Crítica: Madre oscura (The Wretched)

En unos tiempos en los que la palabra bruja ha sufrido un cambio léxico-semántico radical gracias al movimiento feminista y cierta revisión de algún que otro hecho histórico deleznable, los hermanos Brett y Drew T. Pierce (DeadHeads) parecen no haberse enterado y nos traen una historia clásica de brujas malvadas come niños con cierto regusto nostálgico. Es la hora de Madre oscura (The Wretched), la cinta de terror que ha batido récords de taquilla en tiempos del coronavirus.

Esta es la típica historia de un hombre adolescente heterosexual con las hormonas disparadas que, tras un pequeño traspiés por el lado oscuro, pasa el verano trabajando junto a su padre (Jamison Jones, 24) en un pequeño puerto para yates. Desde el primer momento, comienzan a aparecer todos los estereotipos en este tipo de historias: la compañera de trabajo enamoradiza (Piper Curda, Teen Beach 2), los cayetanos redundantemente machitos y capullos, la (supuestamente) canónica tía buena inalcanzable, la nueva pareja del padre (Azie Tesfai, Supergirl) y unos vecinos bastante particulares.

Madre oscura sabe presentar sus cartas de manera solvente, incluso con ese prólogo y su explotado salto en el tiempo a los ochenta más falsos que hemos visto en mucho tiempo consigue que piquemos el anzuelo. Poco a poco, una serie de extraños episodios harán que Ben (John-Paul Howard, Comanchería) comience a sospechar de sus ruidosos vecinos, especialmente de ella (Zarah Mahler, vista en la serie 9-1-1) que apesta a podrido. Esa ojeriza se convertirá en una acusación más seria cuando el hijo de los vecinos desaparece y sus propios padres niegan su existencia.

Madre oscura bebe de todas y cada una de las historias que hemos visto una y mil veces traducidas al celuloide. La bruja de los Pierce comparte gustos caníbales con su pariente germana de Hansel y Gretel, cierto aire estiloso y las mismas deformidades e irritaciones cutáneas (que no alopecia) con la icónica Eva Ernst de La maldición de las brujas, e incluso algún que otro paseo al bosque tienen ecos de los de las amigas de Thomasin en La bruja: una leyenda de Nueva Inglaterra. Madre oscura mezcla esa cara de las brujas con otra más bestia, cuasi animalista y descarnada, cuyos movimientos y dimensiones recuerdan a los monstruos interpretados por Javier Botet (la icónica Niña Medeiros de la saga REC). Es justamente en esas escenas más aterradoras donde Madre oscura flojea. La película de los Pierce funciona mucho mejor cuando intenta convertir a Ben en un Jimmy Stewart de La ventana indiscreta de pacotilla (¡incluso tiene un miembro escayolado!) que cuando intenta ser una película de terror al uso.

Es una pena que Madre oscura intente tomarse demasiado en serio y no abrace mucho más la locura (que no el ridículo, que eso lo abraza en alguna que otra resolución). Un tono mucho más gamberro y adolescente, hubiese beneficiado la experiencia exponencialmente y hubiese trascendido la etiqueta de flor de un día… o noche, mejor dicho.

David Lastra

Nota: ★½

‘Dersu Uzala (El cazador)’, el clásico de Kurosawa de nuevo en cines

Dersu vive en la taiga y, como buen hezhen, sobrevive cazando para subsistir y su hogar es cualquier rincón del bosque boreal siberiano. Ni el dinero, ni la prosperidad entran en sus planes de futuro. Realmente su futuro no existe. Para Dersu todo es un presente infinito, tan congelado como las noches en su reino. Dersu no levanta más de metro y medio del suelo, es ágil cual marta y posee la mejor puntería que habrás visto en tu vida. Dersu no pasa hambre y de vez en cuando lo celebra con un poco de alcohol, aunque no le sienta nada bien. Dersu es feliz viviendo en consonancia con la demás gente de la taiga, como él llama indistintamente a los demás seres humanos y animales que la habitan. Su existencia debería haber dado un giro radical tras encontrarse con un grupo de expedicionarios soviéticos… pero no, más bien serán ellos los que cambien tras encontrarse con Dersu.

El maestro Akira Kurosawa (Los siete samuráis) realizó una de sus fábulas más bellas y humanistas con Dersu Uzala (El cazador), clásico ganador del Oscar que podemos disfrutar de nuevo en la gran pantalla en una copia restaurada para la ocasión.

Dersu Uzala (Maksim Munzuk, Siberiada) pasa a formar parte del grupo de expedicionarios de Vladímir Arséniev (Yuri Solomin, La tienda roja) y no como mascota, sino como fiel guía y pieza clave para su supervivencia. Con tosquedad e inocencia, Dersu va mostrando las normas y leyendas que rigen su mundo. Desde los pequeños símbolos en el camino para facilitar la vida a los recolectores hasta los peligros de los hombres malos que raptan mujeres (sus únicos enemigos conocidos), sin olvidar el status todopoderoso de Amba, un mítico tigre siberiano al más puro estilo Shere Khan.

Todo desde un respeto pleno a la naturaleza. Dersu es cazador, pero sus máximas vitales y sus pintorescas trazas de niño ferino que roza la tercera edad le asemejan bastante a las de un personaje del imaginario de Hayao Miyazaki y el resto de creadores de Studio Ghibli. Las mil y una desventuras que correrán juntos el cazador y el explorador conseguirán un vínculo de amistad fraternal tan grande que roza el bromance. Tanto que cuando la vejez comienza a hacer mella en Dersu, su buen amigo no duda en acogerle en su residencia familiar. Pero Dersu opina que, como Paco Martínez Soria dijo en su día, la ciudad no es para mí.

Akira Kurosawa volvía a mostrar su maestría a la hora de retratar la cotidianeidad y pureza de los olvidados. En esta ocasión, la citada minoría hezhen, de la que Dersu forma parte. Dersu Uzala (El cazador) es una fábula preciosa sobre un ser de luz bastante gruñón que abre, sin ningún tipo de concesiones, su mundo y su corazón, a un grupo de extraños, cuyo modo de ver el mundo cambiará para siempre. Pero no hay que caer en posibles equívocos, el maestro nipón no recurre a ningún tipo de sentimentalismos vacuos, sino que nos muestra el buen corazón de Dersu como el propio cazador cuenta sus batallitas: con humildad y sencillez. No estamos hablando de un santo, Dersu es un poco presumido y hasta realmente él mismo se cataloga (erróneamente, todo debe decirse) como mala gente, pero su grandeza y honorabilidad radica en el amor, la fidelidad y el respeto absoluto que profesa por su gente, tanto humanos como animales.

Dersu Uzala (El cazador) es una excepcional carta de amor humanista de un ser humano excepcional (Akira Kurosawa) a través de un personaje excepcional (Dersu Uzala) que logra que podamos mantener algo de fe en la humanidad y en nuestro presente y futuro más inmediato.

 David Lastra

Nota: 

‘El hombre invisible’, oportuna relectura del mito de terror

El reboot de La momia protagonizado por Tom Cruise en 2017 iba a inaugurar un nuevo universo compartido alrededor de los míticos monstruos de Universal (Drácula, El hombre lobo, etc). El Dark Universe, como se hizo en llamar, se anunció a bombo y platillo con los fichajes de Javier Bardem, Johnny Depp, Russell Crowe y Sofia Boutella acompañando a Cruise, pero la película resultó ser un fracaso en todos los sentidos, lo que frustró la saga nada más despegar.

El batacazo del Dark Universe enseñó una importante lección a Universal: para construir una saga al estilo de Marvel hay que empezar por los cimientos, no por el tejado. Como resultado, el estudio se replanteó el proyecto y tomó una decisión inteligente: desarrollar las siguientes películas como historias individuales con la ayuda de la infalible Blumhouse, con la que mantiene un contrato en exclusiva. Así nació la nueva versión de El hombre invisible, una relectura moderna con presupuesto menor y autonomía narrativa que se libera de las presiones de las franquicias de cine. Su buena acogida, tanto a nivel de taquilla como de crítica (fue uno de los últimos éxitos pre-coronavirus), ha servido para quitar el mal sabor de boca de La momia y reavivar el interés por estas propiedades.

El hombre invisible viene firmada por Leigh Whannell, uno de los principales creativos de Blumhouse y director de Insidious 3 y la muy estimable Upgrade. La película reinventa la historia creada por H.G. Wells como relato sobre la violencia doméstica en el que el monstruo fantástico se convierte en un monstruo muy real: un maltratadorElisabeth Moss (Mad MenEl cuento de la criada) interpreta a la víctima, Cecilia, una mujer atrapada en una relación controladora y violenta con un brillante científico (Oliver Jackson-Cohen) que, tras su muerte en extrañas circunstancias, comienza a ser atormentada por un ente invisible que pone en peligro a sus seres queridos y la lleva al borde de la locura.

Whannell, que también escribe el guion, construye un drama de suspense y terror psicológico en el que todo está medido con precisión y nada sobra. Sobria, elegante y sin grandes ornamentos, la película descansa principalmente en la tensión y el miedo intrínsecos a la situación, y sobre todo, en la excelente interpretación de Moss, que con cada proyecto que elige se reafirma como la reina del sufrimiento y el desquicio. Su trabajo aquí es simplemente soberbio, una exhibición de matices y expresividad que nos hace partícipes del viaje emocional de su personaje, su trauma y su transformación.

Sin caer en el abuso de los sustos gratuitos que tanto abunda en el cine de terror moderno, El hombre invisible busca inquietar al espectador sobre todo manteniendo una sensación de desasosiego constante y una atmósfera opresiva, con escenas en las que se puede sentir el miedo aunque realmente no esté pasando nada. Whannell muestra un manejo absoluto de la tensión y hace un uso muy inteligente de la cámara, que abarca el espacio como si ella también fuera una presencia invisible ejerciendo influencia en la historia y la vida de Cecilia. La fotografía, fría y oscura, la visceral banda sonora de Benjamin Wallfisch (compositor de Blade Runner 2049 It), el diseño de sonido y el mesurado uso de los efectos especiales completan una experiencia muy intensa y equilibrada en todos los aspectos.

El hombre invisible reescribe inteligentemente el mito de terror dándole un origen mucho más acorde a nuestro presente y con una aproximación a la ciencia ficción más anclada en la realidad. La película se toma su tiempo para hacer las cosas y a cambio, el resultado es más que notable (así sí, Universal). Sin excesos ni complicaciones, pero con una visión muy clara de lo que quiere contar, Whannell lleva a cabo uno de esos remakes que no solo consiguen justificar su existencia, sino que además logran aportar algo nuevo, interesante y oportuno.

Pedro J. García

El hombre invisible sale a la venta en Blu-ray y DVD de la mano de Universal Pictures.

Extras: Comentario de fondo con el guionista/director Leigh Whannell. Escenas eliminadas. Moss se manifiesta. El viaje del director con Leigh Whannell. Los actores. Terror atemporal.

‘Under the Skin’, estreno tardío pero imprescindible de una obra maestra

2020 está siendo un año un tanto extraño. Puede que el más raro de nuestra existencia… y eso que el listón estaba demasiado alto con ese 2016 en el que fallecieron David Bowie y Prince, Trump se mudó a la Casa Blanca y el zika nos trajo más de un quebradero de cabeza. Pero nada como este 2020, que ya antes de llegar a su ecuador, nos ha puesto el cuerpo (y nuestras existencias) del revés.

Dentro de esta distopía en la que nos hemos visto envueltos de lleno, hemos experimentado graves desgracias, como está siendo la pandemia mundial por la COVID-19, el despertar de posturas filofascistas en nuestras ciudades y redes sociales, la constante violencia de género, racista y/o LGTBIfoba, la enésima prueba de la radical diferenciación entre estratos o que J.K. Rowling recuerde su contraseña de Twitter; pero también más de un rayo de esperanza que nos pinta un futuro no tan desolador, como ha sido el clamor popular en contra de las injusticias sociales, tanto a nivel global con el movimiento Black Lives Matter como con las redes de cooperación vecinal en los barrios para sostener las unidades familiares más golpeadas por la crisis, y, a otro nivel, mucho más anecdótico pero importante para la distribución cinematográfica española, el advenimiento de una vez por todas de Under the Skin a nuestras pantallas.

Unos pocos tuvimos la suerte de poder disfrutarla en pantalla grande gracias a una proyección especial dentro de la madrileña Muestra SyFy en 2015, y otros tantos, unos meses antes en el Festival de Sitges. Encuentros que no dejaron a casi nadie indiferente y que provocaron que muchos recurriésemos al mercado internacional para hacernos con una copia física, al haber visto colmadas con creces nuestras ansias de hype por el tándem formado por Jonathan Glazer y Scarlett Johansson.

Glazer le seguíamos por sus igualmente marcianas Sexy Beast y Reencarnación y, especialmente, por ser uno de los iconos más importantes en el mundo de la publicidad y los videoclips de las últimas décadas, gracias a sus trabajos para Radiohead (Karma Police), Blur (The Universal), Massive Attack (Karmacoma) o marcas como Guinness o Levis (él estaba detrás del mítico anuncio que marcó a una generación en el que dos jóvenes corrían destrozando todas las puertas que se cruzaban en su camino a ritmo de Händel).

Este reencuentro en pantalla grande con Under the Skin no podría haber ocurrido en mejor momento gracias a esa nueva normalidad distópica en la que nos movemos. Las gélidas y criminales desventuras de una peculiar cazadora de hombres por tierras escocesas resultan aún más seductoras y provocadoras que nunca. El film de Glazer no solo no ha envejecido mal, sino que se ha engrandecido aún más gracias al clima actual. El escalofrío que producía la frialdad no humana de esta mujer a la hora de llevar a cabo sus crímenes en ese negrísimo no-lugar infinito, resulta aún más potente visualmente y perturbador en la oscuridad de una sala de cine con aforo limitado y con mascarillas. Una experiencia verdaderamente aterradora que parece sacada más de una acción performativa que por una obligación sanitaria.

