Agentes 355: Los Ángeles de Chastain

David Lastra

James Bond, Ethan Hunt, Jason Bourne… Nuestro imaginario está repleto de modelos de conducta formados por hombres aguerridos, decididos y certeros. Señores bastante más listos que John Rambo y un pelín más estilosos e interesantes que el casposo de Jack Reacher. Hemos crecido viendo las aventuras de estos espías, soldados y/o agentes infiltrados y, aunque nuestras existencias no hayan tenido mucho en común, sus dogmas han quedado marcados a jierro en nuestros subconscientes. Tanto su tenacidad a la hora de buscar culpables, como su no muy velada misoginia.

Como un soplo de aire fresco, descendiente del girl power noventero, llegaron Natalie, Dylan y Alex. Nuestros Ángeles. Que aunque no inventaron la pólvora, sin ir más lejos ya habíamos tenido otros tantos Ángeles de Charlie un par de décadas antes, nos demostraron que las mujeres también eran capaces de pegar y saltar tanto o más que ellos. Mientras que los grandes popes del espionaje van adecuándose a los nuevos tiempos (progresa adecuadamente, señor Bond), sigue siendo necesaria y vital una representación de cintas de espionaje y acción protagonizadas por mujeres. Después del comercialmente fallido intento de hace un par de años por revitalizar la franquicia de Los Ángeles de Charlie por parte de Elizabeth Banks, llega la hora de Agentes 355, un proyecto capitaneado por Jessica Chastain (Los ojos de Tammy Faye) llamado a cubrir ese vacío que otras han intentado llenar.

Como si de una película-evento de Marvel se tratase, Chastain decidió reunir a alguna de las mejores y más queridas actrices de las últimas décadas, conformando un cóctel absolutamente comercial pero con cierto regusto indie. Sus fichajes, además de ella misma, fueron Lupita Nyong’o (12 años de esclavitud), Penélope Cruz (Madres paralelas), Fan Bingbing (Yo no soy Madame Bovary) y, sustituyendo a Marion Cotillard, Diane Kruger (En la sombra). El plato pintaba bastante bien, pese a contar con Simon Kinberg (X-Men: Fénix Oscura) en la dirección. 

Mace (Chastain) y Nick (Sebastian Stan, Soldado de Invierno en el Universo Cinematográfico de Marvel y que ya coincidiera con Chastain en el rodaje de Marte), son una pareja de espías de la CIA encargados de recuperar un maldito aparatito que podría poner patas arriba todo nuestro mundo. Como vemos, la premisa de Agentes 355 tampoco dista mucho de las mil y un aventuras que ya hemos visto (y veremos) del agente 007. Lo que debería haber sido un intercambio fácil entre un disidente colombiano (Edgar Ramírez, que también coincidió con Chastain en Zero Dark Thirty) y los americanos, se tuerce ante la intromisión de una agente de inteligencia alemana (Kruger) que sorprendentemente también tiene el mismo objetivo. La cosa se complica aún más cuando un ricachón sin escrúpulos (Jason Flemyng, Hierve) entra en la terna y con la llegada de una torpona agente colombiana (Cruz) que se ve envuelta en todo ello casi sin comerlo ni beberlo. Vamos, un jueves normal en la agenda de Ethan Hunt. 

Tras ese encuentro en París, Agentes 355 cumple otra máxima de las películas de espías: viajar a mil y un rincones de nuestro planeta. Pero en esta ocasión, sin caer tan estrepitosamente en momentos fuera de tono, como suele ser habitual en este tipo de producciones. La escena de Anthony Hopkins comentando el esa mezcla imposible de las Fallas y la Semana Santa de Misión: Imposible 2 quedará para siempre en nuestras retinas. Agentes 355 tiene más cuidado y mimo a la hora de tratar ciertos detalles culturales de los sitios que visita, lo cual se agradece. Como igualmente se agradece el tratamiento de la imagen del cuerpo de sus protagonistas. No huyendo en ningún momento de las curvas de sus protagonistas, pero sin caer en la perenne gratuidad y objetificación de la que suelen hacer gala este tipo de films.

Agentes 355 cumple uno por uno todos los requisitos del género. Tenemos romances y traiciones, dobles caras y falsos culpables, giros y redenciones, y una buena colección de escenas de acción de alto voltaje y mucha elegancia y glamour. ¡Hasta las tóxicas ansias de venganza son el motor de los acontecimientos! El reparto funciona bien tanto por separado, como cuando se juntan. Realmente, resulta un verdadero gustazo verlas interactuar juntas en un mismo plano… pero el resultado no llega a ser lo completamente satisfactorio que esperábamos, por la ausencia de un aspecto intangible, pero de vital importancia en una película: el alma.

A Agentes 355 le falta alma. Un aspecto que parece ser es marca de autor de su director, pero que se ve compensado en parte gracias al ímpetu de su reparto y, sí, voy a decirlo, sus buenas intenciones. Chastain acierta a la hora de mostrar una representación más amplia de lo habitual (a pesar de la elección de Cruz como colombiana) y un discurso feminista, ya sea de salón o no, que se agradece tenga cabida en una cinta mainstream como esta. Siendo estas dos razones, las verdaderas claves para que esta Agentes 355 esté siendo más vapuleada de lo normal, como en su día ya lo fueron los reboots de Los Ángeles de Charlie o Cazafantasmas. 

Nota: ★★★

El contador de cartas: Doble pareja de Oscar Isaac y Paul Schrader

David Lastra

Los años setenta fueron otro rollo. El Watergate, la crisis del petróleo, iconos como Elvis y Jim Morrison diciendo adiós para siempre y las calles de las grandes ciudades estadounidenses llenándose con los veteranos de la recién perdida guerra de Vietnam. Años de mugre, testosterona y violencia. Un caldo de cultivo perfecto para el advenimiento de la llamada segunda edad de oro de Hollywood. Una década en la que grandes hombres como Steven Spielberg (Tiburón), George Lucas (Star Wars. Una nueva esperanza) y Martin Scorsese (Taxi Driver) consiguieron unificar a crítica y público en el comienzo de sus carreras. Si bien los dos primeros optaron desde un primer momento por un cine de corte más comercial, el italoestadounidense se interesó más bien por captar los bajos fondos de la ciudad que tan bien conocía: la vida de los chicos duros de barrio. Una realidad captada en la excepcional Malas calles y que, un par de años antes, ya nos había introducido en ese juguetón (y a ratos sonrojante) homenaje a la nouvelle vague llamado Who’s That Knocking At My Door. Una constante temática que seguiría presente a lo largo de su opus (Uno de los nuestrosCasinoEl irlandés), y que llegaría a convertirse en su principal marca de autoría.

Ese estereotipo de hombre blanco heterosexual violento completamente destrozado emocionalmente por dentro que nos mostraba siempre en sus películas, encontró su máximo exponente en plena década de los setenta con el protagonista de Taxi Driver, Travis Bickle. Este putrefacto ser que ha marcado a varias generaciones, tanto de cinéfilos, como de incels (y de cinéfilos incels). Un deleznable personaje interpretado por un enorme Robert De Niro, moldeado a la perfección por Scorsese, pero ideado y escrito por un chaval que también estaba dando sus primeros pasos en esto del cine: Paul Schrader. Barriobajeros y fieles poseedores de una culpa cristiana inculcada a fuego lento durante sus infancias, Marty y Paul lograron complementarse a la perfección, con alguna que otra pelea de por medio como buenos hombretones, creando un poderoso tándem que nos trajo otras historias protagonizadas por machotes como Toro salvajeLa última tentación de Cristo o Al límite. Pero mientras que Scorsese se fue orientando hacia el academicismo más abierto con el paso de los años, Schrader siguió haciendo lo que mejor sabía hacer: tocar los cojones. Ahora nos llega su última machada hasta la fecha, El contador de cartas (The Card Counter), protagonizada por Oscar Isaac (A propósito de Llewyn Davis) y presentada curiosamente por el propio Marty. 

Violento y contestatario, Schrader ha sido uno de esos seres difíciles, obsesionados por retratar los aspectos más sórdidos del ser humano, acertando en varias ocasiones, especialmente al comienzo de su carrera con Blue Collar Hardcore, un mundo oculto, o en la incómoda Aflicción, y naufragando a lo largo de su madurez con olvidables títulos como The Canyons Como perros salvajes. Sorprendentemente, su estrella para con el (pequeño) gran público volvió a brillar hace un par de añitos con la incómoda El reverendo, con la que consiguió su primera nominación a los Oscar. Por lo que resultaba bastante sugerente descubrir las cartas para ver si Schrader seguía con su buena racha con El contador de cartas o iba de farol como en otras tantas ocasiones.  

Ya de primeras, Schrader cuenta con una buena mano, Oscar Isaac. Una mano dura con la que ya podríamos plantarnos. Decir que el guatemalteco está en su mejor momento es absurdo, porque Isaac lleva así desde que se puso delante de una cámara por primera vez. Este 2021 le hemos podido disfrutar como el icónico patriarca de los Atreides en la mastodóntica Dune y en uno de los grandes tour de force del año junto a Jessica Chastain en la miniserie Secretos de un matrimonio. Y como es habitual en él, en esta El contador de cartas dobla la apuesta, regalándonos otra interpretación para enmarcar. 

Su William Tell es uno de los machotes habituales en el cine de Schrader, con su hombría a mil por hora y con un complejo de salvador inusitado, al más puro estilo Jesucristo o Travis Bickle. Como esos dos personajes de ficción, Tell también lo ha pasado mal en sus años mozos, en su caso, participando como torturador en uno de esos centros de interrogatorios de la supuesta guerra por la libertad que Estados Unidos libró contra el estado islámico. Pero esos años han pasado ya, y Tell ya redimió oficialmente su deuda con la sociedad por su mal comportamiento con una buena estancia en la cárcel. Además de unas cuantas rarezas en su rutina, Tell ha aprendido a contar cartas. Una difícil práctica que le convierte en una especie de erudito para el blackjack y otros juegos de azar. A pesar de ese superpoder recién adquirido, él prefiere adoptar un perfil bajo, ganándose solamente unos pocos cientos de dólares a la noche y así no cabrear del todo a las casas de apuestas. Aunque esta situación cambia cuando una persona que remite a su pasado más oculto (Tye Sheridan, Ready Player One) se cruza en su camino, teniendo que dar un paso al frente y entrar en el gran circuito del juego, amadrinado por la legendaria La Linda (Tiffany HaddishPlan de chicas).

Isaac resulta inconmensurable a lo largo de todo el metraje, dotando a este William Tell del hieratismo y el magnetismo de otros iconos del universo Schrader. Aunque tampoco deberíamos obviar que este tipo de personajes que viven en el lado malo de la historia, son ciertamente la especialidad de Isaac, como ya nos había demostrado en El año más violentoEx_Machina o Drive, cinta bastante deudora de la obra de Schrader. Pero la verdad es que ningún intérprete actual sería capaz de levantar este papel sin caer en cierto histrionismo o en todo lo contrario, ser un verdadero cara de palo. Es él y solamente él, el que logra levantar y engrandecer un guion bastante pasado de rosca.

Obviamente, solo Paul Schrader podría hacer en 2021 una película como El contador de cartas y salir ileso, pero también es completamente innegable que sin la aportación de Isaac no estaríamos alabando tanto esta película. La presencia de Isaac logra que nos traguemos los mil y un giros locos de un Schrader completamente desatado, para nada recortado o supuestamente tergiversado como ocurrió con su infumable Caza terrorista. Pero eso también conlleva un pequeño problema: Isaac eclipsa a todo aquel con el que comparte escena. Aunque gracias a ello, también hace que no seamos tan conscientes de lo desubicados que están Haddish y Sheridan, o lo caricaturesco que resulta Willem Dafoe (El faro), el gran chico Schrader por excelencia. Tampoco se puede pasar por alto lo bien que le sienta el gris perla a Isaac, un color que parece haberse ideado para él, pero ese melón es mejor no abrirlo, porque ese aspecto daría por sí solo para una tesis doctoral.

El contador de cartas es otra muesca más en la filmografía de Paul Schrader engrandecida gracias a un Oscar Isaac que es mejor que una escalera real de color.

Nota: ★★★½

Being the Ricardos: Lucy y Desi según Aaron Sorkin

David Lastra

Bastantes años antes de que Friends se convirtiese en el happy place de varias generaciones, existía Te quiero, Lucy. La primera gran sitcom y base para todas y cada una de las series que nos han hecho reír a carcajadas desde entonces. Producciones como EmbrujadaLa niñeraRoseanne, Will y Grace o Los Simpsons, no serían las mismas (o no existirían directamente) sin Te quiero, Lucy. Su emisión paralizaba literalmente Estados Unidos, con un fervor y una fidelidad que haría palidecer a mastodónticos fenómenos fans de hoy en día como Juego de Tronos o la citada Friends. La rapidez en su ritmo, sus estúpidos gags de comedia física y su mala leche a la hora de acometer los estereotipos en sus chistes, la erigieron como la comedia favorita de todo un país durante años; haciendo que sus atípicos protagonistas, Lucille BallDesi Arnaz, se convirtiesen en verdaderas eminencias pop y moradores habituales de las columnas de crónica social de la época.

Pero no solo de humor vivía Te quiero, Lucy, estamos hablando de una de las primeras producciones televisivas que mostraba una pareja interracial en pantalla (Lucy estadounidense de pura cepa y Ricky Ricardo exiliado cubano), que se atrevió a mostrar (a su manera) un embarazo y hasta a tontear con el concepto del divorcio ante una sociedad extremadamente conservadora; revolucionó la técnica de grabación en televisión y convirtió a una mujer en la persona más poderosa del mass media estadounidense. Pero todo ese poderío pudo irse al garete en una sola semana: la semana en que Lucille Ball fue comunista. Aaron Sorkin (El juicio de los 7 de Chicago) vuelve a acercarse a otro pequeño gran episodio turbulento de la sociedad estadounidense en Being the Ricardos. 

El concepto de ser comunista se ha tergiversado desde mediados del siglo pasado, llegando a ser utilizado incluso como insulto por parte de partidos políticos ultraconservadores y sus seguidores filofascistas. La imagen del comunista como un demonio rojo comeniños puede parecernos hoy en día exagerada y chistosa, pero era un credo que seguía a rajatabla gran parte de la sociedad estadounidense (y mundial) durante las décadas centrales del siglo XX (y para algún que otro bobo en pleno siglo XXI). Fueron los años de la caza de brujas y del macartismo, la época en que cualquier guiño izquierdista cometido (o inventado por el comité) podía hundir la carrera de cualquiera. Ese fue el caso de Lucille Ball, la pelirroja más poderosa del Hollywood televisivo, que en pleno auge de su carrera fue acusada de ser roja, por una afiliación años ha en el Partido Comunista. ¿Eran ciertas las acusaciones? Sí, Lucille Ball tenía un abuelo socialista y comulgaba a pies juntillas con los derechos sociales y laborales de los trabajadores que este le inculcó, aunque el tema de la afiliación al partido fue más por simpatía a su yayo que por seguidora . Pero, ¿era realmente Lucille Ball comunista? No tanto, si incluso estaba casada con un disidente cubano. 

