[Crítica] Dune: Una nueva esperanza

… y por fin llegó el gran acontecimiento cinematográfico del año. La pandemia nos mareó con su fecha de estreno y la apuesta por los estrenos exclusivos en plataformas nos hizo temer que la primera toma de contacto con el Dune de Denis Villeneuve (Prisioneros) fuese a ser en nuestros pequeños televisores. Pero los peores presagios no se han cumplido y ya podemos disfrutar en gran pantalla de nuestro retorno a Arrakis. Retorno, porque nunca podremos olvidar nuestra primera visita al planeta de las dunas de la mano de otro de nuestros cineastas favoritos: David Lynch (Mulholland Drive). Una aventura bastante marciana que contaba con alguna que otra cosa buena, como era ese pelazo de un hasta entonces desconocido Kyle MacLachlan, el futuro agente Cooper; pero con muchas más cosas malas, como ese ritmo que provocaba somnolencia severa y cierto tono telenovelesco que le funcionaría años después en las escenas más costumbristas de las dos primeras temporadas de Twin Peaks pero que aquí desquician y hacen que la película sea completamente insoportable.

Menos mal que ese estropicio no hundió la carrera de Lynch, el cual supo resarcirse poco después con la icónicas Terciopelo azul Corazón salvaje. Más maltrechos quedaron los sueños de convertir las novelas de Frank Herbert en una saga cinematográfica en toda regla. Solo hemos tenido que esperar casi cuarenta años para que otro director y otro estudio se atrevan a volver a adaptar la obra de culto que lo ha inspirado todo y no morir en el intento

Ha tenido que ser él. El hombre que osó hacer una secuela de Blade Runner (Blade Runner 2049) y no caer en la trampa de la nostalgia. El genio que es capaz de salir airoso tanto de un tête à tête entre Amy Adams y un cefalópodo del espacio exterior (La llegada), como de adaptar a José Saramago y lograr sacar mejor que nunca a Jake Gyllenhaal (‘Enemy’), así como aportar su granito de arena a la leyenda de Emily Blunt (Sicario).

¿Quién mejor que Denis Villeneuve para terminar de una vez por todas con la maldición de Dune? El director más en forma del momento se une a un reparto de ensueño para llevar a cabo la adaptación definitiva. ¿Está el producto a la altura de las circunstancias? Respuesta corta: sí. Respuesta larga: Por supuesto.

Apabullante y atronadora. Esas son las dos palabras que mejor definen el espectáculo que es la Dune de Villeneuve. Apabullante en cuanto a la belleza de sus habitantes, sus vestimentas (los diseñadores Jacqueline West y Bob Morgan ya tienen su Oscar asegurado), residencias y dramatismo. Atronadora en cuanto a pasión, ritmo, música (otra gran colaboración de Hans Zimmer y Liz Fraser) y efectos sonoros. Puede que cierto clasicismo de aroma shakesperiano lastre un pelín las escenas introductorias, llegando a transmitir una completa y absoluta frialdad, pero en el momento en que la película despega, tiene un ritmo más endiablado que un gusano de arena cruzando el desierto de Arrakis

Dune sigue a rajatabla los cánones y giros de una película de ciencia ficción clásica. Nada resulta sorprendente, pero ese pecado de ser altamente predecible acaba siendo completamente insignificante e irrelevante ante su grandeza. Todo en Dune es vibrante, en sentido literal, si es que la sala de cine tiene buenos graves

Pero Dune no solo vive de golpes de sonido y efectos visuales, sino que su estelar reparto está a la altura de su renombre y de la calidad plástica de la propia película. Timothée Chalamet es el Paul Atreides perfecto. No es ninguna novedad que el intérprete de Call Me By Your Name se salga de la pantalla, pero es que su trabajo como heredero de la casa Atreides resulta espectacular y su pelo debería ser declarado Patrimonio de la Humanidad.

Igualmente acertados resultan Oscar Isaac (Ex Machina) como el patriarca de los Atreides, papel con el que revalidada el título de galán del espacio que ganó como Poe Dameron en la nueva trilogía de Star Wars; Rebecca Ferguson lleva gran parte del peso de la cinta con la distinción y secretismo que la caracteriza y vuelve a confirmarnos su potencial como heroína de acción; y Jason Momoa (Aquaman), canalizando su Iñigo Montoya interior para dar vida a su Duncan Idaho. Nos quedamos con muchas ganas de más de un animalístico Javier Bardem (No es país para viejos), un sanguinolento Dave Bautista (Guardianes de la galaxia) y una venenosa Zendaya (Euphoria) como Chani, un personaje con mucho peso (y pocas frases) en este primer capítulo y que, de llegar a realizarse, tendrá un papel completamente protagonista en la segunda.

También nos quedamos con ganas de conocer más a esa pérfida y enigmática Reverenda Madre de las Bene Gesserit que da vida Charlotte Rampling (Portero de noche) y las voces de ultratumba que la rodean (siendo una de ellas de la mismísima Marianne Faithfull). Y tampoco debemos olvidarnos de esos grandes robaescenas que son los gigantescos gusanos de arena que lo arrasan todo. Una verdadera delicia para los sentidos y una pequeña muestra de lo que deberíamos ver en el Duneverso de Villeneuve. 

Esta primera parte de Dune resulta completamente embriagadora, bastante más que un buen chute de esencia, y un precioso acto de amor al espectador más exigente al que tanto ha hecho de rogar. Ahora solo queda rezar a la venida del gran Mesías del que hablan las Bene Gesserit para que nos traiga no solo la prometida segunda parte, sino muchas más de este potentísimo universo…. o un montaje aún más extenso de esta primera entrega.

Nota½

Reminiscencia: Noir de ciencia ficción con sello Nolan

Pedro J. García

Reminiscencia es la primera película como directora de Lisa Joy, creadora junto a su marido Jonathan Nolan (hermano de Christopher) de la serie de HBO Westworld. En su debut en el largometraje, que también cuenta con Nolan como productor, Joy se vuelve a adentrar en la ciencia ficción existencialista con un thriller ambientado en un futuro no tan lejano que combina premisa futurista con influencia clásica.

La película está protagonizada por Hugh Jackman en el papel de Nick Bannister, un atormentado investigador privado que vive en un Miami parcialmente sumergido bajo el mar y se dedica a ayudar a sus clientes a recuperar recuerdos perdidos junto a su socia, Watts (Thandiwe Newton), utilizando una máquina que se adentra en sus memorias.

Su vida cambia cuando un día aparece en su oficina una nueva y misteriosa clienta, Mae (Rebecca Ferguson), que acude a su consulta para encontrar un objeto perdido. Los dos se enamoran perdidamente, pero de repente, Mae desaparece sin dejar rastro, empujando a Nick a iniciar una búsqueda desesperada que le llevará a destapar una complicada conspiración en la que los recuerdos juegan un papel esencial.

Reminiscencia es un evidente homenaje al cine negro del Hollywood dorado pasado por el filtro de la ciencia ficción, un neo-noir que se apoya fuertemente en clásicos como El sueño eterno y recuerda inevitablemente a cintas más modernas como Dark City (con la que guarda muchas similitudes en forma y fondo) y Origen. También, por supuesto, a la propia Westworld, cuya impronta se puede sentir en todo el metraje -sensación acentuada por la presencia de dos de sus actrices, Newton y Angela Sarafyan.

En ella, Joy fusiona los lugares comunes más representativos del género -el investigador privado, la femme fatale que acude a su consulta, el juego de identidades y desapariciones…- con las inquietudes filosóficas de la ciencia ficción y un argumento enrevesado en la línea del cine de su célebre cuñado. Todo revestido por un gran romance de los de ayer y siempre.

A través de sus personajes marcados por el pasado, el film realiza una muy oportuna reflexión sobre la nostalgia y los peligros de vivir en nuestros recuerdos. Sin embargo, su premisa acaba diluyéndose en un argumento que se vuelve excesivamente denso y repetitivo conforme avanza, y que no sabe sacar partido de los diferentes elementos que hay en juego.

Por separado, los ingredientes de Reminiscencia funcionan. Una ambientación envolvente, un refinado apartado visual, acción bien ejecutada, un fantástico reparto encabezado por uno de los mejores actores de Hollywood y un misterio con mucho potencial. No obstante, en su conjunto, Joy no acaba de encontrar la fórmula que haga que las diferentes piezas formen un todo cohesivo, cayendo a menudo en la trampa del estilo por encima de la sustancia.

Y ese es el principal problema de la película, que por mucho que se empeñe en enfatizar su mensaje sobre la memoria y sus aspiraciones metafísicas, acaba resultando más superficial de lo que pretende; de la misma manera que sus personajes son más arquetipos genéricos (sobre todo el de Rebecca Ferguson) que personas reales con las que el espectador pueda conectar. Afortunadamente, el reparto compensa las carencias del guion con talento de sobra, especialmente Jackman, con el que se puede contar siempre para que dé lo mejor de sí, sea en el proyecto que sea, y la magnética Thandiwe Newton, la que debería haber sido la verdadera protagonista del film.

Reminiscencia no es una mala película, de hecho la mayor parte del tiempo es un trabajo disfrutable y digno, y aunque solo sea por la buena labor de su reparto, ya merece la pena verla. Sin embargo, el resultado final no está a la altura de sus ambiciones y su tendencia a repetirse acaba lastrándola en su segunda mitad (escuchar el mismo diálogo una y otra vez pasa factura), ahogándose en sus propias reminiscencias y las de otras obras similares con las que es imposible no compararla.

Al final, a pesar de presentarse (agradecidamente) como una historia original, Reminiscencia no tiene nada nuevo o realmente profundo que aportar al género, más allá de su llamativa ambientación y su elegante puesta en escena. Sí, es correcta e incluso se pueden ver en ella momentáneos destellos de excelencia, pero no está llamada a quedarse en la memoria.

Nota: 

[Crítica] Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos

Pedro J. García

La Fase 4 del Universo Cinematográfico Marvel arrancó a comienzos de este año y aunque se está enfrentando a la incertidumbre y las dificultades que plantea la pandemia de Covid, sigue contando con el favor del público, ansioso por saber en qué nueva y sorprendente dirección llevará Marvel a sus fieles seguidores.

Por ahora, la nueva etapa de Marvel se está caracterizando por la combinación de largometrajes y series estrenadas en Disney+, así como por la promesa cumplida de experimentar más con sus historias y sus personajes. Con WandaVision, Loki y ¿Qué pasaría si…?, el estudio nos ha enseñado su faceta más innovadora e impredecible, mientras Falcon y el Soldado de Invierno y Viuda Negra se han apoyado en la Marvel más clásica.

Mientras esperamos a que Eternals nos muestre otro lado del cosmos y Spider-Man: Sin camino a casa nos zambulla en el Multiverso, le toca el turno a Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos. Tras el fenómeno de Black Panther y sus nuevas apuestas con protagonistas femeninas, Marvel continúa dando énfasis a la representación y la diversidad con la que es su primera película protagonizada por un superhéroe asiático. Dirigida con convicción y buen pulso por Destin Daniel Cretton (Short Term 12), Shang-Chi es un espectacular cóctel de artes marciales, mitología china y fantasía oriental donde no falta el inconfundible sello del estudio de Los Vengadores.

Simu Liu interpreta al héroe titular, joven heredero de una dinastía china que vive en San Francisco como aparcacoches, sin mayor ambición en la vida que ver los días pasar junto a su mejor amiga y compañera de trabajo, Katy (Awkwafina). Tras ser atacado por la misteriosa banda de los Diez Anillos, este millennial desmotivado se ve obligado a retomar su destino como guerrero y enfrentarse a su pasado, o lo que es lo mismo, a su padre, Wenwu (Tony Leung), quien lo entrenó desde niño para ser un asesino y es el líder de dicha organización criminal.

En su misión, Shang-Chi se reencuentra además con su hermana, la también guerrera Xialing (Meng’er Zhang), y algún que otro inesperado aliado que es mejor no desvelar antes de verla. Con ellos se embarcará en una peligrosa aventura que los llevará descubrir un extraordinario mundo oculto que desconocía, donde tendrán que unir sus fuerzas y luchar para derrotar a fuerzas del mal ancestrales en una batalla épica para salvar a lo suyos.

Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos es el claro resultado de la experiencia acumulada por Marvel a lo largo de una década de éxito imparable. La carta de presentación de este personaje desconocido por el gran público es sencillamente una de las mejores películas en solitario del estudio, una sólida historia de orígenes en la que Marvel se adhiere a su fórmula como siempre, pero a la vez explora un rincón totalmente distinto y sorprendente del MCU.

Con un rico trasfondo narrativo que aborda el legado cultural, la tensión entre oriente y occidente en las nuevas generaciones y las complejidades de la familia, Shang-Chi se construye como una historia de autodescubrimiento con personalidad propia, en la que el folclore chino y el cine de Kung Fu se integran perfectamente con el ya reconocible estilo marveliano. El resultado es un estallido de creatividad e ideas que no deja de sorprender, incluso cuando en algún momento parece perder estar a punto de perder el rumbo.

Shang-Chi contiene algunas de las escenas de acción más impresionantes del MCU, combates increíbles y coreografías excelentemente enhebradas en la historia y los personajes. La película se asegura de que cada pelea y cada movimiento tenga su razón de ser, en lugar de ser una exhibición de acción vacía y sin fundamento. Tanto en las peleas que se componen como danzas románticas como en los set pieces más fardones, la acción está diseñada para servir a la trama, y no al revés.

En este sentido hay que elogiar la labor de su reparto al completo, pero especialmente la de Simu Liu, que abraza el reto de convertirse en un superhéroe de Marvel con el mayor de los entusiasmos y lo supera con buena nota, construyendo su personaje a base de ilusión, entrega y un asombroso talento físico heredero de los mejores luchadores de artes marciales. Por algo Shang-Chi es (o será) el “Maestro del Kung Fu”.