Aunque le hayan llovido candidaturas por su labor en Historia de un matrimonio y millones de dólares (y el aplauso de la crítica) por su Viuda Negra dentro del Universo Cinematográfico Marvel, su rol como misteriosa mujer que conduce y abduce sigue siendo el mejor papel de la carrera de Scarlett Johansson. Resulta acertadísima la sustitución del constante monólogo interior de Isserley en la novela original de Michel Faber por los silencios absolutos de la mujer sin nombre interpretada por Johansson. La actriz sabe traducir a la perfección ese opresivo flujo de conciencia y las consiguientes dudas sobre su propia naturaleza depredadora en pequeños gestos escondidos en una conversación trivial o una mera sonrisa sin alma ante lo más granado de los machos heterosexuales con los que se cruza.

Durante su caza, su personaje se encuentra de cara ante diversos episodios machistas, desde la adulación vacua de alguno de los autoestopistas que recoge a la violencia más física y directa en algún otro de sus encuentros. Acontecimientos que la mujer sortea como puede (como cualquier otra mujer, sin importar del planeta que venga), sin entenderlos en un primer momento, (parte por su desconocimiento de las artes humanas, parte como respuesta normal ante la cara más fea de los hombres), y censurándolos a medida que va aprendiendo que ese tipo de comportamientos no son los adecuados para con su persona.

Además del poderío de Jonathan Glazer y el arte de Scarlett Johanson, Under the Skin se sustenta gracias a otro tercer pilar tan importante como los otros dos citados: la música de Mica LeviLas enfermizas violas y las demás cuerdas que pueblan el apartado sonoro de la película componen una especie de lamento fúnebre a medio camino entre la tragedia clásica y el cine sci-fi de los sesenta que se introducirá dentro de tu cerebro y nunca podrás dejarlo ir. No obstante, Mica Levi consiguió el premio del Cine Europeo a mejor composición del año, aunque fue ninguneada, como el resto del film, en la carrera de los premios de la Academia. Por lo menos, ella pudo redimirse en parte con una más que merecida candidatura al Oscar por el excelente score de Jackie.

Under the Skin es una película atemporal. No solo porque funcione en cualquier tipo de época, sino porque siempre será absolutamente moderna y diferente a todas las demás.

David Lastra

Nota: 

Love Life: La encantadora búsqueda del amor de Anna Kendrick

La nueva plataforma de streaming HBO Max fue lanzada a bombo y platillo el pasado 27 de mayo en Estados Unidos. El servicio se abastece del fondo de catálogo del conglomerado WarnerMedia y HBO, y además incluye programas originales desarrollados en exclusiva para ella, bautizados como Max Originals. A nuestro país por ahora no está previsto que llegue, por eso sus títulos de estreno (no todos) de momento podrían ir a parar a HBO España, como ha sido el caso de Love Life, la nueva serie de Anna Kendrick.

HBO Max busca satisfacer al público joven adulto, a quien se dirige especialmente con Love Life, una de las ficciones que ha usado como carta de presentación para sus Max Originals. Se trata de una dramedia romántica sobre una mujer en busca del amor en Nueva York. Creada por Sam Boyd (In a Relationship) y coproducida y protagonizada por la musa millennial Anna Kendrick, la serie se presenta como una variación de la antología televisiva en la que cada episodio se centra en una relación y una etapa diferente de la vida de la protagonista, Darby, una veinteañera luchando por escalar en el mundo del comercio de arte mientras busca pareja.

A lo largo de los diez capítulos de media hora que componen la primera temporada, Love Life traza el camino de Darby de su primer amor al más reciente, saltando constantemente en el tiempo con historias autoconclusivas pero interconectadas que nos muestran cómo las personas que se cruzan en su camino influyen en quien ella se acabará convirtiendo. Aunque la mayoría de capítulos nos cuentan una relación de Darby con un hombre distinto, la serie juega con el formato para hablarnos también de la importancia de sus amistades, su trabajo y su familia en su evolución como persona; unificándolo todo través de la acogedora narración de la británica Lesley Manville (El hilo invisible).

Love Life, que también cuenta entre sus productores con Paul Feig (La boda de mi mejor amigaUn pequeño favor) y Dan Magnante (Zoey’s Extraordinary Playlist), es una comedia romántica empedernida que existe en un punto intermedio entre lo clásico y lo moderno. La serie oscila entre la tradicional (y poco realista) sitcom urbana sobre amigos compartiendo pisos fabulosos en la Gran Manzana, como FriendsCómo conocí a vuestra madre, y visiones más actuales y sofisticadas como GirlsModern Love. Todas ellas, en mayor o menor medida, ambientadas en un Nueva York idealizado que la televisión nos ha vendido como el lugar donde se cumplen todos los sueños.

A pesar de ahondar en el complicado mundo de las relaciones en el siglo XXI, puede resultar algo anticuada y cliché al principio. Que la premisa de la serie gire en torno a encontrar al hombre de tu vida parece perpetuar una idea muy equivocada: que solo con otra persona que nos “complete” podremos alcanzar la felicidad (que esté creada por un hombre a lo mejor tiene algo que ver). No obstante, a medida que avanza, la historia va incorporando matices que ayudan a verla de otra manera y que, en última instancia, hacen que llegue a una conclusión satisfactoria. Es decir, aunque el amor sea el tema principal, la serie va de mucho más que eso.

Pero si Love Life acaba sobresaliendo es sobre todo por Kendrick. La actriz nominada al Oscar por Up in the Air hace lo que mejor se le da: ser absolutamente encantadora. Aunque está acompañada de un reparto secundario estupendo (del que destacan Zoe Chao y Hope Davis), el peso de la serie descansa casi entero sobre sus hombros, y ella la eleva con su carisma y naturalidad como si no le costara nada. Además de estar divertidísima, Kendrick insufla vida y profundidad emocional a Darby, convirtiéndola en un personaje muy humano y real.

Y no solo eso, sino que la actriz tiene una química indudable con todos y cada uno de sus compañeros de reparto, no solo con las parejas de Darby (un desfile de personajes masculinos que van de lo adorable a lo absolutamente tóxico), sino también con su mejor amiga, Sara, bala perdida con tendencias autodestructivas que se resiste a madurar, y su crítica madre, con la que nunca ha sentido una verdadera conexión. De hecho, dos de los mejores episodios de la temporada son los que aparcan el romance para centrarse en su relación con ambas. Por otro lado, también hay que destacar a la actriz que interpreta a Darby de adolescente en el también notable capítulo flashback sobre su primer amor, Courtney Grosbeck, un absoluto acierto de casting.

En resumen, puede que al principio Love Life parezca una serie del montón, pero si se le da una oportunidad, comprobaremos que hay mucha vida más allá de la (elegante) superficie y que, afortunadamente, la vida de Darby no gira solo en torno a los hombres. Con emotividad, un buen equilibrio entre drama y comedia, acertados momentos de introspección y sin huir de la tristeza, la serie va rompiendo (aunque no del todo) la fantasía aspiracional para ir posando los pies en la tierra y volverse cada vez más real, madurando al compás de su protagonista en el transcurso de sus diez episodios.

Love Life está renovada para una segunda temporada, pero esta no seguirá a Darby (su trama queda cerrada), sino que contará una historia totalmente nueva centrada en otra persona. Eso sí, Kendrick seguirá en la serie como productora y Darby aparecerá “de vez en cuando” en los nuevos capítulos, al igual que otros personajes de la primera temporada. Aunque principalmente es ella quien hace que la experiencia de ver Love Life sea tan agradable, la serie acaba ganándose el beneficio de la duda de cara a futuras nuevas historias de amor. Y si no funcionan, siempre nos quedará Darby.

‘Snowpiercer’, o cómo malgastar una buena premisa en una serie del montón

El anuncio del reboot televisivo de Snowpiercer (Rompenieves) en 2018 no fue recibido precisamente con entusiasmo. La película dirigida por Bong Joon-ho y protagonizada por Chris Evans y Tilda Swinton estaba demasiado reciente, y aunque no había sido un éxito comercial, su ambición y riesgo a la hora de adaptar la novela gráfica de Jacques Lob, Benjamin Legrand y Jean-Marc Rochette había dejado satisfechos a muchos. ¿Qué necesidad había de hacer otra versión tan pronto?

Los reboots, remakes y franquicias son el pan de cada día en Hollywood, y aunque en la mayoría de casos denotan una evidente falta de ideas y poca fe en la viabilidad de lo original, en ocasiones salen bien. La de Snowpiercer es una premisa de la que se podía sacar mucho partido más allá del film, especialmente ahora que el mundo se encuentra en plena revuelta social y política. Así que pensándolo bien, una serie ambientada en su universo no me sonaba a tan mala idea. Por desgracia, me equivocaba.

Desde que el proyecto entró en desarrollo en 2015 (solo dos años después de la película y con Bong Joon-ho como productor ejecutivo), no dejaron de sucederse los problemas en la producción. Paradójicamente, nadie se ponía de acuerdo en qué dirección debía tomar la serie, lo que desembocó en las clásicas diferencias creativas entre la productora, el director del piloto, Scott Derrickson (realizador de Doctor Strange y futuro director de la secuela de Dentro del Laberinto), y el guionista Josh Friedman (Terminator: Las crónicas de Sarah Connor).

Friedman fue despedido y Derrickson se negó a regresar para regrabar el piloto que ya había dirigido y con el que la cadena, TNT, no estaba contenta. En un comunicado, el director defendió el guion de Friedman y aseguró que el piloto estaba entre sus mejores trabajos, pero el nuevo showrunner, Graeme Manson (Orphan Black), tenía “una visión radicalmente distinta para la serie”. Tras varios retrasos en el estreno y vaivenes entre cadenas, finalmente Snowpiercer inició su marcha en mayo de 2020, con Netflix como distribuidora internacional.

Hay casos en los que un proyecto que atraviesa miles de dificultades durante su producción y rodaje, acaba dando excelentes resultados (Mad Max: Fury RoadAl filo del mañana), pero desafortunadamente, no es el de Snowpiercer. Desde el primer capítulo salta a la vista el tira y afloja que ha sufrido tras las cámaras, y en el que ha salido victoriosa la visión más convencional y aburrida para adaptar la historia.

Para quien no esté familiarizado, Snowpiercer es una distopía de ciencia ficción que transcurre a bordo de un enorme tren de 1.001 vagones perpetuamente en marcha atravesando el mundo tras ser desolado por una nueva edad de hielo que ha acabado con casi toda la humanidad. Los supervivientes se encuentran en el tren divididos por categorías, con la élite en los vagones más cercanos al motor y los más oprimidos en la cola. A través de esta alegoría social, Snowpiercer pretende abordar cuestiones de clase, política e injusticia social. Lo malo es que, al contrario que Bong Joon-ho, han elegido la manera menos excitante y provocadora de hacerlo.

La serie cuenta con un estupendo reparto liderado por Daveed Diggs (Hamilton) y Jennifer Connelly (ganadora del Oscar por Una mente maravillosa) en su primera serie como protagonista. El guion no repite la trama de la película, sino que explora otros personajes e historias en el mismo escenario. Y aunque esto sea buena idea, aquí es donde encontramos su fallo principal. La distopía es un subgénero bastante proliferante en la última década, desde Los Juegos del Hambre hasta la reciente El hoyo (que guarda bastantes similitudes con Snowpiercer), pasando por la serie Black Mirror. Por ello, para que una serie distópica destaque, debe buscar algo que la diferencie de las demás. Y para Snowpiercer, ese algo es un componente de investigación criminal que la convierte por momentos en una serie procedimental policíaca del montón.

A juzgar por sus primeros capítulos, está claro que TNT quería una serie de atractivo general, algo que pudiera ver un público amplio, aunque fuera a costa de sacrificar el componente más excéntrico y provocador de la película en favor de un misterio. Convirtiendo al protagonista Diggs) en un investigador a lo CSI y centrándose tanto en el asesinato que está intentando resolver, la serie diluye sus elementos más interesantes y resta impacto a la feroz alegoría social que debería guiarla en su trayecto. Y lo mismo ocurre con su apartado visual y artístico, donde también han optado por el acabado más genérico posible. Por no hablar de los irregulares efectos digitales y las chirriantes diferencias de tamaño entre vagones (unos tienen dimensiones normales mientras otros parecen el Madison Square Garden).

Eso sí, no todo es malo. El personaje de Connelly es intrigante y su giro al final del primer capítulo nos hace intuir muchas capas. Ella es todo elegancia y precisión interpretativa, como siempre, pero el guion no está a la altura (hay que ver lo mal que ha elegido siempre sus proyectos). Por otro lado, tenemos a la infravaloradísima Alison Wright, actriz de FeudThe Americans Castle Rock que suele darnos grandes interpretaciones sin recibir el reconocimiento que merece. Y por último, en los dos primeros episodios hay acertados destellos de humor que podrían marcar el camino a seguir, aunque el soporífero tercer capítulo nos indique que tampoco está excesivamente interesada en explotar ese aspecto.

Quizá me esté precipitando al juzgarla solo por tres episodios, porque no sería la primera vez que un arranque decepcionante da paso a una buena serie, pero el futuro de Snowpiercer no parece muy alentador. La trama central es aburrida y está llena de clichés televisivos y la originalidad brilla por su ausencia. Había mucho potencial, pero al despojarla del ingrediente más crudo y valiente de la película, Snowpiercer se queda en una serie común más. Que se pare el tren, que yo me bajo.

Verás ‘Defending Jacob’ por Chris Evans y te quedarás por el misterio

Apple tiró la casa por la ventana con el lanzamiento en noviembre de 2019 de su plataforma exclusiva de streaming, Apple TV+. La compañía de Tim Cook ha confiado principalmente en el reclamo de grandes nombres de Hollywood para encontrar su hueco en el cada vez más abarrotado y competitivo mundo del streaming.

