus productores, que dejaban que la serie cayera en el más profundo hastío y el peor de los ridículos. La nueva edad dorada del drama en las networks entraba hace unos años en un inminente receso -acentuado por el anunciado final de Perdidos– y hacía necesario un cambio. Marc Cherry parecía ajeno a todo esto.

La cada vez más competitiva parrilla televisiva norteamericana -en la que los estrenos de cable obligan a las generalistas a ponerse las pilas- hizo que Mujeres desesperadas se saldase con un considerable -y merecido- bajón en las audiencias. Cuando uno había tirado la toalla con las vecinas de Wisteria Lane, Marc Cherry decidía hacer algo para recuperar a la audiencia. Y, ¿cuál es el mejor anzuelo para buscar el beneplácito de un público enormemente agotado? ¿Trucos como los tan desgastados saltos en el tiempo? ¿Drásticos cambios en el reparto? ¿Reinvención absoluta? Nada de eso. Más bien un simple regreso a la calidad. El final de la desastrosa sexta temporada de la serie de Cherry adelantaba un giro al que muchas series recurren cerca del final de su andadura: el regreso a los orígenes. Para muchas de estas series, la regresión supone una mera ilusión. No obstante, la séptima temporada no utiliza a Paul Young como reclamo fatuo, sino que saca el máximo provecho del personaje y lo convierte en acicate para la historia, y en última instancia, para el espectador. Paul desencadena un arco narrativo que durante la primera mitad de la temporada nos devuelve la esencia más pura de Mujeres desesperadas.

Sin duda es “Down the Block There’s a Riot” (7.10) el episodio estrella de la temporada, precisamente por hacer converger de manera magistral las tramas menores de los episodios anteriores con el plan maestro de Paul Young -desde ya mi malo favorito de la serie. Por si eso fuera poco, “Riot” aúna los principales leit-motivs de la serie y construye la perfecta parábola suburbana que funciona como pieza independiente del resto de la serie, a pesar de no contar nada nuevo con respecto a los seis años anteriores. El tono afectado y grandilocuente del episodio bordea el ridículo, pero no llega a tocarlo en ningún momento. En su lugar, una tensión que no se manejaba con tanta precisión desde “Bang” (3.07) hace que temamos por el bienestar de los personajes y que no seamos capaces de despegar la mirada durante los intensísimos últimos diez minutos.

“Riot” es el ya tradicional episodio de catástrofe de la temporada. Sin embargo, esta vez la catástrofe proviene del corazón del barrio residencial, y no es provocada por un agente externo. Los responsables son los propios vecinos de Wisteria Lane convertidos en una masa desquiciada y descontrolada, un gran monstruo con cabeza de elefante que destroza vallas blancas a su paso y que solo se detiene cuando deja de ver la paja en el ojo ajeno. Y es Lynette la encargada de aportar el clímax durante la locura, de abrir los ojos al monstruo, con tres sencillas palabras directamente desde las entrañas. “He’s my neighbour!” Tres palabras que funcionan como símbolo y eslogan, como indicio de lo que Mujeres desesperadas fue y, sorprendentemente, aún puede llegar a ser.

El episodio podría funcionar como conclusión definitiva de la serie a nivel de discurso, puesto que ofrece las ideas más importantes condensadas y simplificadas brillantemente, además de aportar cierta conclusión cíclica. Sin embargo, no lo es, y eso quizás sea aún mejor. Encontrarse un episodio de estas características tras siete años, y después de un progresivo y lento desgaste, es sin duda una señal de que quizás no esté todo perdido, y Mujeres desesperadas se marche por todo lo alto. Si es que se decide a marchar de verdad.