Caprica, "End of Line" (1.09)

Los puentes de Amanda

Al principio, esta entrada iba a ser una declaración de amor a Amanda Greystone, a la par que una petición desesperada por su supervivencia para la segunda parte de la primera temporada de Caprica. “¡Amanda, no te mueras, por todos los dioses!” Sin embargo, me he dado cuenta de que en “End of Line”, la última entrega de la serie hasta después de verano, ocurren muchas más cosas.

La intención de Ronald D. Moore desde el comienzo de la serie fue crear un drama familiar ambientado en un universo de ciencia ficción. La idea, sin duda, era atractiva, y el resultado (sin miedo a emitir juicios prematuros) es todo un éxito artístico y creativo (aunque la audiencia se resista a corroborarlo). La exquisita música de Bear McCreary, que ya nos dio la mejor partitura jamás compuesta para una serie de televisión, la de Battlestar Galactica (atentos a la pieza que acompaña a Amanda de camino al puente, ¡es Gaeta lamentándose de nuevo!), las interpretaciones y los efectos especiales, todo en esta oscura serie está cuidado hasta el último detalle. Además, con tan solo nueve episodios, Caprica se revela como una serie increíblemente versátil. Recordemos dos episodios tan distintos entre sí y tan logrados en todos los sentidos como “Gravedancing” (1.04), una mordaz crítica social con momentos de intensidad a la altura de Magnolia y “There Is Another Sky” (1.05), una absorbente aventura de acción noir ambientada en la Caprica virtual.

Este dominio de la hibridación genérica lleva a los responsables de la serie a concluir la primera mitad de la temporada con un episodio de acción al más puro estilo Terminator, en el que lo más importante es el devenir de la trama, donde los golpes de efecto y los giros argumentales marcan el ritmo, y los múltiples cliffhangers suspenden cruelmente la trama hasta dentro de al menos cinco meses. Caprica se marcha temporalmente con sus personajes experimentando puntos de inflexión que marcarán un gran cambio en sus vidas y con la tácita promesa de darnos más acción en los próximos episodios.

La muerte parece ser el principal hilo conductor de “End of Line”. La muerte en todas sus facetas. A través de los intentos de suicidio de Amanda, del homicidio involuntario que acaba con la vida de Philo a manos de una Zoe monstruosa que no se controla a sí misma. La muerte como válvula de escape de la realidad y como salvación. La muerte como estrategia para adquirir poder y escalar posiciones. Asesinato, terrorismo, muerte real y muerte virtual. Y sobre todo, las heridas incurables que deja la muerte de alguien querido. Y también las que deja tener un marido asesino, claro.

En “End of Line”, Amanda se viste para morir. El pasado suicida de la mujer de Daniel Greystone regresa ahora que ella ha tocado fondo (chiste no intencionado). Lo que en episodios anteriores fue un progresivo descenso a los infiernos, marcado por una locura angustiosa y extraña, algo kubrickiana diría yo, deviene en un cliché que no termina de hacer justicia al que para mí es el mejor personaje de la serie. Pero así es como debe ser. Paula Malcomson ha construido un personaje muy real y rico en matices, que refleja el espíritu nada complaciente de la serie. Una vez proclamé los ojos de Meredith Grey los más tristes de la televisión. Con Amanda Greystone (otra “Grey” que se tira al agua) le ha salido una seria competidora. Si Amanda no sale del río con vida, espero que ese sea el fin de su personaje y que Daniel no haga lo mismo que hizo con Zoe. No me interesa un giro de ese calibre para un personaje que está perfecto como está. Y si Amanda sobrevive (apuesto a que así será), espero que en algún momento en el futuro le diga a Daniel “tenemos que hacer algo con urgencia”, y cuando él diga “¿el que?”, ella responda “follar”.

Los demás personajes también están al límite en “End of Line” (título que me parece más perfecto cada vez que lo escribo). Daniel se topa con sus propios Powers That Be, maquinadores e implacables, que le adelantan la fecha de entrega de la producción en cadena de los primeros cylons para uso militar, para lo que debe destruir el modelo original, el U-87 con Zoe en su interior. Zoe, por consiguiente, se ve obligada a buscar una salida hacia el exterior antes de que sea demasiado tarde. Primero acude a Lacy, que está muy ocupada siendo manipulada por otros y no se deja convencer por una resentida Zoe (y bien que me parece, que bastante tiene Lacy con Clarice y Barnabas). Considerando que ha vuelto a ser traicionada por Lacy, Zoe toma una decisión que había estado eludiendo tozudamente: dar señales de vida a través del U-87.

La primera historia de amor humano-cylon no podría haber tenido un desenlace más trágico. La impactante muerte de Philo da paso al clímax del episodio. Philo, qué nombre más bien escogido para un personaje movido casi exclusivamente por el amor, a su trabajo y al U-87. Es el único que trataba al U-87 como a un humano. Incluso había sugerido a su jefe realizar un perfil psicológico del cylon, obteniendo la negativa de un Daniel que ha perdido la última gota de paciencia que le quedaba. Seguro que Zoe habría preferido que Daniel hubiera estado en el lugar de Philo.

