Hangin’ in the Treme

Si hace poco hablábamos del realismo y la intemporalidad a propósito de Nurse Jackie, esta idea alcanza su máxima expresión en la más reciente obra maestra de HBO, Treme. Lo de Treme es hiperrealismo absoluto comparado con series como la de Showtime. Cada episodio dura unos sesenta minutos -excepto primero y último-, y a pesar de transmitir a menudo ideas completas y cohesivas -incluso presentando ocasionalmente tintes episódicos-, parece comenzar y concluir en instantes aleatorios de la vida de algún personaje, aportando esa lograda sensación de realidad y potenciando la conexión y el compromiso con los personajes. A esto también ayuda que la primera temporada haya contado solo con diez episodios y confirma que, a pesar de saber a poco si la serie es de calidad, el reducido número de episodios de las series de cable, en contraste con las cadenas generalistas, beneficia enormemente al modo de contar la historia. En este sentido, los diez episodios de Treme componen un relato absolutamente perfecto y redondo, en el que se agradece cada minuto de cada episodio, y nada sobra -casi se antoja innecesaria una continuación, aunque si Simon quiere contar más, es porque hay más que contar.

Muchas veces se ha aludido a Glee cuando se ha hablado de a Treme. A pesar de que el asunto esté trillado, necesito detenerme brevemente en esta comparación a priori forzada. Mientras Glee pone de moda el musical en televisión -o más bien prolonga y estiliza el fenómeno High School Musical repitiendo el argumento de Popular- la HBO ha realizado, casi sin que nadie se dé cuenta, la serie musical definitiva. Muchos encuentran problemas a la hora de clasificar Treme como un musical, puesto que la música parece más un acompañamiento que una herramienta para narrar la historia. Sin embargo, solo hay que detenerse un instante a pensar en el papel de la música en la serie para darse cuenta de que este argumento cae por su propio peso. Treme es un musical. Es también -y quizás principalmente- un drama, pero es un hecho que las canciones, a pesar de no ser consideradas ‘números’, nos hablan de Nueva Orleans, de sus habitantes y de su identidad de la misma manera que los diálogos y las historias de los personajes.

Treme cuenta con un gran crisol de personajes que, a través de un ecléctico conjunto de historias, nos viene a hablar de lo mismo: la pérdida y la supervivencia tras ella. Todas las vidas de los personajes están afectadas en mayor o menor medida por la gran pérdida colectiva de la ciudad de Nueva Orleans tras el huracán Katrina, pero cada uno de ellos se enfrenta a una pérdida personal que Simon utiliza para construir un relato ramificado del que constantemente subyace la idea de la reconstrucción de la ciudad y de uno mismo; ya sea mostrándonos la pérdida del negocio de Janette, la desesperada búsqueda de Ladonna para encontrar a su hermano perdido tras el huracán o la cruzada de Creighton por que la ciudad deje de ser ignorada. Casi siempre, y a pesar de los constantes varapalos que se llevan los personajes -y que el espectador sufre en sus carnes-, habrá una luz al final del túnel, puesto que el optimismo y la fuerza -simbolizados por la incondicional persistencia de las tradiciones, el color de las fiestas, y la música de Nueva Orleans- irán un paso más adelantados que la tristeza y el dolor, por mucho que cueste -como el desfile musical tras el funeral de Daymo que cierra la temporada por todo lo alto. Por ello, Janette -y su eterna sonrisa- pondrá en marcha un negocio de comida ambulante para abastecer a las numerosas fiestas callejeras de la ciudad poco después de cerrar su restaurante, Davis se enfrascará en una divertida carrera musical contra las injusticias cometidas tras el huracán y Ladonna pospondrá dar la noticia de la muerte de su hermano para asistir al Mardi Grass. A pesar de contarnos la historia de alguien que no consigue sobrevivir a esta pérdida, Cray, Treme concluye su primera temporada como una desgarradora celebración de la vida, y supone además una de las historias mejor contadas de los últimos años, en cualquier medio. Ese flashback y las últimas escenas del episodio, en las que la realidad se apodera completamente del relato, lo confirman.

Como adelantaba antes, el segundo tema principal de Treme es sin duda la identidad de Nueva Orleans, y no solo tras el desastre, sino también antes de él. La primera mitad de la serie está más centrada en mostrar cómo la ciudad de Nueva Orleans es percibida por los ojos foráneos, ya sea a través de los turistas que se paran a escuchar a los músicos ambulantes -y a los que hay que tener contentos tocando para ellos las canciones más emblemáticas del sonido New Orleans- o de un genial personaje como Koichi Toyama, japonés fan del jazz con un conocimiento enciclopédico de toda la música creada en la ciudad. Su intervención en “Shame, Shame, Shame” (1.05) y su posterior regreso en “All on a Mardi Grass Day” (1.08) simboliza las diferencias en la percepción de una ciudad entre autóctonos y visitantes.

La experiencia del Katrina reforzará la necesidad de protección de la identidad de Nueva Orleans, y en Treme esta labor la llevan a cabo todos los personajes, pero sobre todo es Cray -interpretado por un futuramente multipremiado John Goodman- el que consigue hacer que la voz de Nueva Orleans se oiga en un mundo que ha decicido ignorar la tragedia de la ciudad, focalizando su atención en eventos más difundidos por los medios como el 11-S. Davis, por su parte, se encarga de reforzar esta idea, oponiendo los clichés sobre la ciudad de Nueva York -el desfile de Acción de Gracias, hombres trajeados-, a la autenticidad de su ciudad, que ofrece una experiencia más real -y que usará para convencer a Janette de que no se marche, en una de esas tramas cliché que en esta ocasión no podría ser de otra manera. Estos dos personajes serán los principales embajadores de una ciudad que necesita representación y reafirmación urgentemente, que debe sobrevivir y reconstruirse siguiendo los preceptos que cimentaron y consolidaron su identidad.

David Simon confirma con estos primeros diez episodios de Treme lo que llevamos vaticinando varios años ya: es en la televisión -norteamericana- donde se encuentran hoy en día las mejores historias, y lo que es más importante, es en este medio donde se cuentan mejor.

Clásicos recuperados: Riget (The Kingdom)

Hacemos una excepción en el habitual protagonismo de las series norteamericanas en este blog, para hablar de Riget, la serie danesa creada por el igualmente celebrado y vilipendiado LarsVonTrier, en pleno proceso de redefinición artística antes del Dogma 95 -ya con la cámara en mano y el montaje abrupto que caracterizarían sus obras posteriores. The Kingdom, como se la conoce internacionalmente, cuenta con dos tandas de cuatro episodios separadas entre sí por tres años -algo que no se nota, puesto que el acabado técnico y visual de ambas temporadas es prácticamente idéntico y los actores no experimentan cambios físicos destacables en este tiempo. Es complicado clasificar la serie siguiendo la clásica taxonomía de formatos seriales. Cada episodio tiene una duración aproximada de 70 minutos, por lo que se podría hablar de dos miniseries, aunque la intención de VonTrier parecía ser la de alargar la historia y su tratamiento se acercaba al de las series convencionales -cabecera en cada episodio, cliffhangers. Por otra parte, en algunos países se editó la primera temporada como una película de cinco horas, llegando a aparecer en alguna lista de películas imprescindibles. El realizador danés tenía intención de rodar una tercera entrega que concluyese la historia -llegó a escribir el guión-, pero la muerte de varios miembros del reparto y el rechazo de la cadena la dejaron inconclusa.