Además de contar con el aval de Oprah Winfrey y Steven Spielberg, el servicio se estrenó por todo lo alto con la muy oportuna The Morning Show, multimillonaria apuesta con Jennifer Aniston, Reese Witherspoon y Steve Carell como protagonistas, que abordaba el #MeToo en el mundo de los talk shows diarios. Desde entonces, y a pesar de contar con títulos muy recomendables como Little AmericaDickinsonServant, Apple TV+ no ha hecho demasiado ruido. Sin embargo, en 2020 ha conseguido ganar terreno gracias a su primer éxito desde The Morning Show, la miniserie Defending Jacob (en España Defender a Jacob), basada en la novela de William Landay..

Continuando con su práctica de usar nombres con gran tirón comercial para la audiencia, Defending Jacob se ha beneficiado considerablemente de la popularidad de su protagonista, Chris Evans, recién salido del Universo Cinematográfico Marvel tras interpretar durante una década al Capitán América. Por su cercanía, su compromiso con las causas justas y su planta, Evans se ha convertido en una de las estrellas favoritas del público de todo el mundo. Y Apple sabía que mucha gente vería la primera serie de Chris Evans, fuera la que fuera, solo por él.

El resultado ha sido el esperado para Apple. La serie, creada por Mark Bomback (La guerra del planeta de los simios) y dirigida por Morten Tyldum (Passengers), es el mayor estreno de Apple TV+ desde The Morning Show, la cual se cree que es su serie número 1 (al igual que Netflix, Apple no desvela cifras exactas de audiencia). Y no solo eso. Según Deadline, lejos de desinflarse como le ocurre a tantas series, ha seguido creciendo en semanas posteriores, multiplicando su audiencia por cinco en los primeros 10 días. El final, emitido el pasado 29 de mayo, fue tendencia en muchas partes del mundo, incluida España.

Y lo cierto es que es fácil ver por qué Defending Jacob ha calado en la audiencia. Además del gancho de Evans y un estupendo reparto del que destacan Michelle Dockery, Jaeden Martell, Pablo Schreiber, Cherry Jones y J.K. Simmons, la serie tiene todo para atraer y enganchar al gran público: misterio, drama familiar y un proceso legal de esos que dejan a cualquiera pegado a la pantalla, especialmente a los fans de las series de juicios. Para quien no la haya visto, la historia gira en torno a un matrimonio (Evans y Dockery) cuya apacible y suburbana vida dan un giro de 180 grados cuando su hijo adolescente (Martell) es acusado del asesinato de un compañero de su instituto. A lo largo de 8 episodiosDefending Jacob siembra constantemente la duda en el espectador sobre si Jacob es o no culpable, dibujándolo como un chico problemático y con tendencias sociópatas que encajan con el perfil del asesino.

La serie explora los límites del instinto paternal y maternal mostrándonos dos formas de afrontar una situación que, sea cual sea el resultado, ya ha roto a tu familia para siempre. El personaje de Evans es un padre coraje dispuesto a hacer cualquier cosa para demostrar la inocencia de su hijo, mientras que Dockery representa la duda y el miedo ante la posibilidad de que su niño, que desde pequeño ha exhibido comportamientos violentos y falta de empatía, sea un asesino. Los dos están muy bien (Evans convence, aunque no impresiona, y Dockery lo da todo dramáticamente en la recta final), pero es Martell quien produce escalofríos. El actor de ItPuñales por la espalda transmite perfectamente la dualidad entre la inocencia y vulnerabilidad de un niño y la frialdad de alguien capaz de cometer un acto atroz.

En el fondo, la de Defending Jacob es una historia que ya hemos visto antes (muchos la comparan con Mystic River de Clint Eastwood), una serie con los ingredientes habituales del thriller criminal y el melodrama familiar, en la que los giros argumentales tienen tanta importancia como la exploración de la naturaleza humana ante situaciones tan difíciles. La miniserie está bien estructurada, con dos primeros capítulos que sirven como preámbulo e invitan a seguir, un nudo interesante y un desenlace muy intenso que nos depara alguna que otra sorpresa. [Posible spoiler] La trama desemboca en un final abierto que no ha sido del agrado de todos, pero que tiene sentido, ya que el objetivo de la serie no es dar una respuesta definitiva e irrefutable al misterio, sino hacernos sentir en primera persona el dolor y la insoportable duda que sienten los padres de Jacob [Fin del posible spoiler].

Eso sí, aun haciendo las cosas bien, Defending Jacob no destaca especialmente entre el océano de series de calidad de los últimos años. Es decir, es una serie solvente y correcta, pero también convencional, tanto en lo narrativo como en lo cinematográfico (solo una queja: para transmitir el tono triste, frío y opresivo de la serie usan una fotografía tan oscura que llega a dificultar el visionado); un producto bien medido, que sabe captar la atención pero tampoco deja mucha huella una vez ha terminado. Seguramente Defending Jacob no pasará a la historia, pero nos garantiza ocho horas pegados al televisor (o el dispositivo de nuestra elección), lo cual ya es bastante.

‘Little Fires Everywhere’ es mucho más que la nueva ‘Big Little Lies’

Reese Witherspoon le ha cogido el gusto a la tele. Después de su triunfal paso por HBO con Big Little Lies, la actriz y productora ha estrenado este año Little Fires Everywhere, miniserie para Hulu (en España estrenada en mayo en Amazon Prime Video) que a primera vista guarda mucho en común con la anterior (incluido el Little del título),  pero que conforme rascamos en su superficie y nos adentramos en ella nos damos cuenta de que es mucho más que otra Big Little Lies.

Little Fires Everywhere está basada en la novela de Celeste Ng, descubierta por Witherspoon y su socia Lauren Neustadter antes de su publicación. La actriz eligió el libro para su club de lectura en 2017 y en el momento de salir al mercado se convirtió en un best-seller (a lo Oprah Winfrey). Witherspoon llevó el libro a Kerry Washington y le propuso hacer una adaptación en forma de serie limitada. A través de sus productoras, Hello Sunshine y Simpson Street respectivamente, las dos actrices levantaron el proyecto con Liz Tigelaar (NashvilleCasual) como guionista y showrunner y ellas como protagonistas. Nzingha Stewart, Michael Weaver y Lynn Shelton (que murió recientemente, poco después del estreno) dirigieron los 8 episodios.

La historia sigue las vidas entrelazadas de dos familias de la acomodada localidad de Shaker Heights, Ohio, a finales de los 90. Witherspoon interpreta a Elena Richardson, madre de una familia influyente y de fachada perfecta que abandonó su carrera como periodista para criar a sus cuatro hijos. Washington da vida a Mia Warren, enigmática artista y madre soltera que llega a Shaker Heights con su hija adolescente, Pearl (Lexi Underwood), sin apenas un centavo en el bolsillo y un pasado muy oscuro a sus espaldas, poniendo patas arriba la aparentemente ideal vida de los Richardson. Elena alquila una de sus propiedades a Mia y le ofrece un trabajo cuidando su casa, pero lo que ella ve como un acto de caridad hacia la recién llegada prende la primera de las pequeñas chispas que acabarán poniendo la vida de ambas en llamas.

Little Fires Everywhere es un absorbente drama familiar, lleno de giros y secretos, que plantea un estimulante debate en torno al racismo, la maternidad y el privilegio. A lo largo de 8 episodios de tensión in crescendo, los guiones plasman con mucha inteligencia y riqueza de matices el desequilibrio existente entre Elena y Mia, dos mujeres de orígenes socioeconómicos opuestos con una visión muy distinta del mundo y la maternidad. Elena es el epítome del privilegio blanco y Mia está profundamente dañada por el pasado y en permanente estado de desconfianza por cómo la ha tratado la vida como mujer negra. Lo que en un principio parece una rivalidad propia de culebrón evolucionará hacia algo mucho más complejo, un apasionante retrato del abismo social que hay entre ellas y sus familias.

A lo largo de la miniserie observamos los microrracismos a los que tanto Mia como su hija se enfrentan a diario, así como la total falta de perspectiva de los Richardson, la típica familia blanca liberal que cree que no es racista porque tienen un amigo negro. Pero en Little Fires Everywhere en realidad no hay buenos y malos. Sí, Elena es la que sale peor parada (con razón), pero Mia no es precisamente una santa. A esto, además, se añade un giro que complica aun más las cosas entre ellas y sus familias: la mejor amiga de Elena (la infravalorada Rosemarie DeWitt) está en proceso de adoptar a una niña asiática, que resulta ser la hija abandonada de la compañera de trabajo de Mia. Una coincidencia que desatará una guerra abierta entre ambas cuando Mia decida ayudar a su amiga a recuperar al bebé.

Little Fires Everywhere puede caer ocasionalmente en los clichés del telefilm, pero los transciende en todo momento gracias a unos diálogos afiladísimos, una puesta en escena magnífica y, sobre todo, un duelo de interpretaciones que solo puede calificarse como épico. Witherspoon y Washington están en estado de gracia desde la primera a la última escena. Inevitablemente, Elena recuerda a Celeste de Big Little Lies, pero en realidad este es un personaje mucho más complejo y exigente. Witherspoon está sublime manifestando el declive psicológico de su personaje a medida que su fachada se va resquebrajando, hasta culminar en los dos intensos episodios finales, donde estalla en su interpretación más desgarradora. Por otro lado, Washington está igualmente fantástica, utilizando sus gestos y lenguaje corporal para expresar la fortaleza y vulnerabilidad extremas de un personaje siempre al límite. Las dos están sobresalientes por separado, pero cuando aparecen juntas, la serie se convierte en una bomba de relojería.

Y si ellas se merecen todos los premios, no hay que olvidar en ningún momento a los actores más jóvenes de la serie. Little Fires Everywhere tiene uno de los repartos juveniles más impresionantes de los últimos años. Los cuatro actores que interpretan a los hijos de Elena (especialmente Megan Stott -Izzie- y la mini-Reese Jade Pettyjohn -Lexie) y Lexi Underwood como Pearl llevan el peso de la serie casi tanto como las dos protagonistas. Por otro lado, las actrices que encarnan a las versiones más jóvenes de Elena y Mia en el sexto episodio (íntegramente flashback), AnnaSophia Robb (Un puente hacia Terabithia) y Tiffany Boone (Hunters), están simplemente sensacionales. Las dos se mimetizan con Witherspoon y Washington y reproducen sus voces y expresiones corporales de tal manera que nos creemos absolutamente que son los mismos personajes. Boone en particular resulta escalofriante en su dominio de los característicos gestos y movimientos de cabeza de Washington. Magistral.

Little Fires Everywhere es el electrizante resultado de una acertadísima conjugación de elementos y talentos. Del guion a la dirección, pasando por la fotografía, el diseño de producción y la banda sonora (que incluye preciosas versiones en forma de balada de varios éxitos pop/rock de los 90), y por supuesto sus interpretaciones, todo está cuidado al detalle para sacar el máximo partido a la historia. Con 8 episodios muy potentes y una argumento literalmente incendiario, Little Fires Everywhere traza un fascinante relato con vida propia, valiente y provocador, que nos invita a ver su mundo (el mundo) tal y como es: en escala de grises. En definitiva, una de las series del año.

Pedro J. García

[Reseña Blu-ray] El faro: Solo el fin del mundo

Ningún hombre es una isla por sí mismo. Por mucho que nos empeñemos cada vez más en ser completamente autosuficientes y no depender de nadie, el calor del prójimo sigue siendo la mejor solución para muchos de los males del ser humano. Por esa simple razón biológica de mera supervivencia, siempre será mucho más importante elegir bien a quién te llevarías a una isla desierta, que los mil y un cachivaches que te harían falta para sobrevivir al fin del mundo.

Justamente en el epicentro del fin del mundo es donde Ephraim Winslow (Robert PattinsonHigh Life) ha encontrado su nuevo trabajo: ayudante en un faro. Sus quehaceres diarios consisten en el mantenimiento básico del mismo, así como todo tipo de marrones que se le puedan ocurrir a Thomas Wake (Willem DafoeThe Florida Project), el farero mayor. Lo que en un principio es un trabajo de mierda, se convierte a los pocos días en una verdadera montaña de redundante y hedionda mierda. Literalmente, gracias en parte a las colosales ventosidades que surgen entre los dos mofletes del culo de Thomas. Un hombre de pocas palabras y muchos pedos que termina por desquiciar a un ya de por sí bastante psicótico recién llegado.

Todo termina por torcerse cuando el mal tiempo hace que su relevo no termine por llegar nunca y tengan que tirarse unas cuantas semanas de más en la isla. Como es normal, el conflicto entre ambos no se hace esperar, especialmente cuando el cabrón de Thomas no deja a su segundo disfrutar de los placeres (¿carnales?) de la luz del falo. Pero también habrá tiempo para grandes borracheras, con sus consiguientes arrebatos de camaradería máxima y sí, tensión sexual.

Después de dejar el listón por las nubes con su primer largometraje, La bruja, Robert Eggers sigue ahondando en la represión del ser humano. Si en su anterior obra, Thomasin (Anna Taylor-Joy) no lograba alcanzar su ansiada libertad hasta abrazar de una vez por todas su feminidad y su consiguiente condición ‘maligna’, en esta El faro (The Lighthouse), también realizada para la prestigiosa A24, experimentamos los estragos de un hombre en plena crisis de identidad. Un joven que ha dado bandazos durante los treinta años que lleva en esta tierra de Dios, lo cual se ha traducido en una hostilidad absoluta para consigo mismo y todo aquel que se acerque a él. También hay que decir a su favor, que la figura del farero no favorece en ningún momento la consecución de un estado zen, así como las deplorables condiciones inhóspitas del emplazamiento o esa puñetera gaviota que no deja de molestarle cada mañana con su insoportable graznido. Toda una buena heredera de nuestro querido Black Phillip.