Y por supuesto, como en toda película de Marvel que se precie, no puede faltar el humor, cuya labor recae principalmente sobre la divertidísima Awkwafina. Su aportación al film es clave, no solo por su gracia natural y su talento innato como robaescenas, sino porque su personaje es, afortunadamente, mucho más que un alivio cómico o comparsa del héroe. Katy tiene su propio (y excelente) arco de crecimiento y complementa el viaje de Shang-Chi en más de un sentido (la química entre ella y Liu es de lo mejor de la película), ejerciendo como el ancla terrenal en un mundo de magia desbordante y el punto de entrada para el espectador, al que invita a seguir la historia desde su perspectiva.

Tampoco podemos olvidar a Meng’er Zhang como la hermana del héroe, que parece estar pidiendo a gritos (y a golpes) su propio spin-off, y por supuesto, los veteranos del reparto: la siempre distinguida y carismática Michelle Yeoh impartiendo sabiduría y lección de saber estar en cada escena, y el legendario Tony Leung dando vida a uno de los villanos más complicados de Marvel hasta la fecha, padre y marido aferrado al dolor y el pasado, que proporciona el interesante conflicto central de la historia en el enfrentamiento con sus propios hijos.

Si hubiera que destacar algún defecto de la película sería su énfasis en los flashbacks, que, por muy importantes que sean para construir la leyenda de Shang-Chi, llegan a lastrar el ritmo en un par de tramos; así como el tradicional tercer acto de Marvel, en el que la historia se diluye en favor de la épica (hiperdigital) y la destrucción, con un clímax inesperadamente colosal y fantástico donde, durante un momento, se pierde la conexión con los personajes antes de volver a recuperarla en un desenlace muy satisfactorio.

Aun con sus fallos, Shang-Chi supone otro triunfo para Marvel, un producto entretenido y cuidadosamente diseñado para conquistar al espectador. En este caso, además, estamos ante uno de los títulos del MCU que mejor funcionan por sí solos, erigiéndose sobre su propio mundo dentro del universo mayor al que pertenece. Sí, hay conexiones con otras películas, innumerables guiños para fans y cameos -de hecho, uno de sus mayores aciertos es el regreso de un personaje para cerrar una polémica trama del pasado de la forma más genial posible-, y también se encarga de sembrar la semilla de un futuro en el que volveremos a ver a sus personajes; pero todo lo hace sin perder de vista la historia en particular que está contando y el corazón que la bombea.

Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos nos invita a descubrir una dimensión desconocida del MCU que, en plena explosión del Multiverso, abre un nuevo y excitante mundo de posibilidades para la saga. Con su colorido apartado visual y su desfile de criaturas fantásticas, llena de alma, magia y humor, la película resulta eléctrica en todas sus facetas, vibrando tanto en sus vertiginosas escenas de acción como en los momentos más íntimos en los que se nos permite enamorarnos de los personajes y hacernos pensar en cómo será la próxima vez que los veamos.

Porque algo que se le da especialmente bien a Marvel es satisfacer a sus fans a la vez que los deja con ganas de más. Y tras ver Shang-Chi, la necesidad de reecontrarnos con sus héroes y verlos integrados en el resto del Universo Marvel es inmediata. Bienvenido a la familia, Shang-Chi.

Nota: ★★

[Crítica]: Free Guy: ¡Todo es fabuloso!

Pedro J. García

En un mundo de franquicias, remakes y secuelas, se agradece cuando un gran estudio apuesta fuerte por un proyecto que no está basado en ninguna propiedad intelectual preexistente. Es cada vez menos frecuente, por eso, que una película como Free Guy llegue a los cines, y que además triunfe en taquilla (sobre todo teniendo en cuenta que seguimos inmersos en una pandemia), es a todas luces una buena noticia.

Free Guy es una comedia de acción dirigida por Shawn Levy -productor de Stranger Things y director de Noche en el museo, y todo un experto en entretenimiento para todos los públicos- y protagonizada por Ryan Reynolds, en el que es otro vehículo hecho exactamente a su medida. Lo acompaña un fantástico reparto encabezado por Jodie Comer, Lil Rel Howery, Joe Keery, Utkarsh Ambudkar y Taika Waititi, con alguna que otra aparición sorpresa que es mejor no estropear antes de tiempo.

Reynolds da vida a Guy, un amable y optimista cajero de banco que un día descubre que en realidad es un NPC, es decir, un personaje no jugador en el videojuego de mundo abierto Free City. Guy pasa sus días repitiendo la misma rutina una y otra vez, como extra al fondo del juego, mientras los jugadores siembran el caos en la ciudad. La aparición de una chica misteriosa llamada Molotov Girl (Comer) hace que Guy se salga del guion establecido para conocerla y empiece a explorar el juego por su cuenta, adquiriendo autonomía dentro de él y eclipsando a los verdaderos jugadores.

Mientras, en el mundo real, una desarrolladora de videojuegos y su antiguo socio buscan la manera de derribar al creador de Free Guy, Antwan (Waititi), que les robó su software para crear el juego, una peligrosa misión en la que la ayuda de Guy será crucial.

Free Guy es la clásica historia protagonizada por un hombre corriente que se eleva por encima de las circunstancias para convertirse en un gran héroe. En ella, Reynolds vuelve a depositar todo su carisma de andar por casa y su enorme talento cómico para componer un personaje por el que es imposible no sentir simpatía y apego. Desde que diera un giro de 180 grados con Deadpool, todas las películas en las que participa llevan su sello personal, y Free Guy no es una excepción.

Reynolds es el principal responsable de que Free Guy funcione tan bien, pero no es el único. Jodie Comer, la actriz revelación de Killing Eve, también lleva bastante del peso del film sobre sus hombros, y lo hace igualándose en carisma y presencia a Reynolds, junto al que desprende química. Sin desmerecer a Keery o Howery, que también hacen un estupendo trabajo como sidekicks, Reynolds y Comer forman una gran pareja y dan con las notas exactas tanto en acción como en humor, llevando las riendas de no solo un espectáculo de ciencia ficción muy entretenido, sino también una eficaz comedia romántica.

Ahora bien, que Free Guy no esté basada en nada no quiere decir que sea 100% original. De hecho, la película recuerda demasiado a varios otros títulos. El primer acto parece directamente sacado de La LEGO Película (Guy es en muchos sentidos el mismo personaje que Emmet), la premisa nos remite a cosas como El show de Truman o ¡Rompe Ralph!, y su mecánica mundo real/mundo virtual es similar en más de un sentido a la de Ready Player One, con alguna que otra pincelada adicional de Scott Pilgrim y Her.

Es imposible no acordarse de todos esos films viendo Free Guy, pero de alguna manera, la película logra encontrar su propia voz entre todos estos referentes, abrazando su premisa con ingenio, creatividad visual, buenos gags y mucha energía. Quizá la clave aquí es que la historia no está supeditada a la necesidad de promocionar/relanzar/expandir propiedades intelectuales, algo que se ha criticado mucho a Ready Player One y Space Jam: Nuevas Leyendas, sino que el foco de la historia son sus personajes.

Sí, hay un tramo en el que la película aprovecha que vive bajo el techo de Disney para darnos guiños y algún cameo sorpresa para enloquecer a los fans (literalmente, en mi pase hubo gritos), flirteando peligrosamente con esta práctica de claras intenciones corporativas. Pero afortunadamente, esto se queda en varios gags (brillantes, además) y no es el motor principal de la película, que mantiene su foco en todo momento sobre Guy, Molotov Girl y su viaje para liberarse de las coordenadas que los limitan.

Si Free Guy consigue llegar a buen puerto es sobre todo porque no pierde de vista el corazón de su historia, o lo que es lo mismo, porque Reynolds no permite que la película pierda su humanidad, a pesar de estar a punto de hacerlo en varios momentos. Tanto él como los demás actores aportan credibilidad y espíritu real a un mundo digital hiperestilizado en el que es muy fácil perder el rumbo, elevando el resultado final.

Además de una aventura de acción notable, una comedia romántica más que solvente y un ejemplo perfecto de cómo usar Fantasy de Mariah Carey en una película, Free Guy es un auténtico homenaje a los videojuegos y su importancia en la sociedad y la cultura. Aunque parodia ciertas partes de la industria y sus consumidores, Levy no busca reírse del mundo gamer (o al menos no lo hace de forma cruel y cínica), sino construir una historia de superación y descubrimiento enmarcada en él, lo que la hace accesible a todo tipo de espectadores.

Sí, es cierto que no inventa nada y se le puede achacar esa falta de originalidad de la que hablaba. Además, con una secuela asegurada, no es difícil imaginarla convirtiéndose en otra saga explotada más en el futuro. Pero no adelantemos acontecimientos. Free Guy se sostiene perfectamente por sí sola y aun con sus defectos, está llena de sorpresas y grandes momentos, con un acto final épico, ese descarado humor autoconsciente en la línea de Deadpool y un núcleo acertadamente emotivo. En resumen, el blockbuster veraniego que necesitábamos urgentemente: pura diversión y escapismo a un mundo donde lo virtual también es la vida real.

Nota: ★★★½

[Crítica] Escape Room 2: Mueres por salir

Pedro J. García

Con Escape Room, Sony Pictures encontró todo un filón para desarrollar una saga de suspense y terror en la línea de Saw. En su final, la película de 2019 destapaba un complot mucho mayor que escondía una trama a escala mundial de escape rooms mortales. Tan solo dos años después, y con una pandemia de por medio, sus creadores se han sacado de la manga una secuela que repite la jugada a la vez que expande una propiedad que promete alargarse hasta que el público decida.

Adam Robitel regresa para dirigir Escape Room 2: Mueres por salir, que cuenta con el regreso de los supervivientes de la primera entrega, Taylor Russell y Logan Miller, a los que se unen los nuevos concursantes de esta segunda partida letal, Indya Moore, Holland Roden, Thomas Cocquerel y Carlito Olivero, seis personas de procedencias muy distintas unidas con un objetivo común: salir con vida del juego.

La secuela repite el esquema de la primera parte, con una sucesión de secuencias-puzzle que los protagonistas deben resolver a contrarreloj, antes de que el juego acabe con sus vidas mediante las trampas más sádicas y retorcidas. Sin embargo, en esta ocasión hay un giro. Y es que todos los participantes tienen algo en común que será clave si quieren sobrevivir: todos ya habían jugado al juego con anterioridad.

Así, Escape Room 2, que lleva por subtítulo original Tournament of Champions (Torneo de Campeones) se convierte en una suerte de All Stars sangriento donde anteriores ganadores se unen para superar una nueva serie de escape rooms en los que la dificultad ha aumentado. Al fin y al cabo, si son lo suficientemente inteligentes como para haber sobrevivido la primera vez, en esta segunda ronda, qué menos que complicar un poco más las cosas.

Pese a que Robitel trata de construir un universo más amplio dibujando el misterio de la organización que hay detrás de las escape rooms, la Minos Corporation, y sus oscuros planes, lo más importante siguen siendo los rompecabezas en sí, las salas donde los protagonistas son puestos al límite de sus posibilidades mentales y físicas para sobrevivir, llenas de complicaciones y giros sorpresa a cada paso.

No nos engañemos, al igual que la primera parte, Escape Room 2 carece de toda lógica. La ambientación y las ideas que dan forma a cada habitación son buenas, pero el desarrollo de las pruebas y la forma en la que los participantes van resolviendo las pistas es tan aleatoria, fortuita y caprichosa, que cuesta suspender la incredulidad y creerse lo que está pasando. Aun siendo conscientes de que estamos ante una película fantástica con una premisa imposible, le pesa la falta de coherencia y verosimilitud en muchas situaciones.

Eso sí, Escape Room 2 equilibra sus carencias ofreciendo entretenimiento eficaz y suspense sin descanso. Toda la lógica que le falta la compensa con tensión de principio a fin. Y esa es la mayor virtud del film (y no es pequeña), que dispara la adrenalina y sabe poner al espectador en un estado constante de inquietud y nerviosismo. En mi caso, cada una de las habitaciones me tuvo al borde del asiento, con el cuerpo rígido y aguantando inconscientemente la respiración hasta que los personajes conseguían escapar a la siguiente. Y así hasta el final -que apunta, cómo no, a una inevitable tercera entrega.

Se podrían poner muchas pegas a Escape Room 2. Es más de lo mismo, la película no brilla precisamente por sus interpretaciones y su argumento cae en lo absurdo constantemente. Pero aun así, la secuela no deja espacio para el aburrimiento y logra cumplir con su propósito, hacernos pasar un buen/mal rato a base de alta tensión, emociones fuertes y muertes espectaculares. Esa es la clave de este tipo de películas diseñadas para la gratificación inmediata y no tendría sentido pedirles otra cosa.

Nota: ★★

[Crítica] ‘Viuda Negra’: Despedida en familia

Después de más de una década de Universo Marvel, Viuda Negra por fin protagoniza su aventura en solitario. Ha sido una espera muy larga para ver a Natasha Romanoff en el centro de su propia historia, un privilegio que otros miembros de Los Vengadores ya han tenido con sus propias franquicias individuales. Pero Viuda Negra por fin está aquí, tras muchos años pidiéndola, más el tiempo extra de espera que ha añadido la pandemia de Covid-19 y los consiguientes retrasos en el estreno. ¿Llega tarde? Sí, pero no por eso vamos a negarle la bienvenida -o mejor dicho, despedida- que el personaje y su actriz, Scarlett Johansson, se merecen.

La Fase 4 del MCU no ha comenzado como estaba planeado. Viuda Negra iba a ser el pistoletazo de salida para la nueva etapa del estudio en 2020, pero la crisis sanitaria mundial obligó a cambiar los planes de Kevin Feige y la Fase acabó estrenándose a comienzos de 2021 con WandaVision, la (aclamada) primera serie de Marvel para Disney+. Durante este largo parón de los cines, han sido las series las encargadas de poner en marcha la Marvel post-Endgame, con Falcon y el Soldado de Invierno y Loki sucediendo a la de la Bruja Escarlata y Visión. El MCU está cosechando un gran éxito en Disney+, pero ya echábamos de menos volver a la oscuridad del cine para disfrutar de un espectáculo marveliano en pantalla grande.