Resumir el argumento de Riget con la intención de hacer una idea de lo que ofrece la serie es imposible. En líneas generales, la acción se desarrolla en un hospital dominado por una fuerza sobrenatural que hace que tanto los empleados como los pacientes presencien o sufran una serie de fenómenos terroríficos y desconcertantes. Esta es la premisa, pero el resultado final dista de ser una historia convencional. El argumento transcurre entre el absurdo día a día de los doctores del hospital -quizás antecendente de la comedia de Von Trier El jefe de todo esto– y los sucesos paranormales. Es una paciente, la Sra. Drusse -la Sra. McClusky danesa- la que aporta lo más parecido a un hilo conductor del argumento, por suponer un nexo entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Sin embargo, Riget es una sucesión de escenas que a primera vista parecen inconexas y de las que es complicado deducir qué está ocurriendo -lo que conlleva una frustración y aburrimiento hasta para el más acostumbrado a este tipo de realizaciones. Los momentos de terror están convenientemente repartidos a lo largo de los episodios, resultando altamente efectivos entre las insoportables escenas de diálogo entre doctores. Normalmente, un episodio acabará con una escena perturbadora -algunas geniales, como el parto de Judith, que podría haber inspirado perfectamente a Takashi Miike en Gozu y otras realmente terroríficas y reminiscentes de películas como El exorcista-, pero esto, a pesar de dejar buen sabor de boca, no será suficiente para hacer la historia más interesante.

Por suerte, Riget cuenta con un excéntrico sentido del humor que si bien no salva la función, hace más llevadero el visionado -la cuidadísima y opresora ambientación y la excelente realización también ayudan. Aunque resulte desconcertante al principio, Lars Von Trier es altamente consciente de lo que está haciendo -uno lo confirma en los créditos del último episodio cuando le oye referirse a sí mismo como “humilde director”- y una vez asumido el hecho de que toda la parafernalia psicológica de Riget no es más que una herramienta para crear un vínculo con el espectador -y reírse un poco de él, como será la tónica del director en años posteriores-, es más fácil dejarse llevar y disfrutar de los atractivos de la serie. Es decir, tomarse en serio Riget es muy peligroso, y por desgracia, es posible tardar más de lo normal en darse cuenta.

Showtime y las mujeres II: United States of Tara

Cuando me enteré de que Diablo Cody preparaba una serie de televisión para Showtime cargué las escopetas al instante. No me equivocaba en mis prejuicios hacia esta señorita después de ver unos cuantos episodios de United States of Tara: artificiosidad, referencias culturales metidas con calzador y un discurso altamente autoindulgente. Me costó poco reconocer a la guionista de Juno en los diálogos de US of Tara, y por tanto, suponer que la serie no tenía mucho que ofrecerme. Pocas veces me he alegrado de estar equivocado. Si bien la primera temporada continuó ofreciendo lo peor de la autocomplaciente Cody, fue fácil obviarlo en favor de una química excelente entre los personajes y una historia cada vez más emotiva y absorbente. La segunda temporada, a pesar de no empezar con buen pie, ha consolidado la serie como una de las mejores comedias de la televisión actual.

El secreto de US of Tara radica en su completo dominio de las emociones y en haber encontrado un equilibrio perfecto entre las situaciones más excéntricas y los momentos de cotidianeidad más mundanos y costumbristas -un punto en común con Nurse Jackie. Eso, y el hecho de que cada episodio garantice alguna que otra carcajada, hacen de US of Tara una comedia exquisita que no solo asegura media hora de ‘sana’ diversión a la semana, sino que además ofrece un precioso discurso sobre la familia y las relaciones. Se trata de la nueva comedia televisiva, que viene gestándose desde hace unos años. La era de las risas enlatadas dio paso a un tipo de comedias que además de ganar en calidad técnica, bebían de los dramas televisivos, hibridando géneros y encontrando la mayor complicidad con el espectador, haciéndonos reír de las desgracias y llorar con momentos en apariencia cómicos. US of Tara podría considerarse epítome de este tipo de dramedia, invitando a la reflexión sobre la naturaleza humana, haciendo que nos riamos de la vida, y de nosotros mismos.

La segunda temporada de US of Tara ha afianzado a los miembros de la familia Gregson como algunos de los mejores personajes de la temporada televisiva. Empezando por Tara, se agradece que en esta temporada sus otras personalidades no hayan tenido tanta presencia escénica -a mí Toni Colette me satura, la verdad. La vida de la familia sigue girando en torno a la enfermedad de Tara, pero es interesante comprobar cómo es posible explorarla sin necesidad de decicar capítulos completos a un alter. Si la primera temporada sirvió para dar a conocer a todos sus estados unidos, esta se ha centrado en explorar en mayor medida la identidad de Tara. Hemos visto aflorar con más fuerza una personalidad que en la temporada pasada quedaba eclipsada e inexplorada por la presencia de los alters. Lo más curioso es que la búsqueda de Tara para encontrar un origen a su problema ha resultado en la aparición de otras dos personalidades -Shoshanna y Chicken-, y aún así, la superpoblación de alters no ha afectado negativamente a la historia. Al contrario.

Al igual que en Nurse Jackie, la importancia de un buen plantel de secundarios en US of Tara es capital. Si en la serie de la enfermera encontramos secundarios antológicos como Zoey, O’Hara o Akalitus, US of Tara no presenta déficit de personajes geniales para acompañar a la protagonista. Destacan Kate y Charmaine. La primera se ha ganado el beneplácito de muchos espectadores que la ignoraron en la anterior temporada. La hija mayor de Tara y Max ha protagonizado este año las tramas más marcianas, pero gracias a ellas, hemos asistido a un -original- proceso de maduración que nos ha hecho reflexionar sobre el importante -y a veces exclusivo- papel de los demás en la formación de nuestra identidad. En una escena del episodio 2.11, Tara aconseja a su hija que no se olvide de ser ella misma, a lo que Kate contesta “ja, ja, y ja”. Es difícil ser uno mismo cuando aún no se es realmente nadie, y cuando la figura de referencia más cercana es una mujer con trastorno de personalidad múltiple. La poderosa unión de esta familia se pone de manifiesto en las relaciones domésticas. US of Tara logra retratar a la perfección esos momentos en los que el amor al prójimo se hace evidente a pesar de no manifestarse explícitamente. Lo hace cada vez que Marshall se sienta en la cama de su hermana, cada vez que Kate llama Moosh Moosh o cualquier otro apodo a su hermano, o con una sonrisa de una madre enferma a sus hijos en la cocina, tras un día sin saber nada de ellos. Y también cada vez que la increíble Charmaine entra en escena -lluvia de premios para Rosemarie DeWitt, por favor. Su descorazonador deseo de normalidad se ve truncado por la gran influencia -y dependencia- de la familia de su hermana en su vida. Charmaine representa sin embargo la absoluta naturalidad y la resignación en una situación tan complicada como la de los Gregson, una familia que no viene sino a representar de manera hiperbólica las disfuncionalidades de todas las familias.

Partiendo de la supuesta recuperación de Tara al principio de la temporada, hemos asistido a una progresiva degeneración, excelentemente expuesta, del personaje. Se ha explorado en mayor medida la figura del marido perfecto, Max, que se ha convertido en algo más que un consorte/enfermero de Tara. Ya comprobamos en la primera temporada cómo la enfermedad de Tara afecta a su marido, pero ha sido en esta cuando hemos asistido verdaderamente a las consecuencias de una vida como la suya. Max ha conocido el límite de su resistencia, ha dudado de la identidad de su mujer -me pareció genial que Max no estuviera seguro de si Tara era Tara o un nuevo alter– y ha cometido un gran error. Después de presenciar y arbitrar los momentos más difíciles de su mujer -recordemos el increíble episodio “Torando”, en el que Tara se convierte en un medley de sus personalidades o la presencia de Chicken en la boda de Charmaine-, Max llega a una conmovedora conclusión:

“I wish it’d been us getting married today. I’d stand up in front of all these people and I’d say “I love this woman!” Then I’d look in your eyes and I’d say, “if you’re Tara, I’ll be Max. But if you’re Gimme, I’ll be gotcha. And if you’re Buck, I’ll be your bike. If you’re Alice, I’ll be your astronaut. And I’d carry Chicken to the car, even though I knew she was pretending to be asleep”

US of Tara nos invita a pasar de la carcajada al puchero, y lo hace como si no le costase nada. Encontrar el equilibrio perfecto entre comedia y drama parece ser algo fácil si tenemos en cuenta la cada vez más habitual tendencia a hibridar ambas en la televisión norteamericana, pero pocas series consiguen una armonía tan perfecta como US of Tara, sin duda, la mejor serie de Showtime hasta la fecha.