Un agobiante formato en cuatro tercios unido a un sucísimo blanco y negro, hace que nos sumerjamos desde el primer momento en esa espiral de aislamiento y locura que atenaza a Ephraim. Junto a él, nos asomamos al abismo y antes de que lleguemos al éxtasis ante la inmensidad del fin (o a un orgasmo conjunto, con o sin sirena de madera), un gigantesco pedo de Thomas nos devuelve a nuestra dantesca y cruel realidad… o a la alucinación en la que estamos viviendo desde el día 1. Pero tampoco debemos idealizar la mente del burdo Ephraimya que, si el citado abismo tuviese un agujero, se lo follaría sin ningún tipo de miramientos. Esta psicosis sexual de pedos y polvos se ha convertido inesperadamente en un fiel reflejo de nuestra cotidianeidad durante los últimos meses. El confinamiento por el COVID-19 ha convertido a El faro en el zeitgeist de 2020, tanto o más que las proféticas Contagio de Steven Soderbergh o 12 monos de Terry Gilliam. 

El faro es una de esas pesadillas que termina drenando todas nuestras fuerzas y nos deja al borde de las puertas del infierno. Una cinta extremadamente perturbadora y surrealista, de atmósfera asfixiante y aire a terror gótico, que entra de lleno en el Olimpo de esta nueva ola de cine autor de terror que estamos viviendo en estos últimos años y que, como tal, ha sufrido el ninguneo en la carrera de premios. Como ya ocurrió con SuspiriaMidsommar o It Follows, ninguno de sus dos magníficos intérpretes, ni mucho menos su director o guionistas lograron rascar una nimia nominación a los premios Oscar, únicamente la inquietante fotografía de Jarin Blaschke (otro viejo conocido cuyo trabajo ya pudimos disfrutar/sufrir en La bruja) logró conseguir una mención en la pasada ceremonia.

No importa, tanto El faro como el resto de películas mencionadas ya forman parte del imaginario universal del cine de terror, mientras que muchas de las nominadas han caído en el olvido.

David Lastra

El faro ya está a la venta en Blu-ray y DVD de la mano de Sony Pictures Home Entertainment. La edición incluye los siguientes extras:

  • Audiocomentario con el director y co-guionista Robert Eggers.
  • Escenas eliminadas (5 min).
  • Un cuento oscuro y tormentoso (38 min).

[Reseña Blu-ray] 1917: la hazaña técnica de Sam Mendes

Se podría pensar que el cine bélico es un género de reglas inamovibles y escasa variedad, pero lo cierto es que a lo largo de las últimas décadas se ha demostrado que puede generar muchos tipos de películas gracias a cineastas que se han aproximado de formas muy diferentes al tema de la guerra, sus implicaciones y sus consecuencias.

El género está lleno de obras maestras como Senderos de gloria, Apocalypse Now, La chaqueta metálica, Platoon, La lista de Schindler, Salvar al soldado Ryan y un largo etcétera; también propuestas más orientadas al puro espectáculo de acción como Rambo, films de gran carga poética como La delgada línea roja o comedias dramáticas como Good Morning, Vietnam.

Y en los últimos años, el cine bélico ha seguido transformándose para dejarnos títulos más políticos y provocadores como La noche más oscura y En tierra hostil, la sátira ultraviolenta de Tarantino en Malditos bastardos o la envolvente experiencia inmersiva de Dunkerque, dirigida por Christopher Nolan. Precisamente con esta última es con la que más tiene en común la cinta bélica más destacada del año pasado, 1917, el último trabajo de Sam Mendes, que también convierte el tiempo en protagonista y nos zambulle en primera persona en el campo de batalla.

El director de American Beauty firma esta ininterrumpida odisea a contrarreloj ambientada en el apogeo de la Primera Guerra Mundial durante un solo día: el 6 de abril de 1917. El guion, escrito por Mendes y Krysty Wilson-Cairns (Penny Dreadful), está basado parcialmente en las historias que le contó al realizador británico su abuelo paterno, Alfred Mendes, quien participó en la Primera Guerra Mundial.

La historia sigue a dos soldados británicos, Schofield (George MacKay) y Blake (Dean-Charles Chapman), que se embarcan en una misión imposible: cruzar territorio enemigo en el menor tiempo posible para entregar un mensaje con el que evitar que 1.600 de sus hombres caigan en una trampa enemiga. Entre esos soldados se encuentra el hermano de Blake (Richard Madden), motivación extra para luchar hasta las últimas consecuencias y cumplir el objetivo que se les ha asignado.

Mucho se ha hablado de las maravillas técnicas de esta película ganadora de tres Oscar (fotografía, mezcla de sonido y efectos visuales). De la impresionante fotografía del mítico Roger Deakins (ganó su segundo premio de la Academia con ella), que nos regala planos de belleza sobrecogedora, de la excelente banda sonora compuesta por Thomas Newman, de sus efectos visuales (con dobles en 3D y la tecnología digital más puntera para recrear la realidad) y, por supuesto, de la magistral dirección de Mendes, que lleva a cabo un prodigioso plano secuencia simulado de dos horas. Así que lo único que me queda es unirme al elogio a la hazaña realizada, el apabullante trabajo de precisión que hay detrás de cada escena y el acabado impecable de la película.

Sin embargo, lo que no recibió tanta atención como merecía durante la pasada carrera hacia los Oscar fue la interpretación de George MacKay, que se deja la piel en un exigente reto físico y psicológico, pero fue casi completamente ignorado en los premios a pesar de estar espléndido. Su entrega absoluta al papel y la carga emocional de la que dota al personaje, sumido en un calvario por la supervivencia similar al de Leonardo DiCaprio en El renacido, hacen que la película no se quede en el mero alarde técnico, sino que se convierte en un viaje agotador que vivimos y sufrimos a través de él. MacKay es sin duda es uno de los actores a seguir de cerca de la nueva ola de talentos británicos.

No hay expresión más trillada en la crítica de cine que tour de force, pero en el caso de 1917, está más que justificado usarla de nuevo, porque eso es justamente la película, una intensa huída hacia delante, constante y sin apenas descanso, una proeza cinematográfica en la que todo funciona como un reloj suizo, ninguna pieza está puesta al azar, incluido el propio espectador.

1917 ya está a la venta de la mano de Sony Pictures Home Entertainment. La película está disponible en los siguientes formatos: 4K UHD, Blu-ray, edición limitada Blu-ray en caja metálica y DVD. Y llega acompañada de una gran cantidad de extras que ofrecen un vistazo tras las cámaras al complejo proceso creativo de la película, con entrevistas al reparto y equipo e imágenes del rodaje, detallando el diseño de producción, la fotografía o los secretos detrás del plano secuencia. Esta es sin duda una película ideal para ver en alta definición.

Estos son los contenidos adicionales que podréis encontrar en cada edición:

DVD:
• El peso del mundo: Sam Mendes – El cineasta narra su conexión personal con la I Guerra Mundial.
• Fuerzas aliadas: creando 1917 – Descubrimos cómo se ejecutó el rodaje en plano secuencia y 360º, así como el papel fundamental de Roger Deakins a la hora de materializar la visión de Mendes.
• Comentario con el director de fotografía Roger Deakins
• Comentario con el director y coguionista Sam Mendes

BLU-RAY (incluye todos los extras del DVD)
• La música de 1917 – El compositor Thomas Newman y el equipo de la película explican la importancia de la banda sonora en 1917.
• En las trincheras – Tras las cámaras con el reparto de 1917.
• Recreando la historia – El equipo de 1917 habla sobre los retos que supuso la recreación de la I Guerra Mundial desde el punto de vista del diseño de producción.

La EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA EN CAJA METÁLICA (disponible en todos los puntos de venta hasta fin de existencias) incluye el Blu-ray y todos sus extras en un steelbook con diseño exclusivo.
La EDICIÓN 4K UHD + BLU-RAY cuenta con un disco 4K UHD que contiene tanto la película como todos sus extras en ultra alta definición. El combo incluye la película y los extras en Blu-ray.

‘Upload’ podría llenar el vacío de ‘The Good Place’, pero aun no se ha ganado el cielo

Últimamente, Amazon parece haber encontrado un filón en las series de fantasía y ciencia ficción. Después de dar sus primeros pasos con la distopía The Man in the High Castle, la plataforma de Jeff Bezos ha seguido apostando por las series de corte fantástico en el último año: The BoysUndoneCarnival RowHuntersThe Expanse Cuentos del bucle se han sumado a un catálogo de Prime Video que se hace cada vez más imprescindible para los amantes del género.

La última en en incorporarse al streamer es Uploadcomedia de ciencia ficción creada por Greg Daniels, el hombre detrás de la versión estadounidense de The Office, además de co-creador de Parks and Recreation y la nueva sitcom de Netflix con Steve Carell, Space ForceUpload explora un futuro no muy lejano en el que las personas que van a morir pueden elegir ser “subidas” a un más allá virtual donde seguir viviendo eternamente. Es decir, como muchos han señalado acertadamente, una fusión entre The Good Place y uno de los episodios más queridos de Black Mirror, “San Junipero”.

La historia sigue a Nathan Brown (Robbie Amell), un joven desarrollador de aplicaciones que sufre un inexplicable accidente de coche en conducción autónoma, lo que lo deja al borde de la muerte. Al despertarse en el hospital, Nathan debe elegir su destino rápidamente: morir o subir a una vida virtual de lujo en Lakeview, un “cielo” digital donde la consciencia puede seguir viviendo para siempre (siempre que se paguen sus elevadas cuotas, claro). Su novia, Ingrid (Allegra Edwards), una mujer superficial de familia acaudalada, le anima a subir a Lakeview y cubrir los gastos de la nueva extensión de su vida, con lo que pasa a controlar su destino mientras llega el día en el que se pueda unir a él.

Sin embargo, lo que en un principio parece una buena decisión, pronto se convierte en una sucesión de problemas. Una vez en Lakeview, Nathan conoce a Nora (Andy Allo), su “ángel”, guía y contacto de atención al cliente en su nueva residencia virtual. Lo que empieza como una dinámica entre cliente y técnico no tarda en transformarse en una relación de atracción romántica mutua, lo cual causa problemas éticos para Nora y dudas en Nathan sobre la relación que aun mantiene con su novia viva. Pero eso no es lo más complicado de su nueva vida. Al subir a Lakeview, Nathan ha perdido parte de sus recuerdos, piezas ausentes de un complicado puzle que lleva a la conclusión de que su muerte no fue accidental, sino parte de una conspiración en su contra con implicaciones a gran escala.

Aunque no brilla precisamente por su originalidad, la premisa de Upload es ciertamente atractiva y llena de potencial. La serie recuerda constantemente a otros títulos televisivos o cinematográficos. La ya mencionada similitud con The Good Place Black Mirror es la comparación más fácil y recurrente, ya que mezcla los conceptos de más allá que pudimos ver en ambas. La trama además puede remitir a Her de Spike Jonze, sobre todo en lo que se refiere a la relación entre Nathan y Nora, un avatar digital existente solo en “la nube” y una persona de carne y hueso. La investigación de la muerte de Nathan toma (accidentalmente o no) elementos del clásico de los 90 Ghost, donde una persona viva ayudaba a un fantasma a resolver el misterio de su propio asesinato. En su representación de los entresijos de Internet (con pop-ups intrusivos o una visita al mercado negro) podemos ver trazas de Ralph Rompe Internet. Por último, la serie también tiene una muy presente faceta de workplace comedy que se desarrolla en las oficinas de la empresa en la que trabaja Nora, Horizen, y que comparte características con The Office y las numerosas comedias laborales que inspiró.

Upload es principalmente una comedia (a ratos amable, a ratos muy negra), pero también es un thriller, una historia de amor y una sátira social sobre la división de clases, las relaciones en el siglo XXI, el privilegio y el capitalismo. Y esa es su principal virtud y a la vez su mayor defecto, que quiere ser tantas cosas a la vez e intenta abarcar tanto que se queda un poco a medias en todo. Los elementos por separado funcionan y todas las vertientes de la serie (dramática, cómica, romántica, misteriosa) presentan hallazgos interesantes y golpes geniales, pero al todo le falta algo de cohesión y fluidez, y su ambición acaba difuminándose en un batiburrillo de ideas. Además, para lo mucho que se trabaja los gags, la serie cae a menudo en el humor fácil, incluso infantil.

Con diez episodios, la primera temporada de Upload es una llamativa carta de presentación a un universo que aun tiene mucho que ofrecer. La serie rebosa imaginación y está llena de ideas creativas, sobre todo en lo que respecta a la vida en Lakeview y las comodidades (y molestias) de la experiencia virtual: el botones pluriempleado que es como una Janet menos competente, la deprimente zona de 2GB reservada para los clientes con plan económico, el sistema de puntuación por estrellas reminiscente de otro capítulo de Black Mirror, “Nosedive”, el torrente de información donde algunos habitantes acuden para “suicidarse”, el chorro de orina que nunca cae fuera de la taza…

Las ocurrencias son constantes (algunas dan miedo de lo cercanas que son a nuestra realidad) y el despliegue visual da mucho juego, pero da la sensación de que falta pulir mucho la historia principal y sus personajes. Amell cumple, pero su Nathan está muy lejos del carisma o complejidad de Michael Scott, Leslie Knope o Eleanor Shellstrop, y los secundarios no son especialmente memorables, aunque tengan sus momentos. Eso sí, la química entre Nathan y Nora es palpable, y es lo que dota de alma a la serie, que destaca especialmente cuando se pone tierna.

A pesar de sus glitches, habituales en una primera temporada, Upload es un lienzo en blanco lleno de posibilidades que apenas ha empezado a pintarse. Se agradece que, al estar en una plataforma de streaming, Daniels pueda explorar con mayor libertad y sin la censura de las cadenas generalistas las consecuencias más oscuras de la historia, así como recurrir al sexo, el lenguaje malsonante y la violencia, pero necesita encontrar un punto intermedio en el que todo funcione al mismo nivel.