Aaron Sorkin nos introduce en el fabuloso imperio de Desilu, combinación de Lucille y Desi que daba nombre a la productora no solo detrás de Te quiero, Lucy, sino de otras series de culto como Star TrekMisión: Imposible y Los intocables. Vivimos las primeras lecturas de guion, los ensayos de cámara, el día de grabación… Vemos de primera mano los choques de egos entre el equipo de guionistas, los intérpretes, productores y patrocinadores. Una película sobre esta estresante monotonía ya sería interesante de por sí. Con sus subidones de adrenalina cuando una broma daba en la diana, sus bajonas cuando algo no termina de funcionar y con los incesantes rumores de adulterio por parte de Desi. Historia de la televisión y de interés para todo aquel que se considere un amante de la pequeña pantalla. Si a todo esto añadimos todo el componente político y el miedo a ser represaliado por el mismísimo gobierno estadounidense, deberíamos tener entre nuestras manos un clásico instantáneo en toda regla. Pero no, Being the Ricardos no llega a estar a la altura de las circunstancias. 

No es culpa en ningún momento de su reparto. Un cuidadísimo cast capitaneado por dos excelsos Nicole Kidman (Big Little Lies) y Javier Bardem (El buen patrón). Ambos logran no caer en los lugares comunes de recreaciones miméticas y protésicas de otros biopics de esta clase, y aportan dos visiones poderosas y diferentes. Kidman sabe dotar del punto agrio, depresivo y pasional de la Lucille que puebla los rincones del estudio de grabación y los grandes despachos, conjugándolo a la perfección con la payasa Lucy que vive entre las cuatro paredes del set. Por su parte, Bardem resulta arrollador como el huracán latino Desi. Es cierto que no es la primera vez que le vemos en este rol, pero su creación resulta completamente arrolladora gracias a su inigualable interpretación física y su tóxico magnetismo.

Igualmente acertados resultan J.K. Simmons (Whiplash) y Nina Arianda (El gordo y el flaco) como los actores que interpretan a Ethel y Fred, los vecinos de Lucy y Ricky; así como Alia Shawkat (Search Party) y Jack Lacy (The White Lotus), como guionistas, y Tony Hale (Veep), como productor de la serie. Este último trío merecería una película para ellos solos, ahondando en los peligros de ser guionista y/o productor en esta época. Podría ser un buen complemento a la olvidada Trumbo: La lista negra de Hollywood y una perfecta ocasión para volver a ver a Shawkat y Hale compartiendo pantalla tras sus años como sobrina y tío en Arrested Development.

El punto débil de Being the Ricardos supone el que debería ser uno de sus platos fuertes: la marca Sorkin. Como ya le ocurría en sus otras experiencias como director, Sorkin vuelve a caer en cierta grandilocuencia clasicista y ególatra que agota, en esta ocasión más que nunca. Porque aunque Being the Ricardos vuelve a contar con un par de grandes interpretaciones como en su día consiguiese con Jessica Chastain en Molly’s Game o el reparto coral de El juicio de los 7 de Chicago, en esta ocasión el guion no está a la altura, algo a lo que Sorkin no nos tiene acostumbrados para nada. Estamos ante una propuesta conservadora y pacata, que a pesar de ser ciertamente loable en alguno de sus aspectos (recalquemos una vez más a ese tándem formado por Kidman y Bardem, que es pura química), no llega a estar a la altura, ni de sus anteriores creaciones como guionista (La red socialEl ala oeste de la Casa Blanca), ni mucho menos de la propia leyenda de los personajes históricos en los que se basa. Le hubiese venido bien un poquito de vitameatavegamin al propio Sorkin para soltarse un poco el pelo como Lucy en el mítico episodio 30 de la primera temporada.

Nota: ★★★

[Crítica] The King’s Man: La primera misión

Pedro J. García

Kingsman: Servicio secreto fue una de las más gratas y salvajes sorpresas de 2014. El éxito de la película de Matthew Vaughn (Kick-Ass) puso en marcha un nuevo universo cinematográfico basado en el cómic de Mark Millar y Dave Gibbons, que continuó con la (inferior) secuela de 2017 Kingsman: El círculo de oro, y que ahora se expande con su primera precuela, The King’s Man: La primera misión, que narra el origen de la organización secreta alrededor de la cual gira la saga.

En lugar de ceder el testigo a otro cineasta para este desvío en la línea narrativa, Vaughn se encarga también él mismo del spin-off, que se remonta a principios del siglo XX para presentarnos al duque Orlando de Oxford (Ralph Fiennes) y su hijo, Conrad (Harris Dickinson), en la aventura fundacional que da lugar a la creación de la primera agencia de inteligencia independiente del mundo, Kingsman, a la que décadas más tarde pertenecerán Harry (Colin Firth) y Eggsy (Taron Egerton).

En su primera misión, los Oxford se enfrentan a un temible supergrupo formado por los peores tiranos y las mentes más malvadas de la historia, liderados por una figura misteriosa que mueve los hilos desde la sombra mientras se fragua un plan para acabar con millones de vidas. Con la ayuda de su inteligente ama de llaves, Polly (Gemma Arterton), y el fiel mayordomo Shola (Djimon Hounsou), esta Liga de extraordinarios caballeros ingleses tratará de desentrañar un peligroso misterio que los llevará a librar una batalla contrarreloj para detener a sus enemigos.

Aunque su recaudación fue casi idéntica a la de la primera entrega, la segunda Kingsman ya mostraba síntomas tempranos de agotamiento. Continuar la franquicia con una precuela, antes de darle al público Kingsman 3, no parecía a priori mala idea para dejar un poco de aire entre secuelas y que el público recibiera con más ganas el regreso de Harry y Eggsy. Sin embargo, es posible que The King’s Man provoque el efecto contrario y haga que el interés por la saga siga disminuyendo.

Y no es porque sea una mala película, sino porque esta zambullida en la mitología de la saga es mucho menos excitante y divertida de lo que podría haber sido, cayendo simplemente en lo correcto y seguro. Vaughn le da a la precuela un tono mucho más sobrio y dramático a la vez que intenta mantener las señas de identidad de la saga con exabruptos de violencia cómica, acción y momentos excesivos, dando como resultado un trabajo tonalmente confuso e inconsistente.

The King’s Man no termina de decidir qué película quiere ser. Hay destellos de las dos primeras entregas, hay un mini-drama bélico (muy 1917, y bastante potente, todo hay que decirlo) en mitad de la cinta, una película de James Bond, algún que otro atisbo de cine de superhéroes y una aventura pulp que promete diversión, pero solo se atreve a darla en su recta final. Y aunque tiene sus momentos inspirados, no logra encontrar el terreno común donde hacer converger todas esas aristas.

Donde The King’s Man brilla especialmente es en sus secuencias de acción, con excelentes coreografías y la habitual realización enérgica y contundente de Vaughn. Por otro lado, el reparto también cumple, especialmente un caricaturesco y excéntrico Rhys Ifans como Rasputin protagonizando el combate más divertido y surrealista del film (ya no es que él esté en otra película, es que directamente está en un cómic) y, sobre todo, un Ralph Fiennes en plena forma, alzándose como héroe de acción impecable y entregándose por completo a la propuesta.

El excelente trabajo de Fiennes y su absoluto dominio del personaje, tanto en su lado más dramático como en su vertiente sutilmente cómica, es lo que acaba elevando The King’s Man, una precuela fiel a la saga en su elegancia y estilo vintage, que sin embargo no tiene muy claro qué quiere ser o cuánto se quiere tomar en serio a sí misma. Pensándolo bien, si lo que querían era que echáramos de menos a Harry y Eggsy, lo han conseguido.

Nota: ★★★

West Side Story o cómo justificar el “remake” de un clásico inmortal

Pedro J. García

Adaptar un clásico como West Side Story era una locura. El film de 1961, basado en el famoso espectáculo de Broadway, es uno de los musicales más aclamados y emblemáticos de todos los tiempos, así como una de las películas más oscarizadas de la historia con 10 estatuillas. Nadie se atrevería a hacer un remake -o una nueva adaptación- de una obra maestra del cine. A menos que seas Steven Spielberg, claro.

El Rey Midas de Hollywood llevaba casi desde el comienzo de su ilustre carrera queriendo realizar un musical y West Side Story le ha dado la oportunidad de cumplir su sueño. La noticia de que el director de E.T. y La lista de Schindler se iba a encargar de la relectura moderna del venerado título teatral fue recibida con mucho recelo -el habitual ante cualquier noticia de remake, más un extra por ser la obra de la que se trata. Pero dudar de Spielberg a estas alturas es absurdo y el tiempo le ha dado la razón: su versión de West Side Story es una realidad y es una película sublime en todos los sentidos. 

A partir del guion del ganador del Tony y el Pulitzer Tony Kushner, Spielberg orquesta una portentosa y espectacular reinvención del clásico de Broadway que narra la historia de amor, inspirada en Romeo y Julieta, entre Tony (Ansel Elgort) y María (Rachel Zegler), que se desarrolla en el centro de una violenta guerra de bandas callejeras en las calles del Nueva York de los años 50. Los Jets y los Sharks vuelven a cobrar vida en una nueva versión de una disputa inmortal que, 60 años después, es más actual y relevante que nunca. 

West Side Story ya era una obra valiente y provocadora para su época, pero en 2021, su historia de violencia, inmigración y prejuicios cobra un sentido más oportuno, subrayando más fuertemente el mensaje que subyace bajo su guion y sus inolvidables canciones. Para justificar una nueva adaptación de West Side Story, era necesario actualizar su discurso y potenciar su conciencia social, labor que Spielberg acomete de frente y con mucha garra, quedándose muy cerca del original a la vez que añade cambios acertados que la hacen más afín a nuestros días.

Para ello, Spielberg mejora bastantes aspectos de la película de los 60, empezando por un reparto verdaderamente diverso y racializado (como todos saben, la original ha envejecido muy mal en ese sentido) y continuando con un libreto que ahonda más a fondo en lo que simboliza el conflicto entre Jets (estadounidenses blancos de origen europeo) y Sharks (inmigrantes portorriqueños, latinos y negros), especialmente en la Norteamérica post-Trump y pandémica, en la que el odio y la discriminación se expanden y se normalizan en un panorama fuertemente dividido. Y no solo eso, sino que esta nueva West Side Story refuerza los papeles femeninos y mejora considerablemente una subtrama de la original modernizando la historia de su personaje trans. Y todo sin caer en el trazo grueso, manteniéndose sutil y coherente con la era que retrata.

Es decir, y aunque suene a sacrilegio, la readaptación enmienda muchos errores de la película de los 60, una obra magnánima e incuestionablemente histórica, por supuesto, pero también de su tiempo, con todo lo que ello conlleva. Claro que el valor de la nueva West Side Story no se limita a su acertada labor revisionista, sino que cumple en todos los aspectos como película evento y musical: es un espectáculo perfectamente calibrado, filmado con la maestría técnica que esperamos de Spielberg y un reparto entregado al 150%, un trabajo técnica, artística y visualmente redondo que rehace el clásico sin faltarle el respeto en ningún momento.

Del elenco hay que destacar a la revelación Rachel Zegler, joven actriz de talento desbordante y futuro brillante que da vida a una María efervescente, llena de energía, fuerza e inocencia encantadora, y a dos secundarias que se hacen con cada escena en la que aparecen: el torbellino Ariana DeBose como Anita, simplemente arrolladora, y Rita Moreno (que ganó el Oscar por interpretar a Anita en la original), interpretando a un nuevo personaje, Valentina, que protagoniza un nuevo número musical con el que cierra un ciclo de 60 años de la manera más sobrecogedora y emocionante. Sin desmerecer a David Alvarez y Mike Faist, que encarnan con fuerza y convicción a los líderes de las bandas rivales. El único eslabón débil sería Ansel Elgort como Tony, que no da la talla en las escenas dramáticas, a pesar de tener una buena voz.

Por lo demás, todo en West Side Story está planeado y ejecutado a la perfección. La historia fluye, emociona y hasta divierte. Las canciones suenan mejor que nunca, insuflando nueva vida a las míticas composiciones de Leonard Bernstein y Stephen Sondheim; las coreografías del ganador del Tony Justin Peck son increíbles (lo de América es una barbaridad); y Spielberg vuelve a demostrar por qué es el rey de Hollywood, haciendo un uso magistral del espacio, la luz y la planificación para redibujar los momentos más icónicos del musical con una puesta en escena impecable, llevando así el espectáculo teatral al edén cinematográfico.

Su valentía y perseverancia se saldan con los mejores resultados. West Side Story es un homenaje hecho con el brío y la pasión que merece, un musical electrizante que encuentra la manera de rendir tributo al original manteniéndose muy fiel a la vez que lo retoca de la forma más respetuosa e inteligente para actualizarlo. Es decir, un remake que, para variar, nos invita a abandonar el cinismo y justifica con creces su propia existencia.

Nota: ★★★★½

[Crítica] Cazafantasmas: Más Allá – Relevo generacional

Cazafantasmas hace borrón y cuenta nueva. La emblemática saga fantástica regresó en 2016 con un reboot que no fue bien recibido (por decirlo de forma suave) y ahora, lo vuelve a intentar con una nueva entrega que hace como si aquella película nunca hubiera existido, tomando una nueva y clara dirección: hacia el pasado. Cazafantasmas: Más Allá recupera el espíritu de la primera película y funciona como homenaje y continuación directa, estableciendo un puente entre los 80 y las nuevas generaciones.

Desde que tuvimos noticias de ella, la película ha sido constantemente comparada con Stranger Things. Es más, cuando se publicó su primer avance, la popular serie de Netflix se volvió tendencia inmediatamente en Twitter. Lo cierto es que la comparación es lógica e inevitable. Aunque Stranger Things no inventara la nostalgia ni los 80, sí puso de moda cierta forma de encapsular el pasado para el público del presente, un estilo que también podemos detectar en Cazafantasmas: Más Allá.