Showtime y las mujeres I: Nurse Jackie

Showtime lleva años forjándose una identidad a base de series impactantes, arriesgadas y en las que la diversión y el entretenimiento más puro y desenfadado parece ser la tónica principal. A pesar de contar con algún drama de éxito respetado por la crítica –Dexter-, es curioso comprobar cómo las comedias de la cadena le están otorgando sus mayores éxitos creativos, y han acabado por desarrollar una interesante imagen de marca. Más destacable es aún que la mayoría de estas comedias nos cuenten las historias de mujeres de mediana edad, madres con problemas bigger than life que luchan por proteger a sus familias y que los daños colaterales de sus cruzadas internas sean mínimos. Las señoras mandan en Showtime, y las grandes actrices de Hollywood saben que esta casa se ha convertido en uno de los mejores escaparates para demostrar que el mito de que las actrices de más de cuarenta no tienen papeles en el cine no es extrapolable a la televisión. La enorme MaryLouiseParker sembró el camino con la hilarante Weeds, a la que siguieron dos estrenos la temporada pasada, Nurse Jackie y United States of Tara –convertidos en una acertada sesión doble este año. Tras el fin de temporada de estas dos últimas, Parker tomará el relevo y a ella se le une Laura Linney con The Big C.

Nurse Jackie era para mí la más floja de las comedias femeninas de Showtime -compararla con el desastre que es Californication sería injusto. En esta temporada, la serie de la enfermera drogadicta no solo ha terminado por conquistarme, sino que ha hecho que aumente considerablemente mi respeto por una cadena de televisión que siempre se ganó mis más enfervorecidas críticas. Nurse Jackie nunca ha mostrado interés por el espectáculo sexual y violento de otras series made in Showtime -algo no necesariamente negativo en esencia-, sino que más bien se ha construido en base a la cotidianeidad del hogar y del trabajo, siendo una de esas historias que a ratos parecen no estar contando nada, sino simplemente mostrando un fragmento de las vidas de unos personajes. Esto me sedujo en principio, porque estaba un poco harto de tramas extravagantes y personajes siempre al borde de a caricatura más exagerada. Sin embargo, me costó encontrar lo suficientemente interesante a los personajes de Nurse Jackie. Algunos me resultaban simpáticos, pero la mayoría me dejaban completamente indiferente y hacían que me preguntase si estaba interesado en saber de sus vidas. Por suerte, esta segunda temporada ha hecho que adore a todos los personajes, con dos excepciones -y a la vez, con varios matices.

En primer lugar, Jackie. Y en segundo Eddie, pero no creo que sea necesario explicar por qué odio a este personaje y su repugnante omnipresencia. Mejor hablemos de Jackie. Es una faena cuando el protagonista de una serie te cae mal. Mi problema con Jackie no es su moral, no la odio por engañar a todo el mundo -y en especial a su marido perfecto- es su actitud chulesca y sobrada lo que me irrita. Soy consciente de que es algo personal, pero suelo tener problemas con este tipo de personajes, los House de la vida -sí, la comparación es necesaria, por desgracia- que hacen de la bordería y el sarcasmo un arte. Me cansan, sencillamente, no me hacen ni un poco de gracia. Sin embargo, este es un problema menor que por suerte es sorteable. Una vez acostumbrado a Jackie, una vez aceptada, solo me queda disfrutar de todo lo que hay a su alrededor.

Los secundarios de Nurse Jackie han alcanzado otro nivel durante esta segunda temporada. Zoey es quizás la que ha permanecido más invariable, pero puede que esto se deba a que ella fue genial desde su primera escena. Por el contrario, la Dra. O’Hara se ha convertido en un personaje muy interesante y rico en matices. Su vulnerabilidad ha sido explorada desde varios puntos de vista, -muy brevemente- con su relación con la reportera interpretada por Julia Ormond o a través de su generosidad con Jackie, a la que confiesa que es su razón principal para ir a trabajar -hasta organiza sus turnos para coincidir siempre con su mejor amiga; adorable. No es que O’Hara no fuera de esta manera en la primera temporada. Estas características formaban parte de su personalidad, aunque tardaron en aflorar. Pero en esta temporada, Eve Best ha conseguido construir un personaje mucho más completo, gracias a una descarga del componente paródico en su personaje -en la temporada pasada solo abría la boca para hablar de ropa o recordar a todos lo rica que es. Por otra parte, los lazos entre personajes se han estrechado, y es emocionante comprobarlo, habitualmente a través de escenas donde prima la sutileza, el detallismo y la emotividad de los momentos más cotidianos. Cualquier gesto de cariño entre estos personajes resulta altamente conmovedor.

Y qué decir de la inconmensurable Gloria Akalitus. Demasiado, por lo tanto, dejémoslo en un “Te amo, Gloria”.

Si en Queer as Folk todo el mundo es gay, en The L Word no hay apenas mujeres hetero, y en Dexter todo el mundo está a favor de la pena de muerte, en Nurse Jackie, los enfermeros son siempre mejores y salvan a más pacientes que los propios doctores. Esta concepción convenientemente ficcional de los hospitales presenta a los enfermeros, en especial a la protagonista, como héroes en la sombra, personas cuyo duro trabajo proporciona los laureles a los condescendientes doctores. Los médicos del All Saints brillan por su ausencia. Su trabajo parece consistir únicamente en consultas que han de solventar rápidamente para volver a sus ego-burbujas. Esto no es más que un recurso necesario para dotar a Jackie de una autoridad que será importante para su carácter. En este sentido, habría sido interesante que se explorasen en mayor medida las consecuencias de la superioridad de Jackie en su trabajo. Las quejas de Coop -ese niño estúpido y adorable- sobre Jackie en la primera mitad de la temporada parecían introducir una trama en la que por fin Jackie se iba a llevar algún palo por actuar como la máxima autoridad del hospital, pero quedó en mera anécdota. En el último episodio de la temporada, “Years of Service“, Jackie se encuentra con las consecuencias de sus actos, y en lugar de aceptarlas, las confronta violentamente -bravo Edie Falco por esta escena-, negándose a admitir su problema. Es decir, Jackie actúa más que nunca como una adicta, y no solo una adicta a las drogas, sino a su posición de superioridad y al control. Y esto es un gran acierto, y una buena manera de preparar el terreno para la tercera temporada. Estoy deseando que llegue el próximo verano para seguir conociendo a Jackie un poco mejor que los que la rodean:

Anyone who knows you knows they don’t know you

Clásicos recuperados: Undeclared

Aunque algunos estrenos veraniegos estén levantando tanta expectación como los otoñales o los de la mid-season, y estos nos vayan a tener más ocupados de lo normal en menesteres televisivos, el periodo estival es idóneo para ponerse al día con las series que uno lleva atrasadas o para recuperar clásicos de la televisión -o series de corta duración y rápido consumo. Undeclared tiene solo una temporada que consta de 17 episodios, estrenada en 2001. Además, se trata de una comedia de veinte minutos, con lo que, de entrada, es perfecta para esta época… siempre que no se tenga otra cosa mejor que ver, y por desgracia, en este caso, es muy fácil tenerla.