Amazon ya ha renovado la serie y, sin desvelar datos concretos, asegura que “ha sido todo un éxito mundial entre los miembros de Prime Video”. Está claro por qué. Upload lo tiene todo, engancha y se ve con facilidad. Es una prometedora primera versión que mejora conforma avanza. Esperemos que la segunda temporada nos dé una buena actualización, porque pese a mis reservas, no está en mis planes desinstalarla.

Mujercitas: In Greta Gerwig We Trust

No sé si lo recordáis, pero en 2013, Greta Gerwig fue contratada para escribir, producir y protagonizar un spin-off/variación de Cómo conocí a vuestra madre desde la perspectiva de la chica (es decir, Cómo conocí a vuestro padre). Llegó a hacer un piloto, pero a CBS no le gustó y al público que lo vio en pases de prueba le cayó muy mal su personaje, por lo que la cadena decidió cancelar en proyecto. De haber salido adelante, la carrera de Gerwig podría haber sido muy distinta.

Flashforward a 2020. Gerwig tiene tres nominaciones al Oscar y es una de las directoras más prominentes y solicitadas del momento. Con solo dos películas como realizadora en solitario y otras tantas como guionista y actriz junto a su marido, Noah Baumbach (Historia de un matrimonio), Gerwig ha conquistado Hollywood y a los cinéfilos de medio mundo. Su próximo proyecto, también con Baumbach, es la película en acción real de Barbie protagonizada por Margot Robbie (sin riesgo no hay recompensa). Y además, ya está preparando su primer musical. Vaya bala esquivó cuando CBS le dijo que no.

Después del éxito de Lady Bird, que la convirtió en la quinta mujer nominada al Oscar a Mejor Dirección en 90 años, Gerwig dio un salto mortal en ambición con su segundo largo, la nueva versión del clásico de Louisa May Alcott, Mujercitas (Little Women). Esta historia ha sido contada en numerosas ocasiones en cine y televisión, pero Gerwig sintió que se podía hacerlo una vez más desde un punto de vista más personal y moderno. La jugada le salió muy bien y la película fue un éxito de crítica y público, con seis nominaciones a los Oscar, incluida Mejor Película (se llevó solo uno, a Mejor Diseño de Vestuario).

Si Mujercitas funcionó tan bien es porque la película desprendía amor y dedicación por los cuatro costados. Gerwig consiguió mantenerse fiel al relato de Alcott a la vez que lo hacía suyo, reinventándolo para el siglo XXI. De su luminosa versión se podía sacar en claro que conocía a los personajes como si hubiera vivido con ellos. En el caso de Jo March (Saoirse Ronan), directamente como si fuera ella misma. Con su guion, Gerwig llevó a cabo un juego de identificaciones muy metarreflexivo en el que Jo, Alcott y ella misma se convertían en versiones distintas de la misma persona; una forma inteligente de reinterpretar la historia para las nuevas generaciones y de hacer llegar alto y claro su mensaje feminista y sus ideas sobre la creación artística, el proceso de escribir y el papel de la mujer en la sociedad y la cultura.

Por supuesto, también hay que achacar el triunfo de la nueva Mujercitas a uno de los repartos más estelares que recordamos en mucho tiempo. Un impresionante elenco formado por estrellas consagradas y talentos emergentes que se convirtió inmediatamente en un sueño hecho realidad para Film Twitter. Saoirse Ronan, Emma Watson, Florence Pugh y Eliza Scanlen son las nuevas hermanas March, el omnipresente Timothée Chalamet interpreta al galán Laurie, mientras que las leyendas Laura Dern y Meryl Streep dan vida a Marmee y la Tía March respectivamente. Completan el reparto Louis Garrel, Chris Cooper, James Norton, Bob Odenkirk y Tracy Letts. Ya solo por ver a todos estos actores merece la pena.

Pero afortunadamente, Mujercitas no descansa únicamente en el gancho de sus estrellas. La película es un acto de amor en todos los aspectos, un trabajo impecable y magristral en su totalidad. Su puesta en escena, su contagiosa energía y vitalidad, su brillante dirección (aun duele que los Oscar la dejaran fuera en esta categoría), la preciosa banda sonora de Alexandre Desplat, y sobre todo, su prodigioso guion. Porque además de la soberbia interpretación de Saoirse Ronan, la calidez maternal de Laura Dern o el brío y la versatilidad de Florence Pugh, la robaescenas oficial, lo que hace que Mujercitas sea tan especial es la forma en la que Gerwig nos cuenta la historia, reordenando los acontecimientos para empezar con las hermanas March de mayores, y a partir de ahí saltar constantemente en el tiempo para ir deconstruyendo y reconstruyendo el relato. Su trabajo de adaptación es magnífico y nos hace ver acontecimientos como la muerte de Beth o la relación de Amy y Laurie desde otro punto de vista.

Entre otras cosas, con Mujercitas Gerwig hace justicia a Amy March -tradicionalmente considerada la villana de la historia- ayudándonos a entenderla, y utiliza el arco personal de Jo, su ímpetu creativo y su relación con Laurie (galán andrógino, como ella, que ya representaba la nueva masculinidad hace un siglo) para enarbolar un discurso feminista con el que resalta la vertiente más transgresora del clásico a la vez que lo trae a nuestros días.

Mujercitas es una reflexión sincera y emotiva sobre la autoría, el arte y el propio proceso de Gerwig como narradora, además de una pletórica celebración de la literatura, del poder de las historias con las que nos formamos y sobre todo, de la mujer y su derecho a elegir su propio camino, sea el que sea. Con esta versión, Gerwig consiguió algo que parecía imposible, no solo justificar que se contara la misma historia por enésima vez, sino también convencernos de que era necesario. Mujercitas ya no es solo un clásico de la literatura del siglo XIX o del cine de los 40 y los 90, ahora también es un clásico millennial.

Pedro J. García

Nota:

Mujercitas ya está a la venta en Blu-ray, DVD y digital de la mano de Sony Pictures. La edición en Blu-ray incluye los siguientes contenidos adicionales: Una nueva generación de Mujercitas; Modernizando el clásico; Greta Gerwig: Mujeres haciendo arte; Prueba de peluquería y maquillaje; Mujercitas tras las cámaras; Orchard House, el hogar de Louisa May Alcott.

Carta al rey: Fantasía medieval adolescente para el siglo XXI

El pasado 20 de marzo se estrenó en Netflix Carta al rey (The Letter for the King), serie de fantasía creada por uno de los guionistas de Cómo entrenar a tu dragónWill Davies. Se basa en el clásico homónimo de 1962 escrito por la autora neerlandesa Tonke Dragt, considerado uno de los mejores libros infantiles del pasado siglo.

La serie sigue a Tiuri (Amir Wilson, La materia oscura), un joven aspirante a caballero nacido en el reino de Eviellan que se embarca en una peligrosa misión para entregar una carta al rey del país vecino. Acusado de traición y perseguido por un diverso grupo de jóvenes candidatos a caballero como él, Tiuri emprenderá un camino en el que forjará amistades, descubrirá sus poderes y se enfrentará a mil peligros y enemigos para hacer llegar a su destino la carta, que contiene información que podría evitar una guerra entre reinos.

Con una primera temporada de solo seis episodiosCarta al rey cuenta una historia cerrada que funciona por sí sola, aunque también deja la puerta abierta a una posible continuación. Siguiendo las convenciones de las historias de espada y brujería y muy influenciada por las leyendas artúricas, la serie se construye como una suerte de The Witcher o Juego de Tronos juvenil, con trazas de Merlín y El príncipe dragón, por nombrar unas cuantas. Es decir, aunque no aporta nada especialmente nuevo, ofrece bastantes alicientes para los amantes de la fantasía épica medieval, sobre todo para los más jóvenes.

Carta al rey es la clásica historia sobre un elegido que debe luchar contra las fuerzas del mal en una batalla entre la luz y la oscuridad para cumplir una profecía. Tiuri protagoniza el tradicional viaje del héroe en un relato de crecimiento personal sobre la amistad, el poder y búsqueda del coraje que la serie actualiza de varias maneras. En primer lugar, lanzando un mensaje que se puede extrapolar a nuestros días, sobre el papel de las nuevas generaciones en el destino del mundo (“El mundo es un lugar horrible”, “Entonces nos toca a personas como nosotros hacer algo al respecto”). Y en segundo, introduciendo la diversidad y el empoderamiento femenino.

El público más conservador ha criticado Carta al rey por efectuar cambios al libro solo para sumarse a la corriente de “corrección política” (sic), fortaleciendo a los personajes femeninos, añadiendo diversidad racial e incluso representación LGBTQ+ en una historia donde no suele haber nada de eso. Evidentemente, detrás de estas críticas hay mucho prejuicio e ignorancia, pero lo que sí es cierto es que Carta al rey acaba cayendo en un error por desgracia habitual de la representación queer en televisión, [SPOILER] como es el bury your gays, es decir, desvelar la homosexualidad de uno de sus personajes para inmediatamente después sacrificarlo y librarse así de continuar su historia [fin del SPOILER]. Una pena que lo que consigue por un lado, lo deshaga por otro.

Técnicamente hablando, se trata de una serie muy notable, con paisajes preciosos, buenos efectos digitales, escenas de acción con coreografías excelentemente ejecutadas y potentes secuencias a caballo (sin ir más lejos, The Witcher, con un presupuesto más alto, es mucho más inconsistente visual y técnicamente). Sin embargo, la historia no está a la altura de su cuidada factura, perdiéndose en su seriedad y prometiendo más de lo que termina dando.

A pesar de un par de giros sorprendentes que parecen buscar darle la vuelta a los tópicos de la fantasía medieval, Carta al rey se queda en la superficie y no llega a explorar realmente lo conflictos internos de sus personajes o sus ideas sobre el heroísmo o la guerra, construyendo tramas que acaban yendo a ninguna parte para terminar en un clímax mágico que se resuelve demasiado fácilmente y sabe a poco. Tampoco sobresale especialmente en el apartado interpretativo. Sus personajes son por lo general simpáticos y están bien definidos, pero la elección de un actor tan inexpresivo y apagado como Amir Wilson como Tiuri no es la más acertada, lo cual es un lastre gran parte de la temporada.

Pese a ser tan irregular y no aprovechar todo su potencial, la serie se puede disfrutar siempre que no se le exija demasiado y se entre en ella sabiendo que su público objetivo es probablemente más joven que tú. Como producto familiar, Carta al rey cumple su cometido de entretener, contando un cuento clásico e inspirador de héroes improbables que reescriben su destino en la guerra del bien contra el mal. Aunque podría haber sido algo más, se conforma con eso y funciona correctamente como pasatiempo sin mayores pretensiones. Lo que no sé es si esto es suficiente para despertar interés en una segunda temporada, sobre todo teniendo en cuenta lo poco (o nada) que se está hablando de ella.

[Crítica] Matthias & Maxime: Son (mis) amigos

If this is communication, I disconnect La incomunicación lo destruye todo. Más que la distancia o el tiempo. Mucho más que una cena recalentada o una infidelidad. Con incomunicación no hablamos necesariamente de los injustamente temidos silencios, sino de la absurda manía del ser humano de cerrarse ante sus personas más cercanas. Ese maldito miedo a ser juzgado por los demás y llegar a sentir vergüenza hace que nos coartemos y no seamos justos con los demás, ni mucho menos con nosotros mismos. Esta incomunicación supone el fin de todas nuestras relaciones sociales y va mermando progresivamente nuestro, ya mermado de por sí, amor propio. La quintaesencia de la estupidez humana.

Aunque extremadamente tóxica, o precisamente por esa misma razón, la incomunicación es uno de los demonios que mejores resultados han tenido en la gran pantalla. Directores como Michelangelo Antonioni (especialmente en su trilogía formada por La aventuraLa noche y El eclipse y en esa bola extra que fue El desierto rojo) o Michael Haneke (acertadísima su reflexión sobre el tema en la injustamente olvidada Código desconocido) han construido su leyenda en base a tan complicado concepto. Esa espiral de soledad creada (y buscada, como si fuese un escudo protector cualquiera) conforma la atmósfera que respiran los dos personajes protagonistas de Matthias & Maximela octava película de Xavier Dolan (Mommy, Laurence Anyways) como director.

Ese fantasma de la incomunicación ya llevaba apareciéndose en la filmografía del canadiense desde sus comienzos, pero alcanzó una corporeidad y una presencia máxima en los protagonistas de Solo el fin del mundo y, especialmente, en la inédita por estos lares The Death and Life of John F. Donovan. Hombres que se encuentran completamente aislados de su entorno por muy acompañados que estén, ya en una reunión familiar después de años de ausencia o en la cresta de su carrera interpretativa. Sin llegar al nivel de un presumible trastorno psicológico como es el caso del personaje de Kit ‘Jon Nieve’ Harington en The Death and Life of John F. Donovan, Matthias y Maxime sufren en sus carnes este mal en mayor o menor medida.

Maxime (interpretado por el propio Dolan, con una marca de nacimiento en la cara a lo Oliver Stark9-1-1) ha decidido dar un giro radical en su vida y pretende dejar atrás su desestructurado hogar familiar con su madre (Anne Dorval, la madre Dolan por excelencia) y su empleo como camarero por una presumiblemente nada glamourosa vida en Australia. Por su parte, Matthias (acertadísimo el novel Gabriel D’Almeida Freitas) es el sueño americano hecho canadiense (con raíces portuguesas, como apunta su madre). Trabador de cuello blanco con promesas de ‘un despacho con vistas’, una mujer guapa y educada con un toque chic que queda bien en cualquier ámbito, y una relación sana con su madre (ese ser de luz encarnado por Anne-Marie CadieuxBuenos vecinos). A priori, Matthias sería el personaje anti-Dolan por excelencia, pero no nos confiemos en ningún momento.

