Meredith Grey

A raíz del comentario de devilniced en la última entrada sobre Anatomía de Grey, reciclo un texto que escribí el 4 de febrero del año pasado sobre el por qué de mi amor hacia Meredith Grey y a la serie.

Me gusta, me encanta, Anatomía de Grey, porque no es una serie cualquiera. La televisión está abarrotada de series cualesquiera disfrazadas de series singulares y destacables por un motivo o por otro, cuando no son más que la enésima revisión de una idea que lleva dando vueltas por las pantallas muchos años, o meras explotaciones del formato episódico para enganchar al espectador con trucos baratos y “continuarás” tramposos. Me gusta Anatomía de Grey, porque es justo lo contrario (o es mucho más que eso, más bien), una serie que en apariencia es como las mil y una series médicas que ha habido, hay y habrá, y que además es un culebrón saturado de giros amorosos y situaciones que desafían la suspensión de la credulidad del más católico, cuando en realidad es una de las mejores “series de personajes” que jamás se hayan hecho.

Por el magistral desarrollo de sus personajes a lo largo de las temporadas, a menudo la comparo con Buffy, la serie-que-no hay-que-comerse-de-vista por excelencia. Como espectador de televisión, valoro el riesgo por encima de casi todo, y por eso suelo empatizar con los personajes más odiosos. Esa es la razón por la que Meredith Grey, a pesar de ser uno de los personajes más hostiables de la televisión, me parece una protagonista increíble. Si alguien me sabe explicar por qué solemos encontrar a nuestros personajes favoritos en el reparto de secundarios, y solemos odiar a los protagonistas, o simplemente los ignoramos, que lo haga. Eso es lo que suele pasar con Meredith (y con Buffy, o Carrie en Sexo en Nueva York).

La Grey es una perfecta metáfora de lo que somos, y por eso la odiamos tanto, porque sois, somos ella, porque a lo mejor no tenéis las mismas preocupaciones, o no os ahogáis en un vaso de agua porque alguien no os ha dicho lo que queríais oír o no habéis llorado follando con alguien. Es muy probable que vuestras, nuestras preocupaciones diarias sean mucho más estúpidas, insignificantes, vergonzosas y ridículas que las suyas, pero no nos paramos a pensar en ellas de la misma manera que lo hacemos cuando ella nos cuenta con su quebradiza voz las chorradas que se le pasan por la cabeza. Y por eso, entre muchas otras cosas, me gusta Anatomía de Grey, porque su protagonista no es como House, por ejemplo, otro personaje odioso, pero que cae bien, que resulta admirable, que fascina. ¿Por qué? Porque está mucho menos anclado en la realidad, porque es casi un súper héroe a nuestros ojos hambrientos de ficción escapista.

Meredith Grey es solo un ejemplo del puñado de grandes personajes que corretean en celo por Anatomía de Grey, sólidos a pesar de lo endeble de las tramas en las que muchas veces se ven sumidos, ejemplarmente caracterizados, e increíblemente queribles. Porque al final, lo que a uno más emociona no es el beso que ya se veía venir desde cinco episodios atrás, o asistir a una resurrección milagrosa en la mesa de operaciones, sino ver los ojos de Meredith Grey, los más tristes de la televisión, llenarse de lágrimas, o ver a la inconmensurable Cristina Yang agarrar los pies de su mejor amiga en la camilla, o a la adorable Callie Torres bailando en bragas, o a Derek Shepard perdiendo la compostura ante Ellis Grey, o a Addison Montgomery mordiéndose el labio mientras ve pasar a Alex Karev, o a Izzie y George (que es mi McDreamy) hablando sin palabras en un armario de instrumental médico…

Te quiero, Meredith. En serio.

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Comentarios (1)

 

  1. JonPrasilova dice:

    Me ha encantado esta entrada. Cuanta razón en tan pocas palabras (no tan pocas) xD.

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