Pero si bien es fácil hacer ese símil, no debemos olvidar quién está detrás de las cámaras. La película está dirigida por Jason Reitman (Juno, Young Adult), hijo de Ivan Reitman, el director de las dos primeras entregas. Y no solo eso, sino que según ha desvelado el realizador, su padre estuvo presente todos los días en el rodaje, supervisando el proyecto como productor y asegurándose de que Jason se mantenía fiel a lo que él creó hace 40 años. Es decir, aunque a veces pueda parecer lo contrario, este ejercicio de nostalgia es genuino y viene de primera mano.

Afortunadamente, aunque el reboot de 2016 (que siempre defenderé) no saliera como se esperaba, Cazafantasmas: Más Allá no sucumbe del todo a los trolls que se quejaron de que la película estuviera protagonizada por mujeres y pone al frente de su nueva generación de cazafantasmas a una niña: Mckenna Grace, el portento juvenil a la que hemos visto entre otras cosas en Un don excepcional, El cuento de la criada y haciendo de la versión infantil de muchos personajes (Capitana Marvel, Sabrina, Yo, Tanya, La maldición de Hill House).

Cazafantasmas: Más Allá es la historia de una familia formada por una madre soltera (Carrie Coon) y dos hijos, Phoebe (Grace) y Trevor (Finn Wolfhard, miembro de la pandilla de Stranger Things y línea directa con la serie de Netflix). Los tres se mudan a un pequeño pueblo donde descubrirán su conexión con los orígenes de los cazafantasmas y el legado que le han dejado. Phoebe es una niña extremadamente inteligente, amante de la ciencia y bastante torpe socialmente que, junto a su nuevo amigo, un chico aficionado a los podcasts llamado Podcast (Logan Kim), descubrirá qué la une a los cazafantasmas y se enfrentará a la llegada de viejos y nuevos espíritus, como antesala del cumplimiento de una inminente profecía que pone el mundo en peligro.

En Cazafantasmas: Más Allá, Jason Reitman establece un claro paralelismo entre la historia de Phoebe y su propia experiencia como director de la secuela. La película gira en torno a la idea de las nuevas generaciones recogiendo el testigo de las anteriores, y el propio Reitman ha expresado en más de una ocasión sus dudas a la hora de coger la mochila de protones y continuar lo que hizo su padre hace cuatro décadas. Pero ahí es precisamente donde el director encuentra la motivación para asumir el reto; ahí y en su hija de 12 años, que inspiró el papel de Phoebe. Es decir, tres generaciones unidas por una misma idea.

Ahora bien, que Cazafantasmas: Más Allá sea un homenaje lleno de cariño y nostalgia a la original no quiere decir que sea un mero copia/pega. Reitman se ha asegurado de respetar el legado de su padre con un trabajo lleno de cariño y reverencia hacia los Cazafantasmas originales, sin olvidarse de que en el público también estarán las generaciones posteriores a sus fans. De esta manera, Jason reproduce los compases de la primera película, pero le da un enfoque más juvenil y familiar con su nuevo equipo de Cazafantasmas, así como un empaque visual muy en línea con las franquicias actuales, llevando la saga hacia el futuro mientras mira el pasado por el retrovisor.

Uno de los grandes aciertos del film es sin duda el reparto. Ya he mencionado a Mckenna Grace, que básicamente lleva la película sobre sus hombros, y lo hace con la seguridad y el talento que, con tan solo 15 años, ya la caracterizan. Pero también hay que destacar a los mayores, una carismática Carrie Coon como la madre cool de los niños (qué poco la estás aprovechando, Hollywood) y el siempre encantador y simpático Paul Rudd como el divertido profesor de Phoebe. Los dos están tan bien y hacen tan buena pareja que uno se queda con ganas de verlos más.

Cazafantasmas: Más Allá saber qué teclas tocar para contentar al público de todas las edades. Es una película tremendamente divertida de principio a fin, con momentos cómicos verdaderamente inspirados y unos personajes por los que es imposible no sentir simpatía. Y por supuesto, el metraje está lleno de easter eggs para los fans de las películas originales, que se emocionarán al descubrir todos los guiños ocultos y no tan ocultos: la reaparición de populares fantasmas, una graciosa relectura del Hombre de Malvavisco (que ahora siembran el caos de forma adorablemente mini y en grupo), las mochilas de protones, los uniformes y el Ecto-1, desempolvados para servir a sus nuevos dueños, y cómo no, el regreso de caras míticas de la saga.

Ahí es quizá donde la película se tambalea ligeramente. Su recta final es una zambullida de cabeza en la mitología de las películas de los 80 y aunque no se puede negar lo emocionante que es, en cierto modo, acaba lastrando la historia. En el clímax, Cazafantasmas: Más Allá es cuando más se apoya en la nostalgia para buscar la reacción del espectador. Y lo consigue, pero es a base de machacar con su mensaje y con algún que otro regreso al que no se saca todo el provecho que debería. Por eso se recomienda apartar a un lado el cinismo y dejarse llevar, aunque le veamos las costuras.

Es fácil pasar todo eso por alto si pensamos que, en todo momento, el pasado en Cazafantasmas: Más Allá sirve principalmente para dar paso al futuro. Es decir, la secuela toma el relevo de la película original, de manera muy similar a lo que hizo Star Wars: El Despertar de la Fuerza hace unos años, homenajeando su historia para a continuación cedérsela a sus herederos. Con Mckenna Grace al frente de esta nueva generación de cazafantasmas y un universo lleno de posibilidades, este podría ser el nuevo comienzo que estaban buscando, uno que lleve a la saga, ahora sí, más allá.

Nota: ★★★½

‘Encanto’ de Disney: La magia de los Madrigal enamora

Pedro J. García

En 1937, Walt Disney presentó su primer largometraje animado, Blancanieves y los siete enanitos, marcando el principio de una larga historia de éxito, luces y sombras y transformación artística y social que llega hasta nuestros días, con la compañía dominando la industria del entretenimiento. 84 años después, Disney presenta el que es oficialmente su Clásico animado número 60, Encanto, una tierna y luminosa aventura inspirada en la cultura colombiana con la que el estudio nos invita a una gran celebración de la familia, llena de música, color y realismo mágico.

Encanto narra la historia de los Madrigal, una extraordinaria familia que vive en un precioso pueblo encantado de Colombia, donde un milagro los protege y obsequia a cada uno de sus miembros con un don mágico al hacerse mayores. A todos menos a Mirabel, la única persona de la familia sin poderes mágicos, una joven inteligente que mantiene su carácter optimista y bondadoso a pesar de sentirse subestimada. Cuando la casa mágica de los Madrigal empieza a resquebrajarse, Mirabel empieza a indagar en el pasado familiar para averiguar de dónde procede la amenaza, descubriendo que ella guarda la clave para impedir que su familia se rompa del todo.

Dirigida por Byron Howard y Jared Bush y codirigida por Charise Castro Smith, Encanto cuenta con canciones originales escritas por el omnipresente Lin-Manuel Miranda, compositor de Vaiana y creador de los musicales In the Heights y Hamilton. La música es sin duda uno de los elementos más importantes de la película, herramienta que Miranda usa no solo para dotar de un ritmo contagioso e incansable a la historia, sino también -y sobre todo- para caracterizar a los personajes, para mostrarnos el interior de cada uno de ellos, encontrando siempre la forma más elocuente e ingeniosa de hacerlo.

Y no son pocos. De hecho, aunque Mirabel es técnicamente la protagonista, el film tiene en realidad 11 personajes principales (12 si contamos a la casa, y debemos hacerlo). Hacer justicia a la familia al completo era difícil, pero Encanto supera el reto, dando a cada uno de los Madrigal su momento para brillar, ya sea mediante pequeñas escenas íntimas o grandes números dignos del mejor musical de Broadway (cualquiera que conozca la obra de Miranda, reconocerá en ella su estilo y señas de identidad). A través de sus personalidades, rasgos físicos diferenciadores y dones, los Madrigal componen un precioso, diverso y muy divertido mosaico humano en el que cada personaje es una estrella con luz propia.

Encanto sigue la estela de largometrajes recientes de la compañía como Frozen, Zootrópolis, Vaiana o Raya y el último dragón, que se cuestionan y reinventan lo que supone ser una protagonista Disney, adaptándose a los nuevos tiempos con valores de representación, empoderamiento y motivación. Mirabel no es una princesa, no es una heroína de acción, y tampoco tiene habilidades sobrenaturales. Es una chica normal y corriente en busca de su identidad y propósito, un importante recordatorio de que hay muchas formas de ser mágico y no hace falta ajustarse a lo que se espera de nosotros para ser especial, sino que puedes serlo eligiendo tu propio camino.

Y esa es quizá la palabra que mejor define a la película. Especial. Encanto es un auténtico derroche de fuerza creativa y espíritu. Dándole la vuelta una vez más a la estructura de los cuentos de hadas, en la película no tiene un gran villano al que derrotar, sino que el conflicto proviene del corazón de la familia. Como tampoco hay una gran odisea por el mundo, sino que la acción transcurre íntegramente en el pueblo y la casa, desarrollándose más bien como un viaje interiorEncanto explora las complicadas relaciones dentro de un clan numeroso que acoge a varias generaciones bajo un mismo techo para hablarnos, con honestidad y mucha emoción, de la presión familiar, el rencor y el peso de las expectativas en los más jóvenes, convirtiendo a Mirabel en un referente muy positivo para las nuevas generaciones (en lo que tiene mucho mérito el magnífico trabajo de Stephanie Beatriz poniéndole voz y personalidad).

Por eso, más allá de su increíble animación (lo que se espera del estudio), el detallismo de su puesta en escena y sus personajes (moldeados según los elementos más representativos de Colombia) y las expresivas canciones de Miranda, lo que hace que Encanto sea tan especial es su capacidad para ir más allá de la superficie y darnos lo inesperado, para salirse del camino establecido y trazar su propia ruta, la de Mirabel y la de los Madrigal, una familia con una vida interior llena de capas fascinantes. Así es como se convierte en la película más psicológicamente rica y compleja del Disney reciente.

Encanto destapa las grietas bajo la fachada de una familia para que nos miremos en ellas y nos pongamos en el lugar de esas personas que creemos conocer perfectamente, pero que quizá no nos estén diciendo todo lo que sienten, para así aprender a curar las heridas abiertas. El resultado es una película Disney que logra sorprender cuando lo creíamos saber todo de ella, que emociona, deslumbra y hace honor a su nombre, pero que, sobre todo, nos recuerda que ninguna familia es perfecta y la comunicación es la pieza esencial para mantenerla unida. En definitiva, un trabajo lleno de vida, magia y corazón que enamora, como los Madrigal.

Nota: ★★★★

Lamb: ¡La madre del cordero!

David Lastra

Exabrupto de origen cristiano que indica sorpresa y que hace referencia a Jesús, el cordero que quita el pecado del mundo. Pero eso tampoco hay que tomarlo al pie de la letra, porque el héroe de la novela más vendida de la historia no era una ovejita, sino un hippie amoroso y dadivoso que poco o nada tiene que ver con la imagen que aquellos que se hacen llamar sus discípulos quieren dar de él hoy en día. Todo lo contrario que en el caso de Lamb, la ópera prima de Valdimar Jóhannsson, donde podemos utilizar esa expresión tanto en su significado más figurado como en el literal, porque… ¡La madre del cordero!

Al igual que en la Biblia, en Lamb, la madre del cordero se llama María (Noomi Rapace, la Lisbeth Salander original de la saga Millennium y pieza clave del revival de Alien en Prometheus) y su vida, como la de la propia mujer del carpintero, orbita completamente alrededor de su vástago. Hasta entonces, María y su marido Ingvar (Hilmir Snær Guðnason) ocupaban la cima de la pirámide animalística de su casa. Debajo de ellos, el gato atigrado que vive junto a ellos dentro de la casa, aportando compañía y paz; después tenemos al perro, que cuida de todos ellos y vive en ese portalillo techado a medio camino entre el interior y el exterior; para encontrarnos finalmente, lo más abajo posible, a las ovejas y los carneros que, como muestra de servidumbre, ocupan su sumiso lugar en el pajar. Pero, con el advenimiento de Ada el día de Navidad, todo ese orden natural cambia radicalmente. Ahora ella es la niña de sus ojos. El verdadero centro del universo. Un nuevo orden que no se verá perturbado ni por la llegada de Pétur, el hermano de Ingvar (Björn Hlynur Haraldsson, The Witcher), ni por la presencia de la propia madre biológica, la cual realiza una de las mejores interpretaciones de la cinta gracias al poderío de Jóhannsson detrás de la cámara.

Con un ritmo pausado, casi detenido (de ahí que no nos sorprenda en ningún momento el crédito como productor del mismísimo Bela Tarr o la aparición de Carlos Reygadas en los agradecimientos), Jóhannsson disecciona las ansiedades que algunas parejas tienen por procrear y cuidar de los suyos cueste lo que cueste. Un aspecto que ya trató en su cortometraje Harmsaga, aunque en esa ocasión se centraba más en la pérdida que en la llegada del ser querido. Lamb asalta ese drama desde la óptica y las normas de un realismo mágico. Un pequeño y constante WTF que atrapa desde el primer momento, extrañándonos y haciéndonos partícipes de una relación supuestamente antinatural, pero que aceptamos (y llegamos a envidiar) sin ningún tipo de remilgo. 

Una propuesta completamente extrema que solo podría estar ambientada en un lugar que no es de este mundo: Islandia, la tierra mágica por excelencia. Si Ada hubiese nacido en España, su apacible infancia se hubiese convertido en una suerte de Lazarillo de Tormes, para acabar convirtiéndose en una adolescente rara como la Andrea de Nada, pero con pelliza incorporada… Si es que no claudicase antes como la propia Milana de Los santos inocentes. Pero no, por suerte, Ada es islandesa y su familia la ama con absoluta y completa devoción.

El narrador de esta fábula es Sjón, escritor/poeta/dramaturgo islandés y cocreador de alguna de las letras más mágicas de la cantante Björk, como son Isobel, Bachelorette, Jóga u Oceania. No es la primera vez que Sjón se adentra en el cine, ya hizo sus pinitos participando en el libreto del tumultuoso musical Bailar en la oscuridad junto a la propia Björk, y ha escrito recientemente el guion de The Northman, la próxima película de Robert Eggers (La bruja, El faro), en la que también casualmente aparecerá también la cantante islandesa.

La peculiar grafía de Sjón y el temple de Jóhannsson consiguen captar y traducir esa carga poética inherente de la madre naturaleza. Tan bella y absurda, como radical y violenta. Convirtiendo a Lamb en una obra que se rige más por las normas de los cuentos y las leyendas del folclore o a las de las rimas infantiles, que a las cinematográficas.