En Matthias & Maxime, como es habitual en Dolan, tenemos madres gritonas, veinteañeros arrasados por su existencia como si tuviesen ya ochenta años, adolescentes que guardan silencio… Pero en esta ocasión, en ese ecosistema habitual, Dolan introduce un agente externo, extremadamente ajeno: la bro culture. Nuestros dos protagonistas son parte de un grupo de amigos compuesto por hombres con un diverso abanico de formaciones académicas y poco más en común que su adolescencia. Algún que otro fumeta, un profesor, un niño pijo que toca el piano y nuestros dos amigos. Aunque ya nada sea lo de siempre, los amigos siguen quedando de vez en cuando. En una de esas reuniones, Erika (Camille Felton), la hermana de uno de ellos logra (tras una apuesta entre bros) que Matthias y Maxime participen en su cortometraje. Resulta muy gracioso ver a esa Erika, una millennial listilla y muy bocazas que suelta anglicismos siempre que puede, ya que estamos ante el reflejo caricaturesco de todos los males que achacaban a Dolan sus primeras obras. ¡Si hasta su corto expresionista/impresionista es muy ‘elmodóvar’! Ella y su hermano Rivette (Pier-Luc FunkGénesis) suponen el escaso alivio cómico de esta sentida aventura.

La escena en cuestión es un beso. Dos chicos besándose. Nada más. Algo que no debería escandalizar a nadie. Ni siquiera entre los amigos, que como todo grupo de hombres heterosexuales no paran de rozarse, toquetearse y bromear. Realmente ellos son diferentes a todo el estereotipo bro, el grupo de machotes no cae en ningún cuñadismo a lo largo del metraje, lo cual no sabemos es si debemos achacar ese fenómeno a la inexperiencia del director en estos lares o es una muestra de esperanza para con los hombres heterosexuales. Son muy ruidosos, aunque no tanto como una madre dolaniana. La gran diferencia en este caso es que su jolgorio es un apoyo positivo, no el origen de frustración, ni mucho menos un posible amplificador de ese vacío comunicativo. Ese beso trastoca la existencia de ambos, especialmente la de Matthias. Esa disrupción se convierte en un calvario para la calculada agenda vital del hombre perfecto y marcará el futuro de ambos. 

Lejos del barroquismo de alguna de sus obras, Matthias & Maxime pertenece a la rama de las historias mínimas de Dolan, como Tom en la granja o Solo el fin del mundo. Cintas en las que el realizador ha preferido centrarse de manera inteligente más en el poder de los diálogos que en el artificio de un bonito encuadre o en confeccionar mixtapes imposibles. Con eso no queremos decir que esta película no sea visualmente bonita, todo lo contrario. Como todo trabajo de Xavier Dolan, Matthias & Maxime es una obra de factura bellísima y posee alguna de las escenas más arrebatadoras de la temporada (el citado beso, el encuentro en el cuarto de los trastos o el baño solitario de Matthias perfectamente acompasado por la música de Jean-Michel Blais)… así como algún que otro momento musical loco con clásicos pop contemporáneos, pero todo con mucha más mesura de lo habitual.

Matthias & Maxime es otra lúcida fábula del joven maestro Dolan sobre la orientación del deseo y las frustraciones que provoca intentar negar lo evidente. Preciosa y desgarradora, como todo lo que toca su autor.

David Lastra

Nota: 9 (★★½) 

El viernes 27 de marzo, Avalon preestrena de manera excepcional ‘Matthias & Maxime’ en la plataforma Filmin durante cuarenta y ocho horas. El estreno en cines se posterga hasta el fin del estado de alarma.

‘Adiós’: La consagración dramática de Mario Casas (aunque no quieran reconocérselo)

Para mucha gente Mario Casas siempre será el macizo de El barco o el chulo de 3 metros sobre el cielo. Y no les podemos culpar. Durante años, el actor de La Coruña se labró una imagen muy reconocible como galán de extrarradio e ídolo atormentado de adolescentes, un rebelde sin causa y conquistador con ínfulas de príncipe y espíritu de cani que disfrutó de un lugar especial reservado en las carpetas del instituto de media España. Y que, como suele ocurrir, también generó muchos detractores.

Pero desde hace un tiempo, Casas está intentando quitarse de encima su imagen de ídolo adolescente, aceptando papeles exigentes con los que demostrar una versatilidad que muchos no quieren ver. El actor ha brillado en comedia de la mano de Álex de la Iglesia en las películas Las brujas de Zugarramurdi, Mi gran nocheEl bar. Ha resultado ser un gran protagonista de thriller con Grupo 7 Contratiempo. Ha emulado a los grandes iconos románticos del cine en Palmeras en la nieveY ha asumido duros retos físicos con sus papeles en El fotógrafo de Mauthausen y la crudísima Bajo la piel del lobo, lo que le ha valido el sobrenombre de “el Christian Bale español”.

Pero ninguno de estos trabajos alcanzan el nivel de entrega de Adiós, drama de 2019 dirigido por Paco Cabezas (Carne de neón, Penny Dreadful), en el que Casas se deja la piel y el alma interpretando a un dolido padre que se embarca en un viaje de venganza para tomarse la justicia por su mano tras la muerte de su hija pequeña en un accidente de coche.

El film recibió tres nominaciones a los Goya en apartados interpretativos (mejor actriz revelación para Pilar Gómez y mejor actriz de reparto para Natalia de Molina y Mona Martínez), pero un año más, la Academia de Cine volvió a ningunear a Casas (nunca ha sido nominado), a pesar de haber realizado una de las mejores interpretaciones del año, y de su carrera. Está claro que le tienen tanta manía como gran parte de público que aun no se lo toma en serio como actor y se ha quedado en el chiste de que no se le entiende -que sí, es verdad en muchos de sus trabajos y en Adiós no ayuda que sea un gallego interpretando a un sevillano con acento impostado, pero también lleva tiempo trabajando en su dicción y mejorando para quitarse ese sambenito, por lo que es injusto reducir sus interpretaciones solo a eso. Sobre todo cuando hay tantas películas españolas sin Mario Casas en las que hay que poner los subtítulos para enterarse de todo.

Pero vamos a centrarnos en la película, porque Adiós no es solo Mario Casas. También es Natalia de Molina, una de nuestras mejores actrices, que interpreta con garra y pesar a la mujer del personaje de Casas. También es Ruth Díaz, fantástica en su papel de recta  y afligida agente de policía al cargo de la investigación. Carlos Bardem, su jefe, un hombre de dudosa moralidad. El humorista Salva Reina en un papel revelación como yonqui (injustamente tampoco nominado al Goya). Y sobre todo Mona Martínez, inconmensurable matriarca de las 3000 viviendas de Sevilla dispuesta a hacer lo que sea para proteger a su clan.

Paco Cabezas dirige con pulso y valentía un drama criminal que se adentra en los bajos fondos de la ciudad andaluza para construir un intenso entramado de muerte, narcotráfico y corrupción policial que nos muestra el lado más descorazonador del ser humano. Un thriller elegante pero sucio y oscuro que nos sumerge en un lugar sin ley y orden para hacernos partícipes del dolor de sus personajes y ese duro sentimiento de no tener nada que perder.

Magnética, absorbente y angustiosa, así es Adiós, una de las mejores películas de 2019. Cabezas domina el equilibrio entre drama introspectivo y acción con una trama que, exceptuando algún que otro cliché y giro predecible, atrapa de principio a fin y golpea fuerte en el estómago. Pero sobre todo, Adiós es la (nueva) prueba de que Mario Casas es mucho mejor actor de lo que la mayoría piensa y que, dejando a un lado los prejuicios, cualquiera te puede sorprender.

Nota: ★★★★

Pedro J. García

Adiós ya está a la venta en DVD y Blu-ray de la mano de Sony Pictures. El Blu-ray contiene los siguientes extras:

  • La historia
  • La película
  • Triana
  • Eli
  • Juan Santos
  • Santacana
  • Director
  • Sevilla
  • Producción
  • Secuencia

Crónica de la Muestra SYFY de Cine Fantástico 2020

Aquí estamos un año más, de resaca después de un fin de semana maratoniano de cine fantástico. La Muestra SYFY, que ha celebrado este año su 17ª edición, congrega de nuevo a miles de aficionados al cine en Madrid, que durante cuatro días (del 5 al 8 de marzo) se convierte en una fiesta del cine de género. Fantasía, terror, ciencia ficción, acción y thriller en una selección de títulos, como siempre, muy variados.

La Muestra, presentada como siempre por la actriz y directora Leticia Dolera, comenzó el jueves con la premiere de Onward, la nueva cinta de Pixar, que este año ha decidido dejar descansar sus franquicias para volver a ofrecernos algo original, una aventura juvenil en homenaje al rol y la fantasía épica (podéis leer nuestra crítica aquí). La película animada inauguró un fin de semana en el que volvimos a comprobar lo fértil, diverso e internacional que es el género fantástico.

Invasiones extraterrestres, asesinos en serie, anime, cine de yakuzas, thriller social, posesiones infernales, viajes en el tiempo, zombies, cocodrilos y una fijación extraña por los perros… Con sus más y sus menos, como siempre, la programación de la Muestra este año nos ha dejado bastantes películas para el recuerdo, incluyendo la nueva ida de olla de Nicolas Cage, Color Out of Space y el regreso de Takashi Miike (Audition). También hubo hueco para celebrar los clásicos con la proyección especial de Regreso al futuro en su 35º aniversario. Y además, los más jóvenes (aunque no solo ellos) pudieron disfrutar del preestreno de la genial Trolls 2: Gira Mundial, dos semanas antes de su llegada a salas comerciales.

Sin más, os dejamos con nuestra opinión sobre todas las películas que vimos en la Muestra SYFY (menos la de clausura, Brahms. The Boy 2, que debido a problemas técnicos no se pudo proyectar en la sala 1). Tomad nota, porque algunas de ellas llegarán pronto a nuestras salas.

VIERNES

The Pool (Ping Lumpraploengm 2018)

Es fácil imaginarse lo que nos vamos a encontrar en una película tailandesa cuyos principales elementos son dos personas atrapadas en una piscina con un cocodrilo asesino durante 7 días, pero nada te puede preparar para el absurdo de The Pool. Al protagonista deben haberle echado mil maldiciones porque su mala suerte llega a ser surrealista. Además, a su compañera le han echado el mismo mal de ojo, aunque ella por lo menos es inmortal. Las situaciones en las que los personajes se encuentran y cómo se las ingenian para sobrevivir e intentar escapar de la piscina son tan inverosímiles y guardan tan poca relación con cualquier realidad o lógica que no puedes creer lo que estás viendo. Pero es justo por eso, y el descaro de un guionista y director al que le da igual todo, que The Pool no aburre ni un segundo y nos tiene enganchados y entretenidos durante sus 91 minutos.

Blood Quantum (Jeff Barnaby, 2019)

Primera invasión zombie de la Muestra. Se han contado tantísimos apocalipsis zombies en el cine en general, y en esta Muestra en particular, que no es fácil sobresalir y llegar a hacer algo interesante en este subgénero. Esta película canadiense empieza bien, situándose en Red Crow, reserva india micmac en la que los muertos (humanos y animales) van volviendo a la vida. Como punto interesante, los nativos indígenas de la zona parecen ser los únicos inmunes a los ataques de los muertos vivientes. Pero el interés por la premisa no tarda en desvanecerse, y lo que podía haber sido algo diferente acaba siendo una película más sin nada que aportar al manido cine de no muertos. Además, peca de ponerse un tanto intensa y tomarse demasiado en serio a sí misma, por lo que pierde la baza de ser entretenida.

Synchronic (Justin Benson, Aaron Moorhead, 2019)

Dos paramédicos con una longeva historia de amistad encadenan noches de atender extraños sucesos relacionados con una nueva droga de diseño, en plena epidemia de opioides de Estados Unidos. Unos habituales de la Muestra, el tándem Justin Benson/Aaron Moorhead (Resolution, Spring), presentan una propuesta más ambiciosa en su filmografía con dos actores de Hollywood como Anthony Mackie (Falcon en el Universo Marvel) y Jamie Dornan (el objeto del deseo de la saga Cincuenta sombras de Grey) y una trama bastante enrevesada. La historia empieza de forma misteriosa y muy intensa (su inmersivo diseño de sonido y banda sonora ayudan mucho a entrar en la película), mostrando los brutales efectos de las drogas y sus devastadoras consecuencias. Hacia la mitad, el argumento da un giro para centrarse en el personaje de Mackie y se convierte en una cinta de viajes en el tiempo. Synchronic es como dos películas luchando por ser una, un thriller de misterio y una aventura sci-fi que no terminan de tomar forma definitiva. Aunque tiene buenos momentos y entretiene, su prometedor inicio se va desinflando hacia algo más común. A destacar el hecho de que la historia esté impulsada por la amistad entre dos hombres dañados que se demuestran cariño y comparten sus sentimientos, algo que no suele verse en el cine fantástico.

Bacurau (Juliano Dornelles, Kleber Mendonça Filho, 2019)

Bacurau es un pequeño pueblo de Brasil en el que todos sus vecinos se conocen. Unidos ante el azote del alcalde de la región, político corrupto que solo les trata bien cuando necesita sus votos, deben unirse incluso más cuando una amenaza exterior mucho más violenta empieza a hacer acto de presencia en el lugar. Y hasta ahí vamos a leer. Lo mejor es enfrentarse al visionado de esta película, que viene precedida de muy buenas críticas y de un Premio Especial del Jurado en Cannes, sabiendo lo mínimo sobre ella. Se trata de una experiencia única. Una brutal fábula con sangrante denuncia social, retorcido sentido del humor y un desarrollo muy marciano en el que gran parte del tiempo no sabemos lo que está pasando. Llena de personajes curiosos y con una catártica recta final de lo más impactante, Bacurau es una de las películas más memorables de la Muestra este año, un trabajo desconcertante, frustrante y fascinante a partes iguales en el que las piezas tardan en encajar, pero cuando lo hacen, te golpean fuerte.