Undeclared es la hermana pequeña y fea de Freaks & Geeks (analizada aquí). Creada por mi idolatrado Judd Apatow, esta comedia no consigue llegarle ni a la suela de los zapatos a su predecesora, de la que parece ser una prolongación natural. Las reflexiones sobre el comportamiento social y la construcción de la identidad que tan bien manejaba junto a Paul Feig en Freaks & Geeks se ven reducidas en Undeclared a la mínima expresión. En su lugar, Undeclared nos ofrece chistes y situaciones más propias de una sitcom cualquiera. Y el factor más importante, los personajes, también palidece en comparación con Freaks & Geeks. No parece haber en Undeclared una intención de hacer personajes mínimamente interesantes. Tomemos como ejemplo al protagonista, Seteven Karp (Jay Baruchel), un geek feliz por dejar atrás su vida en el instituto y volver a empezar -una idea que podría haber dado mucho de sí, pero que acaba enormemente desaprovechada. Steven es un personaje superficial sin apenas carisma, y si esto ocurre con su protagonista, imaginad a los secundarios. La interacción de Steven con sus nuevos compañeros de dormitorio resulta muy poco natural y la química entre personajes brilla por su ausencia. No hay apenas un ápice de sensación de verdadera amistad entre estos personajes, que parecen comportarse como autómatas en sus relaciones, las que asumen antes de explorar. Como resultado, lo que nosotros percibimos es una frialdad que juega en contra de la serie. Si las situaciones cómicas no fueran tan absurdas, aleatorias y tópicas, podríamos pasar esto por alto. El problema es que esto no es una sitcom, pero se comporta como una. Y al final, si los personajes no enganchan, y las tramas y los gags son, en sus mejores momentos, mediocres, es inevitable preguntarse si Apatow se equivocó escogiendo formato para contar esta historia. O si simplemente se equivocó llevando el proyecto a la FOX.

Undeclared es por tanto más American Pie que Freaks & Geeks y cualquiera de las últimas producciones cinematográficas de Apatow. El desfile de caras conocidas confirma la dependencia de un siempre creciente número de actores fetiche para desarrollar una imagen de autor que se ha consolidado en los últimos años. En Undeclared, además de contar con Seth Rogen como uno de los protagonistas -en Freaks & Geeks era un secundario con poca presencia-, Apatow recurre a Jason Segel -que acaba ganando más protagonismo, para detrimento de la serie-, y a otros freaks y geeks como Samm Levine, Busy Philipps, Martin Starr o David Krumholtz. Algunos de estos actores seguirán apareciendo en las producciones Apatow, formando una gran familia que se ha ramificado, reduciendo los seis grados de separación a solo uno -y que se extiende a los cargos de producción, con Greg Mottola dirigiendo unos cuantos episodios. Y en esto radica uno de los pocos atractivos de Undeclared, en el reconocimiento de estos actores, que casi siempre interpretarán a personajes excéntricos y con suerte, más divertidos que los protagonistas.

No es fácil encontrarlos, pero hay unos cuantos aspectos positivos que hacen de Undeclared un visionado remotamente agradable. Como decía, algunos personajes secundarios suponen grandes aciertos en un casting más bien desafortunado. En el episodio 1.07, “Addicted”, Will Ferrell interpreta a un treintañero que no ha conseguido nada en la vida y se dedica a hacer trabajos académicos en 24 horas para los universitarios, leyendo además nueve libros a la semana. Este episodio introduce un grado de reflexión que se desvanece como un espejismo, pero que funciona mientras dura. Loudon Wainwright III -sí, el papá de Rufus y Martha- es otro de los aciertos de la serie. Wainwright se luce interpretando al padre de Steven, un hombre en plena crisis de los cincuenta que encuentra en los compañeros de dormitorio de Steve y en la vida universitaria una vía de rejuvenecimiento. Por último, destaca Tina Ellroy -interpretada por Christina Payano, que no volvería a actuar después de Undeclared-, compañera de dormitorio de las protagonistas femeninas. Tina es el típico caso de personaje-bulto que acaba ganando protagonismo por méritos propios, y haciendo balance, ella es la protagonista de las escenas cómicas más logradas de la serie -como su batalla musical con Rachel después de pasarse el día escuchando la misma canción. También se pasean por la serie actores que más adelante ganaría notoriedad televisiva, como Amy Poehler, Jenna Fischer o Tom Welling, pero sus intervenciones son esporádicas en el mejor de los casos, e insoportables en el peor -como la habitualmente genial Poehler.

Por lo demás, Undeclared no supera las expectativas tras haber disfrutado de una maravilla como Freaks & Geeks. Con excepción de algunos episodios -como el 1.05, que eleva el nivel de calidad y bizarrismo, quizás gracias a estar dirigido por Seth Rogen- la serie deambula entre la intrascendencia y la estupidez de tramas episódicas que no llevan a ninguna parte -Lizzie poniéndose mechas, Steven encomendándose a la religión tras oír un sermón, Ron y Lloyd invirtiendo en bolsa por Internet, y un largo etéctera de tramas que desembocan en escenas a cual más ridícula. A primera vista, Apatow parece dispuesto a divertirse y divertir a la audiencia, sin más pretensiones. Sin embargo, después de ver el último episodio de Undeclared, uno desea que hubiera sido un poco más pretencioso, o que hubiera llamado a su amigo Paul Feig para que le echase una mano. Si se desea ver el trabajo de Apatow al completo, o si no se tiene otra cosa que ver -insisto, algo prácticamente imposible- el visionado de Undeclared queda justificado. Si no, es mejor hacer como si nunca hubiera existido, y disfrutar de Freaks & Geeks o Superbad.

True Blood, el sueño húmedo de HBO

No es que a la Home Box Office le hagan falta muchos éxitos, sigue siendo la principal cadena de referencia a la hora de hablar de televisión de calidad. Pero es cierto que desde el fin de Los Soprano y Sexo en Nueva York, no ha tenido muchas series en parrilla que gocen de la omnipresencia mediática de aquellas dos. Ese hueco lo llena actualmente True Blood, un éxito de audiencia y todo un fenómeno en Internet. El estreno de la tercera temporada reunió este domingo a 5.1 millones de norteamericanos -cifra que no deja de impactar si pensamos en las series que luchan por permanecer en las networks con audiencias de 2-3 millones-, subiendo un 38% con respecto a la al estreno de la segunda hace un año. Como ya vimos en esta entrada, la campaña viral para esta temporada ha sido todo un éxito en sí misma -su valía como texto secundario permite analizarla como parte de la serie más que como mero ejercicio publicitario-, y además se ha reflejado en la excelente audiencia del episodio.

¿Qué se encontraron esos 5.1 millones de norteamericanos y los otros tantos millones de internautas que se descargaron el episodio después de su emisión? Básicamente, True Blood en su esencia más pura: sexo, geniales interpretaciones over the top -sí, a mí la Paquin me encanta-, violencia, efectos especiales deliciosamente camp, y eso que nos gusta tanto, una autoconsciencia enorme -y muy bien explotada. Y por su fuera poco, esta temporada arranca confirmando lo que llevábamos sospechando hace mucho tiempo: True Blood es la serie más gay de la tele actual. En muchas ocasiones da la sensación de que el público objetivo de la serie es el homosexual -aunque hay que reconocer que sabe satisfacer a todos los sexos y sexualidades en mayor o menor medida. Lo cierto es que la serie está hecha para el disfrute de un espectador desprovisto de prejuicios y dispuesto a pasarlo bien, sin más requisitos en principio, pero las escenas de descamise de los cuatro objetos sexuales masculinos de la serie y especialmente el tan comentado sueño de Sam, parecen tener un target muy definido en mente -no podemos olvidar que la serie se ha interpretado en muchas ocasiones como una metáfora de la aceptación de la diferencia en la sociedad. Las declaraciones de los actores Alexander Skarsgard y Stephen Moyer sobre las ganas que tenían de que sus personajes “experimentasen” con el mismo sexo y el fichaje de Kevin Alejandro para hacer de novio de Lafayette no hacen sino confirmar esta teoría. Pero vamos, que no le estoy descubriendo América a nadie, ¿no?