Nota: ★★★★

‘Última noche en el Soho’, la hipnótica pesadilla londinense de Edgar Wright

Edgar Wright y la palabra “culto” van de la mano. El realizador británico está detrás de la venerada Trilogía del Cornetto, incluida la influyente Shaun of the Dead (responsable de revitalizar el género zombie desde la comedia), la gloriosa adaptación de Scott Pilgrim contra el mundo y la reciente Baby Driver, con la que demostró que es uno de los cineastas más creativos y eclécticos de su generación.

Su flamante nueva película, Última noche en el Soho (Last Night in Soho), continúa esta senda de exploración de los géneros sin perder su sello de identidad y desbordante energía artística. Wright se sumerge de lleno en el terror psicológico con una enigmática historia que nos lleva en un alucinógeno y extraño viaje a caballo entre pasado y presente, amasando referentes diversos del cine de terror para construir una obra con voz propia que supone una sobresaliente incorporación a su estimable filmografía.

La película nos presenta a Eloise (Thomasin McKenzie), una joven y naíf aspirante a diseñadora, apasionada de la década de los 60, que se muda de su pequeño pueblo rural a Londres para asistir a la escuela de moda. Su nueva vida en la gran ciudad resulta ser mucho menos idílica de lo que imaginaba, a lo que se suman sus crecientes problemas psicológicos. Una noche, Ellie se transporta misteriosamente desde su habitación a los 60, donde conoce a una deslumbrante cantante, Sandie (Anya Taylor-Joy), que sueña con hacerse famosa. Lo que comienza como un sueño retro de glamour se acaba tornando en una horrible pesadilla en la que Eloise descubrirá que su época favorita no es lo que parece, y cuyo viaje en el tiempo tendrá consecuencias trágicas en el presente.

Con su nuevo trabajo, Wright orquesta un fascinante juego de identidades y espejos para hablarnos de las consecuencias -en este caso funestas- de idealizar el pasado. Para sorpresa de nadie, al director británico también se le da excelentemente el terror y en cada uno de los (bellísimos) planos que conforman el film se puede respirar el amor que siente por el género. La película es un claro homenaje al giallo italiano -concretamente a Suspiria– en el que también se pueden detectar trazas del cine de Alfred Hitchcock y David Lynch (imposible no acordarse de Mulholland Drive), con una pizca del retorcido universo de neón de Nicolas Winding Refn (The Neon Demon).

Última noche en el Soho atrapa desde el primer momento y no te suelta hasta llegar a su (seguramente divisiva) recta final. La impecable ambientación y puesta en escena de Wright nos invita a zambullirnos en su sugestivo e inquietante universo para vivir en primera persona el misterio, pero es la dupla McKenzie/Taylor-Joy lo que termina enamorando por completo. La actriz de Gambito de Dama resulta tan magnética e irresistible como siempre en su papel de starlette/femme fatale (y también canta bien, por supuesto), pero aquí la protagonista es McKenzie, que ya apuntaba maneras en Jojo Rabbit Tiempo. Su trabajo como Ellie es simplemente redondo, una mezcla perfecta de inocencia, vulnerabilidad e imprevisibilidad que no nos deja aparar la mirada. Una estrella en ciernes.

Y el reparto secundario tampoco desmerece precisamente, empezando por un seductor Matt Smith (Lost River) como el manager de Sandie, continuando con Michael Ajao como el adorable (y un poco stalker) amigo de Ellie y Synnøve Karlsen, que interpreta a Jocasta, compañera de clase y chica mala alfa a quien resulta tremendamente divertido odiar; para terminar con una sublime Diana Rigg, que nos regala con su enorme presencia otro papel para el recuerdo, en el que es su último trabajo en el cine tras su triste fallecimiento en 2020.

Con una banda sonora perfecta (no sería Wright si la película no tuviera la mejor selección musical posible), un diseño de vestuario de ensueño y una detallada y efervescente recreación del Londres de los 60, la película se presenta como una elegante y divertida fantasía aspiracional para convertirse poco a poco en un delirante y siniestro descenso a los infiernos, salpicado de sangre, violencia y visiones fantasmagóricas; una parálisis del sueño psicodélica e hipnótica que golpea fuerte.

El diablo viste de Prada en versión cine de medianoche, terrorífico cuento de fantasmas y demonios psicológicos, una Alicia en el País de las Maravillas moderna, relato de viajes en el tiempo a lo The Twilight Zone, un perverso cuento con moraleja sobre los peligros de la nostalgia… Con Última noche en el Soho, Wright propone una fusión de ideas y géneros que encajan como las piezas de un puzle, sobre todo gracias a su visión unificadora y su impecable dirección, en la que no hay margen para la imperfección, y donde su manejo de los códigos del terror es tan sólido como su ojo para la estética y el ritmo.

Todo eso, sumado a la originalidad de la propuesta y la estupenda labor del reparto, hacen de Última noche en el Soho una de las películas más estimulantes del año, un viaje, en el sentido más psicotrópico y cinematográfico de la palabra, del que es difícil despertar. En otras palabras, un futuro clásico de culto.

Nota: ★★★★½

Spencer: Retrato de una mujer en llamas

David Lastra

31 de agosto de 1997. Toda persona occidental mayor de treinta años sabe dónde y qué estaba haciendo en el preciso momento en que las televisiones emitieron la noticia del fallecimiento de Lady Di. En mi caso, estaba de vacaciones familiares en Isla Cristina y recuerdo a la perfección las voces de sorpresa de nuestros amigos onubenses, el oscuro Mercedes Benz W140 Clase S hecho un guiñapo, las infografías de las dichosas columnas del Puente del Alma y mi extrañeza ante la muerte de un personaje que rozaba un status legendario, más bien literario en mi cabeza.

Porque puede que Diana Spencer no fuese el centro de mi vida pero tenía mi simpatía, gracias a su postura rebelde ante la monarquía, su labor altruista y su recién adquirida libertad. De las semanas posteriores recuerdo las imágenes de Guillermo y Harry en las ofrendas florales, el omnipresente Candle in the Wind y las mil y un conspiraciones en búsqueda de culpables. Por un lado teníamos a los que acusaban de la existencia de una garra ejecutora y vengativa que seguía los oscuros deseos de la mismísima Reina de Inglaterra, también estaban aquellos que juzgaban al chófer supuestamente empastillado o a los que condenaban a los malditos paparazzi como mayor escoria del universo.

Esa gran maquinaria de la basura mediática se topó de buenas a primeras con el que terminaría siendo uno de sus grandes hitos de la historia: el fallecimiento de una princesa en un accidente de tráfico; y, como tal, supieron exprimir la tragedia hasta la extenuación. Aunque hayan pasado casi veinticinco años del trágico suceso, la figura de la Princesa del pueblo sigue siendo objeto de polémica cada vez que asoma, ya sea en el sabor a déja vù que ha dejado el abandono de la Familia Real por amor por parte de Harry o por la lectura y el tono de su personaje histórico en la serie The Crown… y aunque haya pasado tanto tiempo, todavía no se había sabido captar al 100% la esencia de Diana en pantalla hasta ahora. Han tenido que llegar Kristen Stewart (Personal Shopper) y Pablo Larraín (Ema) con Spencer para hacer justicia no tanto al personaje histórico que conocimos a través del papel cuché, sino a la esencia real de la mujer que se escondía tras el mito.

Nos acercamos a Diana (Stewart) únicamente durante tres jornadas de su monótona y rutilante existencia como Princesa de Gales. Poco importa que esos días sean en plena Navidad, porque la agenda sigue siendo igual de apretada y desquiciante que durante sus días laborables. Lo que sí que varía un poco es el desdén hacia su familia política. Un asco mutuo que, como en los mejores hogares, aumenta y se hace aún más palpable en esos días de fiesta.

Conocemos a la Diana rebelde, la tardona, la que se pasa por el forro la etiqueta de vestuario; pero también a la Diana rota, la que tiene trastornos alimenticios, la que sufre en silencio los cuernos que le pone su marido (Jack Farthing, Poldark) o los desaires altivos de la Reina (Stella Gonet, Mi vida ahora). Conocemos a la Diana de las pequeñas cosas, no la retratada por los flashes, pero sí la maltratada por ellos. Spencer es el retrato de una mujer en llamas. Una mujer con un gran problema: querer amar y ser amada, pero que está buscando (o le han impuesto) el amor en el lugar equivocado. Únicamente encuentra atisbos de ese sentimiento la Diana que juega con sus hijos (Jack Nielen y Freddie Spry), la que cuenta chismes a su ayuda de cámara y confidente (Sally Hawkins, La forma del agua), la que atraca la nevera real a horas intempestivas o la que hace pequeñas escapadas a la casa de su infancia.

Pero, ¿qué es verdad y qué es mentira en Spencer? ¿Qué ocurrió realmente y qué es producto de las musas? Poco importa, porque Larraín no pretende ser el biógrafo definitivo de Diana, ni mucho menos Steven Knight (Locke, Promesas del Este) su hagiógrafo. Ya conocemos las trazas del realizador chileno a la hora de abordar un personaje o hecho histórico. Lo hemos comprobado en la (no) película sobre Pablo Neruda (Neruda), en su cinta el plebiscito sobre el dictador Pinochet (No) o, especialmente, en Jackie, el potente retrato intimista sobre la gran Primera Dama estadounidense, en el que Natalie Portman (Cisne negro) nos regaló la mejor interpretación de su carrera.

Como en este último caso, Larraín huye del tratamiento de biopic rancio y de los tejemanejes de los docudramas sensacionalistas, para abordar al personaje de Diana como si de una fantasmagoría se tratase. Spencer se mueve en terrenos de la duermevela. Puede que sus personajes y eventos estén basados en la realidad, pero sus leyes y tiempos se rigen bajo el reglamento y la fragilidad de los sueños. Diana habita en un no lugar repleto de caras conocidas y sus pensamientos no saben discernir entre pasado, presente y futuro como si de un sueño o una pesadilla se tratase. Porque Spencer es eso, una venenosa pesadilla que te atrapa para siempre, pero a su vez es un sueño ligero, un verdadero cuento de princesas de esos que se cuentan antes de ir a dormir, que te libera y te cuida el alma durante la noche. 

Sea o no recompensado con el Oscar, el trabajo de Kristen Stewart será recordado para siempre. Sus silencios, sus one-liners, sus lágrimas, sus medias sonrisas… Su interpretación es una clase actoral magistral y un ejemplo de cómo acometer un personaje tan icónico como Lady Di y no morir en el intento. Cada uno de sus mohines es una aguja que se clava en el alma del espectador. Stewart logra transmitir a la perfección tanto la supuesta fragilidad de Diana como mujer sufriente miembro de alta alcurnia, como las ansias de libertad de la mujer rebelde que haría cualquier cosa por los suyos y por ella misma.

Memorable es la química que destila tanto con esa preciosa robaescenas llamada Sally Hawkins, como con sus hijos. Sus pequeños juegos a escondidas resultan un alivio descomunal, tanto para ella y los críos, como para nosotros como espectadores. A través de su Diana, nos da la sensación de conocer con mucha más profundidad a la verdadera mujer, a la que solo lográbamos atisbar detrás de la máscara de Lady Di. Simplemente porque la Diana de Stewart no es la Princesa de Gales, sino Diana Spencer, la niña mimada de otra familia inglesa de gran abolengo, en cuyas ramas genealógicas podemos encontrar al mismísimo Churchill y (se dice, se rumorea, se inventa) Ana Bolena.  Aunque resulte absurdo decirlo a estas alturas, Kristen Stewart vuelve a demostrar que es una de las mejores intérpretes de su generación, algo que ya había bien claro especialmente en sus trabajos junto a Olivier Assayas (Viaje a Sils Maria o Personal Shopper, por la que ganó un César a mejor actriz secundaria), pero que nunca habrá que dejar de alabar.

Para construir ese ambiente de duermevela, Larraín se rodea de un, valga la redundancia, dream team. Además de un reparto de lujo (no sería justo olvidarnos de un grandioso Timothy Spall, Mr. Turner, como el saborío avinagrado mayor del reino) y a Knight en el libreto, tenemos en las labores de fotografía a Claire Mathon (Retrato de una mujer en llamas), mano derecha de Céline Sciamma (Petite maman) que logra en Spencer su mejor trabajo (y ya es decir) hasta la fecha; repite Sebastián Sepúlveda (Ema) como montadora; la institución Jacqueline Durran (Mujercitas) se encarga del vestuario; y Jonny Greenwood (Pozos de ambición), uno de los cerebros de Radiohead y chico Paul Thomas Anderson (Licorice Pizza), sustituye a Mica Levi (Jackie) en el apartado musical. Un engranaje perfecto que se ve sublimado aún más en el tramo final del film y especialmente en esa arriesgadísima explosión poética final. Un clímax de arrebatadora belleza que ocupa desde ya un lugar privilegiado tanto en nuestras retinas cinematográficas como en nuestros corazones.

Spencer es la obra definitiva sobre Diana. Un canto (grito) de amor y libertad ante las ataduras de las apariencias y la toxicidad del ser humano. Ya solo nos queda esperar quién será la elegida para cerrar el tríptico de biografías, aunque el ansia nos hace soñar con un crossover de corte utópico entre Jackie O y Lady Di librando al mundo de la masculinidad tóxica. Por pedir que no quede.

Nota: ★★★★★

‘Ron da error’ se adhiere a la fórmula Disney con éxito matemático

Bajo el sello de 20th Century Studios y la producción de Locksmith Animation, Ron da error (Ron’s Gone Wrong) es la primera película de animación del estudio adquirido por Disney que se estrena desde la desaparición de Blue Sky Studios en abril de este año. El film, dirigido por Sarah Smith y Jean-Philippe Vine, con Octavio E. Rodríguez como codirector, propone una aventura para toda la familia que aborda las nuevas tecnologías para contar un relato de amistad y crecimiento muy en la línea de los títulos más modernos de la Casa del Ratón.

Esta comedia de acción cuenta la historia de Barney (voz en inglés de Jack Dylan Grazer, Luca, We Are Who We Are), un adolescente tímido con problemas para socializar cuya familia tiene dificultades para llegar a fin de mes. El lanzamiento de un nuevo dispositivo digital de la todopoderosa compañía Bubble revoluciona el mundo y su onda expansiva llega al instituto de Ron, donde todos, menos él, tiene ya su nuevo B-Bot, un “mejor amigo listo para usar” que anda, habla y cuenta con todos los últimos avances tecnológicos.

En la era de las redes sociales, el B-Bot se convierte en una manera divertida y fácil de interactuar con el mundo a través de Internet, y no tener uno es básicamente lo mismo que ser un marginado. El padre de Ron no puede permitírselo, pero para hacer feliz a su hijo, le regala una unidad defectuosa que ha conseguido en el mercado negro. Así, Ron ya puede presumir de tener su propio B-Bot, al que llama Ron (voz de Zach Galifianakis, Baskets). Ron no le hace caso en nada y el caos los sigue allá donde va, sin embargo, su mal funcionamiento es lo que acaba desmarcándolo en un océano de clones robóticos, lanzándolos en un viaje donde Barney aprenderá sobre la amistad verdadera y hará una conexión muy especial para siempre.