Volviendo a Lacy, Barnabas toma el relevo de Sister Clarice en la formación terrorista de la adolescente. Lacy tiene buenas intenciones, pero también tiene muy mala suerte. Los guionistas siguen poniendo al personaje en situaciones que están muy por encima de ella y es una pena que Magda Apanowicz no sea capaz de soportar ese peso como actriz. Se están explorando terrenos interesantes con su personaje, pero la joven Magda no consigue transmitir nada.

Barnabas y Clarice compensan este déficit interpretativo. Ambos son las dos caras de una misma moneda. Barnabas es un malvado de manual. Cruento y sádico, el terrorista interpretado por nuestro amado James Marsters, tiene un claro objetivo: destruir a Clarice y obtener el liderazgo de la célula de STO en Caprica. Es decir, poder, y más poder. Los métodos de este megalómano sin piedad para conseguir sus objetivos son el terror y el homicidio casi indiscriminado. Sister Clarice, a pesar de luchar bajo las mismas creencias que Barnabas, difunde la palabra de STO a través de la espiritualidad y bueno, también la presión psicológica. Parece el reverso racional y “pacífico” de Barnabas. Claro que no es del todo correcto describirla de esta manera viéndola repartir puñetazos y diciendo cosas como “espero que nos den permiso para eliminarlo personalmente”. Es entonces cuando uno confirma que Clarice y Barnabas son la cruz de una moneda que aún está en el aire.

Suelo ser permisivo con las licencias y los agujeros de guión de mis series favoritas, pero considero que la trama de Joseph y Tamara en “End of Line” desafía ligeramente la lógica. Que Tamara siga al pie de la letra el consejo de una desconocida, y mate a su padre (virtualmente) en un juego de supervivencia en el que nunca se sabe quién está contra quién, no termina de encajar. Es sin embargo otro giro argumental necesario en un final de temporada, un golpe de efecto que conduce a una sorpresa: la chica misteriosa es en realidad Evelyn velando por Joseph (atentos a esta señora aburrida, porque será muy importante en las vidas de los Adama).

En ocasiones, uno tiene la sensación de que, como ocurría en Battlestar Galactica, los guionistas tienen demasiado que contar, y la duración de los episodios se les va de las manos, resultando en incoherencias narrativas por culpa de los recortes en la sala de montaje (por ejemplo, la trama de Barnabas contactando con otras células de STO a través del anuncio). La incontinencia narrativa de estos señores a veces les juega malas pasadas. Como a mí. Va siendo hora de poner punto y final a esta entrada.

Caprica se marcha temporalmente sin haber hecho mucho ruido a tenor de las discretísimas audiencias que ha ido cosechando semana tras semana. Si lo pensamos, la serie de Ron Moore tiene muchos puntos en común con Dollhouse, conexiones temáticas, el mismo horario “asesino” en la televisión norteamericana, Jane Espenson (que deja el puesto de showrunner a Kevin Murphy para el resto de episodios). Por suerte, la audiencia de Caprica ha aumentado (muy discretamente) semana tras semana, al contrario de lo que ocurrió con la serie de Joss Whedon. Por tanto, las posibilidades de que veamos una segunda temporada el año que viene han aumentado ligeramente, aunque sus responsables o la cadena SyFy no confirmen ni desmientan nada . De momento, habrá que conformarse con la certeza de que Caprica volverá después de verano para completar su primera temporada. Entonces sabremos cuál es el propósito de Zoe en Gemenon, si Amanda sale con vida del río, y si la llamada a Daniel se refiere a una o a la otra. Durante esta larga espera nosotros revisaremos los nueve primeros episodios de esta obra maestra en potencia de la ciencia ficción, y viviremos con el terror absoluto de que la gente se olvide de ella.

Cómo conocí a vuestra madre, "Say Cheese" (5.19)

No vamos a decir que la quinta temporada de Cómo conocí a vuestra madre está mejorando (Joss nos libre), pero episodios como “Say Cheese” (5.19) contribuyen a que el conjunto desmerezca un poquito menos.

Muchos coincidirán conmigo en que este “Say Cheese” ha sido un episodio totalmente Friends. Cómo conocí a vuestra madre nunca ha ocultado su agenda (al menos no la ha negado, porque hacerlo constituiría un delito, con toda seguridad): llenar el hueco (o abismo más bien) dejado por el clásico de la NBC tras acabar su andadura de una década en 2004. Si bien está lejos de ser el éxito masivo de Friends, Cómo conocí a vuestra madre puede estar contenta por haberse ganado el título de “serie de culto” (a veces se otorga demasiado a la ligera, pero bueno), gracias a sus personajes y sobre todo a su esforzada mitología, que aumenta semana tras semana.