Shed of the Dead (Drew Cullingham, 2019)

Con esta comedia de terror sobre un aficionado al rol que se encuentra en medio de un apocalipsis zombie llega la primera sesión golfa de la Muestra 2020. Para el final de la noche se suelen dejar las propuestas más locas y desenfadadas, películas de serie B con bajo presupuesto y espíritu cutre a los que les solemos pasar por alto muchas cosas porque no están para tomárselas en serio. Siempre que sean divertidas y nos hagan pasar un buen rato a los valientes que nos quedamos en el cine hasta la madrugada. Desafortunadamente, no es el caso de Shed of the Dead, que además de cutre, no puede tener menos gracia. Esta película está hecha desde la perspectiva de una persona totalmente ajena al mundo actual, con un omnipresente machismo que empapa el 100% del metraje y nos muestra el peor lado del cine friki. En el film las mujeres solo existen para ser dos cosas: la persona que corta las alas al hombre provocando su desprecio o un objeto sexual que básicamente es una vagina andante. Resulta curioso que esta película con tan mal gusto haya sido recibida como “una película mala, sin más”, pero el año pasado Nación salvaje levantara tanta indignación…

SÁBADO

Trolls 2: Gira mundial (Walt Dohrn, David P. Smith, 2020)

Pudo haber alguna que otra sorpresa en la Muestra, pero ninguna comparada la de Trolls 2 (no confundir con la infame Troll 2). Los adorables e hiperactivos personajes basados en el popular juguete de los 80 vuelven en esta segunda parte en la que descubren que no son únicos en su especie. Distintas razas de trolls viven alrededor del mundo, cada una de ellas definida por un género musical. Su paz se ve amenazada por una troll rockera que emprende una gira mundial para someter a todos los trolls a su dictadura musical: una nación unida bajo un solo tipo de música. Si la primera Trolls es una de las películas de animación recientes más infravaloradas, esta secuela supera todas las expectativas. Un explosivo derroche de color, imaginación y creatividad que cuida tanto el aspecto visual (los diseños son geniales y las texturas aterciopeladas increíbles) como su guion. Lejos de ser la típica secuela desganda para seguir exprimiendo el éxito de una franquicia, Trolls 2 se curra (y mucho) una historia muy inteligente que acaba siendo un manifiesto pop a favor de la diversidad, la unidad y la tolerancia. Rebosante de buenas ideas, con un humor inteligentemente absurdo, música sin fin, energía por un tubo (sigue siendo lo más cercano a un viaje de ácido que nos va a dar el cine de animación) y un finísimo análisis de los géneros musicales y su historia, Trolls 2 presenta una rara avis en el cine animado infantil, una secuela irresistible para los más pequeños que ningún adulto debería pasar por alto.

The Cleansing Hour (Damien LeVeck, 2019)

Con The Cleansing Hour Damien LeVeck convierte en largometraje su corto homónimo de 2016. Y no pudo haber tomado mejor decisión, porque el resultado es muy bueno. El título del film es también el nombre de un programa online de exorcismos en directo presentado por un falso cura y producido por el mejor amigo de este. Como es de esperar, la farsa acaba volviéndose real cuando durante una de las emisiones ocurre una posesión real, lo que obliga a los participantes a enfrentarse a su pasado y descubre a los espectadores que todo lo que han visto hasta ahora es un montaje. El cine de exorcismos es otro subgénero del terror bastante manido, pero The Cleansing Hour logra salir de la rutina gracias a un equipo que la eleva por encima de la media con una dirección solvente, unos efectos especiales y de maquillaje de primera categoría y un guion que consigue mantener la tensión de principio a fin centrándose en un solo caso y en un espacio limitado, y mostrando las repercusiones a través de Internet alrededor del mundo.

Rabid (Jen Soska, Sylvia Soska, 2019)

Curioso que en 2019 se haya hecho este remake de la película de David Cronenberg del mismo título con guion aprobado por el propio director. Esto es un arma de doble filo por las expectativas que puede crear, que en este caso no están a la altura. La premisa es la misma, una tímida mujer que tras un accidente se somete a una técnica experimental de cirugía plástica y desarrolla un gusto por la carne cruda y la sangre que se torna en epidemia de rabiosos asesinos. La película no explota su punto fuerte, que es mostrar la sangre y la (nueva) carne, y en lugar de eso centra su desarrollo en unas vacías y aburridas secuencias dramáticas en las que no parece que pase nada porque… no está pasando nada.

The Lodge (Severin Fiala, Veronika Franz, 2019)

Tras la trágica pérdida de su madre (Alicia Silverstone), dos hermanos se ven obligados a pasar los días antes de Navidad en una cabaña con la nueva novia de su padre (Riley Keough), aislados por una tormenta de nieve. A la tristeza de los niños se une el turbio pasado de su futura madrastra en una secta, lo que hará la estancia muy intensa y desagradable para todos. Tras la interesante Goodnight Mommy, sus directores saltan al inglés con esta historia de terror religioso cocido a fuego lento al más puro estilo europeo y con tintes de melodrama familiar. La tensión va en aumento durante todo el metraje con una sensación de frío y aislamiento muy lograda, perturbadoras secuencias oníricas y una locura que se va apoderando lentamente del relato hasta estallar en el clímax. Destaca una fantástica Riley Keough en su propia versión de El resplandor.

Color Out of Space (Richard Stanley, 2019)

Vuelve el equipo que nos trajo la delirante Mandy, esta vez con la adaptación de una historia corta de H. P. Lovecraft. En la inquietante Color Out of Space una familia que vive cerca de un bosque recibe en su jardín el impacto de un meteorito que está más vivo de lo que parece y ejerce en ellos una influencia que acabará convirtiendo sus vidas en una pesadilla. Lo que empieza como una película fantástica familiar al más puro estilo Spielberg, va tornándose en la más oscura y macabra de las pesadillas. Pero más allá de su violencia pesadillesca y su embriagadora psicodelia visual, lo que convierte Color Out of Space en una experiencia única es la sensación de amenaza indefinida que recorre la película, un invasor que se caracteriza únicamente como un “color” y que provoca un desconcierto absoluto. Esto, junto al progresivo deterioro de la familia (con un Nicolas Cage superándose en desquicio), alcanza unos niveles de perturbación y enajenación que los aficionados a la ciencia ficción terrorífica agradecerán.

Satanic Panic (Chelsea Stardust, 2019)

Cuando lo único destacable en una película es que no es tan mala como otra, hay un problema. La segunda y última sesión golfa de este año nos cuenta las desventuras de una repartidora de pizzas que se ve obligada a huir de una secta de ricachones satánicos (capitaneados nada menos que por Rebecca Romijn) que quieren usar su cuerpo virgen para invocar a un poderoso demonio. Donde Shed of the Dead tenía un chiste con gracia en toda la película, esta a lo mejor tenía cinco, y donde aquella eran 90 minutos de desagradable machismo, esta solo lo tiene durante una escena. El resto es más o menos lo mismo, humor muy poco inspirado y nada verdaderamente destacable más allá de la presencia de Romijn y Jerry O’Connell. Cuando una película empieza con un intento de violación mostrado en clave de comedia, mal vamos.

DOMINGO

Human Lost (Fuminori Kizaki, 2019)

Basado en una novela de Osamu Dazai, este anime de Fuminori Kizaki nos traslada a un Japón futuro en el que los médicos han quedado obsoletos gracias a que la poderosa organización S.H.E.L.L. ha conseguido la total salud de sus habitantes aumentando así la esperanza de vida a los 120 años. El director venía de realizar Bayonetta: Bloody Fate, película de animación basada en el videojuego de culto con una animación muy buena pero una historia muy deficiente. Aquí pasa lo mismo, ya que se alternan impresionantes escenas de acción con horriblemente confusas conversaciones que intentan continuamente que el espectador entienda el funcionamiento de esa sociedad futura, con intrincados diálogos y muchas siglas que no tienen sentido alguno y acaban por hacer desconectar totalmente.

Le daim (Quentin Dupieux, 2019)

El director Quentin Dupieux se ha ganado cierto nombre y culto con rarezas como Rubber, y sigue en el buen camino para convertirse en el representante francés de lo raro con esta comedia negra sobre un hombre no muy en sus cabales que se obsesiona (mucho) con su chaqueta de ante, hasta el punto de querer ser la única persona que lleve chaqueta en el mundo. Un punto de partida tan absurdo solo puede tener éxito si se desarrolla de la misma forma, y Le daim triunfa llevando el humor surrealista a un límite tremendamente disfrutable. Una propuesta excéntrica, atípica y original con un genial Jean Dujardin absolutamente genial y Àdele Haenel (Retrato de una mujer en llamas) sumando puntos para convertirse en una de nuestras actrices francesas favoritas. Otra de esas películas a las que es mejor adentrarse sabiendo muy poco.

First Love (Takashi Miike, 2019)

Hace tiempo que se nos viene vendiendo esta película como una vuelta a la forma del prolífico director japonés Takashi Miike, después de pasar demasiados años centrándose en adaptaciones live-action de mangas y animes sin demasiado interés. Y afortunadamente, sus fans podemos respirar tranquilos: Miike ha vuelto y es de verdad. Leo, un joven boxeador que cree que le queda poco tiempo de vida, se ve mezclado en una trama de tráfico de drogas que enfrenta a los yakuza con las mafias chinas, situación que además le lleva a convertirse en el improvisado protector de una joven prostituta drogadicta (en el fondo, esta es una muy retorcida date movie). Miike sabe como nadie mezclar una historia tan cruda con el amor de juventud y la comedia más estúpida, que en esta ocasión alcanza puntos gloriosos. Lo hace con su estilo personal e inconfundible, mostrando siempre los bajos fondos y la decadencia del Japón menos amable, con un pulso y un nervio en la dirección que nos vuelve a recordar por qué es un maestro único en lo que hace. Rememorar aquella maravilla que fue Dead or Alive hace ya 22 años (también con música de Kôji Endô) solo hace que confirmar que el genio de Miike nunca se apagó, solo que se había entretenido en otras cosas.

Escrito por Daniel Andréu y Pedro J. García

Locke & Key: Puerta a la decepción

En Locke & Key Netflix aúna dos de los géneros que mejor le están funcionando últimamente: la fantasía y el drama adolescente. La primera temporada, estrenada en febrero, parece estar teniendo buena acogida entre la audiencia, tal y como indica la nueva función de la plataforma que nos desvela diariamente cuáles son los 10 títulos más vistos de su catálogo. Desde que se pusieron en marcha los top 10, Locke & Key aparece todos los días entre las series más vistas del servicio. Aunque como bien sabéis, “más vista” no implica necesariamente mayor calidad.

La premisa de Locke & Key es muy atractiva, sobre todo para los aficionados a la fantasía juvenil con toques oscuros para adultos. La serie se basa en las exitosas novelas gráficas de IDW escritas por el hijo de Stephen King, Joe Hill (autor de otras recientes adaptaciones como En la hierba alta NOS4A2), e ilustradas por Gabriel Rodríguez. La historia nos lleva a una misteriosa mansión en la que la magia depara tantas maravillas como peligros.

La familia Locke, formada por Nina (Darby Stanchfield) y sus tres hijos, los adolescentes Tyler (Connor Jessup, American Crime) y Kinsey (Emilia Jones, Horrible Stories) y el pequeño Bode (Jackson Robert Scott, el icónico Georgie del remake de It), se muda a la casa ancestral Keyhouse tras la misteriosa muerte de su padre, Rendell Locke (Bill Heck, La balada de Buster Scruggs), asesinado a sangre fría delante de ellos. Traumatizados por la experiencia, los Locke descubren que la mansión está llena de llaves mágicas con poderes únicos, que podrían estar relacionadas con la muerte de su padre y un misterio mucho mayor del que creían.

A medida que van descubriendo las utilidades de cada llave, los hermanos vivirán fascinantes aventuras más allá del entendimiento humano, pero también se meterán en problemas, sobre todo cuando un temible demonio con forma de mujer llamado Dodge (Laysla De Oliveira) despierta y hace todo lo posible por robarles las llaves para adquirir su poder y llevar a cabo sus retorcidos planes.

Los productores Carlton Cuse (PerdidosBates Motel) y Meredith Averill (La maldición de Hill House) toman este prometedor material para convertirlo en una serie que, tristemente, no está a la altura de lo que promete. Con una historia confusa y mal estructurada y chirriantes cambios de tonoLocke & Key acaba siendo demasiado infantil para el público adulto y demasiado terrorífica y compleja para los niños, encontrándose en un cruce en el que no tiene muy claro hacia dónde quiere ir.

Los diferentes elementos de la serie no se unen de forma cohesiva. El drama, la fantasía, el componente coming-of-age y el horror (descafeinado) chocan en una primera temporada que adolece de una fuerte crisis de identidad. Los capítulos también tienen un evidente problema de ritmo. Como le ocurre a muchas series de Netflix, los acontecimientos se prolongan o aplazan demasiado para rellenar episodios a los que les sobran minutos. Así, aunque la temporada tiene buenos momentos en los que la tensión aumenta y la historia avanza, la trama se desarrolla muy atropelladamente.

Tampoco ayuda que las reglas internas de su universo fantástico sean tan aleatorias. Da la sensación de que no saben muy bien cómo utilizar la magia para crear suspense y tramas emocionantes, dosifican la información y el uso de las llaves con poca lógica. Además, sus protagonistas toman decisiones estúpidas todo el tiempo, lo cual dificulta conectar con ellos. Con excepción de Bode (el pequeño), sin duda el mejor de los Locke, los personajes son superficiales, sosos o directamente irritantes, como en el caso de Kinsey. Y si al menos tuvieran un antagonista interesante… pero ni eso. Dodge no impone, no es tan amenazante como debería y Laysla De Oliveira se revela como una mala decisión de casting.

Locke & Key es decente por momentos y sirve para pasar el rato, pero no es suficiente. Su potencial está a la vista en todo momento, por eso resulta tan frustrante que no sea aprovechado. A pesar de puntuales destellos de inspiración, la primera temporada es desordenada y aun así predecible. Su fantasía recoge muchos referentes (hay mucho de Narnia, que por supuesto se lleva su guiño, CoralinePesadillas, La maldición de Hill House, Una serie de catastróficas desdichas y hasta Del revés), pero no toma una forma definida en ningún momento -parece buscar el asombro de Spielberg o Zemeckis, pero se queda lejos. Y su historia carece de sentido de la dirección, con abundantes incoherencias, subtramas adolescentes que no aportan nada y una estructura mal organizada.