Ron da error se construye como la clásica aventura protagonizada por un niño y su mejor amigo fantástico, ya sea una criatura mágica, un extraterrestre o como es el caso, un robot. Viéndola, es inevitable acordarse de muchos títulos de los que bebe directamente, desde las clásicas E.T. o El gigante de hierro a las más recientes Big Hero 6 (Ron es muy similar a Baymax) y, sobre todo, Los Mitchell contra las máquinas, con la que es muy difícil no compararla, tanto por cercanía como por las muchas coincidencias entre sus argumentos. Todo esto provoca una sensación de déjà vu que en ocasiones juega en su contra y subraya su escasa originalidad.

Eso sí, siguiendo la estela de Disney y Pixar, la película encuentra ese equilibrio perfecto con el que se fabrica un producto para niños sin descuidar a los adultos como espectadores. Por momentos se hace muy evidente que estamos ante una de esas películas de Hollywood hechas a bases de estudios de mercado y algoritmos (de hecho, no duda en aprovechar la sinergia con Disney para promocionar Marvel o Star Wars a través del B-Bot, que tiene disponibles skins de las diferentes franquicias de la compañía, algo parecido a lo que hizo recientemente Free Guy). Pero a pesar de eso, o quizá incluso gracias a ello, acaba funcionando a las mil maravillas como entretenimiento para toda la familia, aunque la fórmula quede demasiado a la vista.

Ron da error destaca sobre todo por su ritmo y su contagioso sentido del humor, brillando especialmente gracias a Ron, una simpática creación que, si bien no resulta revolucionaria en ningún sentido, está repleta de hallazgos cómicos y una química muy bien desarrollada con el protagonista. Si acaso, lo que empaña el conjunto y en cierto modo anula su mensaje sobre la amistad, la comunicación y la diferencia es su contradictorio discurso sobre la tecnología.

La película se empeña en subrayar la importancia de la amistad y la conexión fuera de las redes sociales y parece realizar una crítica a la hiperconectividad que vivimos en nuestros días y lo enganchados que estamos a las redes sociales y las nuevas tecnologías, así como a la avaricia deshumanizadora de los gigantes tecnológicos, pero se contradice a sí misma al reafirmar al B-Bot como el objeto que todos los niños quieren y necesitan en sus vidas. Se puede sentir en ella la tensión entre querer lanzar un mensaje a favor de la amistad “analógica” y la necesidad de vender merchandising de Ron, por lo que la película se acaba quedando a medias en su reflexión.

Sin embargo, ese es el mayor error que da Ron. Por lo demás, su funcionamiento es casi impecable. Es como un B-Bot recién sacado de su caja, resplandeciente, precisa y complaciente, una película hecha para agradar y divertir que consigue su cometido, dejándonos momentos entrañables, un colorista e imaginativo acabado visual y en Ron una simpática y graciosa nueva creación para conquistar a los niños -y no tan niños. Aunque se quede por debajo de las tecnoaventuras hermanas de Big Hero 6, WALL-E o Los Mitchell, Ron da error cumple en las funciones para las que fue programada y pone muy difícil no dejarse llevar por sus encantos digitales.

Nota: ★★★

[Crítica] Madres paralelas: Todo por la matria

David Lastra

Adivina, adivinanza. Más vieja que la esperanza. Más común que la achicoria. Ella es… la desmemoria. Esa falta de memoria es uno de los grandes males endémicos que aquejan, en mayor o menor medida, a todos los que poblamos esta nuestra querida España. La desmemoria es un arma de tergiversación masiva, la bomba de desinformación definitiva. Es tan peligrosa que sirve tanto para acallar y desprestigiar voces disidentes actuales, como para destruir evidencias y hasta la mismísima existencia de comunidades enteras. Además, alimentar y mantener dicha desmemoria no conlleva mucho trabajo. Solo hay que dejarse llevar, no informarse y abrazar uno de los mayores opios del ser humano: la nostalgia. Puede que ambas operen en dimensiones temporales similares, pero mientras que la memoria exige cierto trabajo, la nostalgia embriaga y empacha sin necesidad siquiera de masticar. Por si fuera poco, la nostalgia y la desmemoria son buenas compañeras y pueden llegar a tener vástagos tan peligrosos como es la nueva corriente de nostalgia reaccionaria que asola actualmente a parte del espectro político, a gran parte de los nuevos columnistas de opinión que copan las grandes rotativas y a ciertas escritoras de moda incluso en ciertos ambientes que se hacen llamar de izquierdas. Un revisionismo que apesta a propaganda tardofranquista y que idiotiza y ahoga la verdadera esencia del aprendizaje a través del pasado o la tan prostituida palabra libertad. Ante este desolador panorama, se agradece la realización de discursos artísticos directos que traigan a primera línea aspectos de nuestro pasado a través de la óptica crítica de la memoria, como es esta Madres paralelas, la nueva película de Pedro Almodóvar.

Perfectamente integrada en trama de Madres paralelas, el de Calzada de Calatrava realiza un acto de justicia poética para con las miles de víctimas asesinadas por las tropas rebeldes franquistas durante los años de la Guerra Civil que, a día de hoy, siguen yaciendo sin identificar en nuestras cunetas. Almodóvar capta a la perfección la congoja de los familiares que, a pesar de contar con información fehaciente de la localización y la identidad de las víctimas, no han logrado enterrar o despedirse de sus muertos por culpa del empuje de la desmemoria que habita en las administraciones más conservadoras. Por culpa de aquellos que anteayer aplaudían el ‘atado y bien atado’ y que hoy promueven el ‘mejor no remover el pasado’. Ante esa impunidad, Madres paralelas nos presenta una situación realista en la que vivimos paso a paso y casi de manera didáctica, los pasos administrativos a realizar para llevar a cabo la exhumación de manera oficial de una fosa. Igualmente, además de unos cuántos consejos a la hora de realizar la tortilla de patatas perfecta, nos llevamos más de una argumentación sublime de cara a responder a todos aquellos negacionistas y/o equidistantes que atacan la Memoria Histórica con su cateta desmemoria.

Pero el Almodóvar más político de su carrera no pierde de vista al Almodóvar más melodramático, y en Madres paralelas nos trae una de las historias más enrevesadas y excesivas que hemos podido ver en su cine. La historia de Janis (Penélope CruzJamón jamón) y Ana (Milena Smit, No matarás), dos madres primerizas que abordan el parto de sus hijas de dos maneras muy diferentes: con alegría desbordada la primera y con un conformismo supino la segunda. Con el paso de los meses, las dos madres seguirán sus existencias independientemente, hasta que el destino le juegue una mala pasada y todo termine patas arriba, dando lugar al verdadero drama p̶a̶d̶r̶e̶ madre. Un conflicto más propio de cualquier película centroeuropea que pueblan las sobremesas televisivas pero que, bajo el objetivo almodovariano, emociona y agobia a partes iguales.

Gran parte de la culpa de que Madres paralelas sea una experiencia devastadora es gracias al descomunal trabajo actoral de Penélope Cruz y Milena Smit. La chica Almodóvar por excelencia de este siglo XXI y Copa Volpi en Venecia por esta actuación, vuelve a demostrar el porqué es la mejor actriz que hemos tenido en España, con otra actuación extremadamente contenida, como un volcán a punto de explotar. Prima hermana de ese rayo de luz que fue su Jacinta en Dolor y gloria y madre coraje a la altura de su Raimunda de Volver, esta Janis es otro alma libre que puebla el cine de Almodóvar. Una mujer con aristas e imperfecciones que no tiene miedo a admitir los errores cometidos en el pasado y el presente, con tal de así no cometerlos en el futuro. Por su parte, Smit demuestra que su torbellino de rabia y miel con el que la conocimos a ritmo de Bad Gyal en No matarás no era flor de un día, sino que está llamada a ser todo un estandarte del futuro de nuestro cine. Con su Ana, logra reflejar y transmitir a la perfección el desencanto de la juventud más formada y desubicada de la historia, así como el vértigo que supone la llegada de la llamada madurez. El tête à tête que realizan ambas en Madres paralelas nos regala alguno de los mejores momentos interpretativos que hemos podido vivir en la filmografía del manchego.

Este recital interpretativo se completa con una notable Aitana Sánchez-Gijón (La camarera del Titanic), gran dama de nuestro cine y teatro que debuta con Almodóvar en una papel bastante desagradecido (por su naturaleza y decisiones, no por sus escenas) que recuerda en demasía al de Becky del Páramo en Tacones lejanos; una Rossy de Palma (La flor de mi secreto), que compone el personaje más emotivo y abrazable de todos los que ha realizado junto a Almodóvar; así como una pequeña aparición de la icónica Julieta Serrano (Mi querida señorita), que lleva con Almodóvar desde Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, que nos sirvió el mejor cardado de la historia en Mujeres al borde de un ataque de nervios y que por fin se llevó el Goya por Dolor y gloria, canalizando en una sola escena a todas las madres mayores que han salido en su cine.

Madres paralelas era el nombre del guion que estaba ultimando Harry Caine al comienzo de Los abrazos rotos y resulta una verdadera delicia, no solo que Almodóvar siga siendo tan meta, sino que vea la luz justo en el momento en que más lo necesitamos. Cuando tenemos el alma tan rota y herida como las dos madres por un año convulso, cuando lo que realmente necesitamos es que un viejo amigo nos abrace y nos acompañe durante este proceso de curación.

 Nota★★

[Crítica] Titane: Retrato de una asesina cromada

David Lastra

La corriente del Nuevo extremismo francés nació a principios del siglo XXI con un comentario no muy benevolente por parte de un crítico norteamericano. Bajo esa nomenclatura, se catalogaron las primeras obras de cineastas transgresores que a día de hoy siguen provocando ovaciones y espantadas masivas en Cannes. Peterpans terribles como Gaspar Noé (Irreversible) o Léos Carax (Pola X), criaturas exóticas como Claire Denis (Problema cada día) y Bruno Dumont (Flandres), turbadores animales como Virginie Despentes (Fóllame) o Patrice Chéreau (Intimidad), brutotes como Alexandre Aja (Alta tensión) o Pascal Laugier (Martyrs) o fierecillas domadas como François Ozon (Los amantes criminales). Un abanico de voces polifónico muy heterogéneo que revolucionó el panorama del cine europeo, que contaba con un pequeño mantra común: la destrucción de los tabúes y las apariencias de la clase burguesa imperante. Sus armas: el sexo y la ultraviolencia. Pero con la misma fuerza que irrumpió en nuestras carteleras y festivales, esta nueva ola se fue disipando poco después. A día de hoy, sigue apareciendo algún que otro destello en las obras de sus antiguos miembros, como pueden ser el Carax de Holy Motors o el Noé de Climax Lux Æterna, o en alguna cinta que recupera los valores de ese manifiesto no escrito, como esta Titane. Veinte años después de su nacimiento, Julia Ducournau recupera el espíritu de ese Nuevo extremismo francés en su ansiado retorno tras Crudo.

La historia comienza con el accidente de coche más absurdo y tremebundo, también seguramente uno de los más comunes en nuestras carreteras, desde Hereditary. Tras ese pequeño choque, Alexia nunca volverá a ser la misma. Tampoco es que pareciese una niña muy sociable antes del hecho en sí, pero el resentimiento en forma de la nueva chapa de titanio que le recubre parte del cráneo ha terminado por convertirla en una outsider en toda regla. La siguiente vez que nos encontramos a Alexia ya es con el cuerpo y la cara de la debutante Agathe Rousselle, bailando/follándose (de manera figurada) el capó de un coche bajo el ritmo de la ya de por sí guarrísima ‘Doing It To Death’ de The Kills, en cuyo videoclip curiosamente los automóviles también tienen bastante protagonismo. Pese a ser extremadamente parca en palabras, Alexia comienza una especie de romance no solicitado con Justine (Garance Marillier, la protagonista de Crudo y el cortometraje Junior, repitiendo por tercera vez nombre de personaje. ¿Estamos ante el Universo Cinematográfico Ducournau?), cuando el cabello de Alexia se enreda en piercing del pecho de la otra. Pero Ducournau no ha venido a contarnos una historia de amor, al menos no esa historia de amor. Como mucho un polvo salvaje (literal) entre la buena de Alexia y un pariente cercano del demoníaco coche de Christine; o el amor desquiciado de un padre desubicado (Vincent Lindon, La ley del mercado) hacia su hijo recién aparecido tras años de ausencia.

Todo en Titane busca explotar ese sentimiento tan siniestro que es lo enfermizo. Ni siquiera la candidez de Justine o el brillo del titanio bajo los fluorescentes logran arrojar algo de luz en la historia. Titane es una fiel heredera de esa crueldad absoluta y pura que corría por las venas de ese Nuevo extremismo francés. Ducournau no se corta a la hora de mostrarnos los peores momentos de la cuasi deforme Alexia a lo largo de su viaje al fin de la noche. Desde sus primeras pérdidas hasta sus subidas de leche (aceite) a medida que el gran momento se va acercando. Es en esos puntuales momentos, cuando logra combinar a la perfección la poética bizarra del cine de autor y los bajos fondos de la serie-b, cuando mejor funciona el film. Esa sutileza cercana al existencialismo gore y sádico que alcanzó en Crudo y que hizo que nos marcásemos su apellido a jierro. 

En lo que no está tan acertada esa la hora de convertir a Alexia en una psicópata para la eternidad. Ducournau crea un personaje socialmente inaceptable. Una psicópata de manual, discípula directa del Henry de Henry, retrato de un asesino y del Ben de Ocurrió cerca de su casa. Un ser humano inhumano despojado de todo tipo de cualidades o características que nos pudiesen hacer empatizar con sus actos. Todo un acierto sobre el papel a la hora de crear el monstruo definitivo, pero que naufraga al no logra dotar a Alexia de cierto magnetismo que nos enganche y que haga que tengamos un mínimo de interés en sus vivencias. De ahí que sus aventuras en clave de La huérfana, lleguen a provocar cierto sopor.

No le pedimos que directamente se recree en el torture porn como hicieron (y siguen haciendo) Aja o Laugier, pero sí que nos dé un poquito más en todo. Más aceite, más roces con la chapa de los coches (ese baile inicial merecía muchísima más intensidad para alcanzar la iconicidad que merece) y, especialmente, más momentos que nos hagan querer apartar la mirada de la pantalla o que nos hagan removernos en la butaca. Algo que nos despierte ese  schandenfreude (sentimiento de alegría por el sufrimiento o la humillación de los demás) sádico que tanto nos excita y que solo dejamos (o deberíamos dejar) escapar en este tipo de películas.