“Say Cheese” recuerda inevitablemente a “The One Where No One’s Ready” (3.02), el antológico episodio de Friends en el que Ross debe asistir a una gala, y ninguno de sus amigos está listo para acompañarle. Tanto la acción de este episodio como la de “Say Cheese” tienen lugar en un solo espacio (si no contamos los flash-backs en Cómo conocí a vuestra madre), y casi a tiempo real. Por otra parte, la fiesta de Lily nos remite a las que Monica Geller organizaba en Friends y el juego de Marshall, “Lilial Pursuit”, nos recuerda a cuando Monica y Rachel pierden su apartamento contra Chandler y Joey en un juego en el que deben demostrar los que saben los unos de los otros. Por último, la trama de las fotos, en las que Barney siempre sale bien (cuando quieren, dominan el absurdo que da gusto) y Marshall siempre sale con los ojos cerrados, es parecida a la de “The One with the Engagement Picture” (7.05), en el que Chandler no puede evitar poner caras raras en las fotos.

A pesar de todo esto, hemos visto a lo largo de las temporadas que Cómo conocí a vuestra madre ha logrado forjarse una identidad propia, que si bien no evita las comparaciones con Friends, al menos contribuye a que se tome en cuenta el esfuerzo creativo de los responsables de la serie de CBS. Esfuerzo que se desvaneció el la cuarta temporada y ha reaparecido esporádicamente desde entonces. Es como si un buen episodio tuviera que ser compensado por siete malos. Llega un momento en que uno se plantea si merece la pena aguantar chorradas como “Girls vs. Suits” (5.12) para encontrarse con episodios decentes como “Say Cheese”. Hoy me siento más benevolente de lo normal con la serie, así que vamos a decir que sí. Merece la pena.

Uno de los puntos fuertes de esta serie es su “biblia”, la que aprovechan al máximo para seguir jugando deliciosamente con el hilo temporal (algo que rozó la maestría en las temporadas dos y tres), y aumentan temerariamente en cada episodio. Además de eso, el número de chistes buenos en “Say Cheese” es considerablemente superior a la media, y podemos enumerar unos cuantos momentos geniales por parte de algunos personajes: Lily intentando que la chica de Ted no entre en la foto de grupo (¿quién no se ha sentido identificado?). Marshall y Ted posando para su primera foto (lo que nos lleva al desenlace azucarado de rigor). Por no hablar de las “zorras” de Ted, sobre todo la perroflauta Strawberry, que protagoniza uno de los mejores gags del episodio y Amanda (qué penita me ha dado). Pero sin duda, el mejor momento del episodio es cuando Robin dice: “Fun fact. Each year my mom has Easter tea with her friend named Bunny. Okay not that fun”. Vale, puede que no sea muy objetivo, estoy enamorado de Robin Scherbatsky.

Para terminar, lanzo la pregunta inevitable: “¿Friends o Cómo conocí a vuestra madre?” Mi respuesta ya la conocéis: Will & Grace.Cursiva

Xena y el ejército de las tinieblas

Lo que nos echen

Cómics basados en series de televisión los ha habido siempre (la franquicia Star Trek lleva generando material gráfico desde los 60 sin apenas descanso), y por consiguiente, la influencia recíproca entre ambos medios lleva ocurriendo desde hace ya mucho tiempo. Sin embargo, no ha sido hasta hace unos pocos años que han convergido hasta el punto de mover en masa a la audiencia exclusivamente televisiva hacia las páginas de los tebeos. Me estoy refiriendo, por supuesto, a la gran repercusión de los cómics que continúan de manera oficial la historia de Buffy, cazavampiros.

Los cómics de televisión, con alguna que otra excepción, siempre han sido considerados subproductos dirigidos al fan completista, y por tanto, poco esfuerzo se ha invertido en ellos. ¿Para qué molestarse en buscar la calidad, algo que requiere tiempo y esfuerzo creativo, si el comprador potencial va a hacer la vista gorda si no la hay? Recordemos las historias de Mulder y Scully (de Expediente X) editadas para Topps y más tarde DC. El propio Chris Carter expresó su descontento ante lo que venía a ser un sucedáneo de las historias paranormales de los agentes del FBI, y los fans estaban con él. Otras exitosas series de principio del siglo XXI han sido trasladadas a las páginas del cómic, siempre con resultados que dejan bastante que desear. Si alguna vez os topáis con un cómic de Alias, salid corriendo.

Los chicos de Dark Horse ya habían explorado el buffyverso en numerosísimas ocasiones, a través de historias paralelas que recorrían los arcos argumentales de cada una de las siete temporadas de la serie, y “completaban” las historias de la cazadora. Lo cierto es que pocos números se acercaban remotamente a la calidad de la serie, y solo un especial titulado “Tales of the Vampires” (que seguía la estela de “Tales of the Slayers”, publicado poco antes) destacaba por su calidad. Escrito por Joss Whedon y algunos de sus colaboradores más habituales (Jane Espenson y Drew Godard por ejemplo), este especial, curiosamente, no revisaba la mitología de la serie como lo hacían los otros cómics del buffyverso. En lugar de eso, “Tales of the Vampires” aprovechaba algunas ideas y algunos personajes de Buffy, y brindaba a un plantel de interesantes guionitas y dibujantes la oportunidad de aportar su eclécticos y en algunos casos “alternativos” puntos de vista al universo de los vampiros según las reglas whedonianas. El resultado fue excelente, aunque seguíamos sin tener cómics ambientados en nuestras series de televisión que se acercasen a la calidad de las mismas.