Todo esto no es más que el resultado de una gran interacción por parte de los responsables de la serie y su fandom –y un claro interés de Alan Ball por el tema. Ellos nos han escuchado/leído y saben lo que nos gusta. ¿Por qué no hacernos felices? -una de las primeras imágenes promocionales de Alcide, el hombre lobo interpretado por Joe Manganiello, no deja lugar a dudas. Y por eso, si me estáis escuchando, señores de HBO y Mr. Ball, queremos volver a ver a Maryann. Aunque el divismo de Pam haya aumentado considerablemente, y se vislumbre una digna sustituta de la loca ménade. Pam siempre nos ha gustado, y el protagonismo que parece que va a adquirir esta temporada es más que bienvenido -además, entra el juego el factor-Safo, algo menos explorado hasta ahora. Y si alguien duda de lo conscientes de todo que son Alan Ball y su equipo, he aquí una prueba irrefutable:

Pam: “Maybe I smile too much. Maybe I wear too much pink, but please remember, I can rip your throat out if I need to and also know that I am not a hooker. That was a long, long time ago.”

“Bad Blood” es un contundente primer episodio de una temporada que de seguir en esta línea, nos hará pasar un verano muy divertido -es casi un valor seguro. True Blood vuelve dejando al margen cierta grandilocuencia y afectación en sus diálogos, y cediendo el protagonismo casi absoluto al humor -Sookie: “I’m not in the mood for lesbian weirdness tonight, Pam”- y a un ritmo más acelerado de lo normal. Solo el drama de Tara aporta la nota más seria a un episodio que confirma la naturaleza esencialmente cómica y paródica de la serie. Destacan Jason y sus problemas de conciencia -“conscience off, dick on” es un one-liner de los que perduran, sin olvidar el “pussy overflow”- y los siempre adorables Jessica y Hoyt -“I got a new haircut! I think it actually makes me look kinda badass!” Y si hemos de destacar un one-liner, en línea con las ideas del segundo párrafo de esta entrada, sería este: “I hear the water in Arkansas is…very hard!” Será difícil olvidar el homoerotismo camp y la conseguida tensión de la escena entre Bill y Sam. Será especialmente difícil olvidarla si, como yo, la pensáis ver una y otra vez, al menos hasta que otra escena de esta naturaleza la eclipse.

Conclusión: True Blood no es solo el sueño húmedo de HBO, sino también el de muchos seriéfilos con ganas de juerga, y demasiado tiempo estival en sus manos -palabra clave: “manos”.

Finale Week: Anatomía de Grey

Ha pasado casi un mes desde su emisión, pero aún resuenan los ecos de ese híbrido de shoot ‘em up, survival horror y película de asesino en serie que se marcó Shonda Rhimes con el final de la sexta temporada de Anatomía de Grey. Y es normal, porque pocas veces en televisión se ha conseguido manejar la tensión de manera tan magistral, hasta el punto de provocar en el espectador una sensación continua de ansiedad -así como la ‘diversión’ que ello conlleva. Finalizado el episodio “Death and All His Friends”, el agotamiento mental y emocional es mayúsculo. Y ante tamaña manipulación del espectador, solo puedo quitarme el sombrero y aplaudir a Shonda. Bravo, bravo, bravo.

Siempre he dicho que Anatomía de Grey cuenta con algunos de los personajes más ricos y completos de la televisión actual. También he manifestado en multitud de ocasiones que esto se debe al hecho de que cuanto más se arriesgue con un personaje, más provecho se sacará de él. Los doctores de Anatomía de Grey son mucho más que clichés. Es habitual en las series que los repartos estén constituidos por personajes altamente icónicos y reconocibles por relaciones de opuestos o por rasgos muy básicos que definirán su interacción con los demás. En Anatomía de Grey esto no ocurre de una manera tan acusada. Todos los personajes tienen algo en común: son egocéntricos, inmaduros -se comportan como adolescentes-, egoístas y humanos, muy humanos -es decir, erran a cada paso que dan. Aparte de esto, y a pesar de los cuidados matices de personalidad de cada uno, no encontramos arquetipos muy definidos en la serie. Esto es lo que más admiro de la señora Rhimes, su capacidad para penetrar más al fondo de sus personajes de lo habitual. Y es por ello, entre otras cosas, que un final como el de la sexta temporada me parece un ejercicio de construcción narrativa y de desarrollo de personajes ejemplar. No todos los productores de televisión están dispuestos a llevar a sus personajes a los límites a los que Rhimes ha llevado a los suyos. Y puede que muchos lo vean como un simple ejercicio de narración culebronesca -y quién sabe, hasta puede que tengan razón-, pero lo que yo veo es un conmovedor compromiso con los personajes, incluso un inconformismo y desafío a la norma que pocos autores asumen. Vamos, que la evolución del doctor House, comparada con la de Meredith Grey, se queda en pañales. Así de claro.

En una entrevista concedida después del estreno del final, Shonda manifestó su agotamiento físico y emocional tras firmar el guión de “Sanctuary” y “Death and All His Friends”. He ahí el compromiso del que hablaba -mezclado con un poco de tontería. La implicación de Rhimes con sus personajes ha sido tan grande que ha acabado por pasarle factura -e insisto, la mujer es algo drama queen, eso también es verdad. De sus palabras se extrae además una gran destreza con el manejo del detalle a la hora de escribir. Todo en el final de la temporada está medido al milímetro, el gran dominio de la causa-efecto, no solo en el episodio, sino también a largo plazo, es otro de los puntos fuertes del guión. Preparar el terreno para un final de estas características no es una tarea complicada. Solo hay que introducir un conflicto que dé pie al desastre, y así hicieron varios episodios antes con la aparentemente ‘insustancial’ trama de Gary Clark -un nombre que nos costará olvidar. Lo que es más complicado es implicar a todos y cada uno de los personajes, teniendo en cuenta sus evoluciones a lo largo de la serie, y en concreto, de la temporada, en un conflicto que de entrada parece no dar cabida a una excesiva introspección. Sin duda, Shonda lo consigue.

La sexta temporada de Anatomía de Grey ha sido quizás la más irregular hasta ahora. La serie no ha experimentado un bajón de calidad como muchas de sus coetáneas, pero sí es verdad que sus tramas han sido más dispersas y olvidables. Por no hablar de los pacientes, cada vez más ridículos y repetitivos -Shonda, deberías aprender en este sentido de Nurse Jackie, serie quehace un uso genial de los pacientes. Sin embargo, esta temporada ha servido para conocer un poco más a los personajes, sin ‘interferencias’ provocadas por grandes dramas y tragedias. Si me permitís la osada comparación, esta temporada ha sido como Elephant, de Gus Van Sant -solo que mejor, y eso ya no es una osadía, es un suicidio social en algunos círculos. Los 22 episodios previos a “Sanctuary” nos han acercado a todos los personajes -incluidos los intrusos del Mercy West-, incluso llevándonos más a menudo a sus entornos domésticos. El miedo por la pérdida de muchos personajes se ha visto así magnificado. No ocurre tanto con los intrusos, al menos en mi caso. La matanza del Seattle Grace sirve para eliminar de la plantilla a dos personajes insoportables, Reed y Percy. Por el contrario, Kepner y Avery se convierten en fijos para la próxima temporada -no sin antes intentar hacerlos algo más atractivos para el espectador. De nuevo bravo, Shonda, por sacar el máximo provecho de la situación.

