The Office, "Manager and Salesman" (6.15)

The Office sigue su trayectoria ascendente después de un pequeño bajón (nada dramático, solo ligeramente preocupante) de la primera mitad de la temporada. El último episodio emitido, “Manager and Salesman” ha sido enorme. La incorporación de Kathy Bates al reparto de la serie en la sexta temporada es mucho más que un reclamo publicitario. La NBC es conocida por infestar sus series de estrellas invitadas, casi siempre de primera fila (lo vimos en Friends, Will & Grace, y ahora en 30 Rock). Es interesante ver a estos grandes actores desenvolviéndose en la pequeña pantalla, y especialmente en un género como el de la docucomedia. Bates interpreta a la nueva propietaria de Dundler Mifflin, y viene a representar el cambio dentro de la serie, un cambio que como es habitual, solo es temporal o superficial. Es decir, la nueva estructura de Dundler Mifflin, Sabre no es más que un puente hacia nuevas tramas que permitan brillar a la serie donde siempre ha brillado, sin resultar repetitiva.

Fue un acierto de este episodio que Michael y Jim lucharan por el puesto de manager, para más tarde hacer lo mismo con el de vendedor. Pudimos ver a Michael sentado en las mesas de los vendedores, intentando encajar todos sus juguetes en su espacio personal, y anunciando a viva voz su primera venta (algo que dejaron de hacer en 1993, según sus nuevos compañeros). Este fugaz cambio dio lugar a uno de los momentos más divertidos del episodio, pero me alegro de que se quede en eso, y no sea la tónica del resto de la temporada.

Por su parte, Jim continúa su ascensión al cinismo más radical. Lo que pasa es que al principio era un simple vendedor, y su hastío habitual estaba más justificado, o al menos se le permitía sin juicio alguno (era con el que más podíamos empatizar). El mismo Jim (porque es el mismo, no nos engañemos), en un puesto de mando es un Jim más condescendiente y repelente, o más bien nosotros lo percibimos así. Jim y Pam ya no son lo que eran, pero son lo que deben ser, su evolución es lógica.

Y frente a la normalidad absoluta de Jim y Pam, el resto de la oficina sigue su viaje a los rincones más recónditos de la vergüenza ajena y la locura más bizarra. Andy Bernard es la nueva estrella de The Office, sin duda. Nunca pensé que ese personaje de la tercera temporada, al que no conseguía ver como habitual en la serie, llegaría a estar casi a la altura del gran Michael Scott. Andy es ya un icono de The Office, y su deliciosa (y para muchos nada creíble) relación con Erin viene a rellenar el hueco dejado por Jim y Pam. Las tarjetas de San Valentín de Andy dieron algunos de los mejores momentos del episodio. Uno de ellos protagonizado por la enorme (¿hay alguien en esta serie que no sea enorme?) Kelly Kapoor, que como no podía ser de otra manera, cree que Andy se ha enamorado de ella, y siguiendo las reglas doradas de las comedias románticas, asume que siempre ha tenido el amor delante de las narices y nunca se dio cuenta. Genial.

The Office sigue siendo la serie más divertida de la parrilla actual, y la única que consigue sacar adelante una grupo de personajes numerosísimo, sin que ni uno solo de ellos esté mínimamente desdibujado. Bueno, quizás Ryan haya perdido el norte… pero esto forma parte de su nueva personalidad tras su experiencia en lo más alto de Dundler Mifflin. Verlo cambiar su estilo en cada episodio, en busca de una identidad que se le escapa de las manos, es otro ejemplo del detallismo magistral de The Office.

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