Pero en 2008 todo cambió. Con la publicación de la octava temporada de Buffy en formato cómic, Joss Whedon se propuso fusionar ambos medios y sacar provecho de las posibilidades que le brindaban. Con Buffy y Angel terminadas, y cada vez más inmerso en la escritura de guión para cómics (Astonishing X-Men, Runaways), Whedon realizó un “cómic televisivo” de calidad, a años luz de los anteriormente editados por Dark Horse. Pero no es de la octava temporada de Buffy de lo que os quiero hablar en esta entrada (sí, me he esperado al cuarto párrafo para decíroslo). Eso ya lo hice en este articulito en el Whedonverso, donde además podéis leer otro artículo sobre Runaways, escrito por mi amigo Mariano Pardo. Lo que me ha llevado a escribir esto es la lectura reciente del crossover de Xena, la princesa guerra y El ejército de las tinieblas, de la mano de Dynamite Comics.

Sí, como leéis. No hay idea más disparatada que a la vez sea tan increíblemente lógica y coherente. Este crossover nace a la sombra de los cómics de la octava temporada de Buffy (y ¿por qué no? de los de la sexta de Angel, que no son nada desdeñables), y ha resultado ser, contra todo pronóstico, un cómic televisivo a tener en cuenta. Xena y Evil Dead, dos franquicias creadas por Sam Raimi, tienen muchos elementos en común (el humor absurdo, el histrionismo de sus personajes, el slapstick o el regusto a serie B, por nombrar unos pocos), por lo que una fusión de ambos universos en las páginas del cómic era una idea muy atractiva que no se podía dejar pasar. Y qué mejor momento para hacerlo que ahora.

Los cómics de Buffy han puesto el listón alto, así que los fans de Xena (muchos de ellos también fans de Buffy) no se iban a conformar con los subproductos pre-Buffy-Season-8. Es por ello que este crossover en dos volúmenes sigue la estela de Buffy (salvando bastante las distancias, tampoco nos pasemos), y consigue homenajear con ingenio y puntería los universos de Xena y Ash Williams. La familiaridad de estos personajes para el fan y el detallismo que desprenden los diálogos nos remiten indudablemente a la pantalla de televisión, donde vimos una y otra vez las aventuras de los dos héroes raimianos. Como ocurría con Buffy, leyendo los crossovers de Army of Darkness/Xena, “Why Not?” y “What… Again?!” podemos oír a Xena, Gabrielle, Atolycus o Ash a viva voz en nuestras cabezas, porque son ellos, y no burdas imitaciones desprovistas de los rasgos del original, como solía ocurrir en los cómics televisivos que ya hemos mencionado. Se produce aquí un caso ideal de intertextualidad que es difícil de alcanzar. Incluso en los crossovers dentro del mismo medio, a menudo nos encontramos con personajes que creíamos conocer y que se comportan de manera extraña. Esto no ocurre con Army of Darkness/Xena, quizás debido a que la complejidad no es el plato fuerte de sus personajes, con lo cual es más fácil que otros guionistas se ocupen de ellos y no encuentren demasiadas dificultades para “hacerles justicia”.

“Why Not?” es el primero de los encuentros entre Xena y Ash. No es más que otro viaje en el tiempo, esta vez hasta la era de la Princesa Guerrera (si es que algo así existe). Ash se une a Xena, Gabrielle y Atolycus (¡sí! nunca hay suficiente Bruce Campbell) para luchar contra un ejército de demonios voladores entrenados por uno de los mini-Ash del principio de El ejército de las tinieblas (un “aspecto oscuro” del protagonista). Este mini-Ash les enseña a construir motosierras, que usan para aterrorizar a las aldeas de la zona. De acuerdo, no suena precisamente a historia que pueda tomarse en serio, pero ¿desde cuándo algo made in Raimi lo ha sido? (no respondáis). La contraportada del cómic reza “¡Fans! Bruce Campbell y Lucy Lawless, ¡¿qué más necesitáis?! ¡El crossover que nadie pidió y nadie esperaba ya está aquí!” Y es verdad. Los fans leemos estos cómics buscando reconocer a nuestros personajes favoritos, y disfrutamos con su mera presencia. Por suerte, “Why Not?” no es solo eso. Es un cómic divertido, con una historia bien contada, que saca el máximo provecho de ambas franquicias y en el que aparece un tiranosaurio. Es lo que en inglés llaman un win-win.