Con Viuda Negra (que se estrena simultáneamente en Disney+ con Acceso Premium) tenemos la oportunidad de regresar a las salas por primera vez para ver una película del MCU desde Spider-Man: Lejos de casa en 2019. La maquinaria cinematográfica de Marvel se reactiva así, con uno de sus personajes más longevos e importantes recibiendo el tratamiento que le correspondía. Y es que puede que Natasha Romanoff no sea un Dios o un soldado con superpoderes, pero sí es un miembro esencial de Los Vengadores y ya era hora de que Marvel le diera lo que era suyo.

Viuda Negra transcurre entre Capitán América: Civil War y Vengadores: Infinity War, rellenando los huecos entre ambas películas para mostrarnos qué fue de Natasha durante su tiempo como fugitiva después de que los Acuerdos de Sokovia desintegraran temporalmente a Los Vengadores. La película es una precuela que sirve para profundizar en la psicología del personaje y su pasado, a modo de homenaje tras su devastadora muerte en el gran final de la Fase 3, Vengadores: Endgame. En ella nos reencontramos con una Natasha abatida por la ruptura de su familia superheroica, enfrentándose a una oscura conspiración que la lleva a retomar el contacto con la que fuera su primera familia cuando era una niña.

Porque si algo está claro, es que esta historia va sobre familia (como ya se encargan de recordarlo repetidamente a lo largo del film). Y no necesariamente la biológica, sino la creada -a la fuerza- o la elegida. En el caso de Natasha, al comienzo de la película averiguamos más sobre sus orígenes, en un brillante prólogo al más puro estilo The Americans (by Marvel) que nos presenta a Melina y Alexei (Rachel Weisz y David Harbour), los espías que desempeñaron el papel de padre y madre de ella y su “hermana” Yelena (interpretada de adulta por Florence Pugh), infiltrados en territorio estadounidense; tras lo cual se nos muestra -a través de su brutal secuencia de créditos iniciales– cómo Natasha y su hermana acabaron convirtiéndose en Viudas Negras.

Tras uno de los mejores arranques que hemos visto en una película de Marvel, Viuda Negra orquesta el reencuentro de Natasha con su antigua familia veinte años después para enfrentarse al hombre responsable de convertir a cientos de jóvenes desamparadas en máquinas de matar sin voluntad propia y acabar con el ciclo de violencia contra las mujeres que, como Natasha y Yelena, han sido víctimas de su poder. En esta trama central y varias escenas en particular se pueden trazar muchos paralelismos con el movimiento #MeToo y la liberación de la mujer, hasta el punto de que el villano interpretado por Ray Winstone, un hombre que ha construido un imperio a base de subyugar, manipular y objetificar a las mujeres, parece inspirado en Harvey Weinstein.

Pero Viuda Negra es sobre todo una película de espías, una clara muestra de la vertiente más adulta de Marvel, en la línea de Capitán América: El Soldado de Invierno y Falcon y el Soldado de Invierno, con claros ecos a James Bond o Misión: Imposible, sagas en las que se apoya bastante. Estamos ante un estupendo thriller de acción y espionaje alrededor del mundo que toma los elementos clásicos del género y los adapta al Universo Marvel, conectando con su trama en constante expansión y perfectamente hilada, pero funcionando a la vez como una película independiente, quizá de las más autónomas de Marvel.

La directora Cate Shortland imprime en ella además una capa de intimidad y naturalismo que no solemos ver muy a menudo en las películas de este universo, acercándola, especialmente en sus primeros compases, al cine independiente (sendero que Marvel continuará con Los Eternos de Chloé Zhao). Sin embargo, la película resulta irregular a la hora de fusionar los diferentes elementos y facetas que la componen, con momentos verdaderamente magistrales, diálogos profundos y escenas de acción y combates que quitan el hipo, intercalados por tramos de menor interés que atrancan el ritmo. La mayor desconexión se puede ver en el clímax, donde Shortland debe seguir las normas de Marvel con un tercer acto espectacular y a gran escala que no obstante desentona con el carácter más humano y terrenal del resto de la película, y comete el error de tratar a sus personajes como si fueran superhumanos indestructibles en favor del espectáculo digital.

A pesar de los defectos, Viuda Negra es un trabajo más que notable, especialmente en su forma de combinar acción y emoción en un cóctel que tiene todo lo que hace a Marvel infalible: ese énfasis en las relaciones entre personajes, sus toques de humor (aquí más rebajado), sus conexiones con el resto del MCU que tanto gustan a los fans (y que son clave en la fidelidad del público al estudio) y, por supuesto, su excelente reparto. El cuarteto protagonista es inmejorable: una Scarlett Johansson en pleno dominio del personaje, la robaescenas Florence Pugh derrochando gracia y talento, además de una química fraternal preciosa con Johansson, David Harbour brillando fuertemente como alivio cómico (Red Guardian se merece su propia serie) y la carismática Rachel Weisz ganándonos ya solo con su presencia. Los cuatro forman una familia disfuncional en cuyas divertidas y emotivas interacciones se encuentra lo mejor del film.

Si acaso, al film se le puede achacar dejarnos con ganas de saber incluso más de Natasha, de su pasado y de la organización que la convirtió en Viuda Negra, La Habitación Roja. Sí, el suyo es un personaje misterioso y hermético por naturaleza, pero por momentos, da la sensación de que Nat vuelve a ser un personaje secundario (o al menos un miembro más del elenco coral) en su propia película. Con dos horas y cuarto de metraje, bien podrían haber profundizado incluso más en ella y su historia, teniendo en cuenta sobre todo que el personaje está muerto y esta es la última vez que la veremos.

La película se centra en la búsqueda personal de Natasha tras perder a la familia junto a la que ha luchado codo con codo en los últimos años. Como núcleo emocional funciona perfectamente y Johansson aprovecha la oportunidad para realizar su mejor trabajo en el MCU, pudiendo al fin explorar más a fondo las diferentes aristas del personaje, su condición de humana y mujer en Los Vengadores y su existencia dentro y fuera del grupo tras su traumático pasado. Pero puede dejar con la sensación de ser la primera entrega de una saga que no llegará, sino que tendrá que continuar con otros personajes en otras películas y series de Marvel (Hawkeye principalmente), un futuro próximo del MCU para el que la película se encarga de preparar el terreno, especialmente con el personaje de Florence Pugh, que recoge el testigo de Johansson. Ella, por su parte, se despide por todo lo alto, con un sentido canto del cisne para su personaje tras una evolución fuertemente ligada al devenir de su carrera y su crecimiento como actriz.

La sensación viendo Viuda Negra es la de estar ante una Marvel más segura de sí misma y de su identidad, pero a la vez en busca de nuevas vías para contar sus historias, nuevas voces y perspectivas. Por ahora esa está siendo la tónica general de la Fase 4, una mayor experimentación e individualidad en las películas y series, con las que el estudio está intentando diversificar y ampliar la saga en todos los sentidos -sin abandonar su fórmula. Si bien es cierto que Viuda Negra tenía que haber llegado mucho antes y está lejos de ser perfecta, la trayectoria del estudio y su afianzamiento creativo en los últimos años la ha beneficiado. El resultado es un thriller sólido que inaugura con elegancia, estilo y contundencia el regreso de Marvel a los cines, una película que se apodera de ti sigilosamente y, cuando menos lo esperas, te empuja con su intensidad y te hace una llave de piernas con su peso emocional.

Si la muerte de Natasha en Vengadores: Endgame fue un golpe bajo que no nos dejó apenas tiempo para procesar, en Viuda Negra podemos despedirnos de ella en condiciones, dándole las gracias por simbolizar el triunfo de lo humano y lo vulnerable en un universo de dioses, magos y superhombres donde ella nunca fue el monstruo.

Nota: ★★★

Luca, amistad y descubrimiento en la Riviera italiana

Pedro J. García

A lo largo de 25 años, Pixar nos ha llevado en aventuras alrededor del mundo, el espacio exterior, la mente humana y el plano astral donde habitan las almas. Ahora, con su película número 24, Luca, el estudio de Emeryville nos invita a pasar un verano inolvidable en la Riviera italiana, en la que es una de sus propuestas más aparentemente sencillas de los últimos años, pero igualmente rebosante de encanto, ternura e imaginación y con mucho más bajo su superficie de lo que pueda parecer a simple vista.

Enrico Casarosa, realizador del cortometraje de 2011 La Luna, debuta como director de un largometraje de Pixar con este refrescante cuento de amistad y crecimiento salpicado de fantasía marina. La película narra la historia de Luca y Alberto, dos criaturas procedentes del mar que se transforman en humanos al salir del océano y, movidos por la curiosidad y las ansias de explorar el mundo, se introducen en el pequeño pueblo costero cercano, donde se hacen pasar por niños.

Luca es un niño tímido y asustadizo que vive condicionado por la sobreprotección de sus padres, quienes no le dejan subir a la superficie. Alberto es todo lo contrario, un muchacho despreocupado que hace lo que quiere y se lanza de cabeza a cualquier aventura que se le presente. La película narra la amistad floreciente entre ellos, a los que se suma Giulia, una niña del pueblo que muestra a Luca todo un mundo más amplio de posibilidades fuera del mar. Sin embargo, su diversión se ve amenazada por el peligro de que el pueblo, obsesionado con encontrar y cazar a los monstruos marinos, descubra su verdadera identidad.

Construida como un relato clásico sobre el paso de la infancia a la adolescencia, en Luca no hay grandes villanos ni conflictos de vida o muerte, sino que su trama se apoya principalmente en la amistad y el proceso de maduración de sus protagonistas, con la excusa de una carrera de obstáculos y el sueño de tener una Vespa como hilo argumental de ese viaje iniciático a la adultez. Con claros ecos a La Sirenita y Ponyo en el acantilado, salta a la vista tanto la influencia del Disney clásico como del cine de Hayao Miyazaki, concretamente de sus títulos más infantiles, además de Fellini, otro referente confeso del director.

Con Luca, Pixar muestra su faceta menos experimental y más ligera después de la conceptualmente ambiciosa Soul. Esto llevará sin duda a muchos a considerarla una entrega menor del estudio, que en esta ocasión se dirige principalmente al público infantil. Aquí no hay grandes reflexiones sobre la muerte, conceptos revolucionarios o complejas cuestiones existenciales. En su lugar, tenemos una entrañable y delicada historia sobre cómo una amistad de verano puede cambiarte la vida para siempre. Ni más ni menos.

Paseos en bici bajo el sol, helados en la plaza, juegos en las calles del pueblo, pasta casera esperando en la mesa, noches mirando las estrellas… Luca está llena de cotidianidad mediterránea y nostalgia estival, de inocencia, asombro y descubrimiento. Pero también de miedo, incertidumbre y decepción, sentimientos que surgen de ser diferente a los demás y no saber si esto será un impedimento para cumplir tus sueños. Eso y todo lo que define a una buena historia coming-of-age.

Desde el inicio de la campaña promocional, son muchos los que han visto un subtexto LGBTQ en la historia de Luca y Alberto. Lo cierto es que, aunque sea fácil leer esa amistad como un primer enamoramiento, no hay nada abiertamente al respecto en la película. Eso sí, su mensaje sobre la diferencia y la aceptación puede interpretarse como una metáfora de la experiencia queer“Algunas personas nunca lo aceptarán. Pero otras sí. Y parece que sabe encontrar a las buenas, dicen en un momento refiriéndose al pequeño Luca, lo que se puede relacionar con la idea de salir del armario y vivir la vida tal y como eres, después de crecer ocultando una parte de ti. Mientras Disney se decide a incluir verdadera representación LGBTQ en sus películas y explorar de frente estos temas, es lo único a lo que nos podemos aferrar.

En cualquier caso, Luca es una película preciosa en su sencillez, un relato profundamente emotivo y sincero sobre la amistad entre dos peces fuera del agua que aprenden a salir de la zona de confort, superar las adversidades y madurar, aunque suponga tomar decisiones difíciles. También, y aunque sea un tópico, es una sentida carta de amor a Italia. Y por supuesto, un trabajo de animación visualmente impecable, como cabe esperar de Pixar, con un estilo de animación adorablemente cartoon y una exquisita y colorista ambientación en la que se puede respirar el aroma de las calles italianas, la pasta recién hecha y el agua del mar.

Luca es una película ideal para los más pequeños, pero con la predisposición adecuada, para los adultos puede suponer un emocionante viaje inmersivo de regresión a la infancia, a los veranos inolvidables que nos empezaron a formar como personas y a aquellas amistades que, sigan o no en nuestra vida, nos marcaron para siempre. Casarosa se ha sacado del corazón un film luminoso y evocativo, lleno de alegría, energía y optimismo, que sabe cómo tocar la fibra sensible sin necesidad de recurrir a ningún concepto rompedor, solo apelando directamente a nuestro niño interior y sus recuerdos más felices.

Calificación: ★★★★

[Crítica] En un barrio de Nueva York (In the Heights)

Pedro J. García

“Lights up on Washington Heights!”. El día empieza y el bullicioso barrio neoyorquino de los Heights se ilumina y se llena de vida. Es pleno verano, el calor es sofocante, el asfalto se funde bajo los pies, el sudor y el agua se mezclan… y aun así, las ganas de comerse el mundo no se desvanecen. Ese es el espíritu que recorre el acontecimiento musical de la temporada, En un barrio de Nueva York, esperada adaptación al cine del premiado musical de Broadway In the Heights, creado por Lin Manuel-Miranda, el inquieto y omnipresente genio detrás del fenómeno Hamilton.