 Nota

[Crítica] Benedetta: Una monja de cuidado

David Lastra

Una de las costumbres más arraigadas dentro de la iglesia católica a lo largo de los años ha sido la realización de boicots y demás actos represivos contra todo aquello que consideren ofensivo o contrario a sus dogmas. Desde los más suavecitos y muy comerciales como fue el de El código Da Vinci a los incendiarios (literalmente) de La última tentación de Cristo. Atroces como los de Viridiana en España o especialmente absurdos como el de El Evangelio según San Mateo, considerada a día de hoy por el propio Vaticano como la mejor película que se ha rodado sobre Jesús. Ni los pobres Teletubbies se han librado de ser acusados en varias ocasiones de realizar actos satánicos.

No hay temporada fílmica que se precie en la que la iglesia no alce su dedo divino para señalar la paja en el ojo ajeno, cuando no estaría de más que antes tratasen de solventar sus graves males internos y centrarse más en las enseñanzas hippiescas de su principal profeta. Este año le ha tocado a Benedetta, la última obra de un director cuyo segundo nombre es polémica: Paul Verhoeven (Showgirls).

Puede que realmente el holandés no tenga segundo nombre, pero los estrenos de sus películas siempre han ido acompañados de protestas, ruidos y pataletas. Capaz de ser el mejor siendo el peor, Verhoeven revolucionó el cine comercial de finales del siglo pasado con su excesivo cóctel de sexualidad y violencia. Con el paso del tiempo, no solo no ha perdido fuelle en esto de tocar la moral, sino que se ha convertido en un ser más sibilino y venenoso si cabe. Bastante reciente tenemos todavía el recuerdo de la violación-enamoramiento-venganza del personaje de Isabelle Huppert en Elle.

Durante la carrera de premios de dicho film, Verhoeven comenzó a hablar de un nuevo proyecto con monjas de por medio. Aunque en un primer momento podría parecer un desbarre del director, no podemos obviar que esta no es la primera vez que se acerca al cristianismo. A pesar de su condición de ateo, Verhoeven es un fanático absoluto de Jesús. No obstante, en su haber tiene uno de los acercamientos más peculiares e interesantes que se han escrito nunca sobre él (la novela Jesús de Nazaret) y su Robocop bebe bastante de las vivencias del mesías del catolicismo. 

En esta ocasión, nos invita a pasar una temporada en la coqueta abadía de Pescia, en la preciosa Toscana. No hay celdas individuales, pero eso no supone ningún problema dada la amabilidad de las cohabitantes. El centro cuenta con todas las comodidades de la época, como son un pozo de agua más o menos salubre y un flamante lineal de letrinas. A su vez, podemos disfrutar de una luminosa capilla en la que las residentes entonan preciosas melodías a lo largo del día. Todo un paraíso, aunque la peste negra esté a la vuelta de la esquina.

Siendo todavía doncella, Benedetta Carlini es entregada a Dios para casarse con su hijo. Pero ella no es una novia de Cristo más como las demás hermanas. Benedetta tiene línea directa con su marido, como Teresa de Jesús. Un superpoder que provocará envidias y más de un enfrentamiento con la abadesa (Charlotte Rampling, en un papel inicialmente pensado para Huppert). Poco a poco, la fama de Benedetta (Virginie Efira, que ya trabajó con Verhoeven en Elle, y a la que hemos podido ver últimamente en El reflejo de Sibyl y Adiós, idiotas) traspasa los muros de la ciudad y su nombre comienza a estar en boca de todos. Ese clima bastante tenso termina por convertirse en un sindiós con la entrada al convento de Bartolomea (Daphne Patakia, Versalles), una pícara deslenguada que se convierte en la niña de los ojos de Benedetta.

Poco a poco van apareciendo las diferentes marcas de autor de Verhoeven: una mujer rubia en el centro de la polémica, la ambigüedad moral de la heroína, conspiraciones y envidias superlativas, lesbianismo perverso, escenas de sexo explícito… Todo lo que nos gusta de él y que hace que volvamos a sonrojarnos una vez más al ver cómo nuestra intachable moral se va al garete una vez más por su culpa.

¿Es Verhoeven un viejo verde? Obviamente. Lo lleva siendo desde cuando no era viejo, como para dejarlo ahora habiendo sobrepasado los ochenta años. Pero lo que tampoco ha dejado de ser es extremadamente inteligente. En esta Benedetta no estamos ante una caricatura ajada del realizador que hiciera Delicias turcas Instinto básico, sino ante un cineasta adulto que sabe aprovecharse de su condición de sátiro, pero sabiendo leer el zeitgeist del mundo que le rodea

Así como Léos Carax ha trabajado su masculinidad tóxica en Annette, Verhoeven sigue ahondando en su particular visión feminista, desnudando en esta ocasión el orden patriarcal y la doble moral con la que la iglesia se guía desde el mismo momento en que condenaron al ostracismo a María Magdalena. Si en Showgirls nos llevaba a la capital del pecado para mostrarnos la mugre de la humanidad, en Benedetta nos transporta a un paraje completamente opuesto, casi divino, para demostrarnos que todo sigue igual.

Venga de la mano de la abadesa o del nuncio (Lambert Wilson, De dioses y hombres), cada golpe y desdén que recibe Benedetta es patriarcado. Un proceso de tortura y censura que recuerda al de Juana de Arco en su versión bressoniana (El proceso de Juana de Arco), pero también a la investigación inquisitiva sufrida por otra Juana, la superiora de Madre Juana de los Ángelesaunque la respuesta de Benedetta ante el yugo patriarcal se asemeja mucho más a la de otra tercera Juana, la interpretada por Vanessa Redgrave en la polémica Los demonios de Ken Russell, con una pizca de la pareja de mujeres laicas que formaron Simone Signoret y Véra Clouzot en Las diabólicas. Porque tampoco es que Benedetta sea una santa.

Benedetta es una cabrona en toda regla, pero una de esas cabronas a las que admiramos y queremos incondicionalmente y que suelen protagonizar su cine. No hay nadie más joven y hambriento que ella bajando la escalera detrás de ella, vive su sexualidad sin tapujos y quiere acabar con el machismo eclesiástico desde dentro. Todo un modelo a seguir. No existe ninguna prueba, pero tampoco ninguna duda de que esta monja sea antepasada directa de Catherine TramellComo en el caso de la novelista encarnada por Sharon Stone, nos tiramos media película descolocados sobre la supuesta santidad e inocencia de Benedetta. Ocasión que Verhoeven no pierde para seguir sonando actual, haciéndose eco de la (vieja) nueva realidad de las fake news y lo fácilmente manipulable que es el ser humano. No a la hora de tratar los supuestos estigmas de Benedetta, sino ante la labor contaminadora de la iglesia como creadora de bulos, ya sea por parte de los machos reprimidos provenientes del Vaticano o por el dedo inquisidor patriarcal de la abadesa.

Otra cosa que el director de Starship Troopers tampoco ha perdido es su mamarrachismo y la capacidad de reírse de todo. En manos de otro realizador, la historia de Benedetta sería un dramón intimista extremadamente serio que funcionaría bastante bien de cara a los Oscars… pero Verhoeven no tiene ningún interés en venderse. No lo ha hecho nunca, no lo va a hacer ahora.

Benedetta funciona a la perfección como obra tremendamente kitsch, bastante cercana al nunsploitation setenteroDesde la excelsa interpretación de Efira a la sobreactuación al 200% de una Charlotte Rampling que parece recién salida del convento de la Orden de las Redentoras Humilladas de Entre tinieblas, pasando por las sonoras ventosidades de las religiosas, la querida figurita de madera de la virgen que porta Benedetta desde pequeña o ese bellísimo Cristo asexuado (qué imagen tan poderosa). Ese uso del humor y el exceso no solo no perjudica la carga crítica y social del film, sino que hace que los dardos críticos de Verhoeven sean aún más afilados y certeros. 

Benedetta es una deliciosa teta de novicia (haciendo referencia al postre, no al torso de la monja, ¡Dios me libre!), que se merece un gran boicot eclesiástico que provoque que las salas de cine se llenen loando a Santa Benedetta, la única santa a la que rezo.

 Nota½

[Crítica] Dune: Una nueva esperanza

David Lastra

… y por fin llegó el gran acontecimiento cinematográfico del año. La pandemia nos mareó con su fecha de estreno y la apuesta por los estrenos exclusivos en plataformas nos hizo temer que la primera toma de contacto con el Dune de Denis Villeneuve (Prisioneros) fuese a ser en nuestros pequeños televisores. Pero los peores presagios no se han cumplido y ya podemos disfrutar en gran pantalla de nuestro retorno a Arrakis. Retorno, porque nunca podremos olvidar nuestra primera visita al planeta de las dunas de la mano de otro de nuestros cineastas favoritos: David Lynch (Mulholland Drive). Una aventura bastante marciana que contaba con alguna que otra cosa buena, como era ese pelazo de un hasta entonces desconocido Kyle MacLachlan, el futuro agente Cooper; pero con muchas más cosas malas, como ese ritmo que provocaba somnolencia severa y cierto tono telenovelesco que le funcionaría años después en las escenas más costumbristas de las dos primeras temporadas de Twin Peaks pero que aquí desquician y hacen que la película sea completamente insoportable.

Menos mal que ese estropicio no hundió la carrera de Lynch, el cual supo resarcirse poco después con la icónicas Terciopelo azul Corazón salvaje. Más maltrechos quedaron los sueños de convertir las novelas de Frank Herbert en una saga cinematográfica en toda regla. Solo hemos tenido que esperar casi cuarenta años para que otro director y otro estudio se atrevan a volver a adaptar la obra de culto que lo ha inspirado todo y no morir en el intento

Ha tenido que ser él. El hombre que osó hacer una secuela de Blade Runner (Blade Runner 2049) y no caer en la trampa de la nostalgia. El genio que es capaz de salir airoso tanto de un tête à tête entre Amy Adams y un cefalópodo del espacio exterior (La llegada), como de adaptar a José Saramago y lograr sacar mejor que nunca a Jake Gyllenhaal (‘Enemy’), así como aportar su granito de arena a la leyenda de Emily Blunt (Sicario).

¿Quién mejor que Denis Villeneuve para terminar de una vez por todas con la maldición de Dune? El director más en forma del momento se une a un reparto de ensueño para llevar a cabo la adaptación definitiva. ¿Está el producto a la altura de las circunstancias? Respuesta corta: sí. Respuesta larga: Por supuesto.

Apabullante y atronadora. Esas son las dos palabras que mejor definen el espectáculo que es la Dune de Villeneuve. Apabullante en cuanto a la belleza de sus habitantes, sus vestimentas (los diseñadores Jacqueline West y Bob Morgan ya tienen su Oscar asegurado), residencias y dramatismo. Atronadora en cuanto a pasión, ritmo, música (otra gran colaboración de Hans Zimmer y Liz Fraser) y efectos sonoros. Puede que cierto clasicismo de aroma shakesperiano lastre un pelín las escenas introductorias, llegando a transmitir una completa y absoluta frialdad, pero en el momento en que la película despega, tiene un ritmo más endiablado que un gusano de arena cruzando el desierto de Arrakis

Dune sigue a rajatabla los cánones y giros de una película de ciencia ficción clásica. Nada resulta sorprendente, pero ese pecado de ser altamente predecible acaba siendo completamente insignificante e irrelevante ante su grandeza. Todo en Dune es vibrante, en sentido literal, si es que la sala de cine tiene buenos graves

Pero Dune no solo vive de golpes de sonido y efectos visuales, sino que su estelar reparto está a la altura de su renombre y de la calidad plástica de la propia película. Timothée Chalamet es el Paul Atreides perfecto. No es ninguna novedad que el intérprete de Call Me By Your Name se salga de la pantalla, pero es que su trabajo como heredero de la casa Atreides resulta espectacular y su pelo debería ser declarado Patrimonio de la Humanidad.

Igualmente acertados resultan Oscar Isaac (Ex Machina) como el patriarca de los Atreides, papel con el que revalidada el título de galán del espacio que ganó como Poe Dameron en la nueva trilogía de Star Wars; Rebecca Ferguson lleva gran parte del peso de la cinta con la distinción y secretismo que la caracteriza y vuelve a confirmarnos su potencial como heroína de acción; y Jason Momoa (Aquaman), canalizando su Iñigo Montoya interior para dar vida a su Duncan Idaho. Nos quedamos con muchas ganas de más de un animalístico Javier Bardem (No es país para viejos), un sanguinolento Dave Bautista (Guardianes de la galaxia) y una venenosa Zendaya (Euphoria) como Chani, un personaje con mucho peso (y pocas frases) en este primer capítulo y que, de llegar a realizarse, tendrá un papel completamente protagonista en la segunda.

También nos quedamos con ganas de conocer más a esa pérfida y enigmática Reverenda Madre de las Bene Gesserit que da vida Charlotte Rampling (Portero de noche) y las voces de ultratumba que la rodean (siendo una de ellas de la mismísima Marianne Faithfull). Y tampoco debemos olvidarnos de esos grandes robaescenas que son los gigantescos gusanos de arena que lo arrasan todo. Una verdadera delicia para los sentidos y una pequeña muestra de lo que deberíamos ver en el Duneverso de Villeneuve. 

Esta primera parte de Dune resulta completamente embriagadora, bastante más que un buen chute de esencia, y un precioso acto de amor al espectador más exigente al que tanto ha hecho de rogar. Ahora solo queda rezar a la venida del gran Mesías del que hablan las Bene Gesserit para que nos traiga no solo la prometida segunda parte, sino muchas más de este potentísimo universo…. o un montaje aún más extenso de esta primera entrega.

Nota½

Reminiscencia: Noir de ciencia ficción con sello Nolan

Pedro J. García

Reminiscencia es la primera película como directora de Lisa Joy, creadora junto a su marido Jonathan Nolan (hermano de Christopher) de la serie de HBO Westworld. En su debut en el largometraje, que también cuenta con Nolan como productor, Joy se vuelve a adentrar en la ciencia ficción existencialista con un thriller ambientado en un futuro no tan lejano que combina premisa futurista con influencia clásica.

La película está protagonizada por Hugh Jackman en el papel de Nick Bannister, un atormentado investigador privado que vive en un Miami parcialmente sumergido bajo el mar y se dedica a ayudar a sus clientes a recuperar recuerdos perdidos junto a su socia, Watts (Thandiwe Newton), utilizando una máquina que se adentra en sus memorias.