“Sanctuary”, la primera parte, es el plato fuerte del episodio doble. El impacto del primer balazo del arma de Gary Clark en la frente de Reed confirma lo que llevábamos temiendo un rato: no es un día cualquiera en el Seattle Grace. Pero nadie imaginaba lo que seguía a la impactante muerte de Reed. Son demasiados momentos los que destacar. De hecho, las dos horas de episodio son una acumulación de momentos destacables, por lo que me veo obligado a seleccionar solo unas cuantas escenas. Las enumeraré en párrafos separados, porque merecen destacar de alguna manera entre las parrafadas de esta entrada:

1. Cristina y Callie llorando en el desayuno. Dramedia en estado puro, y uno de los puntos fuentes de Anatomía de Grey. Y uno de los ejemplos de lo geniales que suelen ser sus teasers.

2. El disparo a Reed -sí, había que repetirlo-, y la fuerza del primer plano de su cabeza golpeando el suelo.

3. El encuentro en el ascensor de Gary Clark y Cristina. Quizás el momento más magistral de todo el episodio, el que haría pensar a Shonda después de escribirlo “¡joder, qué Hitchcock soy!” Como decía, un uso impecable de los personajes. Cristina era la más indicada para que esta escena fuera lo más efectiva posible.

4. Cristina: “I gotta admit, I hope you and Derek die, just a little bit”. Shonda, la cachonda.

5. Gary Clark contra Miranda Bailey. A estas alturas, ya no hay uñas. Ver a Gary Clark sacando a Miranda a rastras de debajo de la cama es terrorífico. Verla mentir al asesino después de que este matase a Percy por decirle que es doctor lo es aún más.

6. El encuentro Clark-Shephard. A pesar de estar a punto de ser empañada por el discurso de turno en el que un personaje cuenta una historia sobre su pasado, la dilatada escena nos brinda algunos de los mejores momentos del episodio: Derek -y Shonda- exponiendo la esencia de la serie: “Please, look at me in the eye, I’m a human being. I make mistakes. I’m flawed. We all are”; Meredith y el terror por la posible pérdida de quien se ama; y sobre todo el discurso oprahiano de April Kepner al toparse con Gary Clark. Digno de ser transcrito:

“My name is April Kepner. I’m 28 years old. I was born on April 23rd in Ohio. I’m from Columbus, Ohio. My mom is a teacher and my dad is a farmer. Corn. He grows corn. Their names are Karen and Joe. I have three sisters! Libbie is first, I’m next. Then there’s Kimmy, and Alice. I haven’t done anything yet…I haven’t–I’ve barely lived! I’m not finished yet! No one’s loved me yet! Please! Please! I’m someone’s child! I’m a person! I’m a person!!!”

7. Webber, testigo impotente de la tragedia de “su” hospital a través de la radio de la policía y su encuentro final con Clark -más ejemplos de integración magistral de las tramas de los personajes en los eventos del episodio.

8. Miranda y su reacción al comprobar que los ascensores no funcionan. No tanto por la interpretación de Chandra Wilson -yo no la veo de Emmy, pero no me extrañaría la nominación-, sino por lo que supone para nosotros su descarga de tensión a esas alturas del episodio.

9. El final feliz de Arizona y Callie, uno de los momentos más emotivos del episodio, y una sorpresa agradable al comprobar que una relación que dábamos por acabada se afianza.

10. Y por último, como no podía ser de otra manera, MEREDITH GREY.

– Meredith: Stop crying. Look, it took me a long time to find him. A long time. And even then it took me a long time to even know that I wanted him, to be married, to be his wife, to have his kids. And now that I realize that, he’s lying on a table in there and my best friend’s hands are inside his chest. You don’t get to cry about that.
– April Kepner: Reed was my best friend. She died today.

 

Rhimes utiliza la mayor crisis de la historia del Seattle Grace para hablarnos de sus personajes, para hacer balance de su evolución en seis años -algunos menos- y preparar el terreno para más cambios. Shonda confesó que la tragedia del Seattle Grace afectará a todos los personajes y a partir de la séptima temporada, ninguno será como era. Lo sé, es una promesa difícil de creer, pero a mí me es suficiente para esperar la séptima temporada de la serie como agua de mayo. Esto, después de seis años, es una auténtica hazaña.

Finale Week: Cómo conocí a vuestra madre

Cómo conocí a vuestra madre lleva dos temporadas perdida y a la deriva, pero he de confesar que sigo disfrutando de la serie de alguna extraña manera. No sé si son sus personajes, o que sin darme cuenta he caído en el culto que tanto se esforzaron en desarrollar al principio de la serie y que hace que del mero hecho de ver a estos personajes en acción -aunque la acción sea mala tirando a lo peor- se pueda extraer algo positivo. Juega a su favor que sea una sitcom. Teniendo en cuenta lo que decía en mi entrada anterior, si esta fuera una serie de cuarenta minutos, los daños colaterales de su bajón de calidad serían mucho mayores. Veinte minutos a la semana no hacen daño. Y siempre hay ganas de pasar esos minutos con Ted, Barney, Robin, Marshall y Lily. Cómo conocí a vuestra madre ha pasado de ser una comedia de interesante estructura narrativa y buenos personajes a una serie de ver y olvidar. Y no pasa nada.

“Doppelgangers” toma una buena idea, una de esas tramas-running gag al estilo de la Bet Slap, y la usa para hilar la conclusión de la temporada y darnos uno de esos finales azucarados y buenrollistas a los que la serie nos tiene acostumbrados. La idea del quinto doppelganger como señal para que Marshall y Lily se decidan a tener un hijo juega con uno de los mensajes más presentes en la serie: el azar y la aleatoriedad de los eventos como principales responsables del devenir de nuestras vidas, y la posibilidad de tomar las riendas y no sentarse a esperar a que el destino decida por nosotros. La última escena de la serie, en la que Lily ve claramente al doble de Barney, cuando ni los demás, ni los espectadores lo hacemos, confirma esta idea, y despide la temporada con una nota agradable y -ligeramente- emotiva. Claro que no es ninguna genialidad ni mucho menos. Se trata de uno de tantos finales en los que el convencionalismo y la moralina están a punto de arruinar la función.

Por otra parte, el resto del episodio transcurre sin pena ni gloria, con excepción de la trama de Robin y Don, esa pareja de la que no sabemos absolutamente nada, y cuya historia de amor se ha desarrollado totalmente al margen del espectador. Últimamente, Robin me ha dado los mejores momentos de la serie. Sin embargo, en “Doppelganger” me da los peores, protagonizando una trama-cliché que, además, ha sido ya usada en la serie anteriormente -este ha sido el año del reciclado criminal e indiscriminado de tramas en muchas series-: me refiero al eterno dilema “me han hecho una oferta de trabajo, pero para aceptarla, me tengo que mudar”. Ya hemos visto a Robin en esta tesitura, ¿era necesario volver a hacerlo? En esta ocasión, el recurso lleva a dos cambios de cara a la siguiente temporada: Robin soltera -junto a un Barney decidido a reconquistarla- y de nuevo compañera de piso de Ted -el casi beso al final del episodio fue un buen golpe de efecto. Por lo demás, la decisión de Robin solo sirve para rellenar minutos de la manera más perezosa, y para mostrarnos al verdadero Don. Pero sinceramente, a nadie le importa.

Personalmente, me quedo con “Robots vs. Wrestlers” (5.22) como ‘conclusión’ de esta temporada, porque no me interesa tanto quién se líe con quién, los hijos que tengan Marshall y Lily o incluso quién es la futura mujer de Ted. Al final, de lo que más disfruto es de la loca dinámica amistosa de estos cinco personajes. Me gusta ver lo que los une y los distancia, lo que hace a los unos para los otros, a pesar de ser tan distintos entre sí. Y por eso, Cómo conocí a vuestra madre sigue siendo una buena apuesta para escapar de la realidad y pasar un buen rato. El roce hace el cariño, y al final, el azúcar me acaba subiendo.