El segundo volumen, “What… Again?!” es incluso más bizarro y retorcido que el anterior. Hay más viajes en tiempo, más acción, más sangre, más situaciones disparatadas. O sea, que es una secuela en toda regla. De vuelta al presente, Ash se encuentra con las consecuencias de haber inaugurado un hipermercado S-Mart en el mundo de Xena (!!!). Una legión de zombis infesta la ciudad, y Xena, Gabby y Atolycus van al rescate de Ash. El grupo huye de los zombis y se refugia en una biblioteca, para a continuación, Necronomicón mediante, visitar los mundos de varios clásicos de la literatura (entre ellos, el del El mago de Oz, como veis en la portada del cómic), y acabar encontrándose con el hijo de Gabrielle en un futuro apocalíptico en el que S-Mart es la fuente de todo mal. ¿Cómo os quedáis?. Evidentemente, el tono jocoso de los creadores del cómic sigue presente (“La secuela del crossover que nadie esperaba ya está aquí”) y la autoconsciencia inherente a los productos “para fans” como este sobresale de cada viñeta.

A pesar de no tomárnoslo demasiado en serio, Army of Darkness/Xena es un experimento curioso y reseñable si nos paramos a pensar en las posibilidades de fusión y complementariedad de la televisión y el cómic. Los tebeos de súper héroes llevan mucho tiempo influyendo a la televisión, temática, estética y formalmente (Smallville, Héroes, Misfits) y los volúmenes que recogen 4 ó 5 números de un cómic pueden plantearse como episodios de 40 minutos, con sus signos de puntuación, pausas para publicidad y sus cliffhangers. Ahora que las editoriales de cómics apuestan más fuerte por las franquicias televisivas (Dynamite también publica cómics de Battlestar Galactica, Stargate y de Xena en solitario), parece que la calidad de este tipo de productos está aumentando. Todo es posible en el mundo de los cómics, y si insistimos demasiado, quizás algún día asistamos a la visita oficial de Xena a Sunnydale, y si cruzamos los dedos, hasta puede que haya otro tiranosaurio involucrado.

Perdidos, "Ab Aeterno" (6.09)

La partida interminable

Escribir algo sobre el episodio de Perdidos de cada semana es una tarea complicada, porque para cuando uno se pone a ello ya ha discutido el episodio hasta la saciedad, en foros, en persona con amigos, en su propia mente. Si habitualmente, escribir una review sobre esta serie es más una tarea de síntesis de opiniones (que a menudo cambian o evolucionan en estas discusiones, a veces acaloradas), que una labor de análisis propiamente dicha, con el último episodio, “Ab Aeterno” (6.09), esto va más allá, pues es un episodio de los que hacen ruido, que no deja indiferente a nadie, que provoca reacciones e invita a no quedarse callado después de verlo.

Por eso, lo que voy a hacer en esta entrada es recoger algunas impresiones sobre el episodio, añadir mi opinión al respecto, y después, ampliarlas con ideas de cosecha propia (que a estas alturas no serán solo mías, claro):

1. A muchos espectadores de Perdidos, esta temporada les está pareciendo lenta y aburrida. Es lógico. Desde la segunda mitad de la tercera temporada, y en especial a lo largo de las dos siguientes, la acción primó sobre la reflexión y la introspección. Esta última temporada es una vuelta a los orígenes. Y ya muchos no se acuerdan, pero la primera temporada de Perdidos, por muy mítica que sea, era pausada, contemplativa, llena de diálogos sobre la vida de los personajes que en muchas ocasiones poco aportarían a las temporadas posteriores. Sin embargo, esta vuelta a los orígenes no puede ser pura y absoluta, porque el camino recorrido es largo y está lleno de eventos que hacen que cada momento reflexivo, de diálogo en plano contra plano de esta sexta temporada sea un momento crucial, y al que no sepa disfrutar eso, y se aburra eperando que pasen cosas, le digo: Abre los ojos, o los oídos. Ya están pasando.

2. Muchos se quejan de los errores de continuidad y de los fallos técnicos de este episodio. Que si no es lógico que el barco llegue tan alto como para destruir la parte superior de la estatua y acabar en un relativo buen estado en tierra firme (uno de los momentos que más ha desafiado la suspensión de la credulidad del espectador de lo que llevamos de serie). Que si Richard podía haber cogido el clavo con el pie, en vez de rendirse al no poder alcanzarlo con la cabeza. Que si cuando Jacob y el hombre de negro vieron llegar el barco, hacía un día estupendo y en este episodio, hay una tormenta casi apocalíptica. Pues bien, por una parte, tienen todo el derecho a quejarse. Una serie que destaca por su detallismo extremo, y por tener a la audiencia más exigente, no debería tener descuidos tan grandes. Por otra, yo les digo: Superadlo. Es una pena si eso os estropea el visionado de un episodio como “Ab Aeterno”.