Su vida cambia cuando un día aparece en su oficina una nueva y misteriosa clienta, Mae (Rebecca Ferguson), que acude a su consulta para encontrar un objeto perdido. Los dos se enamoran perdidamente, pero de repente, Mae desaparece sin dejar rastro, empujando a Nick a iniciar una búsqueda desesperada que le llevará a destapar una complicada conspiración en la que los recuerdos juegan un papel esencial.

Reminiscencia es un evidente homenaje al cine negro del Hollywood dorado pasado por el filtro de la ciencia ficción, un neo-noir que se apoya fuertemente en clásicos como El sueño eterno y recuerda inevitablemente a cintas más modernas como Dark City (con la que guarda muchas similitudes en forma y fondo) y Origen. También, por supuesto, a la propia Westworld, cuya impronta se puede sentir en todo el metraje -sensación acentuada por la presencia de dos de sus actrices, Newton y Angela Sarafyan.

En ella, Joy fusiona los lugares comunes más representativos del género -el investigador privado, la femme fatale que acude a su consulta, el juego de identidades y desapariciones…- con las inquietudes filosóficas de la ciencia ficción y un argumento enrevesado en la línea del cine de su célebre cuñado. Todo revestido por un gran romance de los de ayer y siempre.

A través de sus personajes marcados por el pasado, el film realiza una muy oportuna reflexión sobre la nostalgia y los peligros de vivir en nuestros recuerdos. Sin embargo, su premisa acaba diluyéndose en un argumento que se vuelve excesivamente denso y repetitivo conforme avanza, y que no sabe sacar partido de los diferentes elementos que hay en juego.

Por separado, los ingredientes de Reminiscencia funcionan. Una ambientación envolvente, un refinado apartado visual, acción bien ejecutada, un fantástico reparto encabezado por uno de los mejores actores de Hollywood y un misterio con mucho potencial. No obstante, en su conjunto, Joy no acaba de encontrar la fórmula que haga que las diferentes piezas formen un todo cohesivo, cayendo a menudo en la trampa del estilo por encima de la sustancia.

Y ese es el principal problema de la película, que por mucho que se empeñe en enfatizar su mensaje sobre la memoria y sus aspiraciones metafísicas, acaba resultando más superficial de lo que pretende; de la misma manera que sus personajes son más arquetipos genéricos (sobre todo el de Rebecca Ferguson) que personas reales con las que el espectador pueda conectar. Afortunadamente, el reparto compensa las carencias del guion con talento de sobra, especialmente Jackman, con el que se puede contar siempre para que dé lo mejor de sí, sea en el proyecto que sea, y la magnética Thandiwe Newton, la que debería haber sido la verdadera protagonista del film.

Reminiscencia no es una mala película, de hecho la mayor parte del tiempo es un trabajo disfrutable y digno, y aunque solo sea por la buena labor de su reparto, ya merece la pena verla. Sin embargo, el resultado final no está a la altura de sus ambiciones y su tendencia a repetirse acaba lastrándola en su segunda mitad (escuchar el mismo diálogo una y otra vez pasa factura), ahogándose en sus propias reminiscencias y las de otras obras similares con las que es imposible no compararla.

Al final, a pesar de presentarse (agradecidamente) como una historia original, Reminiscencia no tiene nada nuevo o realmente profundo que aportar al género, más allá de su llamativa ambientación y su elegante puesta en escena. Sí, es correcta e incluso se pueden ver en ella momentáneos destellos de excelencia, pero no está llamada a quedarse en la memoria.

Nota: 

[Crítica] Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos

Pedro J. García

La Fase 4 del Universo Cinematográfico Marvel arrancó a comienzos de este año y aunque se está enfrentando a la incertidumbre y las dificultades que plantea la pandemia de Covid, sigue contando con el favor del público, ansioso por saber en qué nueva y sorprendente dirección llevará Marvel a sus fieles seguidores.

Por ahora, la nueva etapa de Marvel se está caracterizando por la combinación de largometrajes y series estrenadas en Disney+, así como por la promesa cumplida de experimentar más con sus historias y sus personajes. Con WandaVision, Loki y ¿Qué pasaría si…?, el estudio nos ha enseñado su faceta más innovadora e impredecible, mientras Falcon y el Soldado de Invierno y Viuda Negra se han apoyado en la Marvel más clásica.

Mientras esperamos a que Eternals nos muestre otro lado del cosmos y Spider-Man: Sin camino a casa nos zambulla en el Multiverso, le toca el turno a Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos. Tras el fenómeno de Black Panther y sus nuevas apuestas con protagonistas femeninas, Marvel continúa dando énfasis a la representación y la diversidad con la que es su primera película protagonizada por un superhéroe asiático. Dirigida con convicción y buen pulso por Destin Daniel Cretton (Short Term 12), Shang-Chi es un espectacular cóctel de artes marciales, mitología china y fantasía oriental donde no falta el inconfundible sello del estudio de Los Vengadores.

Simu Liu interpreta al héroe titular, joven heredero de una dinastía china que vive en San Francisco como aparcacoches, sin mayor ambición en la vida que ver los días pasar junto a su mejor amiga y compañera de trabajo, Katy (Awkwafina). Tras ser atacado por la misteriosa banda de los Diez Anillos, este millennial desmotivado se ve obligado a retomar su destino como guerrero y enfrentarse a su pasado, o lo que es lo mismo, a su padre, Wenwu (Tony Leung), quien lo entrenó desde niño para ser un asesino y es el líder de dicha organización criminal.

En su misión, Shang-Chi se reencuentra además con su hermana, la también guerrera Xialing (Meng’er Zhang), y algún que otro inesperado aliado que es mejor no desvelar antes de verla. Con ellos se embarcará en una peligrosa aventura que los llevará descubrir un extraordinario mundo oculto que desconocía, donde tendrán que unir sus fuerzas y luchar para derrotar a fuerzas del mal ancestrales en una batalla épica para salvar a lo suyos.

Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos es el claro resultado de la experiencia acumulada por Marvel a lo largo de una década de éxito imparable. La carta de presentación de este personaje desconocido por el gran público es sencillamente una de las mejores películas en solitario del estudio, una sólida historia de orígenes en la que Marvel se adhiere a su fórmula como siempre, pero a la vez explora un rincón totalmente distinto y sorprendente del MCU.

Con un rico trasfondo narrativo que aborda el legado cultural, la tensión entre oriente y occidente en las nuevas generaciones y las complejidades de la familia, Shang-Chi se construye como una historia de autodescubrimiento con personalidad propia, en la que el folclore chino y el cine de Kung Fu se integran perfectamente con el ya reconocible estilo marveliano. El resultado es un estallido de creatividad e ideas que no deja de sorprender, incluso cuando en algún momento parece perder estar a punto de perder el rumbo.

Shang-Chi contiene algunas de las escenas de acción más impresionantes del MCU, combates increíbles y coreografías excelentemente enhebradas en la historia y los personajes. La película se asegura de que cada pelea y cada movimiento tenga su razón de ser, en lugar de ser una exhibición de acción vacía y sin fundamento. Tanto en las peleas que se componen como danzas románticas como en los set pieces más fardones, la acción está diseñada para servir a la trama, y no al revés.

En este sentido hay que elogiar la labor de su reparto al completo, pero especialmente la de Simu Liu, que abraza el reto de convertirse en un superhéroe de Marvel con el mayor de los entusiasmos y lo supera con buena nota, construyendo su personaje a base de ilusión, entrega y un asombroso talento físico heredero de los mejores luchadores de artes marciales. Por algo Shang-Chi es (o será) el “Maestro del Kung Fu”.

Y por supuesto, como en toda película de Marvel que se precie, no puede faltar el humor, cuya labor recae principalmente sobre la divertidísima Awkwafina. Su aportación al film es clave, no solo por su gracia natural y su talento innato como robaescenas, sino porque su personaje es, afortunadamente, mucho más que un alivio cómico o comparsa del héroe. Katy tiene su propio (y excelente) arco de crecimiento y complementa el viaje de Shang-Chi en más de un sentido (la química entre ella y Liu es de lo mejor de la película), ejerciendo como el ancla terrenal en un mundo de magia desbordante y el punto de entrada para el espectador, al que invita a seguir la historia desde su perspectiva.

Tampoco podemos olvidar a Meng’er Zhang como la hermana del héroe, que parece estar pidiendo a gritos (y a golpes) su propio spin-off, y por supuesto, los veteranos del reparto: la siempre distinguida y carismática Michelle Yeoh impartiendo sabiduría y lección de saber estar en cada escena, y el legendario Tony Leung dando vida a uno de los villanos más complicados de Marvel hasta la fecha, padre y marido aferrado al dolor y el pasado, que proporciona el interesante conflicto central de la historia en el enfrentamiento con sus propios hijos.

Si hubiera que destacar algún defecto de la película sería su énfasis en los flashbacks, que, por muy importantes que sean para construir la leyenda de Shang-Chi, llegan a lastrar el ritmo en un par de tramos; así como el tradicional tercer acto de Marvel, en el que la historia se diluye en favor de la épica (hiperdigital) y la destrucción, con un clímax inesperadamente colosal y fantástico donde, durante un momento, se pierde la conexión con los personajes antes de volver a recuperarla en un desenlace muy satisfactorio.

Aun con sus fallos, Shang-Chi supone otro triunfo para Marvel, un producto entretenido y cuidadosamente diseñado para conquistar al espectador. En este caso, además, estamos ante uno de los títulos del MCU que mejor funcionan por sí solos, erigiéndose sobre su propio mundo dentro del universo mayor al que pertenece. Sí, hay conexiones con otras películas, innumerables guiños para fans y cameos -de hecho, uno de sus mayores aciertos es el regreso de un personaje para cerrar una polémica trama del pasado de la forma más genial posible-, y también se encarga de sembrar la semilla de un futuro en el que volveremos a ver a sus personajes; pero todo lo hace sin perder de vista la historia en particular que está contando y el corazón que la bombea.

Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos nos invita a descubrir una dimensión desconocida del MCU que, en plena explosión del Multiverso, abre un nuevo y excitante mundo de posibilidades para la saga. Con su colorido apartado visual y su desfile de criaturas fantásticas, llena de alma, magia y humor, la película resulta eléctrica en todas sus facetas, vibrando tanto en sus vertiginosas escenas de acción como en los momentos más íntimos en los que se nos permite enamorarnos de los personajes y hacernos pensar en cómo será la próxima vez que los veamos.

Porque algo que se le da especialmente bien a Marvel es satisfacer a sus fans a la vez que los deja con ganas de más. Y tras ver Shang-Chi, la necesidad de reecontrarnos con sus héroes y verlos integrados en el resto del Universo Marvel es inmediata. Bienvenido a la familia, Shang-Chi.

Nota: ★★

[Crítica]: Free Guy: ¡Todo es fabuloso!

Pedro J. García

En un mundo de franquicias, remakes y secuelas, se agradece cuando un gran estudio apuesta fuerte por un proyecto que no está basado en ninguna propiedad intelectual preexistente. Es cada vez menos frecuente, por eso, que una película como Free Guy llegue a los cines, y que además triunfe en taquilla (sobre todo teniendo en cuenta que seguimos inmersos en una pandemia), es a todas luces una buena noticia.

Free Guy es una comedia de acción dirigida por Shawn Levy -productor de Stranger Things y director de Noche en el museo, y todo un experto en entretenimiento para todos los públicos- y protagonizada por Ryan Reynolds, en el que es otro vehículo hecho exactamente a su medida. Lo acompaña un fantástico reparto encabezado por Jodie Comer, Lil Rel Howery, Joe Keery, Utkarsh Ambudkar y Taika Waititi, con alguna que otra aparición sorpresa que es mejor no estropear antes de tiempo.

Reynolds da vida a Guy, un amable y optimista cajero de banco que un día descubre que en realidad es un NPC, es decir, un personaje no jugador en el videojuego de mundo abierto Free City. Guy pasa sus días repitiendo la misma rutina una y otra vez, como extra al fondo del juego, mientras los jugadores siembran el caos en la ciudad. La aparición de una chica misteriosa llamada Molotov Girl (Comer) hace que Guy se salga del guion establecido para conocerla y empiece a explorar el juego por su cuenta, adquiriendo autonomía dentro de él y eclipsando a los verdaderos jugadores.

Mientras, en el mundo real, una desarrolladora de videojuegos y su antiguo socio buscan la manera de derribar al creador de Free Guy, Antwan (Waititi), que les robó su software para crear el juego, una peligrosa misión en la que la ayuda de Guy será crucial.

Free Guy es la clásica historia protagonizada por un hombre corriente que se eleva por encima de las circunstancias para convertirse en un gran héroe. En ella, Reynolds vuelve a depositar todo su carisma de andar por casa y su enorme talento cómico para componer un personaje por el que es imposible no sentir simpatía y apego. Desde que diera un giro de 180 grados con Deadpool, todas las películas en las que participa llevan su sello personal, y Free Guy no es una excepción.

Reynolds es el principal responsable de que Free Guy funcione tan bien, pero no es el único. Jodie Comer, la actriz revelación de Killing Eve, también lleva bastante del peso del film sobre sus hombros, y lo hace igualándose en carisma y presencia a Reynolds, junto al que desprende química. Sin desmerecer a Keery o Howery, que también hacen un estupendo trabajo como sidekicks, Reynolds y Comer forman una gran pareja y dan con las notas exactas tanto en acción como en humor, llevando las riendas de no solo un espectáculo de ciencia ficción muy entretenido, sino también una eficaz comedia romántica.

Ahora bien, que Free Guy no esté basada en nada no quiere decir que sea 100% original. De hecho, la película recuerda demasiado a varios otros títulos. El primer acto parece directamente sacado de La LEGO Película (Guy es en muchos sentidos el mismo personaje que Emmet), la premisa nos remite a cosas como El show de Truman o ¡Rompe Ralph!, y su mecánica mundo real/mundo virtual es similar en más de un sentido a la de Ready Player One, con alguna que otra pincelada adicional de Scott Pilgrim y Her.

Es imposible no acordarse de todos esos films viendo Free Guy, pero de alguna manera, la película logra encontrar su propia voz entre todos estos referentes, abrazando su premisa con ingenio, creatividad visual, buenos gags y mucha energía. Quizá la clave aquí es que la historia no está supeditada a la necesidad de promocionar/relanzar/expandir propiedades intelectuales, algo que se ha criticado mucho a Ready Player One y Space Jam: Nuevas Leyendas, sino que el foco de la historia son sus personajes.