Y cuando digo “esperada”, es mucho más que una expresión. La película iba a estrenarse el pasado verano, pero como tantos otros estrenos, tuvo que aplazarse por la pandemia de Covid-19. Y siendo un estreno estival por definición, no podía estrenarse en otro momento que no fuera en verano, así que cuando ya por fin casi la teníamos con nosotros, tuvimos que esperar un año entero más para poder verla. Y ahora, por fin ha llegado el momento y podemos decir que la espera ha merecido la pena.

Jon M. Chu, el responsable del superéxito de la comedia romántica Crazy Rich Asians, dirige la adaptación del musical estrenado en Broadway en 2008 y ganador de cuatro premios Tony (de 13 nominaciones). La historia sigue a lo largo de tres días a un grupo de personajes que viven en el vecindario neoyorquino de Washington Heights, habitado en su mayoría por inmigrantes latinos de clase trabajadora. A ritmo de música caribeña, salsa y rap, la película nos invita a vivir el día a día de una comunidad unida por fuertes lazos y una cultura en común.

En el centro de la historia nos encontramos a Usnavi (Anthony Ramos), joven huérfano dueño de una bodega que sueña con regresar a la República Dominicana para abrir un nuevo negocio. A su alrededor tenemos a un pintoresco plantel de personajes: su primo Sonny (Gregory Diaz IV), que trabaja para él, Vanessa (Melissa Barrera), aspirante a diseñadora de moda y el objeto de su afecto, Nina (Leslie Grace), estudiante de Stanford que vuelve a los Heights para anunciar que ha dejado la universidad, su padre, Kevin (Jimmy Smits), Benny (Corey Hawkins), trabajador del despacho de Kevin que se enamora de su hija, las trabajadoras del salón de belleza local Daniela (Daphne Rubin-Vega), Carla (Stephanie Beatriz) y Cuca (Dascha Polanco), y la mujer que ejerce como matriarca de esta gran familia, Abuela Claudia (Olga Merediz).

Todos tienen algo que los une: una comunidad que los convierte en familia aunque no compartan lazos de sangre y el deseo de cumplir sus sueños mientras tratan de encontrar su lugar en la vida. En un barrio de Nueva York contiene muchas pequeñas historias que nos muestran las diferentes formas de vivir la experiencia en los Heights, la importancia de no perder las raíces y lo que constituye la palabra “hogar”, que para cada uno de los personajes significa una cosa diferente. La película enhebra estas historias personales, esos inspiradores “sueñitos” de cada uno, en un espectáculo musical de sentimiento universal que supone un auténtico chute de energía y optimismo, además de un refrescante chapuzón cinematográfico que llega justo cuando empieza a azotarnos el calor veraniego.

Con guion de Quiara Alegría Hudes, que también escribió el libreto de la versión teatral, y las fantásticas y pegadizas canciones de Lin-Manuel Miranda (que se reserva para él mismo el pequeño papel del Piragüero), Chu convierte la obra en una producción cinematográfica de primera clase, con números musicales coreografiados, filmados y montados a la perfección para asegurar una experiencia que se mantiene casi todo el metraje (y es largo, dos horas y media) en lo más alto, desprendiendo energía, sentimiento y pasión por los cuatro costados.

Desde el poderoso número de apertura -menudo subidón nada más empezar- hasta el jolgorio real del Carnaval del Barrio, pasando por el apoteósico y multitudinario número en la piscina, la sobrecogedora balada de Abuela Claudia, el baile de Nina y Benny desafinado la gravedad en las fachadas de Nueva York o el impresionante dueto romántico entre Ramos y Barrera, filmado en una toma, En un barrio en Nueva York es un constante derroche de ambición e imaginación, además de un prodigio técnico y un triunfo de la puesta en escena.

Y por supuesto, la película cuenta con un reparto entregadísimo, al 150%, un grupo de actores y actrices que se convierten en sus personajes para representar con suma sinceridad el mensaje de familia y comunidad de la película. Todos están geniales, pero si hubiera que destacar a alguien, sería a Ramos, un artista carismático y de talento incontenible que está haciendo méritos para ser la próxima gran estrella de Hollywood (una nominación al Oscar sería más que merecida); y la veterana Olga Merediz, que además de ejercer perfectamente como el pegamento que une la historia y a los personajes, nos regala una interpretación desde el alma, especialmente durante su número musical, un trabajo excelente digno de tener en cuenta para la próxima temporada de premios.

Pese a no contar con un gran conflicto central y tener una duración extendida, En un barrio de Nueva York funciona a todos los niveles y en todas sus facetas. Como carta de amor a la comunidad latina y reivindicación de los inmigrantes en el tejido social norteamericano (al igual que en Hamilton), como cuento motivador y celebración de la voluntad y la perseverancia, y por supuesto, como musical para revisitar una y otra vez, aprenderse las canciones de memoria y animar cualquier día gris volviendo a los Heights.

Si hay una película que hay que ver en una sala de cine, es esta. De hecho, En un barrio de Nueva York no es una película, es un evento. Es una experiencia comunitaria por naturaleza, y como tal, lo ideal es verla y vivirla acompañado, rodeado de personas que también se dejen llevar por su pasión y no puedan quedarse quietos en la butaca mientras suena la música. Esta película es un estallido continuo de energía y emoción, un espectáculo lleno de corazón y alegría que levanta el espíritu cuando más lo necesitamos. ¡Uníos a la fiesta!

Calificación: ★★★★★

Cruella: La Disney más perversa en una precuela de alta costura

Pedro J. García

El estreno de Maléfica en 2014 abrió todo un mundo de posibilidades para Disney. Su librería de clásicos animados no solo ofrecía múltiples oportunidades para remakes, sino también para relecturas con las que contar de nuevo sus cuentos desde la perspectiva de otros personajes. La película protagonizada por Angelina Jolie fue un éxito, y aunque su secuela recaudó mucho menos en taquilla, la maquinaria ya estaba en marcha y era cuestión de tiempo que nos llegaran más precuelas sobre los orígenes de otros villanos de Disney, empezando por una de las más icónicas: Cruella de Vil.

Antes de la nueva ola de remakes de Disney, 101 dálmatas ya tuvo versión de carne y hueso (y manchas) en 1996, con una secuela en 2000. No eran grandes películas precisamente, pero sí tenían algo grande: a Glenn Close como Cruella, un personaje hecho a su medida con el que nos regalaba una interpretación para la posteridad. La encargada de dar vida a la versión más joven de la excéntrica villana de pelo bicolor en esta nueva versión es Emma Stone, que afronta un difícil reto teniendo en cuenta el memorable trabajo de su predecesora, a la que todos vinculamos inevitablemente a Cruella.

Afortunadamente, tanto Stone como la película toman un camino muy diferente al de las entregas protagonizadas por Close, apostando por una versión más oscura, perversa y arriesgada (en términos Disney) de la historia de Cruella. El resultado es una película que se distancia considerablemente de los live-actions más recientes de Disney, con un enfoque más adulto, sin perder el sello Disney, y un argumento que navega con acierto el desafío de hacernos empatizar con una de las villanas más crueles y sádicas del canon Disney, sin convertirla del todo en una heroína bondadosa pero incomprendida como hicieron con Maléfica.

Cruella se ambienta en el Londres de los años 70 para contarnos los inicios de la célebre villana en plena revolución punk rock. Mezclando El diablo viste de Prada con todas las historias de origen Disney y una pizca de DC (imposible no acordarse de Harley Quinn ya desde el tráiler), la película reescribe a Cruella como Estella, una inteligente y carismática chica huérfana con un gran talento para la moda, que tuvo una infancia dolorosa y ahora se dedica a robar y estafar en las calles de Londres con sus compinches, Jasper (Joel Fry) y Horace (Paul Walter Hauser), mientras mantiene en la sombra a su otro yo, una personalidad oscura que desde niña la ha metido en problemas.

Estella sueña con convertirse en una gran diseñadora y dejar su huella personal en el mundo, pero se tiene que conformar con trabajar como limpiadora en unos grandes almacenes hasta que es descubierta por la Baronesa von Hellman (Emma Thompson), una leyenda de la moda, tan chic como aterradora, que haría cualquier cosa por mantenerse en lo más alto. Estella se convierte en discípula de la Baronesa, pero una serie de revelaciones la llevarán a sacar a la luz a su alter ego malvado, Cruella, para llevar a cabo un plan de venganza con el que su nombre estará en boca de todos gracias a su visión única y rompedora de la moda.

Cruella es quizá la película Disney menos Disney de la etapa más reciente de la compañía. Sí, en ella encontramos elementos clásicos del estudio, como el retcon que convierte a su protagonista en huérfana, la presencia de acción digitalizada y varias mascotas que aportan notas de aventura para toda la familia; pero por lo general, la precuela transcurre por un terreno más oscuro y maduro, menos para niños. No en vano, la película, dirigida por Craig Gillespie (Yo, Tonya), está coescrita por Tony McNamara, guionista de La favorita y creador de la serie The Great, que junto a Dana Fox (de la serie Home Before Dark), construye una historia más atrevida y afilada de lo que Disney nos tiene acostumbrados.

Al igual que las películas de los 90 estaban hechas a medida para Close, Cruella es un vehículo de lucimiento perfecto para Stone, que hace suyo el personaje dándole una personalidad llena de vida y matices, lo suficientemente diferente, pero indudablemente De Vil. La actriz de La La Land está en su salsa y resplandece con un trabajo lleno de energía frenética y una actitud punk irresistible. Excelente tanto en la faceta cómica como en la dramática del personaje, Stone se mete al personaje en el bolsillo y lo da todo en cada escena, coronando su interpretación con un conmovedor soliloquio final. La película es suya.

Pero Stone tiene una rival a la altura en la siempre brillante Emma Thompson, que aquí está sencillamente sublime como la Baronesa, una villana creada para dar sentido a Cruella, con la que la actriz británica aprovecha cada escena y cada uno de sus segundos en pantalla para desplegar su talento y presencia con la elegancia sin fin y el carisma que la caracterizan. En la dinámica entre ambos personajes, reminiscente como ya he dicho (y como todo el mundo pensará) de la de Meryl Streep/Anne Hathaway en El diablo viste de Prada, se encuentra la mayor baza de la película. Con permiso de la moda, claro.

Y es que si hay algo que destacar especialmente de Cruella además de sus actrices, es su lujoso y arrebatador vestuario, en conjunción con un maquillaje, un diseño de producción y unos looks para morirse. La diseñadora de vestuario ganadora de dos Oscar, Jenny Beavan, tiene otra nominación asegurada. Cruella es un desfile continuo de moda en el que los vestidos y los estilismos no solo dejan con la boca abierta, sino que además desempeñan una función esencial en la historia, encontrando mil maneras de enfatizar la narración con ellos e informar sobre los personajes. Un trabajo impecable.

En cuanto a la historia, es cierto que, aun siendo arriesgada para ser Disney, le falta ese punto extra con el que habría volado incluso más alto. Cruella es una película que está pidiendo constantemente una calificación por edades mayor de la que tiene -en el guion se nota el forcejeo de McNamara y Fox por hacerla más osada y llevarla al límite-, pero todos sabemos que eso es imposible tratándose de Disney. En este sentido, hay cierta desconexión entre la Cruella más rebelde y anárquica y algunas escenas más disneyanas y familiares, que hace que la película no sea del todo cohesiva, a lo que tampoco ayuda su extenso metraje (2 horas y cuarto), que inevitablemente afecta al ritmo.

Problemas aparte, Cruella es una de las películas más llamativas y estimulantes que ha hecho Disney en los últimos diez años. Aprendiendo de Maléfica, esta vez la villana no es una santa bondadosa obligada por los demás a hacer el mal, sino una persona con una historia traumática que ha condicionado su vida, sí, pero también con una tendencia innata a hacer el mal y un trastorno psicológico que la hace capaz de lo peor. Con una magnética Stone en el papel titular y una enorme Thompson como antagonista de lujo -en el duelo de las Emmas, nosotros salimos ganando-, una puesta en escena impecable, un vestuario de infarto y una perfecta banda sonora rock, Cruella consigue dejar su huella en un mundo de copias sin personalidad propia.

Calificación: ★★★½

[Crítica] Mía y Moi: De latir mi corazón se ha parado

La sangre une mucho más que el pegamento. Más que el superglú y la silicona juntos, más que una pulsera de la amistad o una maldición grupal. Mía y Moi son hermanos y lo son para siempre. Pase lo que pase. Han sido completamente inseparables desde el mismo instante en que se conocieron. Su vínculo se ha ido acrecentando gracias a grandes dosis de amor y canciones italianas por parte de madre y a los traumas y el abandono por parte de padre. Mía y Moi son el epítome del amor fraternal. Ahora que su madre ya no está, ellos están solos ante el mundo. Ella le protege a él y él a ella. Mía y Moi, la opera prima de Borja de la Vega, nos enseña qué ocurre cuando ese mundo de dos se ver perturbado por presencias externas.

La muerte de su madre ha roto a Moi (Ricardo Gómez, el que fuera el icónico Carlitos en la serie Cuéntame cómo pasó y una de las mayores sorpresas teatrales de las últimas temporadas gracias a sus papeles en Rojo y Mammón). Siempre se dice que el mayor horror de una madre es enterrar a su hijo, pero lo contrario tampoco se queda corto. Su presente está marcado por una serie de pastillas que tiene que consumir a diario para sobrellevar la depresión y el cariño de Biel, un novio ideal (Eneko Sagardoy, el gigante ganador del Goya a mejor actor revelación por Handia y que formó parte del reparto de la serie Patria). Una pareja preciosa perjudicada por el dolor y el vacío de la pérdida y el duelo. Mía (Bruna Cusí, la mismísima lideresa de La reina de los lagartos e igualmente ganadora del Goya a mejor actriz revelación por Verano 1993) también está rota, pero su tratamiento es bastante diferente. Comentarios irónicos y una relación destructiva con Mikel (Joe Manjón,  al que hemos podido ver en La Virgen de Agosto y fugazmente en alguna que otra producción internacional como Timadoras compulsivas o Resucitado). Dos hermanos, dos relaciones de pareja completamente antagónicas. De la idolatría de Biel por Moi al cuelgue tóxico de Mía por Mikel. Los cuatro coincidirán unos días en la antigua casa de la madre de los dos hermanos. Una villa en mitad de la nada, con la playa a un tiro de piedra. Un emplazamiento perfecto para curarse de todos los males o para enfangarse aún más en la mierda.