3. Otros dicen que el hecho de que la acción de “Ab Aeterno” se ambiente en las Islas Canarias juega en detrimento del episodio. Siempre que una serie norteamericana se acerque geográfica o temáticamente a nuestro país, va a estar entrando en un terreno farragoso. Es muy complicado encontrar secundarios que tengan el acento exacto del lugar al que se supone que pertenecen, eso cuando los responsables de las series se preocupan por el contrario (que no es lo habitual). Lo que siempre ocurre es que acabamos viendo a sudamericanos interpretando a españoles, con acentos híbridos extraños (muchas veces son más norteamericanos que otra cosa), y construcciones gramaticales latinas y por consiguiente, seriamente contaminadas del inglés. El primer problema, el del acento, tiene una solución: olvidarse de España y ambientar este tipo de tramas en Latinoamérica (con la consiguiente pérdida de gracia de todo el asunto). Pero esto es una decisión artística, y si los de Perdidos querían las Canarias, hay que aguantarse. Sin embargo, el tema de las construcciones gramaticales tiene una sencilla solución. Señores, contraten a un asesor de castellano que les diga que esa frase que suena tan horriblemente mal tiene que cambiarse. Claro que yo no sé cómo hablaban en las Canarias hace siglo y medio (aunque dudo mucho que fuera como en La loba herida). Así que esta reflexión la debería hacer un experto en la materia.

4. Otros tantos se quejan de que sigue faltando información. A estos quiero gritarles directamente, perder los estribos con ellos y decirles que dejen de ver Perdidos, y se vayan a ver El mentalista. No quiero ser intolerante, pero es que quejarse de esto tras un episodio como “Ab Aeterno”, que explica lo explicable y más, que nos remonta a las primeras temporadas y ata cabos sin sacar apenas a ningún protagonista de la serie, me parece una suprema estupidez. Esta gente se queja ya más por inercia que por otra cosa. Miedo me dan cuando se emita el final de la serie. Creo que puede haber revueltas a nivel mundial. Gente prendiendo fuego a contenedores , y a guionistas, porque Perdidos no ha respondido a sus puñeteras preguntas y porque ¡¡falta información!! En serio, por el bien de la humanidad, dejad de ver la serie.

5. Por suerte, este episodio ha provocado más respuestas positivas que negativas, aunque por lo que he escrito anteriormente parezca lo contrario. Richard Alpert es un gran personaje, y obtener al fin las respuestas que dan sentido a su existencia en la isla supone poco más que un hito dentro de la propia serie. Como no podía ser de otra manera, el desencadenante de la historia de Ricardus es una mujer, un amor eterno. La presencia de Isabella en Perdidos lleva la serie a terreno culebronesco, pero es que no puede ser de otra manera. Cuarenta y cinco minutos es muy poco tiempo para convencernos del amor entre Ricardo e Isabella, por lo que hay que recurrir a lo arquetípico y dejarse las complejidades para otras historias de amor (como la de Kate-Sawyer-Juliet-Jack), lo que sumado a los acentos latinoamericanos y el romanticismo acusado de la ambientación, resulta en una telenovela de época que algunos han encontrado difícil aguantar.

6. Por último, tengo que decir que nunca me había gustado tanto Jacob y todo lo que conlleva la historia de su personaje y su relación con el hombre de negro. “Ab Aeterno” es el máximo exponente de lo que ha venido a llamarse la cultura colaborativa. Que los guionistas hayan incluido a la serie la teoría más extendida entre los fans durante la primera temporada, la de que todos están muertos y la isla es el infierno, más allá de una simple referencia, es un ejemplo más del gran juego que es Perdidos para los guionistas (algo que no me canso de repetir, lo sé). Pero no es tan simple como esa “explicación”. No se trata más que de otra artimaña para confundir, para que sigamos elaborando teorías y que la recta final sea de todo menos complaciente. Muchos acabarán (o acabaremos, quién sabe) indignados y sin ganas de volver a jugar, pero será una partida que nadie olvidará.

La acción por dentro

Una de las características más distintivas del universo Battlestar Galactica/Caprica es la ubicua intensidad que a menudo salpica los episodios y que para algunos, como el que escribe esto, se hace particularmente insoportable. Vivimos algo así en el episodio “Gravedancing” (1.04), en especial en las escenas en el plató de televisión y sobre todo en la que Sam lleva a Amanda en coche. En “Ghosts in the Machine” (1.08) tenemos al menos dos de estas escenas, tan intensas que por momentos se hacen inaguantables. Las dos son protagonizadas por Daniel Greystone (un gran Eric Stoltz) y su hija, Zoe/el cylon u87. Estas escenas no hacen más que revelar una maestría en el manejo del ritmo en televisión por parte del equipo de la serie, algo que ya vivimos en incontables ocasiones en Battlestar Galactica. El ritmo de los episodios va en crescendo casi sin que uno sea consciente de ello. El carácter profundamente reflexivo de la serie camufla esta especie de intensidad desapasionada que no percibimos hasta que estalla en escenas como el momento al que pertenece el siguiente monólogo.