Sí, hay un tramo en el que la película aprovecha que vive bajo el techo de Disney para darnos guiños y algún cameo sorpresa para enloquecer a los fans (literalmente, en mi pase hubo gritos), flirteando peligrosamente con esta práctica de claras intenciones corporativas. Pero afortunadamente, esto se queda en varios gags (brillantes, además) y no es el motor principal de la película, que mantiene su foco en todo momento sobre Guy, Molotov Girl y su viaje para liberarse de las coordenadas que los limitan.

Si Free Guy consigue llegar a buen puerto es sobre todo porque no pierde de vista el corazón de su historia, o lo que es lo mismo, porque Reynolds no permite que la película pierda su humanidad, a pesar de estar a punto de hacerlo en varios momentos. Tanto él como los demás actores aportan credibilidad y espíritu real a un mundo digital hiperestilizado en el que es muy fácil perder el rumbo, elevando el resultado final.

Además de una aventura de acción notable, una comedia romántica más que solvente y un ejemplo perfecto de cómo usar Fantasy de Mariah Carey en una película, Free Guy es un auténtico homenaje a los videojuegos y su importancia en la sociedad y la cultura. Aunque parodia ciertas partes de la industria y sus consumidores, Levy no busca reírse del mundo gamer (o al menos no lo hace de forma cruel y cínica), sino construir una historia de superación y descubrimiento enmarcada en él, lo que la hace accesible a todo tipo de espectadores.

Sí, es cierto que no inventa nada y se le puede achacar esa falta de originalidad de la que hablaba. Además, con una secuela asegurada, no es difícil imaginarla convirtiéndose en otra saga explotada más en el futuro. Pero no adelantemos acontecimientos. Free Guy se sostiene perfectamente por sí sola y aun con sus defectos, está llena de sorpresas y grandes momentos, con un acto final épico, ese descarado humor autoconsciente en la línea de Deadpool y un núcleo acertadamente emotivo. En resumen, el blockbuster veraniego que necesitábamos urgentemente: pura diversión y escapismo a un mundo donde lo virtual también es la vida real.

Nota: ★★★½

[Crítica] Escape Room 2: Mueres por salir

Pedro J. García

Con Escape Room, Sony Pictures encontró todo un filón para desarrollar una saga de suspense y terror en la línea de Saw. En su final, la película de 2019 destapaba un complot mucho mayor que escondía una trama a escala mundial de escape rooms mortales. Tan solo dos años después, y con una pandemia de por medio, sus creadores se han sacado de la manga una secuela que repite la jugada a la vez que expande una propiedad que promete alargarse hasta que el público decida.

Adam Robitel regresa para dirigir Escape Room 2: Mueres por salir, que cuenta con el regreso de los supervivientes de la primera entrega, Taylor Russell y Logan Miller, a los que se unen los nuevos concursantes de esta segunda partida letal, Indya Moore, Holland Roden, Thomas Cocquerel y Carlito Olivero, seis personas de procedencias muy distintas unidas con un objetivo común: salir con vida del juego.

La secuela repite el esquema de la primera parte, con una sucesión de secuencias-puzzle que los protagonistas deben resolver a contrarreloj, antes de que el juego acabe con sus vidas mediante las trampas más sádicas y retorcidas. Sin embargo, en esta ocasión hay un giro. Y es que todos los participantes tienen algo en común que será clave si quieren sobrevivir: todos ya habían jugado al juego con anterioridad.

Así, Escape Room 2, que lleva por subtítulo original Tournament of Champions (Torneo de Campeones) se convierte en una suerte de All Stars sangriento donde anteriores ganadores se unen para superar una nueva serie de escape rooms en los que la dificultad ha aumentado. Al fin y al cabo, si son lo suficientemente inteligentes como para haber sobrevivido la primera vez, en esta segunda ronda, qué menos que complicar un poco más las cosas.

Pese a que Robitel trata de construir un universo más amplio dibujando el misterio de la organización que hay detrás de las escape rooms, la Minos Corporation, y sus oscuros planes, lo más importante siguen siendo los rompecabezas en sí, las salas donde los protagonistas son puestos al límite de sus posibilidades mentales y físicas para sobrevivir, llenas de complicaciones y giros sorpresa a cada paso.

No nos engañemos, al igual que la primera parte, Escape Room 2 carece de toda lógica. La ambientación y las ideas que dan forma a cada habitación son buenas, pero el desarrollo de las pruebas y la forma en la que los participantes van resolviendo las pistas es tan aleatoria, fortuita y caprichosa, que cuesta suspender la incredulidad y creerse lo que está pasando. Aun siendo conscientes de que estamos ante una película fantástica con una premisa imposible, le pesa la falta de coherencia y verosimilitud en muchas situaciones.

Eso sí, Escape Room 2 equilibra sus carencias ofreciendo entretenimiento eficaz y suspense sin descanso. Toda la lógica que le falta la compensa con tensión de principio a fin. Y esa es la mayor virtud del film (y no es pequeña), que dispara la adrenalina y sabe poner al espectador en un estado constante de inquietud y nerviosismo. En mi caso, cada una de las habitaciones me tuvo al borde del asiento, con el cuerpo rígido y aguantando inconscientemente la respiración hasta que los personajes conseguían escapar a la siguiente. Y así hasta el final -que apunta, cómo no, a una inevitable tercera entrega.

Se podrían poner muchas pegas a Escape Room 2. Es más de lo mismo, la película no brilla precisamente por sus interpretaciones y su argumento cae en lo absurdo constantemente. Pero aun así, la secuela no deja espacio para el aburrimiento y logra cumplir con su propósito, hacernos pasar un buen/mal rato a base de alta tensión, emociones fuertes y muertes espectaculares. Esa es la clave de este tipo de películas diseñadas para la gratificación inmediata y no tendría sentido pedirles otra cosa.

Nota: ★★

[Crítica] ‘Viuda Negra’: Despedida en familia

Después de más de una década de Universo Marvel, Viuda Negra por fin protagoniza su aventura en solitario. Ha sido una espera muy larga para ver a Natasha Romanoff en el centro de su propia historia, un privilegio que otros miembros de Los Vengadores ya han tenido con sus propias franquicias individuales. Pero Viuda Negra por fin está aquí, tras muchos años pidiéndola, más el tiempo extra de espera que ha añadido la pandemia de Covid-19 y los consiguientes retrasos en el estreno. ¿Llega tarde? Sí, pero no por eso vamos a negarle la bienvenida -o mejor dicho, despedida- que el personaje y su actriz, Scarlett Johansson, se merecen.

La Fase 4 del MCU no ha comenzado como estaba planeado. Viuda Negra iba a ser el pistoletazo de salida para la nueva etapa del estudio en 2020, pero la crisis sanitaria mundial obligó a cambiar los planes de Kevin Feige y la Fase acabó estrenándose a comienzos de 2021 con WandaVision, la (aclamada) primera serie de Marvel para Disney+. Durante este largo parón de los cines, han sido las series las encargadas de poner en marcha la Marvel post-Endgame, con Falcon y el Soldado de Invierno y Loki sucediendo a la de la Bruja Escarlata y Visión. El MCU está cosechando un gran éxito en Disney+, pero ya echábamos de menos volver a la oscuridad del cine para disfrutar de un espectáculo marveliano en pantalla grande.

Con Viuda Negra (que se estrena simultáneamente en Disney+ con Acceso Premium) tenemos la oportunidad de regresar a las salas por primera vez para ver una película del MCU desde Spider-Man: Lejos de casa en 2019. La maquinaria cinematográfica de Marvel se reactiva así, con uno de sus personajes más longevos e importantes recibiendo el tratamiento que le correspondía. Y es que puede que Natasha Romanoff no sea un Dios o un soldado con superpoderes, pero sí es un miembro esencial de Los Vengadores y ya era hora de que Marvel le diera lo que era suyo.

Viuda Negra transcurre entre Capitán América: Civil War y Vengadores: Infinity War, rellenando los huecos entre ambas películas para mostrarnos qué fue de Natasha durante su tiempo como fugitiva después de que los Acuerdos de Sokovia desintegraran temporalmente a Los Vengadores. La película es una precuela que sirve para profundizar en la psicología del personaje y su pasado, a modo de homenaje tras su devastadora muerte en el gran final de la Fase 3, Vengadores: Endgame. En ella nos reencontramos con una Natasha abatida por la ruptura de su familia superheroica, enfrentándose a una oscura conspiración que la lleva a retomar el contacto con la que fuera su primera familia cuando era una niña.

Porque si algo está claro, es que esta historia va sobre familia (como ya se encargan de recordarlo repetidamente a lo largo del film). Y no necesariamente la biológica, sino la creada -a la fuerza- o la elegida. En el caso de Natasha, al comienzo de la película averiguamos más sobre sus orígenes, en un brillante prólogo al más puro estilo The Americans (by Marvel) que nos presenta a Melina y Alexei (Rachel Weisz y David Harbour), los espías que desempeñaron el papel de padre y madre de ella y su “hermana” Yelena (interpretada de adulta por Florence Pugh), infiltrados en territorio estadounidense; tras lo cual se nos muestra -a través de su brutal secuencia de créditos iniciales– cómo Natasha y su hermana acabaron convirtiéndose en Viudas Negras.

Tras uno de los mejores arranques que hemos visto en una película de Marvel, Viuda Negra orquesta el reencuentro de Natasha con su antigua familia veinte años después para enfrentarse al hombre responsable de convertir a cientos de jóvenes desamparadas en máquinas de matar sin voluntad propia y acabar con el ciclo de violencia contra las mujeres que, como Natasha y Yelena, han sido víctimas de su poder. En esta trama central y varias escenas en particular se pueden trazar muchos paralelismos con el movimiento #MeToo y la liberación de la mujer, hasta el punto de que el villano interpretado por Ray Winstone, un hombre que ha construido un imperio a base de subyugar, manipular y objetificar a las mujeres, parece inspirado en Harvey Weinstein.

Pero Viuda Negra es sobre todo una película de espías, una clara muestra de la vertiente más adulta de Marvel, en la línea de Capitán América: El Soldado de Invierno y Falcon y el Soldado de Invierno, con claros ecos a James Bond o Misión: Imposible, sagas en las que se apoya bastante. Estamos ante un estupendo thriller de acción y espionaje alrededor del mundo que toma los elementos clásicos del género y los adapta al Universo Marvel, conectando con su trama en constante expansión y perfectamente hilada, pero funcionando a la vez como una película independiente, quizá de las más autónomas de Marvel.

La directora Cate Shortland imprime en ella además una capa de intimidad y naturalismo que no solemos ver muy a menudo en las películas de este universo, acercándola, especialmente en sus primeros compases, al cine independiente (sendero que Marvel continuará con Los Eternos de Chloé Zhao). Sin embargo, la película resulta irregular a la hora de fusionar los diferentes elementos y facetas que la componen, con momentos verdaderamente magistrales, diálogos profundos y escenas de acción y combates que quitan el hipo, intercalados por tramos de menor interés que atrancan el ritmo. La mayor desconexión se puede ver en el clímax, donde Shortland debe seguir las normas de Marvel con un tercer acto espectacular y a gran escala que no obstante desentona con el carácter más humano y terrenal del resto de la película, y comete el error de tratar a sus personajes como si fueran superhumanos indestructibles en favor del espectáculo digital.

A pesar de los defectos, Viuda Negra es un trabajo más que notable, especialmente en su forma de combinar acción y emoción en un cóctel que tiene todo lo que hace a Marvel infalible: ese énfasis en las relaciones entre personajes, sus toques de humor (aquí más rebajado), sus conexiones con el resto del MCU que tanto gustan a los fans (y que son clave en la fidelidad del público al estudio) y, por supuesto, su excelente reparto. El cuarteto protagonista es inmejorable: una Scarlett Johansson en pleno dominio del personaje, la robaescenas Florence Pugh derrochando gracia y talento, además de una química fraternal preciosa con Johansson, David Harbour brillando fuertemente como alivio cómico (Red Guardian se merece su propia serie) y la carismática Rachel Weisz ganándonos ya solo con su presencia. Los cuatro forman una familia disfuncional en cuyas divertidas y emotivas interacciones se encuentra lo mejor del film.

Si acaso, al film se le puede achacar dejarnos con ganas de saber incluso más de Natasha, de su pasado y de la organización que la convirtió en Viuda Negra, La Habitación Roja. Sí, el suyo es un personaje misterioso y hermético por naturaleza, pero por momentos, da la sensación de que Nat vuelve a ser un personaje secundario (o al menos un miembro más del elenco coral) en su propia película. Con dos horas y cuarto de metraje, bien podrían haber profundizado incluso más en ella y su historia, teniendo en cuenta sobre todo que el personaje está muerto y esta es la última vez que la veremos.

La película se centra en la búsqueda personal de Natasha tras perder a la familia junto a la que ha luchado codo con codo en los últimos años. Como núcleo emocional funciona perfectamente y Johansson aprovecha la oportunidad para realizar su mejor trabajo en el MCU, pudiendo al fin explorar más a fondo las diferentes aristas del personaje, su condición de humana y mujer en Los Vengadores y su existencia dentro y fuera del grupo tras su traumático pasado. Pero puede dejar con la sensación de ser la primera entrega de una saga que no llegará, sino que tendrá que continuar con otros personajes en otras películas y series de Marvel (Hawkeye principalmente), un futuro próximo del MCU para el que la película se encarga de preparar el terreno, especialmente con el personaje de Florence Pugh, que recoge el testigo de Johansson. Ella, por su parte, se despide por todo lo alto, con un sentido canto del cisne para su personaje tras una evolución fuertemente ligada al devenir de su carrera y su crecimiento como actriz.

La sensación viendo Viuda Negra es la de estar ante una Marvel más segura de sí misma y de su identidad, pero a la vez en busca de nuevas vías para contar sus historias, nuevas voces y perspectivas. Por ahora esa está siendo la tónica general de la Fase 4, una mayor experimentación e individualidad en las películas y series, con las que el estudio está intentando diversificar y ampliar la saga en todos los sentidos -sin abandonar su fórmula. Si bien es cierto que Viuda Negra tenía que haber llegado mucho antes y está lejos de ser perfecta, la trayectoria del estudio y su afianzamiento creativo en los últimos años la ha beneficiado. El resultado es un thriller sólido que inaugura con elegancia, estilo y contundencia el regreso de Marvel a los cines, una película que se apodera de ti sigilosamente y, cuando menos lo esperas, te empuja con su intensidad y te hace una llave de piernas con su peso emocional.

Si la muerte de Natasha en Vengadores: Endgame fue un golpe bajo que no nos dejó apenas tiempo para procesar, en Viuda Negra podemos despedirnos de ella en condiciones, dándole las gracias por simbolizar el triunfo de lo humano y lo vulnerable en un universo de dioses, magos y superhombres donde ella nunca fue el monstruo.

Nota: ★★★