Hay espacio para crecer en una segunda temporada, pero con esta introducción tan decepcionante, necesitarán una llave mágica para conseguirlo.

Onward: Magia, fantasía épica y amor fraternal

Pixar lleva 25 años elevando el listón del cine de animación, siempre a la vanguardia técnica y creativa. Sin embargo, recientemente, el estudio de Emeryville se ha centrado principalmente en las secuelas (con excepción de Coco en 2016), cosechando récords en taquilla, pero también dando la sensación de que su creatividad ya no era tan fértil como hace unos años y estaba jugando demasiado sobre seguro. En 2020, Pixar aparca las secuelas para estrenar dos películas originales, Onward Soul, repitiendo así lo que hizo en 2015 con Del revés El viaje de Arlo.

Mientras esperamos el regreso del visionario Pete Docter (Monstruos S.A., Up, Del revés) con Soul, el año de Pixar comienza con su película número 22, Onward, dirigida por Dan Scanlon, que debutó en el estudio con el corto de Cars, Mate y la luz fantasma y firmó su primer largometraje como director con la precuela Monstruos University. En esta ocasión, Pixar nos traslada a un mundo suburbano de fantasía en el que la magia ha quedado obsoleta debido al avance de la tecnología y criaturas mitológicas como elfos, minotauros, cíclopes, hadas y sirenas viven rodeados de las comodidades y los adelantos de la vida moderna, mientras que otras, como los unicornios, son tan comunes e indeseables como los roedores.

La historia se centra en dos hermanos elfos de caracteres muy opuestos, Ian y Barley Lightfoot (voces originales de Tom Holland y Chris Pratt), que se embarcan en una aventura para encontrar una gema mágica con la que completar un hechizo que les ayudará a pasar un día con su padre, quien falleció cuando los dos eran pequeños. Ian es un adolescente tímido y socialmente torpe que no se atreve a salir de su cascarón, mientras que Barley es todo lo contrario, un joven extrovertido y alocado que se pasa el día intentando que los demás recuperen el interés por la magia y yendo a todas partes en su amada furgoneta. Los dos emprenden un viaje a contrarreloj y lleno de peligros para ver a su padre, mientras su madre (Julia Louis-Dreyfus) les sigue la pista para protegerlos. La odisea de los Lightfoot servirá para que Ian se atreva por fin a vivir una aventura en la que aprenderá a usar la magia y salirse de su zona de confort gracias al apoyo de Barley, del que se había distanciado al hacerse mayor.

Siguiendo la estela de Frozen, solo que con hermanos en lugar de hermanas, Onward explora la familia y los lazos fraternales con la inteligencia y la sensibilidad que cabe esperar de Pixar, a la vez que homenajea la fantasía épica y el rol/RPG tipo Dragones y mazmorras o Zelda con grandes dosis de imaginación y creatividad. Por otro lado, en su historia también se pueden detectar ecos de Brave (el hechizo afecta al padre en lugar de a la madre en este caso), Zootrópolis (por el contraste humorístico entre los seres fantásticos y el mundo moderno), Indiana Jones y Los Goonies (adolescentes emprendiendo una búsqueda del tesoro llena de acertijos y trampas subterráneas), con un toque de Este muerto está muy vivo (en serio).

En general, la película está llena de buenas ideas, personajes divertidos (la Mantícora, voz de Octavia Spencer, es la robaescenas oficial) y un sentido muy desarrollado de la aventura, con estupendas escenas de acción y aprendizaje mágico siempre ligadas a la evolución y crecimiento de los personajes, así como un sentido del humor que, si bien no siempre llega a ser todo lo eficaz que debería, pone una sonrisa en la cara de principio a fin.

Se podría decir que Onward es 70% Disney y 30% Pixar. Esto no es necesariamente malo (los clásicos de Disney de la última década han subido mucho de nivel), pero a ratos se echa de menos en ella esa magia única que suelen tener las películas de Pixar. Aunque la idea de la que parte es muy buena (se inspira, por cierto, en la historia real del director, cuyo padre murió cuando él solo tenía un año), tiene mucho encanto y hay momentos memorables (la persecución en carretera, la escena del puente levadizo, las pruebas subterráneas), el desarrollo es más bien convencional y carece de ese componente que hace que las películas de Pixar se diferencien del resto. Al menos hasta que llegamos a los últimos veinte minutos.

Es en el acto final de Onward donde nos reencontramos con la magia del estudio del flexo en su máxima expresión. Esa capacidad para despertar emociones a flor de piel con una conclusión profunda y trascendental que resume a la perfección, incluso redefine y revaloriza, la historia que nos acaban de contar; una historia sobre amor fraternal que habla de la pérdida y la familia con sentimiento y madurez. Entre la acción épica y el drama más emotivo, Onward nos ofrece un desenlace precioso para sus personajes y nos deja con un bonito mensaje inspirador: atrévete a arriesgarte, a vivir una aventura. Al final, aunque parecía que no, Pixar vuelve a buscar la lágrima, y la encuentra.

A Onward le falta ese componente conceptualmente ambicioso de otras películas originales de Pixar, pero incluso siendo una de las entregas relativamente más modestas del estudio, tiene la calidad que se espera de ellos. Ni que decir tiene que visual y técnicamente es una maravilla (las texturas en los primeros planos son increíbles), además, cuenta con un guion muy sólido y termina con uno de los finales más conmovedores de su catálogo. Fusionando fantasía, aventura y drama coming-of-ageOnward no supone ninguna revolución (sería injusto pedírselo), pero nos recuerda que la verdadera magia de Pixar reside en saber contar historias con significado para todo el mundo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: La llamada de lo salvaje

Las películas con perro protagonista son un género en sí mismo, y además uno muy prolífico. Hay cientos y cientos de títulos centrados en “el mejor amigo del hombre”, y todos están cortados por el mismo patrón. Sin ir más lejos, el año pasado llegaron a las pantallas unos cuantos: Mi amigo EnzoUno más de la familiaTu mejor amigo: Un nuevo viaje. Está claro que este tipo de películas son rentables, ya que suelen costar poco y atraen a un público familiar muy amplio.

Este año se suma a la lista La llamada de lo salvaje (The Call of the Wild), film dirigido por Chris Sanders (mitad del tándem creativo que nos trajo Lilo & Stitch Cómo entrenar a tu dragón), basado en el clásico de la literatura escrito por el estadounidense Jack London. La historia gira en torno a Buck, un perro de gran tamaño y corazón que es arrancado de su hogar en California para ser utilizado como perro de trineo en las remotas tierras el Yukón en Alaska durante la fiebre del oro de los años 1890. Buck se convertirá pronto en el líder del equipo de canes encargados de entregar el correo, lo que le llevará a vivir una aventura en la que desarrollará una preciosa amistad con un hombre solitario (Harrison Ford, que también hace de narrador). Gracias a él, Buck descubrirá lo que es vivir siendo su propio maestro, lo que le llevará a encontrar su verdadero lugar en el mundo.

Más ambiciosa (y cara) que los títulos anteriormente mencionados, La llamada de lo salvaje presenta un híbrido de imagen real y animación por ordenador para dar vida a los animales de la película. Siguiendo la estela de El libro de la selvaEl rey león, Buck es una creación enteramente digital, al igual que el resto de perros que se encuentra en su aventura. Esto permite aumentar su expresividad a la vez que se evita utilizar a animales reales en el rodaje. Sin embargo, por mucha ventaja que suponga contar con perros CGI, el resultado final es irregular, por no decir desconcertante. Buck es un personaje divertido y entrañable, pero nunca resulta convincente como animal real. En todo momento salta a la vista que es una criatura digital, lo cual resta credibilidad y empatía, además de dificultar la suspensión de la incredulidad en las escenas de acción donde realiza hazañas más propias de una película de animación.

Si conseguimos acostumbrarnos a su inconsistencia visual y a la apariencia poco realista de Buck, La llamada de lo salvaje nos ofrece un pasatiempo familiar clásico bastante eficaz. Aunque hay bajones de ritmo, sobre todo en la segunda mitad del metraje, y en ocasiones se pasa de cursi y almibarada, la película cumple su propósito de entretener y emocionar, gracias en parte a la sinceridad y ausencia de pretensiones con la que está hecha. Y también a un divertido y emotivo Harrison Ford, que logra transmitir genuino cariño por Buck. A pesar de saber que el perro es digital, puedes sentir la conexión entre ambos, lo cual es un importante punto a favor.

La película cuenta con más actores humanos, entre ellos Omar Sy y Cara Gee, que interpretan a los dueños del trineo, Dan Stevens, que da vida al villano de la historia al más puro estilo Disney (caricaturizado y exagerado), y una Karen Gillan que tristemente aparece solo dos minutos, desaprovechando un talento polifacético del que sí han sacado partido el Universo Marvel y Jumanji. Sin embargo, el gran protagonista es Buck, quien aparece en varios pasajes sin intervención humana en los que da la sensación de que estamos viendo un film de animación; lo cual no es necesariamente positivo, ya que hace que parezca que hay varias películas distintas en una.

La llamada de lo salvaje es la clásica historia sobre un animal domesticado y maltratado por el humano que descubre la naturaleza y aprende a vivir por sí mismo; una película de corte navideño (por algún extraño motivo estrenada en febrero), que a pesar de ser uno de los proyectos heredados de Fox, parece una película 100% Disney. Con claros ecos a cintas animadas como BaltoTod y Toby (por momentos parece que estamos viendo un remake en acción real de la primera) y un espíritu atemporal, La llamada de lo salvaje no pretende inventar nada, solo proporcionar un refugio cálido y libre de cinismo para el espectador.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Queen & Slim: Un potente mensaje ahogado por un guion sin sentido

Con una fructífera carrera como directora de videoclips para Beyoncé, Lady Gaga o Rihanna y series de televisión (Insecure, Master of None) a sus espaldas, Melina Matsoukas debuta en el largometraje con Queen & Slim, road movie social escrita por la ganadora del Emmy Lena Waithe (Master of None) y protagonizada por Daniel Kaluuya (Déjame salir) y la revelación Jodie Turner-Smith, junto a Bokeem Woodbine (Spider-Man: Homecoming), Chloé Sevigny (Los muertos no mueren) y Flea (Identidad borrada).

Queen & Slim es la historia de un hombre (Kaluuya) y una mujer (Turner-Smith), los dos afroamericanos, que tras una primera cita se dirigen a casa cuando son parados por la policía. Lo que podría quedar en un incidente sin más acaba teniendo graves consecuencias cuando él dispara al oficial de policía en defensa propia. Preocupados por las posibles represalias, ambos deciden huir. Pero la escena ha sido grabada en vídeo desde el coche de policía y se vuelve viral. Mientras se embarcan en un peligroso viaje en carretera para escapar del país, encontrando numerosos aliados y desarrollando una profunda relación, la pareja se convierte en un símbolo de resistencia para la comunidad negra, víctima del trauma y la brutalidad policial en Estados Unidos.

Describir Queen & Slim como “la Bonnie & Clyde negra” es tan tópico y predecible como inevitable y acertado (la propia película hace ese mismo guiño). Alrededor de la idea de los amantes fugitivos, Matsoukas y Waithe construyen una historia muy potente sobre el racismo en Norteamérica en la que su mensaje llega alto y claro, en parte por la insistencia con la que se subraya continuamente. La película brilla en el aspecto visual, evidenciando la formación de Matsoukas en el videoclip y constatando su innegable sentido del gusto y fuerte personalidad estética. No cabe duda de que Queen & Slim tiene mucho estilo y actitud, sin embargo, la fuerza de sus imágenes se ve constantemente mermada por un guion más preocupado por el mensaje que por la lógica.

La historia empieza a cojear desde el primer momento en el que los protagonistas deciden huir de la escena del crimen. A partir de ahí, ambos toman un decisión estúpida tras otra, lo cual resulta aun más inverosímil si tenemos en cuenta que ella es abogada y consiguió absolver a una persona acusada de homicidio involuntario. Waithe fuerza constantemente los giros para llevar la trama por donde le interesa, abusando del deus ex machina (los personajes se salvan continuamente de las formas más fantasiosas) y descuidando detalles básicos, lo que resulta en un argumento lleno de agujeros narrativos y situaciones poco plausibles que dificultan la empatía con los protagonistas y restan impacto a la importante lección que quiere transmitir.

Queen & Slim nos habla de la violencia diaria a la que se enfrentan las personas negras en Estados Unidos, de la discriminación y el uso de perfiles raciales que condicionan sus vidas y los mantienen constantemente alerta por miedo a morir por una respuesta mal dada o a causa de un movimiento supuestamente sospechoso. Como decía, un mensaje muy valioso sin duda, pero aquí abordado sin apenas sutilidad y cayendo por momentos en lo maniqueo, lo cual contrarresta el notable trabajo de Matsoukas detrás de las cámaras. Tampoco ayuda un montaje atropellado y un metraje que se alarga en exceso, haciendo que tras una intensa primera parte en la que la directora maneja bien el suspense, la recta final se haga pesada y el impacto de su desenlace llegue demasiado tarde.

La idea de una comunidad ayudando a los fugitivos a escapar de sus opresores y en última instancia convirtiéndolos en héroes es muy buena, pero Waithe no sabe desarrollarla sin caer en lo obvio y lo machacón. A pesar de las excelentes interpretaciones de Kaluuya y Turner-Smith, su acertada fusión de thriller y romance y la más que solvente realización de Matsoukas, Queen & Slim se pierde en su afán de erigirse como película denuncia, manufacturando de forma muy autoconsciente su propio carácter icónico.

Pedro J. García

Nota: ★★★