En esta escena, Daniel Greystone, uno de los personajes más desconcertantes y fascinantemente desagradables que he visto en televisión, pone a prueba, mediante la más retorcida tortura psicológica, a su cylon u87, en el que cree que se encuentra el avatar de su hija fallecida Zoe. El objetivo de Daniel es descubrir si en efecto Zoe está en el interior del robot. El científico sabe la respuesta de antemano, lo que hace que la escena gane en intensidad, y resulte perturbadora hasta límites insospechados:

Oh, look at that. It certainly is a beautiful day, isn’t it? You know what a tell is? It’s an unconscious gesture. A look or a twitch that gives away the strengths or the weaknesses of a cardplayer’s hands. It’s inconspicuous, but a good player knows to look for it. And you showed me yours, as much as yelled at me,”I’m in here, daddy!” So why are we still playing this game? I know it’s you. But if you want to keep hiding behind a quarter ton of metal, fine. Just don’t kid yourself. Don’t think for a second it’s because of anything that I did. Because I kept my side of the bargain. I took you out of a virtual playground and brought you into the real world. But I guess you can’t handle that, huh? However brilliant you may be. Maybe deep down inside, you’re still just the same, scared little girl that you always were. Your mother and I, we set the bar pretty high, and maybe you were scared, you couldn’t measure up. So you had to condemn us. I understand that, that’s only natural. But the entire big bad adult world? Was it really easier to blow up a train of innocent people than to face up to your own biggest fear, which, let’s face it, is life itself, isn’t it? ‘Cause life is scary and brutal and unpredictable,and you gotta make choices like that. And sometimes you make the wrong ones. Maybe I’ve made some wrong choices too. But you keep moving on. And if you’re lucky, maybe you get to create something that lasts, has some meaning.I still love you. No matter what you did, no matter what… No matter what you are. Crazy as this. I know you’re not really even her. You are all of her that I have left. So please… Talk to me. Please.

All right, I didn’t want to have to do this. I know what the robot’s tolerances are. I’m betting they exceed yours. Now if you want this to end at any time, all you’ve got to do is take four steps forward, and walk out of the circle. And then I’ll know… for a fact that it’s you. All right? Because meanwhile… I’m ordering the u87 to stay.

Daniel hace un círculo de gasolina alrededor del u87/Zoe y le prende fuego con el cigarrillo que estaba fumando mientras le dice todo lo anterior (algún día voy a escribir algo sobre los personajes y el tabaco en esta serie). Escenas como esta, y como la escena final del episodio (Daniel, Zoe, el perro de la familia y un arma) son una muestra de los límites a los que son capaces de llegar los creadores de Caprica. El riesgo de muchos planteamientos de esta serie (para empezar, la antipatía que despiertan muchos de sus personajes, y la ambigüedad moral de la que hacen gala) hacen de Caprica una de las series más valientes que he visto. Después del siguiente episodio, tenemos parón hasta después de verano, periodo de sobra suficiente para que aquellos que no han entrado aún en este fascinante universo, disfruten las cuatro temporadas de Battlestar Galactica y los estupendos primeros episodios de Caprica. Pocos hacen caso de la recomendación. Pero ninguno se arrepiente de ello.

Spartacus: Blood and Sand

Xena: Tetas y culos

Lucy Lawless, diva mayor de la ciencia ficción tras protagonizar Xena, la princesa guerrera y participar en Battlestar Galactica con un personaje recurrente, declaró antes del estreno de Spartacus: Blood and Sand que todos los miembros del equipo se tomaron muy en serio el contenido sexual de la serie: “No queremos que en la serie haya una sola cosa que sea gratuita. No es algo que nos interese. Aunque haya sexo en una escena, siempre se está llevando a cabo alguna transacción de negocios. La escena no gira en torno al sexo, si no, estaría en el canal Playboy. Esto no es porno blando”.

Pues bien, con todo el dolor de mi alma, tengo que dedicarle un gran “VENGA YA” a mi Xena querida. La preocupación sobre la gratuidad de la serie gira en torno al sexo gráfico, como no podía ser de otra manera, cuando la violencia explícita es un exponente tanto o más significativo. Spartacus: Blood and Sand es pura pornografía estética y narrativa, una serie donde las “creativas” transiciones entre escenas equivalen a planos detalle de una penetración y las texturas digitales no son más que una continua eyaculación sanguinolenta. No hay más. Por mucho que Lawless se empeñe en hacernos ver que nos están contando una historia, lo que están haciendo es producir material onanístico en masa.

Lo único que hay en Spartacus: Blood and Sand es violencia y sexo en sus formas más depuradas y embellecidas. La suciedad es bella porque la fotografía digital envuelve la atmósfera y la transforma en un espacio impoluto, inodoro, un gran videojuego (pero no uno de aventuras, sino uno de lucha, de los de un contrincante frente al otro), que además bebe de las páginas del cómic (de Frank Miller, por supuesto). Spartacus: Blood and Sand es puro kitsch en el sentido más primitivo de la expresión, puesto que responde a la (supuesta) necesidad de nuevos productos de consumo que no son más que sucedáneos, subproductos culturales. El auge imparable de las series de los canales de pago multiplica la demanda, y por consiguiente, la calidad disminuye ¿Es Starz la nueva Showtime ahora que la cadena de pago está consiguiendo aumentar la calidad de su ficción? Desde luego, por su publicidad, parece que sí (“Spartacus: Blood and Sand. A BOLD new Starz original series”, más claro, agua).