Mía y Moi captura a la perfección ese tiempo detenido de los interminables días de verano. Una tarea harto difícil en la que resuenan ecos de los calenturientos veranos del Luca Guadagnino de Cegados por el sol y Call Me By Your Name, de las discusiones interminables y a corazón abierto de Antes del anochecer de Richard Linklater y de la quietud parlanchina del maestro del existencialismo de las horas muertas de verano por excelencia: Éric Rohmer, que con sus cintas La rodilla de Clara, Pauline en la playa, La coleccionista, Cuento de verano o El rayo verde nos descubrió los placeres y los demonios del verano. Conociendo sus referencias, De la Vega construye un universo plenamente original. De su manos nos introducimos de lleno en ese mundo de cuatro habitantes gracias a sus pequeñas conversaciones, de sus baños nudistas en la playa y con sus partidas al chúpate dos o al Monopoly. Con esa serie de certeras  pinceladas, primando la sencillez sobre esa sobreexposición y sobreexplicación que suelen poblar los debuts cinematográficos, logra crear cuatro personajes altamente complejos e identificables, en los que vemos reflejados algunas de nuestras virtudes y, especialmente, nuestros vicios: desde el bloqueo absoluto de Moi al complejo de salvador de Biel, pasando por la sumisión de nuestro lado rebelde de Mía a la toxicidad autoconsciente de los tiras y afloja de Mikel. Un cóctel de emociones extremas  a punto de explotar… o de perder todo su gas y dejar que la inercia siga con su cometido divino. Puede que al final de esta escapada, Moi siga siendo un vegetal emocional repleto de sensaciones que ni sepa, ni pueda transmitir, o que Biel siga anteponiendo sus cuidados a su futuro profesional y terminé por perder la lengua de tanto mordérsela para no ser una fábrica de reproches, también puede que Mía y Mikel hagan oficial su relación y ésta amanezca cada día justificando que lo de la noche anterior no fueron sino menudencias típicas de las cosas del querer… o puede que no y que todo sufrimiento termine de una vez por todas.

Además del estilazo de De La Vega a la hora de rodar y de los riesgos que acomete en su guion, Mia y Moi se engrandece aún más gracias a cuatro interpretaciones de altura. Cuatro de las mejores que hemos podido experimentar en nuestro cine en los últimos años. Resulta un verdadero placer ver cómo Cusí y Sagardoy siguen confirmando su ascenso y que sus Goya no fueron flor de un día, así como el increíble magnetismo tóxico que despide el cabrón y muy despreciable Mikel de Joe Manjón. Mención aparte merece la potente interpretación física de Ricardo Gómez, que logra transmitir a la perfección el vacío existencial de un hombre completamente destruido gracias a una serie de pequeños gestos y muy pocas palabras.

Mía y Moi se convierte en la primera gran cinta de este 2021 y en un valor seguro de cara a los próximos Goya.

Calificación: ★★★★

[Crítica] Ilargi Guztiak. Todas las lunas: Amor de madre

David Lastra

¿Cuánto dura el mañana? Si para un simple humano dura la eternidad y un día, imagina el abismo que debe suponer para aquellos seres inmortales que habitan en nuestro imaginario. ¿Bendición o maldición? El cine se ha acercado a esta diatriba sobre el sentido finito de la vida desde diferentes ópticas, desde el nihilismo hemofílico de Lestat y compañía en Entrevista con el vampiro a los bucles temporales en la villa de Punxsutawney en Atrapado en el tiempo o más recientemente en la genial Palm Springs, pasando por los potingues y demás jarabes milagrosos de La muerte os sienta tan bien. La conclusión a la que hemos podido llegar como avezados espectadores y filósofos de andar por casa es que esa supuesta ventaja de la vida eterna es más bien una maldición infinitaIgor Legarreta (Cuando dejes de quererme) nos trae una visión en clave folk sobre el tema en Ilargi guztiak (Todas las lunas).

Un beso a la luz de la Luna lo cambió todo para una pequeña niña (la debutante Haizea Carneros). El beso de una madre (Itziar Ituño, que además de ser Lisboa en La casa de papel es una de las caras más reconocibles del nuevo cine euskaldun gracias a títulos como Loreak o las más recientes Errementari. El herrero y el diablo y Hil kanpaiak. Campanadas a muerto). Uno de los actos de amor más grandes que existen. Especialmente cuando la niña es huérfana y es la primera vez que siente el calor maternal. El flechazo es instantáneo y madre e hija se prometen amor eterno. Un pacto que hará que vean todas las lunas, pero ningún sol… Es lo que tiene convertirse en vampiro. No todo va a ser brillar y tener pelazo como los de la saga Crepúsculo. La plácida existencia de estas dos chupasangres cambia radicalmente el día en que una turba de hombres enfurecidos, otra constante en este tipo de cine, deciden quemar la casa en la que pernoctan ambas con sus compañeros no muertos. Desde ese momento, la madre pensará que su cachorro ha muerto y la pequeña deberá encontrar la manera de sobrevivir en el bosque sola. 

Ilargi auztiak es una fábula oscura que explora la maldición de la eternidad. El hecho de ver cómo todo el mundo que le rodea envejece paulatinamente y termina muriendo va haciendo mella en la psique de una niña no tan niña. Una mujer que no acepta esa longevidad como un don, cosa que sí hacía el demonio carmesí interpretado por Kirsten Dunst en Entrevista con el vampiro o la más talludita Saoirse Ronan en esa pequeña joya llamada Byzantium. Esta niña lo ve como la más cruel de las condenas. Un peso del que no ve la hora de librarse. Legarreta nos va mostrando ese desencanto de manera bastante irregular, con alguna que otra bella imagen potenciada gracias a la música de un eficiente Pascal Gaigne (Handia), pero con una sucesión de capítulos bastante reiterativos y previsibles que van minando poco a poco el interés a medida que van pasando los minutos.

Calificación: ★★½

[Crítica] Valhalla Rising: Apocalipsis vikingo

David Lastra

Nicolas Winding Refn. A la mayor parte de los directores los conocemos por su apellido, pero a ti no. Puede que sea por la sobredosis de consonantes que tienen los tuyos, algo que nos hace comprobar siempre dos veces el orden de las enes cada vez que lo escribimos. Tampoco nos haces sentir muy cercanos a ti como para llamarte por tu nombre de pila, por mucho que nos sorprendas con tus coreografías en los tik toks de tu hija. Para nosotros siempre serás NWR. Acrónimo que nos has impuesto y hemos abrazado felizmente. Porque tú eres diferente a todos y te queremos tal y como eres.

Introdujiste el neón y sintetizadores a los millennials con la seminal Drive. Marcando a toda una generación, no solo de espectadores, sino de directores. Sin ella, el revival estético y musical ochentero no hubiese durado otra década más. Lo cual no sabemos si es bueno o malo. Nuestro affaire siguió con otro Ryan Gosling silencioso en la excesiva e injustamente infravalorada Solo Dios perdona, con la disfrutona y mamarracha, en el buen sentido de la palabra, The Neon Demon, y con ese proyecto onanístico-artístico llamado Too Old To Die Young, una serie que se nos atragantó a muchos pero que terminó siendo extremadamente placentera.

Pero antes de todo eso, NWR ya tenía un nombre en el mundillo gracias a su ausencia total de cortapisas a la hora de mostrar el lado más violento y oscuro del ser humano, ya fuese con Bronson, uno de los primeros (y sobreactuadísimos) papeles de otro de los novios de internet, Tom Hardy (Mad Max: Fury Road), o con la trilogía Pusher, donde nos descubrió a otro de nuestros grandes romances digitales: Mads Mikkelsen (Otra ronda).

Nuestro Hannibal televisivo, una de las bestias pardas más magnéticas y solventes del cine europeo, nació cinematográficamente en ese parto de dos horas llamado Pusher: un paseo por el abismo, para volver a encontrarse años después en Bleeder y Valhalla Rising, una rara avis en la filmografía de una verdadera rara avis. En esta película, Mikkelsen encarna a un hombre muerto en vida que se dedica a pelear, no por vicio, sino por obligación. Él es el luchador estrella del circuito de peleas entre esclavos y demás basuras humanas. Cuando le conocemos, ya solo tiene un ojo como el mismísimo Odín y la leyenda sobre sus espaldas de ser un demonio proveniente del mismísimo infierno. Un hecho que se ve confirmado cuando se le ve luchar. Sanguinario, implacable y siempre victorioso. Todas las muertes que acarrea a su espalda no le suponen ningún remordimiento y la única fisura que podemos encontrar en su temible fachada es la respuesta no violenta que tiene con el niño que le proporciona comida y le ata después de cada batalla. Todo cambia cuando nuestro antihéroe asesina a sus amos y se une a una expedición de vikingos cruzados cristianos para liberar la Tierra Santa.

Aunque en un primer momento pueda parecernos una obra bastante ajena al resto de su filmografía, Valhalla Rising no es sino otra versión más de su habitual cuento de venganza y (no) redención. Puede que el ritmo en esta ocasión sea un poco más pausado de lo habitual (aunque el de Too Old To Die Young se las trae) o que caiga en unos filtros rojos a los que ahora ni se acercaría, pero la historia de este hombre ferino no es sino la misma historia vengativa sin redención posible que ya vimos (o veremos, si hablamos cronológicamente) en los también poco parlanchines personajes de Gosling en Drive Solo Dios perdona. Incluso este demonio incurre en el mismo complejo de salvador, en esta ocasión hacia el niño al que adopta.

Como es habitual, Mikkelsen clava la presencia física del personaje, haciendo que nos creamos en todo momento que sea una verdadera máquina de matar, pero lo que no logra, por culpa de NWR, es que lleguemos a empatizar con él y su ¿búsqueda? Valhalla Rising comienza de manera muy poderosa con las peleas de Mikkelsen rodadas de una manera espectacular, como solo NWR sabe, y con una muy inquietante y abrupta banda sonora de Peter Peter y Peter Kyed (sus compositores habituales hasta que Cliff Martinez llegó a su vida) para terminar diluyéndose en una sucesión de planos contemplativos que ni Terrence Malick (El árbol de la vida), que desembocan bastante atropelladamente en un climax final à la Apocalypse Now que no agobia, ni trastoca tanto como pretende.

Decir que estamos ante un traspiés en su filmografía sería algo completamente injusto, porque, aunque inferior a la mayor parte de su obra posterior, Valhalla Rising sigue siendo una obra bastante más valiente y arriesgada de lo que nos solemos encontrar en cartelera… y si además nos llega con más de diez años de retraso a nuestras pantallas, no podemos sino dedicarle un sonoro skæl y un fuerte abrazo.

Calificación: 

[Crítica] Earwig y la bruja: Esta no es mi Ghibli

Pedro J. García

A lo largo de casi treinta años, Studio Ghibli nos dio un puñado de clásicos y obras maestras del cine de animación. Mi vecino Totoro, La tumba de las luciérnagas, La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro o El castillo ambulante, por citar algunas, figuran entre las películas de animación tradicional más queridas de todos los tiempos, convirtiendo al estudio japonés en uno de los más emblemáticos y prestigiosos del mundo.

Por eso, cuando Ghibli anunció su primer largometraje realizado íntegramente por ordenador, Earwig y la bruja (Āya to Majo), muchos se sintieron traicionados. Después de tanto tiempo resistiendo ante el reinado del cine digital, Ghibli dejaba de lado el 2D de toda la vida para presentar una nueva aventura enteramente en CGI, marcando así su regreso oficial desde que en 2014 cerrara temporalmente sus puertas para reestructurar internamente la compañía ante sus dificultades económicas.

Earwig y la bruja es la nueva apuesta de un estudio para el que centrase en la producción de animación tradicional para cines ya no resultaba rentable, con sus últimas películas (El viento se levanta, El cuento de la princesa Kaguya) recaudando menos de lo esperado en taquilla. De hecho, la película no se estrenó en cines en Japón, sino en la televisión pública NHK, coproductora del film. Internacionalmente, su lanzamiento estaba previsto en el festival de Cannes, pero tuvo que cancelarse por culpa de la pandemia de COVID-19, y en Estados Unidos se estrenó en cines limitados y HBO Max el pasado febrero (pasando sin pena ni gloria). En cambio, en otros territorios sí ha tenido estreno solo en salas, incluida España, donde llega de la mano de Vértigo Films.

Y lo hace rodeada de mínima expectación, dejando muy atrás la emoción que los amantes de la animación sentíamos ante el estreno de una nueva película de Ghibli.

Claro que Earwig y la bruja no está hecha específicamente para el público adulto que se obsesionó con Mononoke o Chihiro, sino para los más pequeños de la casa. La película, dirigida por Gorō Miyazaki (Cuentos de Terramar, La colina de las amapolas), supervisada por su padre, el gran Hayao Miyazaki, y producida por otro veterano del estudio, Toshio Suzuki, es una adaptación del libro infantil de Diana Wynne Jones, autora británica de fantasía de la que Ghibli ya adaptó otra de sus novelas, El castillo ambulante.

La película cuenta la historia de Earwig, una traviesa y descarada niña huérfana de 10 años que tiene la habilidad de manipular a los demás para que hagan lo que ella quiera. Desde que fue abandonada cuando era un bebé, Earwig ha crecido en un orfanato, donde ha tenido una vida feliz y apacible. Un día, una extraña mujer acompañada de un hombre incluso más misterioso adoptan a la niña.