Finale Week: Mujeres desesperadas

Y la semana dedicada a los finales de temporada en fuertecito no ve la tele llega a su decimoquinto día. Qué cosas, Fuertecito tiene el poder de alargar el tiempo. Eso, y que sus obligaciones académicas le han impedido actualizar el blog [fin del uso de la tercera persona]. Hace ya tanto tiempo que vi los finales que me quedan por comentar, que no solo he olvidado los episodios, sino que también he olvidado lo que quería decir sobre ellos. Sí, señores, así es el nuevo seriéfilo. No queremos admitirlo, pero la inabarcable oferta “de calidad” de la tele norteamericana nos obliga a convertirnos en consumidores compulsivos, a devorar las series sin dejarlas reposar, y hacer cosas como tragarse nueve episodios de golpe para terminar una temporada y tener tiempo para empezar otra serie o continuar una que tenías parada hace meses. Demasiadas series, demasiado poco tiempo. Y este modo de consumir televisión se hace más inevitable aún si, como este año, la oferta de las cadenas generalistas da un bajón de calidad considerable. Las buenas series, los buenos episodios, se quedan grabados. Los episodios mediocres y patéticos se consumen y se tiran. Y de esos hemos tenido este año demasiados. Qué agotamiento. Y qué pena el cine, al que relegamos a un segundo plano porque ¡¡no hay tiempo para él!! Esto tiene que cambiar. Pero dejemos esta reflexión para otro día, y centrémonos en las series que nos quedan por comentar.

Si hay una serie que se ha ganado esta temporada la mayoría de vapuleos y abucheos por mi parte es Mujeres desesperadas. No me extenderé demasiado, puesto que ya he dejado patente en multitud de ocasiones mi opinión sobre esta sexta temporada de la serie de Marc Cherry: ha apestado como nunca. Ya no sirve ni para reírse de ella.

Es una pena que hitos catódicos como “Bang“, el episodio que confirmó que Mujeres desesperadas era mucho más que un placer culpable, queden totalmente sepultados por todos y cada uno de los episodios de la temporada que acaba de finalizar. Ya sabemos que el ritmo de la tele es vertiginoso, y que los espectadores, por muy analíticos, racionales y justos que seamos, no podemos evitar perder la perspectiva cuando una serie supera las cinco temporadas. Es decir, que a tenor del despropósito que ha sido la sexta temporada, es más fácil que cuando acabe la serie, recordemos Mujeres desesperadas desde la pena y el enfado por haber echado a perder algo realmente bueno, que por sus tres excelentes primeras temporadas (intentaremos luchar contra esto).

El último episodio de la temporada, “I Gess This Is Goodbye” -cántico que deberíamos entonar muchos, y que me consta que otros tantos han hecho- cierra el interminable misterio de la temporada, el de la familia Bolen. Angie & co. no han dado ni un solo buen momento de tensión e interés como antaño hicieron los Young o Betty Applewhite. Los guionistas -por llamarlos de alguna manera- han ido desgranando su pasado como si solo tuvieran preparados dos detalles sobre él y no quisieran desvelarlos hasta el final. Lo que queda en medio es mucha paja. Y si al menos estos personajes fueran mínimamente interesantes o carismáticos habríamos tenido algo para pasar el rato hasta que el estiramiento llegase a su fin, pero no -me consta que muchos no estarán de acuerdo con esto, pero a mí, Angie Bolen me ha parecido un personaje horrendo, y del resto de la familia, mejor no hablar. “I Gess This Is Goodbye” no solo da fin a la trama de los Bolen, sino que cierra la historia de Eddie, el asesino en serie adolescente de Wisteria Lane. No sé cuál de las dos tramas me ha parecido peor. Si la de los Bolen por aburrida y predecible, o la de Eddie por absurda y ridícula.

Por suerte, el final de esta temporada no llega al nivel de patetismo del último episodio de la quinta -quizás sea una ilusión provocada por lo que hemos aguantado durante nueve meses. Aunque tenemos que obviar muchas cosas para emitir un juicio mínimamente positivo sobre el episodio: los estúpidos problemas de Mike y Susan -no he podido odiar más a Mike Delfino esta temporada-, la bomba de Angie -me río a carcajadas en vuestra cara, de verdad-, el malvado interpretado por John Barrowman -evitemos comentarios que me tachen de cosas que no soy yo-, Orson -que a mí siempre me ha gustado, y tras esta temporada no puedo no unirme a su gran club de haters-, y sobre todo, sobre todo, la infame escena de reunión post-apocalipsis de Susan, Lynette, Gabby y Bree, en la que no se hace una sola referencia a los traumáticos eventos acaecidos en el barrio. Y no me habléis de elipsis, esto es lo que se llama “una mierda de guión”. Pensaba terminar este párrafo equilibrando la balanza y enumerando los aspectos positivos del episodio, pero me parece que sería injusto, además de suponer una tarea demasiado difícil.

El año que viene seguiré visitando Wisteria Lane -abandonar una serie después de seis años me resulta muy difícil, a pesar de todo lo anterior-, con la esperanza de que sea el último, y de que un episodio musical me haga olvidar todo el sufrimiento innecesario de este año. Cherry, pon a tus señoras a cantar, es lo único que puede arreglar este entuerto.

Para leer un amplio y certero repaso de la temporada a través de las principales tramas -las que más prometían-, os remito a esta entrada mi amigo Bertoff, el mayor amante de las desesperadas que conozco.

Finale Week: The Office

¿Qué ha pasado esta temporada en The Office? La respuesta es fácil: puro y simple desgaste. Después de seis años en antena es difícil mantener la frescura y el interés, y este año, la serie de NBC ha ido a la deriva, a pesar de haber dado unos cuantos buenos episodios. Parecía imposible que una serie como The Office pudiera perder calidad, pero así ha sido. Era uno de los valores más seguros de la televisión norteamericana actual, una serie que hasta este año no había dado ni un solo episodio malo, pero por desgracia, en su sexta temporada, The Office pierde su estatus de serie invicta.

Pero no nos alarmemos, no es tan grave como parece, la esencia de la serie sigue ahí, solo es necesario que los guionistas se pongan un poco las pilas. Y además de eso, hay otra solución más fácil: cacelarla tras su séptima temporada. Steve Carrell lo pone en bandeja manifestando su intención de abandonar la serie una vez acabe su contrato en 2011. Lo cierto es que no hay peor sensación para el seriéfilo que la de ver una de sus series favoritas alargándose por puras cuestiones económicas, y ser testigo de su lenta y agonizante pérdida de dignidad. The Office está a tiempo de irse con la cabeza alta, porque como decía, no hay para tanto, los buenos personajes siguen ahí, Michael Scott sigue siendo grande, y los secundarios siguen funcionando a pesar de que este año se les ha dado diálogos y situaciones sonrojantes -y no me refiero a que nos hagan pasar vergüenza ajena como es habitual, sino al hecho de que a ratos, parecían estar escritos por autómatas programados con los dos o tres chascarrillos propios de cada personaje, y nada más. Lo cierto es que los secundarios de The Office nunca han brillado por su tridimensionalidad -ni era algo que demandásemos los espectadores-, pero siempre se encontraba una manera inteligente y divertida de incluir sus excentricidades en cada episodio, sin caer bajo como ha ocurrido en ocasiones este año.

Quizás sea necesario devolver a algunos de estos personajes el componente humano del que han sido completamente desprovistos. Mirad por ejemplo a Kelly y Ryan, más excéntricos y distantes que nunca. Lo de estos dos quizás sea solo un ejercicio autocomplaciente de sus intérpretes, Mindy Kaling y B.J. Novak, también productores y guionistas de la serie, que probablemente se diviertan de lo lindo jugando con sus personajes de esa manera. De acuerdo, The Office nunca fue una serie de personajes en el sentido que le atribuimos a muchos dramas de calidad -aunque paradójicamente sus personajes sean muy superiores a la mayoría de estos dramas-, pero era habitual que además de hacernos sentir la vergüenza ajena más divertida, los empleados de Dundler Mifflin mostrasen rasgos emocionales que los hicieran más reales, más cercanos. Esta opinión -muy abierta a debate- está provocada por el desgaste del que hablaba, por la sensación de que en esta temporada los guionistas han puesto el piloto automático y se han echado a dormir.