Para generar estos subproductos, no hay vía más fácil que el pastiche. Los referentes de Spartacus: Blood and Sand ahogan por completo la posibilidad de una identidad más allá de ellos. Tanto en forma (obviamente 300, de Zack Snyder, casi un subproducto en sí misma, o Gladiator de Ridley Scott) como en fondo (Roma de HBO y en general todas las series de pago), Spartacus: Blood and Sand no ofrece nada reseñable a partir de los textos en los que se inspira. Nada. Es una copia sin complejos ni reparos. Si al menos el pastiche fuera un vehículo hacia la parodia, la serie podría optar a un ápice de dignidad. Pero ni por esas.

Algunas de las mentes que trabajaron para series de culto como Xena, Buffy o Angel reducen su potencial a un gran encefalograma plano creativo, y se convierten en programadores de videojuegos de lucha (con mi respeto a los mismos, pero esto es televisión) y directores de porno de gran presupuesto. Es una pena, porque el prospecto de la serie cuando empezó a publicitarse hace unos meses era más que atractivo. Como Antonio de la Mano escribió en su crítica sobre el piloto, solo hay un motivo para seguir viendo la serie, y este no es más que uno “instrumental”, para el cual podemos intercambiarla por un videojuego o una película porno (duro, ya que nos ponemos). Yo añado una variable decisiva: el “factor Lawless” (intercambiable por el de “fan fatal”). Mientras Xena esté en la serie, yo seguiré viéndola, por mucho que suponga una tortura china.

Jack, el hombre

Y esto lo escribía Gérard Imbert en su libro El transformismo televisivo, antes de haber visto a Jack en el faro, entre otras cosas.

 

Lost es un espacio ficcional pero, a la par, profundamente ambivalente, en el que se diluyen las categorías –en particular la frontera entre realidad y ficción, identidad y alteridad-, donde lo trascendente se confunde con lo inmanente: un espacio en el que el hombre se ve proyectado para expiar no se sabe qué pecado, segura y simplemente el de ser un hombre, un hombre sin trascendencia. En este espacio no hay lugar para el héroe, aunque haya acciones heróicas –y esto es típicamente postmoderno-, porque el hombre vive en un gueto, no puede salir de él y partir a la conquista del objeto de valor. Como en la obra de Jean-Paul Sartre Huis clos (A puerta cerrada), el hombre está condenado a convivir consigo mismo y con su espejo, que son los demás, su espejo y su infierno. “L’enfer, c’est les autres”, escribía Sartre: “El infierno, son los demás”… (2008:136).

 

Battlestar Galactica, "Daybreak"

“Todo esto ha pasado. Y volverá a pasar”

La televisión sirve para muchas cosas. Para hacerte compañía mientras comes, para darte luz en una noche de insomnio, para ver tus DVD… Pero sin duda, la función más interesante y compleja de la televisión es la de reflejar la sociedad en la que vivimos. De vez en cuando, una serie de ficción llegará y no solo nos veremos retratados en ella, sino que nos ayudará a comprender mejor el mundo en el que vivimos. Si además, la serie en cuestión se adscribe al género de la Ciencia Ficción, es muy probable que las cuestiones que plantee (e incluso solucione) nos abran los ojos y nos permitan dar un paso más allá en nuestro camino hacia el auto conocimiento y la búsqueda (aunque inconsciente) del sentido de todo esto. Sin duda, Battlestar Galactica es una de esas series.

Llegar al final de una (buena) serie de ficción de duración media-larga supone en ocasiones cerrar un capítulo de una vida (el fin de una era, que dirían algunos). Al menos, así es como uno se siente asistiendo a la última hora de la vida de esas personas que nos han acompañado durante años. Algo que no puede darte el cine (y que muchos incrédulos se niegan a experimentar). No ocurre con todas las series, desde luego, solo con aquellas que nos hablan de la vida, así a grandes rasgos (en definitiva, todas las buenas series son las que nos ayudan a entenderla). Battlestar Galactica nos lleva hasta el final del camino, lleva su historia hasta las últimas consecuencias (literalmente), haciendo que este sentimiento de fin de serie se vea amplificado enormemente.

“Daybreak” es el final perfecto. No solo cierra el mayor número de ciclos posible (¿todos?), sino que nos muestra mucho más de lo que esperábamos, a tenor de los episodios inmediatamente anteriores, que parecían llevar a la serie hacia un desenlace incompleto y poco complaciente. Ofrece respuestas adecuadas a todas las cuestiones pendientes (muchas requieren un acto de fe, como no podía ser de otra manera) y nos da el mejor final posible para todos sus personajes (al final, ya sabéis, lo más importante de una serie). No soy capaz de condensar lo que supone “Daybreak” para la serie, y para mí. Creo que no hay mejor manera de resumir el sentimiento que torpemente he intentado transmitir escribiendo esto que citando a Sam en su última escena:

“Perfection. That’s what it’s about. It’s those moments. When you can feel the perfection of creation. The beauty the physics you know the wonder of mathematics. The elations of action and reaction and that is the kind of perfection that I want to be connected to”.

Nos vemos al otro lado.