La mujer resulta ser una bruja, que se convierte en su madrastra y su jefa, obligándola a trabajar como una esclava para ella a cambio de la promesa, que nunca cumplirá, de enseñarle a usar la magia. Por primera vez en su vida, a Earwig no le salen las cosas como ella quiere, por eso hará todo lo posible para salirse con la suya, explorando el poder mágico que hay en su interior a la vez que destapa los secretos de los habitantes de su nuevo hogar.

Earwig y la bruja conserva el espíritu de Ghibli y se adscribe a la tradición de sus títulos más ligeros y juveniles, con la entrañable (e infravalorada) Nicky, la aprendiz de bruja como principal y obvio referente. Bajo la supervisión de Miyazaki y Suzuki, la película tiene el inconfundible aire del estudio, pero tanto su historia como su animación carecen de la magia y la calidad a las que nos tenía acostumbrados. Visualmente, Earwig es tremendamente irregular. Por un lado, tiene paisajes preciosos y un notable apartado de diseño de producción, con escenarios muy cuidados y detallados, pero la animación de personajes empaña el conjunto, con un CGI anticuado y rudimentario que parece pertenecer más bien a una película de hace 15 años.

Pero el mayor problema de la cinta no es su animación genérica. Sí, visualmente supone un bajón considerable con respecto a los anteriores trabajos del estudio, pero hasta cierto punto esto se puede entender si tenemos en cuenta sus problemas económicos y su necesidad de realizar películas más pequeñas. Pero lo que no se puede perdonar es una historia tan mal contada y un guion sin pies ni cabeza, que no conduce a ninguna parte y desaprovecha por completo todo su potencial.

La película empieza de forma agradable, planteando una historia sencilla para niños que promete magia y aventura. Sin embargo, este comienzo da lugar a un argumento en el que no hay apenas conflicto y las ideas que se van introduciendo quedan en nada. Se podría decir que en Totoro o Nicky tampoco había una estructura narrativa muy definida, pero sí había suficiente alma y corazón como para que la ausencia de un gran conflicto no fuera un problema.

En Earwig simplemente no ocurre nada. No es más que una sucesión de viñetas y momentos inconexos en los que de vez en cuando se puede atisbar algún indicio de una historia mayor que nunca llega a tomar forma. Hay escenas aisladas que funcionan, pero que no conforman un todo cohesivo. Al final, después de una narración sin apenas eventos, todo converge en un anticlímax en el que la película termina abruptamente, sin resolver tramas y dejando muchas cosas en el tintero. En otras palabras, un preámbulo alargado para algo que no llegamos a ver.

En teoría, Earwig posee muchas de las cualidades que definen las historias de Ghibli: protagonista femenina, historia de crecimiento personal (muy reminiscente de la de Nicky, como decía antes), realismo mágico y su característico humor inocente. Pero a la práctica, todo se viene abajo por una historia cogida con pinzas en la que no nos encontramos la chispa de sus anteriores obras y una animación decepcionante que nos hace echar de menos en cada plano la bellísima animación tradicional del estudio.

No podemos olvidar que la película se dirige a la infancia, concretamente a niños, y que por tanto no le deberíamos exigir mucho (cosa que yo no he podido evitar hacer en esta crítica, lo reconozco), pero es que después de todos estos años regalándonos joyas inolvidables, es inevitable comparar y sentir que Ghibli ha fallado a sus raíces. Siendo benevolentes, podríamos decir que Earwig es una película infantil simpática y seguramente desempeñará bien su papel con los más pequeños, pero muchos amantes de Ghibli esperamos algo más, aunque tengamos claro que sus aspiraciones con ella no sean tan épicas como en anteriores ocasiones.

Si la película hubiera sido mejor a nivel narrativo o tuviera una animación más bonita, se le podría perdonar; pero es que Earwig no está a la altura en ningún aspecto de la excelencia del estudio que disparó nuestra imaginación tantas veces. Y que hasta hace poco nos inspiró a luchar por la supervivencia de la ilustración tradicional ante el avance imparable de la animación por ordenador.

‘Chaos Walking’ y lo que pudo haber sido

Pedro J. García

Lo de Chaos Walking es la historia de un fracaso anunciado. La película se rodó en 2017, pero quedó guardada en un cajón después de que sus pases de prueba fueran abrumadoramente negativos y su productora, Lionsgate, decidiera añadir nuevas escenas para intentar arreglar el entuerto, aumentando su presupuesto de 60 a 100 millones de dólares. Con sus dos protagonistas, Tom Holland y Daisy Ridley, muy ocupados con Marvel y Star Wars respectivamente, los reshoots tuvieron que esperar hasta 2019. Y entonces, cuando por fin parecía encaminada a estrenarse, llegó la pandemia y obligó a aplazarla una vez más.

La película, dirigida por Doug Liman (Al filo del mañana) y basada en el best-seller de Patrick Ness (Un monstruo viene a verme), llega al fin a los cines en 2021 y tristemente lo hace en las peores circunstancias posibles. Arrastrando la etiqueta de película maldita y con la posibilidad truncada de continuar en una trilogía como estaba previsto. Chaos Walking podría haber sido ser el inicio de una nueva saga juvenil de ciencia ficción distópica, sucesora de Los Juegos del Hambre o El corredor del laberinto, con dos estrellas (los mismísimos Spider-Man y Rey) como cabeza de cartel, pero finalmente se queda en el enésimo intento fallido de levantar un nuevo universo cinematográfico.

Pero en realidad, la película no es el desastre absoluto que muchos se han empeñado en señalar. De acuerdo, no es ninguna maravilla, pero teniendo en cuenta su accidentada producción, sus escenas grabadas con dos años de diferencia y la dificultad de trasladar a la pantalla la novela de Ness, Chaos Walking sale bastante airosa con una película por la mayor parte coherente, cohesiva y de buena factura, en la que lo peor no es lo que han hecho, sino lo que podrían haber hecho.

El film nos introduce en el hostil mundo de Todd Hewitt (Holland), un chico de la Tierra que vive en Prentisstown, una colonia humana dentro de un planeta desconocido, donde todas las mujeres han desaparecido y los hombres se ven afectados por el Ruido -una fuerza que exhibe todos sus pensamientos para que los demás los oigan en voz alta. Criado por sus padres adoptivos, Ben (Demián Bichir) y Cillian (Kurt Sutter), Todd debe aprender a controlar su Ruido para protegerse del predicador Aaron (David Oyelowo), el alcalde de Prentisstown, David Prentiss (Mads Mikkelsen) y su hijo Davy (Nick Jonas).

Cuando una misteriosa chica llamada Viola (Ridley) se estrella en su planeta, Todd se embarcará junto a ella en una aventura llena de peligros para protegerla de Prentiss y sus hombres, que guardan un oscuro secreto que la joven amenaza con desvelar y les pisan los pies para impedirlo. Viola no posee el Ruido y es la clave para descifra los secretos de Nuevo Mundo y el pasado de Todd, así como la esperanza para la supervivencia de los humanos en su nuevo hogar. Además de la primera chica que Todd conoce en su vida.

Chaos Walking adapta El cuchillo en la mano, el primer volumen en la trilogía de Ness. Aunque efectúa algunos cambios sustanciales, como elevar la edad de los protagonistas (en el libro Todd tiene 13 años), por lo general se mantiene bastante fiel a la historia y los temas de la novela.

El film comienza con buen pie, planteando cuestiones interesantes que apuntan a algo más complejo y provocador (el fanatismo religioso, la masculinidad tóxica, crítica al colonialismo, el conflicto bélico) y está cargado de buenas ideas y decisiones acertadas con las que Liman capta la imaginación y creatividad de la novela en la pantalla -principalmente la manifestación visual del Ruido, que transmite a la perfección ese caos cacofónico y desconcertante que conlleva que los pensamientos de todos estén al descubierto.

Los problemas empiezan en el segundo acto, cuando Todd y Viola escapan y la acción se acelera. Los acontecimientos se suceden demasiado rápido y no hay tiempo para profundizar en los temas que se han presentado. El viaje de los protagonistas se antoja corto y precipitado, resultado de la necesidad de condensar la historia en dos horas para el cine. Y aunque la acción es notable, el tono acertado y la historia entretenida, la prometedora premisa se diluye en favor de una aventura que acaba siendo más genérica de lo que debería haber sido.

Y es que el material con el que contaban estaba lleno de posibilidades que la película no aprovecha. Holland y Ridley se esfuerzan por dotar de aristas a sus personajes (especialmente Holland, que acomete todos sus papeles con el mismo nivel de compromiso y representa muy bien esa tensión entre su sensibilidad y la masculinidad agresiva y tradicional de Prentiss). Además, hay bastante química entre ellos, lo cual nos deja escenas muy simpáticas que animan la historia. Pero ni siquiera ellos son capaces de sacar a flote una película que desde su propia naturaleza parece destinada a no cumplir su promesa.

A pesar de un buen inicio y un desarrollo que mantiene la atención, Chaos Walking acaba desinflándose en su acto final hasta llegar a un enfrentamiento simple y anticlimático que resuelve la historia de forma insatisfactoria, quedándose en la superficie y prácticamente abandonando varios de los asuntos que ha presentado (como la relación de los humanos con la especie autóctona). Para cuando llega el epílogo, da la sensación de que tiraron la toalla y sabían perfectamente que la película no tendría secuela. Una pena, teniendo en cuenta la complejidad temática y la madurez que alcanzan las novelas, con las que se podía haber creado un universo fascinante en la pantalla.

Al final todo se reduce a eso, a potencial malgastado. Chaos Walking no es una mala película, de hecho funciona bien como entretenimiento ligero, escapismo de fantasía y acción para pasar el rato. Pero se deja tantas cosas en el tintero y desaprovecha tanto su oportunidad como inicio de saga, que es inevitable sentir decepción, no por lo que es, sino por lo que pudo haber sido.

Calificación: 

[Crítica] Otra ronda: Happy Hour de cinco a ocho

David Lastra

♫ Hay un país lleno de encanto ♫… que una ardilla roja podría cruzar de rama en rama de haya sin tocar el suelo. Hay un país lleno de encanto donde todos los patitos feos se convierten en cisnes. Hay un país lleno de encanto donde todo el mundo se mueve en bicicleta y en el que casi no hay paro. Hay un país lleno de encanto que se llama Dinamarca.

Una tierra de ensueño que parece recién sacada del imaginario de su gran cuentista nacional, Hans Christian Andersen. La conjunción perfecta entre los países nórdicos y la Europa central. Dinamarca, la postal perfecta del nuevo viejo continente. Pero como Marcelo le dijo a Horacio, Algo huele podrido en Dinamarca… y lo que es peor, algo sigue oliendo bastante mal en Jutlandia y las otras 407 islas que la conforman. Thomas Vinterberg (La caza) retrata en Otra ronda (Druk) una de las grandes epidemias que sufre su país natal desde tiempos inmemoriales: el alcoholismo.

Conocimos a Vinterberg como compañero de fechorías de Lars Von Trier en ese trasnochado (y divertido) experimento que fue el manifiesto Dogma 95. Si Von Trier se preocupó más en mearnos en la cara con sus desquiciantes Idiotas, Vinterberg optó por plantarnos una bomba de relojería en mitad de nuestro salón. Su Celebración reventó las apariencias de la bien avenida gran familia burguesa europea y le sirvió para colocarle en el Olimpo del cine europeo. Con más aciertos (Dear WendyLa cazaLa comuna) que tropiezos (Kursk) en su andadura, no solo ha logrado mantener ese estatus, sino que lo ha magnificado con Otra ronda, con la que arrasó en los premios del Cine Europeo y ha conseguido una doble nominación a los Oscars, a la mejor película internacional y a la mejor dirección para el propio Vinterberg.

Otra ronda nos cuenta la historia de cuatro profesores de instituto. Cuatro machos nada alfa que han sabido cumplir más o menos con el triple mandato heteronormativo de trabajo-piso-pareja. Señoros de mediana edad que siguen reviviendo las locuras de sus años de su cada vez más lejana juventud en las reuniones ‘solo para hombres’ que se marcan periódicamente. Pero algo huele a podrido en esa idílica vida de machos. Sus matrimonios se resquebrajan con cada orín nocturno de los hijos de uno o con los turnos laborales nocturnos de la mujer de otro. ¿Qué podrían hacer cuatro heterosexuales de bien como ellos para recuperar el flow en sus vidas? Beber, beber y beber. Pero no pillándose una cogorza de sábado noche como gran parte de sus camaradas, sino realizando un estudio académico sobre la ingesta de alcohol siguiendo la teoría de Finn Skåderud. Según este psiquiatra y psicoterapeuta noruego (que existe en la realidad), el ser humano tiene un déficit del 0,05% de alcohol en el cuerpo, por lo que un buen copazo paliaría esa diferencia y convertiría al sujeto en una persona mucho más creativa y segura. Los cuatro profesores añadirán una pequeña coletilla a su dogma para hacerlo mucho más molón: deberán seguir las enseñanzas de Ernest Hemingway. Al igual que el pamplonica adoptivo más internacional y borracho, ninguno de ellos deberá beber alcohol más allá de las ocho de la tarde, ni los fines de semana.

Gracias a una cultura del alcohol muy arraigada, Dinamarca cuenta con una de las juventudes más borrachas del mundo y las muertes relacionadas por su consumo se disparan año tras año. Pese a los horribles datos, el alcohol no es un estigma en la sociedad danesa, sino casi un símbolo nacional. Ya desde la primera escena con la carrera de cerveceo extremo por el lago, vemos una vez más la estúpida relación que el ser humano establece entre el alcohol y la diversión. Los jóvenes de Otra ronda normalizan su alcoholismo y no lo esconden en ningún momento, de igual manera que sus mayores aceptan que lo sean… porque ellos mismos lo son.