Por suerte, los dos últimos episodios de la temporada recuperan de alguna manera el brillo de los días felices de la serie y devuelven la esperanza. En “Whistleblower”, el regreso de Kathy Bates con la noticia de que un soplón ha filtrado información sobre las impresoras defectuosas brinda la oportunidad perfecta para sacar provecho de la dinámica de grupo de la oficina, jugando con los habituales recelos, sospechas y rencillas, y culminando en una gran escena: la del informático de la empresa delatando al soplón. Por otra parte, Michael y Jo tienen una bonita escena en la que la jefaza de Sabre se abre a Michael; Dwight y Angela continuan con sus -terroríficas- disputas legales para procrear; y Jim y Pam rellenan episodio con sus problemas de falta de sueño -Darryl, mi nuevo secundario favorito les descubre un lugar para dormir en el trabajo. Y para acabar, como es habitual en The Office, un sutil cliffhanger -nada de artificios y golpes de efecto, no es el estilo de la serie- aparece en el último segundo del episodio, prometiendo un cambio de cara al próximo año: en este caso, el regreso de Holly, y con ello, la oportunidad de recuperar al Michael Scott más adorable. Algo es algo.

Finale Week: Gossip Girl

Decidido. El episodio que cierra la tercera temporada de Gossip Girl, “Last Tango, Then Paris” es para mí el final de la serie. Después de una temporada incluso más eterna que la anterior, soy más consciente que nunca de la auténtica pérdida de tiempo que me supone seguir las ‘emocionantes’ aventuras de este grupo de adolescentes interpretados -es un decir- por actores de 25. Al principio pensé que el desgaste podía deberse a que para terminar la temporada, vi nueve episodios en tres días. Después de madurar la idea unos minutos me di cuenta de que estaba infravalorándome enormemente. No me he cansado de la serie porque me haya saturado ver tantos episodios seguidos, me he cansado porque ya no me ofrece ninguna motivación para seguir viéndola, y es gracias a ese agotador maratón que he llegado a esa conclusión.

Gossip Girl fue durante su primera temporada mi guilty pleasure favorito. Lo tenía todo para ganarse mi devoción incondicional. Estaba creada por Josh Schwartz, el responsable de otro de mis placeres culpables, The OC -esta es infinitamente mejor, hasta el punto de eliminar lo de ‘culpable’ en muchas ocasiones-, era una historia sobre adolescentes y estaba rodada en Nueva York -sin falsear las localizaciones-. La auto consciencia y autorreflexividad que aderezaba cada diálogo en The OC también estaba presente en Gossip Girl, y como en la primera, aumentaba con el paso del tiempo. La diferencia es que con el incremento de los juegos metatextuales y las auto referencias en The OC, los personajes realmente mostraban síntomas de evolución, cosa que no ocurre en Gossip Girl. Los chicos del Upper East Side se quedaron parados en el primer año. Por mucho que estén continuamente expuestos a experiencias traumáticas y extraordinarias y sus vidas amorosas, sociales y familiares sufran continuos varapalos -en muchas ocasiones, de gravedad-, al final, todos están listos para la fiesta de turno que sirve como hilo narrativo de cada episodio.

Esta tercera temporada ha caído más bajo, porque, como suele ocurrir con la mayoría de series adolescentes, Gossip Girl ha sufrido las consecuencias de trasladar sus historias del instituto a la universidad. No es que la experiencia académica definiera a Gossip Girl, pero las tonterías de los protagonistas tenían gracia ambientadas en el instituto, gracias a la gran carga satírica que eso conllevaba. Algo parecido ocurrió con Veronica Mars. La protagonista era una detective adolescente y el principal atractivo de la serie -además de su carismática protagonista, Kirsten Bell, la voz de Gossip Girl- era trasladar los elementos del género negro a los pasillos del instituto. Era una gran idea con excelentes resultados durante sus dos primeras temporadas. Llegada la tercera, con Veronica en la universidad, la esencia de la serie se perdió de alguna manera -a pesar de que la calidad se mantuvo. En el caso de Gossip Girl, la universidad solo ha servido para desplazar completamente la atención a los ‘hogares’ de los protagonistas, por lo que los dramas familiares -las soporíferas tramas sobre la madre de Chuck y el padre de Serena- y las incesantes rupturas y reconciliaciones -ya no sabemos quién ha estado con quién, ni nos importa- ocupan la totalidad de la temporada. Atrás quedó el agudo comentario social sobre la guerra de clases en los institutos norteamericanos y la importancia de las nuevas tecnologías para definir las relaciones adolescentes en el siglo XXI. Lo único que queda en Gossip Girl es el componente telenovelesco, y eso no es suficiente. Ver a estos adolescentes actuando como adultos en un mundo de adultos es sencillamente ridículo y si me permitís el comentario de carcamal, algo peligroso para la audiencia adolescente de la serie.

Lo cierto es que la temporada comenzó con buen pie, con la promesa de explotar las personalidades de los personajes en un ambiente tan distinto como el de la universidad. Pero todo quedó en agua de borrajas. Lo que le siguió es un estiramiento de la trama que si los detractores de Perdidos viesen, se replantearían sus críticas a la serie de JJ Abrams. Todo para llegar a un final que sigue con la tónica del resto de la temporada: intrascendencia, vacuidad y puro aburrimiento. Lo dicho, ya no sirve ni para guilty pleasure.

“Last Tango, Then Paris” recurre a los cliffhangers más clásicos y perezosos: infidelidad, embarazo, posible muerte de un personaje y viaje a París. El único cierre que me ha parecido satisfatorio es el de uno de los personajes más hostiables de la televisión, Jenny Humphrey. La epifanía que la lleva a alejarse de Manhattan tras acostarse con Chuck me pareció un buen giro, a pesar de llegar extremadamente tarde -¿cuánto hemos odiado a Jenny esta temporada? ¡Más que nunca!. Por lo demás, poco que reseñar. Quizás solo la absurda presencia de Georgina Sparks -siempre divertida Michelle Tratchenberg- disfrazada de Hannah Montana y repitiendo la secuencia inicial protagonizada por Serena en el piloto -he ahí la autorreflexividad, pero ¿para qué? El resto de personajes siguen aburriéndome e irritándome a partes iguales. La relación de Dan -el hombre que más rápido habla y menos vocaliza- y Vanessa -el personaje más incoherente de la serie- nos habla de cómo es una relación amorosa entre mejores amigos, un terreno interesante de explorar y totalmente desaprovechado. Por otra parte, se supone que nos tenemos que preocupar por el devenir de la relación principal de la serie, la de Blair y Chuck, pero estos dos dejaron de ser mínimamente interesantes hace mucho tiempo -por no decir que la química entre los actores es nula. Y por último, Serena y Nate tienen sexo con comida y peleas cuyo origen escapa a nuestro entendimiento. Nada por allí, nada por aquí.

Resumiendo, no hay un solo personaje de Gossip Girl que no me resulte, como mínimo, odioso. Ni siquiera se salva ya Blair Waldorff, antaño adorada por mí. Dorota supone una excepción, pero digamos que ella no cuenta -me sabe mal decirlo, pero es cierto. Por todo esto, Gossip Girl deja, de cara a la próxima temporada televisiva otoñal, un hueco de una hora a la semana para otra serie que me recompense la inversión de tiempo -odio pensar en estos términos, pero hay que ser práctico- y no me desgaste las neuronas. Lo que está claro es que no la buscaré en The CW.