El único momento en que vemos existe cierta censura al consumo de alcohol es durante las horas lectivas. Será en esas horas donde los jóvenes solo pueden embriagarse de conocimientos, cuando los machos no alfa aprovecharán para llevar a cabo su experimento. Aunque en un primer momento ese 0,05% hará que la calidad de las clases de historia o de canto sean mucho más dinámicas e interesantes, el ansia investigadora (ejem) hará que decidan subir la tasa de alcohol en la sangre para lograr exprimir la teoría de Skåderud al extremo. Desde ese momento en el que Otra ronda se introduce en una espiral descendente en la podredumbre moral de todos y cada uno de sus personajes a través de las consecuencias que trae el alcoholismo tanto en ellos mismos como en sus allegados. Con una simple ronda de chupitos, Vinterberg vuelve a dinamitar la fachada del envidiado bienestar de las dulces familias danesas.

Si bien, como es común en el cine de Vinterberg, Otra ronda termina ofreciéndonos una conclusión bastante aguada resolviendo de manera taimada el experimento de los machotes, su narración no llega a ser tan descarnada como debería una historia de estas características, resultando un producto extremadamente frío, hasta para una película danesa. Una ausencia casi total de sentimientos en los cuatro machotes hace que sea bastante difícil empatizar con ellos. En ningún momento se logra transmitir ese hygge (concepto danés sobre los momentos acogedores y cálidos que se viven junto a familiares o amigos alrededor de unas bebidas) entre los cuatro protagonistas. Cuando vemos sus borracheras comunales o sus lingotazos individuales parece estuviésemos visionando el remake europeo perdido de Resacón en Las Vegas, haciendo que la posible denuncia sobre la aterradora realidad etílica se desvanezca casi por completo.

Ni siquiera logramos empatizar con el profesor de historia interpretado magistralmente por Mads Mikkelsen, que repite con Vinterberg tras ese otro tramposillo cuento moral que fue La caza. Nuestro Hannibal Lecter televisivo realiza un verdadero tour de force con su Martin que podría haber merecido una nominación al Oscar o una Concha de Plata para él solito sin tener que compartirla con sus compañeros de reparto. Su actuación es impecable y cuenta con una catarsis final espectacular (¡benditos 55 años!), pero ni con esas logra rompernos como espectadores, pero no es por su culpa. Mikkelsen no puede darnos más, Vinterberg sí. Durante dos horas asistimos al derrumbe del imperio de la masculinidad hegemónica, pero prefiere dejar pasar la oportunidad de exorcizar a sus machotes redimiéndolos a más no poder, llegando a convertirlos casi en mártires y trasladando parte de la culpa en los pocos y desdibujados personajes femeninos que aparecen en Otra ronda.

Otra ronda nos muestra el temible ciclo de la vida del alcohol. Una epidemia que no tiene, ni tendrá final. Un mal que acompañará al ser humano hasta el fin de sus días… pero que tampoco parece quitarle mucho el sueño.

Calificación: 

‘Godzilla vs. Kong’ es un espectáculo impresionante que merece ser visto en cine

Por Pedro J. García

Desde que comenzó la pandemia, los grandes estudios de cine han aplazado sus estrenos más importantes a la espera de una vuelta a la normalidad. Pero ante la lentitud del proceso y la idea de que quizá el cine no vuelva nunca a ser lo que era antes de la crisis sanitaria, este año empiezan a llegarnos las grandes apuestas que quedaron en stand by, utilizando diferentes ventanas y estrategias comerciales en un panorama de incertidumbre y prueba y ensayo.

Un modelo que parece estar imponiéndose es el estreno simultáneo en salas y plataformas de streaming. Es el elegido por Warner Bros. para todas sus películas de 2021, que en Estados Unidos están llegando a los cines y a HBO Max a la vez. Sin embargo, en España -donde HBO Max todavía no ha aterrizado- por ahora sus lanzamientos están siendo exclusivamente en cines, tratando de atraer de nuevo al público a la oscuridad de la sala para experimentar en todo su esplendor los blockbusters que tanto hemos echado de menos en el último año.

Y es que no hay mejor manera de ver Godzilla vs. Kong, la nueva superproducción de Warner después de Wonder Woman 1984, un espectáculo de acción, destrucción y efectos visuales tan impresionante que requiere ser visto en una sala de cine, con una pantalla grande, sonido atronador y el asiento vibrando con cada golpe o estruendo de la película. Porque no importa que tengas el mejor sistema de cine en casa, no hay nada como la experiencia de vivirlo en una sala.

Godzilla vs. Kong es la cuarta entrega del MonsterVerse que Warner lleva construyendo, con mayor o menor tino, desde el estreno en 2014 del reboot de Godzilla. Después de la muy estimable Kong: La Isla Calavera (2017) y la igualmente ambiciosa, pero inferior Godzilla: El rey de los monstruos (2019), llega el evento que los fans de este monstruoso universo de ficción estaban esperando, el crossover definitivo y el enfrentamiento más épico que el cine nos tenía reservado para este año en el que las cosas no han salido como nadie había planeado.

El famoso kaiju y el gigantesco gorila se ven las caras en una película dirigida por el irregular Adam Wingard (Tú eres el siguiente, The Guest, Death Note), que en este caso pone su buen ojo para la estética y la acción al servicio de la maquinaria mayor de un gran estudio, con excelentes resultados. Decir que Godzilla vs. Kong es grande es quedarse corto. De hecho, cualquier calificativo se queda pequeño y no hace justicia al monumental y sensorialmente desbordante espectáculo que es.

La película retoma la acción poco después de la secuela de Godzilla. La organización Monarch tiene encerrado a Kong para protegerlo de Godzilla, que sigue merodeando desde el océano a la espera de una nueva oportunidad de enfrentarse a su mítico adversario. La única manera de resolver esta rivalidad ancestral es devolver a Kong a su hogar original, lo que lleva a sus protectores, liderados por Ilene Andrews (Rebecca Hall) y con la ayuda de Nathan Lind (Alexander Skarsgård) a iniciar un (literal) viaje al centro de la tierra con el titán, acompañados de Jia (Kaylee Hottle), una niña huérfana y sorda que ha desarrollado un vínculo especial con él.

Mientras, en la superficie, el dueño de Apex Industries, Walter Simmons (Demián Bichir), tiene planes distintos para utilizar los hallazgos de la Tierra Hueca con el objetivo derrotar a Godzilla. El trío formado por la adolescente Madison (Millie Bobby Brown), su amigo Josh (Julian Dennison) y el conspiranoico presentador de podcast Bernie (Brian Tyree Henry) se infiltran en las instalaciones de Apex para descubrir qué trama Simmons, descubriendo algo mucho más grande de lo que jamás imaginaron. Sus caminos convergen en Godzilla y Kong, que protagonizan no uno, sino varios enfrentamientos con consecuencias catastróficas tanto en el mar como en Hong Kong.

Ese es el argumento a grandes rasgos de Godzilla vs. Kong, pero creedme cuando os digo que eso es lo de menos, y que en realidad hay mucho más. No solemos ver estas películas por el guion, sino por la acción y las luchas a escala titánica. Y Godzilla vs. Kong se asegura en todo momento de que no falte nada de lo que los espectadores queremos de ella.

El crossover aprende de los errores de las anteriores entregas para pulir y perfeccionar una fórmula que aquí funciona a las mil maravillas. En lugar de aburridas tramas protagonizadas por los humanos menos interesantes del mundo, los personajes están siempre supeditados a la acción. Es decir, incluso cuando la película se centra en ellos, siempre tiene que ver con los monstruos. Aquí no hay espacio para el aburrimiento. Godzilla vs. Kong nos muestra a sus dos atracciones estrella desde el primer minuto y nos da acción sin descanso hasta el final, encadenando secuencias que dejan con la boca abierta y manteniendo en todo momento el ritmo de una historia que no decae y está llena de puntos álgidos y sorpresas.

Sí, el guion es caótico, enrevesado, absurdo, confuso… pero como decía, eso es lo de menos. Lo importante aquí es la acción y la diversión, y Godzilla vs. Kong no escatima en ninguno de esos departamentos, tanto es así que al final los fallos e incoherencias del guion o el villano genérico son fáciles de pasar por alto. La película tiene todo lo que los fans del género piden: peleas a escala descomunal, devastación, homenajes y reverencia al cine de kaijus, más mitología sobre los monstruos, imágenes de una belleza pocas veces vista en un blockbuster (aunque si habéis visto las anteriores, esto no os sorprenderá) y unos efectos visuales para quitarse el sombrero. El acabado visual es de los más impecables y consistentes que se han visto recientemente en este tipo de películas.

Godzilla vs. Kong es una auténtica locura, y lo digo en el mejor sentido de la palabra. No da tregua. Los enfrentamientos entre Godzilla y Kong son simplemente alucinantes, la película no deja en ningún momento de provocar asombro con sus imágenes y con su acción, proporcionando al espectador una experiencia cinematográfica lo más parecida a un viaje inmersivo al centro mismo del conflicto (la llegada a la Tierra Hueca es de lo más emocionante que he vivido en el cine en mucho tiempo). No solo está bien hecha, sino que alcanza otro nivel.

Godzilla vs. Kong es diversión en estado puro, una película de monstruos y catástrofes ejemplar y un acontecimiento digno de ver en pantalla grande. Cuando piensas que ya te lo ha dado todo, te sorprende con algo nuevo, sin miedo a agotar cartuchos, al contrario, poniendo toda la carne en el asador. Esta es la película del MonsterVerse que queríamos, un enfrentamiento increíblemente épico que nos hiciera vibrar en la butaca, que nos recordara la emoción casi infantil de vivir algo tan grande, ruidoso y espectacular en una sala de cine. Lo echábamos mucho de menos.

Nota: ★★

Crítica: Minari: Historia de mi familia

Por David Lastra

¡Oh, hermosa por cielos espaciosos, por olas doradas de granos, por majestuosas montañas color púrpura sobre la llanura llena de frutos! Tierra de abundancia, donde los campos no tienen fin y la madre naturaleza suministra y aplaude los abusos que se le cometan. ¡Oh, hermosa por los pies de los peregrinos cuyos austeros y apasionados pasos un camino abrieron para la libertad a través del desierto! Tierra de oportunidades, postal de un paraíso en la tierra en el cual no importan ideologías, estrato social o que te guste o no la piña en la pizza. ¡Oh, hermosa por los héroes que demostraron en la lucha liberadora que más que a ellos mismos, a su patria amaron y a la compasión más que a la vida! Tierra de destino, de la sanidad privada, de las hamburguesas de 86 kilos y las bebidas super size. ¡América! ¡América!… o mejor dicho, Estados Unidos, esa parte por el todo de un continente, cuyo ideal de sueño americano nos han colado cuales patos de foie gras en películas, series, libros y mil millones de canciones. La evolución perfecta del trabajo-piso-pareja que nos trajo el capitalismo. El Santo Grial buscado por la familia de Minari, la nueva película de Lee Isaac Chung (Lucky Life).

Corren los años ochenta, cuando el estado conservador todavía no había asesinado la música disco, el demonio rojo nos traía la amenaza nuclear y la gran explosión neoliberal que lo arrasaría todo en años venideros daba sus primeros pasitos. Ante tremenda vorágine económica y desquicio social, los Yi deciden dar un paso atrás y volver al campo. ¿Nuevos hippies en busca de paz y amor? No, los Yi están persiguiendo el sueño americano más que nunca. Jacob Yi (Steve Yeun, Burning) quiere montar una fábrica de verduras coreanas en plano Arkansas. Un salto de fe que hará que los Yi dejen de ser unos muertos de hambre de una vez por todas. De poco sirve ser el sexador de pollos más rápido de la costa oeste si eso no da para vivir con dignidad.

Aunque pueda sonar arriesgada, su propuesta no es nada estúpida. Jacob pretende hacerse con toda la demanda de la incipiente población de origen surcoreano en el llamado Cinturón de la Biblia. Sus verduras frescas y sabrosas serán la clave para su ascenso social. Monica Yi (Han Ye-ri, Niebla) no tiene tan claro los planes de su marido y no ve con buenos ojos esa tierra de nadie como mejor opción para criar a su hijo de siete años con problemas cardiacos. El cóctel explosivo se completará con la llegada de la madre de Monica… la abuela ha venido para quedarse.

Pero Minari no recorre los manidos caminos de las comedietas familiares repletas de chistes y algún que otro desencuentro que termina derivando en un deux ex machina que reúne a toda la familia en torno a una mesa con la cena recién hecha.

Más que de algunos compañeros asiáticos, el aroma y el sabor de Minari proviene de los grandes nombres estadounidenses. Nace en los infinitos horizontes del western más clásico o de los recuerdos nostálgicos de Huw Morgan en Qué verde era mi valle. Lee Isaac Chung prefiere seguir el esquema de todas esas películas clásicas que retratan el ascenso y caída (o éxito) de un pequeño gran hombre que persigue el sueño americano. Minari abraza de lleno el idealismo de esas cintas clásicas, pero no la ingenuidad que alguna de ellas profesan.

Chung no teme mostrar los numerosos errores dentro del experimento de los Yi, tanto los que ocurren en la huerta como los del lecho conyugal. Es en esa desnudez en el costumbrismo donde confirmamos lo buen actor que es Steve Yeun y el gran favor que nos hizo y se hizo al abandonar The Walking Dead. Si acaso el único problema de ese afán en la cotidianeidad es que, como a los Alcántara o Forrest Gump, les pasa de todo. No es que reciban ninguna visita de Ronald Reagan o algún otro personaje de la época, pero a lo largo de las dos horas que pasamos con los Yi, les veremos sufrir todas las desgracias posibles en este tipo de películas. Hasta en eso, Lee Isaac Chung sigue el esquema de los clásicos.

Pero aunque la persecución del sueño americano de Jacob esté muy bien, la grandeza de Minari reside en los dos únicos personajes ajenos a dicha búsqueda: David (Alan Kim) y Soon-ja (Youn Yuh-jung, dama del cine coreano y que hemos podido disfrutar en Sense8 y En otro país), nieto y abuela. Uno que desconoce todavía el mundo donde ha ido a nacer y otra que viene de vuelta y está pensando más en abandonarlo que otra cosa. Para ellos dos, el cuidado de la granja es una mera excusa para explorar una Arkansas mágica. Aunque no se encuentren con ningún animal mitológico en sus aventuras, abuela y nieto descubren juntos los placeres de las bebidas carbonatadas, las carreritas clandestinas y la ruda delicadeza del minari, el apio del agua. Yaya y nieto desprenden una química maravillosa… la pena es que se olviden un poco (bastante) de Anne (la debutante Noel Cho), la pobre hermana mayor de David, uno de los grandes pilares de la familia. En esta ocasión, Chung sí que cae en uno de los males de las películas asiáticas.

Minari. Historia de mi familia es un nuevo clásico norteamericano bellamente manufacturado y calculado. El trabajo más old school de la nueva ola del cine estadounidense.

Nota: ★★

[Crítica] Akelarre: Una leyenda de Euskadi

Ser mujer en 1609 en España entrañaba sus riesgos. Este nuestro país era una sociedad patriarcal absolutamente machista, con una monarquía pasota que solo pensaba en el bien de los suyos y que estaba promoviendo la enésima expulsión de una minoría (en este caso, moriscos) de nuestras tierras. La relación entre ambos sexos se fundamentaba bajo el simplista vínculo de amo y sirviente, recayendo el poder, como buen estado falocéntrico,  del lado de la balanza del hombre. Una realidad que difiere bastante a lo que viven hoy en día las mujeres cuatro siglos después en España… Bueno, realmente no mucho. Alguna cosa que otra ha cambiado, pero esos males siguen estando muy presentes hoy en día. Incluso el monarca sigue teniendo el mismo nombre y filosofía que el de entonces.

Ser mujer en 1609 en Euskadi era más o menos similar a serlo en el resto de la península. Si acaso contaban con una miaja más de protección gracias al matriarcalismo característico de esta región norteña. La mujer vasca es hija (o parte) de Mari, la deidad principal de la mitología euskalduna. Ama y señora de la Madre Naturaleza, proveedora de buenos embarazos y la muy necesaria lluvia. Moradora de las montañas y, según quien lo cuente, concubina del diablo. Así son las chicas de Akelarre, mujeres que viven a la orilla de los acantilados vascos y que, según las malas lenguas, yacen con Satanás las noches de Luna llena. Pablo Agüero (Eva no duerme) nos trae una fábula de brujas con un horrendo poso de realidad (y de actualidad).

Ana, María, Olaia y Maider son uña y carne. Algunas veces se les une Oneka al grupo y, últimamente, no pueden despegarse ni un minuto del retaco de Katalin. Adolescentes aburridas cuya existencia se reparte entre ayudar a sus madres en los quehaceres diarios, cantar a grito pelao por los riscos y perrear en el bosque. Si acaso algún que otro polvo furtivo con algún púber del sexo contrario o con un buen palo preparado para consolar las penas. Todo ese remanso de paz y felicidad termina abruptamente con la llegada de unos representantes de nuestro internacionalmente y tristemente conocido Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. No es que nadie esperase a la Inquisición Española en esos tiempos y lugares, a pocos kilómetros de allí, nuestros colegas franceses acababan de quemar vivas a cerca de cien mujeres acusadas de crímenes de brujería y demás supercherías.

¿Y de qué se les acusa a Ana y compañía? De practicar el sabbat de las brujas. La mítica ceremonia en la que las brujas adoraban al mismísimo Diablo, en la cual el maligno adoptaba la forma de un macho cabrío y copulaba con sus fieles. Un rito profano que nadie había visto acontecer, pero que la Inquisición castigaba con ser quemado vivo en una hoguera. ¡Brujas, más que brujas! En un primer momento, el grupo de adolescentes no cree que ese rebuzno vaya dirigido hacia ellas, ni mucho menos que las estén cazando y deteniendo por canturrear sus canciones de amor y bailar entre ellas (los hombres del pueblo están ausentes en la mar). Durante su cautiverio, todas ellas van pasando por diferentes etapas y reacciones. Desde la sorpresa y desconocimiento inicial, las pequeñas bromas y algún que otro jueguecillo empoderado, pasando a la inquietud noctámbula y el más absoluto pavor por la sucesión de acontecimientos. Su reclusión es similar al de las hijas de Bernarda Alba del clásico lorquiano o al abrupto final del juego y la inocencia de la cinta turca Mustang. Dos obras como Akelarreen las que además de tratar esta dicotomía de amos y sirvientas, el fantasma de la muerte es un personaje cuasi corpóreo más en el desarrollo.

Agüero y la cortometrajista Katell Guillou nos cuentan una historia mínima de brujas y santurrones, que lejos de quedarse anclada en un tiempo y un lugar concreto, es fácilmente extrapolable a otros tiempos y lugares, como puede ser el tiempo en el que vivimos. Los gritos y golpes que sufren Ana y sus compañeras por parte de los señoros de la Santa Inquisición son los mismos escupitajos y guantadas que sufren las mujeres en pleno siglo XXI con muchas de las sentencias sobre malos tratos y asesinatos por parte de los tribunales españoles. Akelarre no es sino otro capítulo de la interminable saga terrorífica de la imposición del hombre sobre la mujer.

El crimen de estas mujeres no es ser brujas, ni mucho menos fornicar con Belcebú o alguno de sus primos infernales, sino por no ser sumisas ante el hombre. Ellas han sido acusadas de indecencia, de realizar la misa negra cuando la única suciedad de esta historia está en la mirada del macho, personificado en el inquisidor Rostegui, un ‘extranjero’ ajeno al matriarcalismo vasco que va imponiendo su lógica y su ceguera cultural allá por donde va. Un baboso sin ningún tipo de escrúpulos notablemente interpretado por el omnipresente Alex Brendemühl (al que hemos visto recientemente en Madre y El silencio de la ciudad blanca). 

Pero si hay que destacar una interpretación en Akelarre esa es la de Amaia Aberasturi, que ya protagonizó de manera solvente la desesperante (por el hecho histórico que retrata) Vitoria, 3 de marzo. Aberasturi debería sonar fuerte para la próxima edición de los Goya por su excelente retrato de Ana, la Suprema de AkelarreAlgo que debería ocurrir también con las demás supuestas participantes del sabbat, las debutantes Yune Nogueiras, Irati Saez de Urabain, Garazi Urkola, Jone Laspiur y Lorea Ibarra

Llega el temido momento de la comparación con La bruja, la obra maestra de Robert Eggers (El faro). Puede que ambas realicen un tratamiento de la figura de las brujas desde una óptica feminista, pero las comparaciones terminan ahí mismo. Algún que otro plano preciosista de los acantilados en Akelarre puede recordar a las lindes del temible bosque de La brujapero la cinta hispano-argentina tiene una vida y una identidad propias, y se convertirá en una película de culto por méritos propios. Ana no es la Thomassin vasca, pero lo que no quita para que ambas pudiesen ser muy buenas amigas por correspondencia y compartir algún que otro consejo o hechizo.

David Lastra

Nota: ★★½

Crítica: Madre oscura (The Wretched)

En unos tiempos en los que la palabra bruja ha sufrido un cambio léxico-semántico radical gracias al movimiento feminista y cierta revisión de algún que otro hecho histórico deleznable, los hermanos Brett y Drew T. Pierce (DeadHeads) parecen no haberse enterado y nos traen una historia clásica de brujas malvadas come niños con cierto regusto nostálgico. Es la hora de Madre oscura (The Wretched), la cinta de terror que ha batido récords de taquilla en tiempos del coronavirus.

Esta es la típica historia de un hombre adolescente heterosexual con las hormonas disparadas que, tras un pequeño traspiés por el lado oscuro, pasa el verano trabajando junto a su padre (Jamison Jones, 24) en un pequeño puerto para yates. Desde el primer momento, comienzan a aparecer todos los estereotipos en este tipo de historias: la compañera de trabajo enamoradiza (Piper Curda, Teen Beach 2), los cayetanos redundantemente machitos y capullos, la (supuestamente) canónica tía buena inalcanzable, la nueva pareja del padre (Azie Tesfai, Supergirl) y unos vecinos bastante particulares.

Madre oscura sabe presentar sus cartas de manera solvente, incluso con ese prólogo y su explotado salto en el tiempo a los ochenta más falsos que hemos visto en mucho tiempo consigue que piquemos el anzuelo. Poco a poco, una serie de extraños episodios harán que Ben (John-Paul Howard, Comanchería) comience a sospechar de sus ruidosos vecinos, especialmente de ella (Zarah Mahler, vista en la serie 9-1-1) que apesta a podrido. Esa ojeriza se convertirá en una acusación más seria cuando el hijo de los vecinos desaparece y sus propios padres niegan su existencia.

Madre oscura bebe de todas y cada una de las historias que hemos visto una y mil veces traducidas al celuloide. La bruja de los Pierce comparte gustos caníbales con su pariente germana de Hansel y Gretel, cierto aire estiloso y las mismas deformidades e irritaciones cutáneas (que no alopecia) con la icónica Eva Ernst de La maldición de las brujas, e incluso algún que otro paseo al bosque tienen ecos de los de las amigas de Thomasin en La bruja: una leyenda de Nueva Inglaterra. Madre oscura mezcla esa cara de las brujas con otra más bestia, cuasi animalista y descarnada, cuyos movimientos y dimensiones recuerdan a los monstruos interpretados por Javier Botet (la icónica Niña Medeiros de la saga REC). Es justamente en esas escenas más aterradoras donde Madre oscura flojea. La película de los Pierce funciona mucho mejor cuando intenta convertir a Ben en un Jimmy Stewart de La ventana indiscreta de pacotilla (¡incluso tiene un miembro escayolado!) que cuando intenta ser una película de terror al uso.

Es una pena que Madre oscura intente tomarse demasiado en serio y no abrace mucho más la locura (que no el ridículo, que eso lo abraza en alguna que otra resolución). Un tono mucho más gamberro y adolescente, hubiese beneficiado la experiencia exponencialmente y hubiese trascendido la etiqueta de flor de un día… o noche, mejor dicho.

David Lastra

Nota: ★½

‘Dersu Uzala (El cazador)’, el clásico de Kurosawa de nuevo en cines

Dersu vive en la taiga y, como buen hezhen, sobrevive cazando para subsistir y su hogar es cualquier rincón del bosque boreal siberiano. Ni el dinero, ni la prosperidad entran en sus planes de futuro. Realmente su futuro no existe. Para Dersu todo es un presente infinito, tan congelado como las noches en su reino. Dersu no levanta más de metro y medio del suelo, es ágil cual marta y posee la mejor puntería que habrás visto en tu vida. Dersu no pasa hambre y de vez en cuando lo celebra con un poco de alcohol, aunque no le sienta nada bien. Dersu es feliz viviendo en consonancia con la demás gente de la taiga, como él llama indistintamente a los demás seres humanos y animales que la habitan. Su existencia debería haber dado un giro radical tras encontrarse con un grupo de expedicionarios soviéticos… pero no, más bien serán ellos los que cambien tras encontrarse con Dersu.

El maestro Akira Kurosawa (Los siete samuráis) realizó una de sus fábulas más bellas y humanistas con Dersu Uzala (El cazador), clásico ganador del Oscar que podemos disfrutar de nuevo en la gran pantalla en una copia restaurada para la ocasión.

Dersu Uzala (Maksim Munzuk, Siberiada) pasa a formar parte del grupo de expedicionarios de Vladímir Arséniev (Yuri Solomin, La tienda roja) y no como mascota, sino como fiel guía y pieza clave para su supervivencia. Con tosquedad e inocencia, Dersu va mostrando las normas y leyendas que rigen su mundo. Desde los pequeños símbolos en el camino para facilitar la vida a los recolectores hasta los peligros de los hombres malos que raptan mujeres (sus únicos enemigos conocidos), sin olvidar el status todopoderoso de Amba, un mítico tigre siberiano al más puro estilo Shere Khan.

Todo desde un respeto pleno a la naturaleza. Dersu es cazador, pero sus máximas vitales y sus pintorescas trazas de niño ferino que roza la tercera edad le asemejan bastante a las de un personaje del imaginario de Hayao Miyazaki y el resto de creadores de Studio Ghibli. Las mil y una desventuras que correrán juntos el cazador y el explorador conseguirán un vínculo de amistad fraternal tan grande que roza el bromance. Tanto que cuando la vejez comienza a hacer mella en Dersu, su buen amigo no duda en acogerle en su residencia familiar. Pero Dersu opina que, como Paco Martínez Soria dijo en su día, la ciudad no es para mí.

Akira Kurosawa volvía a mostrar su maestría a la hora de retratar la cotidianeidad y pureza de los olvidados. En esta ocasión, la citada minoría hezhen, de la que Dersu forma parte. Dersu Uzala (El cazador) es una fábula preciosa sobre un ser de luz bastante gruñón que abre, sin ningún tipo de concesiones, su mundo y su corazón, a un grupo de extraños, cuyo modo de ver el mundo cambiará para siempre. Pero no hay que caer en posibles equívocos, el maestro nipón no recurre a ningún tipo de sentimentalismos vacuos, sino que nos muestra el buen corazón de Dersu como el propio cazador cuenta sus batallitas: con humildad y sencillez. No estamos hablando de un santo, Dersu es un poco presumido y hasta realmente él mismo se cataloga (erróneamente, todo debe decirse) como mala gente, pero su grandeza y honorabilidad radica en el amor, la fidelidad y el respeto absoluto que profesa por su gente, tanto humanos como animales.

Dersu Uzala (El cazador) es una excepcional carta de amor humanista de un ser humano excepcional (Akira Kurosawa) a través de un personaje excepcional (Dersu Uzala) que logra que podamos mantener algo de fe en la humanidad y en nuestro presente y futuro más inmediato.

 David Lastra

Nota: